Antonio José Alcalá
Un charlie cualquiera. El hogar del lector
5 de octubre de 2026
2 de octubre de 2026
CARTA ABIERTA A MIS PRECEPTUADOS
| Una vez fui joven |
Doy aquí noticia pública de mi nuevo
libro, recién editado. Al daros la novedad, muchos de vosotros, como otras
personas, no mostráis ninguna sorpresa porque, entiendo, os diréis “¿Dónde irá
el buey que no are? Es lo normal que el Alcalá lea y escriba y escriba
artículos, libros, lo que sea…, ¡pero que escriba!”. Curiosamente para mí,
incluso pasados los años y los libros ya volanderos y en la calle, sigue siendo
una sorpresa la novedad de la edición de una nueva obra. Esta, sin embargo,
tiene una particularidad por su origen y sentido, que quiero explicar.
Deseo antes, sin embargo, hacer
una aclaración. Bien sabéis que esto de escribir, para la mayoría de quienes nos
ocupamos en ello, no es que no nos dé para comer… ¡es que no da ni para
merendar! Perdonad la franqueza: no me hacéis un favor adquiriendo el libro
(1,80 creo que gano por ejemplar vendido en este caso; otros contratos los
firmé a cero pesetas). Es decir, el sentido de mi creación, también lo sabéis,
no es ganar dinero, ni fama, ¡ni estoy de acuerdo con Machado!: “Y al cabo, nada
os debo; me debéis cuanto he escrito”. Ni a él ni a mí nos llevó la guardia
civil a escribir.
| Tantos discursos en las imposiciones de becas |
Este libro mientras lo trabajaba
y especialmente desde que lo terminé, me hacía una especial ilusión que lo
leyerais quienes fuisteis mis preceptuados. La ilusión, en tanto que anhelo
humano –solo el hombre tiene ilusiones–, atesora un mucho de
encantamiento: la ilusión tiende y mira hacia algo que no se tiene, de lo que
se carece, que me completa.
¿Por qué esta ilusión irracional
en este caso? También
a veces esta lo es. Como no lo tenía
claro he tenido que pensarlo, meditarlo. Todo libro escrito por mí es un modo
de donación amorosa a los demás: ofrezco y regalo una creación íntima y
personal a los demás, a quienes deseen leer la obra, pues una vez editada ya no
es propiamente mía.
| Empezamos con chorizos y pasamos a los jamones... |
El
título de esta, Educar para una vida lograda, si acertado, no era el que
yo deseé para él. Pensé llamarlo con un sentido clásico y magro, muy llano: De
tutorías y preceptuaciones. El libro nació del empujón animoso de un buen
amigo, Juan de la Cruz García, Juanete; mas el meollo, la encarnadura
del libro brotaba del trabajo que realicé durante más de tres décadas, pero no yo
solo, sino con quienes fuisteis mis preceptuados y los padres de mis
preceptuados. Mi labor como preceptor no era de investigación en un
laboratorio, sino fruto del día a día con personas distintas, durante años, con
sus dificultades y facilidades, con sus problemas y soluciones, con sus
alegrías y sus tristezas… ¡sus enamoramientos adolescentes y sus rupturas! Y
aclaro ese mis, que carece en absoluto del sentido
semántico de posesión; a vosotros, a vuestras familias, eráis a quienes yo
servía. Ese es el sentido de mis preceptuados y de mis
alumnos en general.
