16 de junio de 2026

582 ¿Por qué y cómo te “coge” un libro?

  

Bestsellers en 2019

Es ensayar un intento de salto sin red en busca de una verdad. Si no se halla, nada pasa porque no se juega el ensayista la vida como lo hacen los trapecistas fetén.

Hace mucho tiempo que tenía anotada una pregunta que, supongo, saldría al hilo de alguna conversación o lectura ¿hay alguna diferencia entre una y otra?. Desde niño, me recordaban, fui muy preguntón: se ve que nada de lo humano me era ajeno, ¡ni de lo divino! (por eso mismo sé el motivo por el que el sacerdote en el ofertorio de la misa echa unas gotas de agua al vino, por ejemplo).

La pregunta: ¿Por qué y cómo te “coge” un libro? Hay libros que desde el primer momento te atrapan y no puedes dejar de leerlos o bien te producen un rechazo casi inmediato que te animan a abandonar su lectura (yo no lo hago por norma; procuro la selección previa) o bien, esto es más raro, el libro te va atrapando a medida que avanzas en la lectura; que concluyas satisfecho es más común.

Escribí una entrada en este blog, que no sé cómo encontrar, donde comentaba la idea de una señora, cuyo nombre olvidé, que decía que ella, si iniciaba la lectura de un libro, quiero recordar, que a la mitad de páginas que de años ella tenía y no la había atrapado, lo dejaba. Muy bien, pero ¿en qué y cómo te atrapa un libro?

Considero que hay momentos y lugares, espacios y tiempos, en los que un libro te agrada sobremanera y no lo puedes dejar. Depende de esas realidades el momento en que se inicia la lectura, en dónde y cómo se encuentra el lector. Recuerdo mi primer intento para leer la Antropología metafísica de Marías: leí la contraportada, algo de la introducción y… lo dejé antes de quemarme las manos: recuerdo dónde ocurrió, aunque no recuerdo el año. Después, en otro momento y lugar, el libro me retuvo sin paliativos y lo leí con verdadero gusto y ansia. ¿Por qué? En este caso considero que mi primer intento fallido se debió a mi incapacidad e insuficientes conocimientos filosóficos y en particular del pensamiento de Marías.

Bestsellers en 2025


Hay libros que de entrada rechazo irracionalmente. Son esos libracos que veo a veces leer en las playas, que miro y no toco en las librerías, libros que sobrepasan las mil páginas: son esos que llaman best-sellers o superventas. No recelo del todo de este calificativo, pero creo que es una exposición arriesgada esa lectura. Hago cálculo de los libros clásicos (lee lo que se queda de pie) que podría leer mientras invierto el tiempo en leer esa obra tan extensa que está pensada, facturada, para un sector de lectores dignísimos entre quienes no me encuentro y me freno. No es que yo sea raro, como mi padre y mi cuñado defienden, sino que sencillamente soy una edición limitada muy original, ¡a ver!: cada uno carga con lo suyo.

Aún ni me acerqué a dar respuesta a la comprometida pregunta: ¿Por qué y cómo te “coge” un libro?

Creo que los superventas sujetan a un perfil determinado de lectores tal y como lo hacen las series éxito de las plataformas, las telenovelas o los antiguos seriales radiofónicos, las folletones del siglo XIX. Existen depuradas técnicas para llevar a cabo semejantes procesos, tanto en lo formal como en los contenidos. Me dicen que incluso en las series se hacen encuestas entre los ya seguidores y se piden opiniones sobre qué hacer o dejar de hacer con determinada situación de la trama, qué destino dar a tal o cual personaje. Entiendo que, en el medio que sea, la complejidad formal y temática y argumental conviene desterrarlas; los pensamientos alambicados desecharlos; atemperar la belleza sostenida de imágenes o texto descriptivo; buscar la sencillez en los contenidos y en todo lo formal; promover argumentos y variables que den pie a la proyección y la aventura imaginativa de los lectores o seguidores de seriales: darles los datos y detalles suficientes para que se hagan una composición de lugar y se sientan retados; convendrá tratar temas próximos o inherentes a lo humano: la vida en rama en sus variadas facetas, salpimentadas con el amor y sus fiascos, el dinero y la codicia, el afán de poder y éxito, sus dudas, sus rechazos y traiciones, sus enconados ángulos, la limitación humana en los pecados capitales que no se deben presentar descarnados, sino trenzados de matices suaves, dubitativos e inquisitivos, color pastel.

