5 de mayo de 2019

CHARLIE-SALIDA- RENCOR CONTRA LA EXCELENCIA



                                 ¿Acaso fue todo, como todo parece ser en la vida, obra de unos pocos, frente a la hostilidad de otros y la indiferencia de la mayoría? 

Luis Cernuda.

De un modo u otro, varias veces en los evangelios, Lucas y Mateo narran un pasaje de la vida de Cristo en la que este afirma que ningún profeta es aceptado en su propia tierra, que nadie es profeta en su tierra… Y también los evangelistas ponen en boca de los paisanos de Jesús la explicación autoexculpatoria para no valorarlo, ni creerlo: es el hijo del carpintero, el hijo de María, es conocido él y sus familiares porque viven entre ellos y, en resumen: ¿quién es este para enseñarnos, corregirnos y dar lecciones de qué? Jesús no estaba revestido de ninguna potestas, no se le había otorgado ningún cargo, empleo, dignidad pública que lo elevasen sobre sus vecinos. Jesús tiene la auctoritas de quien sabe, de quien domina porque él es el Dominus, sí, es el Maestro porque es Dios. Solo la malicia, la envidia de sus vecinos, anularán la posibilidad de que Cristo actúe como tal, porque la fe de quienes, babosos, buscan excusas para no creer en él, le impiden que haga milagros: para que estos ocurran se necesita una fe como un granito de mostaza, pero ni a eso alcanzan los envidiosos.

Los españoles han sido señalados como un pueblo envidioso. La envidia es ver con malos ojos al vecino para quien deseamos la desgracia del uso de aquello que es, posee, tiene; es “tristeza del bien ajeno”. Julián Marías, que algún día, cuando pase la podre, se rehabilitará intelectual y socialmente, utilizaba una expresión, para mí magnífica por su claridad. Hablaba el filósofo del rencor contra la excelencia. Todo aquel que desee, anhele estar en camino hacia la excelencia, todo aquel que pretenda salir del montón, aquí, en España, será criticado, envidiado, ensuciado, vituperado, con el silencio de los demás o la murmuración pringosa, la calumnia sebosa. Si seremos pueblo de albañal, que somos capaces de retorcerle el pescuezo a las palabras para alcanzar la quintaesencia de la llamada envidia buena por no hablar de admirar, admirable, gozoso, maravilloso ante lo bueno que el otro intenta, lo bueno que alcanzó, la excelencia que procura no sin esfuerzo, porque no hay realidad ardua que se alcance sin el compromiso total de la persona. El envidioso siempre hallará qué decir malo del otro: “Que su hermana era ligera de cascos”, “Que le mueve la soberbia”, “Que es un soberbio”, “Que su padre estuvo en la cárcel”, “Que su gente procedía de una familia humilde”… Lo que sea necesario para no admirar la grandeza del otro que intenta elevarse sobre la media, sin usar a los demás como peldaños, sin ofender a los demás, con honestidad y verdad.


Giotto di Bondone,
Imagen de “La Envidia” Capilla de los Scrovegni 1302-5.
Padua.

Kafka, Franz: CARTA AL PADRE




                                                                        A Sara Mozas Civantos.


Hace muchos años existía un ABC apellidado Cultural, que luego pasó a llamarse Literario. Era un suplemento que se añadía al ABC, creo que primero fue los viernes y luego todos los sábados. Se tiraban 400.000 ejemplares. En este suplemento leí por primera vez a un tal Muñoz Molina, a Adela Cortina, a José Antonio Marina… y supe de tantas y tantas obras y autores: Delibes, Cela, Vargas Llosa, García Márquez, Rof Carballo, Dámaso Alonso, Julián Marías… ¡incontables! Ahora mismo, de memoria y sin posibilidad de comprobarlo, sé que tengo encuadernados muchos de estos ejemplares, por orden y con un índice que les hacía a mano, desde comienzos de los 80. Luego se empezaron a almacenar en disco y dejé de encuadernarlos, aunque no de adquirirlos y todo ello, si Dios lo permite, espera mejor momento para ser repasado.

