Cualquier persona,
o incluso institución, quiera o no, carga con un ayer en su presente. Dicho de
otro modo, que corto y pego de donde sea: “una Europa sin historia sería
huérfana y desdichada”.
No logro corregir
mi necesidad de explicarme extensamente y con detalle en casi cualquier asunto.
Lo asumo como un rasgo de mi temperamento, que no como un defecto adquirido. Ya
me ocurría cuando recibía o daba clases. Me parece una impertinencia
intelectual “ir al grano” sin contextualizar el “grano” en sí. Armémonos de
paciencia porque quiero echar un párrafo largo, recreándome en la
suerte, porque el libro lo merece y admite faena y, además, no me voy a
contener.
* * *
La obra me ha
gustado mucho. He disfrutado muchísimo con ella. Me ha sorprendido la técnica
formal del autor, la narrativa y la estructural. La he gozado como lector y
como el escritor que soy. Esto no quiere decir que se le puedan poner reparos y
se los pondré, pero el balance es positivo.
Leo la obra de
Marsé en dos ediciones distintas por razón que al caso no viene. No recuerdo
qué obras he leído de él. Leí, seguro, Tardes con Teresa: mas no guardo
ningún recuerdo de ella. Si te dicen que caí creí haberla leído y no es
así.
No voy a descubrir
ahora el Mediterráneo: sería una superchería por mi parte. Otro tanto lo es si pretendiese aportar novedades sobre una novela como esta, posiblemente la más
estudiada del universo marseano; pero esto no quita para que dé de ella mi
visión particular: Que me voy a permitir hacerla muy escolar (escribir académica
se me antoja pretencioso).
Por el tratamiento
de la materia, la novela me recuerda a obras que tratan de la postguerra;
esta se escribió entre los años 68-70; y la trama se sitúa en el año 44. Me
atrevería incluso a hablar de tremendismo (se resalta lo feo, lo rastrero, lo
desagradable… de un momento histórico repulsivo). El tratamiento formal, sin
embargo, de lo que Marsé cuenta ha requerido el paso por la década precedente
al momento de su creación: las innovaciones formales que llegan en los años
sesenta a la novela española con cuarenta años o más de retraso con respecto a
los habidos en la novela mundial (Joyce, Faulkner, Dos Passos, Proust, Woolf, Kafka,
etc.).
Me recuerda lo que Marsé narra –inevitable la intertextualidad– a La colmena de Cela y al cine
neorrealista italiano de Rossellini, de Sica, Visconti… El espacio de esta obra
del catalán es lo que podríamos llamar su escenario natural: Barcelona.
El feísmo y lo infrahumano campan por doquier. Es curioso que yo, que nací casi
veinte años después de haber acabado la guerra, la obra me ha recordado algunos
pasajes que se relataban de ella de viva voz por quienes la padecieron: la
guerra en sí, los años del hambre, las necesidades de todo tipo, las miserias
morales de unos y otros. Lo brutal y bestial de muchas personas se hicieron
patentes durante la guerra y tras ella y llegaban ecos de toda aquella realidad
incluso muchos años después.
Me centro en la
estructura de la obra. El tratamiento formal del texto me gusta. Considero que este
condiciona radicalmente la novela toda. Se ajusta al caos controlado, medido,
ponderado, que he deseado para alguna de mis novelas: Marsé lo clava. La
realidad temporal en que vivimos, se dice, es lineal, pero los desarrollos
vitales y la realidad se sobreponen, se solapan, se cruzan y entrecortan, se
detienen en apariencia, tal asunto se acelera y despeña y tras este, aquel otro
se ralentiza o desaparece… y este aparente caos es parte esencial de la vida.
Los recuerdos, como los anhelos futuros, se imponen en un presente que se
estira y encoge, lo que sucede al otro y al de más allá, lo que piensa este y
se le ocurre a este otro, lo que proyecta aquel…
En
los capítulos donde se narran las peripecias de los anarquistas hay súbitos
cambios de punto de vista narrativo. Se pasa de una 3ª a una primera por ser
quien redacta el protagonista de esa escena concreta. También, por ejemplo, en
el capítulo 11 el Tetas narra de un modo peculiar el suceso con Susana. Toda la
escena es un diálogo sin marcas de este y donde solo habla el niño mientras el
lector debe sobreentender qué le dice su interlocutor, el comisario político
falangista y tuerto. Espléndido capítulo.