Lo antedicho inmediatamente es razonable. Me parece sensato, pero esto lo hallará el lector una vez iniciada la lectura, mas ¿y desde el primer momento como me pregunto? Alguna vez lo escribí. Si usted ve el inicio de casi cualquier película de Spielberg, puede descubrir el secreto. Esas imágenes, esas páginas abren súbitamente un espectáculo de posibilidades sugerentes, atractivas, estimulantes, insinuadoras… que estimulan esa curiosidad que algunos teníamos y tenemos desde niños: ¿Y ahora nos preguntamos qué hallaremos a la vuelta de esta página? ¿Qué habrá detrás de esto que veo en estas escenas? ¿Qué pasará en el próximo capítulo? Se siembra ese deseo por desentrañar qué sucede, cómo continúa y cómo acaba, si es posible. Los libros de final abierto (o las pelis) dejan un extraño regusto en el lector y el espectador… El final feliz también deja la desazón que invita a querer saber más y más de aquella chica o de este destierro imposible cebado en el desamor… ¿Encontraría otro chico u otra patria lo suficientemente atractiva a su corazón…? Y se cierra el libro entre conjeturas, hipótesis, dudas, deseos o se pone uno el abrigo en la sala de cine en silencio y cavilando. Uno piensa que quizá habrá una segunda parte una continuidad que será esperada con anhelo.

Algo de todo esto considero que es la respuesta a esta pregunta: ¿Por qué y cómo te “coge” un libro?

Invito a que ustedes opinen y se atrevan a enviarme una entrada, más o menos larga, y la publicaré en el blog. Muchos de ustedes son lectores muy avezados y capaces… Ahí lo dejo.

Sé valiente, no temas... Escríbame algo al respecto...


10 de junio de 2026

579- EDUCAR LAS VIRTUDES, MOSTRAR LOS VALORES: la compleja ruta de los mejores (III y final)

 

Don Camilo y Sánchez Dragó

El programa de tertulia de sobremesa más recordado de Jesús Hermida fue "A mi manera". Lo emitió Televisión Española a finales de los ochenta. Lo interesante del programa eran, lógicamente, los contertulios y los enfoques que le daban a los temas. Una de aquellas tardes, coincidieron en el café Sánchez Dragó y Camilo José Cela. Con su habitual retórica corporal, gestual y vocal, Hermida le hizo una pregunta a Dragó de lo que fuera y este se largó por los cerros de Manchuria con el yin y el yang y las cañas de bambú. Habló con mucha velocidad, mezclando lo divino con lo mitológico y las almorranas con los maitines. Don Camilo andaba a lo suyo: “Darme una pechá de café”, que decía él mismo sin rubor. Dragó cortó su vehemente soflama de pronto y, de canto, le colocó Hermida una pregunta a Cela. “Y usted qué opina, don Camilo, de lo que ha dicho Fernando”. Cela miró por encima de la taza a Drago y contestó:

          Yo qué coño sé qué ha dicho este tío.

Algo así parece que ha sucedido con mi anterior entrada. Complicada en las formas, complicada en el contenido… Creo que es más fácil decir que no debí estar acertado; ya perdonarán. A ver… Todas las tardes no se puede salir por la puerta grande.

* * *

“En vista de ello, poned todo empeño en añadir a vuestra fe la virtud, a la virtud el conocimiento, al conocimiento la templanza, a la templanza la paciencia, a la paciencia la piedad, a la piedad el cariño fraterno, y al cariño fraterno el amor”.

