29 de septiembre de 2026

EL METABOLISTA Y LA ESCUELA

           

Eduardo Aponte, el metabolista

Ya perdonarán mis lectores…, pero ustedes conocen lo que decía el fraile y qué llevaba al hombro… (quien no lo sepa que pregunte).

Tengo dos gordólogos a cual mejor: un metabolista (no quiere ser nutricionista) y un endocrino.

Pues va mi metabolista y me cita en una de sus newsletter, que es lo que viene a ser un boletín informativo. Lo envía con empeño y tenacidad a todos sus pacientes y amigos que padecemos de sobra de kilos y las enfermedades anejas a ellos: azúcar, inflamación, hígado graso, triglicéridos, corazón ansioso, manteca en las venas, colesterol, amenaza de bomba y vida corta… ¡Los gordos como los ricos tenemos de too!

Se preocupa mi hombre, como tantos buenos médicos, de que aprendamos a comer como Dios nos mandó en nuestros genes y no como se empeñan las empresas de nutrición y las farmacéuticas que nos explotan como cochinos y nos estrujan la cartera como si fuéramos unos fregones…

Cita mi hombre como puede una frase originaria de Juan Ramón Jiménez al poeta que nadie lee, como todos, incluido Lorca: ¿quién lee poesía? La idea, la frase, la oración la popularizo curiosamente otro poeta más loco que Juan Ramón: Leopoldo María Panero. Los dos poetas, uno premio Nobel y otro «poeta maldito», y ninguno de los dos quemaba bien el gasoil… Vamos a la idea, que van cinco párrafos y estoy mareando la perdiz…

En mi recuerdo, no sé si es literal o no, pero decían ellos que “la escuela es una institución penal dedicada a asesinar nuestra infancia”. Idea que comparto con Juan Ramón, con Leopoldo María y con mi metabolista… y que enunciaba yo, todo solemne, el primer día de clase a mis atónitos alumnos…

Juan Ramón Jiménez

Leopoldo María Panero

          Quid pro quo… Corto y pego la newsletter de mi metabolista… 

Eduardo Agudo Aponte

27 sept 2026, 11:19 (hace 2 días)
para mí

Una lástima.

A todos nos gusta que nuestros hijos sean de tez dorada y pelo rubio, vello corporal aterciopelado y casi albino.


Eso ocurre con el sol en verano.


Se ponen preciosos, crecen.


Juegan al aire libre, respiran, miran al horizonte, duermen lo que quieren. Son libres. ¡Viven!


Llega el colegio. Ese corral, esa cárcel enmascarada con dibujos en las paredes y muñecos, pero que no deja de ser una cárcel.


Tengo un amigo que me lee, ya jubilado, de los mejores docentes que ha habido en la historia, escribe libros. También un blog (te dejo el enlace: https://antoniojosealcalavique.blogspot.com/2026/09/patientia.html) a quien alguna vez le he escuchado decir: "la escuela, esa máquina de destrozar la infancia" o algo así.


Yo digo: "la escuela, esa máquina de destrozar metabolismos".


Mis hijos pasan una semana en el cole, segunda semana de septiembre y salen con el moreno caído, ojeras grises, pero enratao, y los pelos de los brazos negros como cerdas de cepillo de limpiar cuadras.


Cansados, decaídos, desnutridos.


Son un simple reflejo de lo que nos pasa a los adultos. Pero como los adultos estamos hechos polvo siempre... se nos nota menos el florecer de la vida ociosa, porque nunca la tenemos, y se nos nota menos la decadencia del cuerpo cuando nos privan de la misma.


Pienso en ellos. En el colegio, duermen poco, comen mal, salen media hora a la luz del sol, encerrados todo el día en una silla de tabla, luz artificial, como gallinas en crianza intensiva, comen la m de comida que la legislación propone para los comedores escolares, los papas le ponen galletas o un bocadillo de pan bien refinado para el recreo. ¿Qué quieres? Demasiado que no salen mutados con 3 ojos como el pez de los Simpson.


