23 de junio de 2017

“La amistad según el capítulo XXI de EL PRINCIPITO”



Les propongo un título aproximativo de ensayo a los alumnos de 1º de bachillerato en la asignatura de Literatura Universal: “La amistad según el capítulo XXI de El principito”. Le pido permiso a una alumna… y me lo concede para poder editar su trabajo en el blog… Mi agradecimiento a María Angustias Moreno Armenteros de 1º de BACH B y con ella al resto de compañeros de clase. Ha sido un placer darles clase este curso. Feliz viaje.


En este capítulo de El principito, el tema que trata es la amistad. El principito se siente solo, necesita conocer cosas nuevas, tener amigos. Conoce a un zorro que le pide que lo domestique para de este modo poder llegar a ser amigos, esto requiere paciencia y constancia ya que debe ir a verlo a la misma hora durante varios días para que su amistad se pueda forjar. Al principio, el principito toma un comportamiento de adulto diciendo que lleva demasiada prisa como para domesticarlo y el zorro le contesta que “las cosas solo se conocen si se domestican”. Con ese comportamiento el principito hace referencia al capítulo XXII en el que habla de que las personas mayores que van de un lado a otro sin perseguir ningún objetivo, solo saben que no requieren de tiempo para entretenerse, solo los niños saben lo que buscan ya que con el tiempo que invierten en sus objetos, estos se vuelven realmente importantes para ellos. También trata el capítulo de su querida flor. Una flor de tres pétalos, creída, orgullosa, vanidosa, endeble, se creía que era la única en el universo… Y cuando el principito halla a las otras flores en la Tierra se da cuenta de que su flor no es la única, estaba equivocada, él al principio piensa que son iguales a su flor pero poco a poco se da cuenta de que su flor es muy importante para él, es la flor que él ha regado, que ha cuidado durante mucho tiempo y es la única que existe en su planeta, desde ese momento se da cuenta de que no son iguales, él tiene esos sentimientos por su flor.
Saint-Exupéry trata de transmitirnos el sentido de amistad. El  ser humano es un animal racional, social y sobre todo, dependiente, necesita estar en relación con otras personas y comunicarse. Este capítulo nos muestra que la amistad se consigue siendo paciente y constante ya que requiere tiempo para poder conocer poco a poco a esa persona. La palabra “domesticar” procedente del latín domus (casa) significa “hacer tratable a alguien que no lo es”, es decir, cuando llevas a alguien a tu casa es porque tienes cierta confianza con esa persona y te ha llevado un tiempo conocerla para considerarla tu amigo. Sin embargo, el principito nos muestra que las personas mayores llevan demasiada prisa y nunca se detienen a domesticar a las personas, ellos no tienen tiempo para eso ya que no lo consideran algo importante.
La amistad se concibe cuando dos personas conocen los sentimientos, el carácter y las costumbres la una de la otra, por eso el zorro hace referencia a la frase conocida “lo esencial es invisible a los ojos” ya que por fuera todos somos iguales: rubios, morenos, altos, bajos, etc. Pero por dentro, cada uno es de una manera distinta y cuando eres amigo de alguien, has creado un lazo que os une y hace que esa persona entre miles, sea importante para ti y que cuando se marche, te acuerdes de ella porque solo  con ella compartiste un lazo afectivo.
Como conclusión de este ensayo de la visión que Saint-Exupéry nos transmite sobre la amistad, me gustaría insistir en la perseverancia que se debe tener para conocer bien a una persona y crear ese lazo. Considero bastante importante en el libro este concepto de amistad ya que el principito vive solo y va en busca de nuevos amigos (aparte de conocer cosas nuevas que no existen en su planeta) no todas las personas tienen ese concepto y no se dedican a saber cosas de esa persona, a hacer cosas por ella ni nada, y tan solo por tener algo en común, piensan que ya existe ese concepto de amistad.


18 de junio de 2017

¡CUENTOS MARAVILLOSOS!

   
     Uno no es que lo sepa todo, Dios lo libra, pero lleva más de tres décadas corrigiendo composiciones escritas, cuentos, narraciones o redacciones, también llamadas…, de adolescentes y cree tener cierta capacidad a la hora de enjuiciar lo que se le pone delante. Hago estos días de jurado para un concurso.
         La gran dificultad de los chicos a la hora de redactar un cuento, en contra de lo que muchos puedan pensar no se halla en la ortografía ni en los aspectos formales: casi todos los chicos saben cómo manejar, mal que bien, los signos prosódicos. Es cierto que abusan del punto y seguido; y algunos proceden en largos párrafos densos y enrevesados. Saben usar los guiones explicativos en una conversación, los guiones de diálogo… La gran dificultad la hallamos siempre en la estructura del texto. Falta paciencia en el desarrollo y el argumento se precipita renglón abajo cargado de ansiedad… hacia un final que se les escapa: pretende ser sorprendente y prodigioso, pero… ¡se les escapa! No hay forma de acompasarlo. Las causas apenas planteadas producen efectos desproporcionados. El verbo, el elemento activo de la oración, es el más abundante: los personajes no reposan: van, vienen, suben, hacen, deshacen, luchan, corren, hablan… ¡un no parar ni dejar parar! El lector es llevado a matacaballo por argumentos más o menos simples, más o menos débiles, hacia un final precipitado… y abismal.
         Lo escrito en el párrafo anterior ha sido norma siempre, desde que yo empezara el intento de enseñar a escribir a mis alumnos una hora a la semana: la estructura de las narraciones, el orden expositivo, es lábil, camina por los oscuros vericuetos de las mentes infantiles o adolescentes siguiendo unas pautas inesperadas, insospechables; mas hay gran novedad: Todos los cuentos que corrijo en esta ocasión, en el concurso, tienen un trazado fantástico, un contenido mágico, lejanísimo para mí…, fantasmagóricos los textos que leo. Pregunto entre alumnos de distintos cursos: “Los que leemos…, pues eso es lo que leemos. Los que no leemos, esa es el estilo de las series que vemos en Internet”. Y se pueblan los cuentos de hadas buenas y malas, de ángeles, de demonios, de vampiros, de seres malísimos o buenísimos (sin consistencia ninguna, caprichosos, increíbles, personajes que no se tienen en pie, superficiales…, personajes más que nunca de mentirijilla: malvados que hacen un mal que no daña o un bien etéreo que a casi nadie beneficia), de perros y conejos habladores, de bosques oscurísimos, donde hallamos hermosas y tenebrosas figuras, plantas inconcebibles…; abundan las piedras mágicas con insospechadas propiedades capaces de salvar reyes y reinas, ¡con sus reinos al completo!, aunque sus reinos sean de moscas, de mariposas o de seres “difícilmente descriptibles”… ¡Ni un cuento, ni uno, tiene el más mínimo tinte realista! Nada de nada… Ni un personaje, ni una situación, ni un argumento… ¡no hay soluciones imposibles donde hay un anillo salvador! En fin: todo es posible, todo tiene remedio, incluida la muerte misma de quien sea… solo falta el beso salvador, la presencia pertinente de la amada o el mago… Se ve qué es lo que hay.
          ¿Alguna conclusión? ¿Alguna opinión o juicio con cierto fuste?


      Personalmente me resulta admirable todo esto. Me he pasado la vida con ellos. Empecé cuando tenía 20 y aún sigo con los 55… y se me escapan entre los dedos, bendito sea Dios: no son idénticos unos a otros, no son uniformes, son únicos y pueden escribir narraciones igualmente únicas… y no dejo de animarlos a que lo sigan haciendo… incluso contra la realidad más cruel, que es la que le presentamos, tantas veces, los mayores. ¡Adelante, sin miedo!

7 de junio de 2017

Saint-Exupéry, Antoine: EL PRINCIPITO

     


                                               A mis alumnos, tantas veces principitos, tantas veces hermosas rosas.