Segunda carta del apóstol san Pedro

Confieso que he mejorado con el paso de los años… ¡solo en algunos aspectos! El cambio en la persona es imposible. Se puede mejorar, ya digo, con mucho esfuerzo, luchando por adquirir virtudes, abundando en la vivencia de los valores elegidos, cultivando los conocimientos con el estudio y las lecturas. Todo ello tengo la convicción plena de que aumenta la humanidad, disminuye la bestialidad, atempera la animalidad y pule y mejora la civilidad. Estas mejoras ayudan a disfrutar de una vida más lograda y feliz, para mí… y para así entregarla a los demás: si soy feliz podré dar esa felicidad, ayudar a quienes no la logran… Da quien tiene, como la tristeza la dispersa quien la lleva por bandera, el mentiroso la mentira, la acritud el acre…

Tercera vez que redacto este texto tercero de esta serie de entradas. Lo intenté escribir todo en una sola: no pude, se hacía larga, farragosa, difícil. La tomé como borrador y la rehíce y la intenté proyectar a tres entradas. Cometí la imprudencia de no hacer un esquema que seguir y así repartir y equilibrar el contenido. La primera entrada gustó en general, por lo que me llegó. La segunda, por el mismo cauce, resultó compleja. La tercera, que ya la tenía enjaretada y lista para publicar… ¡no me gusta a mí! Antes, antes de mejorar servidor un poquito, no hubiera rehecho nada: lo habría publicado tal cual. Nunca me gustó volver sobre lo dado por finalizado. “No lo vuelvas a hacer”, me corrigió un escritor ya veterano cuando le dije que mi primer libro lo escribí en nueve días y cuando le puse el punto y final, no lo volví a leer: “No lo vuelvas a hacer”.

Retomo aquí. Estos días atrás comprobé que la IA me considera ensayista de textos filosóficos y teológicos de tendencia católica. ¡Qué de cosas aprende uno sobre sí en la IA!, tan lista ella. Cierto que soy católico, lo de ensayista…

Sin duda lo que vengo contando, desde mi perspectiva cristiana, con respecto a la precedencia de las virtudes y los valores en la educación escolar es evidente y esencial: el buey delante del carro. Nunca, en absoluto, debe olvidarse que el maestro, el profesor, el educador… está en un centro académico y, por tanto, la instrucción es capital, premisa primera (un centro de enseñanza que no da calidad en su instrucción puede cerrar porque no cumple su primer cometido).

Todo esto tiene un para qué. Lo he escrito en el primer párrafo: para que educandos y educadores alcancen, todos, una vida lograda. Vender el coche para comprar gasolina es ruinoso y, por tanto, poco inteligente. ¿Para qué tantos esfuerzos si no sabemos a dónde vamos y por qué?




Dicho esto, me coge el toro de la encíclica de León XIV, Magnífica humanitas, que me viene el pelo con lo que vengo contando. Aún no llegué al final de su lectura, pero ya me voy quedando con la copla.

Vivimos en un mundo que fue hecho bueno por Dios. Un mundo que hemos ido escacharrando los hombres con nuestros pecados (llámenlo como deseen). Ocurrió muchas veces: los hombres acometieron empresas que lanzaban grande piedras muy altas… ¡que les caían sobre sus cabezas! ¡Somos especialistas en ello! Habla el santo padre de Babel.



La torre de Babel


Frente a esas empresas hay otras en las que también, con más acierto, con la mirada en Dios y puesto el hombre delante, se han acometido empresas de éxito notable para la humanidad. Expone el Papa la muralla que Nehemías construye, ¡juntando a todos!, en Jerusalén.

Hace el Papa, como líder mundial, una llamada a lo Nehemías. Tiene el derecho y la obligación. Ojo, nos dice, nos estamos cargando este mundo que nos fue dado. Estamos degradando la vida del hombre sobre la tierra. Siendo todos, lo sepamos o no, hermanos por ser hijos de un mismo Padre, estamos repartiendo las posibilidades de alcanzar la felicidad y la vida lograda de forma injusta: esto arma las catapultas que lanzan piedras muy altas y que nos caen en la cabeza en forma de injusticias, hambrunas, guerras… A nivel mundial, ¡y a nivel familiar!, intrafamiliar diría yo. Las catapultas de la ambición de poder, de codicia, de soberbia, de mentira… nos están machacando. 


Sumando esfuerzo Nehemías rehizco la muralla de Jerusalén

Hace el Papa una llamada. Servidor, humildísimamente, se suma al santo padre. Con él tengo la convicción de que: “Cada generación recibe como herencia la tarea de dar forma a su propio tiempo: hacer madurar la historia como un lugar donde se proteja la dignidad de cada persona, se promueva la justicia y se haga posible la fraternidad. Pero en cada época se cierne el riesgo de construir un mundo inhumano y más injusto”.

