2 de enero de 2018

G.K. Chesterton: AUTOBIOGRAFÍA


Gozador y disfrutón, jovial y divertido… vitalista: esos creo que podrían ser adjetivos que califican la actitud de Chesterton hacia la vida en general y a su creación periodística y literaria en particular. Confiado desde niño en que todo le iría bien, sin ser un necio optimista, vivió para luchar divertido por las causas que le parecían justas, valiosas, no sé si a punto de perderse…, sin importarle la dimensión del conflicto o de la causa en sí o la magnitud de sus consecuencias. Confiesa haber tenido “una vida injustificadamente afortunada y feliz”. Recomiendo leer con atención el último capítulo por lo que tiene de más personal y sujeto a la “Verdad que también puede llamarse Realidad”.

Estudiante brillante al decir de todos, aunque con resultados equivocados… Se dedicó a estudiar pintura empujado y confundido por su padre, que veía en él al niño aburrido en clase que se dedica a decorar los márgenes de los libros con dibujitos, como hiciera nuestro Juan Ramón en su cole de los jesuitas en el Puerto. No, no era la pintura el camino de este escribidor insaciable, panfletista, poeta, polemista, conferenciante… que se chupaba los dedos por una antítesis o por una ironía, por un juego de palabras… Rebelde e inconformista por convicción, como el viejo Diógenes entraba al teatro de las ideas cuando todos salían… y siempre hallaba una fulgurante razón escondida en cualquier argumento que, con su lógica aplastante, dejaba boquiabiertos a sus adversarios ideológicos; mientras él, niño, gordo, grandón y juguetón se relamía jovial de su travesura. En sus inacabables disputas con Bernard Shaw, este solía decir que Chesterton, era un joven gigantón, tan grande que siempre quedaba la mitad de él fuera del campo de vista de su interlocutor.

Pasó por distintas posiciones políticas y lo reconoce sin rubor. Pasó, por pura lógica, según él,  de un ateísmo enteco a un catolicismo esponjoso, sin complejos y divertido como él, que defendió a capa y espada en una nación donde no era ni es fácil ser papista (su libro Ortodoxia da fe de ello). Cuenta, no sin cierta gracia, su etapa de relación tangencial con el espiritismo…

Lo cierto es que la autobiografía de este inglés excepcional es una especie de paseo en volandas por primavera, sin horas ni días ni fechas, donde de continuo se va a paso ligero por una prosa chispeante, con más que cierta gracia y certera intención. Su autor nos va contando lo que le apetece de las calles, callejuelas y avenidas de su vida… que paseamos, las plazas en las que se detiene, las estatuas de que comenta, los viandantes con quienes se cruza… y todo ello, ya digo, con una amable jovialidad que lleva zascandileando al lector que, divertido, se deja llevar… o cierra el libro porque eso es lo que hay. Rasgo inequívoco de su estilo personal y, por tanto, estético es escribir lo que piensa no solo sin complejo alguno, sino a pesar de estos y de no estar del todo seguro de llevar razón. Da la impresión de que muchas afirmaciones se dirigen a una autocomplaciente burguesía intelectual con la intención solo de incordiarla y hostigarla, para removerla de su poltronería. ¡Divertido!


Creo que carece de sentido comentar sobre qué comenta en concreto porque, insisto, no parece que haya un especial orden en el recorrido, aunque es cierto que comienza por su infancia y se colegio y sus colegas habla, de sus estudios, de sus amigos, de sus inicios periodísticos, algo de sus libros, de sus biografías, de su hermano Cecil, de las disputas y polémicas contra todo viviente parlante que pudiera tener alguna opinión a la que él poderse oponer… Algo, muy de pasada, de su esposa y sus amigos más cercanos, de los políticos que conoció y algo, unos párrafos no más, de algunos países por los que viajó… Sus posturas políticas… El último capítulo, de una contundencia de la que quizá los anteriores carecieron, nos habla de su conversión al catolicismo… En fin, un verdadero cajón desastre que, con perdón, me sigue recordando a la Automoribundia de Ramón trufada con sus obras El circo y El rastro. ¡Qué cosas, Amanda, de veras!

24 de diciembre de 2017

                      A quienes están en las listas de mis correos electrónicos.
                A quienes estáis en mi lista de whatsapp y de teléfono.
                A quienes estáis próximos en mi vida y a quienes lo estuvieron un día y ya están donde Dios ha dispuesto.
                                              
                A todos… a todo corazón: que la Sagrada Familia os dé cobijo.






