3 de diciembre de 2016

Martínez Esteruelas, Cruz. CUALQUIER TIEMPO PASADO. VIDA Y MELANCOLÍA DE JORGE MANRIQUE. (y II)


      Vamos a ver si logro esta vez hablar del libro y no de difuntos, de muertos, cadáveres y sermones…, aunque hablar de Manrique y no hacer esto sería casi una impiedad…
   Como todos los días son de aprender, recordaba el nombre de Martínez Esteruelas de los telediarios de mi adolescencia, mas ni le ponía rostro ni cargo. Debía ser me decía, en algún rincón de mi memoria resonaba, “un político del tardofranquismo”; insisto: eso me decía. A su vez, mientras leía, me decía también: “y qué hace un político hablando de Manrique”. Internet es toda una bendición: miro y me empapo del autor. ¡En absoluto pensé que quien fuera ministro último de educación en la época de Franco fuera este señor, autor de esta obra! Pensé que el autor era hijo de ese personaje que andorreaba por las buhardillas de mi pasado. No señor. El mismo que vestía y calzaba. Por favor, no me pregunten por qué este caballero escribió esta obra, que lo ignoro y no ando sobrado de tiempo para meterme en entresijos… Veo que la fundación Tomás Moro tiene publicadas sus obras… y entre ellas de la que hoy intento comentar algo y a este paso… no llego.
   La obra es un recorrido por la baja Edad Media española que se ve que el autor transita con facilidad, por lo que leo -ha sido mucha la insistencia de la studiositas y no he podido resistirme-, pues le dedicó algunos estudios y muy concretamente a Manrique en su circunstancia, título que dio a una conferencia que pronunció en la Residencia de “San Juan de la Cruz”, en noviembre de 1989, y que sirvió de precedente al libro que nos ocupa. “En ella destaca el contexto en que se mueve el poeta y capitán al final de la Edad Media, que contempla, además, el fin de una familia. Reflexiona sobre el tiempo, la vida y la muerte”. Entiendo que esto es el definitiva Cualquiera tiempo pasado.
   Sin querer, poco a poco, me voy sumergiendo en la búsqueda del origen del libro y lo voy hallando en la Fundación Tomás Moro. Planeta encargó a una serie de autores unas autobiografías para una colección, Memorias de la historia, que cada autor enfocó como pudo y quiso. En este caso, en esta obra, Martínez Esteruelas, el autor, asume la primera persona y escribe una carta, supuestamente redactada por Jorge Manrique cuando ya está a punto de partir para su última batalla, su último viaje…, aunque él no lo sepa.
   Recorre el autor la vida de Manrique en la carta-memorial en la que envía sus recuerdos. Su infancia, lo que sabe, lo que ocurre en la política del momento, en los reinos de España, las banderías y guerras entre familias en favor de unos y otros. Los pactos, los enjuagues, las componendas, las bodas, las escaramuzas, las desavenencias, ¡las bodas! que llevan a extrañas componendas. Ignoraba yo que será don Rodrigo Manrique, padre de Jorge, su cuñado y así los hijos de uno y otro primos… No, no resultó como se esperaba la boda de nuestro poeta.
   Si se mira con detalle el índice, cosa que no hice (tampoco leí, contra mi costumbre inveterada, la solapa ni la contraportada y así nos fue), se comprueba que el autor ha dividido en múltiples epígrafes su obra. Va siguiendo temas que Manrique abordó directa o indirectamente en sus Coplas y así va avanzando, insisto, con una prosa que, con sus arcaísmos, me suena a falsa, a flor de plástico.

  No hallé en esta obra lo que buscaba. Me sobró historia de España y me faltó vida manriqueña, que era lo deseado por mí. 

27 de noviembre de 2016

Martínez Esteruelas, Cruz. CUALQUIER TIEMPO PASADO. VIDA Y MELANCOLÍA DE JORGE MANRIQUE. (I de II).

