A Ussi
y Noé, mis perras,
que
solo leen en inglés.
Mi ciudad es una cuesta. Es mi
calle una estrechura empinada de provincias, un callejón casi. Estrecho y sucio
y pino. Carece de circulación rodada. Apenas pasan, al día, dos coches y tres
motos que aparcaran en un garaje. Sin embargo, con todo esto, además, en mi
calle hay dos puertas laterales, secundarias, del colegio de las teresianas y
pasan decenas de niños por mi calle. A diario, desde muy temprano pasan niños,
pobrecillos, que son guardados antes del alba en un aula apellidada Matutina.
Siento pena por esos niños que me llevan a mi niñez de tres años, a mis
carmelitas, a mi tata Luisi, rubia, joven, guapa y vistosa. Desde que lo
aprendí no he dejado de repetir con palabras, más o menos de Juan Ramón, que la
escuela es una institución penal dedicada a asesinar nuestra infancia (la
divulgó Leopoldo María Panero, el poeta loco –¡hay algún escritor que no lo
sea un poco al menos!–, pero la idea es de Juan Ramón, que la acuñó tras su paso
por su cole del El Puerto de Santa María). San Agustín, en su obra De civitate
Dei, incluye entre los castigos divinos al hombre por su maldad, “los
horrores de la educación de los niños pequeños”. No, la escuela no me gustaba ni
me gusta.
Cuesta arriba, repeinados de
cariño y amor materno, suben los peques, mochila a la espalda, o arrastran ruidosos
tróleys. Ellos y ellas camino de su cole, en dirección a sus aulas… A veces
coinciden, por error, mis perras en la calle con esos niños… Quienes las
conocen no se asustan o incluso las llaman para acariciarlas; otros los hay que
tienen un miedo que portan durante toda su vida, el miedo de sus papás y sus
mamás: “¡Que te muerde el perro!”.
Antes, en mi infancia, había
perros de apellido Callejeros. Perros de nadie que todos alimentábamos, que
todos y nadie cuidábamos, que todos acariciábamos, si eran de nuestra calle o
de nuestro barrio. Llevaban el nombre que alguien más perspicaz le había
puesto: me acuerdo de Valiente, un podenco que, además, lo era: un perro no muy
grande, pero bragao y enérgico que solo ladraba a don Antonio, el cura,
cuando este vestía sotana (se ve que era un perro sin cristianar del todo y
anticlerical). Cuando empezaron a retirar los perros de las calles, se le
compró a Valiente un collar y se le vacunó contra la rabia. El Chito era otro
perro de mi calle aquella de mi infancia, pero ese era un chucho canijo,
pelilargo, esquinado y con mal humor. Mi hermano Javier que adoraba a todos los
perros también amaba y trataba a Chito, que llevó en una funesta ocasión por
casa, para desgracia del perro y de mi hermano.
No recuerdo que nadie en mi
calle tuviera miedo a los perros. A ningún perro se le temía, fuera como fuera.
Todos sabíamos que los perros callejeros, de donde fueran y como fueran, con
hacer el gesto de agacharnos y coger y lanzar una piedra huían por temor a
repetir experiencias vividas… ¡Pobrecillos!
Hoy los perros van atados –mis
perras en contadísimas ocasiones– y los niños y sus papás, muchos de ellos
temen a todos los perros, a las mordeduras de los perros, vete a saber a qué
(los musulmanes sí sé por qué los temen por norma). “Si van atados será porque
son peligrosos”, pienso que pensarán. Ignoran que los perros, salvo rarísimas excepciones,
no muerden ni hacen daño: a mí me mordió una vez un perro de mi casa por
meterle la mano en la comida… ¡acción que teníamos prohibida por mi padre! Lo
recuerdo perfectamente. Hemos tenido en casa muchos perros. Los hemos amado
mucho y ellos nos amaron otro tanto. Siempre perros de raza dedicados a cazar.
“Los perros de caza no muerden”, sentenciaba mi padre con una seguridad que no
sé de dónde sacaba.
Los niños de la escuela de mi
calle lloran cuando los traen a la escuela en septiembre, pero no veo a los
padres que eviten su entrada en ese infierno de maestros, lápices, mesas y
compañeros meones. No, los perros, salvo extraña noticia, no muerden y mis
perras son amables, no ladran, están limpias, vacunadas… Y tienen el amor de su
amo, que soy yo, que las cuido… como perras que son, que no como niñas.
A veces repito con
Saint-Exupéry su texto de El principito donde advierte que: «Aunque
no me gusta el papel de moralista, el peligro de los baobabs es tan desconocido
y los peligros que puede correr quien llegue a perderse en un asteroide son tan
grandes, que no vacilo en hacer una excepción y exclamar: "¡Niños,
atención a los baobabs!"» y los baobabs solo crecen en las escuelas y entre las personas
mayores. Niños, solo encontraréis esos árboles malignos entre las mentiras y el
egoísmo adulto, entre la soberbia y la codicia; a veces entre quienes atan a
los perros con correas: temed más a los dueños que a los canes… ¡Esos sí que
muerden! Estad atentos a esos baobabs y no temáis a los perros… Dejad que los
perros se acerquen a vosotros, acariciadlos… ¡no los temáis!