23 de junio de 2017

“La amistad según el capítulo XXI de EL PRINCIPITO”



Les propongo un título aproximativo de ensayo a los alumnos de 1º de bachillerato en la asignatura de Literatura Universal: “La amistad según el capítulo XXI de El principito”. Le pido permiso a una alumna… y me lo concede para poder editar su trabajo en el blog… Mi agradecimiento a María Angustias Moreno Armenteros de 1º de BACH B y con ella al resto de compañeros de clase. Ha sido un placer darles clase este curso. Feliz viaje.


En este capítulo de El principito, el tema que trata es la amistad. El principito se siente solo, necesita conocer cosas nuevas, tener amigos. Conoce a un zorro que le pide que lo domestique para de este modo poder llegar a ser amigos, esto requiere paciencia y constancia ya que debe ir a verlo a la misma hora durante varios días para que su amistad se pueda forjar. Al principio, el principito toma un comportamiento de adulto diciendo que lleva demasiada prisa como para domesticarlo y el zorro le contesta que “las cosas solo se conocen si se domestican”. Con ese comportamiento el principito hace referencia al capítulo XXII en el que habla de que las personas mayores que van de un lado a otro sin perseguir ningún objetivo, solo saben que no requieren de tiempo para entretenerse, solo los niños saben lo que buscan ya que con el tiempo que invierten en sus objetos, estos se vuelven realmente importantes para ellos. También trata el capítulo de su querida flor. Una flor de tres pétalos, creída, orgullosa, vanidosa, endeble, se creía que era la única en el universo… Y cuando el principito halla a las otras flores en la Tierra se da cuenta de que su flor no es la única, estaba equivocada, él al principio piensa que son iguales a su flor pero poco a poco se da cuenta de que su flor es muy importante para él, es la flor que él ha regado, que ha cuidado durante mucho tiempo y es la única que existe en su planeta, desde ese momento se da cuenta de que no son iguales, él tiene esos sentimientos por su flor.
Saint-Exupéry trata de transmitirnos el sentido de amistad. El  ser humano es un animal racional, social y sobre todo, dependiente, necesita estar en relación con otras personas y comunicarse. Este capítulo nos muestra que la amistad se consigue siendo paciente y constante ya que requiere tiempo para poder conocer poco a poco a esa persona. La palabra “domesticar” procedente del latín domus (casa) significa “hacer tratable a alguien que no lo es”, es decir, cuando llevas a alguien a tu casa es porque tienes cierta confianza con esa persona y te ha llevado un tiempo conocerla para considerarla tu amigo. Sin embargo, el principito nos muestra que las personas mayores llevan demasiada prisa y nunca se detienen a domesticar a las personas, ellos no tienen tiempo para eso ya que no lo consideran algo importante.
La amistad se concibe cuando dos personas conocen los sentimientos, el carácter y las costumbres la una de la otra, por eso el zorro hace referencia a la frase conocida “lo esencial es invisible a los ojos” ya que por fuera todos somos iguales: rubios, morenos, altos, bajos, etc. Pero por dentro, cada uno es de una manera distinta y cuando eres amigo de alguien, has creado un lazo que os une y hace que esa persona entre miles, sea importante para ti y que cuando se marche, te acuerdes de ella porque solo  con ella compartiste un lazo afectivo.
Como conclusión de este ensayo de la visión que Saint-Exupéry nos transmite sobre la amistad, me gustaría insistir en la perseverancia que se debe tener para conocer bien a una persona y crear ese lazo. Considero bastante importante en el libro este concepto de amistad ya que el principito vive solo y va en busca de nuevos amigos (aparte de conocer cosas nuevas que no existen en su planeta) no todas las personas tienen ese concepto y no se dedican a saber cosas de esa persona, a hacer cosas por ella ni nada, y tan solo por tener algo en común, piensan que ya existe ese concepto de amistad.


18 de junio de 2017

¡CUENTOS MARAVILLOSOS!

