13 de agosto de 2026

Coincidí con el eclipse en Infantería de Marina

 

Escudo de Infantería de marina


Cuando estuve haciendo el campamento en infantería de marina en Cartagena me asignaron a la sexta compañía. Tenía esta fama de ser la mejor compañía de todo el campamento y su capitán de tener más mala leche que una gata paría. En uno de aquellos fervorines que nos echaban a la hora de la siesta –¡que digo yo que no habría otro mejor momento!–, un día el capitán se enfervorizó…, ¡absolutamente inflamado!, e intentó describir a “la sexta”. Imagínense: Cartagena a las cuatro de la tarde, entre pinos que olían a resina porque se estaban derritiendo, sentados en el suelo 150 aspirantes a infantes de marina y con las chicharras en unánime sinfonía a mayor gloria de la Armada, nos arengaba el capitán: “¡Porque, señores, la sexta es una compañía admirada y envidiada por las demás! ¡Además de formidable, la sexta…, es genial!!! Todos querrían pertenecer a ella –y en un crescendo que lo ahogaba–: ¡¡prodigiosa y soberbia, nuestra compañía, señores…!!! –casi congestionado y agotados todos los adjetivos admirativos que le vinieron a sus cortas mientes, concluyó–.  ¡¡La sexta, señores, es la polla!!”. Y ahí quedó indeleble recuerdo en mi memoria de aquella tarde de julio o agosto de 1985. Sí, mis queridos lectores, la sexta, culmen y gloria de la infantería de marina en período de formación, era ni más ni menos que ¡¡la polla!!, con perdón.


Creo que algo así ha ocurrido con los calificativos del eclipse, al que no he dedicado ni dos minutos. No le he hecho ni puñetero caso. Pensé que bastante tenía con los satélites que me rodean, los barandas, los charlies, los quídam, los andóbales, los gachones y los fenómenos, los penitentes, los artistas y los saltabalates, los pillatigres y los andarríos que tengo a mi alrededor todo el santo día para dedicarle ni un minuto a una mojiganga como el eclipse.

Eclipse de agosto de 2026 visto desde un avión

Quedarme tuerto o ciego o mermao de los quinqueles por unas gafas chinas más falsas que un Judas de cartón… ¡Que no me llenaban el ojo para chanelar ahí! Que me daba exactamente igual que la Luna y el Sol jugaran al escondite, que ellos sabrán, que no quería yo meterme en las cosas de las gentes. ¿Que el anterior eclipse, como el de ayer, fue en España en 1912? ¡Pues muy bien! Ni una foto ni una peli grabada he visto ni me he molestado en buscar de aquel: ¿Se había alguien molestado en indagar en aquel suceso? El de ayer lo iban fotografiar y a grabar hasta por salva sea la parte… Lo iba a ver quisiera o no… grabado y en fotos.

Los hijos de unos amigos míos, al llegar a Nueva York, hartos de verlo en las pelis, mirando los rascacielos, le dijeron con hastiado fastidio a sus papás que aquello ya lo conocían. Pues eso: que a estas horas tengo ya visto el eclipse por triplicado y desde distintos ángulos y formatos.

¿Y me pregunto? Si el eclipse es único, arrebatador, atractivo, brutal, enloquecedor, fabuloso, fantástico, fenomenal, mágico portentoso, primoroso, prodigioso, sensacional, soberbio… ¿a qué contra viene que haya que ir a verlo desde una barca en un arroyo de Cuenca en descenso rápido de un pico a más de cinco mil metros, con la prima de Sabadell y un daikiri de frutillas del bosque y un bañador de Tolomeo Andrade…? Si ya de por sí el eclipse, él solito, en boca de mi capitán sería “¡¡la polla!!” versificada en alejandrinos… ¿¡¡a qué vienen esas sotisficaciones que el personal del capricho y el lujo y la memez se han buscado!!? ¿No era suficiente con el hecho en sí: celestial, ideal, paradisíaco, divino, estupendo y superloquesea? ¿A qué viene este exceso?



