18 de marzo de 2026

566- Tolstoi, Leon, LA MUERTE DE IVÁN ILICH

 


 

Hubo una época en mi vida como lector que, digamos, me dio por los escritores rusos y sus biografías. Siempre que pude antepuse estas a aquellos porque sigo pensando, contra quienes lo hacen de otro modo, que la vida de un autor ayuda a la comprensión de lo que escriben, o de lo que cualquier persona hace, salvo que sea esquizofrénico.

Leí, recuerdo, los dos volúmenes de la biografía de Henri Troyat sobre Tolstoi. Luego aprendí que aquel era el seudónimo de un armenio, autor de novelas y de muchas biografías: también leí la suya sobre Dostoievski. En la de Tolstoi, lamentablemente, el gran novelista ruso me mostró el lado oculto de un pobre hombre, pensé entonces, un tipo próximo a ser un genial miserable excéntrico, un desgraciado. Luego, con el paso de los años, comprendí que, en realidad todos somos: pobres hombres, seres indigentes todos, menesterosos y que fruto de esa condición, en parte, se habían escrito grandes obras, precisamente, sobre esos míseros hombres, como ocurría con los autores del realismo ruso de los que tanto gocé. Recuerdo aquellos libracos donde nadie se despachaba en pocas páginas, salvo en algunas obras, como La muerte de Iván Ilich, donde Tolstoi se ciñe a menos de doscientas. Libros inacabables en horas deleitosas de lectura donde propiamente no aprendía los nombres de los personajes, sino que los identificaba como si de dibujos se tratase: impronunciables y acabados en genitivos que indicaban sus parentescos: “Ivanovich”, ‘el hijo de Iván’.

Me trae la amistad a la relectura de una obra de la que ya, con el paso de los años, apenas recordaba su argumento. Incomprensiblemente incluso la había identificado como obra de Dostoievski hasta que la he buscado en la biblioteca de casa: no la encontraba inexplicablemente en la D, entre las novelas… La he buscado en el catálogo y la hallé, ¡cómo no!, ahora sí en la T.

En la novela de que quiero escribir es una analepsis, en la que el autor nos va dando datos de Iván Ilich, el protagonista indiscutible, desde su infancia hasta su muerte. Hay momentos donde se explaya más en sus detalles y explicaciones; sin duda de lo que más datos disponemos es de los últimos momento en la vida del protagonista.

La existencia de Iván Ilich es la propia de un hijo de la burguesía rusa de su tiempo: nacido en una familia de funcionarios, él sigue ese mismo camino con la ilusión de conseguir un puesto relevante en la que su vida no sufra quiebra ni turbulencia alguna. Un buen puesto, un buen sueldo, una familia estable y gozar de una vida plácidamente rutinaria.

Sigue un proceso profesional dirigido y previsible. Se casa con una dama adecuada que asienta su existencia. Tiene dos hijos y unos pocos amigos. Cambia el lugar donde vive en función de sus ascensos como funcionario, hasta que cae en la cuenta de lo estrecha y paupérrima que es la vía por la que su existencia discurre.

La correlación entre el suceso que da pie a su mal estado de salud y su muerte es peregrino y poco creíble: al lector le da igual (en realidad es un símbolo). Los médicos lo visitan y recetan a petición suya. Sin duda, Tolstoi nos describe un ser hipocondríaco y egoísta que vislumbra la presencia de la muerte que se aproxima para recaudar la vida del desgraciado Iván Ilich; incomprendido por todos, según él, cada uno va a sus asuntos, nadie se ocupa de él…, etc., salvo su siervo, un mujik, Gerásim, que le sujeta las piernas en alto mientras él duerme. Todo se vuelve sufrimiento y el balance de su vida arroja un saldo negativo: su vida no ha valido la pena, ha malgastado su tiempo, sus talentos.

El tema de la muerte lo hallamos en la novelística de Tolstoi con mucha frecuencia. En realidad, no era un topoi en sus obras, sino una obsesión entre las preocupaciones personales del príncipe ruso. La muerte obsesionaba a Tolstoi y esta realidad queda expresada con sumo realismo y quintaesenciada en La vida de Iván Ilich, que bien se puedo titular La agonía de…

Considero que la obsesión de Tolstoi por la muerte y sus consecuencias: ¿qué será de mí tras mi muerte? ¿Qué sentido ha tenido lo vivido? ¿Qué sentido tendrá lo por vivir? ¿Es cierto que hay un Dios que vela por nosotros, creador y Padre o somos frutos del azar? Considero que esto que podríamos llamar lugares comunes o tópicos, en realidad, son los que hacen de la obra un clásico, pues hoy como ayer y como mañana los hombres no dejaremos de preguntarnos por estas realidades inquietantes que se hacen abismales cuanto más el hombre se acerca a la muerte: ningún otro animal se ocupa de ello, solo el hombre.