Creo que mi ilusión irracional
por que leáis esta obra radica en querer recuperar los recuerdos para vosotros
y para mí, para vuestros padres, de tantos momentos de enorme intensidad vital,
que compartimos juntos. Deseo que veáis el tapiz por el envés, allí donde
estaba el trabajo del telar, los nudos, las zozobras, las intenciones, los
deseos… Y, por último, haceros conscientes de una realidad: ahora ya, con la
edad que la mayoría tenéis, conviene que agradezcáis a vuestros padres lo que
hicieron por vosotros.
| Muchos viajes, excursiones, con y sin jamón... |
Desde hace años al correr se le
llama footing, al director del negocio se le llama CEO, al autónomo free
lance, hobby a una afición y un spoiler es destripar la trama de una peli o
de un libro… Las tutorías o las preceptuaciones –¡que no son lo mismo!–, se les
llama, ahora me entero, mentoring y algunos añaden & Co, que no sé
si es y “acompañamiento” o algo así como una relación donde hay un profesional
experimentado y entendido el coach y un
aprendiz, cliente… que es el coachee: ¡lo
que uno ha llegado a ser sin saberlo! Y todo esto tiene muchísimos siglos de… pan
frito y picatostes.
Lamento no tener relación con
todos vosotros, ni vuestras direcciones ni saber de algunos casi nada o nada… A
otros os veo semanalmente, nos escribimos con frecuencia… Os agradecería que os
dierais noticias unos a otros, si os parece pertinente, de la publicación de
este trozo de nuestras vidas compartidas: en algunas anécdotas, algunos… os
reconoceréis[1].
| Siempre con mis alumnos, mis amigos... |
Me preguntáis algunos si habrá
una presentación física y formal del libro, como se hicieron otras con motivo
de otras obras. Muchos estuvisteis en ellas. Ahora mismo no os puedo decir nada
al respecto. Ya os llegaran nuevas por los mismos canales que estáis recibiendo
esta.
Quedo a la espera de vuestras
noticias. Con cariño,
[1]
El libro lo encontráis en
librerías, Casa del libro, Amazon, Fnac… https://www.ppc-editorial.com/libro/educar-para-una-vida-lograda
29 de septiembre de 2026
EL METABOLISTA Y LA ESCUELA
Eduardo Aponte, el metabolista
Ya perdonarán mis lectores…, pero ustedes conocen lo que decía el fraile y qué llevaba al hombro… (quien no lo sepa que pregunte).
Tengo dos gordólogos a cual mejor: un metabolista
(no quiere ser nutricionista) y un endocrino.
Pues va mi metabolista y me cita en una de sus newsletter,
que es lo que viene a ser un boletín informativo. Lo envía con empeño y tenacidad
a todos sus pacientes y amigos que padecemos de sobra de kilos y las enfermedades
anejas a ellos: azúcar, inflamación, hígado graso, triglicéridos, corazón
ansioso, manteca en las venas, colesterol, amenaza de bomba y vida corta… ¡Los
gordos como los ricos tenemos de too!
Se preocupa mi hombre, como tantos buenos médicos, de que
aprendamos a comer como Dios nos mandó en nuestros genes y no como se empeñan
las empresas de nutrición y las farmacéuticas que nos explotan como cochinos y
nos estrujan la cartera como si fuéramos unos fregones…
Cita mi hombre como puede una frase originaria de Juan
Ramón Jiménez al poeta que nadie lee, como todos, incluido Lorca: ¿quién lee
poesía? La idea, la frase, la oración la popularizo curiosamente otro poeta más
loco que Juan Ramón: Leopoldo María Panero. Los dos poetas, uno premio Nobel y
otro «poeta
maldito», y
ninguno de los dos quemaba bien el gasoil… Vamos a la idea, que van cinco
párrafos y estoy mareando la perdiz…
En mi recuerdo, no sé si es literal o no, pero decían ellos
que “la escuela es una institución penal dedicada a asesinar nuestra infancia”.
Idea que comparto con Juan Ramón, con Leopoldo María y con mi metabolista…
y que enunciaba yo, todo solemne, el primer día de clase a mis atónitos alumnos…
| Juan Ramón Jiménez |
| Leopoldo María Panero |
Quid pro quo… Corto y pego la newsletter de
mi metabolista…
| 27 sept 2026, 11:19 (hace 2 días) | |||
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Una lástima.
