15 de noviembre de 2017

Rodríguez, Claudio: DESDE MIS POEMAS



Tiene su lógica en mí padecer la sensación de que siempre llego tarde a determinados autores y sus obras. “Lee lo que se quede de pie”, me dijo don Alfonso Sancho hace unas décadas y, salvo alguna desobediencia puntual (que pagué con impresión de invertir mi tiempo en naderías), le hago caso y leo lo que está de pie, aquello que resiste el tiempo y se hace valioso… Es por tanto necesario ejercer la paciencia, barajar para ver qué pasa… Y saber que llegaré, que llego seguro sobre lo valioso de lo que leo… ¡Hasta donde me da de sí la vida! Vaya lo uno por lo otro. A muchos, por desgracia, ni llego.

El libro que comento incluye las cuatro primeras obras de Claudio Rodríguez: Don de la ebriedad, Madrid, Adonáis, 1953, (Premio Adonáis); Conjuros, Torrelavega, Ed. Cantalapiedra, 1958; Alianza y condena, Madrid, Revista de Occidente, 1965, (Premio de la Crítica); y, por último, El vuelo de la celebración, Madrid, Visor, 1976.

Perdóneseme que comente el libro y no obra por obra, aunque algo diga de ellas, quizá más abajo.

Se me antoja dura la poesía de Claudio Rodríguez tras leer a Aleixandre. A veces ocurre también con los sabores, los olores, con las sensaciones en general… No sé si el término es dura o fuerte. Quizá lo segundo. Perfiles agudos, metáforas de elementos alejados o que no hallo. Me hace Rodríguez mirar una Castilla, que me aprendí y vi en los versos, sobre todo, de Machado, y las prosas de Azorín… Estos dos autores, como Baroja o Unamuno, todos del 98, no son naturales de Castilla y Rodríguez lo es de Zamora. Cierto que como aquellos gusta de caminar por los campos, pero esos campos son los campos que desde niño vio el castellano, sus campos (su familia tenía tierras), los caminos que conocía y vivió. Tiene una mirada singular. Libera a la palabra de su función comunicativa funcional y la dota de connotaciones extraordinarias que reviven en el lector realidades novedosas en otros equilibrios, dicho con perdón, quizá de la pedantería.

Internet es abrumador. Pido algún dato que confirme algunas de mis impresiones y quedo sepultado por la sobreinformación. Veo una entrevista del poeta y ahí está…, mas ¿cómo llegar a todo? ¡Qué amable me resulta Rodríguez!: sonriente, explícito, cercano, afable… No lo conocía. Es la poesía para el poeta castellano, según dice, “una aventura segura”, “un seguro azar”, siguiendo el título de Salinas. Es don, pero es pericia que da ritmo al verso, y ese don conduce al entusiasmo, a la ebriedad… Si la vida no tiene por qué ser poesía (el biografismo en que, a veces, caemos al interpretar un texto), sí que la poesía es vida, forma parte de la vida y muy especialmente de algunas personas. Sigo leyendo…

Los versos y el poema, los poemas, que hallamos en Don de la ebriedad, en apariencia narrativos, cuentan con más lances y quiebros sorprendentes que narración de vida. Las imágenes inesperadas desencajan al lector atónito. ¿Con quién habla el poeta -me pregunto-, quién es el tú a que se dirige? ¿Es acaso otro yo, el poeta desdoblado, a quien cuenta su andar sin aparente rumbo a quien describe campos carentes de seres humanos? Todo parece partir de una esencia misma hacia un fin y el poeta sorprende a la realidad, esa la que sea, en ese momento inicial, adámico y virginal, desde la perspectiva subjetiva que la mira.

El poeta, conocedor de las tierras y sus pobladores, plantas y pájaros -casi siempre-, habla con el surco y se convierte en grajo, en hijo de una madre que calla, que no parece existir. Cuando habla a las personas estas no son tales, pues ninguna responde: nadie le responde ni se dirige a él, el poeta, me atrevo a decir, casi les habla dirigiéndose a sí propio… Me ensimisma esta poesía. No diré que me hipnotice, pero me impele, me obliga a leer y leer y releer algún verso. El poema largo, abundante, en Conjuros me abruma y me pierdo. El sucederse de las imágenes me desconcierta y confunde. Mi lectura, imperceptiblemente, se hace agrado y gozo.