         Termino en este mismo instante esta obra maravillosa. No la he leído solo. No la he leído como normalmente leo, como se lee de un tiempo a esta parte (no siempre fue así): sin voz, solo pasando la mirada sobre los renglones. La he leído esta vez en clase, con mis alumnos, en voz alta.
          Me quedo triste. Siempre que termino de leer este libro me deja un poso de tristeza y así, supongo que por esto mismo, concibo igualmente la personalidad de Saint-Exupéry, por quien tengo un amor de ternura, el amor que se tiene por esos niños grandes, un poquito inermes, desamparados, como un principito más… ¡Dios cuántos principitos en sus planetas! ¡Cuántas estrellas sin amigos! ¡Cuántas flores molestas, solitarias, coquetas, exigentes… tiernas, abandonadas, excelentes! ¡Ay, quizá no debimos escuchar del todo sus palabras!
         Les pregunto en caliente a mis alumnos qué opinan del libro que hemos leído y comentado durante unas semanas… ¡han sido semanas de comentarios biográficos, aclaraciones, anotaciones!
        El libro, me dicen, les ha gustado. Las palabras, lo que dice, añaden, se entiende, pero no se comprende del todo ni fácilmente: “A veces no sé qué quiere decir el autor”. “Lo que sé es que el Principito se ha ido”, concluye una chica. La secuencia de la serpiente al final, la conversación con el piloto, el modo en que volverá a viajar a su planeta… “es extraño”, me dice otra. Otra alumna, de pronto, cambia el tema, parece como si quisiera salir del pozo de tristeza en que nos ha sumido al final del libro y habla de “la enseñanza. El libro, el autor –dice– nos enseña”. Le pregunto: “¿Pensáis que la finalidad el libro es meramente didáctica, es decir, para enseñar?”. “Sí”, responden. Dos chicas comentan: “Yo me quedo con la idea de que lo esencial es invisible a los ojos”. “¿Qué significa para vosotros esto?”, pregunto. “Que lo más importante no se ve con los ojos…” Entonces, añado: ¿Cómo lo veo? “¡Con el corazón!”, me dice de inmediato una alumna. ¿Acaso el corazón ve? ¿Cómo ve? “No tiene ojos, pero…”, dice un chico. “Pero siente…”, completa una chica.
         Les cambio el tema. Si tuvierais que aconsejar el libro a alguien, primero: ¿Lo aconsejarías? Segundo, ¿por qué? Unánimemente me dicen que lo aconsejarían…, pero ¿por qué? “Por lo que enseña…”, responden casi sien pensar. ¿Y la belleza que encierra, no os llama la atención? Digo: la belleza de una amistad que nace, crece…, se hace literalmente amable: con el zorro, con el piloto… ¿No pensáis que hay mucha belleza en el amor entre la flor y el principito? No parece que tengan una visión positiva de la flor porque es creída, soberbia… Y entonces les vuelvo a recordar un libro que leí hace muchos años, escrito por la flor. “La flor –les digo- era la esposa de Saint-Exupéry. La viuda salvadoreña del escritor guatemalteco Enrique Gómez Carrillo, que escribió un libro titulado Memorias de la rosa…”. Apenas recuerdo el libro, pero sí que no me gustó que era… mejor dejarlo aquí. Ya se lo había comentado cuando leímos el capítulo de la rosa, y ellos recordaban esto.
         Les animo a que apunten más ideas, pero solo sonríen y miran a otro lado, como si no fuera con ellos. Me asombro. Después de semanas de lectura detallada, detenida, comentada, ¿son incapaces de aportar solo esto? Ojo: son buenos alumnos… ¿Qué sucede? (Yo sigo con la tristeza de un principito que se ha ido a su casa…). También, añaden ahora, que se acuerdan de aquella flor de tres pétalos que, sin saber nada de nada, opina, dice, etc.: “¡Se parece tanto a tantas personas! –les digo– Esas que hablan de su verdad”. Me dice una alumna… “cuando habla de ella nos dice: de tres pétalos, como si fuera nada…, como un desprecio”. Y de nuevo irrumpe una alumna que dice: “¿Qué por qué se interesa tanto el principito por encontrar a los hombres? No lo sé”… Esta chica es  muy impulsiva: piensa a borbotones. Otra le responde: “porque busca amigos”… Y yo añado ¿Y para que quiere amigos? “Para ser feliz, para compartir…”, me dicen, y ya casi enfadado les recuerdo lo que ha sido una idea muchas veces repetida en estos meses, una idea de quién es el hombre: ese animal, racional…, ¡dependiente! –les digo ya con cierto énfasis y levantando la voz. El hombre necesita a otros hombres para llegar a ser él mismo, para ser feliz… “Os dije que comentaba Ortega que el hombre solo es un ¡jaramago universal!”

              El Principito, tras morderle la serpiente dorada, volvió, no sabemos cómo, a su planeta. Saint-Exupéry, tras su último vuelo, tras picarle el avión en qué volaba, quizá también volvió al planeta de los niños.

7 de mayo de 2017

Sánchez Gascón, Alonso: LOS MAQUIS QUE NUNCA EXISTIERON

  Decir adolescencia es decir romanticismo e inmadurez, anhelos incoherentes…, cohetería, mucha pólvora y poco plomo. En fin… Juventud que te vas para no volver, gracias a Dios: ¡que allí te puedes quedar! En aquellos años en que leí de forma irracional, compulsiva, a discreción y mansalva…, entre los muchos libros que Dios sabe por qué leí, me trepé un tocho de casi 500 páginas sobre los maquis, escrito por un teniente coronel y de portada rojiza y gris… ¡de eso me acordaba perfectamente!, que ahora aquí reaparece: El maquis en sus documentos, Francisco Aguado Sánchez; el libro debía estar recién salido entonces. También me llamaron la atención de aquel libro las fotos de esos maquis, muchos de ellos cadáveres… Y recuerdo perfectamente lo que me contó mi padre al respecto, pues coincidió en el lugar y el tiempo en que “los de la sierra”… andaban por la Centenera: alguna anécdota con Quilino, el guarda -quien es citado de refilón en el libro que comento-, y… ¡qué de aventuras, qué valientes!
    Que me perdone el lector, que ciertamente es pereza intelectual, pero años después leí algunos libros de los autores aquí citados, entre ellos, de dos de los autores contra quienes se escribe Sánchez Gascón: Sánchez Tostado y Moreno Gómez. Ya en su momento, lejos de las fiebres aventureras de la adolescencia, cuando leí a estos dos señores, comprendí lo lejos que estaban de la verdad, pues me parecía que en sus textos sobraban adjetivos laudatorios para quienes, en puridad, no pasaron de ser unos delincuentes, y unos pobres desgraciados que se dedicaron, con más o menos fortuna, a hacer más desgraciados a quienes ya de por sí la vida había puesto en un difícil brete: pastores serranos, cortijeros, labradores de medio pelo...
   Conocí al autor de la obra que comento en una situación que nada tenía que ver con los maquis ni con la historia, sino con la caza y el Derecho. Creo que ser simpático y tonto es imposible: el tonto, el simplón, cae más bien del lado del gracioso, y Sánchez Gascón me pareció una persona inteligente y simpática. Por eso, y aconsejado por mi amigo Francisco Revueltas, escritor, cazador y guarda de caza, me puse a leer esta obra de la que me dio noticias. Quería recuperar algo de lo que en mi adolescencia disfruté y me atraía, porque sabía que saldrían fincas por mí conocidas -fincas que fueron de mi familia- en este libro… y… El resumen, hecha la raya, podría ser el siguiente:

1.       Sánchez Gascón ha dedicado una cantidad de esfuerzo, de tiempo, de dinero, seguro, para demostrar lo evidente: que los maquis no fueron luchadores por la libertad, ni luchadores por la República, ni demócratas… ni toda esa sarta de necedades de señorita catequista de izquierdas con la panza llena que han defendido, probablemente, porque de algo hay que intentar comer (y la sangre siempre alimentó mucho). Los maquis, esos pobres desgraciados, insisto eran, muchos de ellos auténticos asesinos condenados por la justicia antes de echarse al monte. Alguien podría pensar, don Alonso, que para ese viaje no se necesitaban alforjas… y es cierto, pero no lo es menos que lo escrito por Sánchez Gascón pone de manifiesto que corren malos tiempos cuando hay que demostrar lo evidente (me consta, por familiares directos, de algunos de esos supuestos “defensores de la República”, que sus antepasados eran “unos criminales”, como me dijo uno).
2.       El libro me parece reiterativo, pesado en algunos pasajes donde se repite lo mismo… quizá por lo dicho arriba: “pa que se enteren de una puta vez”, se machaca sobre lo ya escrito y demostrado, se sobreponen ideas y pasajes y se hace, por ratos, farragosa la lectura…
3.       Para quienes no sepan nada de lo que aquí se trata, de los maquis, sin novelerías, bien pueden leer el libro de Sánchez Gascón porque, sin duda, sabe de qué habla y lo hace con pruebas y documentación que se me antojan irrefutables.

