26 de noviembre de 2019

390-CHARLIE-SALIDA-¿Para cuándo la verdad? Mi cuarto a espadas (Y III de III)



Ser exhaustivo sobre cuanto sucede en Cataluña requiere unos conocimientos de los que carezco y un espacio muy distinto al presente. Ya lo han hecho historiadores y  pensadores de altura, confianza y fuste. Servidor deja paso, mas no sin antes echar su pobre cuarto a espadas.

En la obra que aquí se comentó sobre Eugenio d’Ors se explica con detalle cómo el nacionalismo catalanista se posiciona en todos los ámbitos sociales con la finalidad de crear un imperio, como dirá Prat de la Riba, a partir de la patria catalana: “La tierra catalana es la patria catalana; todas las generaciones la han constituido. De modo que cada nación ha de tener un Estado, pero Cataluña tiene además una misión imperialista cuyo marco son los pueblos ibéricos desde Lisboa hasta el Ródano”. En esa línea, sin desmayo, sin tregua, trabajarán periodistas, historiadores, pensadores, políticos, profesores, empresarios… de pensamiento nacionalista durante decenios. Sin prisa, sin pausa, con un plan trazado con mimo, sutil y sútil que no hilvanado, van avanzando hasta plantear a España innumerables problemas y discordias, escarceos, debates y traiciones, a lo suyo, que no es lo de todos los españoles y ni lo de todos los catalanes, pasito, desde sus ideas excluyentes, siempre que España mostró alguna debilidad o alguna fisura. La meta, inequívoca e inexcusable, la independencia: los medios no importan, solo el fin. El problema del nacionalismo catalán no empezó con la declaración de independencia el 27 de octubre de 2017… Ni era una cortina de humo para tapar la corrupción catalana de Convergencia y los Pujol… El problema nacionalista ni siquiera tiene su arranque en la transición de la dictadura de Franco a la Constitución del 78.

La misión de la política es «edificar un mundo compartido», como escribió Jaspers. Eso solo será posible mediante la palabra; esta permitirá avanzar hacia un mañana en el que «la dignidad humana coincidiría con la condición humana en la Tierra» (Hannah Arendt). Hoy, que de modo fehaciente en España y allende sus fronteras, el populismo y el nacionalismo han unido sus fuerzas, conviene releer a quienes nos recuerdan que la verdad es necesaria, que el hombre es el animal que habla, que puede razonar y que debe amar, ¡pero solo se puede hablar si existe acuerdo con la realidad que es la verdad!

Orwell, que conoció Cataluña, que padeció los nacionalismos, insistió en esa flexibilidad de estos para interpretar la realidad: «Si el líder dice que tal evento no ocurrió, pues no ocurrió. Si dice que dos y dos son cinco, pues dos y dos son cinco. Y eso -añadía- me preocupa más que las bombas». El patriota, continuaba, tiene «devoción por un lugar y una forma de vida que no se quiere imponer»; el nacionalismo, sin embargo, es «inseparable de una ambición de poder que pretende esclavizar la vida de todos los hombres».

Para el nacionalismo, esa forma de totalitarismo, no hay inocentes: el distinto, quien está al otro lado de la tapia, de la alambrada es un candidato a la reclusión y el exterminio. Con los totalitarios muere la realidad, el diálogo, la verdad y la política. El diálogo con el otro es inviable, el entendimiento mediante la palabra imposible. El yo necesita al otro para existir, expandirse y crecer. Fuera del diálogo –necesario, constituyente–, lo que resta ya no es humano. El mal radical es la antesala de esta situación, donde el «querer» se convierte en «padecer» y el verdugo se perfila como el último hombre, pues es el único que conserva la condición de sujeto en un sistema basado en una relación asimétrica con el otro. En una dictadura, el yo sólo se relaciona con el otro para cosificarlo, justificando de ese modo su dominación y aniquilación. La historia deviene en naturaleza, regresando a un estado premoral. Es el fin de la política, la actividad que ha rescatado al hombre del automatismo del instinto. Las personas, esos animales, racionales, dependientes se reducen a bestias… El nacionalismo totalitario catalán, entiendo queda retratado.