Me defraudaba un sabio que escribía crítica en el citado suplemento, persona de quien yo admiraba su saber, hoy ya muerto. Siempre su crítica empezaba, como esta de hoy mía, como tantas otras, dando un largo rodeo para apenas decir tres generalidades sobre la obra de la que yo anhelaba expectante sus palabras. Más de la mitad de su artículo eran recuerdos de otras obras del autor o del autor mismo: faena de aliño. Posiblemente, por lo que veo, esto lo dan los años porque a mí me pasa otro tanto. Dos largos párrafos y aún no dije palabra sobre Kafka y su obra.

Siempre me gusta, antes de leer una obra, saber de su autor: leer una obra sin referencias se me antoja una ola sin espuma, ola que no alcanza la playa, ola en mitad del mar. Lo primero que leí sobre Kafka fue lo escrito por Luka Brajnovic en un libro que aún conservo: Grandes figuras de la literatura universal y otros ensayos, obra que me ayudó no solo a acercarme a Kafka, sino a Dostoievski, Faulkner…

Desde que conocí a Kafka me pareció un tipo extraño, una persona complejísima, marginada y que, a su vez, que gustaba de vivir en los márgenes. La primera obra que leí del checo fue América y fue de mi gusto. Sobre Kafka en mi manual de COU decía, al hablar del existencialismo, que él junto con Unamuno habían sido los “impulsores” de lo que luego encontraríamos en Europa, menos en España, como tendencia y moda en las novelas de Sartre, Camus, etc.

Creía haber leído Carta al padre. Es posible que lo hiciera, pero no lo recuerdo ni hallo más vestigio para esta afirmación que débiles recuerdos de lo que ahora he leído. No puedo, por tanto, darlo por seguro. Ahora, incluso, con la edad que tengo y lo vivido, me impresiona lo que escribe el autor. Las críticas a su padre van más allá del adjetivo acerbo. Me llego a preguntar si realmente su padre fue como Kafka lo describe o toda su bilis, su inquina, la brutalidad que le atribuye… son rasgos imaginados en la mente de un niño particular. En realidad no lo sé yo ni parece, por lo que leí, que nadie lo sepa.

Su padre, como la mayoría de los padres, son educadores intuitivos que generalmente aplican en sus hijos métodos, estrategias, procesos y artes educativas que ellos conocieron ayer, para nuños o adolescentes de hoy que mañana tendrán que… ¡pura aporía! Rasgo común a casi a cualquier educación, a cualquier proceso formativo de cualquier época. Su padre no fue un buen educador, pero como les sucede a la mayoría de los padres. En su caso, además, por la época y el momento en que vive, el temperamento, la experiencia, Hermann Kafka, padre del autor, nos es mostrado como un pésimo educador: un verdadero tirano, insensible, lejano, despiadado, cruel… Su descripción es abrumadoramente negativa; un ser vomitivo. Escribe en la obra el joven Kafka que los métodos educativos de su papá eran la: “reprimenda, amenaza, ironía, risa malévola y –cosa rara- quejas sobre [sí] mismo”.

A la educación recibida atribuye el escritor lo que fue su carácter y su personalidad para siempre: inseguro, indeciso, desconfiado, tímido, pusilánime, con una pérdida de confianza absoluta y un “sentimiento de culpa infinito”. Ciertamente su padre era para él el infierno.



¿Era realmente el padre así?, insisto. No lo sé. Él se justificaba explicando cómo había sido su infancia, lo duro de su ascenso social, personal, económico, etc. Y es curioso, desde el primer momento, Kafka lo justifica y exculpa, quizá porque aplica sobre él la misma justificación que se aplica a sí mismo y que no es otra que un sociologismo falaz, tan en uso hoy como ayer: “Yo soy rebelde / porque el mundo me ha hecho así”, que cantaba Jeanette. Franz Kafka será como he escrito arriba y él se describe, y su padre solo podía ser como era porque… no había opciones y no podía ser libre. La constricción que encorseta y conduce necesariamente por vía de herencia en una sola dirección es falsa.

No todos los hermanos de Franz resultaron como él, de donde deducimos que no solo y necesariamente fue como era por la educación recibida, pues el resto de los hermanos también la recibieron semejante, y, sin embargo, su hermana, según él la describe, no fue un dechado a sus ojos, mas vivió de modo bien distinto al suyo, a pesar de los pesares. Escribe de ella: “una criatura torpe, medrosa, desganada, pusilánime, rastrera, maliciosa, holgazana, golosa, tacaña; apenas podía mirarla, y mucho menos hablar con ella, de tanto como me recordaba a mí mismo, de tanto como la veía sometida al mismo yugo de una educación”.