   
     Uno no es que lo sepa todo, Dios lo libra, pero lleva más de tres décadas corrigiendo composiciones escritas, cuentos, narraciones o redacciones, también llamadas…, de adolescentes y cree tener cierta capacidad a la hora de enjuiciar lo que se le pone delante. Hago estos días de jurado para un concurso.
         La gran dificultad de los chicos a la hora de redactar un cuento, en contra de lo que muchos puedan pensar no se halla en la ortografía ni en los aspectos formales: casi todos los chicos saben cómo manejar, mal que bien, los signos prosódicos. Es cierto que abusan del punto y seguido; y algunos proceden en largos párrafos densos y enrevesados. Saben usar los guiones explicativos en una conversación, los guiones de diálogo… La gran dificultad la hallamos siempre en la estructura del texto. Falta paciencia en el desarrollo y el argumento se precipita renglón abajo cargado de ansiedad… hacia un final que se les escapa: pretende ser sorprendente y prodigioso, pero… ¡se les escapa! No hay forma de acompasarlo. Las causas apenas planteadas producen efectos desproporcionados. El verbo, el elemento activo de la oración, es el más abundante: los personajes no reposan: van, vienen, suben, hacen, deshacen, luchan, corren, hablan… ¡un no parar ni dejar parar! El lector es llevado a matacaballo por argumentos más o menos simples, más o menos débiles, hacia un final precipitado… y abismal.
         Lo escrito en el párrafo anterior ha sido norma siempre, desde que yo empezara el intento de enseñar a escribir a mis alumnos una hora a la semana: la estructura de las narraciones, el orden expositivo, es lábil, camina por los oscuros vericuetos de las mentes infantiles o adolescentes siguiendo unas pautas inesperadas, insospechables; mas hay gran novedad: Todos los cuentos que corrijo en esta ocasión, en el concurso, tienen un trazado fantástico, un contenido mágico, lejanísimo para mí…, fantasmagóricos los textos que leo. Pregunto entre alumnos de distintos cursos: “Los que leemos…, pues eso es lo que leemos. Los que no leemos, esa es el estilo de las series que vemos en Internet”. Y se pueblan los cuentos de hadas buenas y malas, de ángeles, de demonios, de vampiros, de seres malísimos o buenísimos (sin consistencia ninguna, caprichosos, increíbles, personajes que no se tienen en pie, superficiales…, personajes más que nunca de mentirijilla: malvados que hacen un mal que no daña o un bien etéreo que a casi nadie beneficia), de perros y conejos habladores, de bosques oscurísimos, donde hallamos hermosas y tenebrosas figuras, plantas inconcebibles…; abundan las piedras mágicas con insospechadas propiedades capaces de salvar reyes y reinas, ¡con sus reinos al completo!, aunque sus reinos sean de moscas, de mariposas o de seres “difícilmente descriptibles”… ¡Ni un cuento, ni uno, tiene el más mínimo tinte realista! Nada de nada… Ni un personaje, ni una situación, ni un argumento… ¡no hay soluciones imposibles donde hay un anillo salvador! En fin: todo es posible, todo tiene remedio, incluida la muerte misma de quien sea… solo falta el beso salvador, la presencia pertinente de la amada o el mago… Se ve qué es lo que hay.
          ¿Alguna conclusión? ¿Alguna opinión o juicio con cierto fuste?


      Personalmente me resulta admirable todo esto. Me he pasado la vida con ellos. Empecé cuando tenía 20 y aún sigo con los 55… y se me escapan entre los dedos, bendito sea Dios: no son idénticos unos a otros, no son uniformes, son únicos y pueden escribir narraciones igualmente únicas… y no dejo de animarlos a que lo sigan haciendo… incluso contra la realidad más cruel, que es la que le presentamos, tantas veces, los mayores. ¡Adelante, sin miedo!

7 de junio de 2017

Saint-Exupéry, Antoine: EL PRINCIPITO

     


                                               A mis alumnos, tantas veces principitos, tantas veces hermosas rosas.



