22 de mayo de 2026

573- EDUCAR LAS VIRTUDES, MOSTRAR LOS VALORES: la compleja ruta de los mejores, de los mejores maestros

 

Leo un libro sobre la vida de san Agustín: excelente. A la par, alternativamente, también leo una novela de la que haré la crítica cuando lo termine (Reina Roja). Es un libro que me recomiendan para “descansar la cabeza”. Además: me añade mi asesor bibliográfico: “Fíjate en el estilo y compáralo con el tuyo”. Lo he percibido. El autor de éxito, es decir, el otro, el que no soy yo: tiene un estilo rápido, ligero. Oraciones simples y ordenadas: sujeto, verbo y predicado. La retórica, si cabe, se halla en un estilo de oraciones y frases de anuncios por palabras, casi. No importa que la palabra no signifique lo que el autor se supone que desea. ¿Suena bien? Escríbase. No tienen finalidad irónica, no. Sencillamente el autor desprecia el significado exacto. Busca un sinónimo para no repetir algún término y el tiro le da en el ojo. Todo se dispone al servicio de la eficacias narrativa y las sensaciones que el lector percibirá.




Escribo y redacto un artículo que pretendo serio por segunda vez. Pienso más en la claridad expositiva que en el tema que voy a tratar. Pongo toda mi atención.

La idea que deseo exponer es tema antiguo en mis meditaciones y pensamientos, en mi práctica profesional: la educación. Entendí muy pronto que los alumnos deben ser instruidos en las materias que se les imparten; este es el punto de partida y de encuentro entre el docente y el discente. Este debe de adquirir unos conocimientos, si es posible, excelentes y si no, al menos lo más firmes posible. Ese proceso instructivo necesariamente va acompañado de otro educativo, formativo. No solo fui, ni quería ser, profesor de Lengua y Literatura. Estas materias y mi presencia en el aula debían ser medios (con su propio fin) para que los alumnos adquirieran una formación humana en mundología y virtudes y yo era, inexcusablemente, un modelo de valores. El profesor convertido en educador es un modelo, para bien y para mal. Al final del proceso, los alumnos deben salir de las aulas pulidos y siendo mejores personas: por sus conocimientos, por sus virtudes y por los valores que encarnan. Si no es así hemos fracasado todos en el proceso. Esta convicción mía se fue asentando con el paso de los años: o mis alumnos y yo terminábamos cada curso siendo mejores o habíamos malogrado el proceso. Habíamos perdido el tiempo porque no habíamos crecido como personas.

¿Se puede saber mucha literatura española y ser un mentiroso y un desordenado y un borracho? Entiendo que sí, pero hay una disarmonía esencial en esa personal que lo aproxima más a su bestial animalidad que a su completa realidad humana. Platón habla de la inextricable relación entre el bien, la belleza y la verdad.

Es por tanto capital para todo educador que desee serlo en su condición de padre, preceptor, tutor, profesor, amigo, abuelo… que sepa que, al final, o crecemos como mejores personas o el resto carece de fuste porque no tiene fundamento ni cimiento en que apoyarse. Nunca quise tener alumnos brillantes y malas personas.

En mi anterior redacción de la entrada comenzaba diciendo: “Poner los bueyes delante del carro, para viajar y hacer un transporte, tiene miles de años de acendrada y benéfica experiencia. Parece ser que así es mejor. Escribo esto también porque esta entrada viaja en carro tirado por bueyes: viaje lento, pero que deseo agradable”. Se me antoja que supone poner los bueyes detrás del carro si no buscamos en nuestro quehacer educativo que instrucción y educación vayan a la par. Si se ha de bonificar alguna actividad, preferiría que fuera la generación de virtudes en los alumnos por delante incluso de su instrucción.



La instrucción que recibimos en la escuela y la educación en general en esta, me lo dice la experiencia y mis lecturas, desde el siglo XX al menos en adelante, ha gustado de la experimentación. Ha sido un rasgo distintivo de toda ella, especialmente en U.S.A. y exportadas, experiencias e inquietudes, se han extendido por todo lo que conocemos como el primer mundo occidental. De un modo equivocado y torticero se ha extendido la igualdad entre progreso, evolución, mejora y experimentación, cuando esa igualdad es falsa. Es curioso que no se produzcan o lleguen a occidente estos modelos de trabajo experimental y sus exportaciones desde Japón. Cuando los educadores miramos al oriente educativo hallamos técnicas, pautas, modelos con miles de años de depurada consistencia. No se olvide, que el verbo orientar tiene su origen precisamente de oriente, por tanto, para orientarse no está de más mirar a oriente.