Caigo en el error: mea culpa. Intento hacer lo que nunca se debiera: acometer la labor de convencer a quien no QUIERE convencerse.

Termino estas líneas hoy día 12 de noviembre de 2019, cuando el PSOE llega a un precario preacuerdo -que he leído- con Unidas podemos… y yo doy fe hoy de lo que veo y entiendo que sucede en Cataluña. Gracias por su paciencia.


18 de noviembre de 2019

389-CHARLIE-SALIDA-¿Para cuándo la verdad? (PARTE II DE III)



En la entrada anterior hablé de la importancia que tiene la verdad para alcanzar una vida digna, decente, lograda. Es imposible alcanzar una vida así, una vida que merezca la pena ser vivida, si pretendemos hacerlo al margen de la verdad, lo que es tanto, insisto como decir: al margen de la realidad. La tendencia racional, el objeto de la inteligencia, es buscar el bien verdadero, un bien que responda a la naturaleza profunda del que obra y, en definitiva, al ser de las cosas. Es así como cabe entender que "la verdad nos hace libres", que Cristo afirma. No seamos necios por soberbios, no pretendamos abstraernos del día a día, del quehacer cotidiano, olvidemos elucubraciones febriles. Pensemos en realidades y verdades que necesitamos para nuestro vivir ordinario: si meto la mano en la lumbre… ¡me quemo!; si me bajo del séptimo por la ventana, me caigo al vacío; si me como esta seta venenosa, tendré problemas… A esto se refiere, entiendo, Marías cuando habla de patencia: esas realidades que nos salen al paso, innegables, evidentes…

Marías, quien dice tener pasión por la verdad, y me sumo, distingue en el vídeo del que di el enlace en la anterior entrada cuatro modos, digamos, de relación del hombre con la verdad. Vivir en el ámbito de la verdad comporta un modo de instalación en las creencias: en las creencias se vive, de un modo bien distinto a las ideas (mi amigo Joaquín Valdivia lo estudió en Ortega); las ideas se pueden discutir, se pueden resolver como verdaderas o falsas, mas no así con las creencias. Estas creencias son un conjunto de realidades en la que se instalan, o no, las personas, o pueblos enteros o partes de una sociedad. Instalados en ellas los hombres y las sociedades han alcanzado un balance positivo, felicitario. Teme Marías que esta forma de relacionarse con la verdad es hoy poco frecuente, difícil de hallar.


Como usted puede ver el vídeo, me va a permitir que le haga gracia de la explicación de los dos siguientes modos de relacionarnos con la verdad y me vaya al cuarto modo de hacerlo. Es la actitud de aquellos que viven contra la verdad. Esta actitud ante la verdad dice Marías nace en el apasionamiento, en el fanatismo… Este fanatismo es el propio de los nacionalismos. Se ha escrito mucho con verdad contra ellos y de sus peligros. Ha habido terribles experiencias en el siglo XX, no ha tanto en los Balcanes, pero no parece haber antídoto contra él. Cuando se vive contra la verdad se imposibilita el diálogo, se derriban los posibles puentes entre quienes hablan, por lo tanto, cuando se pide diálogo, habrá que preguntarse: ¿hablar de qué, con quién? Decir que haya diálogo, comporta que sea posible la conversación. Cuando hablo, discuto, desde dos posturas es porque creo y creemos que existe una realidad más verdadera, mejor que otra. Si aquello de que hablo no tiene más referente conceptual que el dotado por mí, la relación con el otro se hace imposible, porque se desvanece la realidad, la verdad y con ella la justicia que se negocia. No existe diálogo posible si de antemano se conoce, y las pruebas de la realidad son palpables, que es inviable llegar a ningún punto de encuentro, de acuerdo, ni siquiera mínimo con el otro. La etiología de este mal no es otro que el miedo a la verdad, afirma Marías en un primer momento, para después afirmar que existen las personas malas, destructivas.

