26 de marzo de 2026

570 – Arteta, Aurelio, LA VIRTUD EN LA MIRADA. ENSAYO SOBRE LA ADMIRACIÓN MORAL

 



Pasan los años y con estos también, en mi caso, las lecturas que realizo. Me sorprendía hace tiempo cómo llegaba por una lectura a calles que ya me eran conocidas por otras obras, por otros autores. Si somos de pensamiento e intención limpia, nuestro querer y nuestra inteligencia desembocan en calles aledañas a la verdad o directamente en ella. Al pasar por esta, por el bien, por la belleza, me suenan los escaparates de las aceras por las que paseo. Algo así me sucede con este libro de Aurelio Arteta a quien conozco solo por los libros que he leído de él y, sin embargo, me encuentro en su pensamiento con el de Alasdair MacIntyre, con el Leonardo Polo, con Alejandro Llano, con Ortega y Julián Marías… y con el de tantos otros que, sin nombres y apellidos tan reconocidos, me llevaron hasta donde digo. En la plaza se juntan muchos, aunque no todos.

Si les hablase de un magnífico asesinato, de un crimen cariñoso, de una mentira constructiva, ustedes se sorprenderían por los adjetivos que, en absoluto, les corresponden, salvo, metáfora o broma, a los sustantivos asesinato, crimen y mentira, pues ninguno de los tres son chacotas de recibo, mas por qué sí lo son, y de uso corriente, ira santa y envidia sana. Fue precisamente este último el que me llevó a la lectura de esta obra, porque siempre enseñé que la envidia sana, en español, se llama admiración, sentimiento universal que en inglés y francés no difieren tanto del español y algo más sí en chino: 欽佩. La envidia es una emoción que se convierte en sentimiento y que, en cualquier caso, es negativa, mala, destructiva de la realidad humana, por eso el cristianismo la incluye entre los siete pecados capitales: todos ellos rechazables. Por cierto, la ira santa se denomina celo, que mueve a Jesús, por ejemplo, a echar a los cambistas del templo, etc.

Denso, extenso, logrado y de ardua lectura es el libro de Arteta. Ha habido pasajes en los que por mi estado de ánimo en el momento o por la complejidad ¡o por estas dos realidades y muchas más! bien me dieron ganas de abandonar la lectura, opción que no consentí y continué leyendo. Es más. Algunos capítulos y muchos de sus pasajes los he escaneado para mi relectura y meditación y conservación personal.



La disección que Arteta hace de la admiración merece la pena ser seguida escrupulosamente. En el título, el autor, ya adelanta que esta es La virtud en la mirada, pero para evitar malentendidos o dar alguna pista al lector interesado subtitula: Ensayo sobre la admiración moral. Desde qué es la admiración en sí, qué se ha entendido por ella en las distintas corrientes de pensamiento moral a lo largo de la historia grosso modo, pasando por filósofos y pensadores tan relevantes y opuestos como puedan ser Adam Smith y Kant, desde Aristóteles… Arteta no deja rincón sin revisar: quién es y en qué condiciones se puede admirar a alguien, por qué, quién puede adquirir la denominación de admirador y admirable, ¿es común esta realidad en todas las culturas en tanto que urdimbre del ser humano?...

Intento expresar en un párrafo lo que el autor nos ayuda a comprender y no hallo mejor medio que seleccionar uno del propio libro donde mi lector posible puede encontrar lo que me gustaría ofrecerle y Arteta escribe: “Repuesto en su integridad el sujeto moral real, lo que aquí se defiende es que ese fin de la perfección propia lleva consigo la admiración de la mayor perfección ajena como síntoma y como medio. Tal es nuestra hipótesis central: que este sentimiento, aun confuso, es indicio de una saludable disposición moral y apunta al querer, poder y deber de la propia perfección. Ese querer o semejante conciencia del deber no arrancan de la admiración cómo su móvil último, pero a menudo sí como un móvil inmediato, o sea, con ocasión de ella y a una con ella. Actuar como sujeto moral comprende el admirar a otros sujetos morales. O, si se prefiere, llegamos a ser buenos si antes somos buenos admiradores”.