Al menos, si no es el sol, la luz, el sueño, ¿qué hacer para mejorar la salud de la familia? Comer bien, comer como siempre digo, acorde al diseño humano original. Es lo que cuento en este libro que te recomiendo en este ENLACE.


Feliz domingo.


EAA
M

25 de septiembre de 2026

599- Havel, Vaclav, LA RESPONSABILIDAD COMO DESTINO

 


Según mis datos he leído cuatro libros de Vaclav Havel y la biografía que sobre él escribió Eda Kriseova, obra que recuerdo vagamente. Confundo partes de esta con algunos pasajes que el propio Havel contó sobre su vida y leí en artículos o en obras suyas más personales: en Cartas a Olga, por ejemplo. No leí ninguna obra teatral o poética suya.

Desde 2011 ya no está entre nosotros el dramaturgo, disidente a la fuerza, ensayista, poeta, el último presidente de Checoslovaquia y el primero de Chequia, cuando los dos países se separaron…

Releo La responsabilidad como destino a la sombra del libro que deseo escribir sobre la responsabilidad. De sus libros el que más me impresionó y gustó fue el primero que leí: El poder de los sin poder (descubro que hice un comentario a esta obra en este blog). De hecho, a mi otro blog lo llamé tal cual: El poder de los sin poder.








15 de septiembre de 2026

Una Europa mejor y unida bajo la locura de Erasmo by Vaclav Havel

 



 

Hoy he invitado a publicar unas palabras en este blog a Vaclav Havel, el último expresidente de Checoslovaquia, y el primero de Chequia, autor teatral, ensayista, poeta y, muy a su pesar, disidente y expresidiario por haber conculcado la legislación de su nación, cuando esta se hallaba bajo el poder soviético.

Estas palabras suyas que aquí reproduzco las tomo de una alocución que pronunció con motivo de la recepción del Premio Erasmo que le fue otorgado en 1986.

Estas frescas y animantes palabras hay que situarlas en un mundo aún dividido en dos: el bloque soviético del este y el bloque occidental de la OTAN. Un mundo dividido y amenazante, donde “ellos” lo eran todo frente a “un hombre” inerme, débil e insignificante… al que Havel le pide que no ceda, que no renuncie a su condición de persona frente al totalitarismo sea del signo que sea.

Han transcurrido cuarenta años desde que esta alocución tuvo lugar hasta hoy… y sigue vigente y pujante el fresco empeño de un hombre que peleó responsablemente por la verdad, la libertad y la dignidad de los pueblos y las personas.

Tiene la entrada más de las 400 palabras que, según Pisa, desbordan la capacidad comprensiva de los estudiantes adolescentes españoles. No reproduzco esta parte del discurso para ellos, sino para la lectores formados de este blog, de este charlie cualquiera.

 

* * *

 

En muchas partes, desde los Gobiernos hasta varios movimientos sociales inconformes, oímos con cada vez mayor frecuencia hablar sobre el ideal de Europa como un continente de colaboración amistosa entre naciones independientes e iguales en derechos, que irradiaría la paz al mundo, en vez de la amenaza de confrontación bélica entre las grandes potencias. Cualquiera que sea la medida de sinceridad con que se pinta dicha visión en determinados casos, es, sin lugar a dudas, una visión bella. Mas por ahora no ha dejado de ser sólo una visión. Europa ha sido dividida por una alta pared, cuyo símbolo materializado lo representa el muro de Berlín.  

¿Qué podemos hacer para que esta bella visión se haga realidad un día? ¿Qué podemos hacer para que todo el pueblo europeo goce plenamente de sus derechos y soberanía y no tenga que temer a sus vecinos? ¿Qué podemos hacer para que todos los países europeos puedan gozar de la democracia política y la justicia social y para que sepan ayudar a las regiones menos desarrolladas del mundo en la forma que corresponda realmente a sus posibilidades? ¿Qué podemos hacer para que todo europeo se sienta libre y seguro, para que goce de las garantías legales y para que pueda vivir con dignidad y con sentido? ¿Qué podemos hacer para que nuestros compatriotas jóvenes no tengan que pasar muchos años aprendiendo a matar a los hombres y para que los científicos europeos puedan dedicar su ingenio a la salvación de la naturaleza en vez de construir armas cada vez más refinadas?

