23 de junio de 2026

582-Brown, Peter, AGUSTÍN DE HIPONA. UNA BIOGRAFÍA (hecha por la IA)

 


La biografía de Peter Brown sobre San Agustín (Augustine of Hippo: A Biography, publicada originalmente en 1967 y revisada en 2000) no es simplemente un libro de historia: es la obra cumbre que revolucionó los estudios patrísticos y la historia de la Antigüedad tardía.

Antes de Brown, Agustín era analizado casi exclusivamente por teólogos o filósofos como una mente abstracta y desapegada de la realidad. Brown lo bajó del pedestal dogmático y lo devolvió a su tiempo.

A continuación, te ofrezco un comentario analítico de las claves que hacen de esta obra un hito imprescindible:

1. El gran logro: El nacimiento de la "Antigüedad Tardía"

El mayor mérito de Peter Brown con esta biografía fue redefinir una época entera. En lugar de pintar el siglo IV y V d.C. como el fin decadente e catastrófico del Imperio Romano (la clásica visión de Edward Gibbon), Brown demostró que era un período de mutación cultural vibrante, tensa y llena de creatividad. El Agustín de Brown es el testigo y el motor de esa transición: un hombre con un pie en el mundo clásico de la retórica pagana y otro en el nacimiento de la cristiandad occidental.

2. Un retrato psicológico y evolutivo

Brown huye de las hagiografías (las vidas de santos idealizadas). Trata a Agustín con las herramientas de un psicólogo refinado. El libro está estructurado de manera que el lector asiste a la metamorfosis constante de una personalidad obsesiva, apasionada y brillante:

  • El joven intelectual ambicioso: El brillante profesor de retórica en Cartago, Roma y Milán, obsesionado con el éxito social, la filosofía neoplatónica y atrapado por el maniqueísmo.
  • El converso atormentado: El quiebro dramático de Milán (el famoso "tolle, lege"), donde la teología se convierte para él en una necesidad vital de sanación.
  • El obispo combatiente: El Agustín maduro que regresa a África y se pasa décadas desgastándose en disputas administrativas y teológicas brutales contra los donatistas y los pelagianos.
  • El anciano desilusionado pero tenaz: El tramo final del libro es conmovedor. Muestra a un Agustín septuagenario, cansado, que ve cómo el mundo romano que conoció se derrumba bajo el asedio de los vándalos, refugiándose en los Salmos mientras muere en una Hipona sitiada.

3. El análisis del entorno: El norte de África

Otro punto fuertísimo de la obra es la recreación del paisaje. El norte de África romana (la actual Túnez y Argelia) cobra vida en las páginas de Brown. No era un desierto periférico, sino el granero de Roma, un hervidero de tensiones sociales, terratenientes católicos y campesinos bereberes de inclinación donatista y violenta. Brown hace que entiendas que las posturas teológicas de Agustín (como su justificación del uso de la fuerza del Estado contra los herejes) no nacieron en un despacho, sino de la presión de las revueltas en las calles de su diócesis.

4. Estilo literario impecable

La biografía se lee casi como una novela existencial. Brown posee una prosa elegante, evocadora y profundamente literaria. Logra algo dificilísimo: que debates teológicos abstractos sobre la gracia, el libre albedrío o el pecado original resulten dramáticos y comprensibles, porque los liga a las angustias y experiencias vitales del propio Agustín.

El matiz de la edición revisada (2000)

Es justo señalar que, en el año 2000, Brown publicó una nueva edición con un epílogo sustancioso. En los años 90 se habían descubierto nuevas cartas de Agustín (las epístolas Divjak) y nuevos sermones (los ya mencionados sermones Dolbeau). Brown, con una honestidad intelectual admirable, utilizó el epílogo para matizar su propia obra, reconociendo que el Agustín anciano que revelaban los nuevos textos era un pastor mucho más cercano, compasivo y preocupado por la vida cotidiana de sus fieles de lo que él mismo había retratado en 1967.

Conclusión: Agustín de Hipona de Peter Brown sigue siendo, casi sesenta años después de su publicación, la biografía definitiva. Es un monumento historiográfico porque consigue el equilibrio perfecto: no juzga a Agustín con los ojos del siglo XXI, pero tampoco lo reduce a un frío dogma del siglo V. Nos entrega a un ser humano de una complejidad sobrecogedora.

