Ayer empecé a usar la IA. Como
no podía ser de otro modo, mi lazarillo en estos asuntos fue, una vez más,
Daniel Arias de Saavedra. ¡Qué maravilla! No obstante, me advirtió mi Virgilio:
Ojo que esto de la IA también miente. ¡La mar y los barcos! Hija del hombre,
también miente, ¿o se equivoca? ¿Hemos de dotarla de voluntad? Si no la tiene,
se equivoca; si la tiene de algún modo, podría mentir. Ya hablaré de quienes
están tras ella.
Escribo un comentario sobre Si
te dicen que caí, la novela de Marsé. Un comentario de los míos. En general
intuitivo, desordenado, azoriniano, me atrevería a afirmar. Me voy a la IA
dichosa y le pido que me haga ella el comentario, por comprobar qué diferencias
y semejanzas hallo entre una y otra. Nada que ver…
* * *
Como en las películas… Some time later, es decir, transcurrido ya un
tiempo, vuelvo sobre el par de párrafos con que incoé esta entrada.
Distingamos entre la curiositas
y la studiositas: ya lo he hecho aquí mucha veces. La primera es el
afán morboso por saber de realidades que ni nos van ni nos vienen, ese querer
averiguar de las vidas de los demás, por ejemplo, por entrometernos, por
cazoletear en sus quehaceres, sus vidas… Un modelo puede ser ¡eso que se llaman
los programas de las vísceras! La studiositas, sin embargo, es el
sano afán por aprender, por conocer… para mejor instalarnos en la realidad,
para ayudarnos con más tino a nosotros y a los demás.
Bien, pues la IA para este cometido,
que es el mío, para el que yo la uso es una tentación continua, por un lado, y
una ayuda impagable, por otro. Leo en estos días obras que tienen que ver con
el mundo antiguo y no estoy familiarizado o, sencillamente, ignoro a qué se
refieren algunos precisos términos latinos que describen situaciones legales o
vitales muy concretas. ¿¡Qué haría de no tener la IA!? Tendría que recurrir a
amigos que me ayudaran a descifrar esas situaciones o sencillamente tendría que
acudir a textos que no tengo a mano o a dar esos conocimientos por perdidos, lo
que sería finalizar un puzle al que le faltan piezas, a lo mejor
pequeñas, pero que dejan incompleto el trabajo, imperfecto. ¡Qué fácil, sin
embargo, acudir a la IA y que esta te socorra ante la ignorancia!: ¿qué es la plérophoria?
Si tiene interés por saberlo búsquela en la IA y podrá aprenderlo.
El problema con que me tropiezo es que quienes
tenemos un afán incontenible por aprender… ¡estamos perdidos! Cada dos por tres:
nombres de personajes, de realidades, de situaciones históricas, de… nos salen
al paso y veo que o se pone coto al afán o el afán desbordado nos puede llevar
a donde no queremos. No avanzamos en el trabajo porque incluso asuntos menores
en los contextos por donde andamos nos atraen, nos solicitan… Me acuerdo de las
sirenas descritas que llamaban a Ulises (hace no mucho me hablaban de ellas en
la película reciente sobre la Odisea)… Escribo esto y me da la tentación
de averiguar quién es su director, etc. y me acuerdo de la cita del Eclesiástico:
“Hijo mío, no quieras abarcar muchos negocios”.
Mucho me temo que
la IA, como en su momento, en mi caso, Internet y cuanto una y otra ofrecen,
convierte la studiositas en curiositas porque me desvían del camino
que me había trazado, y si no es así poco le falta.
Una vez más se
necesita de un proyecto claro y firme y de una voluntad inquebrantable para no
andar desviándose del camino elegido y evitar así lo que es una tentación clara
contra la templanza... ¡Es lo que hay!
Bienvenida sea la
IA. A ver si avanzo en la lectura de la encíclica de León XIV donde el santo
Padre habla de ella y aprendo y medito más sobre esto, pero de momento… esto es lo que tengo… Muchas gracias a sus
servicios, PERO…