Franz llega a imaginar su solución vital por vía de matrimonio. El padre no parecía conforme con las posibles nueras, pero su hijo lo contemplaba como medio de escape al infierno paterno. Era el pasaporte a la vida independiente, adulta, la puerta a la libertad. Su “intento de evasión”. Su padre, según él pone en su boca, no se oponía. El problema no era tanto la oposición paterna como el temor filial, pues incluso se planteaba que el matrimonio pudiera ser un obstáculo para una incierta realidad que amaba: escribir. La mujer, los hijos, su educación, su mantenimiento podrían ser insalvables por la dedicación que requerían. Ay, el temor a los hijos y, en concreto a tener un hijo como él: “un hijo como yo, mudo, insensible, seco, derrumbado, me sentía insoportable”.

No hemos oído con los ojos al padre: ¿qué defensa podría hacer este hombre de sí y de su forma de ser? Al final de la carta escribe Kafka por la pluma de su padre la defensa que este hace de sí propio. Sin duda, su padre se alza descomunal y fenómeno ante el hijo. La imagen que nos da Franz del buen marido que él nunca podría ser como su padre lo es, no es otra que la siguiente: “fuerza, ironía respecto a los demás, salud y cierta desmesura, facilidad de palabra y reserva, autoconfianza e insatisfacción con la gente, dominio del mundo y tiranía, conocimiento de los hombres y desconfianza ante la mayor parte de ellos; luego están las ventajas sin sus defectos correspondientes, como son la laboriosidad, la constancia, la presencia de espíritu, la imperturbabilidad”… magnífico retrato de lo que es un buen padre, un buen marido… vomitivo.

El padre, en su defensa, alega que, en realidad él es inocente, Franz es el culpable, pero no debe preocuparse porque es perdonado y para ello, para aliviarlo de su culpa, le dice que, en realidad es inocente, que no pasa nada. Franz hijo es en realidad un mercenario, un pobre parásito, que vive a las espaldas de su padre tejiendo historias, destejiendo psiques, teje que desteje juicios, opiniones, pero que, en el fondo, ahí está su padre que lo lleva en hombros y gratis total por la vida.

Todo lo leído, lo contado es… atroz. A los cristianos nos cuesta comprender la imagen lejanísima de un Yahvé que, siendo Dios, no sale el encuentro, un Dios que no es Padre. En ocasiones la imagen que tenemos de Dios tiene que ver mucho con la imagen del padre, como la de madre es asimilada a la Madre… Qué lejanía, qué frío en las prácticas religiosas de los Kafka, qué gélida la relación entre el padre y el hijo sin brizna de amor.

29 de abril de 2019

249-CHARLIE-SALIDA- ¿¡DE QUÉ COÑO SE RÍEN!?



Cuando era un niño, me gustaba ir, junto con mis amigos, a la puerta de la cárcel para ver bajar a los presos del furgón de la guardia civil. La cárcel estaba cerca de casa y allí íbamos a verlos: esposados, de dos en dos y con una maletilla o bolsa en la mano libre. Aquello tenía su morbo y su aquel: eran hombres todos -no recuerdo a mujeres- que encarnaban el mal y los mil misterios que sus vidas conllevaban en las febriles mentes de unos niños: asesinatos, violaciones, robos, crímenes horrendos… Nunca vi a ninguno que bajara riéndose ni haciendo aspavientos raros ni… Solían bajarse del camión cabizbajos, atribulados, quizá por la sencilla razón de que no iban de fiesta a un baile, ni les esperaba su madre o esposa para una cena de celebración (los bajaban por la tarde). Cierto que tampoco vi a ninguno llorando, quizá por la elemental realidad de que, por aquel entonces, ya lo he escrito aquí, “los hombres no lloran”. Resumen: jodidos y con cara de circunstancia bajaban. A lo hecho pecho.