   Las coletillas y las ironías que emplea el autor, deben ser bien ácidas para los autores a quienes se las dedica, cierto que reiterativas, pero simpáticas sin duda alguna para el lector en muchas ocasiones: ciertamente quitarle a alguien un reloj de oro, como sucedió, no es requisa ni expropiación ni decomiso del Estado en defensa de la República, sino simple y llanamente un robo.

   Al final esta lectura me deja un poso de tristeza. No sé cómo, una vez tras otra, vuelvo por las veredas que me llevan a una España enfrentada, a una España que no perdona, a una España que se masacró en una guerra civil…, que me dan bascas volver a ella, una guerra civil donde aún no se ha puesto coto a los desmanes, una guerra donde aún hoy se insiste en el “y tú más”… ¿Cuánto ha de pasar para terminar con esto? Supongo que hasta que no haya la suficiente distancia como para que haya la claridad que nos lleve a la verdad…, pero aquí seguirán las banderías de la opinión…, las veleidades de las vísceras salpimentadas con odio… Y como dijo el Bisa, el personaje inolvidable de Las guerras de nuestros antepasados de Delibes, y cito de memoria: mientras los hombres tengas huevos, habrá guerras. Ha dicho, y dicho sin perdón.

1 de mayo de 2017

Abril, Juan Carlos: PIEDRAS LUNARES. HOMENAJE A MIGUEL HERNÁNDEZ

     La inmensa mayoría de los libros que componen una biblioteca privada genuina son libros adquiridos más a conciencia que sin ella. Luego, ciertamente, siempre hay un tanto por ciento de ellos que recomendados se establecen; otros se cuelan por las bardas del corral y así, entre estos, hallo el libro que ahora comento: no sé cómo llegó hasta mi casa (lo debieron regalar a los compañeros en algún acto cultural de alcance y me rebotó, Dios sabe dónde y cómo).
    El libro está compuesto por una nota del editor y cuatro artículos de variable extensión, más breves que extensos, sobre Miguel Hernández. Del editor sé que es de un pueblo cercano a Jaén y que escribe poesía: nunca le había leído nada antes, y me temo que entró con mala fortuna y peor pie en casa.
    En la introducción, el editor, se pasó de fastuoso. La publicación del folleto por la Diputación hace verdad, me temo, aquello de no morder la mano del amo que te da de comer y Abril está dispuesto a darlo todo: Andaluces de Jaén es un poema universal, escuchar a Paco Ibáñez en los 80 (¡con el PSOE en el poder!) era un acto de rebeldía y el asesinato de Lorca y la muerte de Hernández unos “iconos de la injusticia franquista”, etc.: sin duda nuestro hombre se ha venido definitivamente arriba y ya va por los altísimos andamios ilusorios de la ilusión que no de la flores, ha perdido pie, y por ahí, de hipérbole en desmesura, da de bruces en lo ridículo risible. Hace unas semanas di un paseíto por Jaén visitando espacios por los que anduvo Hernández y también pude escuchar afirmaciones más que matizables, emparentadas con las aquí leídas. Las mismas fuentes, las mismas verdades a medias, lo ridículo absurdo…              
     Tras la “Nota del editor” halla el lector un digno ejercicio escolar que cubre con creces la meta del folleto y así, el profesor Díez de Revenga, nos hace un recorrido resumido y llano de la biografía de quien para mí -desde que hace muchas décadas oí de él- fue un pobre hombre, un buen hombre y un buen poeta… a libros y a ratos: ni un intelectual marxista ni un cabrero.
      Más trabajado y sin novedad, que nadie espera ya a estas alturas, Rei Berroa, nos ayuda a comprender el salto que Miguel da en su concepción del mundo y del hombre: desde la provinciana y católica Orihuela -ñoña y pacata- a la esplendorosa conciencia de clase que descubre en un Madrid de comunistas, más o menos señoritos, como Neruda, Alberti y algún amigo más del vagón de cola del 27. ¡Qué gran epopeya en bien de la humanidad aquella revolución de Asturias del 34! ¡Qué gran hombre en pro de la libertad y la justicia Largo Caballero! Y por supuesto, como escribe el profesor Berroa, de aquel “Drama del monte y sus jornaleros [refiérese a Los hijos de la piedra], en el cual el pastor -hombre pacífico más que nadie, y que no es sino un trasunto hernandino-…” (p. 36). Y no puedo evitar la sonrisa pues nunca hubiera aseverado esto  el profesor Berroa de haber estudiado en la Enciclopedia de Álvarez, bajo el férreo y torturador brazo fascista del franquismo asesino, pues hubiera aprendido aquello de “Viriato fue un célebre pastor lusitano…” ¡que menudo pacífico pastor! Sepa Dios, pero al decir, ya digo de los señoritos de entonces -que ya se ve, hoy son otros- el pastor inventó aquello de la guerra de guerrillas y les armó la de Dios es Cristo a los romanos, pero a saber: igual era una mentirijilla fascista. O a lo peor es que hay pastores que los carga el diablo, como las escopetas, y ya se sabe… los disparan siempre los mismos: los gilipollas.
      El artículo del profesor Salas, por equilibrado y claro, por su sereno análisis de los tres meses que Hernández pasara en Jaén, ha sido de mi gusto. Los olivares y las gentes de Jaén, el olivo como símbolo, es atractivo para el levantino como lo fue en su momento para el sevillano Machado. Agradable el paseo por su artículo.
     Igualmente el artículo del poeta-profesor, Luis García Montero, me resultó amable. No me extrañó su división maniquea entre derecha e izquierda en algún comentario, que bien pudo ahorrarse, pues poco añadía a lo pretendido. Quienes escribimos sabemos que la contención es lujosa. Buen artículo, más allá de la faena de aliño: sincero, claro, desmitificador, ajustado.
     Uno, que Dios lo libra, no es especialista en nada, y menos aún en Hernández a quien ha leído con empeño y comentado muchas veces, y es por ello que me atrevo a sumarme a lo escrito por García Montero: “Todos los autores que escriben movidos por la urgencia, la solidaridad y las consignas suelen firmar poemas de poca calidad literaria, ejercicios retóricos, soflamas” (p. 58). Con su cara de patata, como él mismo decía, y su vestir rústico entre señoritos (Lorca, Alberti, Neruda, Aleixandre…) da la sensación de que Miguel es un brazo robado al campo que a la poesía se dedica, pero Hernández no es un cualquiera. Hernández es un poeta de vibrante garra poética, donde el dolor y el sufrimiento son abismales, como tan inefable es la alegría y la delectación ante el vivir. Persona de corazón rebosante de anhelos felices, de entrega, de amor… Todo ello dará, insisto, algún libro feliz y muchos poemas inolvidables, pero no tuvo suerte. También coincido en esto con García Montero. Creo que, sobre todo, no tuvo suerte con el momento de su vivir y no anduvo prudente en la elección de quienes fueron muchos de sus compañeros de camino (por ejemplo el asesino Vittorio Vitale y su compañera Tina Modotti).

