Hubo
una época en mi vida como lector que, digamos, me dio por los escritores
rusos y sus biografías. Siempre que pude antepuse estas a aquellos porque sigo
pensando, contra quienes lo hacen de otro modo, que la vida de un autor ayuda a
la comprensión de lo que escriben, o de lo que cualquier persona hace, salvo
que sea esquizofrénico.
Leí,
recuerdo, los dos volúmenes de la biografía de Henri Troyat sobre Tolstoi.
Luego aprendí que aquel era el seudónimo de un armenio, autor de novelas y de
muchas biografías: también leí la suya sobre Dostoievski. En la de Tolstoi,
lamentablemente, el gran novelista ruso me mostró el lado oculto de un pobre
hombre, pensé entonces, un tipo próximo a ser un genial miserable excéntrico,
un desgraciado. Luego, con el paso de los años, comprendí que, en realidad
todos somos: pobres hombres, seres indigentes todos, menesterosos y que fruto
de esa condición, en parte, se habían escrito grandes obras, precisamente,
sobre esos míseros hombres, como ocurría con los autores del realismo ruso de
los que tanto gocé. Recuerdo aquellos libracos donde nadie se despachaba en
pocas páginas, salvo en algunas obras, como La muerte de Iván Ilich,
donde Tolstoi se ciñe a menos de doscientas. Libros inacabables en horas
deleitosas de lectura donde propiamente no aprendía los nombres de los
personajes, sino que los identificaba como si de dibujos se tratase:
impronunciables y acabados en genitivos que indicaban sus parentescos: “Ivanovich”,
‘el hijo de Iván’.
Me trae
la amistad a la relectura de una obra de la que ya, con el paso de los años, apenas
recordaba su argumento. Incomprensiblemente incluso la había identificado como
obra de Dostoievski hasta que la he buscado en la biblioteca de casa: no la
encontraba inexplicablemente en la D, entre las novelas… La he buscado en el
catálogo y la hallé, ¡cómo no!, ahora sí en la T.
En la
novela de que quiero escribir es una analepsis, en la que el autor nos va dando
datos de Iván Ilich, el protagonista indiscutible, desde su infancia hasta su
muerte. Hay momentos donde se explaya más en sus detalles y explicaciones; sin
duda de lo que más datos disponemos es de los últimos momento en la vida del
protagonista.
La
existencia de Iván Ilich es la propia de un hijo de la burguesía rusa de su
tiempo: nacido en una familia de funcionarios, él sigue ese mismo camino con la
ilusión de conseguir un puesto relevante en la que su vida no sufra quiebra ni
turbulencia alguna. Un buen puesto, un buen sueldo, una familia estable y gozar
de una vida plácidamente rutinaria.
Sigue
un proceso profesional dirigido y previsible. Se casa con una dama adecuada que
asienta su existencia. Tiene dos hijos y unos pocos amigos. Cambia el lugar
donde vive en función de sus ascensos como funcionario, hasta que cae en la
cuenta de lo estrecha y paupérrima que es la vía por la que su existencia
discurre.
La
correlación entre el suceso que da pie a su mal estado de salud y su muerte es
peregrino y poco creíble: al lector le da igual (en realidad es un símbolo).
Los médicos lo visitan y recetan a petición suya. Sin duda, Tolstoi nos
describe un ser hipocondríaco y egoísta que vislumbra la presencia de la muerte
que se aproxima para recaudar la vida del desgraciado Iván Ilich; incomprendido
por todos, según él, cada uno va a sus asuntos, nadie se ocupa de él…, etc.,
salvo su siervo, un mujik, Gerásim,
que le sujeta las piernas en alto mientras él duerme. Todo
se vuelve sufrimiento y el balance de su vida arroja un saldo negativo: su vida
no ha valido la pena, ha malgastado su tiempo, sus talentos.
El tema
de la muerte lo hallamos en la novelística de Tolstoi con mucha frecuencia. En
realidad, no era un topoi en sus obras, sino una obsesión entre las
preocupaciones personales del príncipe ruso. La muerte obsesionaba a Tolstoi y
esta realidad queda expresada con sumo realismo y quintaesenciada en La vida
de Iván Ilich, que bien se puedo titular La agonía de…
Considero
que la obsesión de Tolstoi por la muerte y sus consecuencias: ¿qué será de mí
tras mi muerte? ¿Qué sentido ha tenido lo vivido? ¿Qué sentido tendrá lo por
vivir? ¿Es cierto que hay un Dios que vela por nosotros, creador y Padre o
somos frutos del azar? Considero que esto que podríamos llamar lugares comunes
o tópicos, en realidad, son los que hacen de la obra un clásico, pues hoy como
ayer y como mañana los hombres no dejaremos de preguntarnos por estas
realidades inquietantes que se hacen abismales cuanto más el hombre se acerca a
la muerte: ningún otro animal se ocupa de ello, solo el hombre.
Si en
la vida de Tolstoi su obsesión por la muerte fue ciertamente dramática, como
sus biógrafos nos lo relatan, en la agonía de Iván Ilich no percibo tanto el
dramatismo como una cierta ridiculez: todo lo que piensa y hace es propio de
una persona pusilánime e ignorante y de un alma canija.
Se podrían
abordar otros temas: la superioridad humana del espíritu en las clases humildes
con respecto a las clases altas, el espíritu de los mujik (campesinos) con
respecto a sus señores (los barin): en sus últimos muchos años de vida, Tolstoi
vistió y quiso vivir como un mujik a pesar de sus condición de rico príncipe
ruso (todo resultaba impostado). A este tema se podrían añadir:
• La
hipocondría que desemboca en una depresión o bien esta lleva a aquella.
• El
sentido de la existencia donde se encuentra el vacío propio del pensamiento del
siglo XIX, tras el optimismo del XVIII. Todo lo derivado del status viatoris:
la esperanza, la nada, la desesperación.
• La
interpretación mecanicista de Dios: si él, el protagonista, había sido bueno y
también su vida, ¿por qué Dios permite su sufrimiento?
• La
magnífica descripción en una tercera persona omnipresente del autor de un mundo
interior que agoniza.
Breve
novela, quizá reiterativa en los argumentos sobre un mismo tema: el sentido de
la existencia y su final (la muerte), pero donde el lector percibe un proceso
que va in crescendo desde una caída sin apenas consecuencias hasta un
proceso de un sufrimiento insoportable que desemboca en la muerte.