Rompo una lanza en favor de la experimentación y la innovación en todos los ámbitos. Progresar es moverse con sentido hacia un fin previsible. Si el progreso es tal, es, sin duda, una mejora. Con esto quiero decir que no es progresar moverse por moverse ni cortarle la cabeza al perro, ¡pobre!, para ver qué pasa. Me temo que sin ser tan drásticos en muchos de los experimentos educativos les han cortado si no la cabeza, sí las alas a muchos educandos. Incluso el pepino –la fortuna inesperada–, ahora llamada serendipia, sinónimo del pepino citado, tiene su oportunidad en el quehacer humano: buscando A, hallamos B, que resultó ser mejor: estupendo. De ahí el “actúa”, que recomendaba Polo: entre la inacción y la acción, siempre es mejor actuar.

                                                                                         (Continuará).

Posdata. Por favor dígame si me expliqué y pudo entender lo que escribí… Gracias.


18 de mayo de 2026

576- Alcalá, Antonio José, ALCALÁ VENCESLADA. UN ANDALUZ PRESENTE SEGUNDA PRESENTACIÓN Y PENÚLTIMA DE ESTA OBRA.

 




Don Eloy, el viejo jubilado de La hoja roja, la novela de Delibes, comprendió que la jubilación era tal cual que en el librillo de fumar el papel rojo: cuando sale se anuncia que se está acabando lo que se daba. Y eso entendió, le había sucedido a él. La jubilación era el aviso inequívoco de que la vida llegaba a su fin, aunque este período también comprobó que llevaba acarreadas otras circunstancias. Fue a la oficina donde había trabajado durante muchísimos años y constató que no era nadie: los más jóvenes echaron a chacota su presencia allí y los viejos estaban ocupados en sus quehaceres y no lo pudieron atender. Cuando fue a la óptica, donde siempre fue reconocido, si no recuerdo mal, como socio activo de la sociedad fotográfica de su ciudad, le dijeron que se sentara en una silla porque había muchos clientes y no lo escucharon: allí también había pasado a ser un don nadie…

Supongo que así es la vida. Nadie dejó escrito ni dicho que esta fuera justa. La vida es como es y tiene un curso muy parecido en cuanto a los enfoques éticos, morales, consuetudinarios que los hombres le damos: hoy, como ayer.

El librero de mi barrio, Santi, el de la librería “Delfos”, es un buen hombre y tiene su predicamento y su excelente fama ganada aquí. Luisa le ayuda, también su esposa… Buen hombre Santi. Me animó y casi me empujó a que participara en la Feria del libro de Jaén, que se celebra en estos días. Elegí por la tarde en una fecha que me pareció pertinente. Además de firmar libros iba a presentar de nuevo el libro que ya presenté el 23 de octubre del año pasado. Nunca había hecho dos presentaciones de un mismo libro en la misma ciudad, la mía, la pobre Jaén.

He podido comprobar que, con el paso de los años, servidor también ha tenido la experiencia (para mí no es ni amarga ni humillante) de don Eloy. Cuando empecé a presentar libros llenaba una sala con más de doscientas personas y hasta la bandera. Digamos que aquello lo hacía con la gorra. Era profesor en un conocido colegio de la ciudad, era joven, apreciado, etc. A medida que han ido pasando los años mis presentaciones han ido decayendo en número de asistentes. En la de firmar y presentar por segunda vez en esta Feria del libro de Jaén de este años 2026 (especialmente bien organizada y amable) he tocado fondo. Libro biográfico excelente del que debía hablar. Alcalá Venceslada. Un andaluz presente. Prácticamente no llegaban a una docena los asistentes en local agradable y recogido, chiquito que sirvió de maravilla. Ya empezada la faena, tres señoras de cierta edad entraron en el aula con timidez. Las invité a entrar sin temor. Se sentaron atentas a lo que decía, se reían de mis bromas y cuando llevaban diez minutos, se levantaron y me dijeron: “Perdone, nos vamos. Nos hemos equivocado. No era a usted a quien veníamos a escuchar”, ¡la vida en rama!