     El folleto de Abril arranca del Hernández que pasó por Jaén. Ignoro si cuando llega ya estaba Herrera Petere en Jaén, creo que sí. Miguel se va a vivir a un palacio de unos marqueses en la calle Llana. Es que mucha la afición de los pobres a vivir en palacios decomisados a sus dueños, sin pagar alquiler y con derecho a llevarse lo que quisieran (otro tanto hizo Alberti en Madrid), aunque mucho me temo, compañeros, nada tenía que ver esto con la defensa de la República, y sí está, sin embargo, más cerca de los derechos de pernada, el robo, la codicia y esos pecadillos tan humanos. Preocupados por las injustas situaciones de sus hermanos, los jornaleros del campo y los luchadores del frente, se ocupaban ellos mientras en escribir versos en casa de la señora marquesa. Por esas fechas, en Jaén, vecino de esa misma calle, el escritor jaenero Antonio Alcalá Venceslada no podía asistir a las amables tertulias de café y poetas en la decomisada casa de la señora marquesa porque estaba en la cárcel con su esposa, sin acusación y sin esperanza de juicio. Y es que lo marqués no quita lo valiente, compañero del alma..., compañero. 

3 de abril de 2017

Michon, Pierre: MITOLOGÍAS DE INVIERNO. EL EMPERADOR DE OCCIDENTE.


                                Con agradecimiento a Juan Manuel Espinosa Wilhelmi.

  Cuando ingreso por orografías literarias extrañas, otras literaturas, otros autores, otros textos…, otras voces, otros ámbitos, espacios por donde nunca anduve, me muevo con la cautela y la desconfianza de un comanche en el territorio del hombre blanco. Todo me sobresalta, todo me llama la atención como al cachorro de perro; llevo la intriga en la retina y no termino de confiarme. Me gusta transitar por los autores que sitúo, por los libros que contextualizo, por los paisajes conocidos: el anancasticismo es así por defecto y la vida me enseñó que no toda sorpresa es amable y de agradecer.
    Me regala el libro mi amigo Juan Manuel Espinosa Wilhelmi… e ignoro todo sobre su autor. Nada sé de Michon. Me interno agachado por los vericuetos de Internet y le saco el perfil al francés y a su obra en su conjunto, que no al libro objeto de mi lectura; me niego. Con Francia, es una sensación, hemos vivido a cara de perro y, de un tiempo a esta parte, nos odiamos cordialmente. Con Portugal no es que hayamos vivido de espaldas, es que simplemente, los españoles no saben situarlo en el mapa o creemos que es un pedazo de Extremadura que da al mar: ni puñetero caso (dígame cinco nombres de escritores portugueses más o menos contemporáneos que haya leído en su vida. Hago memoria y esfuerzo y no salgo de dos… ¡pues estamos bien!: lo dicho, no de espaldas, ¡vivimos de culo!).
     Es leer a Michon en este texto tener la sensación de un paseo por jardín amable, abundoso en rinconcitos recogidos y recoletos. Es un paseo recreativo de incierto destino. El agua fluye por fuentes y acequias, los cas corren y se ocultan entre arbustos que dan distintos verdes según colabora el sol. Hay algo de cierto romanticismo, que no es, pero se filtra juguetón entre las oraciones y el léxico. La magia que generan estos textos da lugar a espacios muy ajenos a mí. El estilo es rico en sugerencias calculadas, donde lo significado sobreabunda y vive justo ahí, en lo callado. Así el tiempo vívido junto al mar, por ejemplo, se torna azul verdoso. La turgente sensualidad de las palabras es cautivadora… El relato del autor, la anécdota que cuenta, llega al lector, no como las olas del mar, sino como el agua del embalse que se arrima a la ribera: lenta, despacio, aterciopelada, sin el exabrupto… de las olas del mar, van y vienen como si tal cosa, parecidas, sin empujar nada, sin afanes para después.
     (Quienes por ignorancia, rabia o agnosticismo escriben en vano el nombre de Dios con minúscula, siento siempre la misma lástima que sentiría al ver que alguien se ahoga en sus propias heces sin remedio. ¿Tiene sentido a estas alturas retornar a los dioses? El Dios de los cristianos, Alá el Dios de los musulmanes, Yahveh que sigue siendo esa deidad única, en este caso para los judíos, que merece, por unos y otros, por sí propio, ser escrito con mayúscula. No hacerlo es conculcar no solo las reglas de ortografía española al uso, sino la cortesía y el respeto más elementales, y hacer alarde de necedad. Quien la lleva lo sabe). No es el caso de Michon que con suma delicadeza, también es de agradecer, escribe el nombre del Padre con mayúscula, así como el del Hijo y del Espíritu Santo.
      Este libro ha sido un paseo amable… Todo notas de expresiones de una belleza impar y así del estilo anoto que tiene cierta cualidad de agua que mana de la fuente, una equívoca coherencia en la sucesión de oraciones o proposiciones, sorprendentes adjetivos que hace amistad con sustantivos alejados de su significado y que asombran al lector y embellecen el texto, sin cursilería. La prosa tiene una cadencia dulce, sinuosa como los suaves meandros de un río en valle sin declives pronunciados; las oraciones van y vienen sin buscar con decisión el mar. La prosa se estanca, dormita, avanza en retrocesos continuos donde la siguiente tabla de agua, la siguiente línea, en la próxima proposición, se despereza en un adjetivo de sutileza simpática… Vamos sin destino fijo, sin sentido, pero avanzamos. “y Dios, rey de este mundo y el otro, que puede contar con su espada para convencer a los sectarios del monje Pelagio, que niegan la Gracia, que la Gracia fulminante pesa su peso de hierro” (p. 39).

       Y termino mi paseo. Compruebo los nombres, los datos, las fechas, algunos entre unos y otros, y veo que cuanto cuenta Michon tiene un fondo próximo a la verdad histórica, a las leyendas recogidas en libros y textos solventes. Podría pensarse que el autor inventó y lo hará en el modo de contar lo que desea. Él lo cuenta a su manera y yo lo leo agradecido a la mía. 