 


   Nada descubro si afirmo que el mes de noviembre en la Europa cristiana es el mes dedicado a los difuntos. Se inicia el día 1 con la festividad de Todos los Santos y ya el día dos, los Fieles Difuntos. Medito que hoy es raro morir en casa. Rarísimo es que se vele al difunto en el hogar. Ahora somos de morirnos en los hospitales y en los asilos: esos morideros donde nos estacionarán el día que no podamos conducirnos. Ni en los pueblos los niños ven a los muertos. Todos, sin embargo, estamos ahítos de ver cadáveres en la tele: en las películas, en los dibujos animados…, y en esas otras filmaciones normalizadas, diarias, de guerras, atentados, asesinatos, masacres que las noticias nos ofrecen, pero tampoco parecen muertos de verdad esos que sí lo son, sino muertos de película, muertos de mentirijillas. Las flores de plástico son tan semejantes a las verdaderas que nos hacen dudar, y García Márquez, entre sus muchas necedades, decía que traían mala suerte a la casa que las tuviera; en la mía, por buen gusto: no las hay.
    Cara data vermibus… Carne dada a los gusanos… El acrónimo ca-dá-ver… Lo creamos o no, nos sorprenda o no, algún día, a no tardar, nosotros seguro seremos auténticos cadáveres, esa carne que se comerán los gusanos. Llegará la muerte, sin avisar… y esa realidad de ficción y plástico se convertirá en un hecho irrefutable, sin arreglo ni componenda.  “¿¡No me digas que ha muerto Fulanito!? Pero si lo vi ayer”, “Sí, fue anoche”. Hoy me dicen que ha muerto Fidel, ese protagonista más, para mí, de uno de los cuentos más famosos de Augusto Monterroso: “Y cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí”, es todo el cuento: te despertabas y Fidel seguía con su puro y su barba y después con su barba y su chándal, ¡talmente un señorito! Pues es cierto que un día ya… el dinosaurio, esos dinosaurios… dejan de estar aquí y allí.

Recuerde el alma dormida,
abive el seso y despierte
contemplando
cómo se pasa la vida,
cómo se viene la muerte
tan callando;
cuand presto se va el plazer,
cómo, después de acordado,
da dolor;
cómo, a nuestro parescer,
cualquiera tiempo pasado fue mejor.

    Maravilloso el sermón de Manrique. Me interesan las 24 coplas primeras especialmente. Bien poco me atrae lo que nos dice de su padre y cuñado, en gran parte incierto: el amor, que tampoco fue mucho por su padre, siempre es ciego y lo dice hasta Tomás de Aquino. Caen en mi vida estos versos como las hojas al otoñar, y los que continúan, como una salmodia que me recuerda algo que no olvido. Mi fin, que no mi sentido, será la muerte. Sí, vendrá callando, cortará el hilo y todo habrá acabado en esta obra, para mí, lo creo, en su primera parte. ¿Quién fue este Jorge Manrique capaz de escribir esta maravillosa elegía?
    Leo estos días un libro antiguo en mi casa, libro que compré no recuerdo ni dónde ni cómo ni por qué, pero que ahora, estos días leí. No me gusta el enfoque que le da el autor que debió hacer un esfuerzo tremendo con el estilo y la investigación. La contextualización histórica de Manrique es riquísima, magnífica, propia de un estudio histórico, que no biográfico novelado, entiendo, opino. Me desconcierta lo que leo en la obra, insisto. No logro llegar al hondón del ser de ese Manrique que ¿así por las buenas, de pronto escribió, con su edad la mejor elegía que conozco? (la de Federico a Sánchez Mejías me parece muy lorquiana y nada de mi gusto; la de Hernández a Sijé, el resultado de varios ensayos con óptima consecución). Y ya que estoy… En las elegías de Lorca y Hernández el muerto, que ya lo está cuando se escriben, es otro; en la de Manrique el muerto aún no lo está y, sobre todo, soy yo, seré yo… Y el problema estriba y asienta en que yo… no… me… he visto muerto… NUNCA: no tengo experiencia sino de la muerte de los otros, de eso que se llama la gente: ¡Qué cosas les pasan a la gente!, pensando quizá que yo, usted, no somos parte de esa gente. Mi experiencia impremeditada me dice que los demás son quienes se mueren… Servidor de momento no gasta… Por eso Manrique en este mes que lo releo, lo medito, nos recuerda que ya él fue río que llegó al mar… Nuestras vidas son los ríos. Sí, la elegía manriqueña es un sermón -que no un fervorín-, que cae en mi alma como una salmodia que nunca logra aburrirme, que antes al contrario me aviva y despierta.


