7 de agosto de 2026

INTELIGENCIA ARTIFICIAL

 

Ayer empecé a usar la IA. Como no podía ser de otro modo, mi lazarillo en estos asuntos fue, una vez más, Daniel Arias de Saavedra. ¡Qué maravilla! No obstante, me advirtió mi Virgilio: Ojo que esto de la IA también miente. ¡La mar y los barcos! Hija del hombre, también miente, ¿o se equivoca? ¿Hemos de dotarla de voluntad? Si no la tiene, se equivoca; si la tiene de algún modo, podría mentir. Ya hablaré de quienes están tras ella.

Escribo un comentario sobre Si te dicen que caí, la novela de Marsé. Un comentario de los míos. En general intuitivo, desordenado, azoriniano, me atrevería a afirmar. Me voy a la IA dichosa y le pido que me haga ella el comentario, por comprobar qué diferencias y semejanzas hallo entre una y otra. Nada que ver…

* * *

Como en las películas… Some time later, es decir, transcurrido ya un tiempo, vuelvo sobre el par de párrafos con que incoé esta entrada.

Distingamos entre la curiositas y la studiositas: ya lo he hecho aquí mucha veces. La primera es el afán morboso por saber de realidades que ni nos van ni nos vienen, ese querer averiguar de las vidas de los demás, por ejemplo, por entrometernos, por cazoletear en sus quehaceres, sus vidas… Un modelo puede ser ¡eso que se llaman los programas de las vísceras! La studiositas, sin embargo, es el sano afán por aprender, por conocer… para mejor instalarnos en la realidad, para ayudarnos con más tino a nosotros y a los demás.

Bien, pues la IA para este cometido, que es el mío, para el que yo la uso es una tentación continua, por un lado, y una ayuda impagable, por otro. Leo en estos días obras que tienen que ver con el mundo antiguo y no estoy familiarizado o, sencillamente, ignoro a qué se refieren algunos precisos términos latinos que describen situaciones legales o vitales muy concretas. ¿¡Qué haría de no tener la IA!? Tendría que recurrir a amigos que me ayudaran a descifrar esas situaciones o sencillamente tendría que acudir a textos que no tengo a mano o a dar esos conocimientos por perdidos, lo que sería finalizar un puzle al que le faltan piezas, a lo mejor pequeñas, pero que dejan incompleto el trabajo, imperfecto. ¡Qué fácil, sin embargo, acudir a la IA y que esta te socorra ante la ignorancia!: ¿qué es la plérophoria? Si tiene interés por saberlo búsquela en la IA y podrá aprenderlo.

El problema con que me tropiezo es que quienes tenemos un afán incontenible por aprender… ¡estamos perdidos! Cada dos por tres: nombres de personajes, de realidades, de situaciones históricas, de… nos salen al paso y veo que o se pone coto al afán o el afán desbordado nos puede llevar a donde no queremos. No avanzamos en el trabajo porque incluso asuntos menores en los contextos por donde andamos nos atraen, nos solicitan… Me acuerdo de las sirenas descritas que llamaban a Ulises (hace no mucho me hablaban de ellas en la película reciente sobre la Odisea)… Escribo esto y me da la tentación de averiguar quién es su director, etc. y me acuerdo de la cita del Eclesiástico: “Hijo mío, no quieras abarcar muchos negocios”.

Mucho me temo que la IA, como en su momento, en mi caso, Internet y cuanto una y otra ofrecen, convierte la studiositas en curiositas porque me desvían del camino que me había trazado, y si no es así poco le falta.

Una vez más se necesita de un proyecto claro y firme y de una voluntad inquebrantable para no andar desviándose del camino elegido y evitar así lo que es una tentación clara contra la templanza... ¡Es lo que hay!