30 de marzo de 2017

SAFRANSKI, RÜDIGER: Un maestro de Alemania. Martin Heidegger y su tiempo



             Es arduo sintetizar el comentario de un libro en el espacio que me impongo: una página de un folio. Entiendo que cuando excedo esa medida, el lector -que no sé quién es, dicho sea de paso- puede rehusar ante la extensión, se puede hastiar antes de entrar: dicen los sabios de la cosa que: por Internet se viene más bien de paseo que de visita, se va a husmear, echar un vicheo, fisgonear. En este caso quiero abordar un libro denso en su contenido, de mucho renglón por página y más de quinientas el volumen…
            Los libros, ya lo he dicho, salen al paso. Se hacen conscientes en el lector de pronto y este los coge con ilusión o los rechaza sin tener una cabal idea de la causa. Ya olvidé por qué empecé este libro de Safranski, que me ha gustado. Me ha parecido denso y complejo a ratos, pero accesible al aficionado bisoño a la Filosofía en general.
           El primero que habló de existencialismo en el sentido en que lo harán Jaspers, Bergson, Heidegger, Sartre, Marcel, etc., y en sentido general entre ellos, fue el viejo Schelling… y Kierkegaard tras él… y cursó el concepto por Nietzsche, hasta Scheler, Jaspers y Heidegger.
                El giro filosófico de Heidegger en los años veinte consiste en obviar los grandes sistemas filosóficos anteriores (el de Hegel, por ejemplo), centrados en realidades solo del interés de la filosofía académica y alejados del hombre corriente. Será a partir de Ser y tiempo cuando el filósofo alemán no dejará de buscar el encuentro entre la filosofía y el hombre y su actividad: «No describir la conciencia del hombre, sino conjurar la existencia (Dasein) en el hombre».
           Por lo que se refiere al sentido del ser (no de la expresión), podemos decir que es la cuestión que atrajo persistentemente la reflexión humana desde los comienzos históricos hasta hoy. Es la pregunta por el sentido, el fin y la significación de la vida humana y de la naturaleza, esas preguntas que Jaspers llama “del límite”. Es la pregunta por los valores y orientaciones de la vida, el porqué y para qué del mundo, del cosmos, del universo. La vida moral práctica hace al hombre preguntarse por todo eso. En tiempos anteriores, cuando física, metafísica y teología constituían todavía una unidad, también la ciencia había intentado responder a la pregunta por el sentido. Ahora bien, desde que Kant falló que nosotros, como seres morales, ciertamente hemos de plantear la pregunta del sentido, pero como científicos no podemos responderla, las ciencias estrictas se abstienen de esta cuestión. No obstante, la vida moral práctica sigue planteándola, y lo hace cada día, en la propaganda, en la poesía, en la reflexión moral, en la religión. ¿Cómo puede afirmar Heidegger que ya no hay ninguna comprensión de esta pregunta? El pensador alemán afirma que las preguntas correspondientes por el sentido, pasan de largo ante el «sentido del ser», y él retorna a Platón con el afán de redescubrir lo olvidado y escondido desde los días del griego que habló de la cueva y los esclavos.
         El lector que busque en esta obra una biografía personal de Heidegger hallará retazos: este no es su libro sin duda, pues más es un estudio biográfico a la sombra de su pensamiento. Hay pasajes esclarecedores de su relación con Hannah Arendt, por ejemplo, y de la relación de esta, en cuanto amante que fue del filósofo, con la mujer de él, Elfride Petri, esta nazi y antijudía, y aquella judía, antinazi. La relación con Jaspers, problemática, esquinada, con altibajos y con un final que el silencio cubre. La relación con Sartre (otro pichón del pensamiento y sus intereses particulares, ¡qué poco sabía de palomos quien así lo llamó!). 
         Párrafo aparte merece la relación de Heidegger con el nazismo. La inteligencia nos justifica a cada uno cada día para poder seguir respirando y mirarnos al espejo. Heidegger fue un nazi convencido durante un tiempo y un nazi por interés. El nazismo venía a ser para él una nueva aurora tras un modernismo desolador. Ni el neokantismo idealista ni la fenomenología de distintas índoles solucionaban nada en la acción. Frente a estos movimientos la realidad histórica sale al encuentro del hombre y lo zarandea y lo interroga y es justo ahí donde cobra sentido esa nueva filosofía que defiende Martin Heidegger. Cierto que su esposa perteneció antes que él al partido nazi, es cierto que ella fue antijudía, es cierto que Heidegger auxilió a algunos judíos, mas con cierta tibieza, que posiblemente no fuera antijudío, pero sí le interesaba alcanzar puestos que le habían ofrecido en el nuevo Estado nazi: él se imaginaba como gran rector de la Universidad alemana, director de las líneas de pensamiento, quehacer, investigación, etc. en la Universidad…; pero el nazismo le dio la espalda porque de bien poco servía al nuevo régimen un filósofo que levantaba sospechas de tibieza en los cometidos que el partido esperaba de él. Pronto, además, las ideas que tenía Hitler y lo que de ellas se desprendían, las ejecutaban los hombres de ciencia, los empresarios y los militares, que son quienes pusieron en marcha la infernal máquina de destrucción de todo cuanto les resultaba innecesario para la implantación de la Gleichschaltung (palabra que describe el proceso por el que la Alemania nazi estableció un sistema de control totalitario sobre el individuo y una coordinación de todos los aspectos de la sociedad y el comercio).

         Insisto el libro para el filósofo aficionado, para el lector curioso, ha sido suficiente, cierto que árido y oscuro a veces, pero llevadero, amable, inteligente, por norma. Me ha merecido la pena. He aprendido, y me ha animado a buscar por otro derroteros que ya saldrán en futuras lecturas, mediante Dios.

14 de marzo de 2017

277-CHARLIE-SALIDA- Y de júbilo grita el jubilado.

Adiós, buen viaje... 

                                          A don Enrique Vílchez Sánchez.

            Mi querido charlie:

      Te repito la vieja anécdota de Borges. La he contado tantas veces que ya no sé si ocurrió exactamente como la refiero, pero así la recuerdo. Le hacían al escritor, ya ciego, una entrevista y le hablaban de su muerte, no sé si del temor a ella, de cómo le gustaría morir, etc. y Borges contestó que lo único que pedía era morir en España porque “en España es donde mejor entierran”. La convicción de Borges entronca directamente con ese defecto tan español, especialmente señalado por Unamuno, como es la envidia. El pecado capital por excelencia de los españoles, decían y dicen, es ese: la envidia…, y esta solo cesa y deja descansar al envidioso cuando muere el envidiado: ¡gloria, loa, enaltecimiento, aclamación y elogio para quien muerto ya no hace sombra! ¡Qué paz trae la muerte del envidiado al envidioso! Ambos descansan en paz y es por ello que enterramos en España qué da gloria vernos…
     Pues no es el caso… Con la seguridad que me dan los diccionarios -que no siempre Internet, a veces tan marrullero-, me asesoro para pisar voquibles que no me enchortalen. El verbo ‘jubilar’, pronominal e intransitivo, según Corominas y Pascual (por vía de Julio Cejador, que nos lleva a Nebrija), nos indica que jubilar aparece primeramente en el sentido secundario de ‘alcanzar la jubilación’: «jubilado, suelto de trabajo: emeritus; jubilar, suelto ser assíy» (Nebr.), es decir: no se trata tanto de su primera acepción del verbo latino iubilāre,  ‘lanzar gritos de júbilo’, si bien camino de eso voy. Por influencia de  jubileo, festividad celebrada cada 50 años, los mismos tras lo que se concedía antiguamente la jubilación. Resumiendo: que a los 50 años no sé si de declaraciones al  fisco, Ministerio de Hacienda de la época, entiendo, de los Reyes Católicos, se jubilaban los parias o con cumplir 50 ya se podía dar de mano… (¿alguien que lo aclare? A lo mejor el mismo don Enrique Vílchez). No les quepa duda de que fuera como fuese 50 años de la época debían ser un renglón a tener en cuenta.
        Cuando veas las barbas de tu vecino… y eso ha ocurrido con mi colega y, sin embargo, compañero y amigo Enrique Vílchez Sánchez… que se ha repelado las barbas y se ha jubilado. Por no estar presente en ese momento, cosas de la cirugía, no sé si dio gritos o no de alegría. Sé que se largó. Que se fue como tantos otros educadores y enseñantes he visto irse. Sacudirse los zapatos a la puerta del Centro, y no volver la mirada atrás, eso lo sé de largo.
        Si yo fuera encargado mínimo de responsabilidad en el ramo, en la enseñanza primaria y secundaria (de lo que Dios me libra), más allá de la provincia, más allá de los comisarios, me preguntaría que tiene mi área, mi servicio, la educación, que todo aquel que cumple los 60 años coge la de Villa Diego y toma por la tiesa y, sin volver la vista atrás, ¡ni se despide! ¿Qué tiene mi empresa, mi negocio, mi servicio que nadie quiere permanecer en él? Personas válidas para enseñar y educar, con plenas capacidades físicas, mentales e intelectuales, con prestigio, con empeño en su profesión y oficio durante años, con interés, con conocimiento sobradamente demostrado de su materia… ¡se largan en el minuto cero tras cumplir los 60 años! Los chicos jóvenes emigran al extranjero porque no hallan trabajo, capital humano perdido, gente con cierta formación, ¡pero en formación!…, pero ¿y estos profesores ya formados, capaces, habiendo demostrado sus cualidades, sus talentos, su competencia…, por qué no se les incentiva, por qué no se quieren quedar, por qué huyen como alma santa que vio al diablo o como el diablo huye  del agua bendita?
        Solo permanecen en el puesto aquellos que cobran mucho más en activo que jubilados. El motivo es económico y laboral: por sus cargos y encargos dan pocas horas de clase y cobran mucho. ¿Por qué no se jubilan los profesores universitarios a los 60 años -si es que pudieren que no lo sé-? ¿Por qué directores de centros de primaria y secundaria no se jubilan a los 60? No me digan que es por amor a la educación, a la materia que imparten… y al bien común y a esa entidad llamada Humanidad o gente, que me derrito en la melcocha. Dejemos el traje de luces del cinismo para otras parroquias.
       Es una lástima que mi amigo Enrique Vílchez se haya jubilado hace unos días y en él hago modelo de otros muchos, mucho antes… que se fueron, muchos que se irán sin que nadie se apene ni mueva un músculo por no perder esos tesoros de profesores, esos auténticos capitales. Cierto que algunos, como don Guido y el  maestro Ciruela, bien idos están y otros, que aún quedan, tanta paz se lleven como dejan, pero ¡¡el buen profesor, el que sabe educar, enseñar, ocuparse, preocuparse…!!: ¡una lástima que se vaya a ese país, llamado Jubilandia, del que, segurísimo, nunca volverá!