     Otro día les hablaré del libro. Hoy, de momento, van servidos.

14 de noviembre de 2016

Unamuno, Miguel, CARTAS DEL DESTIERRO

     
 Hace unos meses, de paso por Salamanca, me llegué a conocer la que fue casa de su Rector por antonomasia. Si digo que he leído decenas de libros de Unamuno y sobre Unamuno no exagero. El primer libro que se publicó tras la postguerra incivil (que aún perdura) fue precisamente sobre él y lo publicó mi amigo Julián Marías, el filósofo (por favor, no confundir con su hijo): libro excelente. El primero que yo leí, salvo error, fue Niebla, que me resultó agradable: me gustó. El mejor, en mis cortas luces, Vida de don Quijote y Sancho y el resto, si me permiten, Amor y pedagogía, Abel Sánchez, La tía Tula, La agonía del cristianismo… demasiado unamunianos para mí los libros de Unamuno; su inolvidable Diario íntimo
        Algo así me ha ocurrido con este libro que compré en la que fuera su casa: demasiado Unamuno… para tan poco arroz, si me permiten también la broma. El libro está anotado por los Rabaté, Colette y Jean-Claude, de quienes leí una biografía de Unamuno que no me resultó especialmente buena, quiero recordar -perdóneme que no me lea-, y que comenté en este mismo blog.
       Unamuno por sus actitudes, sus modos, etc. fue desterrado a Fuerteventura de febrero a julio del 24 por el Directorio durante la dictadura de Primo de Rivera. Las relaciones del Rector con la monarquía no fueron fáciles -¿lo fueron con alguien que no fuera su familia?-; ni tampoco lo fueron tanto con Primo como con Martínez Anido, a quien solo conozco por su relación con Unamuno, y que merece las peores invectivas e insultos que el vasco le puede dedicar a nadie: sin duda Unamuno lo tenía por su bestia negra. Enviado o ido por su pie a Fuerteventura, allí pasó Unamuno unos meses, para marcharse a París y de aquí a Hendaya.
       La obra que comento recoge algo más de trescientas cartas que envía desde estos lugares -Fuerteventura, Parías, Hendaya- a las personas más dispares con predilección a su familia, muy en particular a su esposa. Como el propio Unamuno comenta, pasa por rachas de entusiasmo: le encantó Fuerteventura, el sol, el mar, sus gentes… ¡todo le pareció admirable! Hizo amigos, escribió un poemario De Fuerteventura a París (1925) que he leído parcialmente, poemas sueltos y del que quizá haya edición en casa: no me gusta demasiado el Unamuno poeta que me parece poco eufónico y duro en el estilo que emplea (de estos años también nacerá el Romancero del destierro, 1928). En las cartas se muestra, ya digo, en Fuerteventura: eufórico (hay una foto en la que se ve fotografiado con Delfina Molina: no sabía que existiera una foto con ella), feliz… Se siente mártir de una causa injusta y él, nuevo cristo a sus ojos, lleva la carga de España, SU España, solo de él, en nombre de todos los españoles que deben de ser redimidos por él… y en fin, quien lo conoce lo sabe: quieran