Leo un libro sobre la vida de
san Agustín: excelente. A la par, alternativamente, también leo una novela de
la que haré la crítica cuando lo termine (Reina Roja). Es un libro que
me recomiendan para “descansar la cabeza”. Además: me añade mi asesor
bibliográfico: “Fíjate en el estilo y compáralo con el tuyo”. Lo he percibido. El
autor de éxito, es decir, el otro, el que no soy yo: tiene un estilo rápido,
ligero. Oraciones simples y ordenadas: sujeto, verbo y predicado. La retórica,
si cabe, se halla en un estilo de oraciones y frases de anuncios por palabras,
casi. No importa que la palabra no signifique lo que el autor se supone que
desea. ¿Suena bien? Escríbase. No tienen finalidad irónica, no. Sencillamente
el autor desprecia el significado exacto. Busca un sinónimo para no repetir
algún término y el tiro le da en el ojo. Todo se dispone al servicio de la
eficacias narrativa y las sensaciones que el lector percibirá.
Escribo y redacto un artículo
que pretendo serio por segunda vez. Pienso más en la claridad expositiva
que en el tema que voy a tratar. Pongo toda mi atención.
La idea que deseo exponer es tema
antiguo en mis meditaciones y pensamientos, en mi práctica profesional: la
educación. Entendí muy pronto que los alumnos deben ser instruidos en las
materias que se les imparten; este es el punto de partida y de encuentro entre
el docente y el discente. Este debe de adquirir unos conocimientos, si es
posible, excelentes y si no, al menos lo más firmes posible. Ese proceso
instructivo necesariamente va acompañado de otro educativo, formativo. No solo
fui, ni quería ser, profesor de Lengua y Literatura. Estas materias y mi
presencia en el aula debían ser medios (con su propio fin) para que los alumnos
adquirieran una formación humana en mundología y virtudes y yo era,
inexcusablemente, un modelo de valores. El profesor convertido en educador es
un modelo, para bien y para mal. Al final del proceso, los alumnos deben salir
de las aulas pulidos y siendo mejores personas: por sus conocimientos, por sus
virtudes y por los valores que encarnan. Si no es así hemos fracasado todos en
el proceso. Esta convicción mía se fue asentando con el paso de los años: o mis
alumnos y yo terminábamos cada curso siendo mejores o habíamos malogrado el
proceso. Habíamos perdido el tiempo porque no habíamos crecido como personas.
¿Se puede saber mucha
literatura española y ser un mentiroso y un desordenado y un borracho? Entiendo
que sí, pero hay una disarmonía esencial en esa personal que lo aproxima más a
su bestial animalidad que a su completa realidad humana. Platón habla de la
inextricable relación entre el bien, la belleza y la verdad.
Es por tanto capital para todo
educador que desee serlo en su condición de padre, preceptor, tutor, profesor,
amigo, abuelo… que sepa que, al final, o crecemos como mejores personas o el
resto carece de fuste porque no tiene fundamento ni cimiento en que apoyarse.
Nunca quise tener alumnos brillantes y malas personas.
En mi anterior redacción de la
entrada comenzaba diciendo: “Poner los bueyes delante del carro, para viajar y
hacer un transporte, tiene miles de años de acendrada y benéfica experiencia.
Parece ser que así es mejor. Escribo esto también porque esta entrada viaja en
carro tirado por bueyes: viaje lento, pero que deseo agradable”. Se me antoja
que supone poner los bueyes detrás del carro si no buscamos en nuestro quehacer
educativo que instrucción y educación vayan a la par. Si se ha de bonificar alguna
actividad, preferiría que fuera la generación de virtudes en los alumnos por
delante incluso de su instrucción.
La instrucción que recibimos en
la escuela y la educación en general en esta, me lo dice la experiencia y mis
lecturas, desde el siglo XX al menos en adelante, ha gustado de la
experimentación. Ha sido un rasgo distintivo de toda ella, especialmente en
U.S.A. y exportadas, experiencias e inquietudes, se han extendido por todo lo
que conocemos como el primer mundo occidental. De un modo equivocado y torticero
se ha extendido la igualdad entre progreso, evolución, mejora y experimentación,
cuando esa igualdad es falsa. Es curioso que no se produzcan o lleguen a
occidente estos modelos de trabajo experimental y sus exportaciones desde
Japón. Cuando los educadores miramos al oriente educativo hallamos técnicas,
pautas, modelos con miles de años de depurada consistencia. No se olvide, que
el verbo orientar tiene su origen precisamente de oriente, por
tanto, para orientarse no está de más mirar a oriente.
Rompo una lanza en favor de la
experimentación y la innovación en todos los ámbitos. Progresar es moverse con
sentido hacia un fin previsible. Si el progreso es tal, es, sin duda, una
mejora. Con esto quiero decir que no es progresar moverse por moverse ni cortarle
la cabeza al perro, ¡pobre!, para ver qué pasa. Me temo que sin ser tan
drásticos en muchos de los experimentos educativos les han cortado si no la
cabeza, sí las alas a muchos educandos. Incluso el pepino –la fortuna
inesperada–, ahora llamada serendipia, sinónimo del pepino citado, tiene su
oportunidad en el quehacer humano: buscando A, hallamos B, que resultó ser
mejor: estupendo. De ahí el “actúa”, que recomendaba Polo: entre la inacción y
la acción, siempre es mejor actuar.
(Continuará).
Posdata. Por favor dígame si me
expliqué y pudo entender lo que escribí… Gracias.