       Buen viaje.


       Tucho Castelo.

5 de marzo de 2017

Toole, John Kennedy: LA CONJURA DE LOS NECIOS

 Por motivos que no vienen al caso, un suceso antiguo de mi vida lo califiqué como “la conjura de los necios”, sin saber que existía libro con semejante título: uno no puede saberlo todo ni haberlo leído todo, gracias a Dios. No sé dónde ni al hilo de qué, ni ahora importa, en mi novela Dios no come caracoles, debí escribir algo así como la ya citada “conjura de los necios” y dos lectores de mi novela, por un mal entendimiento mío, sin duda, me dijeron que mi obra les recordó a la de John Kennedy Toole. La mar de afanoso, me hice con esta obra… Cuando llevaba casi 150 páginas no lograba entender en qué se parecía mi novela a esta otra… “No es por el contenido: ¡Que tú citas esa novela en la tuya!”, me dijo mi amigo… “¿Qué novela ni qué…?”… “Pues La conjura de los necios”… Bingo: por una necedad conjurada me compré y leí la novela de Toole. Maravillosas conjuras, estupendas necedades, espléndidas necedades conjuradas y delirantes.

 Deshecho el entuerto y leída la novela les puedo decir que tuve que aguantar, por el motivo arriba citado y porque no entendía demasiado, unas muchas decenas de páginas de qué iba aquello, pues no es que la novela empiece en una medias res, no: es que empieza en medio del desquiciamiento de un personaje, “un gordo cabrón”, como lo llama el señor Clyde dueño de Productos Paraíso… (venta ambulante de salchichas que, por cierto, se come el gordo y no las vende), a quién no hay lector que comprenda: entre la ironía inteligentísima y fina, la broma de calado, la ruptura de la realidad, la realidad que se impone por…, digamos, narices, etc. se produce una mescolanza que, ya perdonarán, lo que quizá no pase de una impertinencia intelectual: me recordaba a don Quijote (leo la contraportada ahora, terminada mi lectura, y no sin asombro veo que mis tiros no iban perdidos). Como don Alonso Quijano el bueno, el tal Ignatius Reilly, ese gordo cabrón de verborrea y facundia impar, no deja títere con cabeza: ataca a los molinos de viento tengan forma de negro, de vieja, de puta, de loro… o de lo que sea; a su vez el puñetero pájaro y las mozas del partido, en una calle del Barrio Francés de Nueva Orleans, arremeten contra él y lo dejan, descuajeringado, a los pies no de los caballos ni de los molinos, sino de un autobús que está a punto de llevárselo por delante a la otra vida; el cura y el barbero, so forma de su madre, la amiga de esta, Santa Battaglia, el tal Mancuso, el policía, la vecina, etc. quieren encerrar a Ignatius, y no es para menos, en un psiquiátrico; Myrna Minkoff es una especie de Dulcinea neoyorquina que, al final, viene a socorrer al puñetero loco…, no estando ella tampoco muy en sus cabales.
 El mundo que nos presenta Toole tiene una consistencia de realidad que se transmuta a los ojos y los discursos de don Quijote/Ignatius, un tipo leído y culto, que tras la realidad evidente vive a ratos en tiempos claramente anacrónicos, medievales; vierte creencias católicas deformadas que mezcla con un sinfín de ideas descabelladas, principios filosóficos… ¡su afán por que la gente lea a Boecio, Consolación de la filosofía! (un libro leidísimo, por otra parte, en su tiempo y en la Edad Media entre el personal culto) y todo se desquicia, descompone, recompone, se desarma y rearma… a los ojos del lector que, siguiendo los renglones de las páginas de la novela, no puede dar crédito a cómo ese gordo vestido de pirata, con un carro de vendedor de salchichas ambulante y una espada de plástico concibe la idea de que serán los invertidos, como él dice, quienes con sus vicios, sus vivencias, etc. ¡¡salven a la humanidad!! Para ello Ignatius creará un partido político cuyo inicio tendrá lugar en un fervorín que pretende dirigir a un grupo de homosexuales en casa de uno de ellos mientras tienen lo que hoy se llamaría una fiesta gay…
 Su paso por los dos trabajos que logra: como vendedor ambulante de salchichas y como administrativo en Levy Pants es de aurora boreal. La revolución que pretende en esta empresa es tamaña a tantas como don Quijote inicia contra el sentido común y la legislación de su tiempo: la liberación de los galeotes, el joven azotado, Andrés el pastor, etc. Los señores Levy, dueños de la empresa Levy Pants…, nacen también de un mundo irracional y me transportan… ilógicamente a una especie de realidad semejante a la pintada por Andy Warhol o, mejor aún, a Edward Hopper.

 Sorprendido por la novela no puedo decir que me haya resultado desagradable, salvo algunos pasajes. Creo que el lector que lee en traducción pierde muchos de los perfiles del estilo de Toole: menos da una piedra y más daño hace, y a seguir barajando.

 Por último, no sin cierta pena, en un libro comprado de segunda mano, puedo leer en una dedicatoria que hallo… “Con cariño para Javier. Para que nunca te olvides de mí”. Lo que no deja de ser, sin duda, una nueva conjura de necios en esta conjura global de listillos, memos, lelos, aprovechandas, codiciosos, simples, lerdos y tanta gente mala, como buena… La vida en rama. Pura conjura.

25 de febrero de 2017

CHARLIE-SALIDA-56- ¿Y AHORA QUÉ?

   Querido charlie:

   Con el asunto de la presentación de Dios no come caracoles, te diré, primero, que misión cumplida.