o no quieran. Si en julio lo indultaron, no aceptó dicho indulto, pues, a su juicio: ¿si no había habido culpa de qué se le iba a perdonar? La constancia que labora en las ideas y los quehaceres con tesón se llama en su polo positivo, la virtud: tenacidad, perseverancia… y en el polo opuesto, en el vicio, se haya la indolencia, la pereza…, pero también la testarudez, la obstinación y la terquedad que, en el fondo, no son sino soberbia… de la que tenía a raudales este pobre hombre (para Julián Marías el gran pecado de Unamuno fue su presunción: ¡¡Dios iba a saber quién era Miguel de Unamuno…!!).
       Indultado de nada, prefiere antes que volver a su casa con su familia y a su trabajo, marcharse a París. No quiere luchar desde dentro del sistema, desde España, sino ser reconocido por los de dentro, como su mártir por antonomasia: don Miguel daba la vida por la libertad, contra la Dictadura, contra M. Anido -como él lo cita en sus cartas-… Todos debían mirar su sacrificio por España y agradecérselo y llorarlo y valorarlo y acompañarlo en su particular vía crucis camino de su entrega absoluta…, mas como son inmensidad quienes en España les importa un pimiento que el Rector esté en París o donde le dé la gana…, se sentirá, don Miguel ignorado, infravalorado, ninguneado… y se enciende en cólera, su soberbia, su ira, atizadas por su vanidad (con más o menos sordina, dependen de a quién escriba, así lo manifiesta) y se queja amargamente de que no se le reconoce y no se lucha al nivel del sacrificio que su mesías está haciendo sin venir a España… allá, en destierro.
     Como el propio Unamuno dice, se repite en sus cartas, las mismas bromas, los mismos dichos escritos a este y para aquel. En muchas ocasiones, sobre todo a su Concha, su esposa, se lo dice: realmente no tiene mucho que decir. Esperaba que la dictadura fuera más breve, ¡mucho más!, pero se alargaba y alargaba… y alargaba ¿y cómo iba él a renunciar a su postura de negación de sí para mayor gloria de su nombre? ¿Podía él acaso volver a España sin haber caído Primo (ese botarate, ramplón, cacaseno, petulante…) sin haberse ido Anido (ese cerdo epiléptico, troglodita, hidrófobo…) y mientras el bastardo borbón de Alfonso XIII (ese putero, borracho, juerguista, abúlico voluntarioso…) siguiera en el trono? Empezada la función debía continuar y así siguió Unamuno, con su error de cálculo, fuera de España. Su contradicciones, sus disparates teológicos, sus componendas sobre Dios -al que no le salía nada bien en este mundo porque no le hacía caso a él, a don Miguel-, sus retahílas y dichos repetidos, aforismos sin puertas de entrada ni salida, que solo llevaba -en apariencia, por lo que algunas veces dice- una vida siempre inútilmente sufrida… ¡sin sentido ninguno! Sus opiniones sobre Cervantes y don Quijote… Cansan estas cartas. Las he leído con atención… y cierto hartazgo. A ver, quizá no sea uno todo lo joven que debiera… mentalmente.