Un antiguo alumno me mandó hace unos días una noticia sacada de X, antiguo Twitter, donde precisamente Gómez-Jurado, de quien comenté su libro Reina Roja en mi última entrada al blog comentaba ese asunto de las firmas de libros.

Ya ven. Servidor, que es un mindundi, firmó más de seis libros… Es decir, soy un don Nadie, como don Eloy, pero aún no soy sombra, solo sombra sin cuerpo que la proyecte.



Esto es muy viejo, como el Evangelio por lo menos: fueron muchos los invitados a las bodas, pero no fueron menos las excusas y las explicaciones para no asistir: que había comprado un terreno, que acababa de casarse…, que tenía que ir a visitar a un enfermo, que recoger al niño de la academia, que quedó con unos amigos, que no estaba en la ciudad… Los del evangelio de Lucas (14, 15-24), como los ausentes del día de marras, quienes no pudieron asistir… tienen sus razones y a mí no me ofenden ni me enfadan. También yo me ausento y no puedo acudir a todos los eventos que soy invitado (además observo que en esto hay un desapacible do ut des, es decir: si tú asistes al mío, yo asisto al tuyo…, que servidor no practica, y solo anota lo que cree observar).

Aprovecho esta entrada y ahora puedo comentar que el libro de la biografía de Alcalá, insisto, a pesar de su calidad salió excesivo: “Apabullas, Alcalá, apabullas”, me regañaba un jefe de estudios hace años. El hecho es que el libro salió como salió y yo no proyecté que tuviera tantas páginas ni que por el papel empleado (que yo no elegí) pesara tanto… Quise contextualizar la vida de Alcalá Venceslada en su circunstancia como aconsejaba su compañero de cole José Ortega Gasset (entonces sin y).

Largo, denso, extenso… Fue mi afán hacer algo con carácter definitivo. No deseaba para esa obra fuera pajón que arrebatara el viento, sino grano de calidad al que pudieran acudir los interesados para alimentar su curiosidad y su saber. Creo que esto lo conseguí con creces, mas no creo que, por los lectores que haya tenido -ignoro cuántos- sea mejor conocido el andalucista giennense. He procurado dar la publicidad posible al libro con esa finalidad (no cobro un duro con la venta), pero insisto en que uno es poco más que un don Nadie, una sombra apenas.

No quiero dejar de citar aquí a Nacho García que hubiera sido un buen compañero de faena en la plaza para hacer la presentación a cuatro manos…, pero otros quehaceres más valiosos ocuparon al final su tiempo. Espero que sus pupilas baloncestistas ganaran y disfrutaran de su partido.

Muchas gracias a quienes asististeis y seguimos camino, cada uno el suyo, aunque, a veces, esos caminos nuestros se encuentren y crucen.

Posdata: Ignoro el motivo por el que se han multiplicado exponencialmente las visitas a mi blog… ¡Admirable!



5 de mayo de 2026

575- Gómez-Jurando, Juan, REINA ROJA

ADVERTENCIA 

PARA EL POSIBLE LECTOR DE UNA DE MIS ASESORAS


"Pues si te has divertido me extraña mucho porque en la critica que haces, el autor no da una a derechas y que se ha pasado de frenada, pedantería es Antoñita la fantástica por lo que te leo. En fin…si me preguntas no entiendo apenas lo que dices y menos la conclusión final…".



Me regalan este libro “para que descanse la cabeza” y me aleje de ensayos arduos y sus disquisiciones complejas. Procuro ser muy obediente a quienes me quieren. Tomo el libro y me lo leo. Otro de mis informantes de la literatura de actualidad me advirtió: “No te gustará”.

El volumen ha sido maltratado. Ignoro si es de segunda mano, como me gustan y hace años los adquiero. Poco fuelle tenía uno de sus lectores anteriores: cada pocas páginas dobla, para marcar por dónde va, el pico de la página que queda señalada.