Insisto
y hago gracia de los ejemplos posibles. Las escenas y los argumentos solapados
unos en otros, los argumentos tangenciales, dejan de estarlo en ocasiones para
convertirse en escenas claramente separadas entre sí, pero con focalización
narrativa variada: la forma soporta los hechos de manera aparentemente
aleatoria. La recurrencia de lo contado por Marsé en la novela aclara, o
confunde, determinados extremos de lo sucedido. Y todo acontece en un mismo momento y en
un espacio imposibles de delimitar. Marsé acuña con
verdadera maestría una realidad rota, incomprensible e incompleta. Entienda el
lector que esto hace compleja la lectura de la obra y, por tanto, se dirige a
un público que pueda gozar de estas, permítaseme, travesuras formales y
componendas espacio-temporales.
Podría pensar el decidido
lector que no se rinda ante la dificultad narrativa, que toda la obra se
sustenta y cobra sentido en los complejos aspectos formales por los que opta
Marsé: ¡y no se equivocaría del todo! En sus aspectos sintácticos y léxicos, me parece
que Marsé acierta totalmente con su pretensión. No le importa caer en lo que
otros llamaríamos solecismos porque así es el habla coloquial, la conversación,
y de ellos se vale para darle viveza a su discurso y se puede retratar con
mayor realismo la vida en rama.
La
técnica narrativa, como he apuntado, no se mantiene constante a lo largo de
toda la obra. Así en los capítulos 7 y 8, Marsé opta por una secuencia de
escenarios y personajes ya conocidos por el lector, pero que no se solapan unos
con otros, sino que se siguen unos a otros en una continuidad más semejante a
una estructura caleidoscópica. Las estructuras narrativas y sintácticas que
emplea se saltean siguiendo, entiendo, el capricho del autor (o, al menos, no
hallo más justificación que buscar cierta confusión en ella con argumentos y
personajes inconstantes). En los capítulos citados inmediatamente el lector se
siente más afirmado y seguro en su lectura.
Paso
ahora al argumento de la novela, que no voy a destripar, ¡si acaso se pudiera! ¿Merece la pena contar el argumento de
la obra de manera lineal?, me pregunto. ¿Es, acaso, posible? Considero que no
porque la memoria es imperfecta y se desvía de la realidad que fue. El mismo
Marsé escribe en
unas notas que preceden a algunas de las ediciones donde afirma que “La novela
está hecha de voces diversas, contrapuestas y hasta contradictorias, voces que
rondan la impostura y el equívoco, tejiendo y destejiendo una espesa trama de
signos y referencias y un ambiguo sistema de ecos y resonancias cuya finalidad
es sonambulizar al lector”. Dicho queda, al menos, el intento y meta del autor.
No
me importa recordarle al lector que nos hallamos temporalmente situados en los
años del hambre de la postguerra española, en el barrio barcelonés de El
Guinardó, y en los barrios limítrofes del Carmel y Gràcia. Es ahí donde trenza
Marsé, sin orden y con desconcierto, dos grandes historias. Una de ellas bulle
en torno al grupo de niños y adolescentes picardeados que tienen su centro de
referencia y reunión en la trapería del Java y su abuela. Los chicos son el
Sarnita y el Tetas, Luis, Amén, Martín y Mingo… Este núcleo argumental se
fragmenta en las historias de sus vidas, que son contadas con más o menos
detalle: sus padres, abuelos, hermanos, vivencias pasadas de unos y otros en la
guerra.
La
otra historia de la novela se centra, normalmente en capítulos aparte, aunque
en muchos confluyen con las vivencias de los niños, en las peripecias de un
grupo de anarquistas catalanes que esperan (esto fue real) que aún revierta el
sentido de lo sucedido en la guerra. Ellos se alimentan de ilusiones, como los
niños de aventis, y juegan a ser anarquistas: mantienen
relaciones con los miembros del partido en el extranjero, procuran mantener a
las viudas de quienes cayeron en la guerra, atracan bancos, se hacen de armas…
y mueren tiroteados como perros en las calles. Algunos de ellos sobreviven como
pueden a aquellos años de hambre, ilusión y plomo.