Que el ser humano es moral porque es perfectible y solo lo es una sociedad donde otros son y están es evidente; que es imposible contemplar y mirar la excelencia sin querer imitarla es necesidad sin qua non para el hombre… ¡es maravilloso! Quien solo se contenta con ver, sin mirar ni contemplar una realidad ad-mirable y no se le mueve una fibra del alma es porque está muerto, es una piedra o una ameba. Escribo esto muy cerquita de las marismas del Rocío y recuerdo una canción rociera que viene a decir: que caballo que con tres años, ve a una yegua y no relincha, o no le gusta la yegua o tiene prieta la cincha. Con perdón, doy un salto ontológico: era Ortega quien afirmaba que una mujer guapa invita con su presencia a un aplauso (o algo así). Esto era ciertamente antes: si Ortega por muy “y Gasset”, que fuera, se le ocurriera semejante acto admirativo hoy sería tachado de facha, machista y terminaría en la perrera de la comisaría.

No ha de olvidarse lo que Arteta afirma en el párrafo que reproduzco: he señalado decenas de ellos. “Repuesto en su integridad el sujeto moral real”… Iba a pasar de largo sobre un suceso real, actual, en un centro educativo (no sé si en más) donde hay alumnos que inducidos por no sé quién califican a Antonio Machado de pederasta porque se casó con Leonor Izquierdo cuando esta tenía 16 años… ¡literalmente estamos desquiciando la realidad! Pensaba que muchos de estos sucesos me cogían a traspié y de ahí mi falta de comprensión de los mismos, por mi edad, mis lecturas, la cultura a que pertenezco, pero poco a poco comprendo que no es así, sino que la realidad en muchos de sus ámbitos ha perdido literalmente los goznes sobre los que necesariamente ha de girar (¡al margen de opciones, culturas, etc.!) y aterrizamos en un mundo que, ¡siendo el nuestro!, no comprendemos. Aquí no hay salido ninguna hoja roja, como en la novela de Delibes: a don Eloy se le pasó el arroz, a nosotros, a muchos de nosotros nos lo están quemando intencionadamente; no estamos fuera de nuestro tiempo, sino que pretenden que vivamos en una realidad paralela, virtual y falsa… ¿¡Machado un pedófilo!?

Merece la pena hacer el esfuerzo intelectual para leer este libro, si usted gusta de los ensayos filosóficos que no ponen tasa a sus búsquedas para llegar a la verdad, para aclarar los caminos que pueden conducir a ella, si gusta de la claridad que puede alumbrarla.

25 de marzo de 2026

Demoler la democracia por putrefacción

 


Permítame que le pida una reflexión sobre realidades en las que posiblemente nunca paró mientes. Si le dieran el encargo de destrozar una relación matrimonial, ¿cómo lo haría? Si le encomendaran derribar un edificio, ¿qué medios usaría? Un tercer envite: ¿Y si tuviera que destrozar un coche?

Todos estos estragos se podrían llevar a término de muchos modos. Los hay expeditivos en los tres casos y los hay sibilinos, reservados, silenciosos e imperceptibles casi, dando nimios pasos hasta llegar a la destrucción irreversible de un matrimonio, un edificio o un coche. Si se logra la meta, para el inmoral, el medio es indiferente.

De igual modo, si usted tuviera la potestad de destruir el sistema democrático de una nación, por ejemplo, el español, también imaginaría sistemas varios.

Recuerdo de qué materia me hallaba recibiendo clase en la universidad en aquel 23 de febrero del año 81, donde tuve noticias del golpe de estado de Tejero. Se le ha dado especial bombo en este aniversario de 2026 porque ha venido a coincidir la fecha del suceso con el fallecimiento de su protagonista y la desclasificación de la información que nada ha aportado (¿quién cae en la cuenta de esto a día de hoy pasada menos de una semana?: la desclasificación que nada aportó). En la distancia rememoro el golpe al que ahora llaman, asonada– y se me antoja todo aquello ridículo, pequeño, añejo y cutre, de operats, si no fuera casi un esperpento valleinclanesco.