No había leído ni oído hablar del autor ni de su obra. Se me antoja un tocho evitable: 566 páginas. Lo hojeo. Algunas páginas en blanco y muchos blancos entre renglones. Estos, con holgura y a dos espacios, y letra para vista cansada, papel grueso. Muy bien.

Me pongo a ello y no me agrada el vestíbulo ni la recepción. Me temo lo peor, pero me entrego.

Tomo un folio de notas menudas mientras leo. Inevitable. Lo lleno de anotaciones.

Leo desorientado el comienzo por la trama y los personajes. Me aburren los tópicos en los que todos los escritores caemos. Me incomodan los chistes malos de los escritores que se quieren hacer los simpáticos ingeniosos. ¡Qué originalidad la suya!: “Antonio Scott sólo se permite pensar en el suicidio tres minutos al día”: hermoso arranque del libro y además con acentuación en el adverbio solo, ¿¡qué se creerá la Academia y sus académicos que son!?

Los personajes, el narrador y las situaciones que me salen al encuentro son elípticas slim, slim, total slim fit!–, sofisticadas, superguays y la mar de snob (el autor escribiría “la hostia de snob”, donde hostia me sobra por innecesaria e irrespetuosa. Escribe ostia, por lo menos, Jurado, que no es de pacatos. También me sobra el “Me cago en Dios”: está de más).

El lector es llevado del ronzalillo y arrastrado por los cultismos, neologismos y vulgarismos sin piedad. Lo más in se trenza con lo chocarrero.

Alicia en su país se asoma en la obra desde el título. El Antiguo y el Nuevo Testamento también piden cita y se hacen presentes: qué de cultura. También nos cruzamos con el conejo de la prisa, el White Rabbit: guiños culturalistas a lectores que, si acaso, vieron la peli, pero no leyeron al genial Lewis Carroll. Otro que asoma de vez en cuando por sus letras es Joaquín Sabina en finales de oraciones que vienen o se crean para el caso: simpático.

Por toda la obra chorrea un nihilismo impostado de fondo: “puta mierda de nefando mundo” escribiría el autor. No recuerdo de la obra, mientras esto garrapateo, nada hermoso de los paisajes interiores o exteriores. Los ricos son unos miserables por méritos propios, los malos lo son por herencia, según un sociologismo tan inconsistente como falaz (quizá fueron violados en su infancia, se deja entrever). Los ricos tienen buenos muebles, buenos güisquis, buenos coches…, paso corto y mala leche (único modo de ascender en este desalmado mundo). Los pobres viven como Ezequiel entre basura; con cargas pesadísimas como Ladybug (topicazo de personaje como el científico que inyectó no sé qué a Antonia Scott en no sé dónde; o la hermanastra de Carla, que es cruelísima y etcétera). No parece que le haya dedicado ni mucho cariño ni mucha atención el autor a sus protagonistas, agonistas, secundarios y figurantes. 

Voy que vuelo: el estilo escasamente descriptivo, los párrafos de un renglón, las conversaciones telegráficas, disparan la lectura y el interés del lector que, en este caso, soy yo. Poco a poco desprecio la pejiguera pseudofilosófica que el autor deja caer entre los renglones por los capítulos. Esos fervorines se me antojan mobiliario pesado, aburrido, inútil e impostado, pero que dan lustre, supongo, ¡al autor! y ningún fuste a su obra. Jon, el policía maricón, “No termina de creer en una Iglesia que no podía creer en él, pero le daba un poco igual, porque estaba convencido de que Jesús no creía en su propia Iglesia” (toma aire y respira, Jurado: ahí queda eso). Los inexplicables cambios de punto de vista narrativo injustificados también me dejan sin sangre, como al pobre Jaime Vidal: no tomo nota de ellos. La comparación, como figura retórica y por norma, suele ser popular, inmediata, plástica y por eso la mantiene en uso y de pie: “está más sordo que una tapia”, “se caga más que un sisón”, pero no será popular decir que “el corazón le zapatea en el pecho como un bailador en el cumpleaños de un narco”… ¡se ha pasado de frenada, de pedantería y de netflix!