A todos nos gusta que nuestros hijos sean de tez dorada y pelo rubio, vello corporal aterciopelado y casi albino.
Eso ocurre con el sol en verano.
Se ponen preciosos, crecen.
Juegan al aire libre, respiran, miran al horizonte, duermen lo que quieren. Son libres. ¡Viven!
Llega el colegio. Ese corral, esa cárcel enmascarada con dibujos en las paredes y muñecos, pero que no deja de ser una cárcel.
Tengo un amigo que me lee, ya jubilado, de los mejores docentes que ha habido en la historia, escribe libros. También un blog (te dejo el enlace: https://
Yo digo: "la escuela, esa máquina de destrozar metabolismos".
Mis hijos pasan una semana en el cole, segunda semana de septiembre y salen con el moreno caído, ojeras grises, pero enratao, y los pelos de los brazos negros como cerdas de cepillo de limpiar cuadras.
Cansados, decaídos, desnutridos.
Son un simple reflejo de lo que nos pasa a los adultos. Pero como los adultos estamos hechos polvo siempre... se nos nota menos el florecer de la vida ociosa, porque nunca la tenemos, y se nos nota menos la decadencia del cuerpo cuando nos privan de la misma.
Pienso en ellos. En el colegio, duermen poco, comen mal, salen media hora a la luz del sol, encerrados todo el día en una silla de tabla, luz artificial, como gallinas en crianza intensiva, comen la m de comida que la legislación propone para los comedores escolares, los papas le ponen galletas o un bocadillo de pan bien refinado para el recreo. ¿Qué quieres? Demasiado que no salen mutados con 3 ojos como el pez de los Simpson.
Al menos, si no es el sol, la luz, el sueño, ¿qué hacer para mejorar la salud de la familia? Comer bien, comer como siempre digo, acorde al diseño humano original. Es lo que cuento en este libro que te recomiendo en este ENLACE.
Feliz domingo.
EAA
M
25 de septiembre de 2026
599- Havel, Vaclav, LA RESPONSABILIDAD COMO DESTINO
Según mis datos he leído cuatro
libros de Vaclav Havel y la biografía que sobre él escribió Eda Kriseova, obra
que recuerdo vagamente. Confundo partes de esta con algunos pasajes que el
propio Havel contó sobre su vida y leí en artículos o en obras suyas más
personales: en Cartas a Olga, por ejemplo. No leí ninguna obra teatral o
poética suya.
Desde 2011 ya no está entre
nosotros el dramaturgo, disidente a la fuerza, ensayista, poeta, el último presidente
de Checoslovaquia y el primero de Chequia, cuando los dos países se separaron…
Releo La responsabilidad
como destino a la sombra del libro que deseo escribir sobre la
responsabilidad. De sus libros el que más me impresionó y gustó fue el primero
que leí: El poder de los sin poder (descubro que hice un comentario a esta obra en este blog). De hecho, a mi otro blog lo llamé tal
cual: El poder de los sin poder.
15 de septiembre de 2026
Una Europa mejor y unida bajo la locura de Erasmo by Vaclav Havel
Hoy he invitado a publicar unas palabras en este blog a
Vaclav Havel, el último expresidente de Checoslovaquia, y el primero de Chequia,
autor teatral, ensayista, poeta y, muy a su pesar, disidente y expresidiario
por haber conculcado la legislación de su nación, cuando esta se hallaba bajo
el poder soviético.
Estas palabras suyas que aquí reproduzco las tomo de una
alocución que pronunció con motivo de la recepción del Premio Erasmo que
le fue otorgado en 1986.
Estas frescas y animantes palabras hay que situarlas en
un mundo aún dividido en dos: el bloque soviético del este y el bloque occidental
de la OTAN. Un mundo dividido y amenazante, donde “ellos” lo eran todo frente a
“un hombre” inerme, débil e insignificante… al que Havel le pide que no ceda,
que no renuncie a su condición de persona frente al totalitarismo sea del signo
que sea.
