9 de julio de 2026

586- Marsé, Juan, SI TE DICEN QUE CAÍ


 


Cualquier persona, o incluso institución, quiera o no, carga con un ayer en su presente. Dicho de otro modo, que corto y pego de donde sea: “una Europa sin historia sería huérfana y desdichada”.

No logro corregir mi necesidad de explicarme extensamente y con detalle en casi cualquier asunto. Lo asumo como un rasgo de mi temperamento, que no como un defecto adquirido. Ya me ocurría cuando recibía o daba clases. Me parece una impertinencia intelectual “ir al grano” sin contextualizar el “grano” en sí. Armémonos de paciencia porque quiero echar un párrafo largo, recreándome en la suerte, porque el libro lo merece y admite faena y, además, no me voy a contener.

 

* * *

 

La obra me ha gustado mucho. He disfrutado muchísimo con ella. Me ha sorprendido la técnica formal del autor, la narrativa y la estructural. La he gozado como lector y como el escritor que soy. Esto no quiere decir que se le puedan poner reparos y se los pondré, pero el balance es positivo.

Leo la obra de Marsé en dos ediciones distintas por razón que al caso no viene. No recuerdo qué obras he leído de él. Leí, seguro, Tardes con Teresa: mas no guardo ningún recuerdo de ella. Si te dicen que caí creí haberla leído y no es así.

No voy a descubrir ahora el Mediterráneo: sería una superchería por mi parte. Otro tanto lo es si pretendiese aportar novedades sobre una novela como esta, posiblemente la más estudiada del universo marseano; pero esto no quita para que dé de ella mi visión particular: Que me voy a permitir hacerla muy escolar (escribir académica se me antoja pretencioso).

Por el tratamiento de la materia, la novela me recuerda a obras que tratan de la postguerra; esta se escribió entre los años 68-70; y la trama se sitúa en el año 44. Me atrevería incluso a hablar de tremendismo (se resalta lo feo, lo rastrero, lo desagradable… de un momento histórico repulsivo). El tratamiento formal, sin embargo, de lo que Marsé cuenta ha requerido el paso por la década precedente al momento de su creación: las innovaciones formales que llegan en los años sesenta a la novela española con cuarenta años o más de retraso con respecto a los habidos en la novela mundial (Joyce, Faulkner, Dos Passos, Proust, Woolf, Kafka, etc.).

Me recuerda lo que Marsé narra inevitable la intertextualidad a La colmena de Cela y al cine neorrealista italiano de Rossellini, de Sica, Visconti… El espacio de esta obra del catalán es lo que podríamos llamar su escenario natural: Barcelona. El feísmo y lo infrahumano campan por doquier. Es curioso que yo, que nací casi veinte años después de haber acabado la guerra, la obra me ha recordado algunos pasajes que se relataban de ella de viva voz por quienes la padecieron: la guerra en sí, los años del hambre, las necesidades de todo tipo, las miserias morales de unos y otros. Lo brutal y bestial de muchas personas se hicieron patentes durante la guerra y tras ella y llegaban ecos de toda aquella realidad incluso muchos años después.

Me centro en la estructura de la obra. El tratamiento formal del texto me gusta. Considero que este condiciona radicalmente la novela toda. Se ajusta al caos controlado, medido, ponderado, que he deseado para alguna de mis novelas: Marsé lo clava. La realidad temporal en que vivimos, se dice, es lineal, pero los desarrollos vitales y la realidad se sobreponen, se solapan, se cruzan y entrecortan, se detienen en apariencia, tal asunto se acelera y despeña y tras este, aquel otro se ralentiza o desaparece… y este aparente caos es parte esencial de la vida. Los recuerdos, como los anhelos futuros, se imponen en un presente que se estira y encoge, lo que sucede al otro y al de más allá, lo que piensa este y se le ocurre a este otro, lo que proyecta aquel…



En los capítulos donde se narran las peripecias de los anarquistas hay súbitos cambios de punto de vista narrativo. Se pasa de una 3ª a una primera por ser quien redacta el protagonista de esa escena concreta. También, por ejemplo, en el capítulo 11 el Tetas narra de un modo peculiar el suceso con Susana. Toda la escena es un diálogo sin marcas de este y donde solo habla el niño mientras el lector debe sobreentender qué le dice su interlocutor, el comisario político falangista y tuerto. Espléndido capítulo.

Insisto y hago gracia de los ejemplos posibles. Las escenas y los argumentos solapados unos en otros, los argumentos tangenciales, dejan de estarlo en ocasiones para convertirse en escenas claramente separadas entre sí, pero con focalización narrativa variada: la forma soporta los hechos de manera aparentemente aleatoria. La recurrencia de lo contado por Marsé en la novela aclara, o confunde, determinados extremos de lo sucedido. Y todo acontece en un mismo momento y en un espacio imposibles de delimitar. Marsé acuña con verdadera maestría una realidad rota, incomprensible e incompleta. Entienda el lector que esto hace compleja la lectura de la obra y, por tanto, se dirige a un público que pueda gozar de estas, permítaseme, travesuras formales y componendas espacio-temporales.

Podría pensar el decidido lector que no se rinda ante la dificultad narrativa, que toda la obra se sustenta y cobra sentido en los complejos aspectos formales por los que opta Marsé: ¡y no se equivocaría del todo! En sus aspectos sintácticos y léxicos, me parece que Marsé acierta totalmente con su pretensión. No le importa caer en lo que otros llamaríamos solecismos porque así es el habla coloquial, la conversación, y de ellos se vale para darle viveza a su discurso y se puede retratar con mayor realismo la vida en rama.

