11 de diciembre de 2017

Zidrou e Ibáñez, Roger: ¿QUIÉN LE ZURCÍA LOS CALCETINES AL REY DE PRUSIA MIENTRAS ESTABA EN LA GUERRA?


Mi memoria aún es fiable en muchos ámbitos. Nunca en mi vida compré un cómic con mi dinero. Solo una vez en mi vida mi padre me regaló uno: fue una tarde en la que, siendo niño, me llevaba a pelarme. Ignoro por qué lo hizo y ahora es tarde para preguntárselo. A mi alrededor, en mi infancia, había libros de cómic que yo leía muy de tarde en tarde cuando a algún amigo se los pedía prestados: tenía buenos amigos lectores de este tipo de libros. No me disgustaban, pero no me apasionaban como a ellos. Me agradaba leer a Astérix y Obélix, a Tintín, al Jabato, que confundo (discúlpenme) con el capitán Trueno… También leía algunos otros, digamos, que, en mi ignorancia, calificaría de “más corrientes”: Mortadelo y Filemón, Pepe Gotera y Otilio, el Botones Sacarino, Rompetechos… y esas eran mis lecturas de cómic. Recuerdo también haber leído algunos (tamaño de página, orientación apaisada y pésimo papel) de Roberto Alcázar y Pedrín… Mafalda era, para mí, temario aparte, y la leí más tarde.

En mi condición de coordinador de biblioteca, siguiendo indicaciones de quienes saben, me he lanzado a comprar libros de cómic para los alumnos de un centro de ESO y bachilleres. Me he dejado asesorar -¡y bien agradecido que estoy!- por Manuel Vasco y Juan Manuel Espinosa… Me han descubierto que, ese mundo oxidado de mi infancia, es hoy por hoy -a lo mejor entonces también lo era ya- un inmenso océano que no entiendo por qué no se estudia en alguna facultad (aunque no dudo que esta exista). ¡¡Admirable!! Recibo el pedido de libros con asombro absoluto; todo me deja boquiabierto: las ilustraciones magníficas, el papel satinado de ignoro cuántos gramos, los colores, las cubiertas, los diseños… ¡y el precio! Insisto: disculpen mi cazurrería, fruto de mis pocas luces, al hilo de lo que escribo.

Me leo un libro, un tebeo, un cómic… que no sé cómo llamar: ¿Quién le zurcía los calcetines al rey de Prusia mientras estaba en la guerra? Ignoro el sentido del título, que se acompaña por el tipo de la portada que parece un jugador de rugbi al que le sobra cuerpo y le falta cabeza…, pequeña para tanto cuerpo. Empiezo a leer y ¡vive Dios que no entiendo nada! Absolutamente nada: no sé de qué va aquello…, pero, siguiendo normas no escritas de la casa, sigo leyendo: al fin y al cabo, el libro o como se llame -disculpen- se lee en un rato… Echo un vistazo al cuento páginas adelante y me encuentro al mismo individuo de la portada en perla y enseñando sus partes pudendas… ¡Vaya por Dios! Vuelvo a la lectura… Si hubiera hecho lo que suelo hacer cuando leo un libro, me habría enterado de qué iba la copla: “Lee las solapas, las contraportadas… antes de iniciar la lectura”. Llego tarde. Ya me lo he zampado. Ya sé de qué va. Alcanzo la contraportada: ahí tenía la clave que he descubierto yo solito… ¡tampoco hacía falta ser Leonardo da Vinci!

Catherine, una madre con 72 años, cuida a un hijo, Michel, de 42. Este sufre un retraso indefinido, fruto de un accidente de coche ocurrido por beber en exceso. La historia la componen los hechos cotidianos de esta relación: con la hija de Catherine -que, por supuesto, no se quiere hacer cargo de Michel-; una madre a quien le parece indeseable dejar a su hijo en una residencia; un Michael que, con su cuerpazo de hombretón, actúa de continuo con un niño caprichoso… Duro para la madre el vivir cotidiano cuando Michel… vive en su limbo de manías, de horarios, de comidas, de exigencias… ¡a su anciana madre!

Sin duda, tras esos magníficos dibujos, tras esas escuetas escenas… hay una vida y una visión ética del vivir actual. No hay moralina. No hay soluciones. El autor o los autores -de quienes nada sé decir- no nos leen la cartilla ni aportan soluciones: “no hay más cera que la que arde” (no me gusta ese derrotero…, pero “es el que hay”), y comprendo esa solución.

Añado que estoy asombrado… de lo que he leído. Mis amigos me animan. A ver si lograra yo animar a los lectores potenciales de un centro de educación donde, como en su casa de usted, es lo “normal”, se lee muy poquito… Ojalá estas adquisiciones y otras de las que iré dando cuenta animen a los alumnos a la lectura.


¡Ah, antes de irme! Leyendo el libro me acuerdo de la excelente película de Rain Man, protagonizada por Dustin Hoffman y Tom Cruise y, ¡cómo no!, del inolvidable Ignatius Reilly, protagonista de La conjura de los necios… 

29 de noviembre de 2017

FALLECIÓ TERESA LEÓN AGUIRRE


Hace años, no lo olvidaré por la impresión que me produjo necedad tal, se habló de la muerte en el grupo en que estaba de tertulia. Una señora, universitaria y joven y supuestamente normal, pidió que se dejará de hablar de tal realidad o se iba. “No soporto hablar de la muerte. Es de mal gusto”. ¡Admirable! Hablar de la muerte no es el abordaje de un tema, sino de una realidad en la que cobra sentido nuestra existencia por su carácter de finalidad. Para los creyentes la muerte no es el sentido de nuestra existencia en este mundo, pero sí el fin.

El mes de noviembre es, desde tiempos inmemoriales, tiempo de recordatorio de los muertos. Cultos paganos y humanos, y cristianos por tanto, en estas fechas, por muchos motivos recuerdan a los difuntos, a quienes nos precedieron en esta vida. La muerte acompaña al hombre desde su nacimiento. Para el viviente siempre es tiempo y momento para morir. El suceso de la muerte es un enigma, que no un misterio. Siempre es tiempo de morir. No son pocos quienes, como la señora citada arriba, o no quieren hablar de la muerte o se olvidan de ella como una realidad ajena y lejana a ella. Siempre digo que la falta de experiencia personal nos aleja de su existencia. Siempre, para cada uno de nosotros, “se mueren los demás” y por tanto ¿a qué ocuparnos de ella? Noviembre, mes de las ánimas, nos advierte, el fallecimiento de nuestros próximos nos recuerda, si nuestra necedad no lo impide, la realidad de nuestro alrededor nos avisa…

Recuerde el alma dormida,         
avive el seso y despierte
contemplando
cómo se pasa la vida,
cómo se viene la muerte             
tan callando

Es noviembre mes de escuchar con los oídos del alma la honda meditación sobre la muerte de Manrique. Impagables, irrepetibles, atemporales sus versos.

Ha muerto Teresa León Aguirre. Muchos de ustedes no saben quién es. Otros sí. Ha fallecido la madre de mi esposa quien nunca admitió el nombre de suegra, que las suegras no tienen buen trato y gastan mala fama. Nunca fue tal para mí en sentido peyorativo. Fue más bien una madre respetuosa que, desde su experiencia de vida y su prudencia, asesoraba sin imponer, pensaba en voz alta sin aconsejar, animosa y positiva siempre… Viuda desde hace muchos años, madre de cinco hijos adolescentes entonces… Juan, su marido, falleció y dejó a los seis en la soledad relativa de un familión de tíos y primos, donde siempre primó el amor que lleva a la ayuda mutua. En broma le decía yo que eran tribu, pero no es así: la delicadeza en el trato evitaba las jefaturas y el amor primaba en las conversaciones, en los roces, en los problemas…

Lo dejé escrito muchas veces. Es una impiedad hablar mal de los muertos, pero estos no mejoran en su nueva condición de cadáveres. Quien fue diabólico y malo en vida… la presencia de la muerte no lo mejoró. Preferible, por tanto, callar ante su cadáver. No es el caso de Teresa, quien siempre fue ejemplar para sus hijos, sus amigos, sus parientes… Mujer de modales suaves, su educación predicaba de ella: delicada en el trato ¡hasta para poner una mesa! Habladora la justo y con quien sabía que debía hacerlo y risueña las más de las veces con todos. Supo cuidar de sus hijos y se dejó mimar también por ellos que la han llevado siempre en palmitas porque de bien nacidos es ser agradecidos. Teresa, está bien que yo lo escriba, fue una señora: elegante y educada hasta el extremo que el respeto al otro se debe.