Han transcurrido cuarenta años desde que esta alocución
tuvo lugar hasta hoy… y sigue vigente y pujante el fresco empeño de un hombre
que peleó responsablemente por la verdad, la libertad y la dignidad de los
pueblos y las personas.
Tiene la entrada más de las 400 palabras que, según Pisa,
desbordan la capacidad comprensiva de los estudiantes adolescentes españoles.
No reproduzco esta parte del discurso para ellos, sino para la lectores
formados de este blog, de este charlie cualquiera.
* * *
En muchas partes, desde los Gobiernos hasta varios movimientos
sociales inconformes, oímos con cada vez mayor frecuencia hablar sobre el ideal
de Europa como un continente de colaboración amistosa entre naciones independientes
e iguales en derechos, que irradiaría la paz al mundo, en vez de la amenaza de
confrontación bélica entre las grandes potencias. Cualquiera que sea la medida
de sinceridad con que se pinta dicha visión en determinados casos, es, sin
lugar a dudas, una visión bella. Mas por ahora no ha dejado de ser sólo una visión.
Europa ha sido dividida por una alta pared, cuyo símbolo materializado lo
representa el muro de Berlín.
¿Qué podemos hacer para que esta bella visión se haga
realidad un día? ¿Qué podemos hacer para que todo el pueblo europeo goce
plenamente de sus derechos y soberanía y no tenga que temer a sus vecinos? ¿Qué
podemos hacer para que todos los países europeos puedan gozar de la democracia
política y la justicia social y para que sepan ayudar a las regiones menos desarrolladas
del mundo en la forma que corresponda realmente a sus posibilidades? ¿Qué
podemos hacer para que todo europeo se sienta libre y seguro, para que goce de
las garantías legales y para que pueda vivir con dignidad y con sentido? ¿Qué
podemos hacer para que nuestros compatriotas jóvenes no tengan que pasar muchos
años aprendiendo a matar a los hombres y para que los científicos europeos
puedan dedicar su ingenio a la salvación de la naturaleza en vez de construir
armas cada vez más refinadas?
Creo que cada uno de nosotros puede hacer dos cosas cuando menos. Y encuentro un hondo sentido en que las dos estén relacionadas libremente con el legado del gran europeo Erasmo de Rotterdam.
La primera cosa:
todos tenemos la posibilidad de repetir una y otra vez que queremos lo que
queremos; todos podemos, a pesar de todas las duras realidades políticas y a
pesar de todas las limitaciones resultantes de la naturaleza humana y del
estado espiritual moral y social de la civilización actual, articular en voz
alta nuestros ideales y llevarlos activamente a la práctica; todos podemos
sacrificar a dichos ideales mucho de nuestra dicha personal, si creemos un poco
siquiera con el filósofo checo Jan Patočka que hay cosas por las que vale la
pena sufrir, todos podemos aceptar el imperativo específico, lógico y al mismo
tiempo un poco enigmático que afirma que el hombre debería portarse de la forma
en que piensa que deberían portarse todos. Dicho sucintamente, cada uno de
nosotros puede entender que incluso él –por más insignificante e impotente que sea– puede transformar
al mundo. El misterio de ese imperativo estriba en la falta de credibilidad de
la idea de que cualquiera de nosotros puede, como se dice, hacer mover el globo
terrestre. Su lógica radica en que, si no opto yo, tú, él, nosotros, nosotros
todos por ese camino, es verdad que no podrá moverse ni el mundo en que
vivimos, que juntos creamos y del que somos responsables. Cada uno debe empezar
por sí mismo; si esperáramos el uno al otro, ninguno llegaría a la meta. No es
verdad que no sea posible: el poder sobre uno mismo, no importa cuán
problemático sea en cada uno de nosotros conforme al carácter, al origen, al
grado de educación y de toma de conciencia de sí mismo, es lo único que tiene
hasta el más indefenso de todos, y a la vez lo único que no pueden quitamos a
ninguno. Es posible que el que lo hace valer no alcance nada. Pero es seguro
que no alcanzará nada el que no intente ni eso.