Aprovecho
para decir que si las historias de los niños, las “reales” o las inventadas por
ellos mismos, tienen la frescura de los recuerdos de Marsé. Las historias de
los anarquistas, considero, que nacen, crecen y viven de las noticias de
los periódicos de aquellos años y de la imaginación de Marsé. Y me parece bien:
pero les falta el aire genuino y fresco de las narraciones de los niños en los
descampados, que tienen la veracidad posible de quien quizá estuvo allí.
Aún
comentando los aspectos formales, algunos pasajes los podría calificar el
lector de cuasi surrealistas, como el del baile del vals del obispo con su capa
pluvial… (historia que no logré encajar del todo en el conjunto de la obra). Me
tropiezo con oraciones como “por el mar corren las liebres […] por el monte las
sardinas”, que me recuerdan a imágenes de Hijos de la ira (1944) de
Dámaso Alonso. En el capítulo 16 hay un largo párrafo totalmente surrealista
que se cierra con el fusilamiento de alguien que no es fácil discernir y para
lo que se necesita leer páginas adelante. Percibo que se producen estos
llamémosles arrebatos de surrealismo en momentos de abandono, dolor y
muerte.
Paso ahora a
hablar de los temas de la obra. Entiendo que mucho de lo que he escrito hasta
aquí de pasada daría (y habrá dado: lo ignoro) para un sinnúmero de tesis
doctorales. Otro tanto habrá ocurrido con los temas que de un modo u otro trata
Marsé en su obra.
Las historias contadas por los niños de Marsé, las aventis (“relatos y aventuras imaginadas y compartidas oralmente por los niños, las cuales desdibujan la línea entre lo que realmente ocurrió, lo que se rumoreaba y lo que deseaban que pasara”) se entrecruzan, se cortan, casi se terminan o no indiscriminadamente con sus vidas…, pero dan al lector una sensación de collage, de retrato impresionista de parte de la ciudadanía de Barcelona y un momento: tema central del deseo de Marsé. Todo ello lo debe recomponer como buenamente pueda el lector mientras avanza en la lectura de la obra.
La
amalgama resultante, trenzada en
un ambiente degradado de
sueños y anhelos de mejora, de muchos de los personajes, no llegará porque
quizá, sencillamente, así es la vida y la vida está ya escrita; y la vida tras
la guerra y lo sucedido en ella, especialmente, con “los perdedores” es un
cuadro de las pinturas negras de España eterna. Esa carga de la historia -véase
el primer párrafo de esta entrada- fue y, ¡peor aún!, sigue siendo parte del
fardo que arrastra la sociedad española.
Marsé no logra eludir
algunos tópicos maniqueos que ubiquen al lector donde el escritor lo quiere: los ricos son
ricos y roñosos (el niño de la señora baronesa tiene “Tiene las uñas negras […]
y roña en los tobillos”) y los pobres son pobres porque no les quedó más
remedio porque así es la vida y se mueven entre la miseria moral y el polvo del
reclinatorio en las rodillas. El barón tiene en el regazo un ejemplar de Vértice,
la revista falangista y, por supuesto, los ricos se beneficiaron de las
requisas a los rojos y mucho de su dinero sale del estraperlo sugerido,
primero, por Marsé, explícito, más adelante.
Rijosos
pobres y ricos, promiscuos, fornicadores, que todo ello lo trajo como paga y
compensación y castigo la guerra. Los primeros, los pobres, por deformación y
carencias; los segundos, los ricos por pervertidos y viciosos. Todos los
personajes, creo que no se puede salvar ni uno, viven entre la indignidad moral
y la indignidad existencial, ni sus acciones ni sus existencias se valoran en
absoluto a la luz del bien y de un sentido trascendente de sus vidas.