Servidor aporta su granito de arena en aquella parcela que le compete y puede. Hagamos mejores a quienes están en procesos y momentos de especial formación: los alumnos en general. Démosles armas para enfrentarse a los problemas de mañana para que puedan aportar ellos también soluciones y abran puertas por donde entre la gracia de Dios y la felicidad posible a raudales, para todos. 

O sumamos como Nehemías o no haremos la muralla, no abriremos los portillos de oportunidad para que alcancemos un mundo mejor. Quien pueda aportar agua, que lo haga; quien pueda arrimar piedra, que no lo dude; quien pueda acercar cemento, formación, felicidad, entrega, sabiduría… ¡que ni lo dude!

Aviso para lectores en camino: las virtudes y este plan ascético de mejora personal que elige los valores más adecuados, se empeña en alcanzar la más y mejor cota de humanidad no es solo cristiana. Ya lo expliqué en algún congreso. Esta visión se halla ya de forma explícita en la Antigua Grecia. Recuerda, además, el Papa: «La Palabra de Dios ofrece criterios fiables para orientar los caminos de la justicia y abrir vías de reconciliación y paz entre los seres humanos. Cuando se trata de aplicar estos criterios a las complejas situaciones de nuestro tiempo, resulta esencial la contribución de la filosofía y de las ciencias humanas y sociales, que ayudan a comprender y analizar más a fondo las dinámicas culturales, económicas y políticas. San Juan Pablo II recordaba que la Iglesia acoge la aportación de las ciencias sociales ‘para sacar indicaciones concretas que le ayuden a desempeñar su misión de Magisterio’. El diálogo con esos conocimientos no resta fuerza al Evangelio; al contrario, permite identificar con mayor claridad lo que realmente promueve la vida de las personas y las comunidades».

Creo que así queda mejor cerrado el trío de entradas que empezaron explicando de la naturaleza de las virtudes y los valores, de… y que marcharon por su para qué hasta este final.

Espero haber ayudado… Si no lo hice, me disculpan: en esta ocasión no lo supe hacer mejor. VALE.

4 de junio de 2026

581- LOS PERROS NO MUERDEN, LAS PERSONAS SÍ

 



A Ussi y Noé, mis perras,

que solo leen en inglés.

 

 

Mi ciudad es una cuesta. Es mi calle una estrechura empinada de provincias, un callejón casi. Estrecho y sucio y pino. Carece de circulación rodada. Apenas pasan, al día, dos coches y tres motos que aparcaran en un garaje. Sin embargo, con todo esto, además, en mi calle hay dos puertas laterales, secundarias, del colegio de las teresianas y pasan decenas de niños por mi calle. A diario, desde muy temprano pasan niños, pobrecillos, que son guardados antes del alba en un aula apellidada Matutina. Siento pena por esos niños que me llevan a mi niñez de tres años, a mis carmelitas, a mi tata Luisi, rubia, joven, guapa y vistosa. Desde que lo aprendí no he dejado de repetir con palabras, más o menos de Juan Ramón, que la escuela es una institución penal dedicada a asesinar nuestra infancia (la divulgó Leopoldo María Panero, el poeta loco ¡hay algún escritor que no lo sea un poco al menos!, pero la idea es de Juan Ramón, que la acuñó tras su paso por su cole del El Puerto de Santa María). San Agustín, en su obra De civitate Dei, incluye entre los castigos divinos al hombre por su maldad, “los horrores de la educación de los niños pequeños”. No, la escuela no me gustaba ni me gusta.

Cuesta arriba, repeinados de cariño y amor materno, suben los peques, mochila a la espalda, o arrastran ruidosos tróleys. Ellos y ellas camino de su cole, en dirección a sus aulas… A veces coinciden, por error, mis perras en la calle con esos niños… Quienes las conocen no se asustan o incluso las llaman para acariciarlas; otros los hay que tienen un miedo que portan durante toda su vida, el miedo de sus papás y sus mamás: “¡Que te muerde el perro!”.

