8 de febrero de 2017

Bauman, Zygmunt: LOS RETOS DE LA EDUCACIÓN EN LA MODERNIDAD LÍQUIDA


   Ha muerto Bauman. Alguna vez oí hablar de él. Leí algún artículo ligero de periódico sobre su pensamiento. Premio Cervantes, pensador acreditado. ¿Usted lo conoce? No se preocupe. Hoy casi no somos nadie. Seguro que él no se pensó ni se creyó imprescindible. Su experiencia vital, con su edad, le enseñaría que el cementerio está lleno de quienes se creían imprescindibles.
   Empiezo leyendo este folleto, que a libro no llega, donde el autor, entiendo, desde lo que son sus presupuestos teóricos hace un sucinto repaso a lo que entiende que está sucediendo en la educación en general, a la educación en Occidente, en los países llamémosles avanzados.
    La educación en general y la formación en particular siempre se consideró en casi todas las culturas un punto de llegada. La educación era un producto que se conseguía una vez alcanzados unos parámetros más o menos delimitados, mejores o peores, que daban como resultado poder afirmar que una persona estaba educada, formada, etc. La educación no era un proceso, insisto, sino un punto y final. La formación hoy, sin embargo, no se considera parada y fonda de nada, sino un proceso: la formación es una realidad a lo largo de toda la vida (sé de quien dijo esto hace cerca de un siglo: la formación no termina nunca). La formación, fruto de una visión analítica de la realidad, se troceó, se parceló, se delimitó y el individuo supuestamente formado cada vez sabía más de menos. Así nacieron los especialistas en pequeñas parcelas del saber y la sabiduría se colaba y se perdía entre las rendijas de esa especialización, quizá necesaria.
    Bauman es el autor del bautismo de lo que él llama la sociedad o la realidad líquida. Disculpen que no sepa yo demasiado de esto, pero por lo que veo que dice sobre esa educación líquida nos enfrentamos en el momento actual a tal cambio de parámetros, de visión de la realidad, que ya no nos encontramos con la aporía que la educación y la formación tuvieron siempre: educan quienes aprendieron ayer, enseñan hoy lo que otros debieran saber mañana…, porque hoy no sabemos qué debemos saber mañana ¿Qué demandará mañana la sociedad? Hoy sencillamente no sabemos en qué y cómo debemos educar. Todo, desde el momento en que se ha perdido la solidez de lo que conocemos, de lo que proyectamos, de lo que sabemos…, cuando todo es maleable y líquido lo que necesitamos no es una memoria que nos ayude a recordar lo aprendido, sino que debiéramos enseñar la capacidad de adaptación del educando a una sociedad camaleónica, mudable, inestable, ligera, lábil, innovadora, imprevisible, novedosa… Las referencias de solidez, de conocimiento firme… ya no importan: hay que aprender a cambiar, adaptarse a todo y a todos. Todo es relativo. Los expertos van muriendo porque el futuro y la velocidad con que este se hace presente es… su llegada es imprevisible. Todo es móvil, todo es puro movimiento imprevisible donde domina fundamentalmente la prisa.
    Usted me dirá que nihil novum… Cierto. La prisa es rasgo de la modernidad y de la postmodernidad, o de la nueva sensibilidad o de la tardomodernidad o de la supermodernidad, o de la realidad líquida… nombres todos ellos que se dan a este período que casi todos los pensadores señalan que se inició tras la última revolución en occidente, en los años sesenta del pasado siglo. El espacio y el tiempo solo pueden ser batidos yendo más rápido. El espacio y el tiempo se reducen si aumento la velocidad. Todo se consume. Todo es consumible. Lo importante no es tener, sino consumir. Los productos nacen con una obsolescencia calculada: un producto no es para siempre, ni un matrimonio, ni una impresora, ni una amistad… Se usa, se consume, se cambia… “Vive deprisa, muere joven y deja un bonito cadáver”. Sintomatología, pero ¿y el remedio?

6 de febrero de 2017

CHARLIE-SALIDA-55-DIOS NO COME CARACOLES. PRESENTACIÓN.

