23 de agosto de 2016

Fernández Flores, Wenceslao: UNA ISLA EN EL MAR ROJO

   Ocupado en otros lances, queda el blog a trasmano durante los meses de verano. No olvidado, pero sí en un puesto de orden posterior a otras realidades más importantes y urgentes. Dicho esto, comento el libro que hoy termino tras leerlo lentamente.
   He olvidado cómo se me cruzó esta obra a comienzos de julio, pero fue de forma fortuita. Sé que compré el ejemplar de la novela en un volumen de las obras completas de Fernández Flores, editadas primorosamente por Aguilar (luego me hice con otro volumen de esas mismas obras, de segunda mano, al hilo del primero).
   Una isla en el mar rojo es una novela terminada de escribir a comienzos del año 39, cuando aún no había terminado la guerra civil, en la que se ve atrapado Fernández Flores en Madrid. Sin lugar a dudas, desde el primer momento el lector percibe que la novela es autobiográfica y, si se consulta su biografía, se constata que así es a grandes rasgos.
   Quienes hayan leído algunas narraciones sobre las vivencias de quienes pasaron parte de la guerra asilados en legaciones extranjeras en Madrid, ya se pueden hacer una idea de la novela. Esta arranca en los primeros compases de la guerra en Madrid. La trama es simple: Ricardo, abogado joven, con novia prometedora, se ver arrastrado por la guerra a pedir asilo en la legación de Holanda y allí pasará un largo período de tiempo, hasta que ayudado por su amigo Rich puede salir de España por Valencia, camino de los Pirineos, donde cruzará a Francia ayudado por un grupo de personas -hubo muchísimos catalanes dedicados a ello- y de allí volverá, como muchos hacían, a la España fascista, nacional, franquista, azul… o como la quieran llamar.
   Las vicisitudes en la legación las puede imaginar cualquiera que haya sabido algo de la guerra: hambre, hacinamiento, frío, miedo continuo a que se dejara de respetar la bandera y la legislación internacional; las amistades fraternales y los odios irremediables de quienes conviven en situaciones muy precarias, atenazados por noticias de horror, asesinatos, bombardeos, etc.
   La novela, por lo que he sabido, insisto: de otros relatos personales y próximos a mí, es muy realista. Se encontrarán en ella muchos tópicos arrastrados durante años y nacidos al hilo de lo tan intensamente vivido. Al lector actual esta novela le recordará más, por su estructura, su modo narrativo, a los realistas del XIX que a los noventayochistas, Baroja, por ejemplo. Las descripciones se mezclan con fervorines y largos circunloquios, moralinas trasnochadas, si bien creo que el valor testimonial de la obra es innegable de lo que ocurrió en esa guerra donde solo hubo unos malos malísimos que deben ser olvidados, borrados de la memoria y recompensados sus enemigos que fueron siempre defensores de una democracia que no existía, de una paz que ellos quebraron, siempre subyugados por una Iglesia execrable, compuesta por unos seres merecedores de las peores atrocidades realizadas en ellos, así como quienes pensaban de modo distinto a esos grandes demócratas: marxistas, anarquistas, españoles y extranjeros (que vinieron a hacer el descaste de españoles, cuando aún no estaba abierta la veda del conejo, sin que nadie les diera parte en aquella matanza en la que ellos participaron sin licencia actualizada, con ese estilo elegante de quien va de caza a África).
   Desde el punto de vista estructural la novela está descompensada. El momento preparatorio de la guerra muestra una España precaria, pero aún inconsciente de lo que se le viene encima. Estamos a comienzos del verano, los primeros movimientos de tropas apenas tienen importancia, el golpe se considera algo que pasará con el calor y la llegada del otoño (pocos, no conozco a nadie que lo haya escrito así, que diga que la guerra iba a ser larga: todo el mundo pensó -he leído cartas de la época- que la guerra duraría lo que el estío: se acabaron los exámenes de julio, la gente se marchaba de vacaciones, habría un golpe, los militares restaurarían el orden y la legalidad que la República o no quería o no podía imponer… y a otra cosa)… Tres años con la ayuda de las potencias extranjeras que decían no saber nada ni querer nada ni meterse en nada (ya se sabe que de los malos solo puede venir el mal, pero de la incuria de los supuestos buenos… también viene el mismo mal). La novela se alarga con las vicisitudes en la Legación y luego, el final, digamos, se desarrolla muy rápidamente. Es curiosa la luminosidad que adquiere la obra cuando los personajes se trasladan de Madrid a Valencia… El paso de los Pirineos se aligera, así como la estancia en Biarritz, los amores del protagonista, etc.