Bienvenida sea la IA. A ver si avanzo en la lectura de la encíclica de León XIV donde el santo Padre habla de ella y aprendo y medito más sobre esto, pero de momento…  esto es lo que tengo… Muchas gracias a sus servicios, PERO…

 

4 de agosto de 2026

Turistas y educación en la mesa…

 


Leo que se calculan unos 100 millones de turistas extranjeros en España para el año en curso. A estos se deben sumar los veraneantes, ¡distingamos!, que, por ser nacionales, no somos turistas. Pregúntese: ¿Qué es un turista? Un turista en un depredador omnívoro que se lleva por delante las cigalas, el mar, las patatillas fritas, los alquileres, la arena de la playa, el césped, el paisaje, las montañas y se bebe al manso por los pies. Un turista es una máquina de consumir, sea alemán, chino o conquense. Da igual. Servidor ha hecho, contra su voluntad, el papel de figurante en muchas fotos en lo que va de este verano.

Fui a un precioso pueblo costero de Galicia a comerme “¡el mejor arroz con bogante del mundo!”. Quien escribió eso o no ha comido arroz en su vida, o no sabe lo que es un arroz o no ha salido de las lindes de su pueblo. El arroz resultó mediocre… tirando a bajo: ¡un cuatro!; caro, ¡muy caro!: sobresaliente: un 10; y el servicio, como por todas partes ahora, aficionados, con una cara de mosqueo que parecía que le debías algo antes incluso de sentarte en la mesa, ¡después de esperar más de una hora, y llegábamos con mesa reservada! El arroz y los extravagantes trocitos de bogavante se los puede meter el dueño del local por donde salva sea la parte.

Mal negocio. Fuimos a ver las llamadas catedrales del mar en Ribadeo. También hay que reservar. Cuando llegué pensé que estaba en el Ganges en día de jubileo. No exagero: miles de personas. Reconoció públicamente la autoridad gallega que se le había ido la mano. No vi las catedrales. Era tal la horda de turistas que pensé morir en el intento. No vi ni una capillita. Y no le deseo a nadie que se metan las catedrales por ningún sitio porque se corre el riesgo de una fisura anal de muerte o mortal, que viene a ser una y lo mismo.

Tercer párrafo y llego por donde quería empezar, pero ¿¡a quién le manda a uno irse como la ratita a correr mundo, disfrazado de turista, con lo bien que se está en casa!? Les quería dar cuenta de la educación y más en concreto de la urbanidad en la mesa y mire por dónde vamos y sin entrantes ni aperitivos. Ya he dicho que he estado donde no debía, lo confieso, es decir: de turisteo. Eso te obliga a comer en muchos sitios distintos y con personas diversas, bien en tu mesa, bien en la de al lado. ¡Admirable!


Eludo y no comento las faltas corrientes de educación entre los niños, y algunos mayores: husmear la comida como mis perras antes de empezar a comer; meter el codo izquierdo en la mesa mientras se come, dejando el antebrazo bajo la barbilla; si se usa la mano derecha para manejar el cubierto que sea, el brazo izquierdo, bajo la mesa se dedica a la búsqueda de algo que se ignora; la servilleta de trapo -¡oh rara avis!- dejarla hecha un guiñapo en la mesa para restregarse la boca de un empellón; comer con una gorra puesta; convencer al díscolo trocito de lo que sea dándole una ayudita con el índice de la mano desarmada y subirlo a la cuchara, ¡ale hop!; comer el pan a bocados que no a trocitos; cortar las croquetas, tortillas, albóndigas, etc. con el cuchillo que queda de lo más chic; tocar con el tenedor, ya chupado, las piezas de lo que sea, que no se van a pinchar, en el plato destinado para todos en el centro y así seleccionar la tajada mejor y más apetecible para el cazador con tridente; la otra variante: en vez del tenedor, la punta del dedo índice como seleccionador del oscuro objeto del deseo entre los frutos secos, las aceitunas, las gambas… Esos comensales para quienes el mejillón más grande y vistoso siempre está el más próximo a su posición en la mesa: ¡aunque tenga que restregar el antebrazo ante el resto de la mejillonera! Y el que dice el mejillón habla del canapé o del langostino. Esa señorita elegante y redicha que, como no gusta de los pistachos, los evita y se va zampando a dos carrillos el platazo de jamón cortado en finas lonchas, ¡a ver! “¡Ea, yo soy así!”. Pero ¿¡y esa díscola albóndiga, que caracolea en el plato y que parte empapada de salsa por el mantel y sin destino –¡temo que venga a mis pechos!–, se para junto a la botella de excelente vino de reserva de tal y cual…!? Maldición, ¿qué se hace con esa albóndiga que huyó del plato de la nena de los ricitos y que llevaba rato amenazando con escapar? Papá lo resuelve sin ambages, la coge delicadamente, con su dedazo índice y su pulgarcito y la vuelve al redil del plato de la nena ¡que se está poniendo de salsa hasta las cejas!, y empieza de nuevo la faena.