      

      
      Querido charlie:

      Me has preguntado muchas veces en estos días que si he preparado ya la presentación de Dios no come caracoles y te he contestado que aún no tuve el tiempo que eso requiere. Es más, añado ahora: no creo que vaya a tenerlo, por lo que estoy haciendo una preparación sui géneris de lo que intentaré en ella. Ya lo oirás, si vas al salón de la Real Sociedad Económica de Amigos del País, el próximo viernes a las 19:30… ¡Sí, el día 10! No, no fue el viernes pasado…, como tu primo el lileta, otro charlie como tú preguntó: “¿Ha ido bien la presentación?”, me dice el tío. “Es el día 10”, le contesto. “Pos mu bien”. Eso digo yo.

      No quisiera hacer como la Lola Flores (q.e.p.d.) que, tras invitar a toíta España y presentarse en Marbella hasta el apuntador, dijo aquello de “Si me queréis irse”. En el salón de la Económica caben 200 personas…, te lo digo charlie: que vaya quien quiera. Estemos quienes estemos…, me gustaría que pasáramos un ratico amable, literalmente: amable.

       Quienes no fueron aún invitados o llamados y lean esto y tengan interés… ya lo están. Te aseguro, charlie, y sabes que soy hombre de palabra, que: no he descartado a nadie por incuria, inquina, aversión, animadversión… Si olvidé a alguien, lo siento y que me disculpe. Insisto: si cabemos, bien; y si sobramos, lo siento. Quienes puedan avisar a quienes crean que pudieran tener interés… ¡que los avisen! Dios queriendo, allí estaremos.
     
     AVISOS: no se podrá atender a todas las personas como cada una de ellas se merece; espero que se comprenda. Se podrán comprar libros en el acto.


            Con cariño,

4 de febrero de 2017

La Memoria Histórica al hilo de LOS GIRASOLES CIEGOS. Almorranas y témporas

                
Altar mayor de una iglesia de Toledo tras ser profanado en 1936. 