   Novela entretenida, novela de época. 

14 de julio de 2016

Sánchez Gascón, Alonso: LOS HOMBRES NUNCA LLORAN

 

                                                                           A Paco Revueltas, poeta y guarda de caza.

                “Los hombres no lloran”, decía por defecto el practicante en urgencias mientras me cosía en vivo y en directo la brecha en cualquier parte de mi cuerpo… “Esto no es na”, añadía nada persuasivo y por todo consuelo. Y siempre pesé que efectivamente no lo era… ¡porque la carne que cosía era la mía, coño!
                Conocí al autor de Los hombres nunca lloran en unas sesiones sobre legislación vial y los cambios habidos entonces al respecto, con las posibles incidencias de las piezas cinegética en los accidentes de carretera. Aquello tuvo lugar en Andújar. La obra que ahora comento me lo recuerda, y no es una perogrullada: franca, ocurrente, llana, cercana, clara, sin doblez ni engaño. Lo que se ve es lo que hay. Si en su exposición nos reímos, en la obra hay momentos en los que me he cascado las muelas de risa: el último capítulo, nada impío, es memorable.
No era aquel foro sobre caza y circulación lugar de comentarios sobre obras literarias, pero sí recuerdo que dijo -olvidé al hilo de qué- que pensó en la posibilidad de ganar dinero con sus libros sobre la caza. Ignoraba que, en España, cazadores y no cazadores, no son lectores. El perfil del cazador lector es exactamente que el del lector cazador. La inmensa mayoría de quienes cazan se dedican a ella durante unos meses y no leen ni a tiros, exactamente igual que la mayoría de los españoles que no patean el campo. Tales para cuales.
Es Los hombres nunca lloran es una obra rememorativa y autobiográfica. El autor de la contraportada insiste en nombrarla novela y añadir un adjetivo que la termine de encuadrar; me atrevo a decir que novela no es ¡por mucho que Cela estire el concepto! Se trata de un conjunto de veinte capítulos titulados con gracia y artimaña para hacer entrar en plaza a la curiosidad del lector. Este libro me recuerda otro que leí hace muchos años, Un mundo que se va de Víctor Márquez Reviriego… (le comenté un día a Delibes de ese libro y, mirándome con cierta cachaza castellana, me dijo: “¿Qué se va a o que se ha ido?”). Efectivamente Sánchez Gascón nos habla de un mundo absolutamente muerto y periclitado en la mayoría de sus extremos, afirmo y añado: gracias a Dios y a los hombres. Un mundo de una rusticidad animal que da grima y amarga: hay pasajes de un salvajismo truculento. El tiempo se aceleró de un modo vertiginoso de entonces a esta parte y todo eso desapareció, aún mi generación, la de los sesenta, está más cerca de todo lo que ahí se narra, más cerca de las vivencias de sus abuelos que las de sus hijos… Niños sin zapatos ni escuela, sin más horizonte en sus días y en sus vidas que un terruño agreste de vivencias tejidas con animales, plantas, heladas y calores extremos… Sí, el niño Alonso Sánchez quizá fuera feliz como lo era el Nini delibiano de Las ratas, pero ya ese mundo murió… Sí, “Cualquiera tiempo pasado/fue mejor”, pero ese mejor lo pone la añoranza, la memoria selectiva… y el tiempo.
El libro, para quienes gusten del campo, de oír viejas historias al calor de la lumbre, quienes gozan con los animales -sin ser “animalistas”-, quienes son capaces de beber a gollete y comer con la navaja tajás de lo que sea sobre un cacho de pan… ¡y les guste leer! pasarán un ratico inolvidable con este libro. A mí me ha recordado muchas historias de mi padre y de mi infancia, ciertamente desde ángulos distintos, pero donde también había lobas, zapeos de conejos, guardas, mojinos, recargas de cartuchos…, perros y animales, jaras y lentiscos… Un mundo que he conocido de primera mano.
Mas no todo en la obra es miel sobre hojuelas, y también es opinión. Me parece desacertado abrir la remembranza con la primera historia elegida por quien sea. Son innumerables las narraciones de todo tipo en las que sus autores, más o menos explícita o tácitamente, de un modo más o menos biográfico, recatado o grosero, recuerdan cómo dejaron colgada su virginidad en tal o cual lance. Aburrido por reiterativo, por lo escasamente original y por la confusión que genera con respecto a la obra en su conjunto, bien pudo quedar ese capítulo para más andado y sentado el camino y contextualizado el contenido. Se ve que al narrador le conturbó en su adolescencia y piensa que, de un modo u otro, había que contarlo…
Las eruditas notas al pie de página, en contraste con el texto, sobran sin paliativos, si bien autor y editor hicieron bien en incluirlas porque suyo es el perro. No añaden nada al gracejo y contenido del texto. El glosario final, sin embargo, me parece tan interesante como alucinado: suele ser carencia de lego afanoso. En este caso el escritor-abogado-cazador metido a filólogo… comete muchas marrillas, ¿cómo no consultó y citó el Vocabulario andaluz de su casi paisano Alcalá Venceslada…? Para mí, defectos menores, pero fácilmente salvables…