La poesía en general de Claudio Rodríguez la califico de sorprendente, cautivadora, enigmática, difícil, sugerente, fresca. Y a renglón seguido me pregunto si algo puede ser todo eso, siendo a su vez tan contradictorio. ¿Qué tiene su poesía que siendo de compleja o difícil comprensión... cautiva, incita al lector a seguir verso a verso, poema tras poema? Me da la impresión de que el poeta llega a lo profundo del lector: al inconsciente, al sentimiento, a la irracionalidad, a las emociones... y todo ello se despierta por las imágenes, las sugerencias... El poeta habla del poema como misterio y aventura. El autor se lanza a lo desconocido armado de las palabras, de las imágenes, de las vivencias y plasma un mundo particular, personal, pero no por ello intransferible, traducible a la experiencia de quien siente y lee, de quien ha vivido.

Discúlpeme. Aquí me paro… Corto y pego de Yubero Ferrero (http://www.cervantesvirtual.com/portales/claudio_rodriguez/semblanza/) “La finalidad de la poesía, solía decir, es «hallar la certeza única, el nudo que ate y dé sentido a tantas imágenes rotas, tanta oscura presencia, tanta vida sin tino». El mundo lírico expresado así expresado se resuelve en canto y celebración, siempre en una irrenunciable voluntad de salvación de la realidad”. Y yo me voy contento, feliz… de mi corazón a esos otros asuntos de los demás y míos…

6 de noviembre de 2017

Ishiguro, Kazuo: LO QUE QUEDA DEL DÍA



Toda actividad humana tiene trascendencia. Todo trabajo, todo quehacer, todo empleo, toda vida por mínima e insignificante que en apariencia sea es importante, única e irrepetible. En la novela de Kazuo Ishiguro el protagonista es el mayordomo de una gran residencia inglesa habitada por lord Darlington: solo de este se habla que habitase esa mansión; él y sus sirvientes: mayordomo, ama de llaves, doncellas, cocineras, jardineros… ¡una legión! Nos cuenta la historia Stevens, el mayordomo, quien se irá de viaje durante unos días para visitar a la antigua ama de llaves de la mansión, miss Kenton. El lector, desde el primer momento, intuye que hay algo más que una mera visita formal, de trabajo… Excelente obra de Ishiguro.

El autor por boca del mayordomo va deslizando temas variados relacionados con las vivencias de Stevens en Darlington Hall y que va confesando al lector de forma muy precisa, de un modo casi servil, pues el mayordomo se siente profundamente afectado hasta lo más profundo de su ser por su oficio y la trascendencia del mismo. Habla de su padre, que también fue mayordomo, así como de otros que lo fueron famosos y sirvieron en casas de gran fuste en lo político y en lo económico: antiguas familias de rancio abolengo. Por Darlington Hall, para ver a lord Darlington, pasarán grandes personajes de la historia de Inglaterra que no participan sino como figurantes en la novela: Churchill, von Ribbentrop, etc.

La obra confesional se va deslizando por temas, insisto, diversos, pero ordinarios: la limpieza de la plata, tal y cual suceso relevante para el servicio de la casa, cómo Stevens en su viaje en el coche de su nuevo señor -un multimillonario americano- se queda sin gasolina y recala en casa de unos aldeanos que lo confunden con un gran señor, menos el médico que comprende que, en realidad, su señorío no es otro que el roce con los verdaderos grandes señores... Stevens se siente orgullosísimo de su trabajo. Su servicio de copas, de tabaco, de orden de la casa, en los grandes eventos, son medios capitales para la buena marcha de las relaciones internacionales en las que participan esos grandes señores que pasan por la mansión, que él organiza y lleva con suave mano de hierro y a la que se debe en cuerpo y alma. Incluso por atender al servicio no llegó a acompañar a su padre, que servía en la misma mansión y en esta agoniza, en el momento de su muerte porque la obligación está por encima de cualquier otro quehacer. Como modelo de ello, cuenta la anécdota de un mayordomo que, estando con su señor en la India, entró en el salón antes del almuerzo, o cena, y le comunicó a este con gran discreción que, bajo la mesa del comedor, donde en breve pasarían, había un tigre, a lo que su señor le pide que solucione el problema sin escándalo: al rato vuelve el mayordomo, cargado de la dignidad que tanto preocupa a Stevens, diciendo que se ha solucionado el problema e incluso ha dado tiempo a limpiar la sangre vertida… Los señores pueden pasar al comedor. Todo un modelo de discreción y de dignidad, palabra, insisto, sobre la que una vez tras otra vuelve Stevens… Un mayordomo sin dignidad nunca podrá alcanzar la categoría de un gran mayordomo…