Con una pistola y unos subfusiles y cuatro tiros no se derriba una democracia por muy lábil y tierna que estuviera. Se necesitaba algo más que no llegó, aunque se lo esperaba. Para detonar una democracia se necesita algo más contundente o algo más continuo, de más largo alcance… Posiblemente esa gotita que cae a diario un año tras otro. Ese es el modo de crujir un matrimonio: es anormal que alguien se levante una mañana, se asee, se vista de bombero y se largue de su casa para no volver o le descargue en la cabeza el hacha a su esposa aún plácidamente dormida, así de pronto, sin más ni más. Un edificio no se arruina de hoy para mañana ni un coche se lleva al desguace de un mes para otro salvo siniestro total… El deterioro que socaba y corroe un sistema democrático, por ejemplo, es casi imperceptible. Es micro humedad cáustica que penetra por los poros de la desilusión y de la corrupción, y que pone los huevos explosivos en el desinterés y la abulia, la decepción y el asco que desprecia lo que oye, lo que ve, lo que lee hoy y mañana y pasado y pasado mañana y la semana que viene. Todo se va emponzoñando, se va enturbiando y enfriando y despreciando. Es ese pequeño detalle que se descuida en el matrimonio: esa sonrisa que ya no está, esas palabras de aliento que no llegan, ese mal modo que sangra y no restaña ni hoy ni mañana y se abre una distancia que pone hielo en el trato: se cae en la rutina que empolva los proyectos comunes y personales que ya no se ven ni se cree en ellos. Esos proyectos que fueron ilusionantes, pero que hoy ya ni se recuerdan. Ese ruido que hace el día a día y el motor al arrancar, y el humo negro que despide el tubo de escape del amor y del coche y al que no se atiende. Así, el edificio, el coche, el matrimonio y el sistema democrático caen en la inepta molicie del aburguesamiento y la indiferencia. El amor ya no mueve rueda alguna. Solo quedan débiles recuerdos. Empieza el río a revolverse y los ávidos pescadores de la iniquidad se disponen a llenar sus redes con las ganancias de todo ello.

Me tocó atravesar aquellos años del franquismo (ahora algunos los llaman del tardofranquismo). Por mi edad no tuve la oportunidad de pertenecer a esos grupos de titanes que movieron las palancas para traer la democracia sin mover un dedo, aquellos que hablaban y no paraban sobre sus admirables hazañas contra un dictador que murió en su cama: rasputines en infectas tabernas donde se empezaba a oler a pachulí y marihuana y a chocolate sin cacao; aquí el PSOE, el PCE, la muchachada de la Joven Guardia Roja, las Juventudes Comunistas, las Juventudes Libertarias de la CNT, los Guerrilleros de Cristo Rey, los chicos de Fuerza Nueva… ¡y sor Patrocino de la Llagas! Todo aquel caldo que era una bazofia maloliente y que desprendía a ratos ciertas tufaradas de ilusión adolescente y enamoradiza… ¡LA DEMOCRACIA! El paraíso en la tierra con sus huríes a disposición del mejor postor… Una palabra emponzoñada: consenso.

Qué mal huele, sin embargo, especialmente el viejo cuando no se lava. Ese olor a sudor rancio de camisa sucia. A eso huele el chalaneo político del panorama español hoy: huele a entrepierna y axila resudada… ¿Qué fue de aquella joven que tanto ilusionaba en los setenta, hoy corrupta, desflorada, violada, vendida, mancillada…? ¿Apestan todos los políticos? No lo sé, pero esa sensación da: ellos y sus aledaños, sus amigos, sus familias o parecidas, sus partidos, los mequetrefes y bandoleros que en su entorno se mueven…

No he podido hoy seguir leyendo el periódico. Era el tercero de la mañana que intentaba leer he parado y he sido incapaz de seguir. Ha pasado el tiempo, innecesario volver al soneto mil veces repetido de Quevedo, “Miré los muros de la patria mía”… o volvernos a preguntar como Santiago Zavala cuándo se había jodido el Perú o España o la democracia o nuestra casa o nuestro matrimonio o el coche que gripado, todo gripado, todo jodido nada arranca, nada ilusiona.