La técnica narrativa, como he apuntado, no se mantiene constante a lo largo de toda la obra. Así en los capítulos 7 y 8, Marsé opta por una secuencia de escenarios y personajes ya conocidos por el lector, pero que no se solapan unos con otros, sino que se siguen unos a otros en una continuidad más semejante a una estructura caleidoscópica. Las estructuras narrativas y sintácticas que emplea se saltean siguiendo, entiendo, el capricho del autor (o, al menos, no hallo más justificación que buscar cierta confusión en ella con argumentos y personajes inconstantes). En los capítulos citados inmediatamente el lector se siente más afirmado y seguro en su lectura.

Paso ahora al argumento de la novela, que no voy a destripar, ¡si acaso se pudiera! ¿Merece la pena contar el argumento de la obra de manera lineal?, me pregunto. ¿Es, acaso, posible? Considero que no porque la memoria es imperfecta y se desvía de la realidad que fue. El mismo Marsé escribe en unas notas que preceden a algunas de las ediciones donde afirma que “La novela está hecha de voces diversas, contrapuestas y hasta contradictorias, voces que rondan la impostura y el equívoco, tejiendo y destejiendo una espesa trama de signos y referencias y un ambiguo sistema de ecos y resonancias cuya finalidad es sonambulizar al lector”. Dicho queda, al menos, el intento y meta del autor.

No me importa recordarle al lector que nos hallamos temporalmente situados en los años del hambre de la postguerra española, en el barrio barcelonés de El Guinardó, y en los barrios limítrofes del Carmel y Gràcia. Es ahí donde trenza Marsé, sin orden y con desconcierto, dos grandes historias. Una de ellas bulle en torno al grupo de niños y adolescentes picardeados que tienen su centro de referencia y reunión en la trapería del Java y su abuela. Los chicos son el Sarnita y el Tetas, Luis, Amén, Martín y Mingo… Este núcleo argumental se fragmenta en las historias de sus vidas, que son contadas con más o menos detalle: sus padres, abuelos, hermanos, vivencias pasadas de unos y otros en la guerra.



La otra historia de la novela se centra, normalmente en capítulos aparte, aunque en muchos confluyen con las vivencias de los niños, en las peripecias de un grupo de anarquistas catalanes que esperan (esto fue real) que aún revierta el sentido de lo sucedido en la guerra. Ellos se alimentan de ilusiones, como los niños de aventis, y juegan a ser anarquistas: mantienen relaciones con los miembros del partido en el extranjero, procuran mantener a las viudas de quienes cayeron en la guerra, atracan bancos, se hacen de armas… y mueren tiroteados como perros en las calles. Algunos de ellos sobreviven como pueden a aquellos años de hambre, ilusión y plomo.

Aprovecho para decir que si las historias de los niños, las “reales” o las inventadas por ellos mismos, tienen la frescura de los recuerdos de Marsé. Las historias de los anarquistas, considero, que nacen, crecen y viven de las noticias de los periódicos de aquellos años y de la imaginación de Marsé. Y me parece bien: pero les falta el aire genuino y fresco de las narraciones de los niños en los descampados, que tienen la veracidad posible de quien quizá estuvo allí.

Aún comentando los aspectos formales, algunos pasajes los podría calificar el lector de cuasi surrealistas, como el del baile del vals del obispo con su capa pluvial… (historia que no logré encajar del todo en el conjunto de la obra). Me tropiezo con oraciones como “por el mar corren las liebres […] por el monte las sardinas”, que me recuerdan a imágenes de Hijos de la ira (1944) de Dámaso Alonso. En el capítulo 16 hay un largo párrafo totalmente surrealista que se cierra con el fusilamiento de alguien que no es fácil discernir y para lo que se necesita leer páginas adelante. Percibo que se producen estos llamémosles arrebatos de surrealismo en momentos de abandono, dolor y muerte.

Paso ahora a hablar de los temas de la obra. Entiendo que mucho de lo que he escrito hasta aquí de pasada daría (y habrá dado: lo ignoro) para un sinnúmero de tesis doctorales. Otro tanto habrá ocurrido con los temas que de un modo u otro trata Marsé en su obra.

Las historias contadas por los niños de Marsé, las aventis (“relatos y aventuras imaginadas y compartidas oralmente por los niños, las cuales desdibujan la línea entre lo que realmente ocurrió, lo que se rumoreaba y lo que deseaban que pasara”) se entrecruzan, se cortan, casi se terminan o no indiscriminadamente con sus vidas…, pero dan al lector una sensación de collage, de retrato impresionista de parte de la ciudadanía de Barcelona y un momento: tema central del deseo de Marsé. Todo ello lo debe recomponer como buenamente pueda el lector mientras avanza en la lectura de la obra.

La amalgama resultante, trenzada en un ambiente degradado de sueños y anhelos de mejora, de muchos de los personajes, no llegará porque quizá, sencillamente, así es la vida y la vida está ya escrita; y la vida tras la guerra y lo sucedido en ella, especialmente, con “los perdedores” es un cuadro de las pinturas negras de España eterna. Esa carga de la historia -véase el primer párrafo de esta entrada- fue y, ¡peor aún!, sigue siendo parte del fardo que arrastra la sociedad española.