Un personajucho tópico, un gitanillo bilbaíno, pobre, un tal Luismi Heredia (¿de segundo Cortés?) no escupe sangre, sino que “espurrea hemoglobina” (¡tocata y fuga del níspero!); eso sí, con su esfuerzo se elevó de la chusma callejera ambiente de Bilbao hasta alcanzar ¡un título de FP de Grado Medio denosesabequé! No lo iba a reproducir, pero me dejo llevar: esto sí es una descripción de un buen güisqui, ¿o un intento de reírse del lector?:

Torres da un sorbo -un sorbo de mil euros- y se recrea en los detalles y sensaciones, reteniéndolo en la boca antes de tragar. Primero notas poderosas de pasas, café, avellanas y naranja amarga. Pomelo, quizás. Sándalo y almizcle, por descontado. Luego, al tragar, una oleada de moscatel, mazapán, melaza. Y al marcharse, un retrogusto en el paladar de trufas, azúcar mascabado y cáscara de nuez.

 

Es un whisky magnífico, como debe ser la labor de un buen consejero.

Metido en faena, a este lector no le importan en exceso las muchas zonas grises en la tramitación de los argumentos, más elipsis textuales, descriptivas, narrativas y en el tratamiento de la trama y el tema. Algunos desarrollos de la intriga se quedan en espacios oscuros, invisibles, inopinados. En un supuesto desarrollo realista que, entiendo, el autor pretende en la novela, estos esquinazos al lector, con torpe prestidigitación, le huelen a pufo, pero sigamos por las cloacas… ¡ese tramo de la trama es risible! Espectacularmente ridículo el rollo sobre Altamira, Isabel II y para el carro Serrano, que se nos va de las manos, las pastillas de colorines que Antonia toma… (Made Marvel Factory)…

Un crimen y un secuestro se unen en matrimonio novelesco con una más que lábil motivación de corte evangélica. Los protagonistas, un poli homosexual, Jon Gutiérrez, vasco y a dos metros de ser expedientado es seleccionado por se ignoran qué motivos para acompañar a una superdotada en todos los ámbitos, Antonia Scott, más rarita que un perro verde (¿podría ser de otro modo?). Ellos forman parte de un entramado mundial o europeo llamado Reina Roja para solucionar los grandes crímenes de la humanidad: cada país tiene a sus peones y sus alfiles. Y andan y viajan y buscan y encuentran y compiten con un poli de curso legal, especialista en secuestros y tal, pero que no se entera. Jon y Antonia lo adelantan por la derecha o por donde pueden, porque del hoyuelo de la barbilla del Kirk Douglas saca Antonia Scott petróleo para solucionar un problemón… ¡para eso la chica es un portento mundial!

No se citan, pero el lector se cruza con dos especies de extraños cameos inequívocos: uno de Amancio Ortega, que pasaba por allí bajo el nombre de Ramón Ortiz (padre de Carla Ortiz, la secuestrada), y otro de Ana Botín, bajo el nombre de Laura Trueba (madre de Álvaro Trueba, en apariencia asesinado…).

Los capítulos, como en los buenos folletones, tienen su titulito que poco orientan. Además, están ordenados, como todo en la novela, para que todo fluya para una mejor legibilidad…

Me acuerdo de Julián Marías padre. Le gustaba ir al cine para divertirse. Le gustaban, lógicamente, las pelis bien hechas, de buena factura, pero ir… iba para divertirse. Y yo doy las gracias al Gómez-Jurado por su obra y a Daniel que me la regaló porque también yo, en este caso, me he divertido.  

29 de abril de 2026

574- “INFLAMACIÓN TESTICULAR MASCULINA HUMANA”

 