 

582-Brown, Peter, AGUSTÍN DE HIPONA. UNA BIOGRAFÍA

  AVISO A LOS LECTORES


Saludos: hago una prueba. 

Hace unos días empecé a usar la IA. Ya hablaré de esto. 

Hoy, se me ocurre que incluiré mi comentario en el blog en contraste con que la IA me ha servido. Ustedes pueden leer uno y otro y observar las semejanzas y las diferencias. Lo principal, para mí, es que lógicamente la IA no hace autorreferencias a sí propia, mientras, en mi comentario, Alcalá habla de sí, de sus impresiones, limitaciones, sensaciones, opiniones, juicios...

Si le apetece lea una y otra y como con el detergente Colón: "Busque, compare y si encuentra algo mejor, cómprelo".

Gracias por su atención. Con afecto,


 * * *




Libro largo y denso. Reconozco que me echan para atrás estas obras tan extensas, sean ensayos, biografías…, pero las biografías notorias suelen ser extensas. Las novelas de muchas páginas extensas son más llevaderas, pero tampoco son de mi agrado, como las series con muchas temporadas y muchos capítulos en cada una; me siento obligado, atado, y eso me desagrada.

Me enrolé en la lectura de esta obra, regalo de un amigo. Me atrajeron los comentarios que sobre ella leí y me lancé. Cierto que poco precavido porque uno no siempre sabe a qué se expone y qué hallará en estas travesías. Poco a poco comprendí que me faltaban conocimientos detallados sobre lo que se ha de entender del paso del Mundo a la Edad Media. Es ahí donde nos encontramos con san Agustín y los problemas con que confronta.

Pienso si no hubiera sido mejor empezar a leer, primero, el epílogo y después, haberme ido a la introducción. El epílogo muy largo es muy clarificador y no empece para leer la obra con posterioridad. Es quizá una ocurrencia por si a alguien le sirve.

En principio Brown va siguiendo las Confesiones de quien será obispo de Hipona. Recordaba algo de mi lectura de la obra hace muchísimos años. Ciertamente ese algo es y era vago (ese es uno de los problemas capitales de leer obras a destiempo: la precipitación es innecesaria y dañina y más a quien como yo no soy capaz de releer casi por norma).

El libro es una biografía inspirada no tanto en el mundo histórico “exterior”, que llama Brown, como en el “interior”. En España con más justeza, y con conceptos unamunianos, podríamos hablar de la complementariedad de la historia oficial, visible y tangible, y de la intrahistoria. Es por esta por la que opta Brown para contar la vida, obra y entorno de san Agustín. Más concretamente, según confiesa, intentó en su primera edición de los años sesenta del pasado siglo contar la historia desde la perspectiva agustiniana, partiendo de lo escrito por este en sus obras de todo tipo: teológicas, cartas, textos legales, sermones… Hacerlo así le permitía a Brown mostrar la evolución del joven Agustín al Agustín obispo de la vejez. No había, comenta él, saltos incongruentes, sino un movimiento continuo de cambio que matizaba el pensamiento joven con su pensar maduro.

Se hizo y ahormó Agustín en sus peleas contra los maniqueos a quienes él mismo perteneció. Contra los donatistas en el norte de África. Tras estos, contra Pelagio y los suyos. Después se enfrentaría con un no menos duro contrincante: Juliano de Eclana; y debatió en la distancia con encarnizada elegancia con las ideas de Jerónimo.

Va Agustín cambiando el sentido de su vivir ordinario en función de las demandas que de la realidad recibe. Los deseos de sus amigos para que examine, estudie y escriba, atienda sobre asuntos concretos que lo paran, lo frenan, lo desvían…, lo desazonan. Incapaz de negarse a las peticiones que recibe.

Aprendo detalles de la vida de san Agustín y de su doctrina que me ayudan en mi vivencia cotidiana. Aprendo de aquellos momentos históricos que nunca estudié desde esta perspectiva (¿qué he estudiado en realidad?). También es cierto que recuerdo algo que olvidé: fue Agustín el gran descubridor del “yo” y pone en planta la concepción moderna de voluntad.

Se habla en este libro de “lectores” y me pregunto ¿qué lectores? Porque no debían ser muchos quienes pudieran leer y menos aún en latín o griego (san Agustín no lo hacía en este) y, por tanto, cuando se habla de los lectores de Agustín debo suponer un grupo reducido de ellos que, además, podían adquirir un libro al precio que tenían y si no recuerdo mal se leía en voz alta hasta el siglo XII. Es cierto, sin embargo, que Agustín espera los barcos que le traen noticias y libros de todo el Mediterráneo y así está en una comunicación mucho más fluida y amplia de lo que hace tiempo se pensaba.

