2 de febrero de 2026

559 - Puzo, Mario, EL PADRINO

 

Nueve partes y treinta y dos capítulos: 603 páginas en el ejemplar que he manejado de la colección De bolsillo de Penguin Ramdom… y poco que decir… ¿Qué decir de El Quijote? ¿Qué decir de El Padrino? ¿Quién no sabe, mejor o peor, de qué van un libro y otro? ¿Qué va a contar usted? Cierto, pero permítame que comparta mis impresiones personales tras la lectura de esta obra. Le hago gracia de comentar el argumento general.

Leo esta obra que me regala un amigo con la finalidad de alejarme, en mi cansancio, de aquellas otras que por sus contenidos y temas me obligan a forzar las escasas fuerzas de que gozo de un tiempo a esta parte. Hay que aprender a descansar. Ciertamente esta novela, que la he leído del tirón (expresión que aprendí en infantería de marina: “Esto lo hacemos del tirón”), me ha descansado un poquito la cabeza (tras ella tengo entre mis mano un texto muy diferente, Los rateros de Faulkner). Primer objetivo en camino de ser cumplido. Gracias por tu ocupación por mí y por tu regalo, Daniel.

Cuando vi el libro, como mecanismo de defensa, pensé lo escrito en el primer párrafo: “Esta ya me la sé”, porque había visto las películas de Coppola que llevaron al cine la novela de Puzo y me gustaron… “¿Cómo voy a leer el Quijote, por Dios, si ya vi los dibujos animados de finales de los 70?”… me decían algunos, entre ellos mis alumnos. No es comparable para el caso la obra de Coppola que lleva a al cine la obra de Puzo, con lo que hicieron en dibujos animados, pero no nos perdamos. 


“Hay clásicos que han dejado de ser clásicos”, me dijo una señora tan amable como leída. Y es cierto: la catedral de Jaén, con el paso de los años, está dejando, poco a poco, de ser… la catedral de Jaén y un monumento universalmente admirable porque los arquitectos, de una tiempo a esta parte, ya se aplican a otros estilos y… ¡de locos!

He disfrutado con la obra de Puzo no solo por qué cuenta, que ya, como digo, a grandes rasgos, lo conocía, sino por cómo lo cuenta y cómo estructura su obra. Editada en 1969, me vuelve a recordar a los autores de la generación perdida de los años 20 americanos y más concretamente a la trilogía USA de Dos Passos. No ha mucho he escrito sobre esto no recuerdo ahora al hilo de qué. Voy a intentar explicarlo. Puzo al dividir la obra en nueve partes, se puede permitir la narración y el abordaje detallado de unos personajes y otros de modo particularizado, también de unas situaciones y otras, lo que da lugar a la analepsis (que se llamó con más éxito quizá, por el cine, flashback), es decir: la ruptura de la narración lineal continuada, dando lugar a escenas o sucesos que, para el autor, tienen un carácter retrospectivo, el tiempo en su desarrollo lineal se quiebra. Desde el presente, el autor puede situar la acción, la trama, al personaje… en momentos anteriores y así se va completando la visión, e idea, que el lector tiene del desarrollo de lo que lee. Insisto, la división en partes, y estas, a su vez, en capítulos que dan continuidad a la obra en sentido general es un acierto estructural. Ciertamente el autor se ha de convertir en un minucioso relojero de la armonía para que esos varios relojes concuerden, coincidan y marchen al ritmo adecuado y el lector ni se pierda en la trama ni desaparezca su interés en seguir leyendo: esto es importante. Faulkner es el maestro de estas estructuraciones.