Hasta el último capítulo el lector no alcanzará el sentido del título, Lo que queda del día. Magnífica novela, excelente el modo en que el autor lleva por la estructura sinuosa, lenta, suave, agradable al lector hasta comprender al final… qué debe meditar el lector y, sin duda, no es baladí el tema. Ya los maestros griegos en sus escuelas enseñaban a examinarse a sus discípulos: cómo hacerlo por escrito, cómo hacerlo más de una vez al día, anotar los propósitos o metas… ¡Qué importante aspecto de nuestra vida! A Stevens el examen no le coge por sorpresa, pero sí la meta, el propósito: quizá erró su disparo, el sentido de su existencia. Será tras la conversación con miss Kenton, el ama de llaves, cuando comprenda que todo cuanto nos venía contando durante más de doscientas páginas quizá sea solo paja, solo bagatelas, lata reluciente bajo nombres altisonantes de personas, de lugares, de actitud o supuestas virtudes mal interpretadas, mal vividas, que vienen a dar en hipocresía o en el “deber ser” kantiano, pero vacíos de verdadera vida, de verdadera virtud… Efectivamente, nunca es tarde si queda tiempo, será cuestión de aprovechar Lo que queda del día.

Le aconsejo la novela del último premio Nobel de Literatura, creo que no se arrepentirá.

2 de noviembre de 2017

COMENZÓ EL CURSO

                                                                      A mis alumnos tutelados de 4º de ESO.

 

Con retraso… ¡como tantos quehaceres!

Está la casa donde vivo junto a una escuela. A diario oigo a los niños al entrar y al salir, cuando gritan y juegan en el patio. Una puerta pequeña de hierro da acceso desde la calle al aula por donde acceden los más pequeños. Los “No, no, no… ¡¡mamááá´!!” desgarradores de algunos de ellos me parten el alma. Alguna vez he llegado a salir a la puerta para… nada. La escuela, por mil motivos, desde que somos niños, no es amable, no resulta un lugar agradable, es un espacio indeseable… salvo, quizá, para algunos pocos, algunas veces. Venía a decir un excelente poeta español, Juan Ramón Jiménez, que la escuela es una institución penal dedicada a asesinar nuestra infancia; esta idea la popularizo Leopoldo María Panero, otro poeta, cuando su madre le preguntó qué opinaba de sus años escolares… Me adhiero absolutamente a ello. ¡Cuántas vidas torturadas entre pizarras, lápices, planillas, mesas y malos ratos!

Pasan los años y se comprende la dificultad que comporta hacer atractiva la escuela, el aprendizaje que en ella se quiere llevar a término. Es cierto que la letra no entra con sangre -como la aprendí yo-, pero no lo es menos que aprender es costoso, supone esfuerzo, empeño, orden, tenacidad, paciencia, espíritu deportivo, concentración, ilusión… y tener un para qué. El para qué de tantas actividades (y activismos) de nuestra vida nos descubre el sentido de aquello en que invertimos nuestra vida: tiempo, imaginación, inteligencia, empeño, dinero, ilusión… Me paro y me pregunto para qué escribo estas líneas y lo tengo claro: para hacer reflexionar al lector y así ayudarle en su meditación a tomar algunas decisiones que le ayuden a crecer, a mejorar, a ser más feliz, si es posible. No sé para quién escribo: eso también es cierto. Si lo supiera, si pudiera encabezar mi escrito con un “Querido Ángel”, “Estimada Elisa”… eso me ayudaría mucho, pero no lo sé… Voy a acotar a mis lectores a partir de aquí, si no les incomoda… Me voy a dirigir a bachilleres, adolescentes y jóvenes universitarios y así me centro un poquito.

En España en este otoño veraniego en gran parte de ella ha comenzado ya el cole, el instituto, la universidad… Las clases se han puesto en marcha. Las vacaciones son un pasado pluscuamperfecto. Los primeros días de material y libros con olor a tinta, clases y colegas conocidos y por conocer, nuevos profesores…. ¡son maravillosas novedades! Y están por llegar el tedio de las largas horas de estudio no ya tanto en las aulas como en casa, las clases particulares, los deberes penosos de los bachilleres traducidos en ejercicios y ejercicios tantísimas veces inútiles. Las largas tardes de calles oscuras y mesa de estudio.