Son curiosas también determinadas palabras que conozco como él, de haberlas oído y nunca leído, que él usa con desenvoltura en texto, sin cursiva y dándoles plena validez académica, cuando no la tenían en absoluto ni estaban recogidas por el diccionario de la RAE y así gualtropear (también se usa ‘gualtrapear’): recogida en el Vocabulario citado y hoy ya admitida por la RAE, pero como guadrapear. Sobran las reiteradas tildes a ‘dio’ y algunas expresiones incorrectas, alguna palabra suelta incorrectamente escrita que no errata…, pero que no alcanzan al desdoro de la obra, por la que felicito al autor.

9 de julio de 2016

272-CHARLIE-SALIDA-52-ESOS TONTOS TAN VIVILLOS...


          
Querido charlie:

El autor de esta frase, Paul Henrí Spaak, estaría hoy de pésima enhoramala y mala leche. Fue nuestro hombre uno de los grandes impulsores de la cesión de soberanías nacionales, particulares, en favor de una unidad superior llamada Europa. Defendió a ultranza la inclusión en esa unidad europea la presencia de la primera nación que: una vez quiso sumarse, y hoy ha dado un paso atrás con el llamado Brexit. Malos días para este político belga y gran visionario… Malos días para Europa. Curioso: siempre sopla buen viento para los tontos, charlie. Dicho esto, y centrándonos en su frase, convendría decir que el azúcar es tan nocivo como los tontos…
El tonto puro, el tonto patanegra, integral, el tonto de libro… en tanto que persona es literalmente digno de la misericordia de todos. Aún no me crucé con ninguno en mi vida en las aulas. He visto personas enfermas, personas perjudicadas de nacimiento, niños incapaces de alcanzar la media razonada por una sociedad que ha puesto sus lindes…, pero no vi nunca en las aulas ese tonto pueblerino, del que Cela escribió. Siendo niño sí los vi en las calles de algún pueblo, en las calles de alguna capital. Algo hemos avanzado: hoy ya, por muchos motivos, no se ven esos tontos pobres que deambulaban de acá para allá. En la Literatura recuerdo el loco descrito en un poema de Machado; un libro que recuerdo vagamente de Jaime Campmany que se titulaba… Jinojito el lila, que era más libro de un vivo que de un necio; recuerdo a Nilo aquel personaje de Las nogueras, de Delibes, que era tan inocente como el Azarías… Recuerdo otro libro de Ana María Matute… Los niños tontos, del que solo conservo en la memoria que es un libro breve de Destino… En fin, tontos que no se ajustan en absoluto al comentario de Spaak.
El tonto veteado e impuro, el tonto tan tóxico como el azúcar, es lo que conocemos por un vivales. Es el animal “que las ve venir”, es el listo de la cuadrilla, el egoísta que, con habilidad, se percata de lo que le conviene y aprovecha con astucia las oportunidades, aunque para ello tenga que pasar literalmente por encima de los cadáveres de sus próximos y sus ajenos. Pura plaga. Arsénico letal sin mixtura. Es cierto que muchos de estos tontos pasan desapercibidos hasta que “por sus obras” se les conoce… Ya fue tarde. Eso que Spaak llama “enfermedad” se convirtió en pandemia. El tonto de quien habla Spaak es malo como la tiña. Se extiende por la vía de “aluengo de meda el deluvio”, “yo primero, yo después y detrás yo”, “íbamos yo y este”, “¡anda y que le den!”, “ya vale”, “todo está bien”, “si callan, otorgan”… Es el silencio de los corderos de los que tanto habló, por ejemplo, Anna Arenth: esos judíos que, en silencio, tan inteligentes, tan espabilados, no quisieron ver venir a ese vivales fabuloso de Adolfo Hitler. Primo este, por parte de intereses, de ese otro -no hay pretensión de reduccionismos equidistantes- de Stalin que masacró más de treinta millones de personas, tan terne él, tan con su bigote, sonriente… ¡y qué espabiladillo nos salió!
No obstante, siendo muchos los vivillos que en mundo han sido, hay uno, el poncio de la jofaina, el tal Pilatos, que se me antoja en tonto arquetípico del que habla Spaak. Su necedad, su tontura… “los que de verdad la padecen son los demás”. No quiere quedar a mal con nadie: ni con judíos ni con romanos, ni con sus jefes ni con sus subordinados. “¡Pásate la jofaina que me lavo las manos! No quiero saber nada. Este jodido judío no me jode el pasodoble”, debió decirse. Incluso, porque el vivales suele ser un pellejo de cordero sobre lobo, intenta aquietar su conciencia con un “¿Os suelto a Barrabás o al tal Jesús que se dice hijo de Dios…?”. El tipo se las sabe todas: referéndum popular; a él no lo coge el tren por muy derecho que le venga. Que no, que él solo fue responsable ejecutivo de la muerte de el Hombre. Él, un quídam que estaba allí en el momento inoportuno…, pero, ya digo, a él que no le pidan cuentas más allá de lo dicho. “Echa más agua a la palangana, bombero de mi alma”. Nada que no sea en su propio interés le interesa lo más mínimo. ¡Si fueran el Sol, no calentaban ni a su madre!