No debía de serlo, me temo, tan excelente el plato cuando hubo que ponerle tantas variadas salsas y complementos y guarniciones (los ministros y el presidente se llevaron a los maderos y a los civiles para la que la plebe no se les arrimara… y es que siempre hubo clases). Vinos caros, cavas, champanes, músicas escogidas, balcones con flores de aromas selectos… Y a mí que me pasa como a Radbodo, que vivió entre el siglo IX y el X, y me quedé en casa leyendo. Según cuenta una anécdota de este rey, tras dejarse convencer por un obispo franco de que aceptara el bautismo, el tal Radbodo le preguntó al obispo si en el cielo podría encontrar a sus antepasados. La respuesta del obispo fue inequívocamente negativa. Mal negocio, pensaría. En vista de lo cual el anciano rey dio media vuelta y abandonó la capilla bautismal. Prefería acompañar en el infierno a los grandes hombres de su estirpe que compartir el cielo con gentes de baja ralea como el obispo. Pues servidor, otro tanto, porque siempre hubo clases: en vez de compartir nada con ministros de tal presidente de la actual España, bobos mirones del eclipse, prefirió quedase bajo techado y a la espera de que pasase ¡ese eclipse de la polla!, con perdón.

San Radbodo



11 de agosto de 2026

La inteligencia artificial y sus amos

 


No son pocos entre mis amigos que me corrigen, regañan o señalan mi incapacidad y simpleza (?) para considerar la presencia del mal en mi entorno, y muy particularmente y en concreto, a las malas personas. Es posible. Me resulta inconcebible que alguien quiera hacer el mal por el mal, que quiera ser malo, que no anhele ser mejor y luche contra sus vicios y procure pulirlos cuanto pueda. La definición del hombre de Polo me encanta y me resulta inequívoca: el hombre es el perfeccionador perfeccionable. El hombre se autoconstituye en la acción, dijo Aristóteles, y así mientras el hombre busca necesariamente la perfección de cuanto le rodea, en ese hacer y obrar, él mejora. ¿Se puede permanecer indiferente ante la posible mejora personal y el anhelo de mejorar el entorno? ¡¡Pues sí!! Existen esas personas de conciencia deformada, a quienes nada les importa distinto a sus deseos egoístas, y menos que nada, su mejora personal, y un comino los demás y la mejora del mundo: van en busca de sus fines particulares sin importarles los medios. Esas son estrictamente las malas personas.

Hice una entrada sobre la inteligencia artificial y lo escribí desde una perspectiva muy personal, como casi todo cuanto escribo en este mi blog. Este medio me procuró una fórmula, lejos de las columnas periodísticas y mis colaboraciones, un medio excelente para escribir sobre lo que me diera la santa gana, con la extensión que quisiera, en el tono que me apeteciera, etc. Supongo que, si se hiciera un estudio sobre la evolución del uso que hice de este blog, hallaría cambios, entiendo; aunque no seré yo quien lo realice en las 1215 entradas que se cobijan bajo este blog De un charlie cualquiera más los 186 de El poder de los sin poder, que clausuré en 2013. En ambos hay mucho material al que aplicarse.

Ignoré en la citada entrada sobre la inteligencia artificial la perspectiva de quienes nos la proporcionan, cómo, por qué… medio con un sesgo concreto ante la que conviene ir armado y precavido. Antes se usaba mucho el refrán que afirmaba que “hombre precavido vale por dos”: ahora hace años que no lo oigo. Inconcebible que de la nada salieran las realidades del mundo en que habitamos, pues otro tanto ocurre con la inteligencia artificial. ¿Qué pretenden quienes son sus “dueños”, quienes la manejan y nos la ofrecen, etc.? ¿Son buenas sus intenciones? Ya dije que Daniel me advertía que la IA puede mentir o decirnos de realidades que no son exactamente tal y como nos las cuenta. ¿Qué pretende quien tal procura? ¿Para qué? ¿Qué ideología la afecta, qué desea colocarnos en sus amables cajas de golosinas?