Decir que “no ha pasado nada” sería una impiedad. Ha fallecido una persona a quien admirábamos por su vida ejemplar, a quien amamos y acudimos a ella… Sí que ha pasado… Teresa ha pasado a mejor vida y el mundo es distinto. Dios en su sabiduría infinita -ella lo creía firmemente- la ha llamado en el momento mejor, aunque este nunca nos lo parezca a quienes nos quedamos atribulados aún a este lado de la muga… Sí, sí que ha pasado a descansar en el regazo del Padre junto a aquellos a quienes tanto amó y de quienes, a veces, pudo disfrutar poco -como de su padre-… Ahora seguirá sus conversaciones con quien fue su marido… -¡lo siento san Pablo, tú sabes…!- y ellos nos seguirán animando a vivir con la dignidad de los hijos de Dios unas vidas, cada uno la suya, a veces difíciles, pero hermosas, con tristezas y alegrías, pero siempre felices, pues en unas y otras se puede mantener la fe y la esperanza en una vida mejor, en el Amor de Dios. Descansa ya en paz Teresa León Aguirre.

22 de noviembre de 2017

Doménch, Ricardo: EL TEATRO DE BUERO VALLEJO. UNA MEDITACIÓN ESPAÑOLA


Un año más, quien sea -ni lo sé ni creo que me importe demasiado- mantiene entre las lecturas “recomendadas” para la Selectividad a ese prestigiosísimo y reconocido escritor llamado Alberto Méndez, autor de una única obra compuesta por cuatro cuentos, como modelo de la novelística de postguerra. Cela, Delibes, Torrente, Ana María Matute, Martín Gaite, Laforet, Sánchez Ferlosio, Aldecoa… Muñoz Molina, Pérez Reverte, Marías, Trapiello, Eduardo Mendoza… ¡esos pardillos! España siempre será una unidad de destino para lo inútil, el rencor y la envidia… y que no pare la música.

Dicho esto, sin acritud, celebro que se haya cambiado Luces de bohemia por Historia de una escalera. Una obra de teatro por otra, una de la preguerra por otra de la postguerra, Valle por Buero… Dos clásicos. Dos obras maestras. Tan indiscutible Valle como el Buero del franquismo, para mí, el mejor Buero, el Buero inolvidable… Si el primer párrafo, en tanto que alegato, es norma de este blog al comentar de pasada las lecturas del curso 2º de bachillerato, no lo es menos la pregunta que me hago y que aventura ¿quiénes leerían a Buero si no fuera por la “recomendación” de la universidad? (¿¡Qué se podrá hacer en España sin recomendación y sin padrino!?). Aquí me quedo. Supongo que nadie leería a Baroja ni a Buero, ni a Machado y aún así… no creo que sean muchos los alumnos que los lean y disfruten. Y que siga el reparto de cartas, ¡que no cese!

Como es lógico no voy a comentar Historia de una escalera a estas alturas, que reeleré con gusto en los próximos días. Quizá diga aporte algunas impresiones de lo que halle entre mis recuerdos de lo leído hace años -un par de veces al menos- y lo que ahora, ya viejo, leo en ella.

El libro de Doménech, editado por Gredos, me transporta. La colección Románica Hispánica es un clasicazo de todos cuantos anhelábamos ir más allá en el conocimiento de la Literatura. Se empezaba por las obras de AUSTRAL, se ascendía en la facultad a Cátedra, Castalia… ¡y Gredos! donde publicaban los grandes santones, los intocables, de la época: catedráticos de la Complu, de Oviedo, de… ¡libros carísimos, impagables, de páginas intonsas! Pasear hoy por sus páginas de color caña es volver a ver: sí, vivir es ver volver, decía José Martínez Ruiz… Hoy, sin embargo, lejos de aquellos años cándidos, años de aprendizaje, de verdadero gustazo al pasar las páginas, al aprender al adentrarme en las obras de los autores, en sus interrelaciones con otros escritores o pensadores, en sus influencias, en sus mecanismos que quedaban más o menos al descubierto… ¡Qué selectiva es la memoria! Ahora, sin embargo, cuando releo a Doménech lo que me cuenta “me suena”: ya lo leí, ya lo estudié… En parte lo olvidé, pero no tiene el carácter brillantemente atractivo de lo nuevo. Esa urraca que es el hombre, que tanto gusta del brillo de lo flamante… se retrae ante lo ya visto y sabido… bestia cupidissima rerum novarum, es el hombre, se dice.

Si vivir es ver volver, don Jorge tenía razón: las aguas de curso arriba, las aguas pasadas, el tiempo vivido en el recuerdo actual fue mejor: “cualquiera tiempo pasado/fue mejor”. Ya no me resulta novedoso lo leído y sabido desde hace años: Buero pregunta al espectador por boca de sus personajes (figuras los llamaba Spang, si no recuerdo mal), y el espectador inquirido debe hallar respuesta a los problemas que se plantean: problemas sociales y existenciales (no confundirlos unos con otros), las limitaciones del hombre: la ceguera…, porque quien no ve es como quien no sabe: ciegos en El Concierto de San Ovidio, ciegos en La fundación… ¿Qué hay de la libertad y el destino? nos espeta don Antonio. ¿Es el hombre libre, se puede librar de la escalera heredada… o el status viatoris es yugo insalvable que no deja resquicio a la libertad…? Y así el espectador no puede permanecer pasivo: los actores no le permiten arrellanarse en su butaca, se ven inmersos esos espectadores en la realidad que de continuo demanda su elección en dilemas o trilemas…, entre malo y peor, ante el asombro de la injusticia que nos impele, la mentira, la modorra que nos adormece y Buero nos lleva a la tragedia entendida como búsqueda y medio del sentido de la existencia… El hombre se autoconstituye en la acción, dice Aristóteles. Otro tanto nos repite Buero… El espectador, en tanto que persona, se cuestiona, se asombra, se pregunta y empieza a revivir: el hombre no es una cosa, se mueve, necesita perfeccionarse y perfeccionar su entorno, a los de su entorno… y y ahí empieza la “salvación” de la tragedia que es toda vida… Sí, ahí está El tragaluz, pero usted elige. Tú debes tirar necesariamente de continuo, obligatoriamente… ¡te toca!


¡Qué de ratos amables de lectura so capa de estudio! Lecturas de obras críticas, de obras de los autores, de Buero
ahora… que apenas recuerdo, pero que dejaron en su momento un poso sobre el que hoy, una vez más, me apoyo y me cimento.

15 de noviembre de 2017

Rodríguez, Claudio: DESDE MIS POEMAS



Tiene su lógica en mí padecer la sensación de que siempre llego tarde a determinados autores y sus obras. “Lee lo que se quede de pie”, me dijo don Alfonso Sancho hace unas décadas y, salvo alguna desobediencia puntual (que pagué con impresión de invertir mi tiempo en naderías), le hago caso y leo lo que está de pie, aquello que resiste el tiempo y se hace valioso… Es por tanto necesario ejercer la paciencia, barajar para ver qué pasa… Y saber que llegaré, que llego seguro sobre lo valioso de lo que leo… ¡Hasta donde me da de sí la vida! Vaya lo uno por lo otro. A muchos, por desgracia, ni llego.

El libro que comento incluye las cuatro primeras obras de Claudio Rodríguez: Don de la ebriedad, Madrid, Adonáis, 1953, (Premio Adonáis); Conjuros, Torrelavega, Ed. Cantalapiedra, 1958; Alianza y condena, Madrid, Revista de Occidente, 1965, (Premio de la Crítica); y, por último, El vuelo de la celebración, Madrid, Visor, 1976.

Perdóneseme que comente el libro y no obra por obra, aunque algo diga de ellas, quizá más abajo.