   Segundo, hay una vieja historia de mi casa que tenía su lógica en el niño que era mi hermano Javier. Criaba canarios mi padre por entonces y los tenía excelentes: cantarines y vistosos. Miraba un día Javier a uno precioso que cantaba desde su jaula en la cocina: cuanto más ruido, más cantaba. Miraba y remiraba Javier hasta que preguntó de pronto: “¿Y cuándo el canario se ponga como una gallina qué?”. La respuesta por obvia se contestaba sola. Nunca el canario se pondría como una gallina, por lo tanto en esa misma jaula pudo pasar toda su vida de pajarito encerrado.
   Ya te dije hace años, charlie, porque hace mucho que lo aprendí, que todo éxito es prematuro. Nemo ante mortem beatus esse dici potest. Se llenó la sala donde presentamos Dios no come caracoles. “Todo un éxito”, “Un verdadero triunfo”… ¿Éxito y triunfo de qué, para qué…, de quién?
SALÓN HASTA LA BOLA

   Nunca el canario se pondrá como la gallina. ¿Y ahora qué?, me preguntan muchos amigos tras la presentación de la novela. Me temo que la respuesta también se contesta solita: nada. La difusión del libro no da para más. En esta oportunidad, por el dinero de que disponía, he podido sufragar la edición. He enviado algo más de seiscientas cartas convocando a quien deseara ir, he vuelto a llenar el aforo de la sala donde presenté -casi doscientas personas que caben- todos salimos contentos, divertidos, fue un rato amable, quienes no lo habían hecho salieron con ganas de leer la obra… Eso sí, charlie, lo advierto y reconozco: ¡todos eran partidarios del autor! Si no amigos, conocidos y todas ellas personas (creo que eran cuatro los desconocidos para mí), que me miraban… con buenos ojos. Insisto: final del trayecto. Parada y fonda.

   He puesto la guinda a la meta que me propuse. Escribí una obra y la puse a disposición de quien quisiera leerla. Mi afán fue y es hacer pasar un rato amable a los demás, ayudar a crecer como personas a los demás, decirles sin ambages ni rodeos: “Te quiero”. Es posible que algún lileta piense tras cada obra que edito, “Otra obligación que nos echa este payo con la lectura de su libro”. Ninguno de mis prójimos y deudos, amigos y conocidos, leen por compromiso mis obras, espero y deseo. Como el poeta ya, tras 16 libros en danza y unos cientos de artículos publicados en prensa diaria casi todos, bien puedo decir “debeisme cuanto escribo”.

   No es final de nada, no es parada triste. Es lo que hay. La realidad es muy testaruda. Es cierto que quien no monta el culo en barco, se decía, no cruza la mar… Como no lo es menos que sin padrino no hay bautizo (lo del bautizo civil es de aurora boreal: “pa mear y no echar gota”, que decía el guarda). Los amigos más íntimos me animan a publicar este año 17 Un charlie cualquiera, libro anterior en su nacimiento a Dios no come caracoles, y que solo es conocido en originales no editados… De momento no es hora, charlie, de editar, sino de promover al boca-oreja para que la novela recién nacida llegue a muchas personas…

    Tucho Castelo. 

8 de febrero de 2017

Bauman, Zygmunt: LOS RETOS DE LA EDUCACIÓN EN LA MODERNIDAD LÍQUIDA


   Ha muerto Bauman. Alguna vez oí hablar de él. Leí algún artículo ligero de periódico sobre su pensamiento. Premio Cervantes, pensador acreditado. ¿Usted lo conoce? No se preocupe. Hoy casi no somos nadie. Seguro que él no se pensó ni se creyó imprescindible. Su experiencia vital, con su edad, le enseñaría que el cementerio está lleno de quienes se creían imprescindibles.
   Empiezo leyendo este folleto, que a libro no llega, donde el autor, entiendo, desde lo que son sus presupuestos teóricos hace un sucinto repaso a lo que entiende que está sucediendo en la educación en general, a la educación en Occidente, en los países llamémosles avanzados.
    La educación en general y la formación en particular siempre se consideró en casi todas las culturas un punto de llegada. La educación era un producto que se conseguía una vez alcanzados unos parámetros más o menos delimitados, mejores o peores, que daban como resultado poder afirmar que una persona estaba educada, formada, etc. La educación no era un proceso, insisto, sino un punto y final. La formación hoy, sin embargo, no se considera parada y fonda de nada, sino un proceso: la formación es una realidad a lo largo de toda la vida (sé de quien dijo esto hace cerca de un siglo: la formación no termina nunca). La formación, fruto de una visión analítica de la realidad, se troceó, se parceló, se delimitó y el individuo supuestamente formado cada vez sabía más de menos. Así nacieron los especialistas en pequeñas parcelas del saber y la sabiduría se colaba y se perdía entre las rendijas de esa especialización, quizá necesaria.
    Bauman es el autor del bautismo de lo que él llama la sociedad o la realidad líquida. Disculpen que no sepa yo demasiado de esto, pero por lo que veo que dice sobre esa educación líquida nos enfrentamos en el momento actual a tal cambio de parámetros, de visión de la realidad, que ya no nos encontramos con la aporía que la educación y la formación tuvieron siempre: educan quienes aprendieron ayer, enseñan hoy lo que otros debieran saber mañana…, porque hoy no sabemos qué debemos saber mañana ¿Qué demandará mañana la sociedad? Hoy sencillamente no sabemos en qué y cómo debemos educar. Todo, desde el momento en que se ha perdido la solidez de lo que conocemos, de lo que proyectamos, de lo que sabemos…, cuando todo es maleable y líquido lo que necesitamos no es una memoria que nos ayude a recordar lo aprendido, sino que debiéramos enseñar la capacidad de adaptación del educando a una sociedad camaleónica, mudable, inestable, ligera, lábil, innovadora, imprevisible, novedosa… Las referencias de solidez, de conocimiento firme… ya no importan: hay que aprender a cambiar, adaptarse a todo y a todos. Todo es relativo. Los expertos van muriendo porque el futuro y la velocidad con que este se hace presente es… su llegada es imprevisible. Todo es móvil, todo es puro movimiento imprevisible donde domina fundamentalmente la prisa.
    Usted me dirá que nihil novum… Cierto. La prisa es rasgo de la modernidad y de la postmodernidad, o de la nueva sensibilidad o de la tardomodernidad o de la supermodernidad, o de la realidad líquida… nombres todos ellos que se dan a este período que casi todos los pensadores señalan que se inició tras la última revolución en occidente, en los años sesenta del pasado siglo. El espacio y el tiempo solo pueden ser batidos yendo más rápido. El espacio y el tiempo se reducen si aumento la velocidad. Todo se consume. Todo es consumible. Lo importante no es tener, sino consumir. Los productos nacen con una obsolescencia calculada: un producto no es para siempre, ni un matrimonio, ni una impresora, ni una amistad… Se usa, se consume, se cambia… “Vive deprisa, muere joven y deja un bonito cadáver”. Sintomatología, pero ¿y el remedio?

6 de febrero de 2017

CHARLIE-SALIDA-55-DIOS NO COME CARACOLES. PRESENTACIÓN.

      

      
      Querido charlie:

      Me has preguntado muchas veces en estos días que si he preparado ya la presentación de Dios no come caracoles y te he contestado que aún no tuve el tiempo que eso requiere. Es más, añado ahora: no creo que vaya a tenerlo, por lo que estoy haciendo una preparación sui géneris de lo que intentaré en ella. Ya lo oirás, si vas al salón de la Real Sociedad Económica de Amigos del País, el próximo viernes a las 19:30… ¡Sí, el día 10! No, no fue el viernes pasado…, como tu primo el lileta, otro charlie como tú preguntó: “¿Ha ido bien la presentación?”, me dice el tío. “Es el día 10”, le contesto. “Pos mu bien”. Eso digo yo.

      No quisiera hacer como la Lola Flores (q.e.p.d.) que, tras invitar a toíta España y presentarse en Marbella hasta el apuntador, dijo aquello de “Si me queréis irse”. En el salón de la Económica caben 200 personas…, te lo digo charlie: que vaya quien quiera. Estemos quienes estemos…, me gustaría que pasáramos un ratico amable, literalmente: amable.

       Quienes no fueron aún invitados o llamados y lean esto y tengan interés… ya lo están. Te aseguro, charlie, y sabes que soy hombre de palabra, que: no he descartado a nadie por incuria, inquina, aversión, animadversión… Si olvidé a alguien, lo siento y que me disculpe. Insisto: si cabemos, bien; y si sobramos, lo siento. Quienes puedan avisar a quienes crean que pudieran tener interés… ¡que los avisen! Dios queriendo, allí estaremos.
     