¿SOLUCIÓN? Desconfío de las soluciones generales. Confío en las particulares: voy a seguir sin mentir, voy a intentar ser mejor persona: más generoso, servicial y altruista, más prudente, más justo… y si usted me ayuda con sus empeños…, pues eso, esto mejorará. VALE.


18 de marzo de 2026

566- Tolstoi, Leon, LA MUERTE DE IVÁN ILICH

 


 

Hubo una época en mi vida como lector que, digamos, me dio por los escritores rusos y sus biografías. Siempre que pude antepuse estas a aquellos porque sigo pensando, contra quienes lo hacen de otro modo, que la vida de un autor ayuda a la comprensión de lo que escriben, o de lo que cualquier persona hace, salvo que sea esquizofrénico.

Leí, recuerdo, los dos volúmenes de la biografía de Henri Troyat sobre Tolstoi. Luego aprendí que aquel era el seudónimo de un armenio, autor de novelas y de muchas biografías: también leí la suya sobre Dostoievski. En la de Tolstoi, lamentablemente, el gran novelista ruso me mostró el lado oculto de un pobre hombre, pensé entonces, un tipo próximo a ser un genial miserable excéntrico, un desgraciado. Luego, con el paso de los años, comprendí que, en realidad todos somos: pobres hombres, seres indigentes todos, menesterosos y que fruto de esa condición, en parte, se habían escrito grandes obras, precisamente, sobre esos míseros hombres, como ocurría con los autores del realismo ruso de los que tanto gocé. Recuerdo aquellos libracos donde nadie se despachaba en pocas páginas, salvo en algunas obras, como La muerte de Iván Ilich, donde Tolstoi se ciñe a menos de doscientas. Libros inacabables en horas deleitosas de lectura donde propiamente no aprendía los nombres de los personajes, sino que los identificaba como si de dibujos se tratase: impronunciables y acabados en genitivos que indicaban sus parentescos: “Ivanovich”, ‘el hijo de Iván’.

Me trae la amistad a la relectura de una obra de la que ya, con el paso de los años, apenas recordaba su argumento. Incomprensiblemente incluso la había identificado como obra de Dostoievski hasta que la he buscado en la biblioteca de casa: no la encontraba inexplicablemente en la D, entre las novelas… La he buscado en el catálogo y la hallé, ¡cómo no!, ahora sí en la T.

En la novela de que quiero escribir es una analepsis, en la que el autor nos va dando datos de Iván Ilich, el protagonista indiscutible, desde su infancia hasta su muerte. Hay momentos donde se explaya más en sus detalles y explicaciones; sin duda de lo que más datos disponemos es de los últimos momento en la vida del protagonista.

La existencia de Iván Ilich es la propia de un hijo de la burguesía rusa de su tiempo: nacido en una familia de funcionarios, él sigue ese mismo camino con la ilusión de conseguir un puesto relevante en la que su vida no sufra quiebra ni turbulencia alguna. Un buen puesto, un buen sueldo, una familia estable y gozar de una vida plácidamente rutinaria.

Sigue un proceso profesional dirigido y previsible. Se casa con una dama adecuada que asienta su existencia. Tiene dos hijos y unos pocos amigos. Cambia el lugar donde vive en función de sus ascensos como funcionario, hasta que cae en la cuenta de lo estrecha y paupérrima que es la vía por la que su existencia discurre.

La correlación entre el suceso que da pie a su mal estado de salud y su muerte es peregrino y poco creíble: al lector le da igual (en realidad es un símbolo). Los médicos lo visitan y recetan a petición suya. Sin duda, Tolstoi nos describe un ser hipocondríaco y egoísta que vislumbra la presencia de la muerte que se aproxima para recaudar la vida del desgraciado Iván Ilich; incomprendido por todos, según él, cada uno va a sus asuntos, nadie se ocupa de él…, etc., salvo su siervo, un mujik, Gerásim, que le sujeta las piernas en alto mientras él duerme. Todo se vuelve sufrimiento y el balance de su vida arroja un saldo negativo: su vida no ha valido la pena, ha malgastado su tiempo, sus talentos.