        Por razones un tanto accidentales, la relectura de Los girasoles ciegos, me paro en estos días a sopesar una realidad en la que nunca paré mientes con serenidad. Se trata de la llamada Ley de la Memoria Histórica. Me van a perdonar que no me ilustre ni lea directamente sobre ella de quienes la defienden o la rebaten. Me planto ante ella con las armas intelectuales de que dispongo y con lo que he leído en estos años y, reconozco: sin abundar en exceso. Parto del sentido que interpreta, desde esta perspectiva legal, Los girasoles. Recuerdo al lector: esta obra es “lectura recomendada” en 2º de bachillerato, única obra de este autor y que, entiendo, encarna el espíritu de la citada ley.
     Una y otra vez, en el ámbito de la Literatura española, que es donde me muevo con algo más de soltura, en la historiografía, se viene insistiendo en eso que arriba he llamado memoria histórica, en sentido general. Así llaman, sin duda alguna, a esa realidad quienes “perdieron” la guerra civil del 36. En términos bélicos de la época: “los rojos”. ¿Pero de qué se trata?
     Se supone, entiendo, que, tras la guerra civil, se ensalzó a los caídos del bando “fascista”, “nacional”, “golpista”, “rebelde” y con esto se reconfortó a quienes habían tenido pérdidas de toda índole en la contienda fratricida. Quienes perdieron al marido, al hijo, quienes no hallaron a sus hermanos tras la guerra, por ser del bando nacional, quedaron reconfortados, consolados, y tuvieron cumplida cuenta del duelo que necesitaban para asumir que su hermana violada, el padre asesinado, etc. lo habían hecho y padecido por amor a la Patria, por el bien de la humanidad… y en nombre de Dios (¡o Dios sepa!). Sin duda, esto presupone que quienes cayeron eran conscientes de por qué cayeron, por qué los asesinaron, por qué les robaron, por qué los echaron a los leones en la Casa de Fieras de Madrid… Y aquí me paro.
¿Fue realmente así? Es decir, ¿los caídos, los asesinados, los sacrificados, los violados o violadas, los masacrados… de uno y otro bando, en el frente o la retaguardia, llegaron a saber por qué dieron la vida, para qué dieron la vida? La inmensa mayoría, estoy absolutamente seguro, no lo supo. Solo quienes participaron directamente en hechos violentos “por convicciones políticas, éticas, sociales, etc.” supieron por qué y para qué luchaban, por qué y para qué asesinaban. No hemos de olvidar que la asignación a uno u otro bando fue una macabra rifa geográfica que tuvo que ver con él éxito o no del golpe de estado en tal o cual ciudad y con el avance, el retroceso o la ocupación de pueblos, regiones, etc. Hubo quienes, por motivos personales, ideológicos, repito, cambiaron de bando, se presentaron voluntarios para luchar en uno u otro, etc. y lucharon en el frente o formaron grupos de limpieza en las retaguardias, siendo la inmensa mayoría meros pacíficos damnificados, obligados a participar en una guerra que sencillamente no era su guerra.
     Fue en los años de la llamada transición, modelo, ejemplo y asombro del mundo… durante años, pero no tanto ahora, cuando se hizo un pacto de silencio. Ignoro en qué términos y sí los hubo concretos (por cierto, ¿alguien conoce los extremos de estos acuerdos?). Entiendo que de nuevo, como en décadas anteriores, hoy como ayer, las fuerzas políticas, los implicados en este negocio, cómplices y culpables, los interesados e implicados, pactaron sus propios beneficios legales, amnistías, “los olvidos obligados”, “la amnesia forzosa”… y la inmensa mayoría, sean quienes fueren. Eso tan socorrido y romántico llamado “pueblo” quedó absolutamente al margen. Los muñidores de los pactos, los cambalaches, los prestidigitadores de la realidad rehicieron la historia de lo acontecido a su antojo: del antes, del durante y del después de la guerra, aquí y allí, para unos, “los vencedores”, y para otros, “los vencidos”, tanto para “los de dentro” como “para los de fuera”…
    La memoria histórica parte de la reclamación de justicia y reivindicación “de los de fuera”, dicho quedó. ¿Qué deseaban, qué querían? ¿Cuántos son? Cuando se habla del número de muertos, de los exiliados, de los fusilados, de los encarcelados, de los desaparecidos… las cifras de un bando y otro, pues los bandos aún siguen en pie en todos los órdenes, no coinciden. Hay historiadores, economistas, politólogos, sociólogos, ensayistas… de uno y otro bando. ¿Dónde y para cuándo la verdad? Eso no importa, es un detalle menor para los bandos, que se lo saltan sin ningún rubor. Quienes no formamos parte de ellos, perdone, no contamos. Es lógico que esta ley la anime, viva y se mueva, por tanto, por el espíritu de revancha que respira por una herida aún abierta y mal suturada.
   ¿Está bien que exista la justicia sobre lo ocurrido… hace… ¡cuánto!? La justicia, lo hemos dicho mil veces, si no es en tiempo y forma no lo es. ¿Quién consuela a los vivos que tuvieron sus muertos entre el 36 y el 39? ¿Quién nos restituye el habernos tenido que marchar de España, nuestra amada patria, haber abandonado todo, recomenzar lejos…? ¿Quién recupera a esos muertos que se llevó el tiempo y murieron en la ignorancia de qué fue de su marido, de su hijo…? ¿Quién da cumplida cuenta del tiempo transcurrido en encarcelamientos injustos, arbitrarios, abominables? Sí, está muy bien que se recupere (?) a un tío de mi padre asesinado en una cuneta a quien no conocí, de quien ya no quedan testigos…, ¡cuando ya está muerto hasta mi padre su único sobrino vivo! ¿Para qué? ¡Por supuesto, para honrar al tío de mi padre! ¿Mas no se piensa que más que honrar a mi tío, este remover huesos, cráneos agujereados de tiros sumarios, lo que remueve en la mala sangre, el odio al otro bando (real o inventado)?
    La reivindicación de la memoria histórica que termina siendo, en mi opinión, una imposición legal de parte, “de parte de los ‘vencidos’”, que no pasa de ser la búsqueda de un referente histórico, sólo de corte político. Ley avivada por parte de una izquierda desnortada y con reducidos corredores ideológicos por los que pudieran fluir emociones que sirvan de banderín de enganche entre “los de su bando” y las nuevas generación, legas en materia histórica y política, pero que, por su juventud y herencia ideológica, se puedan sentir atraídos no tanto por ideas como por planteamientos extremos, radicales, emocionales…, sin apenas base, reitero, histórica ni ideológica, meros girasoles ciegos que giran al calor del odio.