El sentido del humor, como las bragas y los calzoncillos, también el DNI, es algo muy personal, entiendo. No obstante, de un tiempo a esta parte, ya no veo bajarse a los presos y a lo peor también ha cambiado el asunto y bajan descojonándose de los furgones, pero me llama la atención viendo el juicio a los presos catalanes del procés que muchas veces se ríen, se sonríen, se dan golpecitos en el brazo, se mofan irónicamente, se tapan la boca para evitar la risotada, supongo… cuando se están hablando de hechos si no terribles, sí graves. ¿Me puede decir qué risa tiene que un guardia civil explique que la secretaria judicial, o la letrada o como se llame, que va a un registro, esté muerta de miedo, angustiada, en un coche que zarandean decenas de energúmenos que habían ido a merendar con el imbécil de Rufián, por ejemplo? Dan ganas de preguntarle a Jordi Sánchez dónde coño está la risa, si quien estuviera en el coche fuera su señora esposa, su santa madre o su hija o su hermano… ¿Me quiere decir, señor Forn, de qué cojones se ríe? ¿Le parece bonito que usted tome determinaciones sobre realidades en las que yo llevo laborando más de cincuenta años y usted ha decidido mearse y cagarse en ellas por sus santas narices? ¿De qué coño se ríe Romeva?


Cuando era niño y hacía trastadas, lo que era frecuente gracias a Dios, mis padres me corregían con más o menos severidad en función de la gravedad del delito cometido, incluyendo en alguna oportunidad un guantazo como un sol: no por eso hay rencor, ni complejos... Si los delincuentes éramos varios de los hermanos, podía ocurrir que, al ser corregidos, nos diera la risa, lo que incentivaba y aumentaba la pena: ocasionar un siniestro: romper una llave general del agua del edificio cazando una rata era grave, pero la risa… era salpimentar el plato en exceso; se podía romper un cristal o tirar un perro por la ventana de un entresuelo… ¡a ver!, pero ¿¡reírse!? “¿Se puede saber de qué te ríes después de lo que has hecho?”. Insisto, eso era un agravante de la pena que enfurecía más a quien corregía. Todos lo hemos comprobado también después al corregir.

La risa del niño era risa irresponsable, risa nerviosa, risa de complicidad en lo hecho, risa por rememoración…, pero estos supuestos gobernantes de un pueblo, gente supuestamente adulta, responsable… ¿por qué se ríen? La vergüenza, José Antonio Marina, entre otros, lo explica muy bien, se tiene solo ante quienes se respetan y estos señores exdirigentes de Cataluña, presidiarios con chaqueta y corbata, con excelentes equipos de abogados, no nos respetan en absoluto. No les da vergüenza porque no nos reconocen como sujetos que deban ser respetados. Lo normal del niño eran la compunción, la aflicción, la tristeza ante lo hecho mal, ante la corrección, pero ellos no tienen risa nerviosa, ni se arrepienten del mal realizado… Su  risa es la risa del cínico… y los cínicos, para quienes sepan algo de historia, defecaban y orinaban y… en la vía pública a la vista de todos porque no les daba vergüenza al no respetar a nadie… ¡ni a ellos mismos! Otro tanto les sucede a estos sinvergüenzas, que si no se ciscan en la sala del Supremo y ante Marchena y se mean en sus bancos es porque ya vienen cagados del trullo y, a lo peor, los guardias de ahí no se lo permiten…



“Mi hijo tiene billetes para tostar una vaca en mitad del mar”, dijo la mamá del conseguidor, Juan Lanzas…, otro sinvergüenza que entraba y salía de los juzgados muerto de risa, como si aquello fuera una broma…, como si su juego de robar el dinero de los conciudadanos fuera para descojonarse, como si se fuera a pasar la justicia por el arco de cuchilleros…

No recuerdo haberle deseado nunca a nadie ningún mal, pero sí deseo vivamente que quienes quiebran el estado de Derecho, que quienes defecan y se mean en la Constitución, quienes los amparan y espolean, quienes se echan los billetes del común en fajos de 500 con el desparpajo y la risa de quienes saben que roban y hacen el mal a todos… Esos, para todos ellos, pido el peso de la Justicia, el peso de la Ley… y confío en que así será.


25 de abril de 2019

348-CHARLIE-SALIDA-CAMINOS DE LA MANCHA (III de III)


El caminante tiene más que la sensación, la seguridad, de que ya anduvo por acá. El caminante conoce estos caminos, estas veredas de su alma. Mira, consulta, lee notas de años atrás, de muchos años atrás, y tiene la perversa impresión de que no avanza, que sigue su lucha donde siempre estuvo, estancada: que hay varios castillos de sus defectos que no admiten asedio ni victoria alguna, ni parcial ni total. El caminante sabe que el problema está en que así, confiando solo en él, no lo logrará nunca. El tesón y la tenacidad son necesarios, buenos, pero no suficientes; pelagianismo se llama a veces, voluntarismo en otros ámbitos. Quien en estas luchas no acude a la gracia está avocado al fracaso. Su lucha se mostrará tan inútil como estéril.