El tema de la muerte lo hallamos en la novelística de Tolstoi con mucha frecuencia. En realidad, no era un topoi en sus obras, sino una obsesión entre las preocupaciones personales del príncipe ruso. La muerte obsesionaba a Tolstoi y esta realidad queda expresada con sumo realismo y quintaesenciada en La vida de Iván Ilich, que bien se puedo titular La agonía de…

Considero que la obsesión de Tolstoi por la muerte y sus consecuencias: ¿qué será de mí tras mi muerte? ¿Qué sentido ha tenido lo vivido? ¿Qué sentido tendrá lo por vivir? ¿Es cierto que hay un Dios que vela por nosotros, creador y Padre o somos frutos del azar? Considero que esto que podríamos llamar lugares comunes o tópicos, en realidad, son los que hacen de la obra un clásico, pues hoy como ayer y como mañana los hombres no dejaremos de preguntarnos por estas realidades inquietantes que se hacen abismales cuanto más el hombre se acerca a la muerte: ningún otro animal se ocupa de ello, solo el hombre.

Si en la vida de Tolstoi su obsesión por la muerte fue ciertamente dramática, como sus biógrafos nos lo relatan, en la agonía de Iván Ilich no percibo tanto el dramatismo como una cierta ridiculez: todo lo que piensa y hace es propio de una persona pusilánime e ignorante y de un alma canija.



Se podrían abordar otros temas: la superioridad humana del espíritu en las clases humildes con respecto a las clases altas, el espíritu de los mujik (campesinos) con respecto a sus señores (los barin): en sus últimos muchos años de vida, Tolstoi vistió y quiso vivir como un mujik a pesar de sus condición de rico príncipe ruso (todo resultaba impostado). A este tema se podrían añadir:

La hipocondría que desemboca en una depresión o bien esta lleva a aquella.

El sentido de la existencia donde se encuentra el vacío propio del pensamiento del siglo XIX, tras el optimismo del XVIII. Todo lo derivado del status viatoris: la esperanza, la nada, la desesperación.

La interpretación mecanicista de Dios: si él, el protagonista, había sido bueno y también su vida, ¿por qué Dios permite su sufrimiento?

La magnífica descripción en una tercera persona omnipresente del autor de un mundo interior que agoniza.

Breve novela, quizá reiterativa en los argumentos sobre un mismo tema: el sentido de la existencia y su final (la muerte), pero donde el lector percibe un proceso que va in crescendo desde una caída sin apenas consecuencias hasta un proceso de un sufrimiento insoportable que desemboca en la muerte.



10 de marzo de 2026

¿Has dejado de escribir? ¿Sigues escribiendo?

 



Leí no ha mucho o eso entendí que Eduardo Mendoza dejaba de escribir; que dejaba el oficio. Me extrañó. A lo peor lo leí mal y lo que dejó fue de editar, de publicar, de escribir novelas específicamente, mas ¿cómo dejar de escribir? No lo sé.

Empecé yo de aprendiz en el oficio con 16 años y una novela: creo haberlo contado. Cumpliré, Dios queriendo, 65 y NUNCA he dejado de escribir, es decir: ¡no he podido dejar de escribir!, por mucho que haya querido abandonarlo con todas mis fuerzas… No he podido.

La pregunta que da título a esta entrada, ciertamente nos la hacen aquellos que nos consideran unos fracasados en nuestro oficio, a quienes se nos piensa unos pillatigres, rebuscadores de caracoles y espárragos: publicamos de vez en cuando, no somos reconocidos públicamente, no hemos alcanzado fama alguna y, por tanto, y por todo ello, lo lógico sería que dejáramos de escribir… por aburrimiento. “Si no sales en las noticias”, “Si no eres famoso”… ¿para qué escribes?

