5 de mayo de 2026

575- Gómez-Jurando, Juan, REINA ROJA

ADVERTENCIA 

PARA EL POSIBLE LECTOR DE UNA DE MIS ASESORAS


"Pues si te has divertido me extraña mucho porque en la critica que haces, el autor no da una a derechas y que se ha pasado de frenada, pedantería es Antoñita la fantástica por lo que te leo. En fin…si me preguntas no entiendo apenas lo que dices y menos la conclusión final…".



Me regalan este libro “para que descanse la cabeza” y me aleje de ensayos arduos y sus disquisiciones complejas. Procuro ser muy obediente a quienes me quieren. Tomo el libro y me lo leo. Otro de mis informantes de la literatura de actualidad me advirtió: “No te gustará”.

El volumen ha sido maltratado. Ignoro si es de segunda mano, como me gustan y hace años los adquiero. Poco fuelle tenía uno de sus lectores anteriores: cada pocas páginas dobla, para marcar por dónde va, el pico de la página que queda señalada.

No había leído ni oído hablar del autor ni de su obra. Se me antoja un tocho evitable: 566 páginas. Lo hojeo. Algunas páginas en blanco y muchos blancos entre renglones. Estos, con holgura y a dos espacios, y letra para vista cansada, papel grueso. Muy bien.

Me pongo a ello y no me agrada el vestíbulo ni la recepción. Me temo lo peor, pero me entrego.

Tomo un folio de notas menudas mientras leo. Inevitable. Lo lleno de anotaciones.

Leo desorientado el comienzo por la trama y los personajes. Me aburren los tópicos en los que todos los escritores caemos. Me incomodan los chistes malos de los escritores que se quieren hacer los simpáticos ingeniosos. ¡Qué originalidad la suya!: “Antonio Scott sólo se permite pensar en el suicidio tres minutos al día”: hermoso arranque del libro y además con acentuación en el adverbio solo, ¿¡qué se creerá la Academia y sus académicos que son!?

Los personajes, el narrador y las situaciones que me salen al encuentro son elípticas slim, slim, total slim fit!–, sofisticadas, superguays y la mar de snob (el autor escribiría “la hostia de snob”, donde hostia me sobra por innecesaria e irrespetuosa. Escribe ostia, por lo menos, Jurado, que no es de pacatos. También me sobra el “Me cago en Dios”: está de más).

El lector es llevado del ronzalillo y arrastrado por los cultismos, neologismos y vulgarismos sin piedad. Lo más in se trenza con lo chocarrero.

Alicia en su país se asoma en la obra desde el título. El Antiguo y el Nuevo Testamento también piden cita y se hacen presentes: qué de cultura. También nos cruzamos con el conejo de la prisa, el White Rabbit: guiños culturalistas a lectores que, si acaso, vieron la peli, pero no leyeron al genial Lewis Carroll. Otro que asoma de vez en cuando por sus letras es Joaquín Sabina en finales de oraciones que vienen o se crean para el caso: simpático.

Por toda la obra chorrea un nihilismo impostado de fondo: “puta mierda de nefando mundo” escribiría el autor. No recuerdo de la obra, mientras esto garrapateo, nada hermoso de los paisajes interiores o exteriores. Los ricos son unos miserables por méritos propios, los malos lo son por herencia, según un sociologismo tan inconsistente como falaz (quizá fueron violados en su infancia, se deja entrever). Los ricos tienen buenos muebles, buenos güisquis, buenos coches…, paso corto y mala leche (único modo de ascender en este desalmado mundo). Los pobres viven como Ezequiel entre basura; con cargas pesadísimas como Ladybug (topicazo de personaje como el científico que inyectó no sé qué a Antonia Scott en no sé dónde; o la hermanastra de Carla, que es cruelísima y etcétera). No parece que le haya dedicado ni mucho cariño ni mucha atención el autor a sus protagonistas, agonistas, secundarios y figurantes. 