         Termino en este mismo instante esta obra maravillosa. No la he leído solo. No la he leído como normalmente leo, como se lee de un tiempo a esta parte (no siempre fue así): sin voz, solo pasando la mirada sobre los renglones. La he leído esta vez en clase, con mis alumnos, en voz alta.
          Me quedo triste. Siempre que termino de leer este libro me deja un poso de tristeza y así, supongo que por esto mismo, concibo igualmente la personalidad de Saint-Exupéry, por quien tengo un amor de ternura, el amor que se tiene por esos niños grandes, un poquito inermes, desamparados, como un principito más… ¡Dios cuántos principitos en sus planetas! ¡Cuántas estrellas sin amigos! ¡Cuántas flores molestas, solitarias, coquetas, exigentes… tiernas, abandonadas, excelentes! ¡Ay, quizá no debimos escuchar del todo sus palabras!
         Les pregunto en caliente a mis alumnos qué opinan del libro que hemos leído y comentado durante unas semanas… ¡han sido semanas de comentarios biográficos, aclaraciones, anotaciones!
        El libro, me dicen, les ha gustado. Las palabras, lo que dice, añaden, se entiende, pero no se comprende del todo ni fácilmente: “A veces no sé qué quiere decir el autor”. “Lo que sé es que el Principito se ha ido”, concluye una chica. La secuencia de la serpiente al final, la conversación con el piloto, el modo en que volverá a viajar a su planeta… “es extraño”, me dice otra. Otra alumna, de pronto, cambia el tema, parece como si quisiera salir del pozo de tristeza en que nos ha sumido al final del libro y habla de “la enseñanza. El libro, el autor –dice– nos enseña”. Le pregunto: “¿Pensáis que la finalidad el libro es meramente didáctica, es decir, para enseñar?”. “Sí”, responden. Dos chicas comentan: “Yo me quedo con la idea de que lo esencial es invisible a los ojos”. “¿Qué significa para vosotros esto?”, pregunto. “Que lo más importante no se ve con los ojos…” Entonces, añado: ¿Cómo lo veo? “¡Con el corazón!”, me dice de inmediato una alumna. ¿Acaso el corazón ve? ¿Cómo ve? “No tiene ojos, pero…”, dice un chico. “Pero siente…”, completa una chica.
         Les cambio el tema. Si tuvierais que aconsejar el libro a alguien, primero: ¿Lo aconsejarías? Segundo, ¿por qué? Unánimemente me dicen que lo aconsejarían…, pero ¿por qué? “Por lo que enseña…”, responden casi sien pensar. ¿Y la belleza que encierra, no os llama la atención? Digo: la belleza de una amistad que nace, crece…, se hace literalmente amable: con el zorro, con el piloto… ¿No pensáis que hay mucha belleza en el amor entre la flor y el principito? No parece que tengan una visión positiva de la flor porque es creída, soberbia… Y entonces les vuelvo a recordar un libro que leí hace muchos años, escrito por la flor. “La flor –les digo- era la esposa de Saint-Exupéry. La viuda salvadoreña del escritor guatemalteco Enrique Gómez Carrillo, que escribió un libro titulado Memorias de la rosa…”. Apenas recuerdo el libro, pero sí que no me gustó que era… mejor dejarlo aquí. Ya se lo había comentado cuando leímos el capítulo de la rosa, y ellos recordaban esto.
         Les animo a que apunten más ideas, pero solo sonríen y miran a otro lado, como si no fuera con ellos. Me asombro. Después de semanas de lectura detallada, detenida, comentada, ¿son incapaces de aportar solo esto? Ojo: son buenos alumnos… ¿Qué sucede? (Yo sigo con la tristeza de un principito que se ha ido a su casa…). También, añaden ahora, que se acuerdan de aquella flor de tres pétalos que, sin saber nada de nada, opina, dice, etc.: “¡Se parece tanto a tantas personas! –les digo– Esas que hablan de su verdad”. Me dice una alumna… “cuando habla de ella nos dice: de tres pétalos, como si fuera nada…, como un desprecio”. Y de nuevo irrumpe una alumna que dice: “¿Qué por qué se interesa tanto el principito por encontrar a los hombres? No lo sé”… Esta chica es  muy impulsiva: piensa a borbotones. Otra le responde: “porque busca amigos”… Y yo añado ¿Y para que quiere amigos? “Para ser feliz, para compartir…”, me dicen, y ya casi enfadado les recuerdo lo que ha sido una idea muchas veces repetida en estos meses, una idea de quién es el hombre: ese animal, racional…, ¡dependiente! –les digo ya con cierto énfasis y levantando la voz. El hombre necesita a otros hombres para llegar a ser él mismo, para ser feliz… “Os dije que comentaba Ortega que el hombre solo es un ¡jaramago universal!”