Peter Brown


Necesitaría yo tener un conocimiento más profundo del paso que arriba cité, de la edad Antigua a la Media, o un interlocutor, un maestro que me aclarase determinados detalles que nunca imaginé así y que dudo de mi comprensión y de la explicación o traducción de la obra de Brown. Cierto que en algunos momentos de la obra este entra en los detalles de la vida cotidiana, pero, digamos, que las explicaciones detalladas sobre ellos los elude porque los da por sabidos, lo que no es así en mi caso.

Escribía Tertuliano en su Apología contra los gentiles: "Nosotros somos de ayer, sin embargo, llenamos vuestras ciudades, islas, fuertes, pueblos, concejos, así como los campos, tribus, decurias, el palacio, el senado, el foro, solamente os hemos dejado vuestros templos”. Ahora, sin embargo, leyendo la vida de san Agustín comprendo que ese “somos de ayer” comportan siglos y tiempos con vivencias de una crudeza tremenda. El cristianismo no crece como quien pega fuego. Supone la entrega sin tasa de millones de personas y la gracia de Dios, sin la que no se comprendería la expansión de la predicación de Cristo.

Sin duda, el período de la vida de Agustín es un momento capital en la historia de occidente: el cristianismo, en las centurias finales del mundo antiguo, fue el cambio más significativo y singular del mismo. El cristianismo cambió la lealtad de los hombres al Imperio más profundamente, en sus corazones, de lo que este lo había logrado en siglos. El Imperio romano fue sustituido por el imperio de Dios.

Por lo que aprendo de san Agustín, este era consciente y valoraba su realidad como escritor: selecciona sus obras, las ordena en el tiempo, quiere que sean leídas cronológica y debidamente contextualizadas. En san Agustín no hay saltos inexplicables en su vida: todo discurre como el agua calma de un río en sus últimos tramos. Quizá la clave esté en una realidad que Brown expresa de manera concisa: “Tenía los ojos puestos en el presente”. Sus contemporáneos, sin embargo, no avanzan: se habían quedado anclados en el pasado.

A veces podemos pensar que es problema de otros, pero no es así. El presentismo era, y seguirá siendo, un obstáculo arduo de salvar en las clases de bachillerato, por lo menos (y no descarto de la universidad); también de quienes algo conocemos, pero no descendemos a los detalles de la historia y la cultura del momento. Los alumnos imaginan la sociedad del siglo XV, por ejemplo, como la actual, “pero hace mucho tiempo”. Me sorprenden afirmaciones como, insisto, “los lectores de Agustín”, “su fama y peso internacionales”, “su autoridad internacional”… Suponen un cambio en mi imagen de aquellos tiempos y de aquellas realidades vividas en el pasado remoto. Las desviaciones de la auténtica doctrina, las herejías, la ignorancia del pueblo (eso no parece haber cambiado mucho), los intereses humanos particulares (tampoco parece haber evolucionado el pecado en sus orígenes y características)

El debate con Juliano sobre el pecado original me ha resultado interesante, así como la continencia en el matrimonio, la imagen que uno y otro tenían de Dios y ambas con respecto a la que hoy tenemos (o yo tengo)

El largo epílogo de la obra me ayudó a comprender ciertas realidades. Me resultó interesantísimo. En Nuevas Direcciones, segundo capítulo de este epílogo, Brown facilita una ingente bibliografía que, según él, ensancha y amplía el conocimiento sobre cuanto rodeó a Agustín y a su vida y a su tiempo.

El descubrimiento y estudio de las cartas Divjak y los sermones Dolbeau serán un apoyo excepcional para estudiar la evolución de que hablaba arriba, entre el joven sacerdote y el viejo obispo. Hay cambio, sí: no podría ser de otro modo, pero sus formas han variado, aporta una visión distinta, experimentada, comprensiva.

“Próspero siempre tuvo cuidado de señalar que «los elegidos reciben la gracia no para que permanezcan ociosos […] sino para capacitarlos para obrar bien». Esta resuelta máxima es uno de los mejores resúmenes del legado de Agustín a la construcción de la Europa del Alto Medievo”. Me mueve como ejemplo la desmedida heroicidad en su entrega sin tasa en todo aquello que concierne a las almas en peligro. Podía estar ocupadísimo, pero nunca se negaba a atender y servir a las almas.