Si desde niños en las escuelas se adoctrina en el modo y sentido que sea, siempre algo queda. Si se les cuenta una historia falsa, mentirosa, siempre algo queda. Si se siembra el odio al diferente en sus inteligencias y en sus corazones, se recoge violencia. Si se les genera una falsa identidad, no saben quiénes son. Don Quijote, dicen, estaba loco, pero él sabe quién es: “Yo sé quién soy”, dice, insisto: está loco, pero sabe quién es. Si no sé quién soy, ni reconozco la realidad, si todo es equivalente, si los valores pueden permutar con calidad de iguales, la imbecilidad generaliza está asegurada. Todo queda vacío: los gestos, las palabras, los acontecimientos. Es la hora de la confusión: cuanto peor, mejor. En ese vacío, en la desorientación, en la carencia de sentido, en la exaltación nacionalista: todo aquello que me separa y me hace distinto de los otros y me sitúa bajo una bandera cualquiera da pie a la violencia, que nace del avasallamiento de quienes ignoran la verdad y, además, no la buscan.



14 de noviembre de 2019

388-CHARLIE-SALIDA-¿Para cuándo la verdad? (PARTE I)



Hace no muchos días le comentaba a un amigo que me gustaría publicar aquí un artículo sobre el sentido común. Ponerle un título algo así como “¿Para cuándo el sentido común?”. A veces cuando esto sucede suelo tomar notas de ocurrencias, de textos que he leído y que recuerdo, de lo que pienso o pensaron otros sobre el particular, etc. Imposible, a su vez, dejar de rumiar y meditar sobre estos temas que salen al encuentro, que brotan no sé cómo ni de dónde.

En esas andaba cuando se me cruzó una vieja idea leída. Quise recordar el concepto de la vocación de las naciones que explicaba en España inteligible Julián Marías, libro que leí recién salido. Pensé que también las naciones son llamadas, de algún modo: tienen una vocación, vivían de unas trayectorias recorridas y otras posibles por recorrer para cumplir debidamente con lo que deben ser. ¡Y se me cruzó un vídeo de don Julián hablando de esa obra y de esa idea! Magnífico poderlo escuchar: no se me había ocurrido que hubiera grabado tantos vídeos sobre temas capitales, para mí, y de los que he sabido y pensado a partir de sus palabras escritas y leídas.

Me enfango y disfruto con un vídeo donde se habla de la verdad y de la importancia que tiene esta en el desarrollo personal y social. Y me doy cuenta de que debo cambiar el título de mi artículo posible y en proceso: “¿Para cuándo la verdad?”. Si ustedes ven el vídeo del que les doy enlace, comprenderán aún mejor, espero, mis razonamientos.

Habla don Julián de qué piensa él sobre el siglo XXI. Resumiendo: hay que decir la verdad. Será capital la verdad como fundamento del siglo si se desea una vivencia decente. Hay que buscar la verdad. Se debe renegar de la mentira. Escribe Baroja en sus memorias: “Algunos me han achacado como algo pueril el entusiasmo por la verdad, por lo que me parece a mí la verdad. (...) Yo siempre la he buscado a mi modo, con la limitación natural del temperamento". Me sumo a Baroja, yo también: me repugna vivamente la mentira. La mentira está en el principio de las crisis económicas, familiares, sociales, etc.; creo que también en las personales. Cristo dijo de sí que era la Verdad y san Juan lo recoge en su evangelio: “yo soy el camino, la verdad y la vida” (14:6). El Demonio, sin embargo, es el padre de la mentira: mal negocio.