Marsé no logra eludir algunos tópicos maniqueos que ubiquen al lector donde el escritor lo quiere: los ricos son ricos y roñosos (el niño de la señora baronesa tiene “Tiene las uñas negras […] y roña en los tobillos”) y los pobres son pobres porque no les quedó más remedio porque así es la vida y se mueven entre la miseria moral y el polvo del reclinatorio en las rodillas. El barón tiene en el regazo un ejemplar de Vértice, la revista falangista y, por supuesto, los ricos se beneficiaron de las requisas a los rojos y mucho de su dinero sale del estraperlo sugerido, primero, por Marsé, explícito, más adelante.

Rijosos pobres y ricos, promiscuos, fornicadores, que todo ello lo trajo como paga y compensación y castigo la guerra. Los primeros, los pobres, por deformación y carencias; los segundos, los ricos por pervertidos y viciosos. Todos los personajes, creo que no se puede salvar ni uno, viven entre la indignidad moral y la indignidad existencial, ni sus acciones ni sus existencias se valoran en absoluto a la luz del bien y de un sentido trascendente de sus vidas.

Ya sé, lector, que me estoy alargando en este comentario, pero insisto en que creo que lo merece la obra. Aún nos queda un trecho…

El aspecto léxico merece parada y fonda, reconozco que hacía muchos años que no había tenido que recurrir tantas veces a la búsqueda de vocablos y palabros. Son innumerables los catalanismos o neologismos que usa y que me obligan a consultar el diccionario porque ignoro su significado exacto, por ejemplo: meuca: ‘prostituta o mujer de la vida’; “ir de burilla”, ‘irse de juerga’, faieros, ‘miembros de la FAI’, esquifido, ‘enclenque’; mastresa, deformación del catalán "maestresa" que en español es ‘ama, dueña; farinetas es un aragonesismo; closca, ‘corteza o cubierta dura de ciertos frutos, mariscos, huevos o animales’; charrameca (o xerrameca en catalán) es palabra coloquial que significa ‘palabrería, cháchara o una conversación animada, extensa y a menudo carente de profundidad’; purria es ‘gentuza’ (conjunto de personas de mal vivir) o ‘cosa de poco valor o calidad’, se puede usar como sinónimo de chusma… También hubo palabras de las que no logré hallar su significado por ningún sitio: Fermi, cucs, enfigado

Además de catalanismos, no desdeña Marsé los vulgarismos: tontolculo o expresiones chabacanas y ordinarias: pollas en vinagre, me la chupáis… Veo que emplea manillar por volante de un coche u orsai o órsay.

Todo lo precedente, en su conjunto, se me antoja uno de los aciertos de la novela: el mimo del lenguaje, que me recuerda a Cela, me atrapa entre párrafos. Me retienen: “Ojos harapientos de boxeador sonado”, “murmullos de terciopelo”, “voz de domingo de Pascua”, “la mirada descreída en el vacío”… Oraciones atiborradas de calle: “Menda habla cuando quiere, para que te empapes”; en otras el exceso manierista mata el encanto: “Salían como ratas los últimos borrachos de las tabernas, sombras escoradas restregando las paredes”.  Desde que era niño no había leído ni oído el apócope “ridi”: “Estamos haciendo el ridi”, es decir, ‘el ridículo’…

Todo lo referido al léxico debe sumarse, lógicamente, a lo formal de novela que coopera para lograr la impresión, positiva o no, que el lector recibe y que a mí me puede desagradar por momentos, pero en su conjunto encaja perfectamente en la articulación estética de la obra.

El último apartado que abordo antes de ya concluir es la consideración moral y ética de la novela. Por lo que se refiere a esta, Marsé se mueve en un campo político de “izquierdas” y de parte de los “perdedores” de la guerra. Muestra una parte de la sociedad y lo hace con una óptica deformada a propio intento: Marsé no retrata toda la sociedad española de la postguerra, ¡ni falta que le hace ni le interesa!, sino una parte de la sociedad barcelonesa degradada y marginal y en momento concreto donde tiene cabida lo que él novela.

La censura tras la guerra (ya menos tirante en los 60, como era lógico) fue más censura moral y religiosa que política. Era más fácil “colar” una crítica política que una serie de inmoralidades como se narran en la novela. Es por tanto razonable, que la obra se tuviera que publicar en México en el año 74.

No son pocos los momentos obscenos explícitos que atraviesan las páginas, todos ellos apetitos de unas imaginaciones perversamente calenturientas y viciosas. Cuenta el Tetas, exculpándose, al alcalde de barrio falangista que dicen los demás en el barrio que “nos pasamos el día en los subterráneos de la iglesia arrastrándonos cómo gusanos, hurgando en las tripas de la ciudad desventrada y haciendo cochinadas”, pero según él eso es mentira…, aunque no del todo.

Grosera la novela en sus descripciones de sensualidad descarnada de las relaciones sexuales de los adolescentes: los prostíbulos, las relaciones íntimas de una indecencia (que puede resultar molesta).  Las vidas viciosas y desgraciadas de los adolescentes y de las fulanas, profesionales o aficionadas, que Marsé debió de conocer o que imaginó. Tengo la sensación de que el escritor justifica toda la depravación y la maldad como consecuencia de la guerra, que descompuso cuerpos y almas y él, como novelista, se limita a mostrar una parte degenerada de esa sociedad. Hay, para mi gusto, un exceso de follamenta, como el propio Marsé escribe.