Se me ocurre que el dinero y el poder, anhelos comunes entre los hombres, ponen al servicio de quienes los tienen muchos de los otros deseos muy humanos: la soberbia de sobresalir, el éxito que lame la vanidad, el disfrute de bienes sin cuento… 

¿Buscan eso los poderosos que gobiernan y mandan en la IA? ¿Podría darse la realidad de que algunos solo quieran ayudar a la humanidad y la pongan al servicio de los demás para alcanzar un mundo mejor? Todo es posible.

El empresario de inteligencia artificial que acompañó al papa León XIV en el Vaticano durante la presentación de su primera encíclica (Magnifica humanitas) fue Christopher Olah. Este canadiense es uno de los pioneros tecnológicos en la IA y cofundador de Anthropic, la firma de IA creadora del modelo de lenguaje Claude (investíguelo y verá su interés). Olah participó activamente como orador laico en el evento de lanzamiento mundial en la Santa Sede, respaldando la necesidad de establecer límites éticos frente a los riesgos del desarrollo tecnológico sin control corporativo. Y ahí está el tomate… la formación cierta de las conciencias y poner los límites éticos y morales. «Todo me es lícito, pero no todo me conviene».

Durante la presentación de la encíclica en el Salón del Sínodo del Vaticano, el informático canadiense, sentado a la izquierda del Pontífice, recalcó que el desarrollo de la tecnología no puede dejarse únicamente en manos de quienes dirigen las empresas e instó a una mayor supervisión por parte de los líderes religiosos, los gobiernos y la sociedad civil. También alertó de la existencia de «una posibilidad real» de que la IA genere desempleo «a gran escala» y de que su desarrollo se concentre en «un puñado de naciones ricas». «Algunos podrían creer que los asuntos de IA los manejan mejor los informáticos como yo», dijo el ejecutivo. «Se equivocan», concluyó.

De unos años a esta parte, Dario Amodei, cofundador y director ejecutivo de Anthropic, la empresa responsable de Claude, un modelo extenso de lenguaje, ha alertado en varias ocasiones sobre el peligro de que la inteligencia artificial genere una crisis de empleo sin precedentes o que incluso acabe representando una amenaza para la supervivencia de la humanidad. Y todo esto, como no podía ser menos preocupa a la Iglesia y a todas las personas de bien que por el mundo habitamos y hemos tenido noticias de todo esto.

Bienvenida la IA…, pero ojo con su uso y sus amos…

10 de agosto de 2026

Queridos amigos, conocidos y lectores todos:

 


Queridos amigos, conocidos y lectores todos:

Deseo darles una explicación y pedirles un favor.

El blog en que escribo y desde el que les envío mis entradas lo mantengo en todas sus facetas yo solo. Su mantenimiento es básicamente escribir las entradas.

Algunos de ustedes lo visitan por iniciativa propia y para sorpresa mía. No sé quiénes son ni por qué lo hacen, pero se lo agradezco. Sé que están en la trastienda, pero lo ignoro todo de ustedes. Ese es uno de mis problemas: no sé exactamente para quiénes escribo y así, tanto estos artículos, como mis libros no van dirigidos a un lector-tipo con rostro y mentalidad más o menos definidos para mí. Si lo lograra, posiblemente sería más leído. Por eso me dicen que soy un escritor azul, es decir, según mi amigo Lucho Moncada Mora, quien me lo enseñó hace unos días: Ser azul es escribir bien sin pensar en vender o en las preferencias del mercado”. Ni quito ni pongo.

No sé para qué ni cómo, pero me dicen que me ayudaríais mucho quienes en vez de enviarme un wasap, hicierais un comentario en el blog… Hacedlo, por favor.