Si en la vida de Tolstoi su obsesión por la muerte fue ciertamente dramática, como sus biógrafos nos lo relatan, en la agonía de Iván Ilich no percibo tanto el dramatismo como una cierta ridiculez: todo lo que piensa y hace es propio de una persona pusilánime e ignorante y de un alma canija.



Se podrían abordar otros temas: la superioridad humana del espíritu en las clases humildes con respecto a las clases altas, el espíritu de los mujik (campesinos) con respecto a sus señores (los barin): en sus últimos muchos años de vida, Tolstoi vistió y quiso vivir como un mujik a pesar de sus condición de rico príncipe ruso (todo resultaba impostado). A este tema se podrían añadir:

La hipocondría que desemboca en una depresión o bien esta lleva a aquella.

El sentido de la existencia donde se encuentra el vacío propio del pensamiento del siglo XIX, tras el optimismo del XVIII. Todo lo derivado del status viatoris: la esperanza, la nada, la desesperación.

La interpretación mecanicista de Dios: si él, el protagonista, había sido bueno y también su vida, ¿por qué Dios permite su sufrimiento?

La magnífica descripción en una tercera persona omnipresente del autor de un mundo interior que agoniza.

Breve novela, quizá reiterativa en los argumentos sobre un mismo tema: el sentido de la existencia y su final (la muerte), pero donde el lector percibe un proceso que va in crescendo desde una caída sin apenas consecuencias hasta un proceso de un sufrimiento insoportable que desemboca en la muerte.



10 de marzo de 2026

¿Has dejado de escribir? ¿Sigues escribiendo?

 



Leí no ha mucho o eso entendí que Eduardo Mendoza dejaba de escribir; que dejaba el oficio. Me extrañó. A lo peor lo leí mal y lo que dejó fue de editar, de publicar, de escribir novelas específicamente, mas ¿cómo dejar de escribir? No lo sé.

Empecé yo de aprendiz en el oficio con 16 años y una novela: creo haberlo contado. Cumpliré, Dios queriendo, 65 y NUNCA he dejado de escribir, es decir: ¡no he podido dejar de escribir!, por mucho que haya querido abandonarlo con todas mis fuerzas… No he podido.

La pregunta que da título a esta entrada, ciertamente nos la hacen aquellos que nos consideran unos fracasados en nuestro oficio, a quienes se nos piensa unos pillatigres, rebuscadores de caracoles y espárragos: publicamos de vez en cuando, no somos reconocidos públicamente, no hemos alcanzado fama alguna y, por tanto, y por todo ello, lo lógico sería que dejáramos de escribir… por aburrimiento. “Si no sales en las noticias”, “Si no eres famoso”… ¿para qué escribes?

Pues mire usted, de momento, porque no escribo para ser famoso, ni tener éxito, por ejemplo. No era mi afán ni el sentido de mis escritos.

Es cierto que muchos, entre quienes me incluyo, hubiéramos querido poder vivir de lo que escribimos. La realidad es muy antigua. Se la explico por dócil boca de ganso: Vuelto nuestro Larra a Madrid tras su paso por París tras haber conocido entre otros a Alejandro Dumas y a Víctor Hugo, se empapó de un ambiente en el que reinaban Chateaubriand, Lamartine, Balzac: todo deslumbrante por ser París el colmo y cúspide de la cultura cosmopolita. Ya en nuestro Madrid, ese rompeolas de las Españas, según Machado, que bien pudo haber adjetivaba arrabal, se lamentó el pobre Fígaro: «Escribir (...) en el centro de la civilización y de la publicidad es escribir», es decir: el escritor parisino era leído como tal, atendido, influyente, tenido en cuenta en París y desde este en todo el mundo. En París, escribir es «escribir para la humanidad». En cambio, añadía, «escribir como escribimos en Madrid es tomar una apuntación, es escribir en un libro de memorias, es realizar un monólogo desesperante y triste para uno solo. Escribir en Madrid es llorar, es buscar voz sin encontrarla, como en una pesadilla abrumadora y violenta» (todo ello según Guillermo Fatás).