Parte complementaria de cuanto sucede con los varones lo aportan las chicas de la casa de huérfanas que viven de la protección paternalista de los ricos. Ellas son sometidas por los niños a diversos experimentos y representaciones de chicos pervertidos y ellas, en mayor o menor medida comparten los juegos. La más destacada de las niñas es la Fueguiña, la niña de origen gallego, novia del Java que será el centro de los perturbadores juegos eróticos de unos y otros, con quien el Java quiso ennoviar…, mas fue imposible. Al final el lector descubre que ella…

En el capítulo 21, todo lo sucedido o contado o inventado en la historia de la novela es quemado simbólicamente por el Java, ya hombre, ya joyero, en la puerta de la trapería donde vivió con su abuela y su hermano y donde tantas veces se juntó con los niños del barrio, sus amigos. Allí descubrimos que algunos que fueron dados por muertos, narrados y descritos sus asesinatos, en realidad seguían viejos, vivitos y coleando. Es el juego de las aventis, supongo.

 Y concluyo. Cierto que a esta entrada mía le sobran páginas, pero he querido dedicarle a esta obra este largo comentario: me apetecía, pude y lo hice. Y también opino que a Si te dicen que caí le sobran páginas… Ha hinchado mucho el perro, que diría don Alfonso Sancho, padre, y todo llega un momento que suena a lo mismo a ya dicho: a mugre mal limpiada de la postguerra, arrastrada y vuelta a ser arrastrada por las páginas de la novela, ante los ojos del lector. En el capítulo XIX, por ejemplo, salvo la muerte de Luis, el niño tísico, el resto del capítulo todo lo del consulado de Siam es una aventis del Sarnita: una tabarra que solo hincha… e hincha al perro, una peli de Fu Manchú en el cambio de rollo.



23 de junio de 2026

582-Brown, Peter, AGUSTÍN DE HIPONA. UNA BIOGRAFÍA (hecha por la IA)

 


La biografía de Peter Brown sobre San Agustín (Augustine of Hippo: A Biography, publicada originalmente en 1967 y revisada en 2000) no es simplemente un libro de historia: es la obra cumbre que revolucionó los estudios patrísticos y la historia de la Antigüedad tardía.

Antes de Brown, Agustín era analizado casi exclusivamente por teólogos o filósofos como una mente abstracta y desapegada de la realidad. Brown lo bajó del pedestal dogmático y lo devolvió a su tiempo.

A continuación, te ofrezco un comentario analítico de las claves que hacen de esta obra un hito imprescindible:

1. El gran logro: El nacimiento de la "Antigüedad Tardía"

El mayor mérito de Peter Brown con esta biografía fue redefinir una época entera. En lugar de pintar el siglo IV y V d.C. como el fin decadente e catastrófico del Imperio Romano (la clásica visión de Edward Gibbon), Brown demostró que era un período de mutación cultural vibrante, tensa y llena de creatividad. El Agustín de Brown es el testigo y el motor de esa transición: un hombre con un pie en el mundo clásico de la retórica pagana y otro en el nacimiento de la cristiandad occidental.

2. Un retrato psicológico y evolutivo

Brown huye de las hagiografías (las vidas de santos idealizadas). Trata a Agustín con las herramientas de un psicólogo refinado. El libro está estructurado de manera que el lector asiste a la metamorfosis constante de una personalidad obsesiva, apasionada y brillante:

  • El joven intelectual ambicioso: El brillante profesor de retórica en Cartago, Roma y Milán, obsesionado con el éxito social, la filosofía neoplatónica y atrapado por el maniqueísmo.
  • El converso atormentado: El quiebro dramático de Milán (el famoso "tolle, lege"), donde la teología se convierte para él en una necesidad vital de sanación.
  • El obispo combatiente: El Agustín maduro que regresa a África y se pasa décadas desgastándose en disputas administrativas y teológicas brutales contra los donatistas y los pelagianos.
  • El anciano desilusionado pero tenaz: El tramo final del libro es conmovedor. Muestra a un Agustín septuagenario, cansado, que ve cómo el mundo romano que conoció se derrumba bajo el asedio de los vándalos, refugiándose en los Salmos mientras muere en una Hipona sitiada.

3. El análisis del entorno: El norte de África

Otro punto fuertísimo de la obra es la recreación del paisaje. El norte de África romana (la actual Túnez y Argelia) cobra vida en las páginas de Brown. No era un desierto periférico, sino el granero de Roma, un hervidero de tensiones sociales, terratenientes católicos y campesinos bereberes de inclinación donatista y violenta. Brown hace que entiendas que las posturas teológicas de Agustín (como su justificación del uso de la fuerza del Estado contra los herejes) no nacieron en un despacho, sino de la presión de las revueltas en las calles de su diócesis.

4. Estilo literario impecable

La biografía se lee casi como una novela existencial. Brown posee una prosa elegante, evocadora y profundamente literaria. Logra algo dificilísimo: que debates teológicos abstractos sobre la gracia, el libre albedrío o el pecado original resulten dramáticos y comprensibles, porque los liga a las angustias y experiencias vitales del propio Agustín.

El matiz de la edición revisada (2000)

Es justo señalar que, en el año 2000, Brown publicó una nueva edición con un epílogo sustancioso. En los años 90 se habían descubierto nuevas cartas de Agustín (las epístolas Divjak) y nuevos sermones (los ya mencionados sermones Dolbeau). Brown, con una honestidad intelectual admirable, utilizó el epílogo para matizar su propia obra, reconociendo que el Agustín anciano que revelaban los nuevos textos era un pastor mucho más cercano, compasivo y preocupado por la vida cotidiana de sus fieles de lo que él mismo había retratado en 1967.