Voy que vuelo: el estilo escasamente descriptivo, los párrafos de un renglón, las conversaciones telegráficas, disparan la lectura y el interés del lector que, en este caso, soy yo. Poco a poco desprecio la pejiguera pseudofilosófica que el autor deja caer entre los renglones por los capítulos. Esos fervorines se me antojan mobiliario pesado, aburrido, inútil e impostado, pero que dan lustre, supongo, ¡al autor! y ningún fuste a su obra. Jon, el policía maricón, “No termina de creer en una Iglesia que no podía creer en él, pero le daba un poco igual, porque estaba convencido de que Jesús no creía en su propia Iglesia” (toma aire y respira, Jurado: ahí queda eso). Los inexplicables cambios de punto de vista narrativo injustificados también me dejan sin sangre, como al pobre Jaime Vidal: no tomo nota de ellos. La comparación, como figura retórica y por norma, suele ser popular, inmediata, plástica y por eso la mantiene en uso y de pie: “está más sordo que una tapia”, “se caga más que un sisón”, pero no será popular decir que “el corazón le zapatea en el pecho como un bailador en el cumpleaños de un narco”… ¡se ha pasado de frenada, de pedantería y de netflix!

Un personajucho tópico, un gitanillo bilbaíno, pobre, un tal Luismi Heredia (¿de segundo Cortés?) no escupe sangre, sino que “espurrea hemoglobina” (¡tocata y fuga del níspero!); eso sí, con su esfuerzo se elevó de la chusma callejera ambiente de Bilbao hasta alcanzar ¡un título de FP de Grado Medio denosesabequé! No lo iba a reproducir, pero me dejo llevar: esto sí es una descripción de un buen güisqui, ¿o un intento de reírse del lector?:

Torres da un sorbo -un sorbo de mil euros- y se recrea en los detalles y sensaciones, reteniéndolo en la boca antes de tragar. Primero notas poderosas de pasas, café, avellanas y naranja amarga. Pomelo, quizás. Sándalo y almizcle, por descontado. Luego, al tragar, una oleada de moscatel, mazapán, melaza. Y al marcharse, un retrogusto en el paladar de trufas, azúcar mascabado y cáscara de nuez.

 

Es un whisky magnífico, como debe ser la labor de un buen consejero.

Metido en faena, a este lector no le importan en exceso las muchas zonas grises en la tramitación de los argumentos, más elipsis textuales, descriptivas, narrativas y en el tratamiento de la trama y el tema. Algunos desarrollos de la intriga se quedan en espacios oscuros, invisibles, inopinados. En un supuesto desarrollo realista que, entiendo, el autor pretende en la novela, estos esquinazos al lector, con torpe prestidigitación, le huelen a pufo, pero sigamos por las cloacas… ¡ese tramo de la trama es risible! Espectacularmente ridículo el rollo sobre Altamira, Isabel II y para el carro Serrano, que se nos va de las manos, las pastillas de colorines que Antonia toma… (Made Marvel Factory)…

Un crimen y un secuestro se unen en matrimonio novelesco con una más que lábil motivación de corte evangélica. Los protagonistas, un poli homosexual, Jon Gutiérrez, vasco y a dos metros de ser expedientado es seleccionado por se ignoran qué motivos para acompañar a una superdotada en todos los ámbitos, Antonia Scott, más rarita que un perro verde (¿podría ser de otro modo?). Ellos forman parte de un entramado mundial o europeo llamado Reina Roja para solucionar los grandes crímenes de la humanidad: cada país tiene a sus peones y sus alfiles. Y andan y viajan y buscan y encuentran y compiten con un poli de curso legal, especialista en secuestros y tal, pero que no se entera. Jon y Antonia lo adelantan por la derecha o por donde pueden, porque del hoyuelo de la barbilla del Kirk Douglas saca Antonia Scott petróleo para solucionar un problemón… ¡para eso la chica es un portento mundial!

No se citan, pero el lector se cruza con dos especies de extraños cameos inequívocos: uno de Amancio Ortega, que pasaba por allí bajo el nombre de Ramón Ortiz (padre de Carla Ortiz, la secuestrada), y otro de Ana Botín, bajo el nombre de Laura Trueba (madre de Álvaro Trueba, en apariencia asesinado…).