Son jóvenes, tostadas por el sol playero de costa cara, están las seis tiradas y apaisadas sobre sus toallas, cada una la suya, a cual más mona la toalla y la chiquita, hablan a voces en un inglés fluido (una de ellas, más grande que un domingo sin dineros, habla inglés yanqui porque es del America first de Trump). Sacan sus bocadillos envueltos en albal, su táperes ellas los llaman toopers rebosantes de frutita cortada y pelada, hablan distraídas, mientras se llevan las manos a los pies, a la rebusca de arenilla incómoda entre sus deditos pintados y tostados por el sol; y van y vienen de la comida a los deditos y así quedan la mar de in, pura moda. “¡Pásame el protector de cara, please!”.

Ellos, sin embargo, son jóvenes veinteañeros largos. Terraza en una cafetería de plaza de pueblo. Toman un café y una cocacola sin cafeína y sin azúcar, por favor. Ignoro de qué hablan muy concentrados. Barbas largas y descuidadas, pelambreras igualmente desaliñadas. El de las chanclas adopta la posición de un loto traducido al español sobre la silla: un pollo en el palo de un gallinero. Y empieza la rebusca entre los dedos de los pies. “Este no encontrará arena, porque no la hay”, me digo. Y siguen ellos a lo suyo, las chanclas abandonadas a su suerte allí abajo, so la silla… y él terne que terne en su búsqueda. ¡Que se dé bien!

La comida va terminando, gracias a Dios. He sido eterna por el pobre servicio habilitado. Uno de los comensales de la mesa de al lado se estira y abre una boca en un bostezo como la ola que se tragó al Titánic. Está satisfecho por la ingesta tras haber pastado por la mesa: ya lo vi chuparse los dedos untados en pringue, los mismos, uno de los índices, que se mete para quitarse de entre los dientes a un intruso aventajado. “¡Te pillé bergante!”, se dirá.

Y lo más. Verídico por la gloria de mi madre: el culmen de lo visto. Por pocas nos morimos de risa y de vergüenza fue el: “¡Pero no te tires peos encima de tu padre!”. La chica, catorce años, de improviso se levanta de su silla se sienta sutilmente en el regazo de su papá en mitad de la comida y sorprende a este con un repertorio de selectos cuescos de la casa que son el no va a más… “¡Pero no te tires peos encima de tu padre!”. Recoge, que nos vamos.

Tomo nota en la agenda y subrayo con rojo: “Nada de turisteo en el futuro. Educación, punto dos: urbanidad en la mesa: cero. Como en casa, señor obispo, en ningún sitio”.





28 de julio de 2026

QUE LA FUERZA TE ACOMPAÑE

 



Creo que la primera vez que oí la oración que da título a esta entrada fue en alguna película del llamado universo Star Wars de George Lukas. “Que la fuerza te acompañe” era la despedida de los jedis… Me pareció tan teatral y ridícula como la de Schwarzenegger en Terminator: “Hasta la vista baby, sin duda unas ocurrencias pasajeras… ¡Que se quedaron! De la segunda no me ocupo, porque tiene un contexto más concreto y circunscrito, pero la de la fuerza hizo fortuna y no dejo de oírla y de cómo la repiten acá y acullá.