Os envío a algunos, de vez en cuando, anuncio de las entradas de forma aleatoria, tanto referido a la entrada en sí como al destinatario. No tengo ningún sistema de difusión. Solo de vez en cuando lo hago. Considero buena la participación en el blog: tanto con vuestros comentarios como con entradas que me queráis mandar y que yo publicaría con gusto. Invito a quien desee hacer uso de él y publicar algo, siguiendo la tónica de sus temas, tratamiento, etc. que no se cohíba y me haga propuestas. Se lo agradezco de antemano.

Muchísimas gracias y mi afecto para todos: amigos, conocidos y desconocidos lectores de este charlie cualquiera, 


7 de agosto de 2026

INTELIGENCIA ARTIFICIAL

 

Ayer empecé a usar la IA. Como no podía ser de otro modo, mi lazarillo en estos asuntos fue, una vez más, Daniel Arias de Saavedra. ¡Qué maravilla! No obstante, me advirtió mi Virgilio: Ojo que esto de la IA también miente. ¡La mar y los barcos! Hija del hombre, también miente, ¿o se equivoca? ¿Hemos de dotarla de voluntad? Si no la tiene, se equivoca; si la tiene de algún modo, podría mentir. Ya hablaré de quienes están tras ella.

Escribo un comentario sobre Si te dicen que caí, la novela de Marsé. Un comentario de los míos. En general intuitivo, desordenado, azoriniano, me atrevería a afirmar. Me voy a la IA dichosa y le pido que me haga ella el comentario, por comprobar qué diferencias y semejanzas hallo entre una y otra. Nada que ver…

* * *

Como en las películas… Some time later, es decir, transcurrido ya un tiempo, vuelvo sobre el par de párrafos con que incoé esta entrada.

Distingamos entre la curiositas y la studiositas: ya lo he hecho aquí mucha veces. La primera es el afán morboso por saber de realidades que ni nos van ni nos vienen, ese querer averiguar de las vidas de los demás, por ejemplo, por entrometernos, por cazoletear en sus quehaceres, sus vidas… Un modelo puede ser ¡eso que se llaman los programas de las vísceras! La studiositas, sin embargo, es el sano afán por aprender, por conocer… para mejor instalarnos en la realidad, para ayudarnos con más tino a nosotros y a los demás.

Bien, pues la IA para este cometido, que es el mío, para el que yo la uso es una tentación continua, por un lado, y una ayuda impagable, por otro. Leo en estos días obras que tienen que ver con el mundo antiguo y no estoy familiarizado o, sencillamente, ignoro a qué se refieren algunos precisos términos latinos que describen situaciones legales o vitales muy concretas. ¿¡Qué haría de no tener la IA!? Tendría que recurrir a amigos que me ayudaran a descifrar esas situaciones o sencillamente tendría que acudir a textos que no tengo a mano o a dar esos conocimientos por perdidos, lo que sería finalizar un puzle al que le faltan piezas, a lo mejor pequeñas, pero que dejan incompleto el trabajo, imperfecto. ¡Qué fácil, sin embargo, acudir a la IA y que esta te socorra ante la ignorancia!: ¿qué es la plérophoria? Si tiene interés por saberlo búsquela en la IA y podrá aprenderlo.

El problema con que me tropiezo es que quienes tenemos un afán incontenible por aprender… ¡estamos perdidos! Cada dos por tres: nombres de personajes, de realidades, de situaciones históricas, de… nos salen al paso y veo que o se pone coto al afán o el afán desbordado nos puede llevar a donde no queremos. No avanzamos en el trabajo porque incluso asuntos menores en los contextos por donde andamos nos atraen, nos solicitan… Me acuerdo de las sirenas descritas que llamaban a Ulises (hace no mucho me hablaban de ellas en la película reciente sobre la Odisea)… Escribo esto y me da la tentación de averiguar quién es su director, etc. y me acuerdo de la cita del Eclesiástico: “Hijo mío, no quieras abarcar muchos negocios”.

Mucho me temo que la IA, como en su momento, en mi caso, Internet y cuanto una y otra ofrecen, convierte la studiositas en curiositas porque me desvían del camino que me había trazado, y si no es así poco le falta.