Pues mire usted, de momento, porque no escribo para ser famoso, ni tener éxito, por ejemplo. No era mi afán ni el sentido de mis escritos.

Es cierto que muchos, entre quienes me incluyo, hubiéramos querido poder vivir de lo que escribimos. La realidad es muy antigua. Se la explico por dócil boca de ganso: Vuelto nuestro Larra a Madrid tras su paso por París tras haber conocido entre otros a Alejandro Dumas y a Víctor Hugo, se empapó de un ambiente en el que reinaban Chateaubriand, Lamartine, Balzac: todo deslumbrante por ser París el colmo y cúspide de la cultura cosmopolita. Ya en nuestro Madrid, ese rompeolas de las Españas, según Machado, que bien pudo haber adjetivaba arrabal, se lamentó el pobre Fígaro: «Escribir (...) en el centro de la civilización y de la publicidad es escribir», es decir: el escritor parisino era leído como tal, atendido, influyente, tenido en cuenta en París y desde este en todo el mundo. En París, escribir es «escribir para la humanidad». En cambio, añadía, «escribir como escribimos en Madrid es tomar una apuntación, es escribir en un libro de memorias, es realizar un monólogo desesperante y triste para uno solo. Escribir en Madrid es llorar, es buscar voz sin encontrarla, como en una pesadilla abrumadora y violenta» (todo ello según Guillermo Fatás).


Ni muchos españoles tras Larra ni este mismo hasta que se descerrajó un tiro, no hemos podido dejar de escribir por muy mudos que nuestros escritos fueran, por mucho que gritáramos en los desiertos, por muy buenos o malos escritores que seamos o fueran… Da igual. No somos leídos por otros, apenas editados por caridad, escribimos y puablicamos gratis et amore, da igual porque ahí erre que erre y tras esta erre una e… resistiendo, tenaces, con una mano sujetando la pluma y con la otra asida la silla que sujeta al león del hambre y la desgracia… y el desprecio socarrón e irónico…: fieles, porfiados, perseverantes, incansables… ¿Sigues escribiendo?

La verdad torera de este quehacer es que el escritor, y alguna vez creo también haberlo dicho y escrito, es que vive la realidad toda sub specie litterae. La anécdota o la historia, la noticia periodística, el suceso real o imaginario trufado de lo uno y lo otro, el verdadero escritor se lo lleva puesto donde puede y lo va redactando en su memoria y por la calle, mientras conduce el coche, colgado en la pupila, en una nota apenas garrapateada en un papelajo en cualquiera de sus bolsillos. En el de la chaqueta de Machado en Colliure, recién muerto, hallaron aquel su último escrito, un verso apenas esbozado, un borrador cargado de futuro que no se hizo presente: «Estos días azules y este sol de la infancia», ¿qué querría hacer aquel viejo poeta exiliado, moribundo, con aquellas nueve palabras? De momento se toma nota y luego Dios dirá… «Estos días azules y este sol de la infancia».



Pues eso: anotaciones, notas, papeles, apuntaciones en libretas y libretillas, en el ordenador, aquí y acullá… ¿Para qué? Pues para eso: para reverdecer mañana, lo visto y sentido hoy de aquellos días azules y aquel sol de la infancia ya perdida, nublada hoy, para que se volvieran a hacer presentes por la memoria y el amor.

Y sí se escribe…, por amor y por este no es posible dejar de escribir.

Por cierto, otro tanto le ha ocurrido a Eduardo Mendoza según leo: 

 

Eduardo Mendoza se resiste a dejar de escribir

 

El escritor barcelonés se desdice y vuelve a la carga,

más libre que nunca, con Tres enigmas para la Organización, una novela con muchos detectives y casos por resolver en un (sic) Barcelona atiborrada de turistas y yates de superricos extranjeros

 

Ya expresé arriba mi extrañeza… ¿Dejar de escribir? Y no me equivoqué.