De nada demasiado, de nada en exceso, decía algún avispado de Delfos al que llamaron sabio… In medio virtus, que tan mal se interpreta, lo afirmaba el no menos espabilado de Aristóteles y viene a ser lo mismo que lo antedicho.

Los memoriones, quienes han vivido mucho, se acuerdan de que la Navidad tiene un trasfondo pagano que nada tiene que ver con Cristo. Les conviene ser beligerantes contra quien, para ellos, no existe, y contra la religión que les importa un bledo, pero contra la que no paran de batallar. Esos memoriones y sus corifeos luchan contra su memoria y contra la nada y se afanan por  convertirnos al dogma de la quimera y el simulacro. El Dios contra el que luchan sin creer en su existencia les dé la paz que no tienen y anhelan, la felicidad que buscan y no hallan.

La Navidad… entre todos, con efusión de gozo, a base de buenas intenciones, abusando de esa actitud que la RAE admite que denominemos buenismo…  se ha convertido en una  melcocha de naderías: hemos dejando que las raposas entren en la viña, que se coman unas uvas, ¡pobrecitas!, que se coman un racimo, ¡tienen tanta hambre!, que no vamos a ser como los demás…, etc. y han terminado por diezmar la viña y convertir la fiesta, el nacimiento de Dios hecho Hombre, ¡eso es lo que se festejaba!, en concursos de belenes y villancicos, en un limosneo de cenas para indigentes, en un hartazgo hasta el vómito de epulones, en belencitos con muñequillos irreverentes la mar de simpáticos y repelentes por su mal gusto… ¿¡y qué importa!? Por la mano se llevaron las uvas, los racimos, la viña, al viñador ¡y al sursuncorda! entre nuestras bromas y nuestras risotadas… y nuestra indiferencia, nuestra ignorancia, una acedia que da bascas, una solidaridad que en nada se concreta, la abulia… y el consumismo nos devolvió al principio… Una fiesta pagana donde demostrar amor es gastar dinero y regalar, donde amarnos los unos a los otros se transforma en hartazgos de besugos, cigalas, imbéciles y demás peces de este mar narcotizado, la mar de rico en vaciedad…


DE NADA DEMASIADO… Sí, hemos banalizado el hecho más trascendente de la historia de la Humanidad…: que un día un niño como los demás era el Niño Dios, que ese Niño junto a una muchacha virgen, su Madre y la mía, que es la Virgen, junto a un hombretón recio, san José, mi padre y señor, dieron su ser todo en su humilde pobreza para que yo hoy pueda desearles solo, solo esto, que escuchen, si saben, si pueden, al Niño y se alejen del ruido: músicas, risotadas… donde posiblemente no esté Dios ni los pastores susurrando por lo bajo para no despertar al Niño que todo lo sabe, que todo lo puede… Que él nos bendiga.

20 de diciembre de 2017

Chesterton, G. K.: EL REGRESO DE DON QUIJOTE

                                                   
               

                                                          A don Rafael Ballesteros.

Si el texto de Chesterton que he leído fuera de un alumno mío le diría que carece de una estructura clara, que existen elipsis que no se justifican en el argumento, que el tempo narrativo es disarmónico… Que los personajes no están bien delineados, que se sostienen en pie a duras penas… Los espacios novelescos, apenas descritos, parecen mala carpintería de teatro ambulante. Todo ello podría llevar a la conclusión de que la obra no me ha gustado, pero esta conclusión sería errónea. Es cierto que la obra se desarrolla en medio de un cierto caos por lo ya dicho -en algún momento he pensado que fuera la traducción-, pero creo que, dicho todo ello, Chesterton lleva al lector por los caminos que quiso. El inglés publicó esta obra en 1927 cuando ya tenía larga experiencia como novelista y, por supuesto, como escritor y había probado sobradamente sus capacidades… ¿Por qué entonces tengo esta más que impresión que me surge tras la lectura de la novela? La explicación es simple: nada de todo cuanto en la novela flojea, a mi juicio, tenía interés para su autor en esta obra. Luego… ¡luego lo que le interesaba es aquello que podríamos llamar el contenido, el argumento…! El libro, según averiguo, estuvo un tiempo sin editar tras llevar tiempo escrito. Es por ello que la obra se la dedica al valiente editor que le dio luz y en la dedicatoria que le hizo al editor, opino, se confirma mi tesis: “Mi querido Titterton, esta parábola dirigida a los reformadores sociales fue pensada y escrita, en parte, mucho antes de la guerra, por lo que con respecto a ciertas cosas, desde el fascismo a las danzas negras, carecía por completo de una intención profética”.