Se me antoja dura la poesía de Claudio Rodríguez tras leer a Aleixandre. A veces ocurre también con los sabores, los olores, con las sensaciones en general… No sé si el término es dura o fuerte. Quizá lo segundo. Perfiles agudos, metáforas de elementos alejados o que no hallo. Me hace Rodríguez mirar una Castilla, que me aprendí y vi en los versos, sobre todo, de Machado, y las prosas de Azorín… Estos dos autores, como Baroja o Unamuno, todos del 98, no son naturales de Castilla y Rodríguez lo es de Zamora. Cierto que como aquellos gusta de caminar por los campos, pero esos campos son los campos que desde niño vio el castellano, sus campos (su familia tenía tierras), los caminos que conocía y vivió. Tiene una mirada singular. Libera a la palabra de su función comunicativa funcional y la dota de connotaciones extraordinarias que reviven en el lector realidades novedosas en otros equilibrios, dicho con perdón, quizá de la pedantería.

Internet es abrumador. Pido algún dato que confirme algunas de mis impresiones y quedo sepultado por la sobreinformación. Veo una entrevista del poeta y ahí está…, mas ¿cómo llegar a todo? ¡Qué amable me resulta Rodríguez!: sonriente, explícito, cercano, afable… No lo conocía. Es la poesía para el poeta castellano, según dice, “una aventura segura”, “un seguro azar”, siguiendo el título de Salinas. Es don, pero es pericia que da ritmo al verso, y ese don conduce al entusiasmo, a la ebriedad… Si la vida no tiene por qué ser poesía (el biografismo en que, a veces, caemos al interpretar un texto), sí que la poesía es vida, forma parte de la vida y muy especialmente de algunas personas. Sigo leyendo…

Los versos y el poema, los poemas, que hallamos en Don de la ebriedad, en apariencia narrativos, cuentan con más lances y quiebros sorprendentes que narración de vida. Las imágenes inesperadas desencajan al lector atónito. ¿Con quién habla el poeta -me pregunto-, quién es el tú a que se dirige? ¿Es acaso otro yo, el poeta desdoblado, a quien cuenta su andar sin aparente rumbo a quien describe campos carentes de seres humanos? Todo parece partir de una esencia misma hacia un fin y el poeta sorprende a la realidad, esa la que sea, en ese momento inicial, adámico y virginal, desde la perspectiva subjetiva que la mira.

El poeta, conocedor de las tierras y sus pobladores, plantas y pájaros -casi siempre-, habla con el surco y se convierte en grajo, en hijo de una madre que calla, que no parece existir. Cuando habla a las personas estas no son tales, pues ninguna responde: nadie le responde ni se dirige a él, el poeta, me atrevo a decir, casi les habla dirigiéndose a sí propio… Me ensimisma esta poesía. No diré que me hipnotice, pero me impele, me obliga a leer y leer y releer algún verso. El poema largo, abundante, en Conjuros me abruma y me pierdo. El sucederse de las imágenes me desconcierta y confunde. Mi lectura, imperceptiblemente, se hace agrado y gozo.

La poesía en general de Claudio Rodríguez la califico de sorprendente, cautivadora, enigmática, difícil, sugerente, fresca. Y a renglón seguido me pregunto si algo puede ser todo eso, siendo a su vez tan contradictorio. ¿Qué tiene su poesía que siendo de compleja o difícil comprensión... cautiva, incita al lector a seguir verso a verso, poema tras poema? Me da la impresión de que el poeta llega a lo profundo del lector: al inconsciente, al sentimiento, a la irracionalidad, a las emociones... y todo ello se despierta por las imágenes, las sugerencias... El poeta habla del poema como misterio y aventura. El autor se lanza a lo desconocido armado de las palabras, de las imágenes, de las vivencias y plasma un mundo particular, personal, pero no por ello intransferible, traducible a la experiencia de quien siente y lee, de quien ha vivido.

Discúlpeme. Aquí me paro… Corto y pego de Yubero Ferrero (http://www.cervantesvirtual.com/portales/claudio_rodriguez/semblanza/) “La finalidad de la poesía, solía decir, es «hallar la certeza única, el nudo que ate y dé sentido a tantas imágenes rotas, tanta oscura presencia, tanta vida sin tino». El mundo lírico expresado así expresado se resuelve en canto y celebración, siempre en una irrenunciable voluntad de salvación de la realidad”. Y yo me voy contento, feliz… de mi corazón a esos otros asuntos de los demás y míos…

6 de noviembre de 2017

Ishiguro, Kazuo: LO QUE QUEDA DEL DÍA



Toda actividad humana tiene trascendencia. Todo trabajo, todo quehacer, todo empleo, toda vida por mínima e insignificante que en apariencia sea es importante, única e irrepetible. En la novela de Kazuo Ishiguro el protagonista es el mayordomo de una gran residencia inglesa habitada por lord Darlington: solo de este se habla que habitase esa mansión; él y sus sirvientes: mayordomo, ama de llaves, doncellas, cocineras, jardineros… ¡una legión! Nos cuenta la historia Stevens, el mayordomo, quien se irá de viaje durante unos días para visitar a la antigua ama de llaves de la mansión, miss Kenton. El lector, desde el primer momento, intuye que hay algo más que una mera visita formal, de trabajo… Excelente obra de Ishiguro.

El autor por boca del mayordomo va deslizando temas variados relacionados con las vivencias de Stevens en Darlington Hall y que va confesando al lector de forma muy precisa, de un modo casi servil, pues el mayordomo se siente profundamente afectado hasta lo más profundo de su ser por su oficio y la trascendencia del mismo. Habla de su padre, que también fue mayordomo, así como de otros que lo fueron famosos y sirvieron en casas de gran fuste en lo político y en lo económico: antiguas familias de rancio abolengo. Por Darlington Hall, para ver a lord Darlington, pasarán grandes personajes de la historia de Inglaterra que no participan sino como figurantes en la novela: Churchill, von Ribbentrop, etc.

La obra confesional se va deslizando por temas, insisto, diversos, pero ordinarios: la limpieza de la plata, tal y cual suceso relevante para el servicio de la casa, cómo Stevens en su viaje en el coche de su nuevo señor -un multimillonario americano- se queda sin gasolina y recala en casa de unos aldeanos que lo confunden con un gran señor, menos el médico que comprende que, en realidad, su señorío no es otro que el roce con los verdaderos grandes señores... Stevens se siente orgullosísimo de su trabajo. Su servicio de copas, de tabaco, de orden de la casa, en los grandes eventos, son medios capitales para la buena marcha de las relaciones internacionales en las que participan esos grandes señores que pasan por la mansión, que él organiza y lleva con suave mano de hierro y a la que se debe en cuerpo y alma. Incluso por atender al servicio no llegó a acompañar a su padre, que servía en la misma mansión y en esta agoniza, en el momento de su muerte porque la obligación está por encima de cualquier otro quehacer. Como modelo de ello, cuenta la anécdota de un mayordomo que, estando con su señor en la India, entró en el salón antes del almuerzo, o cena, y le comunicó a este con gran discreción que, bajo la mesa del comedor, donde en breve pasarían, había un tigre, a lo que su señor le pide que solucione el problema sin escándalo: al rato vuelve el mayordomo, cargado de la dignidad que tanto preocupa a Stevens, diciendo que se ha solucionado el problema e incluso ha dado tiempo a limpiar la sangre vertida… Los señores pueden pasar al comedor. Todo un modelo de discreción y de dignidad, palabra, insisto, sobre la que una vez tras otra vuelve Stevens… Un mayordomo sin dignidad nunca podrá alcanzar la categoría de un gran mayordomo…

Hasta el último capítulo el lector no alcanzará el sentido del título, Lo que queda del día. Magnífica novela, excelente el modo en que el autor lleva por la estructura sinuosa, lenta, suave, agradable al lector hasta comprender al final… qué debe meditar el lector y, sin duda, no es baladí el tema. Ya los maestros griegos en sus escuelas enseñaban a examinarse a sus discípulos: cómo hacerlo por escrito, cómo hacerlo más de una vez al día, anotar los propósitos o metas… ¡Qué importante aspecto de nuestra vida! A Stevens el examen no le coge por sorpresa, pero sí la meta, el propósito: quizá erró su disparo, el sentido de su existencia. Será tras la conversación con miss Kenton, el ama de llaves, cuando comprenda que todo cuanto nos venía contando durante más de doscientas páginas quizá sea solo paja, solo bagatelas, lata reluciente bajo nombres altisonantes de personas, de lugares, de actitud o supuestas virtudes mal interpretadas, mal vividas, que vienen a dar en hipocresía o en el “deber ser” kantiano, pero vacíos de verdadera vida, de verdadera virtud… Efectivamente, nunca es tarde si queda tiempo, será cuestión de aprovechar Lo que queda del día.