La verdad nos dice Marías supone reconocer la realidad. Esta la podremos ver desde distintas perspectivas, que diría Ortega, el maestro: la veremos parcialmente, desde alguna de sus facetas, pero no por ello podemos dejar de reconocer que la verdad es realidad al margen de mí. El reconocimiento de la realidad será lo que me permita andar en verdad y saber a qué atenerme. La vida sobre una realidad falsa, fraudulenta, adulterada es una vida precaria, desorientada, indecente por impresentable, como afirma Marías.

Los idealismos acunaron el relativismo: “mi verdad”, “tu verdad”… y así que “toda opinión es respetable”. Esto es tanto como afirmar que idéntico es el diagnóstico del médico que el del lego en la materia. “¿Acaso no va a respetar mi opinión?”, espeta el necio azuzado por su ignorancia. Recuerdo ahora un libro de Ratzinger, antes de ser Benedicto XVI, sobre la relatividad que a todo alcanza, a toda la realidad sea de la índole que sea (lo busco en la biblioteca: Fe, verdad y tolerancia).

Cuando todo es relativo, cuando todo es igualmente válido es porque nada tiene verdadero valor. La vida se torna frágil y precaria. Se vive en la inautenticidad. La realidad es la piedra de toque de toda verdad en la vida cotidiana, incluyendo por supuesto la irrealidad y la irracionalidad como realidades incluso cotidianas. La equivalencia y permutabilidad de los valores determinan una imbecilidad generaliza, el vaciamiento de todos los gestos y acontecimientos. Todo termina dando igual. Y donde todo vale, repito, es porque nada vale. Toda desorientación se empieza a solucionar con la búsqueda de la verdad, con la vivencia en la verdad genuina. ¡No olvidemos -no olvido- que tendemos a engañarnos para respirar por nuestros caprichos!

Ojo y aquí voy y enlazo de nuevo con Marías y con el sentido común… quería hablar de España, de los nacionalismos y eso ya tendrá que ser en la siguiente entrada.



5 de noviembre de 2019

393-Kamen, Henry- FELIPE V. EL REY QUE REINÓ DOS VECES


Vaya de inicio y por delante la expresión de mi gratitud a Henry Kamen por la biografía escrita y recién terminada de leer por mí. Breve y excelente. Es posible que yo sea, como dicen en mi pueblo, “partidario” de este historiador que siempre, desde que leí su biografía de Felipe II me deja reconfortado por lo aprendido y animoso a seguir aprendiendo. Muchas gracias.

Leo la biografía de Felipe V en la rebusca del origen de las dos Españas. Es posible, como le leí no ha mucho a un historiador, Fernando del Rey, de quien espero que llegue mañana su libro (Retaguardia roja. violencia y revolución en la guerra civil española), que haya más de dos Españas: “Otro tanto sucede con la idea de las dos Españas. «Insisto en que no existían. Había muchas más: la España revolucionaria, la España contrarrevolucionaria, la España de los moderados (liberales, socialistas y católicos, todos ellos en su versión moderada) y la España que no estaba ideologizada, pero se vio arrastrada por el resto. Esta última era la más extensa»”, eso será cierto, pero no lo es menos que el átomo se puede seguir dividiendo, pero no se me negará que estos grupos o grupúsculos, como los diez Mandamientos, se resumen en dos: las dos Españas enemigas, que no contrincantes, ni rivales, ni competidoras, sino solo exclusiva y excluyentemente enemigas.

Escribe Kamen como resumen de la vida y obra del primer Borbón que aterrizó bajo la corona española… “Casi había pasado medio siglo desde que aquel joven y vacilante príncipe ascendía al trono y se convertía en el guerrero belicoso que echó abajo el tratado de Utrecht y recuperó para su dinastía todo el Mediterráneo occidental. Había devuelto el orgullo internacional a España, y puso en la Península los cimientos del Estado moderno. Pero durante todos esos años fue incapaz de sobreponerse a los estragos de una enfermedad que le privó de su eficacia, de su razón y, finalmente, de su vida”. Se me va a permitir que eluda los entresijos de la política internacional por los que Felipe llega a serlo V de España; Carlos II lo señala como su sucesor: esperaba, como fue, que su abuelo Luis XIV de Francia cuidara de la unidad del decadente imperio español.