              El Principito, tras morderle la serpiente dorada, volvió, no sabemos cómo, a su planeta. Saint-Exupéry, tras su último vuelo, tras picarle el avión en qué volaba, quizá también volvió al planeta de los niños.

7 de mayo de 2017

Sánchez Gascón, Alonso: LOS MAQUIS QUE NUNCA EXISTIERON

  Decir adolescencia es decir romanticismo e inmadurez, anhelos incoherentes…, cohetería, mucha pólvora y poco plomo. En fin… Juventud que te vas para no volver, gracias a Dios: ¡que allí te puedes quedar! En aquellos años en que leí de forma irracional, compulsiva, a discreción y mansalva…, entre los muchos libros que Dios sabe por qué leí, me trepé un tocho de casi 500 páginas sobre los maquis, escrito por un teniente coronel y de portada rojiza y gris… ¡de eso me acordaba perfectamente!, que ahora aquí reaparece: El maquis en sus documentos, Francisco Aguado Sánchez; el libro debía estar recién salido entonces. También me llamaron la atención de aquel libro las fotos de esos maquis, muchos de ellos cadáveres… Y recuerdo perfectamente lo que me contó mi padre al respecto, pues coincidió en el lugar y el tiempo en que “los de la sierra”… andaban por la Centenera: alguna anécdota con Quilino, el guarda -quien es citado de refilón en el libro que comento-, y… ¡qué de aventuras, qué valientes!
    Que me perdone el lector, que ciertamente es pereza intelectual, pero años después leí algunos libros de los autores aquí citados, entre ellos, de dos de los autores contra quienes se escribe Sánchez Gascón: Sánchez Tostado y Moreno Gómez. Ya en su momento, lejos de las fiebres aventureras de la adolescencia, cuando leí a estos dos señores, comprendí lo lejos que estaban de la verdad, pues me parecía que en sus textos sobraban adjetivos laudatorios para quienes, en puridad, no pasaron de ser unos delincuentes, y unos pobres desgraciados que se dedicaron, con más o menos fortuna, a hacer más desgraciados a quienes ya de por sí la vida había puesto en un difícil brete: pastores serranos, cortijeros, labradores de medio pelo...
   Conocí al autor de la obra que comento en una situación que nada tenía que ver con los maquis ni con la historia, sino con la caza y el Derecho. Creo que ser simpático y tonto es imposible: el tonto, el simplón, cae más bien del lado del gracioso, y Sánchez Gascón me pareció una persona inteligente y simpática. Por eso, y aconsejado por mi amigo Francisco Revueltas, escritor, cazador y guarda de caza, me puse a leer esta obra de la que me dio noticias. Quería recuperar algo de lo que en mi adolescencia disfruté y me atraía, porque sabía que saldrían fincas por mí conocidas -fincas que fueron de mi familia- en este libro… y… El resumen, hecha la raya, podría ser el siguiente:

1.       Sánchez Gascón ha dedicado una cantidad de esfuerzo, de tiempo, de dinero, seguro, para demostrar lo evidente: que los maquis no fueron luchadores por la libertad, ni luchadores por la República, ni demócratas… ni toda esa sarta de necedades de señorita catequista de izquierdas con la panza llena que han defendido, probablemente, porque de algo hay que intentar comer (y la sangre siempre alimentó mucho). Los maquis, esos pobres desgraciados, insisto eran, muchos de ellos auténticos asesinos condenados por la justicia antes de echarse al monte. Alguien podría pensar, don Alonso, que para ese viaje no se necesitaban alforjas… y es cierto, pero no lo es menos que lo escrito por Sánchez Gascón pone de manifiesto que corren malos tiempos cuando hay que demostrar lo evidente (me consta, por familiares directos, de algunos de esos supuestos “defensores de la República”, que sus antepasados eran “unos criminales”, como me dijo uno).
2.       El libro me parece reiterativo, pesado en algunos pasajes donde se repite lo mismo… quizá por lo dicho arriba: “pa que se enteren de una puta vez”, se machaca sobre lo ya escrito y demostrado, se sobreponen ideas y pasajes y se hace, por ratos, farragosa la lectura…
3.       Para quienes no sepan nada de lo que aquí se trata, de los maquis, sin novelerías, bien pueden leer el libro de Sánchez Gascón porque, sin duda, sabe de qué habla y lo hace con pruebas y documentación que se me antojan irrefutables.