Creo que cada uno de nosotros puede hacer dos cosas cuando menos. Y encuentro un hondo sentido en que las dos estén relacionadas libremente con el legado del gran europeo Erasmo de Rotterdam. 

La primera cosa: todos tenemos la posibilidad de repetir una y otra vez que queremos lo que queremos; todos podemos, a pesar de todas las duras realidades políticas y a pesar de todas las limitaciones resultantes de la naturaleza humana y del estado espiritual moral y social de la civilización actual, articular en voz alta nuestros ideales y llevarlos activamente a la práctica; todos podemos sacrificar a dichos ideales mucho de nuestra dicha personal, si creemos un poco siquiera con el filósofo checo Jan Patočka que hay cosas por las que vale la pena sufrir, todos podemos aceptar el imperativo específico, lógico y al mismo tiempo un poco enigmático que afirma que el hombre debería portarse de la forma en que piensa que deberían portarse todos. Dicho sucintamente, cada uno de nosotros puede entender que incluso él –por más insignificante e impotente que sea– puede transformar al mundo. El misterio de ese imperativo estriba en la falta de credibilidad de la idea de que cualquiera de nosotros puede, como se dice, hacer mover el globo terrestre. Su lógica radica en que, si no opto yo, tú, él, nosotros, nosotros todos por ese camino, es verdad que no podrá moverse ni el mundo en que vivimos, que juntos creamos y del que somos responsables. Cada uno debe empezar por sí mismo; si esperáramos el uno al otro, ninguno llegaría a la meta. No es verdad que no sea posible: el poder sobre uno mismo, no importa cuán problemático sea en cada uno de nosotros conforme al carácter, al origen, al grado de educación y de toma de conciencia de sí mismo, es lo único que tiene hasta el más indefenso de todos, y a la vez lo único que no pueden quitamos a ninguno. Es posible que el que lo hace valer no alcance nada. Pero es seguro que no alcanzará nada el que no intente ni eso.

Erasmo escribió un libro admirable: Elogio de la locura. Es evidente que lo primero a recomendar en él fue el ánimo de estar loco. Un loco en el sentido más hermoso de la palabra. ¡Intentemos ser locos y demandar con toda seriedad el cambio de lo, supuestamente, incambiable! ¿No han decidido, por lo demás, honrar también esta vez a un loco? ¿Y no han honrado por su intermedio a decenas y cientos de otros locos quienes con su llamamiento solitario tendente a cambiar lo incambiable, no dudaban en correr el riesgo de años de cárcel y están dispuestos –¡cuán locamente!– a oponer al poder gigante de la burocracia y la policía estatal el pobre poder de su máquina de escribir? Estoy lejos de presentarme a mí o a mis amigos o a los disidentes de Europa Oriental como un ejemplo para otros. Sé cuán heroicamente se portaron, por ejemplo, los holandeses durante la II Guerra Mundial y no he creído jamás que haya más hombres valientes en Oriente que en Occidente. Muchos de Ustedes, estando en las mismas situaciones en que otros ya estuvieron y en que tenemos que estar muchos de nosotros, resistirían igual y posiblemente mejor. Si no lo supiera, no afirmaría lo que estoy diciendo ahora aquí. Si recomiendo la buena especie de locura justo aquí y justo ahora, lo hago por estar seguro de que los hombres de toda Europa son capaces de ella. Y que, sin la constitución gradual de una comunidad paneuropea de locos, ni nosotros ni vosotros podemos llevar a cabo algo.

