Hoy, con cierto, rubor, comento
mi noveno libro editado, Educar para una vida lograda. Fue Platón quien
afirmó que nadie peor que el propio autor para comentar su obra, pero voy a
intentar hacerlo lo mejor posible y con plena sinceridad, como es norma de la
casa. Quizá esto lo dijera Platón porque el amor nubla el juicio.
El libro es una explicación
sobre qué es una preceptuación, que no debe confundirse con una tutoría; qué
finalidad tiene aquella; cómo y cuándo llevarla a cabo; para qué sirve… y doy
cuenta de cómo las hice durante años con la colaboración de mis preceptuados
sus padres.
Entiendo que la figura del preceptor
es la del Maestro que enseña más allá de lo que el aprendiz debe de
dominar de los distintos saberes académicos. Es aquel que afianza a su
discípulos en el dominio de su propia vida, su autoconocimiento… y lo encamina hacia
la vida lograda: que Aristóteles llamaba
eudaimonia, que se traduce como «felicidad», «bienestar» o, de forma más precisa, como «la realización de una vida buena y
plena».
Debió de existir desde muy al
inicio de la humanidad que los más expertos enseñaran a los novatos, por
ejemplo, a cazar. Imaginemos a un padre y un hijo que salen a cazar hace 20.000
años: el padre hará de maestro-preceptor y el hijo de educando-preceptuado. No
sólo enseñará el padre a lanzar una piedra, una flecha, cómo construir un arco,
cómo moverse para no darle el viento a la pieza, cómo construir una trampa…,
sino que le dirá al hijo que se ponga a trascacho, a resguardo, cuando vea las
nubes negras, el viento que arrecia porque una mojadura inoportuna puede tener
consecuencias indeseables; el orden que seguir en una persecución, cómo ser
paciente, cómo administrar la caza abundante para los momentos peores…
Si todo esto lo supongo, lo
imagino, no necesito hacerlo con la realidad de los maestros en el mundo
clásico, en las academias donde, me consta, los sabios que en el mundo fueron y
son, tuvieron sus maestros, por ejemplo: Sócrates fue el maestro de Platón y
este el maestro de Aristóteles… y este el tutor de Alejandro Magno y desde
entonces hasta ahora, todos los hombres poderosos, con más o menos provecho,
han tenido su preceptor o preceptores, como los políticos de relieve tienen sus
“asesores”, los equipos de fútbol sus “entrenadores”, los toreros sus
“apoderados”…
Dicho esto, en España, por lo
que he podido averiguar y he investigado en alguna tesis sobre el particular,
las tutorías como ayuda de un maestro, de un profesor, a su alumno que va más
allá de la mera instrucción, surge al hilo de una realidad tangencial del
contenido y la práctica de ella. Me explico.
Desde los años treinta del
siglo pasado san Josemaría Escrivá de Balaguer, fundador del Opus Dei,
comprendió que para extender el espíritu de lo que Dios le mostró el 2 de
octubre de 1928, sería un buen medio crear colegios donde se transmitiera esa
novedosa idea que era la posibilidad real, necesaria para todos, de
santificarse en medio del mundo: todos estamos llamados a la santidad. En ese
momento de los años treinta en un autobús pequeño se montaban todos los
miembros del Opus Dei, por tanto, era una ilusión ilusoria pensar en disponer
de un medio como un colegio, pero todo ello formaba parte de eso que él repetía
con mucha frecuencia: “soñad y os quedaréis cortos”.
Para constituir unos colegios
como él creía que debían ser, lo mejor posible, lo más punteros posible, era
importante hacer acopio de ideas de lo que se estaba haciendo en otros países.
El primer colegio que es obra corporativa del Opus Dei fue “Gaztelueta” en
1951. Es decir, transcurrieron décadas desde la idea hasta que esta se
materializó en un colegio.
| José Luis González-Simancas |
Lo hasta aquí expuesto lo tiene
el lector al alcance, como se dice ahora, de un clic. A esto le sigue una parte
que, seguro, estará escrita, mas yo no la he leído, sino que la he oído de labios
de su protagonista. Será José Luis González-Simancas quien se marche a ver qué
se cocía en los colegios ingleses. Otros se fueron, me consta, a Estados Unidos.
El hecho es que González-Simancas, aparte de lo que aprendiera allí, donde
estuviera, que yo ya no lo recuerdo, trajo unas ideas que ignoro si las trasplantó
tal cual lo vio allí o él las adaptó a lo que consideró pertinente, que es lo
que creo, para un colegio como Gaztelueta, que fue donde él volvió y empezó a
preceptuar alumnos, que así se llamaba a la acción de dirigir, ayudar, orientar,
etc. un profesor a un alumno. Años después esto se adoptó y adaptó en la ley de
Villar Palasí (1970) con el nombre de “tutorías” y se pretendió implantar en
todos los centros españoles. Y desde entonces hasta ahora, que esa ya es otra historia.