Los capítulos, como en los buenos folletones, tienen su titulito que poco orientan. Además, están ordenados, como todo en la novela, para que todo fluya para una mejor legibilidad…

Me acuerdo de Julián Marías padre. Le gustaba ir al cine para divertirse. Le gustaban, lógicamente, las pelis bien hechas, de buena factura, pero ir… iba para divertirse. Y yo doy las gracias al Gómez-Jurado por su obra y a Daniel que me la regaló porque también yo, en este caso, me he divertido.  

29 de abril de 2026

574- “INFLAMACIÓN TESTICULAR MASCULINA HUMANA”

 


Ayer sucedió en Atenas y el héroe no era ni Agamenón ni Aquiles ¡y ni siquiera Ayax el grande! Solo era un vejete de 89 años con una escopeta de caza oculta en la manga de una gabardina. La premura en la gestión no le permitió recortar los cañones como en las pelis. Por su modo de proceder este señor padecía “Inflamación testicular masculina humana”: la medicina es muy pleonástica… testicular y masculina. Hartico de ser toreado en el laberinto de Creta: “Vuelva usted mañana”, “Pida cita por Internet”, solicite, reclame, escriba, vaya, pero vuelva, anote y “Espere y no cuelgue, sin favor” y sin conseguir absolutamente nada, optó por acercarse por dos negociados oficiales distintos e interpretar la sinfonía de la realidad como buenamente ha podido. Gracias a Dios no andaba el griego sobrado de puntería y, aunque ha herido a cinco o seis funcionarios, no ha matado a nadie. Pobres… y pobre viejo. Al ser detenido dijo a los agentes: «Esta noche saldré en las noticias». Pues también la llevaba: así fue. Ha pasado años solicitando una pensión, trabajador también en Alemania y USA, en estos dos países se le concedió la pensión que le correspondía en un pispás, mientras en su tierra se le denegaban, fue insultado incluso y fue «tratado como un perro» por los servicios públicos y los tribunales griegos. Dejó escrito: «Y yo, el perro, ahora me he vuelto rabioso y algún día iré a las oficinas y los morderé, para que también ellos se vuelvan rabiosos». Ahí queda eso.

Me consta que no es motivo de risa, pero también síntoma de una realidad más profunda que permea la sociedad en general y en su conjunto entre muchos ciudadanos por doquier. Sigo.

El 23 de noviembre de 2016 en la localidad de La Solana (Ciudad Real), en Castilla-La Mancha tuvo lugar otro reventón de la enfermedad citada arriba. Atenas es una ciudad mundialmente conocida. La Solana no lo es tanto. Tampoco lo es Villanueva de los Infantes. En este caso, el asesino era de este pueblo, hombre también de edad, quien disputó con el director de la caja que guardaba su dinero. La cantidad es lo de menos, no era excesiva, unos 2.200 euros, pero la disputa provocó otro brote de “Inflamación testicular masculina humana” con fatales consecuencias. En esta oportunidad, el manchego anduvo con más tino y dejó al director de la oficina bancaria más pegao que un pellejo a una pared. Fue condenado a 25 años de prisión.

Estos dos abuelos son parientes por lo que a los hechos relatados toca del “Ciudadano cero” de Sabina. Con la diferencia de que este tipo, cero relevancia, hizo una ensalada de tiros que dejó 17 muertos al decir de Sabina… y como el griego, según apuntó a los maderos, “Ahora sabrá España entera mis dos apellidos”.

Un tipo de este perfil y con el padecimiento ya visto es el protagonista de mi novela Dios no come caracoles. Esta enfermedad de la que vengo hablando y sus consecuencias no es reciente, ni mucho menos, pero es cierto que desde la pandemia donde no hay gestión que no deba hacerse con llamadas telefónicas reiteradas e insistentes hasta ser atendido, petición de hora, espera de consulta, “Gracias por su paciencia”, “No puedo asistir ese día…”, “Pues otra no le puedo ofrecer. La siguiente es para dentro de tres meses”… Pues eso, que no es por teléfono, sino por medio de una app, ¡que sepa Dios qué sea ese aparato! “Y yo no tengo ordenador” y mi hijo está en Madrid…