De ese modo he pasado, de hecho, a la otra cuestión que, según creo, reside en cada uno de nosotros y que está igualmente relacionada con el legado de Erasmo. Erasmo es considerado con todo derecho como una gran –y posiblemente la última– personificación de la integridad europea. Vagaba por toda Europa, se dirigía a toda Europa, sufría de problemas de toda Europa y toda Europa le respetaba y le pedía consejo y ayuda. (Entre otras cosas: ¡la primera traducción de su libro más famoso del latín a otro idioma fue la checa!). Sentía la inminente escisión europea peor que la mayoría de sus contemporáneos. Intentaba –sin éxito– afrontar esa decisión de preservar y salvar la unidad del espíritu europeo, de la conciencia europea, de las tradiciones europeas. Con todo ello, dichos valores convergían en la idea de que lo que era humano en el máximo sentido de la palabra, era al mismo tiempo cristiano, y que por lo tanto las pretensiones de la humanidad, siendo observadas por todos, son capaces de superar los pleitos de otros pueblos, tanto confesionales, como nacionales o del poder. Soñaba incluso con una hermandad supranacional de los sabios. Jan Patoéka, quien fue reconocido asimismo por Ustedes muy valientemente al final de la trayectoria de su vida, al ser recibido como portavoz de la Carta 77 por su ministro de exteriores durante la visita a Praga, escribió en su tiempo sobre «la comunidad de los conmovidos». ¿No representa esta idea una variante actual de la lejana idea de Erasmo? ¿No representa la conmoción de esa comunidad realmente una fuente de ese buen género de locura? ¿No se trata, de hecho, una vez más de la comunidad europea de los locos?

Pero por qué me refiero ahora a todo esto: me parece que la hermosa visión de la Europa libre, pacífica y no dividida en bloques, no nos la aproximarán, ni pueden hacerlo, las deliberaciones de los Gobiernos o los presidentes, tanto en Helsinki, como en Ginebra, en Viena o en cualquier lugar, si sus participantes no gozan del apoyo de sus pueblos. Y más aún: si no fueran sometidos directamente a su presión. Dicho de un modo más sencillo, Europa tiene que porfiar para hacer efectiva esa visión en el duro mundo de hoy; los Gobiernos europeos por sí solos no pueden con semejante tarea, y esperar su cumplimiento exclusivamente a través de las grandes potencias sería renunciar a su sentido, que no significa ceder la causa a otros definitivamente, sino al contrario, tomarla por fin en las propias manos. Mas los europeos sólo pueden seguir porfiando en su visión sólo de tener para ello motivos realmente serios, o lo que es lo mismo, si los une y los motiva a todos conjuntamente algo que yo denominaría la conciencia europea. Es decir, una profunda sensación de la coexistencia. La honda sensación de la unidad, aunque fuera una unidad en la variedad. La íntima conciencia de la historia común milenaria y de las tradiciones espirituales, dadas por la actuación paralela del elemento Antigüedad y lo judeo-cristiano. El restaurado respeto hacia los principios espirituales de los que crecía todo lo bueno que Europa había creado. Europa está integrada, en su mayoría, por pueblos pequeños cuya historia espiritual y política se va entrelazando en miles de hilos de un solo tejido conjuntivo. Ninguna conciencia europea puede restituirse sin la conciencia y la vivencia de esa realidad, sin la nueva comprensión de su sentido y sin el orgullo frente a ella. Y sin su recuperación difícilmente esperaríamos cambios políticos esenciales con miras a una comunidad paneuropea de pueblos independientes. Una vez sabido que de la idea de Erasmo sobre la comunidad humanística de los cultos sale una línea de empalme invisible hacia «la comunidad de los conmovidos» de Patoéka, ¿no desemboca esa línea finalmente en el ideal de una reconstitución de la confianza europea en sí misma?

Entonces, la otra cosa que –ya ahora y en cualquier lugar– está en nuestro poder es una nueva comprensión de nuestra coexistencia europea. Soy un hombre bastante sobrio, pero a mis ojos no se les puede escapar el hecho de que los signos van surgiendo y van multiplicándose en el transcurso de los últimos años.