       Anoto por último la curiosidad… de cómo se interesa hasta del último céntimo de lo que gana: quiere saberlo, administrarlo, anotarlo… todo sobre sus ingresos y gastos. Si escribe a los editores o a quienes deben pagarles por su trabajo achaca su situación en el exilio, etc. y sus muchos hijos para pedir con urgencia dinero; si escribe a casa y en particular a su esposa, su Concha, el dinero le sobra, tiene de más, etc. Las dos caras de una misma realidad para el auténtico y genuino don Miguel de Unamuno y Jugo… a quien Dios tenga en su gloria.

4 de noviembre de 2016

DIOS NO COME CARACOLES

  Buenas noches… Les ruego que me disculpen… Sí: llevo muchas semanas sin publicar nada aquí. En realidad llevo… muchas semanas sin ni siquiera asomarme a mi propio blog (ahora dilucido esto). Algunos de ustedes, Dios se lo paga, que yo no puedo, se han preocupado incluso por mi persona, por si me hubiera ocurrido alguna desgracia personal… Insisto en que Dios paga estas ocupaciones. No, no me ha pasado nada… que no haya tenido solución, nada que no… Nada, aunque les debo una explicación, permítanme.
    Siempre ha provocado una enorme curiosidad a quienes gustamos de la Literatura y sus recovecos cómo se genera una obra literaria, o incluso una obra de arte en general. ¿Qué hace, en suma, se han preguntado -o nos hemos preguntado- que una persona escriba poesía, otra escribe teatro, aquella pinte, ese canta y estos ni se les pasa por la cabeza nada de todo ello? Son los arrebatados de las musas, son unos locos -dice Platón-, son unas almas bellas y unos corazones gentiles dirán los teóricos platónicos del Renacimiento… ¡gente distinta y rara! Las torres del Dios, que dirá Rubén; seres que pueden permitirse peinarse, vestir, vivir de modo… diferente, ir a su propia moda… Sí, las musas los arrebatan y les comunican la simiente de su obra o bien se la regalan completa… ¡Almas bellas! Aún recuerdo cómo Picasso quiso ir a Cannes a recoger su premio en calzoncillos en el coche de Luis Miguel Dominguín, que lo convenció para que se pusiera unos calzones y así lo admitieron en la gala… ¡No, usted no pisaría ni la alfombra!, ni yo quizá tampoco: no somos unos artistas, no somos esos seres tocados por la gracia de los dioses… o de Dios.