En el fondo para Chesterton como para todos aquellos que amamos a don Quijote lo que nos asombra es que, loco o cuerdo, Alonso Quijano el Bueno, es coherente. Eso que se llama unidad de vida se da al milímetro en don Quijote quien se lanza al mundo movido por una idea del bien. El caballero Chesterton no puede dejar de admirar a alguien que es consecuente con aquello que piense, aunque le vaya la vida en ello. Podremos reír o llorar ante lo que piensa y hace don Quijote, podremos ponernos de parte de Sancho, pero siempre nos gustaría tener el arrojo y la falta de respetos humanos para hacer aquello que creemos lo mejor… Esto entiendo es lo que le interesa al inglés de nuestro antepasado, el universal don Alonso Quijano.
Será la coherencia la que lleve a Chesterton a conducirnos por unos vericuetos en los que la lógica se imponga y así, de un juego -¡qué serios son los juegos!- nos lleva al extremo donde todos quedan boquiabiertos: reaccionarios y progresistas se ven retratados, y atrapados, en la lógica de este inglés guasón y divertido que, como si tal cosa, demuestra que los nobles no son tales y que los progresistas atan las mismas berzas con idénticos espartillos. Al final, sobre berzas, pepinos, melones… de esa huerta siempre cabalgará el idealismo de don Quijote y de quienes, como él, son capaces de jugarse la vida al tablero, capaces de exponerse al ridículo, a las risas, a las burlas.

Necesitaría de un tiempo del que no dispongo para saber cuál fue el último libro que leí de Chesterton y cuándo: posiblemente El candor del Padre Brown y hará más de treinta años…, porque más recientemente leí una biografía sobre él de la que di cuenta en este blog…, que consulto ¡¡y rectifico!! El último libro que he leído de Chesterton… fue La sabiduría del padre Brown en agosto de 2012 (https://antoniojosealcalavique.blogspot.com.es/2012/08/la-sabiduria-del-padre-brown-gk.html).

Cierro con otra sorpresa que no vi nunca antes. Nunca hubiera pensado en el parentesco novelístico-creativo entre Ramón (Gómez de la Serna, ¡no hay otro Ramón!) y Chesterton… Leyendo este libro me acuerdo de Piso bajo, de El incongruente, de La mujer de ámbar… o de La quinta de Palmira… De El circo y El rastro… Me da la impresión de estos dos autores llevan al lector al trote si no al galope. Leyendo una crítica de Sabater sobre Chesterton comparto su “No es extraño que de vez en cuando tengamos que descansar…” y con Ramón sucede otro tanto. Sin duda es más discursivo el londinense que el madrileño… Las cabalgadas de Ramón pueden ser ciertamente incongruentes, ilógicas, irracionales, pero esas escapadas de la línea argumental de la obra sí pueden ser comunes a las de Chesterton…


Otro día… más Chesterton.


11 de diciembre de 2017

Zidrou e Ibáñez, Roger: ¿QUIÉN LE ZURCÍA LOS CALCETINES AL REY DE PRUSIA MIENTRAS ESTABA EN LA GUERRA?


Mi memoria aún es fiable en muchos ámbitos. Nunca en mi vida compré un cómic con mi dinero. Solo una vez en mi vida mi padre me regaló uno: fue una tarde en la que, siendo niño, me llevaba a pelarme. Ignoro por qué lo hizo y ahora es tarde para preguntárselo. A mi alrededor, en mi infancia, había libros de cómic que yo leía muy de tarde en tarde cuando a algún amigo se los pedía prestados: tenía buenos amigos lectores de este tipo de libros. No me disgustaban, pero no me apasionaban como a ellos. Me agradaba leer a Astérix y Obélix, a Tintín, al Jabato, que confundo (discúlpenme) con el capitán Trueno… También leía algunos otros, digamos, que, en mi ignorancia, calificaría de “más corrientes”: Mortadelo y Filemón, Pepe Gotera y Otilio, el Botones Sacarino, Rompetechos… y esas eran mis lecturas de cómic. Recuerdo también haber leído algunos (tamaño de página, orientación apaisada y pésimo papel) de Roberto Alcázar y Pedrín… Mafalda era, para mí, temario aparte, y la leí más tarde.