Y en este renglón entra Cameron, que no entendió que “camerón que se duerme…”. Su jofaina fue su referéndum. “A mí no me la colocan estas huestes que piden que crucifique a mi Gran Bretaña”. “Le pregunto al pueblo -se dijo- y que él, entidad tan romántica como irresponsable (¿quién armó a la mitad del pueblo en nuestro 36?) decida”. “Ahí lo llevas, David, que voy a por otro” y le han pegado un urnazo en la boca que nos ha trepado los dientes a todos los europeos. ¿Y el vivales? Pues eso… ¡con su sardina en el ascua, charlie!  

26 de junio de 2016

Eckermann, J.P., CONVERSACIONES CON GOETHE

Conozco la causa y no la evito. Releo forzado algo que he escrito hace mucho tiempo. Lo hago con el asombro de quien no se reconoce en lo escrito ni en lo que escribió. En momentos me admira positivamente la factura del texto. El estilo sí lo reconozco como propio: en algunos párrafos el ritmo narrativo se hace moroso y tardo. Es el afán de claridad que no atrapo por la concisión, la brevedad y el laconismo. Todo lo que puede salir mal, sale mal naturalmente: es el llamado principio del realismo cabrón que no llegó a enunciar Einstein porque no le dio pie la vida.
             Releo una entrada de 2015. Muy larga es para serlo de un blog. Se abusa del circunloquio. Me excedo en poner en suerte al morlaco del tema, que se me antoja simple: antes leía todos los libros que empezaba y ahora ya no lo hago; eso es todo. Llego a una etapa de mi existencia en que, a destajo, achico a la muerte en mi vida, pues amenaza con inundarlo todo. Tengo más libros buenos por leer que tiempo. Repito: ya no leo libros que no me ayudan, que no me son atractivos, que son tóxicos, que están mal escritos, que no entiendo… Insisto: no más. Los hombres no son ríos que no puedan volver a sus fuentes: antes defendí “todo libro que se empieza, se acaba”, y ya expliqué por qué; muchos de quienes fuisteis mis alumnos sois testigos de ello. Hoy no: si tengo razones para no hacerlo…, cierro el libro y vuelve al estante de la biblioteca y que cada caminante siga su camino. Si todo esto es cierto, no lo es menos que los hábitos adquiridos tiran lo suyo: aún me cuesta tomar esta decisión de cerrar el libro, dejarlo a medias, etc.
             Es curioso que el libro que he dejado de leer era una lectura preciada y alabada por muchos, deseada por mí, regalo de Bernardo Munuera, Conversaciones con Goethe, de Eckermann…, editorial Acantilado, edición completa, 867 páginas… y ya no paso de la 393. Me planto.
            Tengo un folio de notas, como siempre, doblado y anotado, con letra prieta y caligrafía irregular porque, quienes leemos en cualquier parte, no podemos garantizar la armonía y la cadencia de esta. Debiera entenderse que un libro de esta importancia, fama y porte se merecería muchos estudios, que existirán, y no sé cuántas entradas de blog, que las tendrá… Los temas sobre los que pontifica Goethe son tantos que, agrupados, darían para mucho: arte en general y arquitectura en particular, escultura, pintura, teatro, poesía… Geología, Botánica… Casi todo lo divino y lo humano queda aquí revisado, opinado, juzgado, sentenciado por el genio alemán.