Le aconsejo la novela del último premio Nobel de Literatura, creo que no se arrepentirá.

2 de noviembre de 2017

COMENZÓ EL CURSO

                                                                      A mis alumnos tutelados de 4º de ESO.

 

Con retraso… ¡como tantos quehaceres!

Está la casa donde vivo junto a una escuela. A diario oigo a los niños al entrar y al salir, cuando gritan y juegan en el patio. Una puerta pequeña de hierro da acceso desde la calle al aula por donde acceden los más pequeños. Los “No, no, no… ¡¡mamááá´!!” desgarradores de algunos de ellos me parten el alma. Alguna vez he llegado a salir a la puerta para… nada. La escuela, por mil motivos, desde que somos niños, no es amable, no resulta un lugar agradable, es un espacio indeseable… salvo, quizá, para algunos pocos, algunas veces. Venía a decir un excelente poeta español, Juan Ramón Jiménez, que la escuela es una institución penal dedicada a asesinar nuestra infancia; esta idea la popularizo Leopoldo María Panero, otro poeta, cuando su madre le preguntó qué opinaba de sus años escolares… Me adhiero absolutamente a ello. ¡Cuántas vidas torturadas entre pizarras, lápices, planillas, mesas y malos ratos!

Pasan los años y se comprende la dificultad que comporta hacer atractiva la escuela, el aprendizaje que en ella se quiere llevar a término. Es cierto que la letra no entra con sangre -como la aprendí yo-, pero no lo es menos que aprender es costoso, supone esfuerzo, empeño, orden, tenacidad, paciencia, espíritu deportivo, concentración, ilusión… y tener un para qué. El para qué de tantas actividades (y activismos) de nuestra vida nos descubre el sentido de aquello en que invertimos nuestra vida: tiempo, imaginación, inteligencia, empeño, dinero, ilusión… Me paro y me pregunto para qué escribo estas líneas y lo tengo claro: para hacer reflexionar al lector y así ayudarle en su meditación a tomar algunas decisiones que le ayuden a crecer, a mejorar, a ser más feliz, si es posible. No sé para quién escribo: eso también es cierto. Si lo supiera, si pudiera encabezar mi escrito con un “Querido Ángel”, “Estimada Elisa”… eso me ayudaría mucho, pero no lo sé… Voy a acotar a mis lectores a partir de aquí, si no les incomoda… Me voy a dirigir a bachilleres, adolescentes y jóvenes universitarios y así me centro un poquito.

En España en este otoño veraniego en gran parte de ella ha comenzado ya el cole, el instituto, la universidad… Las clases se han puesto en marcha. Las vacaciones son un pasado pluscuamperfecto. Los primeros días de material y libros con olor a tinta, clases y colegas conocidos y por conocer, nuevos profesores…. ¡son maravillosas novedades! Y están por llegar el tedio de las largas horas de estudio no ya tanto en las aulas como en casa, las clases particulares, los deberes penosos de los bachilleres traducidos en ejercicios y ejercicios tantísimas veces inútiles. Las largas tardes de calles oscuras y mesa de estudio.

Expongo una teoría sobre una práctica y un quehacer que cada uno debe hacer virtud. El para qué no se da: cada uno tiene el suyo y o lo encuentra o… ¡mal negocio! Uno no estudia para ser algo: sería triste alcanzar la conversión en botijo o arado, por ejemplo. Todos somos un quién, un alguien, ¿luego? Luego ese no es el motivo. Sabemos hoy que los estudios que realizamos bachilleres y universitarios ni siquiera nos garantizan un mañana mejor económicamente, un empleo futuro… Sí dependerán, pero solo en parte, de nuestros estudios y de las capacidades que hayamos adquirido en ese trayecto recorrido. Se estudia, se pone esfuerzo para aprender y ese aprender puede llevarnos al conocer y al saber y, cabalgando sobre ellos, se puede alcanzar la felicidad. Las virtudes de las que hablé arriba, y el saber… nos ayudan como unas muletas a caminar hacia la verdad, con sinceridad… Y todo eso, para un bachiller, suele quedar lejos y para muchos universitarios oculto.

Seguir un horario semanal… que quiere decir de siete días, que no de cuatro. ¿¡Cuántos son los estudiantes que dejan los libros el viernes al medio día para no tocarlos hasta el lunes por la mañana? Semana procede del latín septimāna y en su primera acepción el diccionario de la RAE la defines como: “1. f. Serie de siete días naturales consecutivos, del lunes al domingo”. Insisto, perdona: siete y no cuatro. Es imprescindible un horario que soporte un proyecto de vida cotidiana que no incluye solo tiempo de estudio, sino también deporte, amigos, lecturas…, aficiones. En el cumplimiento ordenado, constante, prudente del horario se verá si tu para qué tiene fuste o no, si es capaz de mantener un esfuerzo sostenido o es un mero engaño sobre un papel (tenlo escrito, como hacían ya los discípulos de las academias griegas antes de Cristo y reléelo con frecuencia). Si repartes los quehaceres y el tiempo, insisto, con prudencia y flexibilidad, verás que eres eficaz. No intentes ir al día: quizá no sea posible, pero cuenta con los cinco módulos de los fines de semana: viernes por la tarde y los cuatro de sábado y domingo mañanas y tardes; procura ir a la semana. Si no llegas, algo pasa… ¿Te distraes en la mesa de estudio? ¿Te falta concentración? ¿Con qué te despistas? ¿En qué piensas? ¿No cumples con la palabra que te diste a ti mismo? ¿Sabes cómo enfocar el estudio de esa materia? ¿Sabes lo que pretende el profesor? ¿Haces resúmenes o esquemas? ¿Preparas los exámenes con antelación? ¿Qué proceso sigues para memorizar? Si eres universitario, ¿amplías tus apuntes de clase o te ciñes a ellos?...

Hay quienes tienen además un para qué sobrenatural y no meramente humano. Saben que el trabajo santifica, que el trabajo es quicio donde cuelga el portón de nuestras vidas. Dijo Dios que creaba al hombre para trabajar (está en el Génesis). Ese es un para qué más lejano que el arriba expuesto. Te doy ideas… Y disfruta. Intenta que nada ni nadie te amarguen tu aprendizaje. Habrá materias que se den mejor o peor, que te agraden más o menos, pero toda persona bien educada come de todo, no es remilgado, no se guía por el “me gusta-no me gusta”… Adelante. Aprender es una aventura y poder asistir a clases de buenos profesores -hay de todo- es un lujo que no se debe desperdiciar… Disfruta, aprende con esfuerzo y pásatelo bien siete días a la semana, minuto a minuto: también en el cole, en la Universidad, en el instituto.

28 de octubre de 2017

No intente convencer a quien no se quiere convencer…


   Causa perplejidad cómo fueron posibles las multitudes nazis en la Alemania de Hitler. Millones y millones de personas quedaron obnubiladas, alucinadas, secuestradas intelectual y emocionalmente por una idea que abocaba a un desastre y una autodestrucción evidentes para quienes no es participaban de la mentira. Terminada la Segunda Guerra Mundial, la Alemania salida de esta, despierta de su infernal sopor. ¿Qué hemos hecho?, se preguntan quienes no se reconocen en lo vivido, en el destrozo y la ruina… ¿no se reconocen, no se explican… o no quieren responder por lo hecho por incomprensible que les parezca? He hablado con quienes lo vivieron y solo me dijeron que ya pasó. Millones de personas han seguido a un hombre y a sus ideas: cánticos, desfiles, banderas, risas, el Cielo en la tierra (?)... Millones de judíos han sido masacrados por una idea. Millones de judíos, incluso, han colaborado con el nazismo en su proceso de ascenso político. Muchos han sido quienes después les echaron en cara, a quienes sobrevivieron y fueron colaboradores, su cooperación absurda: ignorantes, pero necesarios para lo sucedido. ¿Cómo de explica esto? Lo hecho es irreversible. El daño irreparable. El sufrimiento incurable… ¿Dónde la justicia que recomponga esas vidas aniquiladas, esas existencias arrasadas?