Conclusión: Agustín de Hipona de Peter Brown sigue siendo, casi sesenta años después de su publicación, la biografía definitiva. Es un monumento historiográfico porque consigue el equilibrio perfecto: no juzga a Agustín con los ojos del siglo XXI, pero tampoco lo reduce a un frío dogma del siglo V. Nos entrega a un ser humano de una complejidad sobrecogedora.

 

582-Brown, Peter, AGUSTÍN DE HIPONA. UNA BIOGRAFÍA

  AVISO A LOS LECTORES


Saludos: hago una prueba. 

Hace unos días empecé a usar la IA. Ya hablaré de esto. 

Hoy, se me ocurre que incluiré mi comentario en el blog en contraste con que la IA me ha servido. Ustedes pueden leer uno y otro y observar las semejanzas y las diferencias. Lo principal, para mí, es que lógicamente la IA no hace autorreferencias a sí propia, mientras, en mi comentario, Alcalá habla de sí, de sus impresiones, limitaciones, sensaciones, opiniones, juicios...

Si le apetece lea una y otra y como con el detergente Colón: "Busque, compare y si encuentra algo mejor, cómprelo".

Gracias por su atención. Con afecto,


 * * *




Libro largo y denso. Reconozco que me echan para atrás estas obras tan extensas, sean ensayos, biografías…, pero las biografías notorias suelen ser extensas. Las novelas de muchas páginas extensas son más llevaderas, pero tampoco son de mi agrado, como las series con muchas temporadas y muchos capítulos en cada una; me siento obligado, atado, y eso me desagrada.

Me enrolé en la lectura de esta obra, regalo de un amigo. Me atrajeron los comentarios que sobre ella leí y me lancé. Cierto que poco precavido porque uno no siempre sabe a qué se expone y qué hallará en estas travesías. Poco a poco comprendí que me faltaban conocimientos detallados sobre lo que se ha de entender del paso del Mundo a la Edad Media. Es ahí donde nos encontramos con san Agustín y los problemas con que confronta.

Pienso si no hubiera sido mejor empezar a leer, primero, el epílogo y después, haberme ido a la introducción. El epílogo muy largo es muy clarificador y no empece para leer la obra con posterioridad. Es quizá una ocurrencia por si a alguien le sirve.

En principio Brown va siguiendo las Confesiones de quien será obispo de Hipona. Recordaba algo de mi lectura de la obra hace muchísimos años. Ciertamente ese algo es y era vago (ese es uno de los problemas capitales de leer obras a destiempo: la precipitación es innecesaria y dañina y más a quien como yo no soy capaz de releer casi por norma).

El libro es una biografía inspirada no tanto en el mundo histórico “exterior”, que llama Brown, como en el “interior”. En España con más justeza, y con conceptos unamunianos, podríamos hablar de la complementariedad de la historia oficial, visible y tangible, y de la intrahistoria. Es por esta por la que opta Brown para contar la vida, obra y entorno de san Agustín. Más concretamente, según confiesa, intentó en su primera edición de los años sesenta del pasado siglo contar la historia desde la perspectiva agustiniana, partiendo de lo escrito por este en sus obras de todo tipo: teológicas, cartas, textos legales, sermones… Hacerlo así le permitía a Brown mostrar la evolución del joven Agustín al Agustín obispo de la vejez. No había, comenta él, saltos incongruentes, sino un movimiento continuo de cambio que matizaba el pensamiento joven con su pensar maduro.

Se hizo y ahormó Agustín en sus peleas contra los maniqueos a quienes él mismo perteneció. Contra los donatistas en el norte de África. Tras estos, contra Pelagio y los suyos. Después se enfrentaría con un no menos duro contrincante: Juliano de Eclana; y debatió en la distancia con encarnizada elegancia con las ideas de Jerónimo.

Va Agustín cambiando el sentido de su vivir ordinario en función de las demandas que de la realidad recibe. Los deseos de sus amigos para que examine, estudie y escriba, atienda sobre asuntos concretos que lo paran, lo frenan, lo desvían…, lo desazonan. Incapaz de negarse a las peticiones que recibe.

Aprendo detalles de la vida de san Agustín y de su doctrina que me ayudan en mi vivencia cotidiana. Aprendo de aquellos momentos históricos que nunca estudié desde esta perspectiva (¿qué he estudiado en realidad?). También es cierto que recuerdo algo que olvidé: fue Agustín el gran descubridor del “yo” y pone en planta la concepción moderna de voluntad.

Se habla en este libro de “lectores” y me pregunto ¿qué lectores? Porque no debían ser muchos quienes pudieran leer y menos aún en latín o griego (san Agustín no lo hacía en este) y, por tanto, cuando se habla de los lectores de Agustín debo suponer un grupo reducido de ellos que, además, podían adquirir un libro al precio que tenían y si no recuerdo mal se leía en voz alta hasta el siglo XII. Es cierto, sin embargo, que Agustín espera los barcos que le traen noticias y libros de todo el Mediterráneo y así está en una comunicación mucho más fluida y amplia de lo que hace tiempo se pensaba.

Peter Brown


Necesitaría yo tener un conocimiento más profundo del paso que arriba cité, de la edad Antigua a la Media, o un interlocutor, un maestro que me aclarase determinados detalles que nunca imaginé así y que dudo de mi comprensión y de la explicación o traducción de la obra de Brown. Cierto que en algunos momentos de la obra este entra en los detalles de la vida cotidiana, pero, digamos, que las explicaciones detalladas sobre ellos los elude porque los da por sabidos, lo que no es así en mi caso.