   Las coletillas y las ironías que emplea el autor, deben ser bien ácidas para los autores a quienes se las dedica, cierto que reiterativas, pero simpáticas sin duda alguna para el lector en muchas ocasiones: ciertamente quitarle a alguien un reloj de oro, como sucedió, no es requisa ni expropiación ni decomiso del Estado en defensa de la República, sino simple y llanamente un robo.

   Al final esta lectura me deja un poso de tristeza. No sé cómo, una vez tras otra, vuelvo por las veredas que me llevan a una España enfrentada, a una España que no perdona, a una España que se masacró en una guerra civil…, que me dan bascas volver a ella, una guerra civil donde aún no se ha puesto coto a los desmanes, una guerra donde aún hoy se insiste en el “y tú más”… ¿Cuánto ha de pasar para terminar con esto? Supongo que hasta que no haya la suficiente distancia como para que haya la claridad que nos lleve a la verdad…, pero aquí seguirán las banderías de la opinión…, las veleidades de las vísceras salpimentadas con odio… Y como dijo el Bisa, el personaje inolvidable de Las guerras de nuestros antepasados de Delibes, y cito de memoria: mientras los hombres tengas huevos, habrá guerras. Ha dicho, y dicho sin perdón.

1 de mayo de 2017

Abril, Juan Carlos: PIEDRAS LUNARES. HOMENAJE A MIGUEL HERNÁNDEZ

     La inmensa mayoría de los libros que componen una biblioteca privada genuina son libros adquiridos más a conciencia que sin ella. Luego, ciertamente, siempre hay un tanto por ciento de ellos que recomendados se establecen; otros se cuelan por las bardas del corral y así, entre estos, hallo el libro que ahora comento: no sé cómo llegó hasta mi casa (lo debieron regalar a los compañeros en algún acto cultural de alcance y me rebotó, Dios sabe dónde y cómo).
    El libro está compuesto por una nota del editor y cuatro artículos de variable extensión, más breves que extensos, sobre Miguel Hernández. Del editor sé que es de un pueblo cercano a Jaén y que escribe poesía: nunca le había leído nada antes, y me temo que entró con mala fortuna y peor pie en casa.
    En la introducción, el editor, se pasó de fastuoso. La publicación del folleto por la Diputación hace verdad, me temo, aquello de no morder la mano del amo que te da de comer y Abril está dispuesto a darlo todo: Andaluces de Jaén es un poema universal, escuchar a Paco Ibáñez en los 80 (¡con el PSOE en el poder!) era un acto de rebeldía y el asesinato de Lorca y la muerte de Hernández unos “iconos de la injusticia franquista”, etc.: sin duda nuestro hombre se ha venido definitivamente arriba y ya va por los altísimos andamios ilusorios de la ilusión que no de la flores, ha perdido pie, y por ahí, de hipérbole en desmesura, da de bruces en lo ridículo risible. Hace unas semanas di un paseíto por Jaén visitando espacios por los que anduvo Hernández y también pude escuchar afirmaciones más que matizables, emparentadas con las aquí leídas. Las mismas fuentes, las mismas verdades a medias, lo ridículo absurdo…              
     Tras la “Nota del editor” halla el lector un digno ejercicio escolar que cubre con creces la meta del folleto y así, el profesor Díez de Revenga, nos hace un recorrido resumido y llano de la biografía de quien para mí -desde que hace muchas décadas oí de él- fue un pobre hombre, un buen hombre y un buen poeta… a libros y a ratos: ni un intelectual marxista ni un cabrero.