Un pequeño ejemplo solamente: miles de hombres inocentes de nuestro país fueron condenados a largos años de prisión en la década de los cincuenta y el Occidente ni se dio cuenta de ello, y menos aún, ni se preocupó por ello. A comienzos de los años setenta fueron detenidos en nuestro país decenas de presos políticos. El mundo ya conocía bien esa realidad y sin embargo no aparecieron muchas manifestaciones de solidaridad con ellos (en parte a causa de la trágicamente errónea comprensión de la política de la distensión en forma de un silencio obstinado ante la arbitrariedad de la otra parte). Siendo encarcelado yo y mis amigos a fines de los años setenta, casi un cántico de solidaridad se elevó en el mundo; estaré conmovido hasta el fin de mi vida, y agradecido por aquello. ¿No ha demostrado también este ejemplo que los europeos occidentales empiezan a darse cuenta con cada vez mayor urgencia de lo que los europeos orientales saben dolorosamente desde hace mucho tiempo: que existe también la otra parte de Europa? ¿No constituye esa creciente conciencia de la coexistencia solidaria una de las causas de la realidad esperanzadora de que hoy día les resulta un poco más difícil encarcelamos que en los años cincuenta?

Una manifestación de la naciente conciencia europea –por lo menos para mí personalmente– no la constituye la retórica anticomunista tradicionalmente ideológica y más o menos rutinaria de varios estadistas occidentales que, por lo general, sirve a la defensa de los mayores presupuestos militares. Difícilmente nos salvaría. Ahora se trata de otra cosa: la conciencia de la unidad de nuestros destinos, poco llamativos, cuanto menos ideológica tanto más profunda e íntima, expresada eficientemente cada día y arraigada lo más firmemente posible en las almas y los corazones de los pueblos. Y justo en este campo empiezo a percibir señales esperanzadoras. Parece que los de Europa Occidental empiecen a darse cuenta de que no pueden solucionar sus propios problemas sin solucionar los problemas de Europa Oriental. Como si empezaran a ser conscientes de que se perjudican a sí mismos cerrando los ojos ante el Este y tratando de convencerse de que todo lo que ocurre allí no tiene nada que ver con ellos. Como si entendieran con cada vez mayor fuerza cuán ambigua sería su suerte occidental si tuviese que ser pagada para siempre por la desgracia oriental, y que, indispensablemente, tarde o temprano también ésta se volvería a convertir en la desdicha. Y en la medida en que el paisaje de los países prósperos del Occidente va llenándose de misiles con ojivas nucleares, los hombres occidentales se formulan la pregunta sobre su sentido. Esta pregunta orienta necesariamente sus ojos hacia la otra parte de Europa, donde hay misiles similares y, además, grandes ejércitos convencionales. Y esa visión origina una nueva pregunta en ellos: ¿por qué sus vecinos orientales no están tan preocupados por esa realidad como ellos? ¿Es que creen realmente que sus misiles –a diferencia de los occidentales– son pacíficos? La nueva pregunta provoca un interés por las relaciones de Oriente, la situación de los derechos humanos en la otra parte de Europa, la situación en que toda protesta, por modesta que sea, contra un misil es castigada brutalmente y cualquier interés por los asuntos generales es ahogado en sí desde su principio. El círculo paradójico se va cerrando: gracias a los misiles que se van desplazando en Occidente, miles de europeos de Occidente comienzan a darse cuenta de los problemas de la felicidad de consumo; rescatados de la indiferencia hacia el destino del hombre que habita a tan sólo varios cientos de kilómetros al Este, comienzan a interesarse por él, empiezan a percibirlo como su hermano, a saber, como aquel cuyo destino está existencialmente vinculado a su destino. Esto es, una vez más va naciendo la conciencia europea. Es triste que méritos para su renacimiento los tengan –entre otras cosas– objetos tan horrendos como las armas actuales. Pero es bueno que esa conciencia vaya naciendo. 