Ya perdonarán. Andaba buscando un libro y me encuentro con que se me olvidó publicar esto. Leo en las declaraciones del autor del citado libro, en favor de la memoria histórica, supuestamente textuales: ““Era un hombre creyente y practicante, a pesar de su condición de republicano”. Con esto cualquiera que tenga dos dedos de luces y sepa mínimamente de historia de España comprenderá que el caballero confunde, ¡cómo no!, las almorranas con las témporas. La ignorancia no hay barranco por el que no se precipite. No lo intente: no quiera convencer a quien no quiere ser convencido. Poner irracional racionalidad en una realidad de suyo radicalmente irracional, como es el odio, el sectarismo, etc. es como para decir buenas tardes. Que el último en salir que apague, que nos vamos. 

Milicianos con ropas y objetos litúrgicos en Madrid durante la Guerra Civil en 1936.

22 de enero de 2017

Leer produce una mejora general. ¡No caiga en esa trampa!

  
Lo primero que usted miró fue el título del libro, ¡me juego una mano!

 Me envían el informe 2017 sobre La lectura en España (http://www.fge.es/lalectura/2017/default.html). Una vez más me acuerdo de Larra quien escribía en 1836, hace ciento ochenta y un años: "Escribir en Madrid es llorar, es buscar voz sin encontrarla, como en una pesadilla abrumadora y violenta".
   Me viene a la memoria un suceso real de la Sevilla de los sesenta o setenta del siglo pasado, ¡que también ya corrió agua bajo el puente! Aquella familia de orígenes aristocráticos venidos a menos en sus caudales puso un anuncio en el periódico de la ciudad, el ABC de Sevilla: “SE VENDE PIANO DE COLA”, se detallaba la marca, el excelente estado del piano, etc. Pasados unos meses sin que no tuviera respuesta el esperanzado anuncio, la misma familia cambió la oferta: “SE CAMBIA PIANO POR…” y se detallaba por qué objetos se podría intercambiar el valioso piano: la respuesta tampoco llegó tras el notable y sustancioso anuncio: nada de nada. Nadie quería cambiar el piano por nada… Tercer intento: “SE REGALA PIANO DE COLA”… Imposible dar más por menos. Idéntico resultado: nadie interesado, ninguna respuesta. “Y le dimos aire al piano, ¡porque lo tiramos desde la segunda planta al jardín!”, donde hecho tablas, ese magnífico piano de cola, lo vino a recoger uno de aquellos antiguos motocarros que hacían portes en las ciudades. “SE VENDE, SE CAMBIA, SE REGALA…”. Otro tanto, sucede, querido lector, con los libros. Todos nos horrorizamos ante la quema de libros, todos nos rasgamos las entretelas cuando vemos libros en la basura, todos nos escandalizamos cuando alguien quiere deshacerse de la biblioteca heredada y le dan por ella menos de lo que vale el peso de la misma en papel…
   Si en el Madrid de Larra, entonces como hoy y ayer, puerto de todos los mares, lo más in de lo in, conocido centro de actividades espaciales (“de Madrid al cielo”)… es lugar donde si escribes lloras ¡qué no ocurrirá en Tomelloso del Alcor, provincia de Jaén, donde ni llueve!
   Más del 40% de los españoles no tocan un libro por el forro. No pisan una biblioteca, ni Dios que lo permita. No entran en las librerías por si allí están las mujeres que fuman y se enfada la mari. A algunos les regalas un libro y lo plantan, ¡no sea que agarre! ¿Soluciones? No las tengo: en ello llevo más de tres décadas. Las consecuencias: el pésimo nivel cultural y educativo de este honroso pueblo al que pertenecemos, raza de hidalgos que tocaron el piano y ahora no saben qué pito tocan ni leen libros. ¿Que los niños no leen en la escuela? ¡Pues eso, señora! En la escuela se enseñan Matemáticas, Música, Lengua, Literatura, Vida sexual, Danza, Inglés, Francés, Igualdad entre los sexos, Seguridad vial, Más seguridad sexual y alcohólica… y así, con la falacia a cuestas, ad nauseam. Veintitantos puntos por debajo de la media, metro arriba, metro abajo, están los escolares españoles en su puntuación en comprensión lectora con respecto a la OCDE: es decir que no chanelan cuando leen, es decir que su eficacia lectora es pésima y, en consecuencia, cuando se ponen a estudiar necles de necles… Mí no comprender, mí no entender… Mí ser cacho de carne con ojos puesto en mitá de la calle. Lo que hay. ¿Y es que hay libros en las casas? No señora mirusté. ¿Y si no hay libros en las casas, si los papás no leen, si no van a las bibliotecas, si no compran libros… de dónde va a salirles un Cervantes del tiesto que tienen por vástago? Los tiestos, señora, salen a la botija… y la botija… ¡Efectivamente! Usted lo ha acertado: una pescadilla que se muerde la cola…