Otro detalle que observo en la obra es el magistral uso que Puzo hace de la elipsis, es decir, el autor recorta, omite, elementos que da por conocidos o imaginables con facilidad por el lector, o que considera innecesarios para la buena marcha de la obra. De este modo, ciertamente, el autor logra que la novela vaya a un ritmo más rápido. No se entretiene en general, por ejemplo, en descripciones físicas de los personajes, en cómo visten estos, de cómo son los espacios, los lugares en los que se mueven… Todo esto es muy esquemático en la obra de Puzo. No le interesan a este, se puede pensar, y opta por un dinamismo narrativo no urgente, pero sí ágil. Entiende el autor que el lector está más interesado en qué sucede que en dónde y cómo es la escena de la acción: la narración prima sobre la descripción (¡qué diferencia con la novela de Faulkner que ahora trabajo!).



Leída la novela, estoy volviendo a ver las tres partes de El Padrino llevadas a la pantalla por Coppola. También él hace uso del flashback, encaja acertados detalles e imágenes en las elipsis de Puzo y necesita como este realizar partes y apartes para llevar al cine la obra (la película obtuvo un Óscar a la adaptación de la novela). El elenco de actores es absolutamente admirable: excelentes actuaciones por parte de Richard Burton, Al Pachino, Robert Duvall, James Caan, Diane Keaton y que el resto me perdonen por no citarlos porque ciertamente están magistrales…

¿Supera la novela a la película? Esto que es tan evidente en otras oportunidad, en esta, tengo la impresión de que cada una en su ámbito artístico es excelente, merecen la pena: la novela ser leída y la película ser vista.

Y añado. Dentro del contenido brutal del argumento de la obra, del comportamiento criminal y abominable, el lector puede hallar comentarios, reflexiones, que dan mucho que pensar, que dan mucho de sí en sentido ético. Me ha llamado la atención la explicación del doctor Jules Segal de por qué se hizo cirujano abortista: lo comentaré en algún artículo aparte en otro momento. Los comentarios y enseñanza de don Vito a los suyos, en ocasiones, son navajas de doble filo: pueden servir para cortar o para cortarse... La hipocresía y la doble moral que lleva a unos supuestos católicos a cometer impunemente y “por negocios” crímenes sin cuento es de un cinismo maquiavélico (al final, Mike Corleone reconoce que, en el fondo, el asesinato, por odio o por venganza… es “un negocio”, que todo lo justifica…).

Permítame que le recomiende la novela de Puzo y las películas de Coppola. Le aseguro que disfrutará. 


27 de enero de 2026

558- Han, Byung-Chul, LA SOCIEDAD DEL CANSANCIO

 



Si la cortesía es la claridad del filósofo, como decía Ortega, y estoy de acuerdo con él, Han no es cortés:

Debemos diferenciar entre el rechazo inmunológico y el no inmunológico. Este último va dirigido a la sobreabundancia de lo idéntico: al exceso de positividad. No implica ninguna negatividad y tampoco conforma ninguna exclusión que requiera un espacio interior inmunológico. El rechazo inmunológico, por el contrario, es independiente del Quantum porque consiste en una reacción frente a la negatividad de lo otro. El sujeto inmunológico, con su interioridad, repele lo otro, lo expulsa, aun cuando se dé solo en proporciones insignificantes.

Lo que en memorable respuesta de Cela a Jesús Hermida tras un largo fervorín de ese tenor de Sánchez Dragó:

                        —¿Y qué opina usted, don Camilo, de lo dicho por Fernando?

                        —Yo qué coño sé qué ha dicho este tío.

Pues eso, que la falta de claridad copa el rechazo inmunológico, comprensión al exceso de lo idéntico, es decir: de lo positivo en contextos determinados y que comportan un Quantum no más de cuarto y mitad de lo que el ser idéntico al otro necesita en el inconmensurable extremo de la realidad no tanto cotidiana como condicionada por la sobreinformación y la multilateralidad… y bla bla bla… Y ni una más santo Tomás. Aquí termina mi lectura del libro de Han.

Entiendo que es muy chic, muy in y muy estar en la pomada de la intelectualidad leer a Han el filósofo surcoreano, pero hasta aquí llega, muy cansado, este pobre lector de pueblo.