Erasmo escribió un libro admirable: Elogio de la locura.
Es evidente que lo primero a recomendar en él fue el ánimo de estar loco.
Un loco en el sentido más hermoso de la palabra. ¡Intentemos ser locos y
demandar con toda seriedad el cambio de lo, supuestamente, incambiable! ¿No han
decidido, por lo demás, honrar también esta vez a un loco? ¿Y no han honrado
por su intermedio a decenas y cientos de otros locos quienes con su llamamiento
solitario tendente a cambiar lo incambiable, no dudaban en correr el riesgo de
años de cárcel y están dispuestos –¡cuán locamente!– a oponer al poder gigante de la burocracia y la policía
estatal el pobre poder de su máquina de escribir? Estoy lejos de presentarme a
mí o a mis amigos o a los disidentes de Europa Oriental como un ejemplo para
otros. Sé cuán heroicamente se portaron, por ejemplo, los holandeses durante la
II Guerra Mundial y no he creído jamás que haya más hombres valientes en
Oriente que en Occidente. Muchos de Ustedes, estando en las mismas situaciones
en que otros ya estuvieron y en que tenemos que estar muchos de nosotros,
resistirían igual y posiblemente mejor. Si no lo supiera, no afirmaría lo que
estoy diciendo ahora aquí. Si recomiendo la buena especie de locura justo aquí
y justo ahora, lo hago por estar seguro de que los hombres de toda Europa son capaces
de ella. Y que, sin la constitución gradual de una comunidad paneuropea de
locos, ni nosotros ni vosotros podemos llevar a cabo algo.
De ese modo he pasado, de hecho, a la otra cuestión que,
según creo, reside en cada uno de nosotros y que está igualmente relacionada
con el legado de Erasmo. Erasmo es considerado con todo derecho como una gran –y posiblemente la
última– personificación
de la integridad europea. Vagaba por toda Europa, se dirigía a toda Europa,
sufría de problemas de toda Europa y toda Europa le respetaba y le pedía
consejo y ayuda. (Entre otras cosas: ¡la primera traducción de su libro más
famoso del latín a otro idioma fue la checa!). Sentía la inminente escisión
europea peor que la mayoría de sus contemporáneos. Intentaba –sin éxito– afrontar esa
decisión de preservar y salvar la unidad del espíritu europeo, de la conciencia
europea, de las tradiciones europeas. Con todo ello, dichos valores convergían en
la idea de que lo que era humano en el máximo sentido de la palabra, era al
mismo tiempo cristiano, y que por lo tanto las pretensiones de la humanidad,
siendo observadas por todos, son capaces de superar los pleitos de otros
pueblos, tanto confesionales, como nacionales o del poder. Soñaba incluso con una
hermandad supranacional de los sabios. Jan Patoéka, quien fue reconocido
asimismo por Ustedes muy valientemente al final de la trayectoria de su vida, al
ser recibido como portavoz de la Carta 77 por su ministro de exteriores durante la visita a Praga,
escribió en su tiempo sobre «la comunidad de los conmovidos». ¿No representa
esta idea una variante actual de la lejana idea de Erasmo? ¿No representa la
conmoción de esa comunidad realmente una fuente de ese buen género de locura?
¿No se trata, de hecho, una vez más de la comunidad europea de los locos?