Una vez más se necesita de un proyecto claro y firme y de una voluntad inquebrantable para no andar desviándose del camino elegido y evitar así lo que es una tentación clara contra la templanza... ¡Es lo que hay!

Bienvenida sea la IA. A ver si avanzo en la lectura de la encíclica de León XIV donde el santo Padre habla de ella y aprendo y medito más sobre esto, pero de momento…  esto es lo que tengo… Muchas gracias a sus servicios, PERO…

 

4 de agosto de 2026

Turistas y educación en la mesa…

 


Leo que se calculan unos 100 millones de turistas extranjeros en España para el año en curso. A estos se deben sumar los veraneantes, ¡distingamos!, que, por ser nacionales, no somos turistas. Pregúntese: ¿Qué es un turista? Un turista en un depredador omnívoro que se lleva por delante las cigalas, el mar, las patatillas fritas, los alquileres, la arena de la playa, el césped, el paisaje, las montañas y se bebe al manso por los pies. Un turista es una máquina de consumir, sea alemán, chino o conquense. Da igual. Servidor ha hecho, contra su voluntad, el papel de figurante en muchas fotos en lo que va de este verano.

Fui a un precioso pueblo costero de Galicia a comerme “¡el mejor arroz con bogante del mundo!”. Quien escribió eso o no ha comido arroz en su vida, o no sabe lo que es un arroz o no ha salido de las lindes de su pueblo. El arroz resultó mediocre… tirando a bajo: ¡un cuatro!; caro, ¡muy caro!: sobresaliente: un 10; y el servicio, como por todas partes ahora, aficionados, con una cara de mosqueo que parecía que le debías algo antes incluso de sentarte en la mesa, ¡después de esperar más de una hora, y llegábamos con mesa reservada! El arroz y los extravagantes trocitos de bogavante se los puede meter el dueño del local por donde salva sea la parte.

Mal negocio. Fuimos a ver las llamadas catedrales del mar en Ribadeo. También hay que reservar. Cuando llegué pensé que estaba en el Ganges en día de jubileo. No exagero: miles de personas. Reconoció públicamente la autoridad gallega que se le había ido la mano. No vi las catedrales. Era tal la horda de turistas que pensé morir en el intento. No vi ni una capillita. Y no le deseo a nadie que se metan las catedrales por ningún sitio porque se corre el riesgo de una fisura anal de muerte o mortal, que viene a ser una y lo mismo.

Tercer párrafo y llego por donde quería empezar, pero ¿¡a quién le manda a uno irse como la ratita a correr mundo, disfrazado de turista, con lo bien que se está en casa!? Les quería dar cuenta de la educación y más en concreto de la urbanidad en la mesa y mire por dónde vamos y sin entrantes ni aperitivos. Ya he dicho que he estado donde no debía, lo confieso, es decir: de turisteo. Eso te obliga a comer en muchos sitios distintos y con personas diversas, bien en tu mesa, bien en la de al lado. ¡Admirable!