Si esto es progresar, que venga Dios y lo vea. En resolver cualquier gestión se pueden pasar días, horas y horas colgado de un teléfono, enfermo y postrado en una cama o con un papel en la mano que requiere ser visado. Para esto, que es otro asunto, las mujeres son más capaces, elásticas, pacientes y benditas, pero a los hombres no, ya lo decía Delibes en Las guerras de nuestros antepasados por medio del Bisa: las guerras están en los huevos de los hombres y mientras los hombres tengan huevos, habrá guerras. Pues eso es lo que hay… y que se ande con cuidado el picatoste yanqui.

 




1 de abril de 2026

571- Riera Fernández, Isaac, VIDA CRISTIANA, VIDA HUMANA

 


Antes de adentrarme en ningún detalle quiero iniciar el comentario de esta obra haciendo saber al lector que, en mis cortas luces, el autor se ha basado en un vasto y profundo conocimiento del ser humano y sus pliegues y repliegues interiores, tanto psicológicos como anímicos. Riera conoce al hombre porque lo ha tratado a fondo, porque lo ama, porque lo piensa y lo hace, insisto, desde ese fundamento del trato personal, íntimo, inmediato y porque sus estudios, sus lecturas, sus meditaciones, sus horas de confesonario, le han alumbrado espacios seguros, caminos ciertos que ponen claridad en el lector para también conocerse. Sí, Γνῶθι σεαυτόν, conócete a ti mismo, amigo, empieza por ahí; y es por ahí por donde empieza el profesor Riera.

Como hombre de fe, que además es sacerdote, sabe que la fe es un camino de conocimiento que en absoluto se debe desdeñar si se quiere alcanzar la vida buena y el premio del Cielo, tras un paso firme, alegre, por la tierra. Un santo triste es un triste santo, decía santa Teresa. Es por ello que Riera afirma con rotundidad: Todo lo cristiano es naturalmente humano, pues nada puede haber que, siendo cristiano, vaya contra la naturaleza humana, pues en Dios no hay contradicción posible, siendo él Cristo y, a su vez, el creador del hombre.

La lectura del libro invita al examen de conciencia y la corrección interior y a una práctica de la vida humana más cristiana, más coherente con el deseo de Dios Padre: fija sus afanes en la santidad. El libro se divide en capítulos que pueden ser leídos sin necesidad de ir en un orden sucesivo uno tras otro. Aportan saber y sustancia para la oración personal. No ha de extrañarse el lector prudente que su lectura se detenga ante una idea, un párrafo… donde se vea reflejado e invitado al examen y la meditación, para sí o bien, por aplicable, para otros.

El índice, quizá lógicamente, no discrimina asuntos de vida interior y de vida ordinaria, pues una y otra coexisten en una. La incoherencia en su extremo enfermizo es esquizofrenia, y en lo cotidiano… limitación humana. Lo que sí se topa el lector en el índice es que asuntos, no me gusta llamarlos temas (porque mi trato con Dios o la Virgen no son temas, lo siento), que son sugerentes: títulos cortos incisivos, indicativos, que orientan… y donde el lector se puede situar. El lector comprobará que se pueden hallar asuntos capitales del cristianismo y del saber humano, necesarios, para alcanzar esa vida lograda, esa vida buena que todos anhelamos (quien no tienda a ella no es humano ni vive como un ser humano, es más semejante a una ameba o a una pseudolynchia canariensis). Quien en el orden moral sólo sabe, en realidad, no sabe o no sabe de verdad; y no sabe bien porque no actúa en consecuencia.

El estilo del libro es sencillo. La prosa discurre sin grandilocuencia, con justeza propia de quien desea transmitir ideas al lector, lejos de retóricas innecesarias. Se apoya el autor en textos de la Sagrada Escritura, del Antiguo y el Nuevo testamento, cita a los padres de la Iglesia y a los autores y pensadores clásicos, insisto: sin altisonancia, como apoyos de autoridad o bastones que le ayudan a asentar con más firmeza ideas que expone.