22 de enero de 2026

557- Traven, B., EL TESORO DE SIERRA MADRE

 

A estas alturas ignoro si en mi caso la intertextualidad es una buena herramienta hermenéutica o una rémora que pesa entre la impedimenta que como lector llevo colgada. La intertextualidad es un provocador agujero por el que mira quien lee. “Esto me recuerda a…”, “Se parece a…”, “Es muy semejante a lo que leí en la obra de…”. Reconozco que, sea como fuere, a mí me ocurre sin poner intención alguna, y me pesa. Hace mil años que las lecturas, las que fueren, no son para mí ni un relax, ni un descanso. No tengo que poner especial empeño. Cojo un libro y con él un lápiz y un papel usado por una cara y ya está el lector dispuesto a tomar notas… ¿Por qué si me tomo un Jack Daniel’s con Pepsi no hago eso? Echo los hielos, muchos: echo un culito de bourbon (más valen dos cortos que uno largo) y voy echando con calma la Pepsi, procurando la mezcla; lo pruebo; lo saboreo… ¡y no tomo nota de la trazabilidad del hielo, la botella yanqui ni…! Me dejo llevar, disfruto. Muy de tarde en tarde, en este caso, pero lo disfruto. No, no soy catador de copas ni tendría que serlo de libros, pero este papel se ve que lo asumí en mi adolescencia y ahí sigo… ¡tomando notas!

En principio, nada que ver una obra con otra. La feria de los discretos, novela barojiana modélica de personajes que vagan entre los renglones y las páginas y los capítulos. La debí de leer hace más de cuarenta años. Cojo El tesoro de Sierra Madre, de este tal Traven… y los relaciono inmediatamente. El vagabundeo de los personajes en el inicio de la obra me recuerda a aquella otra feria barojiana… ¡inevitable! Parece que ni el autor ni los personajes tienen un sentido claro en sus existencias. El autor cogió la pluma o la máquina y se puso a redactar, eso sí, con bastante más calma que Baroja párrafos amplios, mucha descripción y nos va llevando como chucho atado por el cuello de aquí para allá en una “feria” donde no parece haber muchos discretos. Vuelve a ubicarnos espacialmente en México. Orienta a los personajes hacia las empresas petrolíferas, hacia al montaje de campamentos para estas, los pone en camino de… y a dormir al raso… (la presencia del indio en ese viaje primero es simpática: personaje que entra y sale de la obra sin aparente función alguna). Del hotel el “Oso negro” se marchan, de forma caprichosa ¿¡como la vida misma les sucede a los animales!? a la búsqueda de oro. El personaje que visita a “los protagonistas” en su mina, el tal Lacaud, se le queda a Traven abandonado en la selva de la sierra, como el burro de Sancho a Cervantes: parecía un personaje con proyección en la obra y queda aliquebrado, abandonado y romo, sin desarrollo.

La novela la componen una variopinta sucesión de aventuras donde unos personajes abandonan la escena, digamos, para dejar paso a otros y a nuevos sucesos, aventuras, etc. Lo que no quiere decir que la obra, que está correctamente construida y entiendo que escrita, si bien la edición que uso la traducción es mejorable, y el final tiene una moraleja implícita que invita al lector a meditar por el afán que tantos hombres, quizá el mismo autor y el mismo lector, tienen por alcanzar determinadas propósitos de falso progreso, y que, en realidad, no son tan importantes: de ahí la risa floja de Howard al final de la obra y la conformidad de Curtis de lo sucedido con el sueño de los tres “protagonistas”…: ellos dos y Dobbs, con su violenta salida de la narración de la novela. Añado: las caracterizaciones de los personajes casi, podría afirmarse, no existen: son intercambiables, pues no quedan caracterizados por el autor ni por su aspecto físico ni moral, solo los nombres los hacen distintos… ¿somos acaso todos los humanos muy parecidos unos a otros como él autor nos pretende mostrar? Sin duda, Traven no tiene un concepto roussoniano del hombre, quien para él se muestra malo, codicioso, envidioso, rencoroso…, capaz de revertir todo ello, pero sin que desaparezca del todo en su naturaleza. La obstinación vital de los personajes, su afán de querer saltar todas las dificultades, incluyendo los problemas éticos, hasta llegar a la abyección, me recuerdan al tesón de aquellos otros personajes de novelas escritas por los mismos años que esta, de la llamada generación perdida americana, en particular la trilogía USA de J. Dos Passos (ciertamente esto me asalta mientras leo, como lo hizo el concepto de novela abierta de Baroja… al leer a Traven).

