Correos en España no funciona.
Esa empresa para mí tan imprescindible en los 80 y 90 del siglo pasado, que
funcionaba como un reloj, es hoy un andrajo, un pingajo.
¿A qué viene esto aquí? Me
explico. Pido esta obra por correo que su editor Guillermo Escolar me sirve con
pulcritud. Me envía un ejemplar que no llega; me envía un segundo ejemplar que
también se atasca, se pierde, tampoco llega; me envía un tercer ejemplar por
correo certificado y, esta vez sí, por fin llega. Me ocupo y preocupo de los
dos ejemplares perdidos y no hallados. Me explican en correos, “con vergüenza”,
que “Cartería de Correos en Jaén está atascada”, atrancada, inmóvil… que se amontonan
miles de envíos que duermen el sueño estival de la injusticia, la inepcia y la
torpeza de los incapaces. “Son los de arriba”, me dicen.
De bien nacidos es ser
agradecidos y así lo soy al editor de esta obra por su responsabilidad, su
diligencia y por su buen hacer. Muchas gracias.
A Correos ese cuerpo
inerte que alguien ha dotado de incapacidad… a la vuelta del mes lo espero…
* * *
Ando a vueltas con qué sea la
responsabilidad. Mi intención y proyecto es escribir un libro qué muestre qué y
cómo educarla, si es posible. De esta intención y proyecto nace la lectura de
esta obra que me ha llevado mucho más lejos y a más profundidad de lo que yo
hubiera necesitado, pero no me parece mal que, en la medida de lo posible,
aquello que uno desea mostrar a otro, se conozca lo más y mejor posible.
Todo libro que se escribe, todo
artículo, es un peldaño más o menos grande y significativo en el aprendizaje de
su autor. En este caso, internarme en esta realidad comporta lo que Wernher von
Braun defendía: La investigación básica se produce cuando hago lo que no sé qué
hago. Lo que quiere decir, por un lado, que, de salida, busco el conocimiento
por el conocimiento: saber, aprender, tras investigar, pensar… me apasiona. También,
por otro, toda investigación básica comporta ignorar de
antemano si lo que busco tendrá una aplicación práctica útil, ni cuál será esa
aplicación; en ella quien investiga se ve obligado a ser riguroso y leal
consigo mismo en el método que sigue y estar abierto a la intuición. Todo ello,
sin ponerme altisonante ni exageradamente trascendente, concluyo con esta idea:
para mí, esta investigación básica es un acto de exploración radical. Si
la técnica aplica lo que ya dominamos para resolver problemas del presente, en
la investigación básica se arriesga andar por lo desconocido, abriendo puertas
que ni siquiera sabíamos que existían y a ver qué pasa. En los inicios estoy.
Nunca había leído nada de Roman
Ingarden. Lo conocía de leídas en escritos sobre Edith Stein, discípula predilecta y asistente de Edmund Husserl, judía
de origen y santa declarada por la Iglesia católica: santa Teresa Benedicta de
la Cruz, porque esos caminos que se recorren casi a ciegas terminan, no
siempre, pero sí muchas veces, en la verdad que conduce al Bien.
Solo con mirar el índice de esta
obra de Ingarden se comprende el camino y el método que sigue para mostrarnos qué
es la responsabilidad desde esa perspectiva ontológica, que será la que nos
demuestre a las claras si es o no posible dicha realidad en la vida del hombre
y qué condiciones han de darse para que lo sea.
Parte el autor polaco desde una
afirmación rotunda: la responsabilidad se ha tratado como un problema
particular de la ética sin haber entrado en su entidad ontológica. Se ha dado
por supuesto su realidad sin haber investigado su ser, su existencia y qué
propiedades tiene, de lo que se ocupa Ingarden en este libro. Insisto abundan
él en aspectos de la responsabilidad que a mí, dado el caso, me interesaban
tangencialmente, digamos. De interés también es cuanto he leído en este
librito.
Podemos
hablar de tantas realidades con la alegría que conduce al equívoco. Pronto
Ingarden nos sitúa ante realidades que se deben meditar, previas, digamos a la
conversación sobre la responsabilidad.
Puede ocurrir que uno tenga
la responsabilidad de algo o, dicho de otro modo, es responsable de
algo; que uno asuma la responsabilidad de ese algo; puede que uno sea
hecho responsable de algo; e incluso es posible que uno sencillamente obre
responsablemente (y cargue con ella, dice Nicolai Hartmann). Antes de
abrir el asunto conviene ver por dónde hemos de empezar.
Se centra en los
siguientes capítulos en las distinciones entre las cuatro posibilidades citadas
y desemboca en una realidad capital en el sexto capítulo: “El valor como
fundamento óntico de la responsabilidad”. Escribe Ingarden refiriéndose a los
valores: “Su
existencia, la mutua relación de su ser, la posibilidad de su concreción en
objetos y situaciones de hechos reales, así como las exigencias que provienen
de la materia del valor, determinan en primer término el sentido y la
posibilidad de la responsabilidad y, en particular, del tener responsabilidad”.
Si
no existiera valor o disvalor alguno, ni tampoco las relaciones reales y de
determinación existentes entre ellos, no podría darse entonces absolutamente
ninguna responsabilidad auténtica ni cumplimiento alguno de las exigencias
planteadas por ella.
Si esta proposición abre la primera
perspectiva sobre los fundamentos ónticos de la responsabilidad, no es
desdeñable, sino asombrosas para mí, las disquisiciones que realiza Ingarden
sobre el sujeto responsable de una acción, que analiza en el capítulo séptimo,
donde aborda la realidad de una «continuidad del ser» como condición necesaria para que
alguien pueda ser responsable de ello (se apoya en un biólogo teórico, de quien
nunca antes leí ni oí nada, Von Bertalanffy; pero para eso, ya saben, está la
IA: por lo que leo, también dos capítulos más adelante, Ingarden se apoyará en
las tesis del biólogo y filósofo austriaco al referirse a los sistemas abiertos
y cerrados y el uso de la libertad, como condición necesaria para que exista la
responsabilidad).
El valor es
fundamento óntico de la responsabilidad, la estricta identidad de la persona
que obra es, el segundo fundamento óntico de la misma, tanto del tenerla cuanto
del ser hecho responsable justificadamente.
Los capítulos X, “La
estructura causal del mundo”, y XI, “La temporalidad del mundo y la
responsabilidad”, como gran parte de lo leído en algunos de los anteriores los
entiendo como fundamentación óntica necesaria que me ha ilustrado hasta donde
pude aprovechar, pero que me han conducido por caminos alejados del que deseaba
para mi destino y mi proyecto. Me han valido su lectura del libro, no obstante,
la pena.