Ni muchos españoles tras Larra ni este mismo hasta que se descerrajó un tiro, no hemos podido dejar de escribir por muy mudos que nuestros escritos fueran, por mucho que gritáramos en los desiertos, por muy buenos o malos escritores que seamos o fueran… Da igual. No somos leídos por otros, apenas editados por caridad, escribimos y puablicamos gratis et amore, da igual porque ahí erre que erre y tras esta erre una e… resistiendo, tenaces, con una mano sujetando la pluma y con la otra asida la silla que sujeta al león del hambre y la desgracia… y el desprecio socarrón e irónico…: fieles, porfiados, perseverantes, incansables… ¿Sigues escribiendo?

La verdad torera de este quehacer es que el escritor, y alguna vez creo también haberlo dicho y escrito, es que vive la realidad toda sub specie litterae. La anécdota o la historia, la noticia periodística, el suceso real o imaginario trufado de lo uno y lo otro, el verdadero escritor se lo lleva puesto donde puede y lo va redactando en su memoria y por la calle, mientras conduce el coche, colgado en la pupila, en una nota apenas garrapateada en un papelajo en cualquiera de sus bolsillos. En el de la chaqueta de Machado en Colliure, recién muerto, hallaron aquel su último escrito, un verso apenas esbozado, un borrador cargado de futuro que no se hizo presente: «Estos días azules y este sol de la infancia», ¿qué querría hacer aquel viejo poeta exiliado, moribundo, con aquellas nueve palabras? De momento se toma nota y luego Dios dirá… «Estos días azules y este sol de la infancia».



Pues eso: anotaciones, notas, papeles, apuntaciones en libretas y libretillas, en el ordenador, aquí y acullá… ¿Para qué? Pues para eso: para reverdecer mañana, lo visto y sentido hoy de aquellos días azules y aquel sol de la infancia ya perdida, nublada hoy, para que se volvieran a hacer presentes por la memoria y el amor.

Y sí se escribe…, por amor y por este no es posible dejar de escribir.

Por cierto, otro tanto le ha ocurrido a Eduardo Mendoza según leo: 

 

Eduardo Mendoza se resiste a dejar de escribir

 

El escritor barcelonés se desdice y vuelve a la carga,

más libre que nunca, con Tres enigmas para la Organización, una novela con muchos detectives y casos por resolver en un (sic) Barcelona atiborrada de turistas y yates de superricos extranjeros

 

Ya expresé arriba mi extrañeza… ¿Dejar de escribir? Y no me equivoqué.




7 de marzo de 2026

565: Díez Tejón, Luis: PRERROMÁNICO Y ROMÁNICO EN ASTURIAS y ARTE ROMÁNICO EN ASTURIAS

 

Si la obra de Díez es una obra de cierto empaque, más fotos que texto, la otra obra, que sumo en este mismo comentario es un folleto, una guía didáctica.



Hace unos días bajé desde Asturias a Andalucía. Salía de allí cuando el claror del día apenas alumbraba y veía los campos, como siempre, por los ojos del poeta castellano de Sevilla: las tierras calmas, con sus rabillos de monte, algún pinar entre barbechos y los enhiestos chopos difuminados, siempre pocos, elevándose hacía un cielo aún no del todo claro junto a regatos que no llegan a ser arroyos.

Hay preguntas que son impertinentes, las hay tan necesarias, que son imprescindibles, las hay tan incontestables como innecesarias, en fin: todo un corolario en torno a las preguntas, totales o parciales que la vida nos espeta, que nos hacen los demás, que nosotros nos hacemos. “¿Qué color le gusta a usted más?”: Nunca me he hecho esa pregunta como tampoco me había hecho esta otra: “¿Qué estilo arquitectónico le resulta más atractivo?”. No lo sé, pero he de reconocer que el románico es estilo de mi gusto y, planteada la interrogación, medito por qué.

Considero que el prerrománico me encanta. Las edificaciones prerrománicas y románicas que se conservan, casi todas, por el momento en que nace esta corriente estética da lugar a pequeñas construcciones civiles y religiosas. Aún las ciudades propiamente no existían con la entidad con que resurgirán a partir del siglo XII y estas construcciones de que hablo, muchas de ellas, se hallan en espacios naturales recatados y sugerentes, donde el silencio se apropia del entorno, ¡no ya de la edificación!, sino del ambiente todo. Soledad, silencio, lejanía a veces en el tiempo y el espacio… Todo ello permite el acercamiento a Dios del creyente por medio de una oración serena. ¡Qué ajeno el arte románico, por norma, a la multitud de turistas que todo lo acogotan y fotografían! ¡Qué lejos el románico de las multitudes vocingleras!