Los extravagantes comentaristas del mundial de fútbol no han dejado de repetir a los telespectadores que enviáramos fuerza a los futbolistas. Esta fuerza se ve que se potenciaba al cerrar los ojos e imaginar a la selección española en la final.

Cierto que estudié algo de Física en alguno de los cursos finales de la EGB: no recuerdo si en 7º u 8º y luego en 2º de BUP. No aprendí mucho. No era lo mío, pero, en fin, para buscar en el diccionario sí me alcanza. Leo las primeras 16 acepciones que me ofrece el diccionario de la RAE y reproduzco la primera, dice así sobre el término "fuerza", y añado sinónimos y antónimos:

1.     f. Vigor, robustez y capacidad para mover algo o a alguien que tenga peso o haga resistencia; como para levantar una piedra, tirar una barra, etc.

Sin.:

o   vigor, fortaleza, pujanza, brío, garra, nervio, energía, fibra, poderío, potencia, ánimo, robustez, solidez, corpulencia, ñeque, canela.

Ant.:

o   debilidad.

Es decir, que leo y no sé cómo se puede enviar la fuerza desde este lado del televisor a unos señores que están a miles de kilómetros en USA jugando al fútbol. “Que la fuerza te acompañe” sirve tanto como comprarse un chupachup de hormigón, que no se gasta… ¡Na de na!

¿De veras que “¡Na de na!”? Cuando era pequeño creía en las casualidades, pero al prepararme para el ingreso al instituto, con nueve años que entonces tenía, dejé de creer en ellas.

Esa fuerza que debiéramos enviar, tan ridícula como absurda, solo sirve para cancelar y sustituir el nombre de Dios por una necedad. Si afirmo “Que Dios te ayude”, estoy dando una dimensión con unas implicaciones racionales, históricas, religiosas… que conviene, ¡a quienes les convenga!, quitar del uso cotidiano. Ya hablé de Ciao en alguna entrada. “Enviar fuerza” y “ciao” buscan jubilar a Dios de las realidades cotidianas.

Tejo de Bermiego

Desde que el hombre anduvo por donde anduviera, comprendió su indigencia y su impotencia ante el mundo. Halló en sí un ansia de eternidad que solo se aplacaba en su vuelta al Ser. Buscó ayuda sobrenatural en el cielo: en el Sol, en la Luna, en las lluvias, en el agua y en el árbol del cruce de caminos (el otro día vi a un tipo orando, o meditando al menos, junto al tejo de Bermiego). El animismo y el politeísmo arrojaban al hombre a una visión trascendente. Siempre hubo quienes quisieron silenciar al Ser, se llamara como se llamara, o a quienes hablaban de Él: sobran ejemplos. Ahora el modo de arrinconar a Dios es hablar de la fuerza (?): esta se envía barata por mensajería ordinaria o se dice “Ciao” para evitar el “adiós” que nombra al Creador.


Perdonen que no les envíe fuerza ni les diga ciao. Me paro y rezo por usted un avemaría y me despido con un adiós, cargado de visión sobrenatural.

 

 

25 de julio de 2026

Luis de la Fuente: «Juntos somos más fuertes».

25 de julio, día de Santiago apóstol

 

España toda se felicita porque su selección de fútbol ha conseguido ganar el mundial. Felicidades. Cierto que “toda”, lo que se dice “toda” no se felicita. Siempre hay grupos tribales que vivaquean en los márgenes del sistema y que de él viven que no se alegran y felicitan, sino que se enfurecen y rabian. Desde el punto de vista sociológico se debe contar estos restos de marginalidad y no echarles cuentas. Debemos de felicitarnos, por tanto, por la consecución de una segunda estrella para la camiseta que nos representa a la inmensa mayoría de los españoles.