En mi condición de coordinador de biblioteca, siguiendo indicaciones de quienes saben, me he lanzado a comprar libros de cómic para los alumnos de un centro de ESO y bachilleres. Me he dejado asesorar -¡y bien agradecido que estoy!- por Manuel Vasco y Juan Manuel Espinosa… Me han descubierto que, ese mundo oxidado de mi infancia, es hoy por hoy -a lo mejor entonces también lo era ya- un inmenso océano que no entiendo por qué no se estudia en alguna facultad (aunque no dudo que esta exista). ¡¡Admirable!! Recibo el pedido de libros con asombro absoluto; todo me deja boquiabierto: las ilustraciones magníficas, el papel satinado de ignoro cuántos gramos, los colores, las cubiertas, los diseños… ¡y el precio! Insisto: disculpen mi cazurrería, fruto de mis pocas luces, al hilo de lo que escribo.

Me leo un libro, un tebeo, un cómic… que no sé cómo llamar: ¿Quién le zurcía los calcetines al rey de Prusia mientras estaba en la guerra? Ignoro el sentido del título, que se acompaña por el tipo de la portada que parece un jugador de rugbi al que le sobra cuerpo y le falta cabeza…, pequeña para tanto cuerpo. Empiezo a leer y ¡vive Dios que no entiendo nada! Absolutamente nada: no sé de qué va aquello…, pero, siguiendo normas no escritas de la casa, sigo leyendo: al fin y al cabo, el libro o como se llame -disculpen- se lee en un rato… Echo un vistazo al cuento páginas adelante y me encuentro al mismo individuo de la portada en perla y enseñando sus partes pudendas… ¡Vaya por Dios! Vuelvo a la lectura… Si hubiera hecho lo que suelo hacer cuando leo un libro, me habría enterado de qué iba la copla: “Lee las solapas, las contraportadas… antes de iniciar la lectura”. Llego tarde. Ya me lo he zampado. Ya sé de qué va. Alcanzo la contraportada: ahí tenía la clave que he descubierto yo solito… ¡tampoco hacía falta ser Leonardo da Vinci!

Catherine, una madre con 72 años, cuida a un hijo, Michel, de 42. Este sufre un retraso indefinido, fruto de un accidente de coche ocurrido por beber en exceso. La historia la componen los hechos cotidianos de esta relación: con la hija de Catherine -que, por supuesto, no se quiere hacer cargo de Michel-; una madre a quien le parece indeseable dejar a su hijo en una residencia; un Michael que, con su cuerpazo de hombretón, actúa de continuo con un niño caprichoso… Duro para la madre el vivir cotidiano cuando Michel… vive en su limbo de manías, de horarios, de comidas, de exigencias… ¡a su anciana madre!

Sin duda, tras esos magníficos dibujos, tras esas escuetas escenas… hay una vida y una visión ética del vivir actual. No hay moralina. No hay soluciones. El autor o los autores -de quienes nada sé decir- no nos leen la cartilla ni aportan soluciones: “no hay más cera que la que arde” (no me gusta ese derrotero…, pero “es el que hay”), y comprendo esa solución.

Añado que estoy asombrado… de lo que he leído. Mis amigos me animan. A ver si lograra yo animar a los lectores potenciales de un centro de educación donde, como en su casa de usted, es lo “normal”, se lee muy poquito… Ojalá estas adquisiciones y otras de las que iré dando cuenta animen a los alumnos a la lectura.


¡Ah, antes de irme! Leyendo el libro me acuerdo de la excelente película de Rain Man, protagonizada por Dustin Hoffman y Tom Cruise y, ¡cómo no!, del inolvidable Ignatius Reilly, protagonista de La conjura de los necios… 

29 de noviembre de 2017

FALLECIÓ TERESA LEÓN AGUIRRE


Hace años, no lo olvidaré por la impresión que me produjo necedad tal, se habló de la muerte en el grupo en que estaba de tertulia. Una señora, universitaria y joven y supuestamente normal, pidió que se dejará de hablar de tal realidad o se iba. “No soporto hablar de la muerte. Es de mal gusto”. ¡Admirable! Hablar de la muerte no es el abordaje de un tema, sino de una realidad en la que cobra sentido nuestra existencia por su carácter de finalidad. Para los creyentes la muerte no es el sentido de nuestra existencia en este mundo, pero sí el fin.