No me gusta hacer el papel de turista. Me producen rechazo las masas, las bullas, las multitudes… "La mucha gente para las procesiones y las guerras", decía un amigo, y no me agradan ninguna de las dos.

Dividen los expertos el románico asturiano en tres etapas: la inicial hasta Alfonso II el Casto (842); el ramirense que abarca el período del reinado de Ramiro I y de su hijo Ordoño I; y la última etapa, desde el reinado de Alfonso III el Magno hasta el traslado de la corte desde Oviedo a León. En las obras que comenteno las etapas del Románico asturiano se dividen en las tres citadas, igualmente se dividen en varios espacios geográficos que se organizan a partir de Oviedo, que se identifica con el cento, oriental y occidental. No han de extrañarnos estas divisiones porque el folleto no pasa de ser una guía didáctica escolar y el otro libro es también otra guía. Esto implica que, en una obra y otra, abunden las fotos, los comentarios esquemáticos de los rasgos y las construcciones de que se nos habla sucintamente. Las fotos del libro de Díez Tejón tienen más calidad y son en color, mientras las de la Guía, son fotos antiguas, no excesivamente buenas ni abundantes.

Cerca de donde vivimos tenemos santa Cristina de Lena. Una maravilla chiquita sobre un montecillo verde que se asoma al valle. Una señora la enseña y explica y da cuenta de sí por el mismo precio: gratis.


Es norma que los turistas, en general, no vieron mucho de por donde pasaron; fotografiaron muchísimo; y solo se quedaron con los nombres de los restaurantes y los bares donde comieron y bebieron. Cierto que de todo quiere el Señor…, pero, si puedo, quisiera aprovechar para visitar el románico asturiano, como lo hice en su momento con el navarro. 

Este par de guías cubren sobradamente mis necesidades, pues cuando quiera más información sobre alguna edificación en concreto, la buscaré, pero con estas obras podremos hacernos un itinerario por donde ir y dónde reponer fuerzas.


 








13 de febrero de 2026

563- Zafra Peña, Ildefonso; Santiago Marcos, Luis; Aragón Moriana, Arturo, Catedral de Jaén. Mirada plástica. Mirada cultural

 


Me libre Dios de afirmar que aquello, lo de ellos, es peor que esto, lo nuestro, lo mío. No tengo edad de caer en ese chovinismo cateto de exaltación del campanario propio. Sí es cierto, sin embargo, que solemos ser “candilicos de puerta ajena”, es decir: alumbramos y exaltamos lo ajeno, lo lejano y extranjero, lo de allí, antes que lo de casa por el mero hecho de no hacer aprecio de lo propio, por desconocimiento, por ese prurito que el refrán refrenda: "Gusta lo ajeno, más por ajeno que por bueno". En los años 60 en España los productos con marchamo alemán eran lo más de lo más, por ser alemanes, sin más. 

La catedral de Jaén es un espectáculo suspendido del Cielo y asentado en la ciudad del Santo Reino: la mire quien la mire y se mire desde… y como se mire. La contemplo a diario. La visito a diario y no me acostumbro. El espacio interior, además de la luminosidad que para ella quiso Vandelvira, causa en quien ora en ella, en quien la visita, una calma y un sosiego frutos de la armonía que invita a dirigirse a Dios. Distingo ver, mirar y contemplar, ojo: quien solo la ve en su visita sin mirarla ni contemplarla, si en su paseo solo percibe piedras y formas, es porque no ha penetrado en la intimidad y en el sentido trascendente de todo ese esfuerzo de fe y siglos… A diario me pregunto ¿cuántos canteros, carpinteros, escultores, albañiles… trabajaron en ella gran parte de sus vidas, incluido el mismo Vandelvira y no la vieron acabada y, sin embargo, yo me puedo permitir a diario el gozo de estar, de rezar, de recrearme y de dar gracias a Dios por ese medio que me acerca a Él de modo tan decisivo?