Eludo y no comento las faltas corrientes de educación entre los niños, y algunos mayores: husmear la comida como mis perras antes de empezar a comer; meter el codo izquierdo en la mesa mientras se come, dejando el antebrazo bajo la barbilla; si se usa la mano derecha para manejar el cubierto que sea, el brazo izquierdo, bajo la mesa se dedica a la búsqueda de algo que se ignora; la servilleta de trapo -¡oh rara avis!- dejarla hecha un guiñapo en la mesa para restregarse la boca de un empellón; comer con una gorra puesta; convencer al díscolo trocito de lo que sea dándole una ayudita con el índice de la mano desarmada y subirlo a la cuchara, ¡ale hop!; comer el pan a bocados que no a trocitos; cortar las croquetas, tortillas, albóndigas, etc. con el cuchillo que queda de lo más chic; tocar con el tenedor, ya chupado, las piezas de lo que sea, que no se van a pinchar, en el plato destinado para todos en el centro y así seleccionar la tajada mejor y más apetecible para el cazador con tridente; la otra variante: en vez del tenedor, la punta del dedo índice como seleccionador del oscuro objeto del deseo entre los frutos secos, las aceitunas, las gambas… Esos comensales para quienes el mejillón más grande y vistoso siempre está el más próximo a su posición en la mesa: ¡aunque tenga que restregar el antebrazo ante el resto de la mejillonera! Y el que dice el mejillón habla del canapé o del langostino. Esa señorita elegante y redicha que, como no gusta de los pistachos, los evita y se va zampando a dos carrillos el platazo de jamón cortado en finas lonchas, ¡a ver! “¡Ea, yo soy así!”. Pero ¿¡y esa díscola albóndiga, que caracolea en el plato y que parte empapada de salsa por el mantel y sin destino –¡temo que venga a mis pechos!–, se para junto a la botella de excelente vino de reserva de tal y cual…!? Maldición, ¿qué se hace con esa albóndiga que huyó del plato de la nena de los ricitos y que llevaba rato amenazando con escapar? Papá lo resuelve sin ambages, la coge delicadamente, con su dedazo índice y su pulgarcito y la vuelve al redil del plato de la nena ¡que se está poniendo de salsa hasta las cejas!, y empieza de nuevo la faena.

Son jóvenes, tostadas por el sol playero de costa cara, están las seis tiradas y apaisadas sobre sus toallas, cada una la suya, a cual más mona la toalla y la chiquita, hablan a voces en un inglés fluido (una de ellas, más grande que un domingo sin dineros, habla inglés yanqui porque es del America first de Trump). Sacan sus bocadillos envueltos en albal, su táperes ellas los llaman toopers rebosantes de frutita cortada y pelada, hablan distraídas, mientras se llevan las manos a los pies, a la rebusca de arenilla incómoda entre sus deditos pintados y tostados por el sol; y van y vienen de la comida a los deditos y así quedan la mar de in, pura moda. “¡Pásame el protector de cara, please!”.

Ellos, sin embargo, son jóvenes veinteañeros largos. Terraza en una cafetería de plaza de pueblo. Toman un café y una cocacola sin cafeína y sin azúcar, por favor. Ignoro de qué hablan muy concentrados. Barbas largas y descuidadas, pelambreras igualmente desaliñadas. El de las chanclas adopta la posición de un loto traducido al español sobre la silla: un pollo en el palo de un gallinero. Y empieza la rebusca entre los dedos de los pies. “Este no encontrará arena, porque no la hay”, me digo. Y siguen ellos a lo suyo, las chanclas abandonadas a su suerte allí abajo, so la silla… y él terne que terne en su búsqueda. ¡Que se dé bien!

La comida va terminando, gracias a Dios. He sido eterna por el pobre servicio habilitado. Uno de los comensales de la mesa de al lado se estira y abre una boca en un bostezo como la ola que se tragó al Titánic. Está satisfecho por la ingesta tras haber pastado por la mesa: ya lo vi chuparse los dedos untados en pringue, los mismos, uno de los índices, que se mete para quitarse de entre los dientes a un intruso aventajado. “¡Te pillé bergante!”, se dirá.

Y lo más. Verídico por la gloria de mi madre: el culmen de lo visto. Por pocas nos morimos de risa y de vergüenza fue el: “¡Pero no te tires peos encima de tu padre!”. La chica, catorce años, de improviso se levanta de su silla se sienta sutilmente en el regazo de su papá en mitad de la comida y sorprende a este con un repertorio de selectos cuescos de la casa que son el no va a más… “¡Pero no te tires peos encima de tu padre!”. Recoge, que nos vamos.

Tomo nota en la agenda y subrayo con rojo: “Nada de turisteo en el futuro. Educación, punto dos: urbanidad en la mesa: cero. Como en casa, señor obispo, en ningún sitio”.