Escribía Tertuliano en su Apología contra los gentiles: "Nosotros somos de ayer, sin embargo, llenamos vuestras ciudades, islas, fuertes, pueblos, concejos, así como los campos, tribus, decurias, el palacio, el senado, el foro, solamente os hemos dejado vuestros templos”. Ahora, sin embargo, leyendo la vida de san Agustín comprendo que ese “somos de ayer” comportan siglos y tiempos con vivencias de una crudeza tremenda. El cristianismo no crece como quien pega fuego. Supone la entrega sin tasa de millones de personas y la gracia de Dios, sin la que no se comprendería la expansión de la predicación de Cristo.

Sin duda, el período de la vida de Agustín es un momento capital en la historia de occidente: el cristianismo, en las centurias finales del mundo antiguo, fue el cambio más significativo y singular del mismo. El cristianismo cambió la lealtad de los hombres al Imperio más profundamente, en sus corazones, de lo que este lo había logrado en siglos. El Imperio romano fue sustituido por el imperio de Dios.

Por lo que aprendo de san Agustín, este era consciente y valoraba su realidad como escritor: selecciona sus obras, las ordena en el tiempo, quiere que sean leídas cronológica y debidamente contextualizadas. En san Agustín no hay saltos inexplicables en su vida: todo discurre como el agua calma de un río en sus últimos tramos. Quizá la clave esté en una realidad que Brown expresa de manera concisa: “Tenía los ojos puestos en el presente”. Sus contemporáneos, sin embargo, no avanzan: se habían quedado anclados en el pasado.

A veces podemos pensar que es problema de otros, pero no es así. El presentismo era, y seguirá siendo, un obstáculo arduo de salvar en las clases de bachillerato, por lo menos (y no descarto de la universidad); también de quienes algo conocemos, pero no descendemos a los detalles de la historia y la cultura del momento. Los alumnos imaginan la sociedad del siglo XV, por ejemplo, como la actual, “pero hace mucho tiempo”. Me sorprenden afirmaciones como, insisto, “los lectores de Agustín”, “su fama y peso internacionales”, “su autoridad internacional”… Suponen un cambio en mi imagen de aquellos tiempos y de aquellas realidades vividas en el pasado remoto. Las desviaciones de la auténtica doctrina, las herejías, la ignorancia del pueblo (eso no parece haber cambiado mucho), los intereses humanos particulares (tampoco parece haber evolucionado el pecado en sus orígenes y características)

El debate con Juliano sobre el pecado original me ha resultado interesante, así como la continencia en el matrimonio, la imagen que uno y otro tenían de Dios y ambas con respecto a la que hoy tenemos (o yo tengo)

El largo epílogo de la obra me ayudó a comprender ciertas realidades. Me resultó interesantísimo. En Nuevas Direcciones, segundo capítulo de este epílogo, Brown facilita una ingente bibliografía que, según él, ensancha y amplía el conocimiento sobre cuanto rodeó a Agustín y a su vida y a su tiempo.

El descubrimiento y estudio de las cartas Divjak y los sermones Dolbeau serán un apoyo excepcional para estudiar la evolución de que hablaba arriba, entre el joven sacerdote y el viejo obispo. Hay cambio, sí: no podría ser de otro modo, pero sus formas han variado, aporta una visión distinta, experimentada, comprensiva.

“Próspero siempre tuvo cuidado de señalar que «los elegidos reciben la gracia no para que permanezcan ociosos […] sino para capacitarlos para obrar bien». Esta resuelta máxima es uno de los mejores resúmenes del legado de Agustín a la construcción de la Europa del Alto Medievo”. Me mueve como ejemplo la desmedida heroicidad en su entrega sin tasa en todo aquello que concierne a las almas en peligro. Podía estar ocupadísimo, pero nunca se negaba a atender y servir a las almas.

Desengraso con una novela de Marsé y me zambullo en otra larga obra del mismo autor, El primer milenio de la cristiandad occidental, que quizá debí leer previamente (cuando la vaya leyendo lo sabré, pero esto tiene el riesgo de leer sin maestro que muestre el camino). Este lo podría completar con otra obra que en casa está, que no he leído, y que aportaría posiblemente mucha información de la que sostengo que carezco: Historia de la Iglesia católica. I: Edad Antigua: la Iglesia en el mundo grecorromano, ¡¡que busco y no hallo catalogada en mis archivos!! (la buscaré en la biblioteca de casa; lástima de los años aquellos en que sabía perfectamente los libros que tenía o no y dónde estaban…).

El largo camino recorrido de la mano de Brown por la vida de san Agustín, el esfuerzo hecho… me mereció sobradamente la pena. Tolle, lege.


17 de junio de 2026

IN MEMORIAM: Josemaría Carazo Abolafia descansa en paz

 

IN MEMORIAM: Josemaría Carazo Abolafia descansa en paz

 

Perdí la cuenta. Hace mucho tiempo que dejé de saber con exactitud cuántos antiguos alumnos, o alumnos que lo eran, he enterrado. Ciertamente va contra casi toda experiencia que mueran antes los jóvenes que los viejos y me mueve a enfado y rebelión contra Dios… ¿Cómo es posible? ¿Por qué lo has permitido?, me pregunto. Cierto: “¿Qué tienes que no hayas recibido?”, me digo.

Recuerdo cómo se fue haciendo verdad la profecía del psiquiatra vienés Viktor E. Frankl. Este afirmaba que, frente a las muertes por accidentes con vehículo a motor, primera causa en USA, a no mucho tardar se impondrían las muertes por suicidio. Así es. Así han sido las muertes de algunos de estos mis queridos antiguos alumnos. Los hubo por enfermedades incurables: ahora mismo recuerdo a un chaval de 3º de BUP que murió por leucemia. Los primeros casos me desgarraban y fueron por accidentes con motos o coches: jóvenes, cargados de futuro e ilusiones que se los llevo la trampa de la imprudencia o el simple accidente imponderable. Luego aparecieron los suicidios (iba a escribir autolisis, pero no me da la gana quitar hierro al hecho).