Es cierto que Dios está en todas partes (ojo, para Dios no hay tiempo y, por tanto, Él vive en presente: sigue estando HOY, ahora, colgado en la cruz, y sigue siendo el niño carpintero que se pierde y el joven que predica y cura…). Sí, se puede orar en cualquiera parte, como te puedes lavar donde haya jabón y agua, pero prefiero más la ducha de casa que el río que pasa ahora a mis pies, por muy limpia que el agua corra (me he bañado y aseado en arroyos serranos donde el agua bajaba… fría como el hielo: ¡ni espuma hacía el jabón!). Prefiero rezar en una capilla, en un oratorio recogido, en una catedral, como la de Jaén, antes que en una mezquita, por muy de Estambul que sea y por muy Mezquita Azul que le digan… A ver, me parezco en este sentido más a León XVI que a quien quiera rezar abrazado a un lentisco, siendo este bueno y de creación divina.

La catedral de Jaén es inmensa. Uno no la imagina hasta que está ante su fachada y después penetra en ella. A Teófilo Gautier, que visitó Jaén a mediados del XIX, comentó en su libro Viaje por España que le impresionó la desproporción entre la catedral y la urbe que vivaqueaba a los pies del castillo de Santa Catalina, observada por la catedral.

El libro que tiene a bien regalarme mi amigo Arturo Aragón atina de plano al manifestar en su portada que es una “Mirada plástica” y una “Mirada cultural”. Siendo lo mejor enemigo de la bueno, seguro que existen libros más extensos, detallados, documentados, etc. sobre la catedral de la Asunción, ¡segurísimo!, pero en esta obra de Aragón, Santiago y Zafra al lector que desee iniciarse con la historia y el acceso ilustrado a esta realidad es una excelente aproximación. Las fotos y los dibujos con magníficos. Un acierto esencial es que se contextualiza la construcción del templo en el Jaén que atraviesa los siglos y así se comprende mejor lo que es sencillamente fe y amor. Según su deán actual, Martínez Rojas, con ayuda de esta obra: “el sueño en piedra que ideó Vandelvira será también, más si cabe, palabra explicada e inteligible, verbo cálido y cercano hecho trazo e imagen”.

Por mi parte, quiero agradecerles a sus autores, las pistas seguras y certeras que dan para abundar en el conocimiento de esta realidad tan esencial en mi ciudad y mi existencia. Muchas gracias.



6 de febrero de 2026

560- Faulkner, William, LOS RATEROS

 



Última novela escrita antes de su muerte por el Nobel norteamericano y editada en 1962. Podría pensar que quien no conozca a Faulkner, que no siga leyendo, pero no me atrevo a tanto. Real como la vida misma: Vino un lector de inglés yanqui a mi centro, le pregunté por la generación perdida: “Faulkner, Dos Passos, Steinbeck, Capote…”, le enumeré, y me dijo que no los conocía y era, supuestamente, especialista, licenciado, experto, máster o lo que fuera en literatura contemporánea americana: no volví a hablar con él de literatura. Sigo. Quien no haya leído a Faulkner, si se lanza a la aventura de iniciarse por esta novela deberá armarse de paciencia hasta que se sitúe en el cronotopo que organiza el de Misisipi. Faulkner, imitadísimo en esto y otros rasgos de su obra, como intento al menos, crea un condado americano, Yoknapatawpha, para mí impronunciable es una palabra de una tribu de indios, los chickasaws. En este condado inventado por él, con sus ciudades, sus pueblos, su capital, Jefferson, su historia, sus lugares célebres... todo concebido por él. El Memphis, que hallamos en esta novela, y frecuentemente mencionado en otras, es una ciudad del condado de Yoknapatawpha y en su mundo imaginado e imaginario representa a la ciudad, al progreso, la modernidad y para él tiene un sentido despectivo, pues en ella se hallan todos los vicios en contraposición al campo y su pureza, sus tradiciones, sus historias tan particulares como inolvidables en la intrahistoria de sus novelas y para sus personajes (no es extraño que estas tengan lugar o se cuenten en más de una de sus novelas y las hallemos, ante nuestro posible desconcierto, en otros contextos y otras obras suyas, etc.). Insisto en sus novelas Memphis representa la "urbe" y centro de referencia para el norte de Misisipi. Es la ciudad grande y próxima, ciudad del vicio -el juego, la bebida, la prostitución, la corrupción y la modernidad–. Si eso es Memphis, el campo y sus gentes, repito, son aún naturaleza, pureza, honradez y sencillez natural y espontánea de la realidad y sus habitantes.