      Más trabajado y sin novedad, que nadie espera ya a estas alturas, Rei Berroa, nos ayuda a comprender el salto que Miguel da en su concepción del mundo y del hombre: desde la provinciana y católica Orihuela -ñoña y pacata- a la esplendorosa conciencia de clase que descubre en un Madrid de comunistas, más o menos señoritos, como Neruda, Alberti y algún amigo más del vagón de cola del 27. ¡Qué gran epopeya en bien de la humanidad aquella revolución de Asturias del 34! ¡Qué gran hombre en pro de la libertad y la justicia Largo Caballero! Y por supuesto, como escribe el profesor Berroa, de aquel “Drama del monte y sus jornaleros [refiérese a Los hijos de la piedra], en el cual el pastor -hombre pacífico más que nadie, y que no es sino un trasunto hernandino-…” (p. 36). Y no puedo evitar la sonrisa pues nunca hubiera aseverado esto  el profesor Berroa de haber estudiado en la Enciclopedia de Álvarez, bajo el férreo y torturador brazo fascista del franquismo asesino, pues hubiera aprendido aquello de “Viriato fue un célebre pastor lusitano…” ¡que menudo pacífico pastor! Sepa Dios, pero al decir, ya digo de los señoritos de entonces -que ya se ve, hoy son otros- el pastor inventó aquello de la guerra de guerrillas y les armó la de Dios es Cristo a los romanos, pero a saber: igual era una mentirijilla fascista. O a lo peor es que hay pastores que los carga el diablo, como las escopetas, y ya se sabe… los disparan siempre los mismos: los gilipollas.
      El artículo del profesor Salas, por equilibrado y claro, por su sereno análisis de los tres meses que Hernández pasara en Jaén, ha sido de mi gusto. Los olivares y las gentes de Jaén, el olivo como símbolo, es atractivo para el levantino como lo fue en su momento para el sevillano Machado. Agradable el paseo por su artículo.
     Igualmente el artículo del poeta-profesor, Luis García Montero, me resultó amable. No me extrañó su división maniquea entre derecha e izquierda en algún comentario, que bien pudo ahorrarse, pues poco añadía a lo pretendido. Quienes escribimos sabemos que la contención es lujosa. Buen artículo, más allá de la faena de aliño: sincero, claro, desmitificador, ajustado.
     Uno, que Dios lo libra, no es especialista en nada, y menos aún en Hernández a quien ha leído con empeño y comentado muchas veces, y es por ello que me atrevo a sumarme a lo escrito por García Montero: “Todos los autores que escriben movidos por la urgencia, la solidaridad y las consignas suelen firmar poemas de poca calidad literaria, ejercicios retóricos, soflamas” (p. 58). Con su cara de patata, como él mismo decía, y su vestir rústico entre señoritos (Lorca, Alberti, Neruda, Aleixandre…) da la sensación de que Miguel es un brazo robado al campo que a la poesía se dedica, pero Hernández no es un cualquiera. Hernández es un poeta de vibrante garra poética, donde el dolor y el sufrimiento son abismales, como tan inefable es la alegría y la delectación ante el vivir. Persona de corazón rebosante de anhelos felices, de entrega, de amor… Todo ello dará, insisto, algún libro feliz y muchos poemas inolvidables, pero no tuvo suerte. También coincido en esto con García Montero. Creo que, sobre todo, no tuvo suerte con el momento de su vivir y no anduvo prudente en la elección de quienes fueron muchos de sus compañeros de camino (por ejemplo el asesino Vittorio Vitale y su compañera Tina Modotti).

     El folleto de Abril arranca del Hernández que pasó por Jaén. Ignoro si cuando llega ya estaba Herrera Petere en Jaén, creo que sí. Miguel se va a vivir a un palacio de unos marqueses en la calle Llana. Es que mucha la afición de los pobres a vivir en palacios decomisados a sus dueños, sin pagar alquiler y con derecho a llevarse lo que quisieran (otro tanto hizo Alberti en Madrid), aunque mucho me temo, compañeros, nada tenía que ver esto con la defensa de la República, y sí está, sin embargo, más cerca de los derechos de pernada, el robo, la codicia y esos pecadillos tan humanos. Preocupados por las injustas situaciones de sus hermanos, los jornaleros del campo y los luchadores del frente, se ocupaban ellos mientras en escribir versos en casa de la señora marquesa. Por esas fechas, en Jaén, vecino de esa misma calle, el escritor jaenero Antonio Alcalá Venceslada no podía asistir a las amables tertulias de café y poetas en la decomisada casa de la señora marquesa porque estaba en la cárcel con su esposa, sin acusación y sin esperanza de juicio. Y es que lo marqués no quita lo valiente, compañero del alma..., compañero.