Reitera el profesor Riera en distintos pasajes y con motivos varios (viniendo al caso, aunque pueda parecer reiterativo) la complejidad del ser humano, de su mundo interior y de sus acciones ad extra. Es obvio que ha de ser el humano persona prudente para calibrar el alcance de sus intenciones y sus quehaceres, pero la observación y el examen obsesivo, puntilloso, puede dar lugar a la desesperación por generar una conciencia escrupulosa. La negación de una intencionalidad pura, perfecta, en cualquier acción humana, considero, que no deja de ser el desdoblamiento kantiano que hace el filósofo alemán entre el hombre suprasensible o nouménico (racional) y el hombre real o sensible (el animal racional “compuesto”). ¿Que debo corregir mi intención en muchos de mis actos porque carecen de la limpieza absoluta y última? Sí, pero ese rectificar mi intención no debe olvidar que el hombre ha sido sanado por Cristo que está colgado en la cruz y que en este y por esta el hombre puede actuar con la mejor de las intenciones de las que es capaz el hombre, hijo de Dios. No siempre actuamos torcidamente. Dios nos quiere confiados como hijos, felices como amigos, seguros como hermanos suyos que somos. El hombre se autoconstituye en la acción, decía Aristóteles… Duc in altum!

¿Quién no quiere ser mejor, progresar como persona, como cristiano? Si dispone de tiempo y fuerzas, este libro le puede ayudar, orientar: se lo recomiendo.

28 de marzo de 2026

ISLANDIA

 



A SERGIO MUNUERA

 

Vaya por delante que quienes penséis el clásico: “¡Alcalá, te las cuajas!”, os equivocáis porque la anécdota que cuento en esta entrada es verídica como la vida misma, fruto de mi atenta observación sociológica a pie de calle, más bien casi a pie de playa en este caso.

Paso unos hermosos días de descanso junto a la mar océana y digo tal porque el agua salada que delante tengo es del Atlántico. Ando junto a la orilla a diario unos kilómetros para allá y otros por el paseo marítimo para acá: por variar el piso y el ambiente, que en el cambio está el gusto. No diré dónde estoy para evitar seguimientos y maledicencias.

Vuelvo ya algo cansado del “pallá” y estoy en el “pacá”. Vuelvo más rápido que voy: supongo que es cosa de viejos. Se empieza más despacito hasta que se calientan motores. Hay cuatro personas en el murete del paseo observando la mar. No hay nadie más porque gente hay poca por las fechas en que estamos. Las personas en cuestión son cuatro abuelos, más viejos que yo, en dos parejas de hombres y mujeres. Entiendo que matrimonios y amigos. La pinta que tienen es de ser de muy tierra adentro: del mundo del terrón y el tractor. Al pasar cojo al vuelo lo que una de las señoras dice y me paro en seco porque entiendo que el asunto promete:

          Paco le dice una señora a uno de los caballeros, ¿y qué habrá después del agua?

Los cuatro miran muy atentos a lontananza, allí donde el filo del agua se hace uno con el cielo azul.

          Otro país contesta Paco, sin dudar y sin mirar a la señora que le ha preguntado.

          ¿Y qué país será? insiste ella. Ninguno pierde de vista el final de la mar, allá por donde Colón se fue a América.

          Pues… será Islandia –afirma el tipo con aplomo; parecía no acudir a sus labios el nombre exacto del país al otro lado inmediato de donde nos hallamos.

          No doy crédito a lo que mis oídos han escuchado: ¡Islandia! ¡Que ya hay que ser casi un conspicuo geógrafo profesional para acordarse de semejante nación en el lugar donde estamos en la punta sur de Europa! En ningún caso se me hubiera ocurrido decir semejante nación. La otra pareja calla y mira. Alemania, Francia, Italia, Inglaterra… ¡algo así! Pues no señor: Islandia.

          Mi primera reacción después de cuarenta años de clases donde tantos disparates oí y leí no es reírme, sino analizar cómo es posible que alguien piense semejante disparate. ¿Es que no ven a los señores y señoras del tiempo donde se indica el camino de las borrascas, las danas o como ahora se llamen? ¿No saben que al sur de Europa está África? ¡No digo yo que afirmen y afinen hasta decir que estamos frente a las costas marroquíes de Larache!, pero por lo menos decir África, que es un continente como la pata de un rucho atravesado en mitad del mapa… ¡Pues no señorita!: Islandia, ahí es nada.