  Supongo que la ceguera colectiva es fruto de decenas de causas que sociólogos y psicólogos, especialistas en estas realidades, habrán enumerado. No se dio solo en Alemania, se dio también en Italia, en Rusia, en China, hoy en Corea del norte… Sí, el miedo, los intereses creados, el “ande yo caliente…”, el yo mí me conmigo, “¿A dónde va Vicente?”,etc. Ciegos que no desean ver, sordos que no desean oír… Y afecta a millones en todos los planos de la realidad. El rey anda desnudo. La mentira campa por sus respetos. El grado de evidencia de la verdad es absoluto. La propaganda, la inmersión sin límites en la necedad, los secuestros intelectuales, el miedo, los intereses creados… no son suficientes explicaciones. ¿Por qué esas personas no perciben la verdad de las mentiras que se oyen entre nazis, estalinistas, etc.? Me viene ahora a la memoria Martín Heidegger: no era un panoli que pasaba por allí, y con él y junto a él, otros muchos intelectuales, científicos, que caen rendidos ante un tipo ridículo, de pensamiento quebrado y plagado de mentiras, ante un visionario como es Hitler. Sartre, pienso, en la Rusia de Stalin. El hombre es animal gregario que gusta, como la oveja y el palomo, de ir juntito con sus convecinos. El cobijo bajo una bandera da, por lo visto, mucho calor y más aún si esa bandera nos distingue del otro, nos individualiza, nos singulariza… ¡eso alimenta mucho!
    

     No comparo porque no hay comparación, pero usted lo ha comprendido. Eso es…



               

13 de octubre de 2017

Luis, Leopoldo de, VIDA Y OBRA DE VICENTE ALEIXANDRE


            Quien no me conozca podrá pensar que es falso; quien me conozca podrá pensar que es una hipérbole: ni lo uno ni lo otro. Es verdad. Hasta COU no tuve noción de qué era la llamada Generación del 27 en la Historia de la Literatura española y aun así fue de un modo muy superficial: don Alfonso Sancho no terminó el programa de Literatura, como muchos otros profesores hicieron en ese curso; hoy eso sería calificado con cárcel cargada de cadenas y mil inspectores tras el cataclismo irresponsable, etc. Entonces, era lo que había; nadie murió de inanición mental. Durante toda la carrera nunca llegamos al siglo XX en la historia de la literatura española... El Alborg era nuestro Kempis, nuestra guía del filólogo en ciernes...

            Durante años de Aleixandre supe que le habían dado el premio Nobel de Literatura porque recuerdo haberlo visto en la tele haciéndole una entrevista (andaba yo por el BUP) y que era homosexual, algo horrendo entonces (y hoy casi obligatorio como lo era la "mili" entonces, para cualquier español bien conformado). Lo que había y lo que hay.

            La biografía de Leopoldo de Luis se podría calificar de casticista y hagiográfica, donde los huecos propiamente biográficos se rellenan con circunloquios, citas y generalidades, eso sí, con buena y amable prosa que ayuda a ir pasando páginas.

            Lo que llena las páginas con reiteración, para mi gusto, excesiva, con machaconeo innecesario es la generosidad el poeta que a todos recibe en su casa, que a todos convida, con una exquisita sonrisa, con una admirable educación. A todos escribe, para todos tiene palabras de afecto…, pero elude decirnos de su relación, digamos amorosa con Carlos Bousoño. Hay una biografía de Aleixandre, La memoria de un hombre está en sus besos (Barcelona, 2016), escrita por Emilio Calderón, donde, por lo que leo en las críticas se insiste en la condición homosexual del poeta para explicar… No he leído la obra. Sin duda, como escribe el propio Aleixandre, “el poeta es el hombre, y todo intento de separar al poeta del hombre ha resultado siempre, fallido, caído con verticalidad”: la homosexualidad de Lorca afecta a su obra y la W. Whitman por el peso que la condición de tal tiene en la vida, pero también todas las realidades tienen un orden en ella. Freud era un pobre mentiroso.

            Como acercamiento a la persona y la poesía de Aleixandre, la biografía que comento puede ser aceptable para quien poquito sabe o sabía de él, como es mi caso, pero no espere el lector hallar una biografía con mucho calado. Quizá al título del libro le sobra brillo y le faltan renglones a este comentario.


2 de septiembre de 2017

Dalrymple, Theodore: SENTIMENTALISMO TÓXICO (II de II).


     El daño que ha hecho este sentimentalismo es semejante al que podría producirse en un servicio de urgencias de un hospital donde celadores, enfermeros y médicos se lamentaran junto al paciente de lo que este se duele, padece, etc. mientras se desangra, permanece con la pierna rota o las tripas fuera. El cirujano no podrá nunca sumarse a las plañideras mientras saja para operar una apendicitis… Si se suma al coro de llorones, mejor es que se dedique a la venta ambulante de flores de plástico lavables.

      Quien practica el sentimentalismo tóxico es persona de condiciones ya descritas que, además, como dicho queda arriba, muestra al mundo lo muchísimo que se compadece, que sufre, que lamenta la situación propia o del otro… Un otro a veces tan lejano, tan extraño, que resulta ridículo. Todo esto, obviamente, no es nuevo, pero sí es cierto que tiene visos de pandemia con la llamada modernidad y sus modos soft, el egoísmo, el individualismo (me gustaría, si me da el espacio hablar un poquito de él) y por supuesto con los modos de manipulación de lo llamado políticamente correcto (creación de un miembro de la Escuela de Frankfurt, el marxista Max Horkheimer)…, pero, ya digo, nihil novum sub sole… La preocupación por África, por ejemplo, se ha convertido en el centro de atención del sentimentalismo relacionado con la pobreza en sentido lato. De esto hace ya años, pues Charles Dickens lo satirizó en Casa desolada, donde la señora Jellyby se preocupaba tanto por la educación de los nativos de Barioboola-Gha en la orilla izquierda del río Níger que descuidó por completo la de sus hijos. Y seguro que a usted le viene a la cabeza algún ejemplo cercano y conocido. A esto lo llamaba mi madre, que no se dedica a la Filosofía, “placer de puerta ajena”, es decir: personas que son amabilísimas, atentísimas, educadísimas con los más lejanos (de puertas afuera) y, sin embargo, en casa y con los suyos son unos tiranos, unos groseros, unos déspotas, etc. Mi madre no lo sabe, pero de esto ya habló, como de tanto, Tomás de Aquino, cuando decía que el amor, la caridad, para serlo verdaderamente, es necesario que sea ordenada… o no era caridad (de ahí que el amor a uno mismo sea tan importante, etc., pero esto…). ¡Cuánto se valora a quienes adoptan en su vida pública comportamientos impecables desde el punto de vista de lo políticamente correcto! Son personas que “se pre-ocupan”, sin que llegue a importar mucho el comportamiento en su vida privada y cotidiana y sin que realmente “se ocupen” de nada que no sea el exhibicionismo egotista: los demás, lo demás, no le importan (en realidad los otros son el infierno), ¿¡pero y lo bien que ellos se quedan y  lo tranquila  que se queda su conciencia!?

       Me centro en asunto de especial interés y afán en mi vida: la educación. Se pregunta el autor: ¿Cómo es posible que niños que viven bien, lo tienen todo, etc. padezcan tanta ansiedad y sean tan agresivos y violentos? La razón es el culto al sentimentalismo, nos dice. La educación romántica consiste en no educar, pues cada niño tiene “talentos naturales”, “dones naturales”, todos equiparables, afán por aprender, muchas capacidades -por supuesto, todas valiosas-… De ahí nace la idea de no contristar al niño, darle la razón y lo que desee, huir de lo arduo -la memorización y las rutinas que disciplinan- y esperar a que brote y mane el bien intrínseco del educando… Y así la enseñanza es carísima y pésima con el cuento de la pena. Y en esta línea tenemos a Pestalozzi -seguidor de Rousseau-, Dewey, Caldwell Cook, Froebel… todos ellos estudiados por mí en mi manual de historia de la Pedagogía, de cuyo autor y título me olvidé. Lo realmente valioso (?) es lo espontáneo en el niño y la validez de toda opinión como realidad admisible y respetable.