   Dicen los editores que se pierden miles de millones de euros, que la piratería los hunde, que los escritores no ganan ni para merendar (y servidor entre ellos. Decía RAMÓN, el genuino RAMÓN, que con una mano cogía la pluma y con la otra sujetaba la silla que aguantaba al león del hambre, ¡pobre RAMÓN!). Y así vamos contentándonos la vida, entre risas y chistes malos, “Y así, revertiéndonos la olla vacía, los españoles nos consolamos del hambre y de los malos gobernantes. […] Y de los malos cómicos, y de las malas comedias, y del servicio de tranvías, y del adoquinado”, que escribió Valle.

15 de enero de 2017

Geach, Peter. T.: LAS VIRTUDES

Elizabeth Anscombe y Peter Geach



La sangre tiene razones
Que hacen engordar las venas


Servidor es consciente de que no titula con don, ni es nadie entre los sabios, pero “la sangre tiene razones/que hacen engordar las venas”. En el mundo de las ideas, como en la realidad ordinaria y cotidiana, frente a las actitudes lights, frente al pensamiento débil, junto a lo soft…, lo pusilánime, el relativismo, lo contentadizo, lo timorato, lo vergonzante… crece también lo amable, lo valioso: la magnanimidad, la paciencia, la justicia, se abren paso la verdad y las virtudes… ¡y síguense riendo con jactancia de rufos esos seres ridículos de inteligencia deforme a quienes les dices “virtud” y no entienden!, pero se ríen, como aquellos del poeta que “desprecian cuanto ignoran”. Pobres ilusos, creen que, cerrando los ojos a la realidad manifiesta y evidente, renombrándola, ocultándose bajo mantas de subterfugios harán desaparecen la verdad que les incomoda… De suyo la verdad es montaraz e indomable: no se vende por nada, y por nadie se deja embaucar. Será esquiva y arisca, pero siempre deja trazas e indicios aquí y acullá, a diestra o siniestra y, a quien sabe por derecho cortar los rastros que deja…, se muestra y se deja encontrar. Sí, me obsesiona la verdad como guía de mi existencia.
Erigirnos en diosecillos ridículos, minusvalorar a los clásicos, olvidarlos, querer confundirlos, edulcorarlos, renombrar sus textos y el sentido de estos… solo conduce a lo irrisorio y al estropicio: así, por ejemplo, llamar pan frito al picatoste y mano cerrada al puño no cambian ni al uno ni al otro. Ese es el sentido último del atractivo que tiene pasearse, leyendo, por los clásicos: ellos han mostrado caminos seguros que llevan con acierto hacia lo mejor.
   Las virtudes son realidades verdaderas y firmes que me resultaron siempre atractivas. Aprendí en la Ética a Nicómaco que la virtud tiene un carácter medial, cuyo fin propio e intrínseco es ayudar a alcanzar la felicidad. Y la felicidad me resulta atractiva, amable, meta imprescindible, quizá sea ese imposible necesario absoluto a este lado del portalón que dará a la muerte, pero atractiva siempre: normalmente estoy y soy feliz, pero quiero ser feliz. Lo necesito, lo anhelo, lo busco…
   Supongo que algún texto, que no recuerdo, me resultó tan complejo como este que intento comentar… Quizá cuando, siendo un muchacho, quise leer la Antropología metafísica de Marías. El autor de la obra que comento, Peter T. Geach, profesor de Lógica, marido de Elizabeth Ascombe…, me resultaba muy atractivo porque anunciaba desde el principio de la obra que accedería a las virtudes desde el ámbito científico propio de su especialidad: la Lógica. Incitante. No cursaría por la ética, sino por la Lógica, rastreando a los clásicos en sentido amplio y a sus maestros.