Me dejaron helado los suicidios para los que no tenía respuesta. Todos ya eran exalumnos. Alguno muy joven, apenas un adolescente. Siempre cargué en mi impedimenta no haber estado más disponible, si cupiese. No llegué a tiempo, ¡porque no me lo otorgaron!, dos de ellos: fue imposible. Es duro. Ahora en la distancia…

Falso es que el tiempo ayude al olvido. El paso del tiempo secunda el aprendizaje a convivir con el horror de la pérdida de una vida joven, pero la pérdida es imborrable.

Falso también que sea antinatural que los padres entierren a los hijos. La mortalidad infantil hasta hace cuatro días era terrible: en el parto o a edades tempranas. ¡Cuántas de nuestras familias no enterraron en el primer tercio del siglo XX a alguno de sus vástagos! Se producía en las familias reales, acaudaladas o pobres, en estas con más frecuencia y sentido. Escasa limpieza y carencia de medios eran los artífices de tanta pérdida.

El sábado día 13 de junio amanecí con la felicidad de quien sabe que es su santo. Me encomendé a san Antonio de Padua. Recibía felicitaciones a mansalva. Agradecía el detalle y felicitaba a mis tocayos amigos. El sábado poco antes de las seis de la tarde, me llegó la fatídica noticia de la muerte de otro exalumno, ya profesor en Sevilla. Recibí la noticia en la otra punta de España. Me la daba otro exalumno de su promoción. ¡Un nuevo horror!

Josemaría Carazo Abolafia se llamaba, y lo llamamos. Accidente de coche. Ignoro y no me importan los detalles. Di clases a sus hermanos mayores; le di clase a él. Todos rubillos de mofletes rosados y gruesos. Sonrientes. Amables. Alguno de ellos muy tímido. Con uno de ellos hablé hace unas semanas: todo bien, en la brecha seguimos. Han perdido a su padre no ha mucho: excelente persona, Gregorio Carazo, sonriente, amable, simpático. La familia, como no podía ser menos entre gente excelente, aceptaba la muerte del progenitor con las lamentaciones serenas y propias del suceso. Todo en orden.

Falso que las personas mejoren de improviso al morir. Lo he dejado ya escrito muchas veces. Uno muere tan canalla como lo era dos minutos antes de producirse el óbito… ¡o tan excelente como lo era en ese momento también!

Hacía mucho tiempo que no hablaba con Josemaría. Lo había visto en no recuerdo qué evento y nos saludamos sin darnos tiempo para más. Como su padre, era simpático y sonriente. Me entero lo ignoraba que estaba haciendo su tesis doctoral. Que daba clase en formación profesional, extremo que también desconocía. Sí, llevaba mucho tiempo sin saber detalles de su vida, aunque cuando le pregunté a su hermano me respondió que “todo va bien” y todo lo iba hasta el sábado 13 de junio…

Sí, sí que me rebelé de palabra contra Dios que es mi Padre. No lo entendí y es posible que no tenga por qué hacerlo, pero me rebelé. Siempre lo hago cuando recibo una noticia así. Cuando me sereno sé que Dios hace concurrir todo en favor de aquellos que lo aman, según san Pablo. Siempre que pido a Dios por algo lo hago con un genérico “Te pido por este asunto y que sea lo mejor; lo que Tú quieras”: no hay fallo ahí y tantas veces repito el «Hágase, cúmplase, sea alabada y eternamente ensalzada la justísima y amabilísima Voluntad de Dios, sobre todas las cosas. Amén. Amén.», que aprendí en Camino, el libro de san Josemaría Escrivá, por quien Josemaría Carazo llevaba ese nombre que así escribía. Me inunda entonces la serenidad de que Dios ha hecho lo mejor para Josemaría, para él y para todos nosotros. Todos cuanto lo conocíamos nos beneficiamos, como sea, de esta muerte en apariencia tan incomprensible.

Dios no es un furtivo que mata a las piezas a traición. Dios, el Padre amoroso, es el jardinero amable que corta la flor en su momento de mayor esplendor. ¿Comprensible? Ya he dicho que no para mí. Asumo aquiescente la voluntad de Dios no porque no me quede más salida muchas veces no hay más, sino porque tengo la convicción de que eso que los hombres denominamos malo… es lo mejor, insisto: ¡aunque no lo entiendo! Me consta que Dios lo sabe todo.

Te has llevado, Señor, a Josemaría, como antes y después te llevarás a tantos, nos llevarás a todos, y solo reitero como rezamos a diario en el Padrenuestro: fiat voluntad tuas. Amén. Amén.

16 de junio de 2026

582 ¿Por qué y cómo te “coge” un libro?

  

Bestsellers en 2019

Es ensayar un intento de salto sin red en busca de una verdad. Si no se halla, nada pasa porque no se juega el ensayista la vida como lo hacen los trapecistas fetén.

Hace mucho tiempo que tenía anotada una pregunta que, supongo, saldría al hilo de alguna conversación o lectura ¿hay alguna diferencia entre una y otra?. Desde niño, me recordaban, fui muy preguntón: se ve que nada de lo humano me era ajeno, ¡ni de lo divino! (por eso mismo sé el motivo por el que el sacerdote en el ofertorio de la misa echa unas gotas de agua al vino, por ejemplo).