      Da datos que yo ignoraba absolutamente. Hacer actividades y no adquirir conocimientos ni fomentar la memorización son recomendaciones en Inglaterra del informe Spens en los informes ¡de 1931 y 1937! (en España lo situaba en la EGB y sus libros de fichas en los comienzos de los 70): “El plan de estudios de la escuela primaria debe contemplarse más en términos de actividad y experiencia que en los de la adquisición de conocimiento y memorización de hechos”. Se dice en el citado informe: “En la educación pensamos demasiado en términos de conocimientos y muy poco en términos de sentimiento y gusto”. El problema es que no se puede enseñar qué sean los sentimientos y el gusto sin unos conocimientos previos. Así tenemos niños hiperactivos dentro y fuera de las aulas que necesitan estar haciendo lo que sea, entretenidos, divertidos de continuo… ¡porque se aburren si no cambian de actividad! (cuando hay un tiempo muerto en una clase siempre hay algún niño que pregunta ansioso: “Maestro, ¿qué hacemos?”). Niños movidos por lo que les apetece o gusta, pero con escasas virtudes y nulo sometimiento a prácticas reiterativas necesarias para la adquisición de conocimientos y hábitos indispensables para aprender y convivir. Incluso los grandes pensadores a veces sucumben al sentimentalismo cuando se trata de los niños: cito aquí unos fragmentos de Pensamientos sobre la educación, de John Locke, escritos en 1690, que reconfortarán a los sentimentales:

... rara vez debemos obligar [a los niños] a hacer algo, incluso aquello hacia lo que pensamos que tienen inclinación, salvo cuando tengan la disposición y el ánimo de hacerla. Aquel a quien le gusta leer, escribir, la música, etc., a veces atraviesa momentos en los que estas cosas no le producen placer, y si se obliga a sí mismo a hacerlas, sólo sentirá desasosiego y agotamiento. Lo mismo pasa con los niños. Esos cambios de humor deben observarse con atención y los momentos favorables de aptitud e inclinación aprovecharse con diligencia. Y si no se producen con la frecuencia deseada, podría resultar muy útil hablar con ellos antes de encomendarles cualquier tarea.


       Y, por favor, no me digan que el sentido común es el menos común de los sentidos porque no es así. Eso es solo una frasecita hecha. Sin sentido común la humanidad no habría llegado hasta donde estamos, mejor que peor. Supongo que este se impondrá y el sentimentalismo volverá a sus fueros sin organizar escandaleras… Cierto que hay mucho daño hecho, pero… es lo que hay. Les recomiendo el libro, les ayudará a curarse bastante de este mal y a diagnosticarlo en su entorno.


29 de agosto de 2017

Dalrymple, Theodore: SENTIMENTALISMO TÓXICO (I de II)


      Antes de iniciarla lectura… me atrevo con la captatio benevolentiae y hago las siguientes cábalas.

       El sufijo -ismo nos conduce a significados varios dependiendo del lexema al que se aplique. En este caso, sentimental-ismo, nos lleva a una disposición o actitud de parte de quien lo practica, dado el caso: el ‘sentimiento’. A su vez, el sustantivo formado, sentimentalismo, matizado por el adjetivo, tóxico, nos da a entender que ese sentimentalismo es una actitud aciaga que solo traerá desgracias, pues el sentido de la primera acepción de ‘sentimiento’ queda distorsionado. En resumen, que el título del libro me parece excelente y presagia de suyo un amable rato de lectura a redropelo.

    Si los sentimientos son emociones racionalizadas, el sentimentalismo es la expresión de emociones sin juicio (sin razonamiento). Abandonarnos al sentimentalismo es un acto de dimisión humana inexcusable: es tanto como dejarse arrastrar por las emociones y, además, regodearse en ese acto, hacerlo público y justificarse. Si la razón y el juicio son lo más humano del hombre, renunciar a ello es, insisto, declinar del ser propiamente humano y quedar reducido a un bruto, a una bestia.

    El lector que se acerque a esta obra se encontrará con una redacción fresca y sencilla, cargada de anécdotas y casos que ejemplifican perfectamente lo que el autor argumenta. También hace el autor referencia a datos concretos de la actualidad… Dalrimple da puntual explicación de los procesos que producen el sentimentalismo. Y así, la calificación de cualquier hecho de racista, antifeminista, abuso de menores o mujeres, corrupción de niños, ser víctima de la Sociedad, de la policía, del pasado, de una infancia tortuosa, de unos padres malvados, de la droga, de la prostitución, etc. da un marchamo de excelente calidad en lo que se esté tratando. Con estos ingredientes, mejor varios que uno, ayudan a generar el sentimentalismo, aunque en ningún caso lo afirmado tenga base objetiva y evidencia observable: son sensaciones, impresiones, intuiciones que nos sirven un plato de sentimentalismo en la mesa. Así alguien puede decir que fue tratada de modo racista o machista: “Porque el racismo no es algo que usted pueda tocar con los dedos. El racismo se manifiesta de maneras muy sutiles. Es la manera en que se dirigen a ti… Es la actitud en general… Su forma de tratarme fue condescendiente y la impresión que dio fue ser racista” o “una persona está siendo acosada si cree que está siendo acosada”. Y con esto y un bizcocho… (perdonen que me cite: creo que en el fondo todo lo sucedido con Juana Rivas, que ha sido motivo de dos entradas en este blog, nace del sentimentalismo y las entradas de la lectura que estaba yo haciendo de esta obra).

      Me da la impresión, por lo que he leído, que la Victimología es la ciencia que estudia a quien ha hecho de su existencia y su obra un síndrome manifiesto y espectacular de la pena y la desgracia, llegando en algunos casos a un género propio que agrupa la prosa, la lírica y la dramática. La víctima de maltrato, por ejemplo, en realidad, muchas veces, es cómplice de su maltratador: esa persona no quiere leer los signos de violencia que ve en él, en muchos casos repetidos, reiterados, mostrados incluso por otros, denunciados por personas del entorno… y esa persona maltratada persiste en su actitud suicida de pensar que esa bestia cambiará… Luego se justifica a la asesinada por su generosidad, su amor, su grandeza, su enorme misericordia… ¿o era necedad, estulticia, imbecilidad y estupidez? Entiendo que esto no es aceptado socialmente, pero siempre se dijo que quien juega con fuego… termina quemándose: quien convive y acepta, por ejemplo, a un maltratador… ya sabe el riesgo que corre. Y alguien deberá decir que el rey está desnudo.


   El sentimentalismo tóxico es sinónimo de buenismo, de lo políticamente correcto, de aquel que en su viaje vital va con el lirio en la mano, quien derrocha necio ternurismo a troche y moche, quien vive en una adolescencia vergonzante y con un pavo sin tasa, quien lleva en la cartera un certificado de inmadurez de por vida, y creo que también entran en este grupo los cursis, los remilgados, los tocapelotas y vamos a dejarlo estar: entiendo que pueden ser modalidades y variantes con un mismo origen y con una etiología común.

26 de agosto de 2017

Señor presidente del Gobierno de España:

              Soy extranjero en su patria y he venido a reclamarle a la Justicia de su país lo que en justicia me corresponde, como así lo reconocen los tribunales de mi nación: todo ello sujeto al Derecho de mi país y al Derecho Internacional. Me he asesorado con abogados tanto de allá como de España y me dicen que estoy en mi derecho con respecto a lo que reclamo.

             Es cierto que como cualquiera he cometido muchos errores en muchos ámbitos de la vida, como persona humana que soy: quien esté libre de pecado, señor presidente, que tire la primera piedra; e incluso he tenido, más allá del común, algún tropiezo legal por razones que puedo demostrar que no fueron reales. Las relaciones entre quien era mi esposa y madre de mis dos hijos no funcionaron bien. Entiendo que esto no es novedad, por desgracia, y yo le puedo asegurar que intenté reestructurar mi familia. Quien fue mi esposa, por razones de la intimidad del matrimonio, como modo de castigo y ofensa, me impidió ver a mi hijo, alegando maltrato: bien sabe usted, señor presidente, que de esta arma se abusa en los países occidentales, pues si la mujer es lo débil y positivo, la parte que debe protegerse siempre, el hombre es lo brutal, lo diabólico y lo culpable… sin beneficio de duda, pero esto son otras historias. La única manera de recuperar la posibilidad de ver a mi hijo, en aquel entonces, fue aceptar que la acusación de mi exesposa era verdadera. Ignoro lo que se cuece en otras casas, pero mi experiencia personal me dice que, en toda convivencia, alguna vez, por razones mil, puede haber una palabra más alta que otra, un gesto de más o inculpaciones que nunca debieron hacerse, pues esas palabras, esos gestos y esas acusaciones solo buscan hacer daño al otro y nada solucionan. No puedo decir que no haya yo caído en esas debilidades, pero aseguro que nunca maltraté a mi quien fue mi esposa.