Lo que más me ha llamado la atención ha sido, sin duda, la enfermedad del rey que le hizo poco menos que imposible seguir una existencia “normal”: largos períodos de postración en cama y de descuido personal (hasta casi no poder andar de lo largas que tenía las uñas de los pies), sucio, impresentable (aunque así recibía a veces a los embajadores: casi desnudo, en la cama y con un aspecto deplorable: sin afeitar, lavar, pelar…). A estos períodos severos de su enfermedad le sucedían otros de una tremenda euforia: períodos de grandes iniciativas, momentos de expansión para su dinastía y para España. Guerrero expuesto, cazador junto con su mujer, Isabel de Farnesio, inteligente, francés hasta decir basta…  poco a poco se fue ganando a su pueblo y fue admitido por él durante la guerra de Sucesión (que de tanta actualidad está ahora por lo sucedido en Cataluña bajo el reinado de este primer Borbón, nieto de Luis XIV de Francia, repito, quien lo “dirigió” y “asesoró” mucho en sus inicios como monarca español).

Punto y aparte merecen las bodas que este primer rey francés hizo. Su primer matrimonio fue con María Luisa Gabriela de Saboya, matrimonio concertado por su abuelo; ella fue un gran apoyo para este rey tan hostigado desde su juventud por las enfermedades mentales. En gran medida, por ella, según Kamen, el pueblo español empezó a apreciar y a amar a un rey que tuvo que luchar por la corona contra el archiduque Carlos de Austria, segundo hijo del emperador Leopoldo. A la muerte de esta su primera esposa se casó con Isabel Farnesio, mujer inteligente y amante decidida de su marido, dispuesta a ceder cuanto fuera necesario en lo personal por el amor de su marido y por el bien de España, si bien, en algunos momentos llegó a decir que odiaba todo lo español que tan tosco y grosero le resultaba en las formas, en la educación, en los modos (tal como le ocurrió a su marido: ambos incluso trajeron sus cocineros de fuera, imponer modos de conducta y etiqueta distintos…).

Gran promotor de la cultura, Felipe V, siguiendo modelos franceses, fue el fundador-impulsor de organismos culturales tan prestigiosos como la Real Academia Española de la Lengua y la Real Academia de la Historia. Verdad o no, su mujer hizo que en aquel horario de locos que llevaban, el famoso castrato, Carlo Broschi, conocido como Farinelli, le cantara a altas horas al rey mientras permanecía en la cama y esto, según ella, mejoraba la salud del monarca (era frecuente que se quedaran en cama hasta el medio día: allí desayunaban y recibían a embajadores y ministros, asistían a misa a las 15:00, almorzaban, por las tardes, en los buenos momentos del rey, cazaban allí donde estuvieran: Segovia, Madrid, Sevilla…; solían dormirse ¡a las cinco de la madrugada! o incluso más tarde, y había veces en que se recibía a los ministros, para despachar documentos o sencillamente charlar a las dos de la mañana…).

Rey viajero a pesar de todo, lo hizo mucho más por España que todos los Austrias desde Felipe II. Hablaba en francés, aunque leía el español y lo hablaba también. Le gustaba como escribí arriba todo lo francés e italiano en la comida, la música, la literatura (fue un gran lector con extensa biblioteca personal), en el vestir. Ciertamente él, con uno de sus ministros más relevantes, José Patiño, inició una necesaria renovación en el ejército español (anticuado y desfasado), en la diplomacia, en la creación de una Marina que había desaparecido… Con Felipe V se inicia un acercamiento a un Estado centralista fuerte y eficaz con un poder firmemente asentado en el ejército, pero no alcanzará en absoluto la fuerza que tenía, por ejemplo, en Prusia (no fueron pocas las pugnas y las luchas sordas y menos sordas, entre nobles que deseaban continuar con la gestión clásica española y los nuevos funcionarios y sus modos de gestión de estilo francés traídos por Felipe y sus ministros principales). En realidad, defiende Kamen, es falso o no cierto del todo que Felipe V fuera un rey absolutista, pues no disponía de un Estado centralizado que le permitiera ejercer el poder de ese modo: Navarra y las provincias vascas, por ejemplo, eran provincias autónomas, casi repúblicas, dentro del Estado.