Ayer sucedió en Atenas y el héroe no era ni Agamenón ni Aquiles ¡y ni siquiera Ayax el grande! Solo era un vejete de 89 años con una escopeta de caza oculta en la manga de una gabardina. La premura en la gestión no le permitió recortar los cañones como en las pelis. Por su modo de proceder este señor padecía “Inflamación testicular masculina humana”: la medicina es muy pleonástica… testicular y masculina. Hartico de ser toreado en el laberinto de Creta: “Vuelva usted mañana”, “Pida cita por Internet”, solicite, reclame, escriba, vaya, pero vuelva, anote y “Espere y no cuelgue, sin favor” y sin conseguir absolutamente nada, optó por acercarse por dos negociados oficiales distintos e interpretar la sinfonía de la realidad como buenamente ha podido. Gracias a Dios no andaba el griego sobrado de puntería y, aunque ha herido a cinco o seis funcionarios, no ha matado a nadie. Pobres… y pobre viejo. Al ser detenido dijo a los agentes: «Esta noche saldré en las noticias». Pues también la llevaba: así fue. Ha pasado años solicitando una pensión, trabajador también en Alemania y USA, en estos dos países se le concedió la pensión que le correspondía en un pispás, mientras en su tierra se le denegaban, fue insultado incluso y fue «tratado como un perro» por los servicios públicos y los tribunales griegos. Dejó escrito: «Y yo, el perro, ahora me he vuelto rabioso y algún día iré a las oficinas y los morderé, para que también ellos se vuelvan rabiosos». Ahí queda eso.

Me consta que no es motivo de risa, pero también síntoma de una realidad más profunda que permea la sociedad en general y en su conjunto entre muchos ciudadanos por doquier. Sigo.

El 23 de noviembre de 2016 en la localidad de La Solana (Ciudad Real), en Castilla-La Mancha tuvo lugar otro reventón de la enfermedad citada arriba. Atenas es una ciudad mundialmente conocida. La Solana no lo es tanto. Tampoco lo es Villanueva de los Infantes. En este caso, el asesino era de este pueblo, hombre también de edad, quien disputó con el director de la caja que guardaba su dinero. La cantidad es lo de menos, no era excesiva, unos 2.200 euros, pero la disputa provocó otro brote de “Inflamación testicular masculina humana” con fatales consecuencias. En esta oportunidad, el manchego anduvo con más tino y dejó al director de la oficina bancaria más pegao que un pellejo a una pared. Fue condenado a 25 años de prisión.

Estos dos abuelos son parientes por lo que a los hechos relatados toca del “Ciudadano cero” de Sabina. Con la diferencia de que este tipo, cero relevancia, hizo una ensalada de tiros que dejó 17 muertos al decir de Sabina… y como el griego, según apuntó a los maderos, “Ahora sabrá España entera mis dos apellidos”.

Un tipo de este perfil y con el padecimiento ya visto es el protagonista de mi novela Dios no come caracoles. Esta enfermedad de la que vengo hablando y sus consecuencias no es reciente, ni mucho menos, pero es cierto que desde la pandemia donde no hay gestión que no deba hacerse con llamadas telefónicas reiteradas e insistentes hasta ser atendido, petición de hora, espera de consulta, “Gracias por su paciencia”, “No puedo asistir ese día…”, “Pues otra no le puedo ofrecer. La siguiente es para dentro de tres meses”… Pues eso, que no es por teléfono, sino por medio de una app, ¡que sepa Dios qué sea ese aparato! “Y yo no tengo ordenador” y mi hijo está en Madrid…

Si esto es progresar, que venga Dios y lo vea. En resolver cualquier gestión se pueden pasar días, horas y horas colgado de un teléfono, enfermo y postrado en una cama o con un papel en la mano que requiere ser visado. Para esto, que es otro asunto, las mujeres son más capaces, elásticas, pacientes y benditas, pero a los hombres no, ya lo decía Delibes en Las guerras de nuestros antepasados por medio del Bisa: las guerras están en los huevos de los hombres y mientras los hombres tengan huevos, habrá guerras. Pues eso es lo que hay… y que se ande con cuidado el picatoste yanqui.

 




1 de abril de 2026

571- Riera Fernández, Isaac, VIDA CRISTIANA, VIDA HUMANA

 


Antes de adentrarme en ningún detalle quiero iniciar el comentario de esta obra haciendo saber al lector que, en mis cortas luces, el autor se ha basado en un vasto y profundo conocimiento del ser humano y sus pliegues y repliegues interiores, tanto psicológicos como anímicos. Riera conoce al hombre porque lo ha tratado a fondo, porque lo ama, porque lo piensa y lo hace, insisto, desde ese fundamento del trato personal, íntimo, inmediato y porque sus estudios, sus lecturas, sus meditaciones, sus horas de confesonario, le han alumbrado espacios seguros, caminos ciertos que ponen claridad en el lector para también conocerse. Sí, Γνῶθι σεαυτόν, conócete a ti mismo, amigo, empieza por ahí; y es por ahí por donde empieza el profesor Riera.