  Tan terrible como saludable intelectualmente el ascenso por sus páginas, renglón a renglón, es de una densidad frustrante a ratos. Seductor. Parada, descanso, vuelta a intentarlo, descender al comienzo del párrafo. Tres veces dejé el libro y otras tantas lo retomé desde el principio: no es exageración andaluza ni figura retórica, hipérbole. Sin duda, no parece que sea muy recomendable su lectura dicho lo precedente, pero es lo que hay, y mentir es una vileza. A lo peor el problema no es tanto del libro como de quien esto escribe: no se descarte. Hay desafíos fascinantes.
   Tras un inicio general denso sobre las virtudes en frases justas, recortadas y de acerados filos, el autor se encamina con decisión y desparpajo, sin temor y sin desprecio a quienes ladran a las tesis que expone, hacia la fe, la esperanza y la caridad, es decir: las llamadas tradicionalmente virtudes teologales. Tras comentarlas de modo asombroso para mí, acomete con el mismo tono y rigor las virtudes cardinales: prudencia, justicia, templanza y fortaleza, con la que termina, ya no sé si el ascenso o el descenso… y desde ahí, satisfecho se ve invitado este lector a rememorar las citas que tomó en el folio donde lo fue haciendo… ¡asombroso! Ahí quedó lo humano y lo divino, lo atribuible de modo evidente a la esencia divina y lo alcanzable por el hombre.
   Podemos ahora trapacear con la verdad, con las notas al pie e inventar bosques con hadas. Con aquello que, no pesando, quiere esconder dudas que no son de la inteligencia, sino de la voluntad conformada, de la soberbia que no desea asentir ante lo evidente (corren tiempos, ya lo decía, donde se desea que lo evidente sea, además, demostrable y la evidencia, demostrada)…
    Hay afirmaciones en esta obra, me atrevería a decir, incontables de una riqueza y densidad admirable, que necesitarían varios folios para ser comentadas sus implicaciones Me detengo en una casi al azar: “Un hombre no quiere normalmente las cosas solo para sí” (p. 46). Las personas, esos animales racionales y dependientes, esos seres políticos, esos seres indigentes y necesitados del otro al proyectarse al futuro, necesariamente -salvo enfermedad-, lo hacemos con esos otros. Cuando una persona se forja un futuro no lo hace como Robinson Crusoe, quien no es más que una creación literaria -siempre con el deseo de volver con los otros hombres-… Cuando quiero y lucho por algo lo hago con y por los demás: vivo con los demás… Sí, pero no es solo eso, sino que todo aquello que deseo lo deseo porque es un bien para mí (aunque me puedo equivocar) y ese bien deseo compartirlo con los demás: ¿de qué me sirve lo mejor que se me pueda ocurrir si no tengo con quien compartirlo, si no tengo a quién comunicarlo…? Esa mirada me remite hacia el zoon politikon y tantos y tantos comentarios y comentaristas de Aristóteles… Y no me detengo ahí, sino que recuerdo que el mal no tiene ser…, es ausencia de bien, y quiero justo eso, el bien para mí y para los demás: me proyecto hacia el bien, por conseguir el bien, pero “El mundo yace en la maldad; la mayor parte de lo que se hace en el mundo, justamente porque se hace sobre la falsa suposición de que la naturaleza del hombre es básicamente buena y sólo per accidens deficiente, se hace mal. La salvación de cada persona de este desastre común es posible sólo si la iluminación divina posibilita una rectificación de la voluntad” (p. 68), larga, sí, pero… y me quedo corto.

    Larga es también la entrada, y pido perdón, pero más arduo y largo fue el camino hasta poder escribirla y la dejo coja, aliquebrada… Me vuelvo sobre el libro y las notas que tomé. Buenas tardes.