            Para quien no tenga idea de esta obra, le diré que Eckermann, un chico joven, viajero y curioso, termina por ser una especie de secretario de Goethe, cuando este estaba en Weimar (capitidisminuido, según nuestro Ortega, precisamente por haberse refugiado allí). Bajo el magisterio de Goethe se dedicará a anotar el contenido de las conversaciones que mantuvo con el genio alemán, las visitas que este recibía y en las que él estaba presente, algunos viajes, comentarios, ya escribí, de lo más variados y variopintos.
            Muchas de las ideas y sentencias de las que tomé nota -y que son especialmente de mi interés- merecerían ser glosadas y todas ellas apuntarían a verdades clásicas que se pueden hallar en un sinfín de obras y de pensadores que, como sus obras, también son unos clásicos. No ha mucho me escribía una persona para que le dijera qué pensaba de la extendida expresión “No pasa nada”, pues bien, en la página 192 de este libro Goethe, como no puede ser menos, afirma que todo tiene sus consecuencias y, por tanto, sus responsables.
            Se queja un conocido de Goethe de que no contestó a un escrito que le envió: una carta, un libro… Y le comenta a Eckermann que le resulta imposible atender a cuanto le llega y poder contestar a cuantos solicitan su opinión, quieren saber algo, le consultan… El genial pensador alemán reconoce que no dispone ni del tiempo ni de la capacidad para responder a todos y a todo. No tiene sentido contestar a una carta en la que no tengo nada de particular que añadir, viene a decirle a su secretario, amigo y discípulo. Hoy, sin embargo, ¿somos capaces de dejar de opinar, aunque sea sobre los efectos de GIST en el aparato digestivo?
                Enjuicia Goethe las literaturas alemana, inglesa y francesa. Las compara en los distintos momentos y habla de adelanto y retraso de algunas con respecto a otras en distintos momentos y etapas… Se plantea, en otro pasaje -los temas se suceden unos tras otros sin más orden ni concierto que ninguno- si les interesa o no a los alumnos la verdad que escuchan de los labios de sus maestros: cuantos hemos sido alumnos, podemos responder a ese asunto diciendo que según y cuándo, cómo y a quién…                                  
            Cierro de forma caprichosa con dos ideas: una, son muchas y dispares, me asombra, las obras que para Goethe merecen el calificativo de “la mejor del mundo” o “se halla entre las mejores del mundo”. Dos, es posible que algunas de las suyas lo estén -su Fausto, sin duda, y su Werther, en mi humilde opinión-, pero a su autor le consta que no serán populares, porque no se escribieron, dice, para la masa… Y quien la lleva lo sabe.

9 de junio de 2016

Cervantes “encantado”