   Sea como fuere, les cuento. Cuando voy a escribir una obra con cierto aliento, es decir, que va a sobrepasar los muchos folios, personajes, sucesos, etc. necesito no ya tiempo, sino un tempo vital -si me permite la licencia- para poder escribir, para poder “generar texto”, que yo llamo. Cuando ese momento me llega lo hace de forma irremediable, se presenta sin más: como el momento de un parto, pero ignoro cómo brota y de dónde, pero reconozco sus modo, su cómo: insolente, impaciente, vehemente… Presente él, entonces ya… parece que ha llegado el tiempo de una madurez creativa: en ese momento puedo haber escrito notas…, decenas de folios con escenas, más y más folios con datos de los personajes, ya soy capaz de moverme con soltura en los escenarios, sé cómo huelen, y la circunstancia en que habitan unos y otros… en mi imaginación: hay que ponerse a generar texto. Todo lo anterior fue calentamiento, labor de plumilla, laboreo de ratón… Los tomo de la realidad que me rodea, o pudiera rodearme, , pero no siempre. En muchas ocasiones, hechos, personajes y espacios… se deforman no siempre a mi voluntad, sino que, digamos, “salen así”: yo no los quería así, pero la circunstancia de lo que narro (nunca está todo previsto, como si tuviera un esquema que sigo, sino que, de pronto, te asalta una idea, una imagen, algo que mejora el argumento, la escena, la conversación, algo que completa al personaje y lo distorsiona… y se cuela con una fuerza natural que se impone)… y sí, pudiera pensarse que soy arrebatado por un furor creativo. Pasan las horas y no siento necesidad de nada: como, duermo, me aseo, convivo -poco- y cuando abandono mi puesto delante del ordenador subo a superficie…: salgo de mi novela como si volviera de un viaje bajo el agua con el capitán Nemo… Vengo de vivir en otros espacios, de oír otras voces, de visitar otros ámbitos…
    Todo esto no es amable. Uno siente llegado el momento…, uno sabe que está a punto de perder el dominio de sí, que los papeles lo arrebatarán y sus personajes, su creación… lo llevará, adueñado de su yo, hacia… no siempre se sabe dónde. Y eso no es amable. Cuesta esfuerzo generar texto: escribir, escribir, escribir… sacar de aquí y de allí, mirar, consultar, pensar, volver, escribir, volver de nuevo, rehacer, imaginar, escribir… Hay días de plomo donde la palabra se muestra remisa, el adjetivo se mimetiza y oculta, el nombre convocado no comparece, no viene, la escena se arrastra y remolonea sin concretarse, sin tomar verdadero asiento ahí, donde se la quiere… (y luego, cuando se relee la obra para corregir…, se notan esos momentos de pesadez, porque también hay ahí más erratas, faltan palabras… Es curioso: recuerdo con exactitud lo que deseaba expresar en aquel momento, pero no es eso lo expresado en el escrito… ¡y hay que volver sobre párrafos enteros que deben ser rehechos en aras a una mejor y más clara expresión de lo deseado!).
   Me resisto, lo confieso, a escribir una novela. Sé que me esperan muchas horas de trabajo y que, al final, seguro, tan seguro como que estoy aquí… ¡el resultado no será el esperado, el buscado! La calidad se ha desvanecido, la fuerza de las escenas no es la atrapada por las palabras: se esfumó… La relectura, las correcciones se hacen tediosas, arduas… Se prueban párrafos, se catan trozos completos (incluso llego a analizar sintácticamente algunos párrafos para comprobar que quien habla, ese otro yo, que no soy yo, no es tampoco este otro personaje… que tiene otra sintaxis en sus comunicaciones, en sus expresiones y que lo hacen más creíble y que, seguro, el lector no “caerá en la cuenta” de ello, pero que a mí me gusta pensar que eso que hago está bien hecho, y hará reconocible al personaje por su propio uso de la lengua, por ejemplo, de modo inconsciente, casi, para el lector). Se persigue un ideal inalcanzable…, se dedica un trozo de vida que es entrega a los demás… “Porque te quiero, te regalo este trozo de mí, un trozo muy mío, una novela… Es mi modo de decirte: te quiero, sé que está ahí, sé que yo cobro sentido por ti. Tú y solo tú puedes convertir este texto inerte y muerto en vida, en vida de tu vida. Este texto resucita al leerlo tú. Te lo regalo para que disfrutes, para acompañarte durante un rato del camino por la vida” y yo, como el poeta seguiré soñando caminos de la tarde.
   Este verano ocurrió algo de todo esto. La novela de este verano anda aún como pollo sin cabeza, ¡hasta sin título! Luego, a veces, los textos tardan años en salir a la luz o sencillamente no salen, se quedan enquistados, atorados. No se dio el tempo necesario. Hay que esperar, ser paciente. Se careció de la altura y la madurez requeridas para darle fin. Así tengo algunos. Otros, sin embargo, son partos limpios, inmediatos, trabajosos, pero casi indoloros, ligeros…
   Es por esto, en parte, amigos, por qué descuidé el blog… que ya no tengo espacio para dilucidar si bloc o blog…, pero lo haré.
   De momento les adelanto una primicia… Si todo va bien, este mes publicaré una nueva novela: Dios no come caracoles… Ya les hablaré de ella y otros avatares en otra entrada…
  Gracias por su… vuestro seguimiento, por vuestra paciencia. Por aquí sigo: para servir a Dios y a usted, que se me enseñó a decir en la escuela. Ya saben: y sea todo esto dicho con perdón.