Expongo una teoría sobre una práctica y un quehacer que cada uno debe hacer virtud. El para qué no se da: cada uno tiene el suyo y o lo encuentra o… ¡mal negocio! Uno no estudia para ser algo: sería triste alcanzar la conversión en botijo o arado, por ejemplo. Todos somos un quién, un alguien, ¿luego? Luego ese no es el motivo. Sabemos hoy que los estudios que realizamos bachilleres y universitarios ni siquiera nos garantizan un mañana mejor económicamente, un empleo futuro… Sí dependerán, pero solo en parte, de nuestros estudios y de las capacidades que hayamos adquirido en ese trayecto recorrido. Se estudia, se pone esfuerzo para aprender y ese aprender puede llevarnos al conocer y al saber y, cabalgando sobre ellos, se puede alcanzar la felicidad. Las virtudes de las que hablé arriba, y el saber… nos ayudan como unas muletas a caminar hacia la verdad, con sinceridad… Y todo eso, para un bachiller, suele quedar lejos y para muchos universitarios oculto.

Seguir un horario semanal… que quiere decir de siete días, que no de cuatro. ¿¡Cuántos son los estudiantes que dejan los libros el viernes al medio día para no tocarlos hasta el lunes por la mañana? Semana procede del latín septimāna y en su primera acepción el diccionario de la RAE la defines como: “1. f. Serie de siete días naturales consecutivos, del lunes al domingo”. Insisto, perdona: siete y no cuatro. Es imprescindible un horario que soporte un proyecto de vida cotidiana que no incluye solo tiempo de estudio, sino también deporte, amigos, lecturas…, aficiones. En el cumplimiento ordenado, constante, prudente del horario se verá si tu para qué tiene fuste o no, si es capaz de mantener un esfuerzo sostenido o es un mero engaño sobre un papel (tenlo escrito, como hacían ya los discípulos de las academias griegas antes de Cristo y reléelo con frecuencia). Si repartes los quehaceres y el tiempo, insisto, con prudencia y flexibilidad, verás que eres eficaz. No intentes ir al día: quizá no sea posible, pero cuenta con los cinco módulos de los fines de semana: viernes por la tarde y los cuatro de sábado y domingo mañanas y tardes; procura ir a la semana. Si no llegas, algo pasa… ¿Te distraes en la mesa de estudio? ¿Te falta concentración? ¿Con qué te despistas? ¿En qué piensas? ¿No cumples con la palabra que te diste a ti mismo? ¿Sabes cómo enfocar el estudio de esa materia? ¿Sabes lo que pretende el profesor? ¿Haces resúmenes o esquemas? ¿Preparas los exámenes con antelación? ¿Qué proceso sigues para memorizar? Si eres universitario, ¿amplías tus apuntes de clase o te ciñes a ellos?...

Hay quienes tienen además un para qué sobrenatural y no meramente humano. Saben que el trabajo santifica, que el trabajo es quicio donde cuelga el portón de nuestras vidas. Dijo Dios que creaba al hombre para trabajar (está en el Génesis). Ese es un para qué más lejano que el arriba expuesto. Te doy ideas… Y disfruta. Intenta que nada ni nadie te amarguen tu aprendizaje. Habrá materias que se den mejor o peor, que te agraden más o menos, pero toda persona bien educada come de todo, no es remilgado, no se guía por el “me gusta-no me gusta”… Adelante. Aprender es una aventura y poder asistir a clases de buenos profesores -hay de todo- es un lujo que no se debe desperdiciar… Disfruta, aprende con esfuerzo y pásatelo bien siete días a la semana, minuto a minuto: también en el cole, en la Universidad, en el instituto.

28 de octubre de 2017

No intente convencer a quien no se quiere convencer…


   Causa perplejidad cómo fueron posibles las multitudes nazis en la Alemania de Hitler. Millones y millones de personas quedaron obnubiladas, alucinadas, secuestradas intelectual y emocionalmente por una idea que abocaba a un desastre y una autodestrucción evidentes para quienes no es participaban de la mentira. Terminada la Segunda Guerra Mundial, la Alemania salida de esta, despierta de su infernal sopor. ¿Qué hemos hecho?, se preguntan quienes no se reconocen en lo vivido, en el destrozo y la ruina… ¿no se reconocen, no se explican… o no quieren responder por lo hecho por incomprensible que les parezca? He hablado con quienes lo vivieron y solo me dijeron que ya pasó. Millones de personas han seguido a un hombre y a sus ideas: cánticos, desfiles, banderas, risas, el Cielo en la tierra (?)... Millones de judíos han sido masacrados por una idea. Millones de judíos, incluso, han colaborado con el nazismo en su proceso de ascenso político. Muchos han sido quienes después les echaron en cara, a quienes sobrevivieron y fueron colaboradores, su cooperación absurda: ignorantes, pero necesarios para lo sucedido. ¿Cómo de explica esto? Lo hecho es irreversible. El daño irreparable. El sufrimiento incurable… ¿Dónde la justicia que recomponga esas vidas aniquiladas, esas existencias arrasadas?