Nuestro destino es realmente indivisible; cuanto mayor es el número de armas modernas que nos sitian, tanto más evidente es su indivisibilidad; nuestras respectivas libertades son cada vez más evidentemente las libertades de todos; la amenaza de unos significa siempre la amenaza de los otros; la automoción horripilante del poder moderno que pronuncia sin cesar discursos sobre la paz y sin cesar se prepara para la guerra, nos arrastra a todos conjuntamente al mismo abismo; el ataque contra la dignidad y los derechos humanos, según fueron creados por las tradiciones europeas y codificados por primera vez en América, va dirigido –por quienquiera y dondequiera que sea llevado a cabo– contra todos. 

Pongamos fin –todos nosotros y en común– a la locura destructiva del mundo situando en su camino otra locura mejor; es decir, la locura de nuestra visión de una comunidad paneuropea de paz, la locura de nuestra conciencia europea. 

Me atreveré a decir finalmente, que una de las pruebas de mi afirmación sobre el espíritu europeo que se está renovando la constituye también este día, en que un pequeño país de Europa Occidental, cuatrocientos cincuenta años después de la muerte del gran europeo que había dado al mundo, concede por primera vez su máximo premio de cultura a un hombre que vive en un pequeño país de Europa Oriental. Estoy convencido de que los holandeses han demostrado hoy, adjudicando el Premio Erasmo precisamente a un checo, que para ellos existe –al igual que para ese checo– una sola Europa, una Europa dividida políticamente, pero sin embargo no dividida en realidad ni espiritualmente. 

Gracias por su atención.  

Marzo 1986.


10 de septiembre de 2026

PATIENTIA

 



Nunca me ocurrió personalmente. Sé de escritores que lo han contado como experiencias propias y ajenas (Delibes de Gironella). Tuvieron que dejar de escribir la obra en que trabajaban porque se les vino el aparejo a la barriga y no encontraban el modo de continuar. Les vino la seca.

Marías, más filosófico él, decía que varias veces le ocurrió y pensó, decía, con acierto, que no era el momento propicio porque él, el autor, no estaba a la altura del texto que deseaba escribir. Pasó el tiempo, cambió el aire, maduraron las brevas en las higueras, vinieron otras alturas del tiempo y, entiendo, acabó lo que pretendía; se colorearon los cerezos. Esto le ocurrió, si no me falla la memoria, con su Antropología metafísica.

Conté que tenía esa misma experiencia y las mismas sensaciones que esos autores, pero como lector. Libros que, en un momento dado, no fui capaz de leer porque se me caían de las manos y que luego, pasado el tiempo, leí con entusiasmo. Es lo que hay y, a lo peor, no todo es claramente explicable, razonable.

Sea como fuere, dejo, de momento, de escribir mi libro sobre la educación en la responsabilidad porque, por primera vez en mi vida, me ha ocurrido eso. No puedo, no soy capaz de seguir escribiéndolo con solvencia. No me gusta cómo caza la perrilla. Me da la impresión de que el texto se arrastra con dificultad por la pantalla, se adensa y se extravía.

De ordinario no me cuesta generar texto. Me siento ante el folio, antes; delante del ordenador desde hace décadas, y escribo con continuidad, aunque tenga que consultar algunos extremos, algún dato, algún detalle. Digamos que los textos fluyen fácil.

Me senté a escribir el libro sobre la responsabilidad y cómo educarla. Tenía mi índice en esqueleto. También había ido rellenando los distintos epígrafes, subepígrafes o subtítulos, etc. con contenidos que consideré pertinentes para cada uno. Había leído de sobra, creí, y creo, sobre los distintos extremos de la materia. Había pensado lo necesario…; y me puse a generar texto. De una tacada y en menos de una semana ya tenía más de cincuenta páginas escritas, unas más solventes que otras, pero ahí estaban. Sobraban, como siempre, algunas aristas, ciertos circunloquios, algunas bromas que se me escurren entre los dedos, etc. Los fui puliendo, pero no iba mal. De pronto me quedé atenazado porque pensé que estaba empezando la manga por el pernil y que así no iba el lector a comprender cabalmente lo que le deseaba comunicar… Parada y fonda de urgencia y cambio de orden expositivo general en la obra. Seguí generando texto a buen ritmo, pero ya no sabía qué había dicho y en qué epígrafe y que no… El libro no discurría ni fácil ni natural por mi mente. Mal. Como don Quijote, mi pariente, pasé a escribir de turbio en turbio que no de claro en claro… Se sufre. He preferido parar.