         Transcurrido el tiempo, hechas las paces entre ella y yo, volvimos a convivir e incluso tuvimos un nuevo hijo que vino a colmarnos de felicidad. Cierto que, si todo parecía ir bien, volvieron de nuevo a resurgir viejas discusiones, disputas, desacuerdos y decidimos separarnos como mal menor. Mi exesposa huyó con mis hijos de mi país, donde vivíamos, y se vino a España. Yo rehíce mi vida con una nueva pareja, que puede dar cuenta y razón de mí.  Reclamé a mi exesposa mis hijos, como dictaminó un Juzgado de mi nación, pero ella se negó rotundamente a obedecer ese dictamen. Durante todo el verano de este año 17, arropada por las gentes de su pueblo, por instituciones, para mí, interesadas en fomentar determinadas ideologías, por su familia y en parte por la tibieza de la Justicia de España y sus agentes policiales, señor Presidente, ella ha salido en todos los medios -como seguro usted mismo habrá visto- siempre llorando, implorando y al borde de un ataque de nervios, y diciendo lo que la Justicia y la jueza debían hacer, no sin el asombro del sentido común de las personas de bien. La jueza del caso ordenó la comparecencia en el Juzgado de mi exesposa con nuestros hijos. Ella, que no hace más caso que a su bendita voluntad, se negó, pues la Justicia debe hacerse según su saber y entender. Y fue este el punto en que ella, insisto, con la complicidad de personas que han salido en los medios de comunicación, desapareció como por ensalmo con los niños.

          ¿Durante todo un mes, ¡casi un mes entero!, una mujer con dos niños pequeños no es encontrada por los agentes de su país… ¡me parece increíble!? Si no fuera porque políticamente es incorrecto le diría que no me extraña que una célula yihadista haya estado durante meses, y su cabecilla durante años, pululando por su país sin que nadie supiera nada del asesino formador de asesinos (ahora estamos todos dolidos, y ustedes los políticos se besan por lo bien que respondieron, pero se trataba de prevenir, que no de curar, señor Presidente); y con esto lo que ustedes llaman el caso “Marta del Castillo”, por ejemplo… Ustedes, muy españolazos, se jactan de sus fuerzas de seguridad, pero la velocidad se demuestra andando… ¿¡Un mes… huida una mujer y esas fuerzas de seguridad no la encuentran!? Señor presidente, denuncio negligencia, prevaricación, injusticia… ¡¡con mis hijos!! (dudo que hayan permitido hacer su trabajo a los agentes). ¿¡Con qué derecho esa mujer desobedece a la Justicia, incluido su tribunal Constitucional, que permanece impasible, mientras mis hijos se pasan un mes recibiendo el maltrato de las personas que les hayan rodeado, escondidos como delincuentes, ocultos, huidos de la Justicia… porque su mamá, que tanto los quiere, los somete a esa tortura? ¿Cómo se atreve quien fue mi suegro a alentar a su hija para que ni comparezca ni entregue a mis hijos y decir que la Justicia en mi país es “mafiosa”, cuando de momento lo que se demuestra es que su Justicia, la de mi exsuegro y la suya, señor presidente, NO FUNCIONA? ¿Realmente cree usted que esos catalanes que desafían a todos los españoles no harán lo que les brote, si una pobre mujer lo hace en las narices mismas de todos ustedes y además la alientan sus propias instituciones? ¿¡Qué hubiera ocurrido de haber sido yo el prófugo con mis hijos ocultos, si en vez de una mujer llorosa hubiera sido yo, aun con el amparo de la Justicia!? La Justicia será lenta -yo se lo aseguro porque lo he padecido-, será ciega, pero la suya, la de su país, señor presidente, es tonta, gilipollas como dicen en Granada, el pueblo de mi mujer… Sí, señor presidente: su Justicia es injusta y nula y gilipollas, por lenta, ineficaz, roma, incapaz e inepta como los políticos que debían articular los medios para que dejara de serlo…, incluido usted, señor presidente.

           Señor presidente, me voy decepcionado de su país, que usted califica de moderno, avanzado, puntero, progresista y no sé cuántos adjetivos más que no añaden nada al sustantivo nación…, por cierto, rota, desanimada, desorientada, engaña que tan dignamente usted preside.


           Francesco Arcuri, exmarido de Juana Rivas.


24 de agosto de 2017

Ya vale, coño, ya vale...

      He olvidado y no me viene bien mirarlo ahora: tengo que moverme de la máquina, rebuscar en los papeles de la biblioteca de casa… cuándo comencé a escribir artículos que se publicaban en la prensa ordinaria. Llegué a escribir cuatro columnas semanales en dos diarios. Entonces era joven y siempre me llamaban la atención los perros que ladraban junto al camino: los miraba con atención, los escuchaba, los intentaba convencer de que sus ladridos eran tan inútiles como buenos mis razonamientos y mis ideas… Hoy, con la edad que tengo, no me paro a mirar a los chuchos que ladran babosos y miserables, rufos repulsivos que ni saben ni quieren aprender, ni razonan ni quieren hacerlo: no intentes convencer a quien no se quiera convencer, pero… Y escribía Gidé: “Todo está dicho, pero como nadie escucha es preciso comenzar de nuevo, continuamente”, que es aproximadamente lo que decía el Principito de Saint-Exupéry: es tedioso repetir lo mismo a los mayores a quienes una y otra vez hay que repetir… ¡lo mismo!

    Dicho esto. Estoy hartico de oír tonterías y de leer necedades, que son las mismas tonterías, pero dicho de otro modo, pero así: ton-te-rí-as propias de tontos a algunos de los muchos que participan en las tertulias televisivas, radiofónicas, columnistas de periódicos, comentaristas anónimos que se suman a la barahúnda del huracán… y ya, repito, con la edad que tengo, esos huesos hay que echárselos a otros perros, porque este perraco viejo ya no está para chocheras de viejas que disecan al gato cuando se les muere… ¡por eso, por el gusto de mirarlo, y de mirarse, de hacerse un selfie de vez en cuando con él!

   Lo que nos faltaba para el duro es introducir lo políticamente correcto en la guerra. Es para, perdón, mear y no echar gota. Los malnacidos que nos quieren brear, nos quieren laminar y hacernos desaparecer… La guerra contra el terrorismo, contra el mal en sus mil formas y cabezas, no es un fervorín de señorita bien metida a catequista con las uñas pintadas, que dicen la mar de cosas dulces a los niños: caramelos, bombones, yemas de santa Úrsula… y delicias de clarisas… ¡que no, coño, que no! La guerra es la guerra y en la guerra, cuando se arma la de Dios es Cristo, se trata de batir al contrario sea como sea, porque al final, quien se queda de pie, sea como sea, es quien gana. La guerra siempre es un juego que suma cero donde alguien pierde: no hay otra. Repito: esto no es el juego de la señorita Pepis que tenía mi hermana para peinar a las muñecas. A quienes trafican con drogas no les importa nada la muerte de los niñatos que las consumen (que no son enfermos, dicho sea de paso, sino drogadictos, viciosos, etc., y escribe quien sabe), a los terroristas de la índole que sea, se les llama así te-rro-ris-tas porque su finalidad es causarnos terror a los demás, ponernos a sus pies, imponernos sus modos de vida, sus ideas, etc. y no son un grupete de profesionales de efectos especiales cuyo cometido es armar ruido y el follón en general, ¡cohetería de san José en Valencia!… ¡Que no, coño, que no! Cuando las hormigas se quieren merendar el jamón de mi cocina y la comida de mis perras les aplico una guerra sin aviso ni cuartel y entiendo que son o ellas o yo… En las guerras de Gila, los enemigos se llamaban, se decían las horas y dónde iban a atacar y todas esas mojigangas que nos hacían reír… ¡¡Que no!! Aquí y ahora, en las Ramblas, en Niza, en Cambrils… las bombas causan destrucción, dolor, sufrimiento, mutilaciones, sangre, horror… y los muertos lo son para siempre: y esos muertos tienen hijos, padres, hermanos, amigos…, conciudadanos.