23 de agosto de 2016

Fernández Flores, Wenceslao: UNA ISLA EN EL MAR ROJO

   Ocupado en otros lances, queda el blog a trasmano durante los meses de verano. No olvidado, pero sí en un puesto de orden posterior a otras realidades más importantes y urgentes. Dicho esto, comento el libro que hoy termino tras leerlo lentamente.
   He olvidado cómo se me cruzó esta obra a comienzos de julio, pero fue de forma fortuita. Sé que compré el ejemplar de la novela en un volumen de las obras completas de Fernández Flores, editadas primorosamente por Aguilar (luego me hice con otro volumen de esas mismas obras, de segunda mano, al hilo del primero).
   Una isla en el mar rojo es una novela terminada de escribir a comienzos del año 39, cuando aún no había terminado la guerra civil, en la que se ve atrapado Fernández Flores en Madrid. Sin lugar a dudas, desde el primer momento el lector percibe que la novela es autobiográfica y, si se consulta su biografía, se constata que así es a grandes rasgos.
   Quienes hayan leído algunas narraciones sobre las vivencias de quienes pasaron parte de la guerra asilados en legaciones extranjeras en Madrid, ya se pueden hacer una idea de la novela. Esta arranca en los primeros compases de la guerra en Madrid. La trama es simple: Ricardo, abogado joven, con novia prometedora, se ver arrastrado por la guerra a pedir asilo en la legación de Holanda y allí pasará un largo período de tiempo, hasta que ayudado por su amigo Rich puede salir de España por Valencia, camino de los Pirineos, donde cruzará a Francia ayudado por un grupo de personas -hubo muchísimos catalanes dedicados a ello- y de allí volverá, como muchos hacían, a la España fascista, nacional, franquista, azul… o como la quieran llamar.
   Las vicisitudes en la legación las puede imaginar cualquiera que haya sabido algo de la guerra: hambre, hacinamiento, frío, miedo continuo a que se dejara de respetar la bandera y la legislación internacional; las amistades fraternales y los odios irremediables de quienes conviven en situaciones muy precarias, atenazados por noticias de horror, asesinatos, bombardeos, etc.
   La novela, por lo que he sabido, insisto: de otros relatos personales y próximos a mí, es muy realista. Se encontrarán en ella muchos tópicos arrastrados durante años y nacidos al hilo de lo tan intensamente vivido. Al lector actual esta novela le recordará más, por su estructura, su modo narrativo, a los realistas del XIX que a los noventayochistas, Baroja, por ejemplo. Las descripciones se mezclan con fervorines y largos circunloquios, moralinas trasnochadas, si bien creo que el valor testimonial de la obra es innegable de lo que ocurrió en esa guerra donde solo hubo unos malos malísimos que deben ser olvidados, borrados de la memoria y recompensados sus enemigos que fueron siempre defensores de una democracia que no existía, de una paz que ellos quebraron, siempre subyugados por una Iglesia execrable, compuesta por unos seres merecedores de las peores atrocidades realizadas en ellos, así como quienes pensaban de modo distinto a esos grandes demócratas: marxistas, anarquistas, españoles y extranjeros (que vinieron a hacer el descaste de españoles, cuando aún no estaba abierta la veda del conejo, sin que nadie les diera parte en aquella matanza en la que ellos participaron sin licencia actualizada, con ese estilo elegante de quien va de caza a África).
   Desde el punto de vista estructural la novela está descompensada. El momento preparatorio de la guerra muestra una España precaria, pero aún inconsciente de lo que se le viene encima. Estamos a comienzos del verano, los primeros movimientos de tropas apenas tienen importancia, el golpe se considera algo que pasará con el calor y la llegada del otoño (pocos, no conozco a nadie que lo haya escrito así, que diga que la guerra iba a ser larga: todo el mundo pensó -he leído cartas de la época- que la guerra duraría lo que el estío: se acabaron los exámenes de julio, la gente se marchaba de vacaciones, habría un golpe, los militares restaurarían el orden y la legalidad que la República o no quería o no podía imponer… y a otra cosa)… Tres años con la ayuda de las potencias extranjeras que decían no saber nada ni querer nada ni meterse en nada (ya se sabe que de los malos solo puede venir el mal, pero de la incuria de los supuestos buenos… también viene el mismo mal). La novela se alarga con las vicisitudes en la Legación y luego, el final, digamos, se desarrolla muy rápidamente. Es curiosa la luminosidad que adquiere la obra cuando los personajes se trasladan de Madrid a Valencia… El paso de los Pirineos se aligera, así como la estancia en Biarritz, los amores del protagonista, etc.

   Novela entretenida, novela de época.