  Supongo que la ceguera colectiva es fruto de decenas de causas que sociólogos y psicólogos, especialistas en estas realidades, habrán enumerado. No se dio solo en Alemania, se dio también en Italia, en Rusia, en China, hoy en Corea del norte… Sí, el miedo, los intereses creados, el “ande yo caliente…”, el yo mí me conmigo, “¿A dónde va Vicente?”,etc. Ciegos que no desean ver, sordos que no desean oír… Y afecta a millones en todos los planos de la realidad. El rey anda desnudo. La mentira campa por sus respetos. El grado de evidencia de la verdad es absoluto. La propaganda, la inmersión sin límites en la necedad, los secuestros intelectuales, el miedo, los intereses creados… no son suficientes explicaciones. ¿Por qué esas personas no perciben la verdad de las mentiras que se oyen entre nazis, estalinistas, etc.? Me viene ahora a la memoria Martín Heidegger: no era un panoli que pasaba por allí, y con él y junto a él, otros muchos intelectuales, científicos, que caen rendidos ante un tipo ridículo, de pensamiento quebrado y plagado de mentiras, ante un visionario como es Hitler. Sartre, pienso, en la Rusia de Stalin. El hombre es animal gregario que gusta, como la oveja y el palomo, de ir juntito con sus convecinos. El cobijo bajo una bandera da, por lo visto, mucho calor y más aún si esa bandera nos distingue del otro, nos individualiza, nos singulariza… ¡eso alimenta mucho!
    

     No comparo porque no hay comparación, pero usted lo ha comprendido. Eso es…



               

13 de octubre de 2017

Luis, Leopoldo de, VIDA Y OBRA DE VICENTE ALEIXANDRE


            Quien no me conozca podrá pensar que es falso; quien me conozca podrá pensar que es una hipérbole: ni lo uno ni lo otro. Es verdad. Hasta COU no tuve noción de qué era la llamada Generación del 27 en la Historia de la Literatura española y aun así fue de un modo muy superficial: don Alfonso Sancho no terminó el programa de Literatura, como muchos otros profesores hicieron en ese curso; hoy eso sería calificado con cárcel cargada de cadenas y mil inspectores tras el cataclismo irresponsable, etc. Entonces, era lo que había; nadie murió de inanición mental. Durante toda la carrera nunca llegamos al siglo XX en la historia de la literatura española... El Alborg era nuestro Kempis, nuestra guía del filólogo en ciernes...

            Durante años de Aleixandre supe que le habían dado el premio Nobel de Literatura porque recuerdo haberlo visto en la tele haciéndole una entrevista (andaba yo por el BUP) y que era homosexual, algo horrendo entonces (y hoy casi obligatorio como lo era la "mili" entonces, para cualquier español bien conformado). Lo que había y lo que hay.

            La biografía de Leopoldo de Luis se podría calificar de casticista y hagiográfica, donde los huecos propiamente biográficos se rellenan con circunloquios, citas y generalidades, eso sí, con buena y amable prosa que ayuda a ir pasando páginas.

            Lo que llena las páginas con reiteración, para mi gusto, excesiva, con machaconeo innecesario es la generosidad el poeta que a todos recibe en su casa, que a todos convida, con una exquisita sonrisa, con una admirable educación. A todos escribe, para todos tiene palabras de afecto…, pero elude decirnos de su relación, digamos amorosa con Carlos Bousoño. Hay una biografía de Aleixandre, La memoria de un hombre está en sus besos (Barcelona, 2016), escrita por Emilio Calderón, donde, por lo que leo en las críticas se insiste en la condición homosexual del poeta para explicar… No he leído la obra. Sin duda, como escribe el propio Aleixandre, “el poeta es el hombre, y todo intento de separar al poeta del hombre ha resultado siempre, fallido, caído con verticalidad”: la homosexualidad de Lorca afecta a su obra y la W. Whitman por el peso que la condición de tal tiene en la vida, pero también todas las realidades tienen un orden en ella. Freud era un pobre mentiroso.

            Como acercamiento a la persona y la poesía de Aleixandre, la biografía que comento puede ser aceptable para quien poquito sabe o sabía de él, como es mi caso, pero no espere el lector hallar una biografía con mucho calado. Quizá al título del libro le sobra brillo y le faltan renglones a este comentario.