          Sigo pensando que esas personas, con más de setenta años, posiblemente han tenido un oficio, un trabajo, se han ganado honestamente la vida, han tenido hijos, tienen posesiones: casas, campo, un coche, un tractor…, dinero en el banco y ahí están vivos y coleando. ¿Qué pensarán de Trump y de los ayatolás? ¿Sabrán quiénes son Otegui y Puigdemont? Y el mundo sigue y los demás vamos y venimos. Y ellos ahí plantados en el paseo: tan anchos y tan panchos. Sube o baja la gasolina, el nikkei y el dólar… Y habrá elecciones en Andalucía, María Jesús Montero según las noticias, desembarca de nuevo en Andalucía y al otro lado, ahí enfrente, justito al llegar a la otra orilla, donde mismo termina la mar… Marruecos y él, todo él, con otros tantos… ¡África!

Y nosotros acongojados: “Paco… ¿qué habrá donde el agua termina…?”. “Islandia”.

          Nosotros, muchos de nosotros preocupados por los CIS de Tezanos, por el cambio climático, por los astronautas que nos miran desde el espacio y esos cuatro españoles ¿serán modelo y medida de algo? siguen pensando que viven lindando con… ¡Islandia por lo menos!

 

 

 

 

26 de marzo de 2026

570 – Arteta, Aurelio, LA VIRTUD EN LA MIRADA. ENSAYO SOBRE LA ADMIRACIÓN MORAL

 



Pasan los años y con estos también, en mi caso, las lecturas que realizo. Me sorprendía hace tiempo cómo llegaba por una lectura a calles que ya me eran conocidas por otras obras, por otros autores. Si somos de pensamiento e intención limpia, nuestro querer y nuestra inteligencia desembocan en calles aledañas a la verdad o directamente en ella. Al pasar por esta, por el bien, por la belleza, me suenan los escaparates de las aceras por las que paseo. Algo así me sucede con este libro de Aurelio Arteta a quien conozco solo por los libros que he leído de él y, sin embargo, me encuentro en su pensamiento con el de Alasdair MacIntyre, con el Leonardo Polo, con Alejandro Llano, con Ortega y Julián Marías… y con el de tantos otros que, sin nombres y apellidos tan reconocidos, me llevaron hasta donde digo. En la plaza se juntan muchos, aunque no todos.

Si les hablase de un magnífico asesinato, de un crimen cariñoso, de una mentira constructiva, ustedes se sorprenderían por los adjetivos que, en absoluto, les corresponden, salvo, metáfora o broma, a los sustantivos asesinato, crimen y mentira, pues ninguno de los tres son chacotas de recibo, mas por qué sí lo son, y de uso corriente, ira santa y envidia sana. Fue precisamente este último el que me llevó a la lectura de esta obra, porque siempre enseñé que la envidia sana, en español, se llama admiración, sentimiento universal que en inglés y francés no difieren tanto del español y algo más sí en chino: 欽佩. La envidia es una emoción que se convierte en sentimiento y que, en cualquier caso, es negativa, mala, destructiva de la realidad humana, por eso el cristianismo la incluye entre los siete pecados capitales: todos ellos rechazables. Por cierto, la ira santa se denomina celo, que mueve a Jesús, por ejemplo, a echar a los cambistas del templo, etc.

Denso, extenso, logrado y de ardua lectura es el libro de Arteta. Ha habido pasajes en los que por mi estado de ánimo en el momento o por la complejidad ¡o por estas dos realidades y muchas más! bien me dieron ganas de abandonar la lectura, opción que no consentí y continué leyendo. Es más. Algunos capítulos y muchos de sus pasajes los he escaneado para mi relectura y meditación y conservación personal.