NOÉ


Antes, en mi infancia, había perros de apellido Callejeros. Perros de nadie que todos alimentábamos, que todos y nadie cuidábamos, que todos acariciábamos, si eran de nuestra calle o de nuestro barrio. Llevaban el nombre que alguien más perspicaz le había puesto: me acuerdo de Valiente, un podenco que, además, lo era: un perro no muy grande, pero bragao y enérgico que solo ladraba a don Antonio, el cura, cuando este vestía sotana (se ve que era un perro sin cristianar del todo y anticlerical). Cuando empezaron a retirar los perros de las calles, se le compró a Valiente un collar y se le vacunó contra la rabia. El Chito era otro perro de mi calle aquella de mi infancia, pero ese era un chucho canijo, pelilargo, esquinado y con mal humor. Mi hermano Javier que adoraba a todos los perros también amaba y trataba a Chito, que llevó en una funesta ocasión por casa, para desgracia del perro y de mi hermano.

No recuerdo que nadie en mi calle tuviera miedo a los perros. A ningún perro se le temía, fuera como fuera. Todos sabíamos que los perros callejeros, de donde fueran y como fueran, con hacer el gesto de agacharnos y coger y lanzar una piedra huían por temor a repetir experiencias vividas… ¡Pobrecillos!



Hoy los perros van atados mis perras en contadísimas ocasiones y los niños y sus papás, muchos de ellos temen a todos los perros, a las mordeduras de los perros, vete a saber a qué (los musulmanes sí sé por qué los temen por norma). “Si van atados será porque son peligrosos”, pienso que pensarán. Ignoran que los perros, salvo rarísimas excepciones, no muerden ni hacen daño: a mí me mordió una vez un perro de mi casa por meterle la mano en la comida… ¡acción que teníamos prohibida por mi padre! Lo recuerdo perfectamente. Hemos tenido en casa muchos perros. Los hemos amado mucho y ellos nos amaron otro tanto. Siempre perros de raza dedicados a cazar. “Los perros de caza no muerden”, sentenciaba mi padre con una seguridad que no sé de dónde sacaba.

Los niños de la escuela de mi calle lloran cuando los traen a la escuela en septiembre, pero no veo a los padres que eviten su entrada en ese infierno de maestros, lápices, mesas y compañeros meones. No, los perros, salvo extraña noticia, no muerden y mis perras son amables, no ladran, están limpias, vacunadas… Y tienen el amor de su amo, que soy yo, que las cuido… como perras que son, que no como niñas.

USSI 


A veces repito con Saint-Exupéry su texto de El principito donde advierte que: «Aunque no me gusta el papel de moralista, el peligro de los baobabs es tan desconocido y los peligros que puede correr quien llegue a perderse en un asteroide son tan grandes, que no vacilo en hacer una excepción y exclamar: "¡Niños, atención a los baobabs!"» y los baobabs solo crecen en las escuelas y entre las personas mayores. Niños, solo encontraréis esos árboles malignos entre las mentiras y el egoísmo adulto, entre la soberbia y la codicia; a veces entre quienes atan a los perros con correas: temed más a los dueños que a los canes… ¡Esos sí que muerden! Estad atentos a esos baobabs y no temáis a los perros… Dejad que los perros se acerquen a vosotros, acariciadlos… ¡no los temáis!



1 de junio de 2026

578- Nota aclaratoria y petición de disculpas con motivo de la entrada que titulé: 578- VICIOSOS, EUKRATES Y VIRTUOSOS

 

Pensé escribir un comentario en ella, pero me parece mejor, por su entidad, hacer una explicación aparte.

Titulé y escribí en ella EUKRATES. No recordaba en dónde aprendí esa palabra y ese concepto. Antes de escribirla lo busqué en la IA y me dijo: Eucrates (or Eukrates) is a Greek name meaning "ruling well," "mastery," or "well-governed." It is prominently known as the name of a character in classical Greek literature and occasionally confused with the nearby Euphrates river.

Mi amigo Enrique Nieves Sanz, siempre gentil y atento, me corrige y escribe que hay un error. No es eucrates como escribí, sino encrates: “Cambie la u por n: encrateia, encratés. Aunque se puede escribir egkratés”, me aclara. No me es humillante la corrección, pues la interpreto como una posibilidad de aprendizaje y, por tanto, de mejora: muchas gracias públicamente.