Pero por qué me refiero ahora a todo esto: me parece que
la hermosa visión de la Europa libre, pacífica y no dividida en bloques, no nos
la aproximarán, ni pueden hacerlo, las deliberaciones de los Gobiernos o los
presidentes, tanto en Helsinki, como en Ginebra, en Viena o en cualquier lugar,
si sus participantes no gozan del apoyo de sus pueblos. Y más aún: si no fueran
sometidos directamente a su presión. Dicho de un modo más sencillo, Europa
tiene que porfiar para hacer efectiva esa visión en el duro mundo de hoy; los Gobiernos
europeos por sí solos no pueden con semejante tarea, y esperar su cumplimiento
exclusivamente a través de las grandes potencias sería renunciar a su sentido,
que no significa ceder la causa a otros definitivamente, sino al contrario,
tomarla por fin en las propias manos. Mas los europeos sólo pueden seguir porfiando
en su visión sólo de tener para ello motivos realmente serios, o lo que es lo
mismo, si los une y los motiva a todos conjuntamente algo que yo denominaría la
conciencia europea. Es decir, una profunda sensación de la coexistencia. La
honda sensación de la unidad, aunque fuera una unidad en la variedad. La íntima
conciencia de la historia común milenaria y de las tradiciones espirituales,
dadas por la actuación paralela del elemento Antigüedad y lo judeo-cristiano.
El restaurado respeto hacia los principios espirituales de los que crecía todo
lo bueno que Europa había creado. Europa está integrada, en su mayoría, por
pueblos pequeños cuya historia espiritual y política se va entrelazando en miles
de hilos de un solo tejido conjuntivo. Ninguna conciencia europea puede
restituirse sin la conciencia y la vivencia de esa realidad, sin la nueva comprensión
de su sentido y sin el orgullo frente a ella. Y sin su recuperación
difícilmente esperaríamos cambios políticos esenciales con miras a una
comunidad paneuropea de pueblos independientes. Una vez sabido que de la idea
de Erasmo sobre la comunidad humanística de los cultos sale una línea de
empalme invisible hacia «la comunidad de los conmovidos» de Patoéka, ¿no
desemboca esa línea finalmente en el ideal de una reconstitución de la
confianza europea en sí misma?
Entonces, la otra cosa que –ya ahora y en cualquier lugar– está en nuestro
poder es una nueva comprensión de nuestra coexistencia europea. Soy un hombre bastante
sobrio, pero a mis ojos no se les puede escapar el hecho de que los
signos van surgiendo y van multiplicándose en el transcurso de los últimos
años.
Un pequeño ejemplo solamente: miles de hombres inocentes
de nuestro país fueron condenados a largos años de prisión en la década de los
cincuenta y el Occidente ni se dio cuenta de ello, y menos aún, ni se preocupó
por ello. A comienzos de los años setenta fueron detenidos en nuestro país
decenas de presos políticos. El mundo ya conocía bien esa realidad y sin embargo
no aparecieron muchas manifestaciones de solidaridad con ellos (en parte a
causa de la trágicamente errónea comprensión de la política de la distensión en
forma de un silencio obstinado ante la arbitrariedad de la otra parte). Siendo
encarcelado yo y mis amigos a fines de los años setenta, casi un cántico de
solidaridad se elevó en el mundo; estaré conmovido hasta el fin de mi vida, y
agradecido por aquello. ¿No ha demostrado también este ejemplo que los europeos
occidentales empiezan a darse cuenta con cada vez mayor urgencia de lo que los
europeos orientales saben dolorosamente desde hace mucho tiempo: que existe
también la otra parte de Europa? ¿No constituye esa creciente conciencia de la
coexistencia solidaria una de las causas de la realidad esperanzadora de que
hoy día les resulta un poco más difícil encarcelamos que en los años cincuenta?