Esta obra de Faulkner la podemos hallar denominada con dos títulos distintos: Los rateros o La escapada. Su título original fue The Reivers: A Reminiscence. Este título en inglés daría una pista de la que carece el lector que tiene ejemplares con los otros títulos traducidos. Lo digo porque la obra comienza con un “EL ABUELO DIJO“, es decir, se trata de un narración en la que alguien cuenta algo que recuerda de manera vaga, es decir, una reminiscencia. Esto da sentido al punto de vista narrativo y la focalización variado que sorprende al lector, pues en ocasiones lee una narración en 3ª persona y se tropieza con una 1ª y una 2ª, en la que el narrador se dirige a un tú…, en este caso, el lector, si no se cae en este detalle me sucedió–, puede pensar que se trata de un fallo del autor, del traductor, que quien lee se ha despistado o sencillamente de una errata, como pensé en el primer tropiezo. Nada de eso, el autor es el responsable que procura las tres focalizaciones.

Así pues, sabido cómo se focaliza la obra, el lector asiste a la historia que nos cuenta alguien que narra lo que su abuelo contó, siendo este, en el momento de lo narrado uno de los protagonistas, un simpático niño de once años, Lucius Priest. El abuelo paterno y banquero de este, por no ser menos que el coronel Sartoris (personaje de larga estirpe y fama en las novelas de Faulkner), y aun estando en desacuerdo con la modernidad y el progreso, se compra un automóvil. Quien lo conduce habitualmente es Boon, empleado del padre de Lucius. Por el fallecimiento del abuelo materno de Lucius, la familia se traslada a otra ciudad, momento que aprovecha el pícaro Boon para organizar por su cuenta ¡la escapada! Se trata de irse con el coche del abuelo de Lucius a la Memphis famosa, donde se halla una prostituta, Miss Corrie, con quien pretende echar un ratico y, si fuera posible, casarse… Esta escapada se complica con la inesperada compañía de Ned, quien muy solemnemente suele contestar con su nombre completo cuando se lo preguntan: Ned William McCaslin Jefferson Missisippi. Este Ned es un negro que sirve a su amo en casa de los McCaslin y amigo tanto del niño Lucius como del sinvergüenza Boon. Apunte: Los negros en las obras de Faulkner son por norma un miembro más de la familia de los blancos y, en algunos casos, descendientes de hijos naturales de algunos de los señores, son personas que transmiten una sabiduría ancestral, so capa de socarronería, vaguedades, viejas anécdotas, burlona pillería… Lo que sucede en Memphis es absolutamente inesperado por el lector…, siendo todo una farsa grave y fruto de las trapisondas de unos y de otros y, en medio, Lucius… el niño de once años.

Creo que la novela se podría acercar a lo que en la literatura española llamamos picaresca o los alemanes bildungsroman, algo así como novela de iniciación o formación en la vida como viaje para un niño o un adolescente… El pobre Lucius pasa en menos de una semana de casa de sus padres, donde tiene el cobijo y el calor familiar, a la intemperie de un prostíbulo donde vive la amada-amante de Boon y la corte allí asilada: Mr. Reba la madama, con su amante; la pléyade de ninfas que allí trabajan; Minnie, la sirvienta negra; Otis el sobrino de Miss Corrie, chico bajito que dice tener 10 años, pero tiene en realidad 15 corridos y picardeados años, y es un auténtico sinvergüenza… Lucius comprende que se hallaba hacía prácticamente unas horas bajo el amparo de lo que él llama la Virtud, así la escribe Faulkner, para pasar a estar bajo la dictadura de la No-virtud y a ser esclavo de esta, pues el vicio, por ejemplo, la mentira, lo arrastra irremisiblemente: cuando se miente una vez, piensa, ya no hay manera de dejar de mentir y, por tanto, se ingresa en el desapacible hogar del vicio y el mal.

En la obra, todos los personajes, protagonistas o menos, unos y otros, se verán envueltos y arrastrados por un destino fatal e irresistible donde andanzas y sucesos inesperados, trampas inopinadas de la sinvergonzonería de algunos, que se encadenan irremisiblemente, y de las que solo parece se puede salir… dejándose llevar hasta su final.

Reconocible vivamente la narrativa faulkneriana en esta su última obra, donde el lector hallará, al menos así me lo ha parecido a mí, pasajes tan deliciosos y como genuinos del escritor americano.

Para terminar, diré que hay película basada en la novela y que protagoniza en el personaje de Boon el inolvidable, para mí, Steve McQueen. No he podido ver la película (que ya he conseguido) pero pienso, leída la novela, que el papel le va de maravilla a este pillo que fue, de increíble vida.