El caminante levanta la vista y ve más camino, más campo, más cepas, más piedras… Le duelen los pies, pero no le está permitido detenerse, debe avanzar. Se abre un claro en el oscuro día de lluvia y más lluvia. Hoy no se quejan las piedras del camino a su paso: está vez se hunden y clavan en el carril. Están especialmente presentes hoy los tordos y las urracas. Los tordos en grupos vuelan, las urracas de una en una. Algunas torcaces, estas sí de dos en dos, se posan en los cables o vuelan altas y ligeras, de paso. El viento sosegó con la lluvia. El caminante rememora de nuevo:

Recuerde el alma dormida,
avive el seso y despierte
contemplando
cómo se pasa la vida,
cómo se viene la muerte
tan callando

El caminante dice no tener miedo a la muerte. El caminante ya vio morir a muchas personas, incluido su padre a quien acompañaba justo cuando dejó de respirar. El caminante cuenta con su propia muerte. La muerte, para él, no es el sentido de la existencia, la muerte pondrá un punto y aparte todo lo más. El caminante agradece la fe recibida y quiere, además, poner su voluntad e inteligencia al servicio de ella y en esto sigue a san Anselmo: Fides quaerens intellectum. Al caminante no le gustan las filigranas, las innovaciones y procura caminos conocidos y que los experimentos se hagan… ¡con la gaseosa!: le encanta ir a las fuentes. Sobre la muerte, Manrique repite tópicos conocidos en la poética y en la ascética cristianas, se ve que tampoco se fía de la novedad: la muerte viene en silencio, cuando no se la espera; conviene estar preparado y ligero de equipaje; más valió andar con provecho…, porque el tiempo se marcha:

No se engañe nadie, no,
pensando que ha de durar
lo que espera
más que duró lo que vio,
pues que todo ha de pasar
por tal manera.

Retoma Manrique de las Danzas de la muerte el poder igualatorio que esta tiene, pues da igual quién seas y cómo, lo alto que creas estar o lo abajo que te halles:

Nuestras vidas son los ríos
que van a dar en la mar,
que es el morir:
allí van los señoríos,
derechos a se acabar
y consumir;
allí los ríos caudales,
allí los otros medianos
y más chicos;
y llegados, son iguales
los que viven por sus manos
y los ricos.

Hoy el caminante no olvidó su libro de Manrique. Anda a buen ritmo en silencio por fuera y quisiera hacerlo más por dentro. Teme el caminante a la evagatio mentis. Le gustaría contemplar más que ver o mirar y, por supuesto, refrenar lo que siendo soliloquio entorpece la conversación, no con el hombre que siempre va conmigo, eso es soliloquio, sino con el Hombre que es su Amigo, su Hermano y su Dios. El caminante tiene un problema con su cabeza, con su imaginación, pero lo tuvo siempre… Ahí no parece tener ampollas que dificulten su discurrir y a eso a veces tiene miedo. Le es imposible, una vez más, refrenarse y recordar a Nicodemo el Hagiorita, monje del Monte Athos, que, incansable, buscó poner todo cuanto escrito había de los santos padres para procurar a los fieles una oración continua, un hablar de continuo con Dios… Recuerda un texto que ya meditó largamente y que cuando llega a casa copia textual y pega: «La sobriedad es ese estado de vigilancia continua que mantiene el alma en una especie de ayuno espiritual, no excitado por los pensamientos y por las imaginaciones que producen pasiones, las que perjudican la oración y corrompen la sanidad transmitida por los sacramentos, obstaculizando su potencia deificante justamente por ello” y la recopilación de Nicodemo llevará el nombre de Filocalia de los Padres népticos, es decir, "sobrios"». El caminante recuerda que esto lo aprendió en El peregrino ruso. ¡Cómo han cambiado los campos en horas tras la lluvia! Este caminante silba y recuerda que su piedra angular, desde hace muchas décadas, y su fundamento es la filiación divina y recita con una paz indescriptible, sonriéndose, el Padre nuestro, mientras las nubes amenazan con ponerlo, de nuevo, chorreando.