Desengraso con una novela de Marsé y me zambullo en otra larga obra del mismo autor, El primer milenio de la cristiandad occidental, que quizá debí leer previamente (cuando la vaya leyendo lo sabré, pero esto tiene el riesgo de leer sin maestro que muestre el camino). Este lo podría completar con otra obra que en casa está, que no he leído, y que aportaría posiblemente mucha información de la que sostengo que carezco: Historia de la Iglesia católica. I: Edad Antigua: la Iglesia en el mundo grecorromano, ¡¡que busco y no hallo catalogada en mis archivos!! (la buscaré en la biblioteca de casa; lástima de los años aquellos en que sabía perfectamente los libros que tenía o no y dónde estaban…).

El largo camino recorrido de la mano de Brown por la vida de san Agustín, el esfuerzo hecho… me mereció sobradamente la pena. Tolle, lege.


17 de junio de 2026

IN MEMORIAM: Josemaría Carazo Abolafia descansa en paz

 

IN MEMORIAM: Josemaría Carazo Abolafia descansa en paz

 

Perdí la cuenta. Hace mucho tiempo que dejé de saber con exactitud cuántos antiguos alumnos, o alumnos que lo eran, he enterrado. Ciertamente va contra casi toda experiencia que mueran antes los jóvenes que los viejos y me mueve a enfado y rebelión contra Dios… ¿Cómo es posible? ¿Por qué lo has permitido?, me pregunto. Cierto: “¿Qué tienes que no hayas recibido?”, me digo.

Recuerdo cómo se fue haciendo verdad la profecía del psiquiatra vienés Viktor E. Frankl. Este afirmaba que, frente a las muertes por accidentes con vehículo a motor, primera causa en USA, a no mucho tardar se impondrían las muertes por suicidio. Así es. Así han sido las muertes de algunos de estos mis queridos antiguos alumnos. Los hubo por enfermedades incurables: ahora mismo recuerdo a un chaval de 3º de BUP que murió por leucemia. Los primeros casos me desgarraban y fueron por accidentes con motos o coches: jóvenes, cargados de futuro e ilusiones que se los llevo la trampa de la imprudencia o el simple accidente imponderable. Luego aparecieron los suicidios (iba a escribir autolisis, pero no me da la gana quitar hierro al hecho).

Me dejaron helado los suicidios para los que no tenía respuesta. Todos ya eran exalumnos. Alguno muy joven, apenas un adolescente. Siempre cargué en mi impedimenta no haber estado más disponible, si cupiese. No llegué a tiempo, ¡porque no me lo otorgaron!, dos de ellos: fue imposible. Es duro. Ahora en la distancia…

Falso es que el tiempo ayude al olvido. El paso del tiempo secunda el aprendizaje a convivir con el horror de la pérdida de una vida joven, pero la pérdida es imborrable.

Falso también que sea antinatural que los padres entierren a los hijos. La mortalidad infantil hasta hace cuatro días era terrible: en el parto o a edades tempranas. ¡Cuántas de nuestras familias no enterraron en el primer tercio del siglo XX a alguno de sus vástagos! Se producía en las familias reales, acaudaladas o pobres, en estas con más frecuencia y sentido. Escasa limpieza y carencia de medios eran los artífices de tanta pérdida.

El sábado día 13 de junio amanecí con la felicidad de quien sabe que es su santo. Me encomendé a san Antonio de Padua. Recibía felicitaciones a mansalva. Agradecía el detalle y felicitaba a mis tocayos amigos. El sábado poco antes de las seis de la tarde, me llegó la fatídica noticia de la muerte de otro exalumno, ya profesor en Sevilla. Recibí la noticia en la otra punta de España. Me la daba otro exalumno de su promoción. ¡Un nuevo horror!

Josemaría Carazo Abolafia se llamaba, y lo llamamos. Accidente de coche. Ignoro y no me importan los detalles. Di clases a sus hermanos mayores; le di clase a él. Todos rubillos de mofletes rosados y gruesos. Sonrientes. Amables. Alguno de ellos muy tímido. Con uno de ellos hablé hace unas semanas: todo bien, en la brecha seguimos. Han perdido a su padre no ha mucho: excelente persona, Gregorio Carazo, sonriente, amable, simpático. La familia, como no podía ser menos entre gente excelente, aceptaba la muerte del progenitor con las lamentaciones serenas y propias del suceso. Todo en orden.