  Pues aquí tenemos el debate que si la policía catalana, que si los guardias civiles o la policía nacional, que si el CNI… Dicen que a partir de los cuarenta se desconfía de las casualidades, yo no creí en ellas desde los doce… ¡lo aseguro! Un grupo de personas en un pueblo pequeño, de gente que vive el margen (la convivencia de moros, cristianos y judíos era una convivencia entre gente muy selecta, si no ¿a santo de qué hay barrios de moros, de cristianos y judíos dentro de las murallas de las ciudades viejas? Juntos, pero no revueltos, señorita. Y que corra el aire). ¿Nadie controla, nadie vigila, nadie sabe… nada? Se ocupa un chalé y los vecinos no llaman al vecino al que le han ocupado la casa o a los guardias… Cierto que el individualismo en que vivimos en brutal: las abuelas se momifican tras morir durante cuatro años y nadie las echa de menos en el bloque, ni en la calle, ni en la tiendecilla del barrio…

   Los niños de Ripoll no eran niños, ni jóvenes, sino unos asesinos. Los asesinos no tienen edad. Son lo que son por lo que hacen y dejan de hacer. La santidad -lea cualquier buen libro sobre un santo- no se improvisa. La crueldad, la maldad de un asesino de la índole de quienes estamos hablando no se repentiza: se necesita tiempo para incubar la maldad que anida en el corazón que, por supuesto, no ocupa Dios… Ni el imam rezaba, ni los otros, ni saben de Dios ni de oración ni de… eran malas personas, insisto: malas personas… Dios que es infinitamente misericordioso se apiadará de ellos -y espero que de mí-, pero si vienen a merendarse a quienes quiero, a mis compatriotas, a mis vecinos, a mi sociedad… que sepan, que si puedo, les haré como a las hormigas… Y lo políticamente correcto lo dejaré para los políticos cursis y cobardes que tenemos, para los periodistas de salón y los comentaristas de la inopia.


  Me duelen los hue… sos de tanta necedad... políticamente cobarde.

22 de agosto de 2017

HOLA, GRACIAS, POR FAVOR, ADIÓS… apunten… fuego.

         Para quienes me conozcan, afirmar que la mala educación me enfurece… no es novedad, es decir: entiendo por mala educación todos aquellos hechos de la convivencia cotidiana que, por acción u omisión, comportan una falta de respeto al otro. Y con lo de “me enfurece” -que creo que es la primera vez que he usado semejante palabro atribuido a mí- quiero decir que me pone de mala leche y, además, rara vez me callo o me inhibo -¡que tampoco está mal el verbito!-.
      

         La buena educación es un término más general que la correcta civilidad, que el civismo. Cuando éramos niños se nos enseñaba y corregía de continuo en casa, y en el cole se daban clases de urbanidad: eso ya no existe, y no existe porque nadie da lo que no tiene. Son innúmeros los progenitores que comen en la mesa, por ejemplo, como los cerdos en el muladar y no son pocos los profesores que ignoran y omiten, valga otro ejemplo, decir “Buenos días” a aquellos alumnos con quienes se cruzan y, por tanto, al cerdo, que como ellos come en el muladar, no le dicen ni “¡Qué malitos ojos tienes, mi alma!”.

        Detrás de todo detalle de civismo… Bueno... ¡un momento! Civitas-atis, en latín, resumiendo mucho, venía a significar ‘ciudad’, por lo tanto civismo viene a significar lo propio de quienes viven en la ciudad, lugar donde habitualmente viven las personas, etc. No nos perdamos. Volvemos al principio del párrafo: “Detrás de todo detalle de civismo…” hay un valor, eso que tanto se cita y rarísima vez se sabe qué es –“Educamos en valores”, “¡Ah, sí!, qué bien: ¿Y eso qué es?” y al preguntado se le queda la misma cara que se le quedó a aquel que le preguntaron qué es una nación-: n.p.i. Un valor es una cualidad propia del ser que lo hace preferible. INSISTO: todo detalle de civismo comporta el ejercicio de una elección que realza una realidad más valiosa que otra y así:

       a. Saludar con un “Buenos días” en un ascensor comporta reconocer a quien está en él como persona que nos puede, a su vez, corresponder y, además, estamos deseándole algo bueno, es decir: que tenga un día excelente…
         b. Entrar en el ascensor en silencio, como un mulo, es reducir a estado de cosa al otro o, todo lo más, decirle de forma tácita: “Los mulos no nos hablamos entre nosotros”.
          c. Si al abrirse las puertas del ascensor a quien lo ocupa le dijéramos “Me cago en tus muertos a caballo” comportaría, al menos, el reconocimiento como persona del otro a quien así es saludado, pues puede llegar a entender qué le digo ¡y lo ascendemos en la escala más allá del mulo y el extintor! (al que quedó reducido en el caso b.), aunque nuestros deseos evacuatorios, dicho así, no parece que sean amistosos, amigables, gratos…

        Desde hace ya años ha quedado fuera del trato ordinario los saludos: Hola, buenos días, buenas noches, adiós… Esperar que alguien pida algo Por favor es pedir chuletones de ternera al olmo. Tampoco esperamos un Gracias tras realizar nuestro servicio a alguien, pues hemos de entender que fuere lo que fuese ese alguien tenía DERECHO a que se le hiciera tal y, por tanto, el Gracias, sobra. Y así tenemos derecho a que el camarero nos sirva la leche: la eche en la lechera, la caliente, se desplace por la barra, llegue hasta nuestra taza y añada esa poquita leche caliente de más que le hemos pedido que nos ponga… “Por favor, ¿me puede añadir un poco más de leche caliente al café?”. De Por favor nada y de Gracias menos…

      Cuando solicito acceder a un espacio donde alguien trabaja, y tiene dominio sobre él, etc. y musito un ¿Se puede? Insisto: reconozco no ser el rey del Universo todo y que hay alguien con más poder que yo y a quien debo obedecer. Por lo tanto, siendo yo el rey… ¿por qué voy a preguntar esa necedad? Entro, no saludo y espero a ser atendido… ¡faltaría más, señorita!

      Si al pretender doblar la esquina en mi coche ¿a santo de qué debo informar yo a quien viene detrás o al posible peatón que espera a cruzar de lo que voy a hacer con el intermitente? El coche es mío, el intermitente es mío, voy donde quiera y no tengo por qué dar explicaciones a nadie y al que no le guste que espere a ver qué maniobra haré yo con mi coche y ya sabe: al que no le guste a Parla…

    Cuando empuño el tenedor y el cuchillo en una mesa de un restaurante o mastico con la boca abierta o me limpio los labios con la mano o dejo hecha un guiñapo la servilleta sucia una y otra vez sobre la mesa o… ¡Yo hago en mi mesa lo que me brota para eso pago yo! ¿Y si a usted le da asco ya sabe la que tiene? ¿Quién es usted…?, pero “¿¡Ha dicho usted!?”, nos podemos preguntar. ¿¡¡Pero por Dios bendito, quién habla ahora de usted a nadie!!!? En España tuteaban a todo quídam los Borbones que fueron muy dicharacheros -y por muestra ahí don Juan Carlos- y los falangistas, especie ya extinguida o en vías de extinción que sobreviven en algunos pequeños nichos ecológico-políticos con alta densidad de aire enrarecido. Ahora tuteamos a quien se nos cruce sin distinción de edad, categotía, color o calidad dental, ¡pues solo faltaría, de usted! (eso sí, al juez de señoría…).


                Si las personas no me importan, lo hasta aquí dicho no reza para mí y me vuelvo a la naturalidad y la esponteneidad de la selva. Si deseo un mundo más civilizado, más humano, mejor… puedo decirle a usted, por ejemplo: Vaya usted con Dios y hasta otro día. Muchas gracias por leerme.