     AVISOS: no se podrá atender a todas las personas como cada una de ellas se merece; espero que se comprenda. Se podrán comprar libros en el acto.


            Con cariño,

4 de febrero de 2017

La Memoria Histórica al hilo de LOS GIRASOLES CIEGOS. Almorranas y témporas

                
Altar mayor de una iglesia de Toledo tras ser profanado en 1936. 

        Por razones un tanto accidentales, la relectura de Los girasoles ciegos, me paro en estos días a sopesar una realidad en la que nunca paré mientes con serenidad. Se trata de la llamada Ley de la Memoria Histórica. Me van a perdonar que no me ilustre ni lea directamente sobre ella de quienes la defienden o la rebaten. Me planto ante ella con las armas intelectuales de que dispongo y con lo que he leído en estos años y, reconozco: sin abundar en exceso. Parto del sentido que interpreta, desde esta perspectiva legal, Los girasoles. Recuerdo al lector: esta obra es “lectura recomendada” en 2º de bachillerato, única obra de este autor y que, entiendo, encarna el espíritu de la citada ley.
     Una y otra vez, en el ámbito de la Literatura española, que es donde me muevo con algo más de soltura, en la historiografía, se viene insistiendo en eso que arriba he llamado memoria histórica, en sentido general. Así llaman, sin duda alguna, a esa realidad quienes “perdieron” la guerra civil del 36. En términos bélicos de la época: “los rojos”. ¿Pero de qué se trata?
     Se supone, entiendo, que, tras la guerra civil, se ensalzó a los caídos del bando “fascista”, “nacional”, “golpista”, “rebelde” y con esto se reconfortó a quienes habían tenido pérdidas de toda índole en la contienda fratricida. Quienes perdieron al marido, al hijo, quienes no hallaron a sus hermanos tras la guerra, por ser del bando nacional, quedaron reconfortados, consolados, y tuvieron cumplida cuenta del duelo que necesitaban para asumir que su hermana violada, el padre asesinado, etc. lo habían hecho y padecido por amor a la Patria, por el bien de la humanidad… y en nombre de Dios (¡o Dios sepa!). Sin duda, esto presupone que quienes cayeron eran conscientes de por qué cayeron, por qué los asesinaron, por qué les robaron, por qué los echaron a los leones en la Casa de Fieras de Madrid… Y aquí me paro.
¿Fue realmente así? Es decir, ¿los caídos, los asesinados, los sacrificados, los violados o violadas, los masacrados… de uno y otro bando, en el frente o la retaguardia, llegaron a saber por qué dieron la vida, para qué dieron la vida? La inmensa mayoría, estoy absolutamente seguro, no lo supo. Solo quienes participaron directamente en hechos violentos “por convicciones políticas, éticas, sociales, etc.” supieron por qué y para qué luchaban, por qué y para qué asesinaban. No hemos de olvidar que la asignación a uno u otro bando fue una macabra rifa geográfica que tuvo que ver con él éxito o no del golpe de estado en tal o cual ciudad y con el avance, el retroceso o la ocupación de pueblos, regiones, etc. Hubo quienes, por motivos personales, ideológicos, repito, cambiaron de bando, se presentaron voluntarios para luchar en uno u otro, etc. y lucharon en el frente o formaron grupos de limpieza en las retaguardias, siendo la inmensa mayoría meros pacíficos damnificados, obligados a participar en una guerra que sencillamente no era su guerra.
     Fue en los años de la llamada transición, modelo, ejemplo y asombro del mundo… durante años, pero no tanto ahora, cuando se hizo un pacto de silencio. Ignoro en qué términos y sí los hubo concretos (por cierto, ¿alguien conoce los extremos de estos acuerdos?). Entiendo que de nuevo, como en décadas anteriores, hoy como ayer, las fuerzas políticas, los implicados en este negocio, cómplices y culpables, los interesados e implicados, pactaron sus propios beneficios legales, amnistías, “los olvidos obligados”, “la amnesia forzosa”… y la inmensa mayoría, sean quienes fueren. Eso tan socorrido y romántico llamado “pueblo” quedó absolutamente al margen. Los muñidores de los pactos, los cambalaches, los prestidigitadores de la realidad rehicieron la historia de lo acontecido a su antojo: del antes, del durante y del después de la guerra, aquí y allí, para unos, “los vencedores”, y para otros, “los vencidos”, tanto para “los de dentro” como “para los de fuera”…
    La memoria histórica parte de la reclamación de justicia y reivindicación “de los de fuera”, dicho quedó. ¿Qué deseaban, qué querían? ¿Cuántos son? Cuando se habla del número de muertos, de los exiliados, de los fusilados, de los encarcelados, de los desaparecidos… las cifras de un bando y otro, pues los bandos aún siguen en pie en todos los órdenes, no coinciden. Hay historiadores, economistas, politólogos, sociólogos, ensayistas… de uno y otro bando. ¿Dónde y para cuándo la verdad? Eso no importa, es un detalle menor para los bandos, que se lo saltan sin ningún rubor. Quienes no formamos parte de ellos, perdone, no contamos. Es lógico que esta ley la anime, viva y se mueva, por tanto, por el espíritu de revancha que respira por una herida aún abierta y mal suturada.
   ¿Está bien que exista la justicia sobre lo ocurrido… hace… ¡cuánto!? La justicia, lo hemos dicho mil veces, si no es en tiempo y forma no lo es. ¿Quién consuela a los vivos que tuvieron sus muertos entre el 36 y el 39? ¿Quién nos restituye el habernos tenido que marchar de España, nuestra amada patria, haber abandonado todo, recomenzar lejos…? ¿Quién recupera a esos muertos que se llevó el tiempo y murieron en la ignorancia de qué fue de su marido, de su hijo…? ¿Quién da cumplida cuenta del tiempo transcurrido en encarcelamientos injustos, arbitrarios, abominables? Sí, está muy bien que se recupere (?) a un tío de mi padre asesinado en una cuneta a quien no conocí, de quien ya no quedan testigos…, ¡cuando ya está muerto hasta mi padre su único sobrino vivo! ¿Para qué? ¡Por supuesto, para honrar al tío de mi padre! ¿Mas no se piensa que más que honrar a mi tío, este remover huesos, cráneos agujereados de tiros sumarios, lo que remueve en la mala sangre, el odio al otro bando (real o inventado)?
    La reivindicación de la memoria histórica que termina siendo, en mi opinión, una imposición legal de parte, “de parte de los ‘vencidos’”, que no pasa de ser la búsqueda de un referente histórico, sólo de corte político. Ley avivada por parte de una izquierda desnortada y con reducidos corredores ideológicos por los que pudieran fluir emociones que sirvan de banderín de enganche entre “los de su bando” y las nuevas generación, legas en materia histórica y política, pero que, por su juventud y herencia ideológica, se puedan sentir atraídos no tanto por ideas como por planteamientos extremos, radicales, emocionales…, sin apenas base, reitero, histórica ni ideológica, meros girasoles ciegos que giran al calor del odio.


Ya perdonarán. Andaba buscando un libro y me encuentro con que se me olvidó publicar esto. Leo en las declaraciones del autor del citado libro, en favor de la memoria histórica, supuestamente textuales: ““Era un hombre creyente y practicante, a pesar de su condición de republicano”. Con esto cualquiera que tenga dos dedos de luces y sepa mínimamente de historia de España comprenderá que el caballero confunde, ¡cómo no!, las almorranas con las témporas. La ignorancia no hay barranco por el que no se precipite. No lo intente: no quiera convencer a quien no quiere ser convencido. Poner irracional racionalidad en una realidad de suyo radicalmente irracional, como es el odio, el sectarismo, etc. es como para decir buenas tardes. Que el último en salir que apague, que nos vamos. 

Milicianos con ropas y objetos litúrgicos en Madrid durante la Guerra Civil en 1936.