Falso que las personas mejoren de improviso al morir. Lo he dejado ya escrito muchas veces. Uno muere tan canalla como lo era dos minutos antes de producirse el óbito… ¡o tan excelente como lo era en ese momento también!

Hacía mucho tiempo que no hablaba con Josemaría. Lo había visto en no recuerdo qué evento y nos saludamos sin darnos tiempo para más. Como su padre, era simpático y sonriente. Me entero lo ignoraba que estaba haciendo su tesis doctoral. Que daba clase en formación profesional, extremo que también desconocía. Sí, llevaba mucho tiempo sin saber detalles de su vida, aunque cuando le pregunté a su hermano me respondió que “todo va bien” y todo lo iba hasta el sábado 13 de junio…

Sí, sí que me rebelé de palabra contra Dios que es mi Padre. No lo entendí y es posible que no tenga por qué hacerlo, pero me rebelé. Siempre lo hago cuando recibo una noticia así. Cuando me sereno sé que Dios hace concurrir todo en favor de aquellos que lo aman, según san Pablo. Siempre que pido a Dios por algo lo hago con un genérico “Te pido por este asunto y que sea lo mejor; lo que Tú quieras”: no hay fallo ahí y tantas veces repito el «Hágase, cúmplase, sea alabada y eternamente ensalzada la justísima y amabilísima Voluntad de Dios, sobre todas las cosas. Amén. Amén.», que aprendí en Camino, el libro de san Josemaría Escrivá, por quien Josemaría Carazo llevaba ese nombre que así escribía. Me inunda entonces la serenidad de que Dios ha hecho lo mejor para Josemaría, para él y para todos nosotros. Todos cuanto lo conocíamos nos beneficiamos, como sea, de esta muerte en apariencia tan incomprensible.

Dios no es un furtivo que mata a las piezas a traición. Dios, el Padre amoroso, es el jardinero amable que corta la flor en su momento de mayor esplendor. ¿Comprensible? Ya he dicho que no para mí. Asumo aquiescente la voluntad de Dios no porque no me quede más salida muchas veces no hay más, sino porque tengo la convicción de que eso que los hombres denominamos malo… es lo mejor, insisto: ¡aunque no lo entiendo! Me consta que Dios lo sabe todo.

Te has llevado, Señor, a Josemaría, como antes y después te llevarás a tantos, nos llevarás a todos, y solo reitero como rezamos a diario en el Padrenuestro: fiat voluntad tuas. Amén. Amén.

16 de junio de 2026

582 ¿Por qué y cómo te “coge” un libro?

  

Bestsellers en 2019

Es ensayar un intento de salto sin red en busca de una verdad. Si no se halla, nada pasa porque no se juega el ensayista la vida como lo hacen los trapecistas fetén.

Hace mucho tiempo que tenía anotada una pregunta que, supongo, saldría al hilo de alguna conversación o lectura ¿hay alguna diferencia entre una y otra?. Desde niño, me recordaban, fui muy preguntón: se ve que nada de lo humano me era ajeno, ¡ni de lo divino! (por eso mismo sé el motivo por el que el sacerdote en el ofertorio de la misa echa unas gotas de agua al vino, por ejemplo).

La pregunta: ¿Por qué y cómo te “coge” un libro? Hay libros que desde el primer momento te atrapan y no puedes dejar de leerlos o bien te producen un rechazo casi inmediato que te animan a abandonar su lectura (yo no lo hago por norma; procuro la selección previa) o bien, esto es más raro, el libro te va atrapando a medida que avanzas en la lectura; que concluyas satisfecho es más común.

Escribí una entrada en este blog, que no sé cómo encontrar, donde comentaba la idea de una señora, cuyo nombre olvidé, que decía que ella, si iniciaba la lectura de un libro, quiero recordar, que a la mitad de páginas que de años ella tenía y no la había atrapado, lo dejaba. Muy bien, pero ¿en qué y cómo te atrapa un libro?

