Leo que se calculan unos 100
millones de turistas extranjeros en España para el año en curso. A estos se
deben sumar los veraneantes, ¡distingamos!, que, por ser nacionales, no somos
turistas. Pregúntese: ¿Qué es un turista? Un turista en un depredador omnívoro
que se lleva por delante las cigalas, el mar, las patatillas fritas, los alquileres,
la arena de la playa, el césped, el paisaje, las montañas y se bebe al manso
por los pies. Un turista es una máquina de consumir, sea alemán, chino o conquense.
Da igual. Servidor ha hecho, contra su voluntad, el papel de figurante en
muchas fotos en lo que va de este verano.
Fui a un precioso pueblo costero
de Galicia a comerme “¡el mejor arroz con bogante del mundo!”. Quien escribió
eso o no ha comido arroz en su vida, o no sabe lo que es un arroz o no ha salido
de las lindes de su pueblo. El arroz resultó mediocre… tirando a bajo: ¡un cuatro!;
caro, ¡muy caro!: sobresaliente: un 10; y el servicio, como por todas partes
ahora, aficionados, con una cara de mosqueo que parecía que le debías algo antes
incluso de sentarte en la mesa, ¡después de esperar más de una hora, y llegábamos
con mesa reservada! El arroz y los extravagantes trocitos de bogavante se los
puede meter el dueño del local por donde salva sea la parte.
Mal negocio. Fuimos a ver las llamadas
catedrales del mar en Ribadeo. También hay que reservar. Cuando llegué pensé
que estaba en el Ganges en día de jubileo. No exagero: miles de personas. Reconoció
públicamente la autoridad gallega que se le había ido la mano. No vi las
catedrales. Era tal la horda de turistas que pensé morir en el intento. No vi
ni una capillita. Y no le deseo a nadie que se metan las catedrales por ningún
sitio porque se corre el riesgo de una fisura anal de muerte o mortal, que
viene a ser una y lo mismo.

Tercer párrafo y llego por
donde quería empezar, pero ¿¡a quién le manda a uno irse como la ratita a
correr mundo, disfrazado de turista, con lo bien que se está en casa!? Les quería
dar cuenta de la educación y más en concreto de la urbanidad en la mesa y mire
por dónde vamos y sin entrantes ni aperitivos. Ya he dicho que he estado donde
no debía, lo confieso, es decir: de turisteo. Eso te obliga a comer en muchos
sitios distintos y con personas diversas, bien en tu mesa, bien en la de al
lado. ¡Admirable!

Eludo y no comento las faltas
corrientes de educación entre los niños, y algunos mayores: husmear la comida
como mis perras antes de empezar a comer; meter el codo izquierdo en la mesa mientras
se come, dejando el antebrazo bajo la barbilla; si se usa la mano derecha para
manejar el cubierto que sea, el brazo izquierdo, bajo la mesa se dedica a la
búsqueda de algo que se ignora; la servilleta de trapo -¡oh rara avis!- dejarla
hecha un guiñapo en la mesa para restregarse la boca de un empellón; comer con una
gorra puesta; convencer al díscolo trocito de lo que sea dándole una ayudita
con el índice de la mano desarmada y subirlo a la cuchara, ¡ale hop!; comer el
pan a bocados que no a trocitos; cortar las croquetas, tortillas, albóndigas,
etc. con el cuchillo que queda de lo más chic; tocar con el tenedor, ya
chupado, las piezas de lo que sea, que no se van a pinchar, en el plato destinado
para todos en el centro y así seleccionar la tajada mejor y más apetecible para
el cazador con tridente; la otra variante: en vez del tenedor, la punta del
dedo índice como seleccionador del oscuro objeto del deseo entre los frutos secos,
las aceitunas, las gambas… Esos comensales para quienes el mejillón más grande
y vistoso siempre está el más próximo a su posición en la mesa: ¡aunque tenga
que restregar el antebrazo ante el resto de la mejillonera! Y el que dice el mejillón
habla del canapé o del langostino. Esa señorita elegante y redicha que, como no
gusta de los pistachos, los evita y se va zampando a dos carrillos el platazo
de jamón cortado en finas lonchas, ¡a ver! “¡Ea, yo soy así!”. Pero ¿¡y esa díscola
albóndiga, que caracolea en el plato y que parte empapada de salsa por el
mantel y sin destino –¡temo que venga a mis pechos!–, se para junto a la botella
de excelente vino de reserva de tal y cual…!? Maldición, ¿qué se hace con esa
albóndiga que huyó del plato de la nena de los ricitos y que llevaba rato amenazando
con escapar? Papá lo resuelve sin ambages, la coge delicadamente, con su dedazo
índice y su pulgarcito y la vuelve al redil del plato de la nena ¡que se está
poniendo de salsa hasta las cejas!, y empieza de nuevo la faena.
Son jóvenes, tostadas por el
sol playero de costa cara, están las seis tiradas y apaisadas sobre sus toallas,
cada una la suya, a cual más mona –la toalla y la chiquita–, hablan
a voces en un inglés fluido (una de ellas, más grande que un domingo sin
dineros, habla inglés yanqui porque es del America first de Trump). Sacan
sus bocadillos envueltos en albal, su táperes –ellas los llaman toopers– rebosantes
de frutita cortada y pelada, hablan distraídas, mientras se llevan las manos a
los pies, a la rebusca de arenilla incómoda entre sus deditos pintados y tostados
por el sol; y van y vienen de la comida a los deditos y así quedan la mar de in,
pura moda. “¡Pásame el protector de cara, please!”.
Ellos, sin embargo, son jóvenes
veinteañeros largos. Terraza en una cafetería de plaza de pueblo. Toman un café
y una cocacola –sin cafeína y sin azúcar, por favor–.
Ignoro de qué hablan muy concentrados. Barbas largas y descuidadas, pelambreras
igualmente desaliñadas. El de las chanclas adopta la posición de un loto traducido
al español sobre la silla: un pollo en el palo de un gallinero. Y empieza la
rebusca entre los dedos de los pies. “Este no encontrará arena, porque no la
hay”, me digo. Y siguen ellos a lo suyo, las chanclas abandonadas a su suerte allí
abajo, so la silla… y él terne que terne en su búsqueda. ¡Que se dé bien!
La comida va terminando, gracias
a Dios. He sido eterna por el pobre servicio habilitado. Uno de los comensales
de la mesa de al lado se estira y abre una boca en un bostezo como la ola que
se tragó al Titánic. Está satisfecho por la ingesta tras haber pastado por la
mesa: ya lo vi chuparse los dedos untados en pringue, los mismos, uno de los
índices, que se mete para quitarse de entre los dientes a un intruso aventajado.
“¡Te pillé bergante!”, se dirá.
Y lo más. Verídico por la
gloria de mi madre: el culmen de lo visto. Por pocas nos morimos de risa y de
vergüenza fue el: “¡Pero no te tires peos encima de tu padre!”. La chica, catorce
años, de improviso se levanta de su silla se sienta sutilmente en el regazo de su
papá en mitad de la comida y sorprende a este con un repertorio de selectos cuescos
de la casa que son el no va a más… “¡Pero no te tires peos encima de tu padre!”.
Recoge, que nos vamos.
Tomo nota en la agenda y
subrayo con rojo: “Nada de turisteo en el futuro. Educación, punto dos: urbanidad
en la mesa: cero. Como en casa, señor obispo, en ningún sitio”.