Acometí la redacción de este libro abrumado por la sobreinformación de que disponía –me recordó a cuando empecé a redactar la tesis doctoral–. El momento, ahora como en aquel entonces, no era el idóneo por el cansancio acumulado y la circunstancia. Y reconozco que quizá no tenía suficientemente maduro el texto en mi cabeza.

Siempre, hasta ahora, cuando he escrito, fuera novela o ensayo, antes de ponerme a redactar he tenido en mi cabeza a los personajes: los conocía, digamos; los espacios donde se moverían y vivirían: me eran familiares; las ideas se concatenaban en mi cabeza en secuencias ordenadas… ¡y en esta ocasión no era así!

Un retraso no hace daño a nadie. Incluso si no llego a escribir ese libro no padecerá la humanidad por ello… Recojo todos mis desordenados recortes y cachivaches –“Ocupas más roal que un circo”, me decía mi padre cuando me ponía a trabajar con mis libros–.

Como no me faltan libros que leer… con ellos me pongo. Ya daré noticias por aquí de ellos. PATIENTIA

 


25 de agosto de 2026

Ingarden, Roman, SOBRE LA RESPONSABILIDAD. SUS ELEMENTOS ÓNTICOS

 


Correos en España no funciona. Esa empresa para mí tan imprescindible en los 80 y 90 del siglo pasado, que funcionaba como un reloj, es hoy un andrajo, un pingajo.

¿A qué viene esto aquí? Me explico. Pido esta obra por correo que su editor Guillermo Escolar me sirve con pulcritud. Me envía un ejemplar que no llega; me envía un segundo ejemplar que también se atasca, se pierde, tampoco llega; me envía un tercer ejemplar por correo certificado y, esta vez sí, por fin llega. Me ocupo y preocupo de los dos ejemplares perdidos y no hallados. Me explican en correos, “con vergüenza”, que “Cartería de Correos en Jaén está atascada”, atrancada, inmóvil… que se amontonan miles de envíos que duermen el sueño estival de la injusticia, la inepcia y la torpeza de los incapaces. “Son los de arriba”, me dicen.

De bien nacidos es ser agradecidos y así lo soy al editor de esta obra por su responsabilidad, su diligencia y por su buen hacer. Muchas gracias.

A Correos ese cuerpo inerte que alguien ha dotado de incapacidad… a la vuelta del mes lo espero…

* * *

Ando a vueltas con qué sea la responsabilidad. Mi intención y proyecto es escribir un libro qué muestre qué y cómo educarla, si es posible. De esta intención y proyecto nace la lectura de esta obra que me ha llevado mucho más lejos y a más profundidad de lo que yo hubiera necesitado, pero no me parece mal que, en la medida de lo posible, aquello que uno desea mostrar a otro, se conozca lo más y mejor posible.

Todo libro que se escribe, todo artículo, es un peldaño más o menos grande y significativo en el aprendizaje de su autor. En este caso, internarme en esta realidad comporta lo que Wernher von Braun defendía: La investigación básica se produce cuando hago lo que no sé qué hago. Lo que quiere decir, por un lado, que, de salida, busco el conocimiento por el conocimiento: saber, aprender, tras investigar, pensar… me apasiona. También, por otro, toda investigación básica comporta ignorar de antemano si lo que busco tendrá una aplicación práctica útil, ni cuál será esa aplicación; en ella quien investiga se ve obligado a ser riguroso y leal consigo mismo en el método que sigue y estar abierto a la intuición. Todo ello, sin ponerme altisonante ni exageradamente trascendente, concluyo con esta idea: para mí, esta investigación básica es un acto de exploración radical. Si la técnica aplica lo que ya dominamos para resolver problemas del presente, en la investigación básica se arriesga andar por lo desconocido, abriendo puertas que ni siquiera sabíamos que existían y a ver qué pasa. En los inicios estoy.