Considero que hay momentos y lugares, espacios y tiempos, en los que un libro te agrada sobremanera y no lo puedes dejar. Depende de esas realidades el momento en que se inicia la lectura, en dónde y cómo se encuentra el lector. Recuerdo mi primer intento para leer la Antropología metafísica de Marías: leí la contraportada, algo de la introducción y… lo dejé antes de quemarme las manos: recuerdo dónde ocurrió, aunque no recuerdo el año. Después, en otro momento y lugar, el libro me retuvo sin paliativos y lo leí con verdadero gusto y ansia. ¿Por qué? En este caso considero que mi primer intento fallido se debió a mi incapacidad e insuficientes conocimientos filosóficos y en particular del pensamiento de Marías.

Bestsellers en 2025


Hay libros que de entrada rechazo irracionalmente. Son esos libracos que veo a veces leer en las playas, que miro y no toco en las librerías, libros que sobrepasan las mil páginas: son esos que llaman best-sellers o superventas. No recelo del todo de este calificativo, pero creo que es una exposición arriesgada esa lectura. Hago cálculo de los libros clásicos (lee lo que se queda de pie) que podría leer mientras invierto el tiempo en leer esa obra tan extensa que está pensada, facturada, para un sector de lectores dignísimos entre quienes no me encuentro y me freno. No es que yo sea raro, como mi padre y mi cuñado defienden, sino que sencillamente soy una edición limitada muy original, ¡a ver!: cada uno carga con lo suyo.

Aún ni me acerqué a dar respuesta a la comprometida pregunta: ¿Por qué y cómo te “coge” un libro?

Creo que los superventas sujetan a un perfil determinado de lectores tal y como lo hacen las series éxito de las plataformas, las telenovelas o los antiguos seriales radiofónicos, las folletones del siglo XIX. Existen depuradas técnicas para llevar a cabo semejantes procesos, tanto en lo formal como en los contenidos. Me dicen que incluso en las series se hacen encuestas entre los ya seguidores y se piden opiniones sobre qué hacer o dejar de hacer con determinada situación de la trama, qué destino dar a tal o cual personaje. Entiendo que, en el medio que sea, la complejidad formal y temática y argumental conviene desterrarlas; los pensamientos alambicados desecharlos; atemperar la belleza sostenida de imágenes o texto descriptivo; buscar la sencillez en los contenidos y en todo lo formal; promover argumentos y variables que den pie a la proyección y la aventura imaginativa de los lectores o seguidores de seriales: darles los datos y detalles suficientes para que se hagan una composición de lugar y se sientan retados; convendrá tratar temas próximos o inherentes a lo humano: la vida en rama en sus variadas facetas, salpimentadas con el amor y sus fiascos, el dinero y la codicia, el afán de poder y éxito, sus dudas, sus rechazos y traiciones, sus enconados ángulos, la limitación humana en los pecados capitales que no se deben presentar descarnados, sino trenzados de matices suaves, dubitativos e inquisitivos, color pastel.

Lo antedicho inmediatamente es razonable. Me parece sensato, pero esto lo hallará el lector una vez iniciada la lectura, mas ¿y desde el primer momento como me pregunto? Alguna vez lo escribí. Si usted ve el inicio de casi cualquier película de Spielberg, puede descubrir el secreto. Esas imágenes, esas páginas abren súbitamente un espectáculo de posibilidades sugerentes, atractivas, estimulantes, insinuadoras… que estimulan esa curiosidad que algunos teníamos y tenemos desde niños: ¿Y ahora nos preguntamos qué hallaremos a la vuelta de esta página? ¿Qué habrá detrás de esto que veo en estas escenas? ¿Qué pasará en el próximo capítulo? Se siembra ese deseo por desentrañar qué sucede, cómo continúa y cómo acaba, si es posible. Los libros de final abierto (o las pelis) dejan un extraño regusto en el lector y el espectador… El final feliz también deja la desazón que invita a querer saber más y más de aquella chica o de este destierro imposible cebado en el desamor… ¿Encontraría otro chico u otra patria lo suficientemente atractiva a su corazón…? Y se cierra el libro entre conjeturas, hipótesis, dudas, deseos o se pone uno el abrigo en la sala de cine en silencio y cavilando. Uno piensa que quizá habrá una segunda parte una continuidad que será esperada con anhelo.

Algo de todo esto considero que es la respuesta a esta pregunta: ¿Por qué y cómo te “coge” un libro?

Invito a que ustedes opinen y se atrevan a enviarme una entrada, más o menos larga, y la publicaré en el blog. Muchos de ustedes son lectores muy avezados y capaces… Ahí lo dejo.