Por lo que a mí respecta, y a las dos Españas, aquí solo veo los recelos propios de los españoles que son apartados de los asuntos de Estado por ministros franceses o italianos, por modelos de estructuras de estado distintas… Sí es verdad que el refinamiento de las clases altas hará que se distancien de los festejos del pueblo, las costumbres populares: corridas de toros, carnavales, fiestas populares…, consideradas vulgares y se inclinen por nuevos modelos de diversión: la ópera, el teatro italianizante, pero aún no percibo en esta obra que ahora termino nada de lo que busco. Ciertamente no deja de oírse la protesta de las distintas regiones o reinos que claman por sus derechos y que tienen que ser acalladas de un modo u otro. Sin duda, la sutura de los Reyes Católicos dejaba abierta una herida por la que aún respiran algunos en el reino de España.

* * *

La carencia de una teoría política que diera sustento teórico al Estado hizo que tuviera especial importancia los escritos que Felipe V deja en 1724 a su hijo Luis como consejos para el gobierno de la nación y la política interior de la misma. Escribe: “mantened a los catalanes, valencianos y aragoneses bajo control, y no les devolváis sus fueros, porque son gente turbulenta, especialmente los catalanes”, supongo que algunos dirán, desde su ignorancia culpable y supina que “ese Felipe V, quien fuera, sin duda, es un fascistas”. Pues eso. Gente de paz.

7 de octubre de 2019

392-Juliá, Santos: HISTORIAS DE LAS DOS ESPAÑAS


Llevo años, y testigos tengo, buscando cuál es el origen de las llamadas “dos Españas”: ese modo visceral, irreconciliable, antagónico en absoluto, de una enemistad fraternal ahíta de odio hasta la guerra fratricida, hasta laminar al otro.

Pensé, y sigo pensando, que la guerra civil del 36 ha sido (ojo: pretérito perfecto) con mucho el mayor fracaso español del siglo XX. Estos días asistimos a la imposibilidad de crear un gobierno donde los distintos partidos se pongan de acuerdo en unos mínimos que ayuden a la nación, a los españoles: imposible. En el 36 hubo gotas que rompieron la tensión de superficie y desembocaron en una guerra de tres años. Los españoles querían matarse, dijo Ramón Gómez de la Serna (y él se largaba) porque dejaron de escucharse, como dijo Julián Marías. Ahora, de momento, vamos a unas nuevas elecciones, pero ¡no juntos! Juntos a ningún lado. “No voy contigo ni a coger millones”, decimos.