Ahora se echan cuentas del esfuerzo que estos chicos y de quienes les han ayudado durante años. Perdonen que haga gracia de los títulos ganados por ellos. Sí que observo que cuanto celebramos hoy no ha sido fruto de la casualidad ni de la suerte, sino consecuencia de años de trabajo constante, programado, de unas metas en las que, seguro, hubo sus tropezones, sus altibajos, sus contrariedades, su consecución y, por tanto, sus éxitos. Esto no es fruto de unas semanas previas al mundial y al desarrollo del mismo. Ciertamente la fortuna estuvo con nosotros ¡me sumo!, ¡nos sumamos alegres!, pero lo obtenido no fue solo por ella. Insisto: programación, metas, trabajo, prudencia, constancia… ¡durante años!



Viajo estas semanas últimas por el norte de España. El sur, digamos, lo conozco grosso modo… ¡y sus carreteras! Nada que envidiarnos ni por qué felicitarnos entre el norte y el sur, entre el sur y el centro y el norte… ¡Una pena es el deterioro del firme de las carreteras! Justificarlo con las lluvias del invierno pasado es engañarnos. Mentirnos a nosotros mismos. Tirar piedras sobre nuestras carreteras. Ha faltado previsión, “un proyecto de país”, como ahora dice la progresía inmóvil. Ha faltado un claro cálculo y formulación de metas por encima de partidos y bandos, banditas, conciliábulos… que nos puedan llevar a obtener un título del que carecemos. Luis de la Fuente en Cibeles afirmó sin ambages que «Juntos somos más fuertes». Es una de esas obviedades que se deben repetir, lo que no es buen síntoma: la unidad es mejor que la dispersión para conseguir un buen fin común. No seremos invencibles, pero sí más fuertes.



Mientras circulo por estas carreteras de distintas comunidades llenas de baches, parcheos, mal pintadas… veo en lontananza montes negros donde no ha mucho había bosques lozanos. Se han quemado por descuido o con minuciosa intención. Sean pirómanos desquiciados o interesadas bestias, el hecho, la realidad es que ha ocurrido como sucedió el año anterior, y el anterior, y el anterior… No hemos tenido un proyecto firme como nación que haya puesto metas para evitar que el fuego, un verano más, nos despoje de nuestra riqueza… ¿Incendios accidentales, cíclicos, etc.? Sí, se admite, pero no está bien repartir entre los pirómanos sistemas de ignición de incendios año tras año.

Mientras el coche de bache en bache bota y se huele y ve el humo allá, en el viso del monte, llego a ciudades y pueblos diversos, de comunidades también distintas. Paseo por el centro de las localidades, unas más grandes, otras más pequeñas… “SE VENDE”, “SE ALQUILA”, “CERRADO POR VACACIONES… ¡eternas!”, porque ya no hay nada en los escaparates ni el interior, salvo cuatro papeles arrugados, polvo, suciedad, desorden, dos muebles incoherentes, abandonados en una huida tan aturdida como urgente. Faltó tiempo para dejar una nota: “Aquí quedan enterrados nuestros ahorros y lo que es peor: ¡las que fueron nuestras ilusiones!”.



“Lo marqués no quita lo valiente”, que escribió Baroja. Bien está el triunfo de la selección de fútbol, pero ¿y si lleváramos al día a día de nuestra nación las directrices pensadas para el juego de la pelota? El juego es muy importante… y bien podríamos jugar a la unidad y a los proyectos firmes y a las ilusiones verdaderas, a las esperanza asentadas… para ser una nación que esté entre las campeonas del mundo. Es obvio que podemos, pero necesitamos unos líderes capaces, y ese proyecto prudente y firme del que vengo hablando.

De momento “aún no”.