Una manifestación de la naciente conciencia europea –por lo menos para mí personalmente– no la constituye la retórica anticomunista tradicionalmente ideológica y más o menos rutinaria de varios estadistas occidentales que, por lo general, sirve a la defensa de los mayores presupuestos militares. Difícilmente nos salvaría. Ahora se trata de otra cosa: la conciencia de la unidad de nuestros destinos, poco llamativos, cuanto menos ideológica tanto más profunda e íntima, expresada eficientemente cada día y arraigada lo más firmemente posible en las almas y los corazones de los pueblos. Y justo en este campo empiezo a percibir señales esperanzadoras. Parece que los de Europa Occidental empiecen a darse cuenta de que no pueden solucionar sus propios problemas sin solucionar los problemas de Europa Oriental. Como si empezaran a ser conscientes de que se perjudican a sí mismos cerrando los ojos ante el Este y tratando de convencerse de que todo lo que ocurre allí no tiene nada que ver con ellos. Como si entendieran con cada vez mayor fuerza cuán ambigua sería su suerte occidental si tuviese que ser pagada para siempre por la desgracia oriental, y que, indispensablemente, tarde o temprano también ésta se volvería a convertir en la desdicha. Y en la medida en que el paisaje de los países prósperos del Occidente va llenándose de misiles con ojivas nucleares, los hombres occidentales se formulan la pregunta sobre su sentido. Esta pregunta orienta necesariamente sus ojos hacia la otra parte de Europa, donde hay misiles similares y, además, grandes ejércitos convencionales. Y esa visión origina una nueva pregunta en ellos: ¿por qué sus vecinos orientales no están tan preocupados por esa realidad como ellos? ¿Es que creen realmente que sus misiles –a diferencia de los occidentales– son pacíficos? La nueva pregunta provoca un interés por las relaciones de Oriente, la situación de los derechos humanos en la otra parte de Europa, la situación en que toda protesta, por modesta que sea, contra un misil es castigada brutalmente y cualquier interés por los asuntos generales es ahogado en sí desde su principio. El círculo paradójico se va cerrando: gracias a los misiles que se van desplazando en Occidente, miles de europeos de Occidente comienzan a darse cuenta de los problemas de la felicidad de consumo; rescatados de la indiferencia hacia el destino del hombre que habita a tan sólo varios cientos de kilómetros al Este, comienzan a interesarse por él, empiezan a percibirlo como su hermano, a saber, como aquel cuyo destino está existencialmente vinculado a su destino. Esto es, una vez más va naciendo la conciencia europea. Es triste que méritos para su renacimiento los tengan –entre otras cosas– objetos tan horrendos como las armas actuales. Pero es bueno que esa conciencia vaya naciendo.
Nuestro destino es realmente indivisible; cuanto mayor es el número de armas modernas que nos sitian, tanto más evidente es su indivisibilidad; nuestras respectivas libertades son cada vez más evidentemente las libertades de todos; la amenaza de unos significa siempre la amenaza de los otros; la automoción horripilante del poder moderno que pronuncia sin cesar discursos sobre la paz y sin cesar se prepara para la guerra, nos arrastra a todos conjuntamente al mismo abismo; el ataque contra la dignidad y los derechos humanos, según fueron creados por las tradiciones europeas y codificados por primera vez en América, va dirigido –por quienquiera y dondequiera que sea llevado a cabo– contra todos.
Pongamos fin –todos nosotros y en común– a la locura destructiva del mundo situando en su camino otra locura mejor; es decir, la locura de nuestra visión de una comunidad paneuropea de paz, la locura de nuestra conciencia europea.
Me atreveré a decir finalmente, que una de las pruebas de mi afirmación sobre el espíritu europeo que se está renovando la constituye también este día, en que un pequeño país de Europa Occidental, cuatrocientos cincuenta años después de la muerte del gran europeo que había dado al mundo, concede por primera vez su máximo premio de cultura a un hombre que vive en un pequeño país de Europa Oriental. Estoy convencido de que los holandeses han demostrado hoy, adjudicando el Premio Erasmo precisamente a un checo, que para ellos existe –al igual que para ese checo– una sola Europa, una Europa dividida políticamente, pero sin embargo no dividida en realidad ni espiritualmente.
Gracias por su atención.
Marzo 1986.