347-CHARLIE-SALIDA-CAMINOS DE LA MANCHA (II de III)



El caminante recuerda que en Cartas de amor de un septuagenario voluptuoso, Delibes, por narrador interpuesto, le decía a Rocío, la sevillana corresponsal, algo así como: usted no halla la paz en el campo porque se lleva a él la prisa de la ciudad y el campo requiere su tiempo; no debe usted atosigarlo ni atosigarse… Dese un tiempo de calma y comprobará el valor terapéutico que tiene estar en el campo. Algo así era la idea que ahora no me es posible contrastar en la novela.
Es cierto. El caminante lo sabe. Trajo al campo la prisa acumulada durante meses. La ansiedad a puñados, los quehaceres a borbotones y no le fue posible frenar en seco. Necesitó acompasarse al medio. Sabe de la soledad y se sabe acompañado. Aquí el tiempo nunca es perdido, todo lo más, invertido, mejor o peor. Y en eso está el caminante: en serenarse y mirar más por dentro que hacia fuera. Necesita reponer las fuerzas que desde dentro impulsan y eso comporta meditar y examinar, ordenar, limpiar, tirar, arreglar. Se vale el caminante de libros como aconsejara una de las santas de las que es sincero admirador: la santa de Ávila (no hubiera estado de más aquí y ahora Camino de perfección, pero el caminante sabe que no debe traer muchos libros, pues parte de ese afán es pura ansiedad y aspiración torcida).
No lejos de aquí, uno de nuestros genios españoles, ¡son tantos!, desde la Torre de Juan Abad escribía, en situación semejante a la que ahora vive el caminante:

Retirado en la paz de estos desiertos,
con pocos, pero doctos libros juntos, 
vivo en conversación con los difuntos, 
y escucho con mis ojos a los muertos.

Si no siempre entendidos, siempre abiertos, 
o enmiendan, o fecundan mis asuntos; 
y en músicos callados contrapuntos 
al sueño de la vida hablan despiertos.

Costumbre cristiana es la meditación sobre los novísimos. En época pagana y para los paganos, los novísimos solo tienen interés relativo y en su primer paso: la muerte. Todos moriremos y, para ellos…, tras ella, solo habrá una inmensa… nada, creen. Para los creyentes la muerte es el tránsito de la vida de este mundo, ese sueño, a la otra vida verdadera.

Recuerde el alma dormida,
avive el seso y despierte
contemplando
cómo se pasa la vida,
cómo se viene la muerte
tan callando;
cuán presto se va el placer;
cómo después de acordado
da dolor;
cómo a nuestro parecer
cualquiera tiempo pasado
fue mejor.

Mientras la muerte llega, necesariamente lo hará, el caminante sabe del status viatoris. El camino tiene sus normas y sus reglas: como casi todo. Por el camino hay quienes van a pie o a caballo…; por el agua, el camino se hace en barco o a nado, por río o mar… Despreciar la circunstancia, Ortega dixit, sería locura, pues alrededor del navío, si del agua se trata, está la naturaleza ciega. Y se equivoca quien olvida la potencia que la mar tiene, quien piensa que la mar es solo ornamento del navío.

El caminante, dada la situación, busca dirigirse a Dios. Entre sus notas mira y halla que “La oración verdadera tiene sus condiciones. Ha de ser ofrecida con una mente y un corazón puros, con ardiente celo, con aplicada atención, con temor y reverencia, con la más profunda humildad. Pero, ¿qué persona concienzuda dejará de admitir que está lejos de cumplir estas pautas; que ofrece su oración más por necesidad, por compulsión, que por inclinación, placer y amor por ella?”. El caminante, que hoy no pudo sacar un pie a la calle porque el viento se llevaba a las perras volando, no se arredra ante la dificultad. El caminante, encerrado, tampoco quiere caer, Dios lo libra, en la onfaloscopía, es decir, en la contemplación de su propio ombligo. El caminante también mira a los demás, a quienes quiere: a sus parientes, a sus amigos, a sus prójimos y anhela ser mejor en ellos por Él…

Los tordos silban su canción desde los aleros en que se cobijan. Cerca de ellos los gorriones enredan y pían. Parece como si hoy nadie aquí hubiera abandonado el hogar. Si hiciera frío, que no lo hace, más tiempo parece de invierno que de primavera. Quiera Dios que caiga la lluvia sobre estos campos resecos… del alma del caminante, también.