Sé valiente, no temas... Escríbame algo al respecto...


10 de junio de 2026

579- EDUCAR LAS VIRTUDES, MOSTRAR LOS VALORES: la compleja ruta de los mejores (III y final)

 

Don Camilo y Sánchez Dragó

El programa de tertulia de sobremesa más recordado de Jesús Hermida fue "A mi manera". Lo emitió Televisión Española a finales de los ochenta. Lo interesante del programa eran, lógicamente, los contertulios y los enfoques que le daban a los temas. Una de aquellas tardes, coincidieron en el café Sánchez Dragó y Camilo José Cela. Con su habitual retórica corporal, gestual y vocal, Hermida le hizo una pregunta a Dragó de lo que fuera y este se largó por los cerros de Manchuria con el yin y el yang y las cañas de bambú. Habló con mucha velocidad, mezclando lo divino con lo mitológico y las almorranas con los maitines. Don Camilo andaba a lo suyo: “Darme una pechá de café”, que decía él mismo sin rubor. Dragó cortó su vehemente soflama de pronto y, de canto, le colocó Hermida una pregunta a Cela. “Y usted qué opina, don Camilo, de lo que ha dicho Fernando”. Cela miró por encima de la taza a Drago y contestó:

          Yo qué coño sé qué ha dicho este tío.

Algo así parece que ha sucedido con mi anterior entrada. Complicada en las formas, complicada en el contenido… Creo que es más fácil decir que no debí estar acertado; ya perdonarán. A ver… Todas las tardes no se puede salir por la puerta grande.

* * *

“En vista de ello, poned todo empeño en añadir a vuestra fe la virtud, a la virtud el conocimiento, al conocimiento la templanza, a la templanza la paciencia, a la paciencia la piedad, a la piedad el cariño fraterno, y al cariño fraterno el amor”.

Segunda carta del apóstol san Pedro

Confieso que he mejorado con el paso de los años… ¡solo en algunos aspectos! El cambio en la persona es imposible. Se puede mejorar, ya digo, con mucho esfuerzo, luchando por adquirir virtudes, abundando en la vivencia de los valores elegidos, cultivando los conocimientos con el estudio y las lecturas. Todo ello tengo la convicción plena de que aumenta la humanidad, disminuye la bestialidad, atempera la animalidad y pule y mejora la civilidad. Estas mejoras ayudan a disfrutar de una vida más lograda y feliz, para mí… y para así entregarla a los demás: si soy feliz podré dar esa felicidad, ayudar a quienes no la logran… Da quien tiene, como la tristeza la dispersa quien la lleva por bandera, el mentiroso la mentira, la acritud el acre…

Tercera vez que redacto este texto tercero de esta serie de entradas. Lo intenté escribir todo en una sola: no pude, se hacía larga, farragosa, difícil. La tomé como borrador y la rehíce y la intenté proyectar a tres entradas. Cometí la imprudencia de no hacer un esquema que seguir y así repartir y equilibrar el contenido. La primera entrada gustó en general, por lo que me llegó. La segunda, por el mismo cauce, resultó compleja. La tercera, que ya la tenía enjaretada y lista para publicar… ¡no me gusta a mí! Antes, antes de mejorar servidor un poquito, no hubiera rehecho nada: lo habría publicado tal cual. Nunca me gustó volver sobre lo dado por finalizado. “No lo vuelvas a hacer”, me corrigió un escritor ya veterano cuando le dije que mi primer libro lo escribí en nueve días y cuando le puse el punto y final, no lo volví a leer: “No lo vuelvas a hacer”.

Retomo aquí. Estos días atrás comprobé que la IA me considera ensayista de textos filosóficos y teológicos de tendencia católica. ¡Qué de cosas aprende uno sobre sí en la IA!, tan lista ella. Cierto que soy católico, lo de ensayista…

Sin duda lo que vengo contando, desde mi perspectiva cristiana, con respecto a la precedencia de las virtudes y los valores en la educación escolar es evidente y esencial: el buey delante del carro. Nunca, en absoluto, debe olvidarse que el maestro, el profesor, el educador… está en un centro académico y, por tanto, la instrucción es capital, premisa primera (un centro de enseñanza que no da calidad en su instrucción puede cerrar porque no cumple su primer cometido).