La pregunta: ¿Por qué y cómo te “coge” un libro? Hay libros que desde el primer momento te atrapan y no puedes dejar de leerlos o bien te producen un rechazo casi inmediato que te animan a abandonar su lectura (yo no lo hago por norma; procuro la selección previa) o bien, esto es más raro, el libro te va atrapando a medida que avanzas en la lectura; que concluyas satisfecho es más común.

Escribí una entrada en este blog, que no sé cómo encontrar, donde comentaba la idea de una señora, cuyo nombre olvidé, que decía que ella, si iniciaba la lectura de un libro, quiero recordar, que a la mitad de páginas que de años ella tenía y no la había atrapado, lo dejaba. Muy bien, pero ¿en qué y cómo te atrapa un libro?

Considero que hay momentos y lugares, espacios y tiempos, en los que un libro te agrada sobremanera y no lo puedes dejar. Depende de esas realidades el momento en que se inicia la lectura, en dónde y cómo se encuentra el lector. Recuerdo mi primer intento para leer la Antropología metafísica de Marías: leí la contraportada, algo de la introducción y… lo dejé antes de quemarme las manos: recuerdo dónde ocurrió, aunque no recuerdo el año. Después, en otro momento y lugar, el libro me retuvo sin paliativos y lo leí con verdadero gusto y ansia. ¿Por qué? En este caso considero que mi primer intento fallido se debió a mi incapacidad e insuficientes conocimientos filosóficos y en particular del pensamiento de Marías.

Bestsellers en 2025


Hay libros que de entrada rechazo irracionalmente. Son esos libracos que veo a veces leer en las playas, que miro y no toco en las librerías, libros que sobrepasan las mil páginas: son esos que llaman best-sellers o superventas. No recelo del todo de este calificativo, pero creo que es una exposición arriesgada esa lectura. Hago cálculo de los libros clásicos (lee lo que se queda de pie) que podría leer mientras invierto el tiempo en leer esa obra tan extensa que está pensada, facturada, para un sector de lectores dignísimos entre quienes no me encuentro y me freno. No es que yo sea raro, como mi padre y mi cuñado defienden, sino que sencillamente soy una edición limitada muy original, ¡a ver!: cada uno carga con lo suyo.

Aún ni me acerqué a dar respuesta a la comprometida pregunta: ¿Por qué y cómo te “coge” un libro?

Creo que los superventas sujetan a un perfil determinado de lectores tal y como lo hacen las series éxito de las plataformas, las telenovelas o los antiguos seriales radiofónicos, las folletones del siglo XIX. Existen depuradas técnicas para llevar a cabo semejantes procesos, tanto en lo formal como en los contenidos. Me dicen que incluso en las series se hacen encuestas entre los ya seguidores y se piden opiniones sobre qué hacer o dejar de hacer con determinada situación de la trama, qué destino dar a tal o cual personaje. Entiendo que, en el medio que sea, la complejidad formal y temática y argumental conviene desterrarlas; los pensamientos alambicados desecharlos; atemperar la belleza sostenida de imágenes o texto descriptivo; buscar la sencillez en los contenidos y en todo lo formal; promover argumentos y variables que den pie a la proyección y la aventura imaginativa de los lectores o seguidores de seriales: darles los datos y detalles suficientes para que se hagan una composición de lugar y se sientan retados; convendrá tratar temas próximos o inherentes a lo humano: la vida en rama en sus variadas facetas, salpimentadas con el amor y sus fiascos, el dinero y la codicia, el afán de poder y éxito, sus dudas, sus rechazos y traiciones, sus enconados ángulos, la limitación humana en los pecados capitales que no se deben presentar descarnados, sino trenzados de matices suaves, dubitativos e inquisitivos, color pastel.

Lo antedicho inmediatamente es razonable. Me parece sensato, pero esto lo hallará el lector una vez iniciada la lectura, mas ¿y desde el primer momento como me pregunto? Alguna vez lo escribí. Si usted ve el inicio de casi cualquier película de Spielberg, puede descubrir el secreto. Esas imágenes, esas páginas abren súbitamente un espectáculo de posibilidades sugerentes, atractivas, estimulantes, insinuadoras… que estimulan esa curiosidad que algunos teníamos y tenemos desde niños: ¿Y ahora nos preguntamos qué hallaremos a la vuelta de esta página? ¿Qué habrá detrás de esto que veo en estas escenas? ¿Qué pasará en el próximo capítulo? Se siembra ese deseo por desentrañar qué sucede, cómo continúa y cómo acaba, si es posible. Los libros de final abierto (o las pelis) dejan un extraño regusto en el lector y el espectador… El final feliz también deja la desazón que invita a querer saber más y más de aquella chica o de este destierro imposible cebado en el desamor… ¿Encontraría otro chico u otra patria lo suficientemente atractiva a su corazón…? Y se cierra el libro entre conjeturas, hipótesis, dudas, deseos o se pone uno el abrigo en la sala de cine en silencio y cavilando. Uno piensa que quizá habrá una segunda parte una continuidad que será esperada con anhelo.

Algo de todo esto considero que es la respuesta a esta pregunta: ¿Por qué y cómo te “coge” un libro?

Invito a que ustedes opinen y se atrevan a enviarme una entrada, más o menos larga, y la publicaré en el blog. Muchos de ustedes son lectores muy avezados y capaces… Ahí lo dejo.

Sé valiente, no temas... Escríbame algo al respecto...