Entretenida la obra de Traven donde el lector hallará divagaciones, dispersiones, circunloquios a veces largos, pero no por ello extemporáneos en el conjunto de la obra; se tropezará el lector con juicios éticos o disyunciones morales, experiencias de vida, que incomodan: “En cuanto se tiene algo, las cosas del mundo ofrecen un aspecto, distinto”, es una aserción que, de un modo u otro, el autor deja caer entre sus renglones. El lector comprobará la presencia de la codicia y la envidia que condicionan las vidas de los rastreros personajes, más peor no parece ser el superlativo de malo en cuanto a las abyección que unos personajes alcanzan. Todo puede ir a peor, parece advertirnos Traven. Ni es tan malo aquello que somos y tenemos.



Añado por último que existe una película sobre esta obra, dirigida por John Huston y protagonizada por Humphrey Bogart. La vi hace muchos años y no descarto volverla a ver ahora.  


19 de enero de 2026

CIAO

 


Hay aprendizajes crueles, inolvidables por atroces. Uno de ellos lo tuve con once años. Desde entonces no creo en la casualidad. Tengo la certeza de que esta no existe.

Hace un tiempo, no sé calcular cuánto, se puso de moda, como despedida entre las personas, un refrescante “¡Hasta luego!” y daba igual que esas personas no se fueran a ver ni luego ni después ni sabían cuándo. Con esta expresión tan jovial se puso de moda también el “¡Nos vemos!”, que creo que debía de ser una traducción del inglés “See you!”: el anglicismo le añadía a la frescura de la expresión un toque cosmopolita, de persona viajada, culta, casi de políglota. No debemos olvidar tampoco el muy chic “¡Nos hablamos!”, propio de las redes: los wasaps, los correos, incluso como despedida de conversaciones telefónicas: “Ciao, ¡nos hablamos!”.

Ahora observo que se impuso el italiano Ciao. Todo el mundo, sea quien sea, funcionarios por teléfono o en persona, amigos, camareros y horteras de cualquier tipo de tienda te largan un “Ciao” que dejan en Nápoles mirando para Florencia. Y como la tita IA, echándole una mano al chacho Google, te solucionan dudas sin parpadear, lo aprovecho también yo con los ojos muy fijos:

La palabra italiana "ciao" tiene su origen en el dialecto veneciano s-ciavo, que a su vez viene del latín medieval sclavus (esclavo), y significaba originalmente "¡a vuestro servicio!" o "¡vuestro esclavo!" como una muestra de cortesía extrema, evolucionando con el tiempo a ser un saludo informal de "hola" o "adiós".

“¡Hola!”, me chivan Corominas y Pascual en su Diccionario crítico etimológico, que es “voz de creación expresiva, común a varios idiomas europeos, con variantes análogas”, relacionada con “¡Hala!”, expresión que se usaba, según el Diccionario de autoridades, “para llamar a un sirviente”… Curioso que “Ciao” y “Hola” tengan que ver con el servicio y, diecisiete pueblos más allá, de la relación de los señores con sus esclavos.

Así pues, cada vez que nos digan “Ciao” podemos pensar que esa persona se declara nuestro esclavo… ¡Qué cosas, Amanda!

Todo esto que una vez supe y olvidé, lo recupero hoy aquí porque no creo en las casualidades: lo he dicho. “Hasta luego”, “Nos vemos”, “See you!”, “Nos hablamos”… y el hoy omnipresente “Ciao”, que ni siquiera se considera, por uso tan común, como un extranjerismo y, por lo tanto, es innecesario escribirlo con cursiva. Pienso.