Como hombre de fe, que además es sacerdote, sabe que la fe es un camino de conocimiento que en absoluto se debe desdeñar si se quiere alcanzar la vida buena y el premio del Cielo, tras un paso firme, alegre, por la tierra. Un santo triste es un triste santo, decía santa Teresa. Es por ello que Riera afirma con rotundidad: Todo lo cristiano es naturalmente humano, pues nada puede haber que, siendo cristiano, vaya contra la naturaleza humana, pues en Dios no hay contradicción posible, siendo él Cristo y, a su vez, el creador del hombre.

La lectura del libro invita al examen de conciencia y la corrección interior y a una práctica de la vida humana más cristiana, más coherente con el deseo de Dios Padre: fija sus afanes en la santidad. El libro se divide en capítulos que pueden ser leídos sin necesidad de ir en un orden sucesivo uno tras otro. Aportan saber y sustancia para la oración personal. No ha de extrañarse el lector prudente que su lectura se detenga ante una idea, un párrafo… donde se vea reflejado e invitado al examen y la meditación, para sí o bien, por aplicable, para otros.

El índice, quizá lógicamente, no discrimina asuntos de vida interior y de vida ordinaria, pues una y otra coexisten en una. La incoherencia en su extremo enfermizo es esquizofrenia, y en lo cotidiano… limitación humana. Lo que sí se topa el lector en el índice es que asuntos, no me gusta llamarlos temas (porque mi trato con Dios o la Virgen no son temas, lo siento), que son sugerentes: títulos cortos incisivos, indicativos, que orientan… y donde el lector se puede situar. El lector comprobará que se pueden hallar asuntos capitales del cristianismo y del saber humano, necesarios, para alcanzar esa vida lograda, esa vida buena que todos anhelamos (quien no tienda a ella no es humano ni vive como un ser humano, es más semejante a una ameba o a una pseudolynchia canariensis). Quien en el orden moral sólo sabe, en realidad, no sabe o no sabe de verdad; y no sabe bien porque no actúa en consecuencia.

El estilo del libro es sencillo. La prosa discurre sin grandilocuencia, con justeza propia de quien desea transmitir ideas al lector, lejos de retóricas innecesarias. Se apoya el autor en textos de la Sagrada Escritura, del Antiguo y el Nuevo testamento, cita a los padres de la Iglesia y a los autores y pensadores clásicos, insisto: sin altisonancia, como apoyos de autoridad o bastones que le ayudan a asentar con más firmeza ideas que expone.


Reitera el profesor Riera en distintos pasajes y con motivos varios (viniendo al caso, aunque pueda parecer reiterativo) la complejidad del ser humano, de su mundo interior y de sus acciones ad extra. Es obvio que ha de ser el humano persona prudente para calibrar el alcance de sus intenciones y sus quehaceres, pero la observación y el examen obsesivo, puntilloso, puede dar lugar a la desesperación por generar una conciencia escrupulosa. La negación de una intencionalidad pura, perfecta, en cualquier acción humana, considero, que no deja de ser el desdoblamiento kantiano que hace el filósofo alemán entre el hombre suprasensible o nouménico (racional) y el hombre real o sensible (el animal racional “compuesto”). ¿Que debo corregir mi intención en muchos de mis actos porque carecen de la limpieza absoluta y última? Sí, pero ese rectificar mi intención no debe olvidar que el hombre ha sido sanado por Cristo que está colgado en la cruz y que en este y por esta el hombre puede actuar con la mejor de las intenciones de las que es capaz el hombre, hijo de Dios. No siempre actuamos torcidamente. Dios nos quiere confiados como hijos, felices como amigos, seguros como hermanos suyos que somos. El hombre se autoconstituye en la acción, decía Aristóteles… Duc in altum!

¿Quién no quiere ser mejor, progresar como persona, como cristiano? Si dispone de tiempo y fuerzas, este libro le puede ayudar, orientar: se lo recomiendo.