Nunca había leído nada de Roman Ingarden. Lo conocía de leídas en escritos sobre Edith Stein, discípula predilecta y asistente de Edmund Husserl, judía de origen y santa declarada por la Iglesia católica: santa Teresa Benedicta de la Cruz, porque esos caminos que se recorren casi a ciegas terminan, no siempre, pero sí muchas veces, en la verdad que conduce al Bien.

Solo con mirar el índice de esta obra de Ingarden se comprende el camino y el método que sigue para mostrarnos qué es la responsabilidad desde esa perspectiva ontológica, que será la que nos demuestre a las claras si es o no posible dicha realidad en la vida del hombre y qué condiciones han de darse para que lo sea.

Parte el autor polaco desde una afirmación rotunda: la responsabilidad se ha tratado como un problema particular de la ética sin haber entrado en su entidad ontológica. Se ha dado por supuesto su realidad sin haber investigado su ser, su existencia y qué propiedades tiene, de lo que se ocupa Ingarden en este libro. Insisto abundan él en aspectos de la responsabilidad que a mí, dado el caso, me interesaban tangencialmente, digamos. De interés también es cuanto he leído en este librito.

Podemos hablar de tantas realidades con la alegría que conduce al equívoco. Pronto Ingarden nos sitúa ante realidades que se deben meditar, previas, digamos a la conversación sobre la responsabilidad.  Puede ocurrir que uno tenga la responsabilidad de algo o, dicho de otro modo, es responsable de algo; que uno asuma la responsabilidad de ese algo; puede que uno sea hecho responsable de algo; e incluso es posible que uno sencillamente obre responsablemente (y cargue con ella, dice Nicolai Hartmann). Antes de abrir el asunto conviene ver por dónde hemos de empezar.

Se centra en los siguientes capítulos en las distinciones entre las cuatro posibilidades citadas y desemboca en una realidad capital en el sexto capítulo: “El valor como fundamento óntico de la responsabilidad”. Escribe Ingarden refiriéndose a los valores: “Su existencia, la mutua relación de su ser, la posibilidad de su concreción en objetos y situaciones de hechos reales, así como las exigencias que provienen de la materia del valor, determinan en primer término el sentido y la posibilidad de la responsabilidad y, en particular, del tener responsabilidad”.  Si no existiera valor o disvalor alguno, ni tampoco las relaciones reales y de determinación existentes entre ellos, no podría darse entonces absolutamente ninguna responsabilidad auténtica ni cumplimiento alguno de las exigencias planteadas por ella.

Si esta proposición abre la primera perspectiva sobre los fundamentos ónticos de la responsabilidad, no es desdeñable, sino asombrosas para mí, las disquisiciones que realiza Ingarden sobre el sujeto responsable de una acción, que analiza en el capítulo séptimo, donde aborda la realidad de una «continuidad del ser» como condición necesaria para que alguien pueda ser responsable de ello (se apoya en un biólogo teórico, de quien nunca antes leí ni oí nada, Von Bertalanffy; pero para eso, ya saben, está la IA: por lo que leo, también dos capítulos más adelante, Ingarden se apoyará en las tesis del biólogo y filósofo austriaco al referirse a los sistemas abiertos y cerrados y el uso de la libertad, como condición necesaria para que exista la responsabilidad).

El valor es fundamento óntico de la responsabilidad, la estricta identidad de la persona que obra es, el segundo fundamento óntico de la misma, tanto del tenerla cuanto del ser hecho responsable justificadamente.

Los capítulos X, “La estructura causal del mundo”, y XI, “La temporalidad del mundo y la responsabilidad”, como gran parte de lo leído en algunos de los anteriores los entiendo como fundamentación óntica necesaria que me ha ilustrado hasta donde pude aprovechar, pero que me han conducido por caminos alejados del que deseaba para mi destino y mi proyecto. Me han valido su lectura del libro, no obstante, la pena.