7 de marzo de 2026

565: Díez Tejón, Luis: PRERROMÁNICO Y ROMÁNICO EN ASTURIAS y ARTE ROMÁNICO EN ASTURIAS

 

Si la obra de Díez es una obra de cierto empaque, más fotos que texto, la otra obra, que sumo en este mismo comentario es un folleto, una guía didáctica.



Hace unos días bajé desde Asturias a Andalucía. Salía de allí cuando el claror del día apenas alumbraba y veía los campos, como siempre, por los ojos del poeta castellano de Sevilla: las tierras calmas, con sus rabillos de monte, algún pinar entre barbechos y los enhiestos chopos difuminados, siempre pocos, elevándose hacía un cielo aún no del todo claro junto a regatos que no llegan a ser arroyos.

Hay preguntas que son impertinentes, las hay tan necesarias, que son imprescindibles, las hay tan incontestables como innecesarias, en fin: todo un corolario en torno a las preguntas, totales o parciales que la vida nos espeta, que nos hacen los demás, que nosotros nos hacemos. “¿Qué color le gusta a usted más?”: Nunca me he hecho esa pregunta como tampoco me había hecho esta otra: “¿Qué estilo arquitectónico le resulta más atractivo?”. No lo sé, pero he de reconocer que el románico es estilo de mi gusto y, planteada la interrogación, medito por qué.

Considero que el prerrománico me encanta. Las edificaciones prerrománicas y románicas que se conservan, casi todas, por el momento en que nace esta corriente estética da lugar a pequeñas construcciones civiles y religiosas. Aún las ciudades propiamente no existían con la entidad con que resurgirán a partir del siglo XII y estas construcciones de que hablo, muchas de ellas, se hallan en espacios naturales recatados y sugerentes, donde el silencio se apropia del entorno, ¡no ya de la edificación!, sino del ambiente todo. Soledad, silencio, lejanía a veces en el tiempo y el espacio… Todo ello permite el acercamiento a Dios del creyente por medio de una oración serena. ¡Qué ajeno el arte románico, por norma, a la multitud de turistas que todo lo acogotan y fotografían! ¡Qué lejos el románico de las multitudes vocingleras!

No me gusta hacer el papel de turista. Me producen rechazo las masas, las bullas, las multitudes… "La mucha gente para las procesiones y las guerras", decía un amigo, y no me agradan ninguna de las dos.

Dividen los expertos el románico asturiano en tres etapas: la inicial hasta Alfonso II el Casto (842); el ramirense que abarca el período del reinado de Ramiro I y de su hijo Ordoño I; y la última etapa, desde el reinado de Alfonso III el Magno hasta el traslado de la corte desde Oviedo a León. En las obras que comenteno las etapas del Románico asturiano se dividen en las tres citadas, igualmente se dividen en varios espacios geográficos que se organizan a partir de Oviedo, que se identifica con el cento, oriental y occidental. No han de extrañarnos estas divisiones porque el folleto no pasa de ser una guía didáctica escolar y el otro libro es también otra guía. Esto implica que, en una obra y otra, abunden las fotos, los comentarios esquemáticos de los rasgos y las construcciones de que se nos habla sucintamente. Las fotos del libro de Díez Tejón tienen más calidad y son en color, mientras las de la Guía, son fotos antiguas, no excesivamente buenas ni abundantes.

Cerca de donde vivimos tenemos santa Cristina de Lena. Una maravilla chiquita sobre un montecillo verde que se asoma al valle. Una señora la enseña y explica y da cuenta de sí por el mismo precio: gratis.


Es norma que los turistas, en general, no vieron mucho de por donde pasaron; fotografiaron muchísimo; y solo se quedaron con los nombres de los restaurantes y los bares donde comieron y bebieron. Cierto que de todo quiere el Señor…, pero, si puedo, quisiera aprovechar para visitar el románico asturiano, como lo hice en su momento con el navarro. 

Este par de guías cubren sobradamente mis necesidades, pues cuando quiera más información sobre alguna edificación en concreto, la buscaré, pero con estas obras podremos hacernos un itinerario por donde ir y dónde reponer fuerzas.