Es ensayar un intento de salto
sin red en busca de una verdad. Si no se halla, nada pasa porque no se juega el
ensayista la vida como lo hacen los trapecistas fetén.
Hace mucho tiempo que tenía
anotada una pregunta que, supongo, saldría al hilo de alguna conversación o
lectura –¿hay
alguna diferencia entre una y otra?–. Desde niño, me recordaban, fui muy
preguntón: se ve que nada de lo humano me era ajeno, ¡ni de lo divino! (por eso
mismo sé el motivo por el que el sacerdote en el ofertorio de la misa echa unas
gotas de agua al vino, por ejemplo).
La pregunta: ¿Por qué y cómo te
“coge” un libro? Hay libros que desde el primer momento te atrapan y no puedes
dejar de leerlos o bien te producen un rechazo casi inmediato que te animan a abandonar
su lectura (yo no lo hago por norma; procuro la selección previa) o bien, esto
es más raro, el libro te va atrapando a medida que avanzas en la lectura; que
concluyas satisfecho es más común.
Escribí una entrada en este
blog, que no sé cómo encontrar, donde comentaba la idea de una señora, cuyo
nombre olvidé, que decía que ella, si iniciaba la lectura de un libro, quiero
recordar, que a la mitad de páginas que de años ella tenía y no la había
atrapado, lo dejaba. Muy bien, pero ¿en qué y cómo te atrapa un libro?
Considero que hay momentos y
lugares, espacios y tiempos, en los que un libro te agrada sobremanera y no lo
puedes dejar. Depende de esas realidades el momento en que se inicia la
lectura, en dónde y cómo se encuentra el lector. Recuerdo mi primer intento
para leer la Antropología metafísica de Marías: leí la contraportada,
algo de la introducción y… lo dejé antes de quemarme las manos: recuerdo dónde
ocurrió, aunque no recuerdo el año. Después, en otro momento y lugar, el libro
me retuvo sin paliativos y lo leí con verdadero gusto y ansia. ¿Por qué? En
este caso considero que mi primer intento fallido se debió a mi incapacidad e
insuficientes conocimientos filosóficos y en particular del pensamiento de
Marías.
| Bestsellers en 2025 |
Hay libros que de entrada
rechazo irracionalmente. Son esos libracos que veo a veces leer en las playas,
que miro y no toco en las librerías, libros que sobrepasan las mil páginas: son
esos que llaman best-sellers o superventas. No recelo del todo de este
calificativo, pero creo que es una exposición arriesgada esa lectura. Hago
cálculo de los libros clásicos (lee lo que se queda de pie) que podría leer
mientras invierto el tiempo en leer esa obra tan extensa que está pensada,
facturada, para un sector de lectores dignísimos entre quienes no me encuentro
y me freno. No es que yo sea raro, como mi padre y mi cuñado defienden, sino
que sencillamente soy una edición limitada muy original, ¡a ver!: cada uno
carga con lo suyo.
Aún ni me acerqué a dar
respuesta a la comprometida pregunta: ¿Por qué y cómo te “coge” un libro?
Creo que los superventas
sujetan a un perfil determinado de lectores tal y como lo hacen las series éxito
de las plataformas, las telenovelas o los antiguos seriales radiofónicos, las
folletones del siglo XIX. Existen depuradas técnicas para llevar a cabo
semejantes procesos, tanto en lo formal como en los contenidos. Me dicen que
incluso en las series se hacen encuestas entre los ya seguidores y se piden
opiniones sobre qué hacer o dejar de hacer con determinada situación de la
trama, qué destino dar a tal o cual personaje. Entiendo que, en el medio que
sea, la complejidad formal y temática y argumental conviene desterrarlas; los
pensamientos alambicados desecharlos; atemperar la belleza sostenida de
imágenes o texto descriptivo; buscar la sencillez en los contenidos y en todo
lo formal; promover argumentos y variables que den pie a la proyección y la aventura
imaginativa de los lectores o seguidores de seriales: darles los datos y
detalles suficientes para que se hagan una composición de lugar y se sientan
retados; convendrá tratar temas próximos o inherentes a lo humano: la vida en
rama en sus variadas facetas, salpimentadas con el amor y sus fiascos, el
dinero y la codicia, el afán de poder y éxito, sus dudas, sus rechazos y
traiciones, sus enconados ángulos, la limitación humana en los pecados
capitales que no se deben presentar descarnados, sino trenzados de matices suaves,
dubitativos e inquisitivos, color pastel.
Lo antedicho inmediatamente es razonable.
Me parece sensato, pero esto lo hallará el lector una vez iniciada la lectura, mas
¿y desde el primer momento como me pregunto? Alguna vez lo
escribí. Si usted ve el inicio de casi cualquier película de Spielberg, puede descubrir
el secreto. Esas imágenes, esas páginas abren súbitamente un espectáculo de
posibilidades sugerentes, atractivas, estimulantes, insinuadoras… que estimulan
esa curiosidad que algunos teníamos –y tenemos– desde niños: ¿Y ahora –nos
preguntamos– qué
hallaremos a la vuelta de esta página? ¿Qué habrá detrás de esto que veo en
estas escenas? ¿Qué pasará en el próximo capítulo? Se siembra ese deseo por
desentrañar qué sucede, cómo continúa y cómo acaba, si es posible. Los libros
de final abierto (o las pelis) dejan un extraño regusto en el lector y el
espectador… El final feliz también deja la desazón que invita a querer saber
más y más de aquella chica o de este destierro imposible cebado en el desamor…
¿Encontraría otro chico u otra patria lo suficientemente atractiva a su
corazón…? Y se cierra el libro entre conjeturas, hipótesis, dudas, deseos o se
pone uno el abrigo en la sala de cine en silencio y cavilando. Uno piensa que quizá
habrá una segunda parte una continuidad que será esperada con anhelo.
Algo de todo esto considero que
es la respuesta a esta pregunta: ¿Por qué y cómo te “coge” un libro?
Invito a que ustedes opinen y se
atrevan a enviarme una entrada, más o menos larga, y la publicaré en el blog.
Muchos de ustedes son lectores muy avezados y capaces… Ahí lo dejo.