 Ese genio cachondón e irónico, ese argentino que acabara ciego, apellidado Borges, cuando le preguntaron que dónde deseaba morir o cuándo, o algo así, que lo olvidé, dijo que le daba igual, pero fuera donde fuese, deseaba ser enterrado en España “porque en España es el lugar donde mejor entierran”. Me acuerdo de esta anécdota al hilo de toda la parafernalia que se quiere organizar, que se está organizando, con el pobre Miguel de Cervantes. Por guardar las apariencias se decreta ley de adecentar el local patrio y mostrarnos hipócritamente agradecidos; para que no se diga…, no sea que dejemos de ser ese “lugar donde mejor entierran”. En ello estamos casi todos. Me van a permitir que me lo imagine que, allí donde está -quien lo conoce lo sabe-, se estará desternillando -descojonando vivo, que se dice en el Tercio-, viendo a tanto tonto hacer dos tontos risibles, ridículos, estrafalarios, sin gracia alguna, o bien, pobre, remuriéndose de pena y de tristeza porque “una vez más, me hacen heridas más en mi sentir y persona que no en mis carnes, que ya no ni siento”… Servidor, don Miguel, siente vergüenza ajena, que conste. “¿A quién no sorprende y maravilla/esta máquina insigne, esta riqueza?”.
Entre esa tropa española del XVI, extravagante y ajena al mundo de hoy, cuando se iba, ya se sabe: se iba a por todas, con o sin todas las de la ley, es decir, “del tirón” que se dijo siempre en la infantería de marina, por derecho y de verdad…, porque ir para hacer bufonadas propias de bufones ya están los políticos de este velado país, donde las cobran y a buen precio y recaudo, las bufonadas, digo. ¿Qué puede pensar un hombre que estuvo en Lepanto, “la más alta ocasión que vieron los siglos”, donde anduvo enfermo y no le importó jugarse la vida toda al tablero…, de cuanto se está organizando a modo de teatrillo de Cristobita sobre su vida y su genial obra como conmemoración…? Que digo yo, ¿que de qué…? ¿Qué se conmemora qué?, digo. Por favor, párese un momento…
Cervantes no era un fifiriche ni un pelele, nunca fue un andarríos, ni un pillatigres… Don Miguel de Cervantes, defectos asumidos aparte, era un español con toda la barba y con sangre en el ojo… (quien no sepa el significado que lo averigüe). Hombre de su tiempo, hombre buscador, explorador inquieto. Quién conoce su vida, repare por un momento en su actitud mantenida en Argel. Fue perseguidor de lo que asumió como su gran anhelo, su vocación más firme y verdadera, que no fue otra que servir a Dios, a su Rey y a su patria y por ellos a sus compatriotas. Dejó escrito en la Numancia (v. 1077) «No entiendas que de paz habrá memoria». No vivió don Miguel en tiempos donde los lobos venían so capa de lo políticamente correcto. Era inadmisible. “Apostaré que el ánima del muerto/por gozar este sitio hoy no ha dejado/la gloria, donde vive eternamente”
Bien es verdad que no tuvo privilegio del Cielo, y como él, nadie, para evitar por su “mano haber detenido el tiempo” y que no pasase por él, como no lo tuvo don Quijote. Todos estos montajes que hoy me cercan por doquier más tienen de auténticos libros de caballerías, es decir, de “disparates y sus embelecos”, que no de verdad asumida en la sensatez de la calma, vuelta la cabeza del desengaño de inútiles y descabelladas caballerías. Bien está que la rueda de la Historia destroce las carnes de los hombres, pero al espíritu le corresponde oponer su ligereza y tino. Es falso que vivir y ser injusto sea lo mismo. ¿Quién piensa que con estos alifafes, con estas gueguerías, saraos, festivales y festejos cómico-taurinos y bailables se hace justicia al ajusticiado Cervantes Saavedra?
Cobra su felicidad el escritor en ser leído y poder comer y vivir, mal que bien, de aquello que de su caletre recaba y alumbra. Lo segundo a don Miguel, a estas alturas, le sobra y me temo que también lo primero, pues siempre “debéisme cuanto escribo”, no me hacéis favor con leerme: ni a este, ni a aquel… ni a mí. Claro que sí, no puede ser de otro modo: “miró al soslayo, fuese y no hubo nada.”

Si todo bien es difusivo promoved, sí, a usted, lector, me dirijo la lectura desde casa. Sí, ustedes, los comodones, los aburguesados, los perezosos, los irresolutos, los pusilánimes…, sí, vosotros que habéis dejado de exigir verdaderas lecturas de peso por entretenidas basuras en las escuelas y los institutos… Dejad de quejaros, padres, profesores, políticos, maestros, españoles… de lo mal que el mundo anda, pues andar en lectura y cultura es posibilidad de abrir camino cierto a la verdad y la felicidad… ¡Cuántas veces no habré repetido lo dicho por el abuelo!: Bien podrán los encantadores quitarme la ventura, pero el esfuerzo y el ánimo será imposible. VALE.