Todos estos modos de saludo han desplazado a nuestro “Adiós”, que desde el siglo XV nos acompaña en castellano como elipsis de a Dios seas o a Dios seades. ¡Y aquí quería yo ir! Todos esos saludos alóctonos tuneados de fresca y espontánea actualidad en realidad, de ningún modo, nos cuelan una mercancía putrefacta con el único afán de desplazar el nombre de Dios del trato cotidiano.

Si para los cristianos el primer mandamiento de la ley dice de amar a Dios sobre todas las cosas y el segundo no tomar el nombre de Dios en vano, para todo anticristiano su primer mandamiento es odiar a Dios sobre todo, tomar su nombre en vano: de ahí los “Cago en el copón”, “Cago en dios”, “Cago en dios y su santa madre”, etc. y, por supuesto, como los correctores de los móviles, el nombre de Dios apunta, ¡también casualmente!, en minúscula… ¡¡Qué de casualidades!!, provocan el mal y los malos. Dios existe. El Demonio, también con mayúscula, existe y parte de sus bazas arrancan de que el personal crea que no es así: que no existe, que todo lo malo es fruto de “enfermedades” y casualidades. Adiós.



13 de enero de 2026

Vuelve a casa, aunque ya no sea Navidad

 



Amen dico vobis, quia nemo propheta acceptus est in patria sua, eso es fijo, se diga en latín, en arameo, caló o en español y se exprese como se quiera: nadie es profeta en su tierra… Y si su profecía está expresada por escrito, ya se puede dar uno por… perjudicado: no lo lee ni su madre.

Contaba Alfonso Sancho Sáenz que, yendo Azorín por la cuesta de Moyano, lugar célebre donde comprar libros de segunda mano en Madrid, buscando y rebuscando en los montones halló un libro suyo, además, dedicado a un amigo. Lo compró y se lo volvió a dedicar, escribiendo de nuevo algo así: “Con afecto te dedico por segunda vez esta obra mía, con la ilusión de que no vuelva a ir a las librerías de viejo”. Corrían malos tiempos, como casi siempre: raro es que corran buenos y para todos.

No estoy seguro, pero creo que ya es la tercera vez que recupero libros dedicados míos en librerías de lance, de viejo o de segunda mano. Libros sin dedicar los he encontrado y recuperado con frecuencia porque tengo pocos ejemplares de Educar para el trabajo, libro que aún se busca con ahínco e interesa.

En esta oportunidad traigo al hogar un ejemplar de Amanda querida, con una larga y amable dedicatoria a quien fuera un alumno mío. Rescato el ejemplar con la sensación que supongo tiene la madre que halla a su hijo perdido. El pobre, tras ser amado, ha padecido el desamparo y el abandono, el desprecio y el rechazo, mas ahora vuelve al calor del hogar, a la seguridad del cobijo fiable y amado, donde cada libro, cada ejemplar, por muchos que haya parecidos a él, se sabe único, como le explicó el zorro al principito. Pensaba este que todas las rosas, por parecerse, por ser semejantes, eran iguales, pero se equivocaba. El amor las diferenciaba: todas eran muy similares, mas la suya, por serlo, por ser su amada… ¡era distinta! Pues eso ocurre con este ejemplar: se parece a los otros muchos cientos que junto a él nacieron, mas el amor de la dedicatoria lo diferenció, lo singularizó…

Como yo no soy Azorín, no le volveré a dedicar y enviar el libro a mi antiguo alumno. Espero que alguien le diga que esta entrada está aquí. Él no era ni creo que sea amigo de leer. Sí espero que lea esta entrada al menos y venga a recuperar el libro que con tanto cariño le dediqué y me explique cómo se le extravió… No le pido que dé valor a mi novela, no le pido que la lea (¡cien veces debiera hacerlo como castigo!), pero que, al menos, valore mi cariño por él y por ella. Solo pido como pago lo que demandaban los copistas medievales: “Un vaso de bon vino”…