Todo esto tiene un para qué. Lo he escrito en el primer párrafo: para que educandos y educadores alcancen, todos, una vida lograda. Vender el coche para comprar gasolina es ruinoso y, por tanto, poco inteligente. ¿Para qué tantos esfuerzos si no sabemos a dónde vamos y por qué?




Dicho esto, me coge el toro de la encíclica de León XIV, Magnífica humanitas, que me viene el pelo con lo que vengo contando. Aún no llegué al final de su lectura, pero ya me voy quedando con la copla.

Vivimos en un mundo que fue hecho bueno por Dios. Un mundo que hemos ido escacharrando los hombres con nuestros pecados (llámenlo como deseen). Ocurrió muchas veces: los hombres acometieron empresas que lanzaban grande piedras muy altas… ¡que les caían sobre sus cabezas! ¡Somos especialistas en ello! Habla el santo padre de Babel.



La torre de Babel


Frente a esas empresas hay otras en las que también, con más acierto, con la mirada en Dios y puesto el hombre delante, se han acometido empresas de éxito notable para la humanidad. Expone el Papa la muralla que Nehemías construye, ¡juntando a todos!, en Jerusalén.

Hace el Papa, como líder mundial, una llamada a lo Nehemías. Tiene el derecho y la obligación. Ojo, nos dice, nos estamos cargando este mundo que nos fue dado. Estamos degradando la vida del hombre sobre la tierra. Siendo todos, lo sepamos o no, hermanos por ser hijos de un mismo Padre, estamos repartiendo las posibilidades de alcanzar la felicidad y la vida lograda de forma injusta: esto arma las catapultas que lanzan piedras muy altas y que nos caen en la cabeza en forma de injusticias, hambrunas, guerras… A nivel mundial, ¡y a nivel familiar!, intrafamiliar diría yo. Las catapultas de la ambición de poder, de codicia, de soberbia, de mentira… nos están machacando. 


Sumando esfuerzo Nehemías rehizco la muralla de Jerusalén

Hace el Papa una llamada. Servidor, humildísimamente, se suma al santo padre. Con él tengo la convicción de que: “Cada generación recibe como herencia la tarea de dar forma a su propio tiempo: hacer madurar la historia como un lugar donde se proteja la dignidad de cada persona, se promueva la justicia y se haga posible la fraternidad. Pero en cada época se cierne el riesgo de construir un mundo inhumano y más injusto”.

Servidor aporta su granito de arena en aquella parcela que le compete y puede. Hagamos mejores a quienes están en procesos y momentos de especial formación: los alumnos en general. Démosles armas para enfrentarse a los problemas de mañana para que puedan aportar ellos también soluciones y abran puertas por donde entre la gracia de Dios y la felicidad posible a raudales, para todos. 

O sumamos como Nehemías o no haremos la muralla, no abriremos los portillos de oportunidad para que alcancemos un mundo mejor. Quien pueda aportar agua, que lo haga; quien pueda arrimar piedra, que no lo dude; quien pueda acercar cemento, formación, felicidad, entrega, sabiduría… ¡que ni lo dude!

Aviso para lectores en camino: las virtudes y este plan ascético de mejora personal que elige los valores más adecuados, se empeña en alcanzar la más y mejor cota de humanidad no es solo cristiana. Ya lo expliqué en algún congreso. Esta visión se halla ya de forma explícita en la Antigua Grecia. Recuerda, además, el Papa: «La Palabra de Dios ofrece criterios fiables para orientar los caminos de la justicia y abrir vías de reconciliación y paz entre los seres humanos. Cuando se trata de aplicar estos criterios a las complejas situaciones de nuestro tiempo, resulta esencial la contribución de la filosofía y de las ciencias humanas y sociales, que ayudan a comprender y analizar más a fondo las dinámicas culturales, económicas y políticas. San Juan Pablo II recordaba que la Iglesia acoge la aportación de las ciencias sociales ‘para sacar indicaciones concretas que le ayuden a desempeñar su misión de Magisterio’. El diálogo con esos conocimientos no resta fuerza al Evangelio; al contrario, permite identificar con mayor claridad lo que realmente promueve la vida de las personas y las comunidades».

Creo que así queda mejor cerrado el trío de entradas que empezaron explicando de la naturaleza de las virtudes y los valores, de… y que marcharon por su para qué hasta este final.

Espero haber ayudado… Si no lo hice, me disculpan: en esta ocasión no lo supe hacer mejor. VALE.