El mes de noviembre es, desde tiempos inmemoriales, tiempo de recordatorio de los muertos. Cultos paganos y humanos, y cristianos por tanto, en estas fechas, por muchos motivos recuerdan a los difuntos, a quienes nos precedieron en esta vida. La muerte acompaña al hombre desde su nacimiento. Para el viviente siempre es tiempo y momento para morir. El suceso de la muerte es un enigma, que no un misterio. Siempre es tiempo de morir. No son pocos quienes, como la señora citada arriba, o no quieren hablar de la muerte o se olvidan de ella como una realidad ajena y lejana a ella. Siempre digo que la falta de experiencia personal nos aleja de su existencia. Siempre, para cada uno de nosotros, “se mueren los demás” y por tanto ¿a qué ocuparnos de ella? Noviembre, mes de las ánimas, nos advierte, el fallecimiento de nuestros próximos nos recuerda, si nuestra necedad no lo impide, la realidad de nuestro alrededor nos avisa…

Recuerde el alma dormida,         
avive el seso y despierte
contemplando
cómo se pasa la vida,
cómo se viene la muerte             
tan callando

Es noviembre mes de escuchar con los oídos del alma la honda meditación sobre la muerte de Manrique. Impagables, irrepetibles, atemporales sus versos.

Ha muerto Teresa León Aguirre. Muchos de ustedes no saben quién es. Otros sí. Ha fallecido la madre de mi esposa quien nunca admitió el nombre de suegra, que las suegras no tienen buen trato y gastan mala fama. Nunca fue tal para mí en sentido peyorativo. Fue más bien una madre respetuosa que, desde su experiencia de vida y su prudencia, asesoraba sin imponer, pensaba en voz alta sin aconsejar, animosa y positiva siempre… Viuda desde hace muchos años, madre de cinco hijos adolescentes entonces… Juan, su marido, falleció y dejó a los seis en la soledad relativa de un familión de tíos y primos, donde siempre primó el amor que lleva a la ayuda mutua. En broma le decía yo que eran tribu, pero no es así: la delicadeza en el trato evitaba las jefaturas y el amor primaba en las conversaciones, en los roces, en los problemas…

Lo dejé escrito muchas veces. Es una impiedad hablar mal de los muertos, pero estos no mejoran en su nueva condición de cadáveres. Quien fue diabólico y malo en vida… la presencia de la muerte no lo mejoró. Preferible, por tanto, callar ante su cadáver. No es el caso de Teresa, quien siempre fue ejemplar para sus hijos, sus amigos, sus parientes… Mujer de modales suaves, su educación predicaba de ella: delicada en el trato ¡hasta para poner una mesa! Habladora la justo y con quien sabía que debía hacerlo y risueña las más de las veces con todos. Supo cuidar de sus hijos y se dejó mimar también por ellos que la han llevado siempre en palmitas porque de bien nacidos es ser agradecidos. Teresa, está bien que yo lo escriba, fue una señora: elegante y educada hasta el extremo que el respeto al otro se debe.


Decir que “no ha pasado nada” sería una impiedad. Ha fallecido una persona a quien admirábamos por su vida ejemplar, a quien amamos y acudimos a ella… Sí que ha pasado… Teresa ha pasado a mejor vida y el mundo es distinto. Dios en su sabiduría infinita -ella lo creía firmemente- la ha llamado en el momento mejor, aunque este nunca nos lo parezca a quienes nos quedamos atribulados aún a este lado de la muga… Sí, sí que ha pasado a descansar en el regazo del Padre junto a aquellos a quienes tanto amó y de quienes, a veces, pudo disfrutar poco -como de su padre-… Ahora seguirá sus conversaciones con quien fue su marido… -¡lo siento san Pablo, tú sabes…!- y ellos nos seguirán animando a vivir con la dignidad de los hijos de Dios unas vidas, cada uno la suya, a veces difíciles, pero hermosas, con tristezas y alegrías, pero siempre felices, pues en unas y otras se puede mantener la fe y la esperanza en una vida mejor, en el Amor de Dios. Descansa ya en paz Teresa León Aguirre.