Nunca me ocurrió personalmente.
Sé de escritores que lo han contado como experiencias propias y ajenas (Delibes
de Gironella). Tuvieron que dejar de escribir la obra en que trabajaban porque se
les vino el aparejo a la barriga y no encontraban el modo de continuar. Les
vino la seca.
Marías, más filosófico él,
decía que varias veces le ocurrió y pensó, decía, con acierto, que no era el
momento propicio porque él, el autor, no estaba a la altura del texto que
deseaba escribir. Pasó el tiempo, cambió el aire, maduraron las brevas en las
higueras, vinieron otras alturas del tiempo y, entiendo, acabó lo que pretendía;
se colorearon los cerezos. Esto le ocurrió, si no me falla la memoria, con su Antropología
metafísica.
Conté que tenía esa misma
experiencia y las mismas sensaciones que esos autores, pero como lector. Libros
que, en un momento dado, no fui capaz de leer porque se me caían de las manos y
que luego, pasado el tiempo, leí con entusiasmo. Es lo que hay y, a lo peor, no
todo es claramente explicable, razonable.
Sea como fuere, dejo, de
momento, de escribir mi libro sobre la educación en la responsabilidad porque, por
primera vez en mi vida, me ha ocurrido eso. No puedo, no soy capaz de seguir
escribiéndolo con solvencia. No me gusta cómo caza la perrilla. Me da la impresión
de que el texto se arrastra con dificultad por la pantalla, se adensa y se extravía.
De ordinario no me cuesta
generar texto. Me siento ante el folio, antes; delante del ordenador desde hace
décadas, y escribo con continuidad, aunque tenga que consultar algunos extremos,
algún dato, algún detalle. Digamos que los textos fluyen fácil.
Me senté a escribir el libro
sobre la responsabilidad y cómo educarla. Tenía mi índice en esqueleto. También
había ido rellenando los distintos epígrafes, subepígrafes o subtítulos, etc.
con contenidos que consideré pertinentes para cada uno. Había leído de sobra,
creí, y creo, sobre los distintos extremos de la materia. Había pensado lo
necesario…; y me puse a generar texto. De una tacada y en menos de una semana
ya tenía más de cincuenta páginas escritas, unas más solventes que otras, pero
ahí estaban. Sobraban, como siempre, algunas aristas, ciertos circunloquios,
algunas bromas que se me escurren entre los dedos, etc. Los fui puliendo, pero no
iba mal. De pronto me quedé atenazado porque pensé que estaba empezando la
manga por el pernil y que así no iba el lector a comprender cabalmente lo que
le deseaba comunicar… Parada y fonda de urgencia y cambio de orden expositivo general
en la obra. Seguí generando texto a buen ritmo, pero ya no sabía qué había
dicho y en qué epígrafe y que no… El libro no discurría ni fácil ni natural por
mi mente. Mal. Como don Quijote, mi pariente, pasé a escribir de turbio en turbio
que no de claro en claro… Se sufre. He preferido parar.
Acometí la redacción de este
libro abrumado por la sobreinformación de que disponía –me recordó
a cuando empecé a redactar la tesis doctoral–. El momento, ahora como en aquel entonces,
no era el idóneo por el cansancio acumulado y la circunstancia. Y reconozco que
quizá no tenía suficientemente maduro el texto en mi cabeza.
Siempre, hasta ahora, cuando he
escrito, fuera novela o ensayo, antes de ponerme a redactar he tenido en mi
cabeza a los personajes: los conocía, digamos; los espacios donde se moverían y
vivirían: me eran familiares; las ideas se concatenaban en mi cabeza en secuencias
ordenadas… ¡y en esta ocasión no era así!
Un retraso no hace daño a nadie.
Incluso si no llego a escribir ese libro no padecerá la humanidad por ello… Recojo
todos mis desordenados recortes y cachivaches –“Ocupas más roal que un circo”, me
decía mi padre cuando me ponía a trabajar con mis libros–.
Como
no me faltan libros que leer… con ellos me pongo. Ya daré noticias por aquí de
ellos. PATIENTIA