Como muchos de ustedes saben, mientras leo -lo he escrito en algunas entradas de este blog- tomo notas a mano y es posible que confundiera la u por una n, pero el problema es que no recuerdo dónde aprendí esa palabra y ese concepto, como arriba escribo.

Hecha la aclaración y dada la información y la petición de disculpas… Sigo camino.

578- VICIOSOS, ENKRATES Y VIRTUOSOS

 


Me sale al paso mientras leo una idea muy simple que se relaciona con las dos entradas que preceden a esta y con la venidera.

Hace muchos años, una madre de muchos hijos, me comentó que uno de ellos educaba a sus nietos como si fueran soldados y otro, lo hacía de un modo distinto: “Como si los convenciera”. Me pareció distinción atinada y me llevó a pensar en la educación que yo recibí en la escuela a la que asistí cuando niño y la que pretendía darles a mis alumnos.

La educación que me dieron en la escuela se ejercía desde el miedo al castigo y el temor que le teníamos al maestro había sido policía secreta tras la posguerra española, decían. Era una escuela unitaria donde los mayores tenían diez años y yo entré con seis. Había tres aulas: una de niños, otra de niñas y la de los pequeños; el aseo era común para niños y pequeños, las niñas en otro y se iba a él en horas fijas. Durante el tiempo lectivo muy extrañamente se atrevía nadie a pedir permiso para usar el aseo salvo catástrofe (los había que se orinaban y defecaban encima antes que pedir permiso para ir al baño).

En aquella escuela, no creo que fuéramos en la clase más de cuarenta niños y otras tantas niñas en la otra aula. Entonces no existía el TDAH o, al menos, no se hubiera diagnosticado por carencia de síntomas manifiestos: no se hablaba, no se movía nadie, solo se escribía o se resolvían cuentas; se preguntaba a diario la lección oralmente; y había un turno de lectura continuo mientras el resto estábamos cada uno en silencio absoluto en lo suyo. He dicho que no se hablaba y era así: Los alumnos no hablábamos entre nosotros NUNCA, que es NUNCA. ¡Eso sí era socializar!

Pasaron los años de aquello que me comentó la madre de exalumno ya, mayor, con hijos, etc. y trencé dos ideas.

Una, la distinción clásica entre potestas y auctoritas. La potestas es la capacidad de un guardia de multarme (aunque sea injusto y él esté borracho) o de pegarme con la palmeta aquel maestro de mi infancia (cosa que hizo muchos cientos de veces en los cuatro años que allí estuve, lo mereciera o no). Definiría la potestas como el mando otorgado a alguien, que lo faculta con un poder sobre otros que no se ganó. La auctoritas, en cambio, es el dominio que alguien se gana sobre otras personas a base de prestigio y calidad personales, por su bonhomía, por categoría, conocimientos, por sus virtudes, etc.

Uno de aquellos hijos de la señora, quien fue exalumno mío ejercía la potestas y sus hijos actuaban bajo su dominio y no sin cierto temor. Serían ordenados, sinceros, leales… ¡o no!, pero no por sus virtudes ganadas, sino fruto del temor. El infante de marina siente más que piensa cuando va a un desembarco: obedece órdenes y lo hace y lo hace mejor cuanto más entrena. El infante no baja por la red de desembarco saludando. 



Entonces aprendí que los infantes de marina y los hijos de mi exalumno y amigo y yo en mi niñez en la escuela éramos unos enkrates. Es decir: personas que han aprendido a controlar sus deseos; de modo que el ejercicio de actos virtuosos no está imposibilitado por esos deseos, ¡¡aunque los mismos deseos todavía no han sido transformados por las virtudes!! El soldado entrenado avanza y está, sin embargo, atenazado por el miedo: su entrenamiento lo empuja. El enkrates no es virtuoso, sino un robot.

El mundo sería distinto, muy semejante al Cielo cristiano, si todos fuéramos virtuosos: prudentes, templados, ordenados, generosos, altruistas, magnánimos, sinceros, justos… ¡y longánimos!, como anhelaba doña Resu que fuera el Nini el personaje de Las Ratas de Delibes.



Entre ser un desalmado vicioso, un ser malo, una mala persona y un enkrates más vale quedarse en esto, mientras la propia voluntad va ganando espacio al vicio y la inteligencia muestra el buen camino que lleva a la convicción y abre paso a la virtud.