La disección que Arteta hace de la admiración merece la pena ser seguida escrupulosamente. En el título, el autor, ya adelanta que esta es La virtud en la mirada, pero para evitar malentendidos o dar alguna pista al lector interesado subtitula: Ensayo sobre la admiración moral. Desde qué es la admiración en sí, qué se ha entendido por ella en las distintas corrientes de pensamiento moral a lo largo de la historia grosso modo, pasando por filósofos y pensadores tan relevantes y opuestos como puedan ser Adam Smith y Kant, desde Aristóteles… Arteta no deja rincón sin revisar: quién es y en qué condiciones se puede admirar a alguien, por qué, quién puede adquirir la denominación de admirador y admirable, ¿es común esta realidad en todas las culturas en tanto que urdimbre del ser humano?...

Intento expresar en un párrafo lo que el autor nos ayuda a comprender y no hallo mejor medio que seleccionar uno del propio libro donde mi lector posible puede encontrar lo que me gustaría ofrecerle y Arteta escribe: “Repuesto en su integridad el sujeto moral real, lo que aquí se defiende es que ese fin de la perfección propia lleva consigo la admiración de la mayor perfección ajena como síntoma y como medio. Tal es nuestra hipótesis central: que este sentimiento, aun confuso, es indicio de una saludable disposición moral y apunta al querer, poder y deber de la propia perfección. Ese querer o semejante conciencia del deber no arrancan de la admiración cómo su móvil último, pero a menudo sí como un móvil inmediato, o sea, con ocasión de ella y a una con ella. Actuar como sujeto moral comprende el admirar a otros sujetos morales. O, si se prefiere, llegamos a ser buenos si antes somos buenos admiradores”.

Que el ser humano es moral porque es perfectible y solo lo es una sociedad donde otros son y están es evidente; que es imposible contemplar y mirar la excelencia sin querer imitarla es necesidad sin qua non para el hombre… ¡es maravilloso! Quien solo se contenta con ver, sin mirar ni contemplar una realidad ad-mirable y no se le mueve una fibra del alma es porque está muerto, es una piedra o una ameba. Escribo esto muy cerquita de las marismas del Rocío y recuerdo una canción rociera que viene a decir: que caballo que con tres años, ve a una yegua y no relincha, o no le gusta la yegua o tiene prieta la cincha. Con perdón, doy un salto ontológico: era Ortega quien afirmaba que una mujer guapa invita con su presencia a un aplauso (o algo así). Esto era ciertamente antes: si Ortega por muy “y Gasset”, que fuera, se le ocurriera semejante acto admirativo hoy sería tachado de facha, machista y terminaría en la perrera de la comisaría.

No ha de olvidarse lo que Arteta afirma en el párrafo que reproduzco: he señalado decenas de ellos. “Repuesto en su integridad el sujeto moral real”… Iba a pasar de largo sobre un suceso real, actual, en un centro educativo (no sé si en más) donde hay alumnos que inducidos por no sé quién califican a Antonio Machado de pederasta porque se casó con Leonor Izquierdo cuando esta tenía 16 años… ¡literalmente estamos desquiciando la realidad! Pensaba que muchos de estos sucesos me cogían a traspié y de ahí mi falta de comprensión de los mismos, por mi edad, mis lecturas, la cultura a que pertenezco, pero poco a poco comprendo que no es así, sino que la realidad en muchos de sus ámbitos ha perdido literalmente los goznes sobre los que necesariamente ha de girar (¡al margen de opciones, culturas, etc.!) y aterrizamos en un mundo que, ¡siendo el nuestro!, no comprendemos. Aquí no hay salido ninguna hoja roja, como en la novela de Delibes: a don Eloy se le pasó el arroz, a nosotros, a muchos de nosotros nos lo están quemando intencionadamente; no estamos fuera de nuestro tiempo, sino que pretenden que vivamos en una realidad paralela, virtual y falsa… ¿¡Machado un pedófilo!?

Merece la pena hacer el esfuerzo intelectual para leer este libro, si usted gusta de los ensayos filosóficos que no ponen tasa a sus búsquedas para llegar a la verdad, para aclarar los caminos que pueden conducir a ella, si gusta de la claridad que puede alumbrarla.