He leído con atención, con detenimiento el libro de Santos Juliá. Me ha parecido un libro muy bien documentado, bien escrito hasta donde mis cortas luces llegan. Conocía y sabía del autor, pero no había leído nada de su obra. Se me antoja un tanto sesgado y favorable a una de las dos Españas…, pero lo argumenta, lo interpreta y en su derecho está. Nadie afirma que la historiografía sea equidistante, justa e imparcial. Cierta historiografía, sobre ciertos temas y pasajes de la historia, tras la muerte de Franco, y aún antes, han sido en general amables con cierta tendencia ideológica impartida e inoculada en muchas facultades. No obstante yo, que no él, he parido un ratón tras mucho esfuerzo: tras más de cuatrocientas cincuenta páginas. Llego a la conclusión de que hubo dos Españas que han ido recibiendo distintos nombres, antigua y actual, vieja y nueva, la verdadera España y la antiespaña, conservadora o liberal, ilustrada o reaccionaria, monárquica o republicana, de derechas o de izquierdas, progresista o conservadora, reformista… Nombres que anhelan designar a un bloque u otro en un momento u otro de la historia desde el XVIII (parece ser). Nombres que desean recoger los contenidos ideológicos de estos y aquellos de los hunos y los hotros. Tras todas estas designaciones Juliá nombra a escritores, pensadores, filósofos: Jaime Balmes, Machado, Unamuno, Ortega, Azaña, José Antonio, Laín, Tovar, Ridruejo, Calvo Serer… A instituciones: la Iglesia, la Compañía de Jesús, la masonería, la Asociación Católica de Propagandistas, el Opus Dei, la Institución Libre de Enseñanza y, por supuesto, partidos políticos de todos los colores, pensamientos, etc.: republicanos o monárquicos, marxistas, socialistas, anarquistas, cristianos… Todo esto me parece “razonable”: hay dos grupos, dos bloques, dos modos de entender la realidad, dos maneras de enfocar lo que se mira, lo que se desea hacer con España, pero… ¿solo tienen que ser dos? En España, insisto, esos dos modos extremos son irreconciliables: no hay puente que ayude a pasar de un lado al otro, de una ribera a otra. Solo parece mediar el odio, un río que todo arrastra.

Los partidos políticos o las intentonas intelectuales, económicas, etc. para acercar posturas no se han llevado a término nunca ni con buen final. Todas han muerto en el camino, todas han sido ahogadas antes de abrir nuevas puertas, nuevos modos de entendernos, interpretarnos, escucharnos, hablarnos, conversar. A veces cuento la anécdota de un concejal de un pueblo conocido que, llegando tarde a un pleno del ayuntamiento, camino de este, iba diciendo por las escaleras a voz en cuello: “¿De qué habláis que no estoy de acuerdo?”... O de aquel alcalde de otro pueblo que, con la sonrisa en el rostro, al dar el bastón de mando al nuevo alcalde elegido en las urnas, democráticamente, le susurró, muy demócrata: “Vais a mear sangre”.

Santos Juliá hace un recorrido detallado por momentos, instituciones, personas, gobiernos, partidos, enfoques… y todos desembocan en el fracaso: dos facciones irreconciliables que se odian a muerte más o menos cordialmente (con guerras civiles más o menos encubiertas y parciales en el XIX y a tumba abierta y total en el 36), pero que no llegan a ningún acuerdo porque hay un algo que se lo prohíbe esencialmente. Unos, al parecer, desean con todas sus fuerzas y por encima de todo redimir a los españoles y llevarlos a donde nunca estuvieron: al laicismo, a una determinada cultura “europeísta”, “universal”, lejos de la Iglesia (católica por supuesto, que metida a redentora de causas humanas, también se ha llevado lo suyo), con una instrucción determinada, camino de lo mejor (así entendido por ellos). Los otros, al parecer, solo anhelan hallar la esencia de lo español, aquello que nos ha fundado, de lo que dependemos, de lo que ellos son guardianes de la esencia y de lo que, cuando lo cumplimos bien, siempre nos ayudó a progresar: el catolicismo, las tradiciones, el hundir las raíces en lo español (?) y eludir lo ajeno que contamina, una instrucción religiosa (católica por supuesto)… Y las posturas son inamovibles: no hay tercera vía. El foso está lleno de rencor, de odio, de muertos, de “memorias históricas”…

Es cierto, como arriba apunté, que hubo en ocasiones un intento por restablecer una tercera vía, pero siempre fue aniquilada. Cuando una facción ha querido acercarse a la otra no lo ha hecho con ánimo de encontrarse y colaborar y exponer aquello que separa y une, no: se ha intentado engullir al otro, asumirlo por vía de digestión para desvirtuarlo y acomodarlo al propio pensamiento y el otro evacuarlo en el váter de la historia y tirar de la cisterna con vivo brío.


Sigo leyendo… más obras sobre el tema…