19 de julio de 2026

PRESENTISMO HISTÓRICO

 




Cuando hablamos de pueblos o ciudades medievales acuden a nuestras mentes imágenes que nos han mostrado las películas que hemos visto: un herrero que feliz doblega el hierro candente, el vendedor ambulante que vocea sus productos, los viandantes que van y vienen de aquí para allá, religiosos con sus hábitos talares… Y no nos imaginamos seres semidesnudos que, hambrientos, caen en plena calle por no haber tenido nada que llevarse a sus bocas durante días y días…

Nadie asociaría la palabra obispo a persona semidesnuda cubierta de pieles o directamente desnuda y melenuda, con guedejas largas y descuidadas. Sin embargo, estos individuos existieron y optaron a obispados en el mundo bárbaro dominado ya por el cristianismo. Ese aspecto fue prohibido para acceder al cargo y, si se prohibió, es porque hubo quienes de esa guisa quisieron optar a las sedes episcopales.

Si hablamos de la Tierra, en tanto que planeta, de inmediato acude la imagen más o menos esférica y azulada en que vivimos, pero olvidamos que durante miles de años hubo hombres, personas que no supieron ni cómo era el planeta que habitaban ni se lo planteaban ni les importaba ni hubieran tenido medios para averiguarlo. Hoy nos preguntamos si hay seres más allá de nuestra galaxia.

Podría seguir en otros ámbitos mil, en circunstancias sin cuento y donde voy es camino de lo que se llamó presentismo. En concreto me quiero referir al presentismo histórico, que es no solo un error en enfoques e imágenes que deseando ayudarnos a comprender nuestro mundo o nuestra realidad, y viniendo del pasado, inducen a error. Lo cometemos el vulgo y lo cometen ciertos enfoques metodológicos comunes en la investigación histórica y humanística. Así, en juzgar o interpretar hechos, ideas o comportamientos del pasado utilizando únicamente los valores, la ética y los conocimientos actuales.

¿Podía acaso un ciudadano romano sentir misericordia por un esclavo al que denominaba res, es decir, ‘cosa’…? Obviamente no. Hoy, a cualquier ciudadano del mundo occidental rico, la palabra esclavo le repugna e imagina un tipo harapiento en esa Roma citada o a un negro en los algodonales del sur de los USA en los estados de Luisiana, Misisipi, Florida, etc. Sin embargo, no alcanza a imaginar que, por sus calles, allí por donde a diario camina hay otras muchas clases de esclavitud que no parecen afectarle… Solo le alcanza aquella esclavitud de la que opina dos mil años después de que ocurriera o trescientos años escasos después (la esclavitud en España estuvo vigente hasta 1886 y en Mauritania ¡hasta 1981! Aún hoy se pueden comprar fraudulentamente esclavas en el norte de África).

El término presentismo adquirió plena vigencia en las décadas de 1960 y 1970 a través de los trabajos de historiadores de la "Escuela de Cambridge" como Quentin Skinner, John Dunn y J. G. A. Pocock, quienes intentaron establecer protocolos estrictos contra este grave error de enfoque para evitar errores graves en las ideas políticas de su contexto histórico original.

Alguna vez veo un rato en alguna cadena televisiva mientras espero algo, pero no soy aficionado a los gallineros televisivos donde analistas (?), periodistas (?), bebedores de café -supongo- y otros artistas, incluidos los inevitables políticos se dedican a gritarse y a dar tirones de la manta en las más diversas direcciones y hasta es posible que alguno lo haga en la dirección de la verdad, pero donde se juzga todo, lo de ayer y lo de hace décadas, con la misma perspectiva presentista de que vengo hablando y con errores evidentes que sonrojan.

Me llega de una alumna de segundo de bachillerato que “Machado era un pederasta” porque se casó con Leonor cuando ella tenía 15 años -edad legal entonces para poder casarse-. Esta pobre alumna actual, cargada de orgullo feminista, se hunde en el cieno presentista y olvida que muchos adolescentes HOY se casan con menos edad que esa y nadie los llama así, aunque a ella habría que calificarla de pobre ignorante iletrada.