Ya
sé, lector, que me estoy alargando en este comentario, pero insisto en que creo
que lo merece la obra. Aún nos queda un trecho…
El
aspecto léxico merece parada y fonda, reconozco que hacía muchos años que no
había tenido que recurrir tantas veces a la búsqueda de vocablos y palabros. Son
innumerables los catalanismos o neologismos que usa y que me obligan a
consultar el diccionario porque ignoro su significado exacto, por ejemplo:
meuca: ‘prostituta o mujer de la vida’; “ir de burilla”, ‘irse de juerga’,
faieros, ‘miembros de la FAI’, esquifido, ‘enclenque’; mastresa,
deformación del catalán "maestresa"
que en español es ‘ama, dueña’;
farinetas es un aragonesismo; closca,
‘corteza
o cubierta dura de ciertos frutos, mariscos, huevos o animales’;
charrameca (o xerrameca
en catalán) es palabra coloquial que significa ‘palabrería, cháchara o una
conversación animada, extensa y a menudo carente de profundidad’; purria es ‘gentuza’ (conjunto de personas de mal vivir) o ‘cosa de
poco valor o calidad’, se puede usar como sinónimo de chusma… También hubo palabras de las que no logré hallar su
significado por ningún sitio: Fermi, cucs, enfigado…
Además
de catalanismos, no desdeña Marsé los vulgarismos: tontolculo o
expresiones chabacanas y ordinarias: pollas en vinagre, me la chupáis…
Veo que emplea manillar por volante de un coche u orsai o órsay.
Todo
lo precedente, en su conjunto, se me antoja uno de los aciertos de la novela:
el mimo del lenguaje, que me recuerda a Cela, me atrapa entre párrafos. Me
retienen: “Ojos harapientos
de boxeador sonado”, “murmullos de terciopelo”, “voz de domingo de Pascua”, “la mirada descreída en
el vacío”… Oraciones atiborradas de calle: “Menda habla cuando quiere, para que
te empapes”; en otras el exceso manierista mata el encanto: “Salían como ratas
los últimos borrachos de las tabernas, sombras escoradas restregando las
paredes”. Desde que era niño no había leído ni oído el
apócope “ridi”: “Estamos haciendo el ridi”, es decir, ‘el ridículo’…
Todo
lo referido al léxico debe sumarse, lógicamente, a lo formal de novela que
coopera para lograr la impresión, positiva o no, que el lector recibe y que a
mí me puede desagradar por momentos, pero en su conjunto encaja perfectamente
en la articulación estética de la obra.
El
último apartado que abordo antes de ya concluir es la consideración moral y
ética de la novela. Por lo que se refiere a esta, Marsé se mueve en un campo
político de “izquierdas” y de parte de los “perdedores” de la guerra. Muestra
una parte de la sociedad y lo hace con una óptica deformada a propio intento:
Marsé no retrata toda la sociedad española de la postguerra, ¡ni falta que le
hace ni le interesa!, sino una parte de la sociedad barcelonesa degradada y
marginal y en momento concreto donde tiene cabida lo que él novela.
La
censura tras la guerra (ya menos tirante en los 60, como era lógico) fue más
censura moral y religiosa que política. Era más fácil “colar” una crítica
política que una serie de inmoralidades como se narran en la novela. Es por
tanto razonable, que la obra se tuviera que publicar en México en el año 74.
No
son pocos los momentos obscenos explícitos que atraviesan las páginas, todos
ellos apetitos de unas imaginaciones perversamente calenturientas y viciosas.
Cuenta el Tetas, exculpándose, al alcalde de barrio falangista que dicen los
demás en el barrio que “nos pasamos el día en los subterráneos de la iglesia
arrastrándonos cómo gusanos, hurgando en las tripas de la ciudad desventrada y
haciendo cochinadas”, pero según él eso es mentira…, aunque no del todo.
Grosera
la novela en sus descripciones de sensualidad descarnada de las relaciones
sexuales de los adolescentes: los prostíbulos, las relaciones íntimas de una indecencia
(que puede resultar molesta). Las vidas
viciosas y desgraciadas de los adolescentes y de las fulanas, profesionales o
aficionadas, que Marsé debió de conocer o que imaginó. Tengo la sensación de
que el escritor justifica toda la depravación y la maldad como consecuencia de
la guerra, que descompuso cuerpos y almas y él, como novelista, se limita a
mostrar una parte degenerada de esa sociedad. Hay, para mi gusto, un exceso de
follamenta, como el propio Marsé escribe.
Parte
complementaria de cuanto sucede con los varones lo aportan las chicas de la
casa de huérfanas que viven de la protección paternalista de los ricos. Ellas
son sometidas por los niños a diversos experimentos y representaciones
de chicos pervertidos y ellas, en mayor o menor medida comparten los juegos.
La más destacada de las niñas es la Fueguiña, la niña de origen gallego, novia
del Java que será el centro de los perturbadores juegos eróticos de unos y
otros, con quien el Java quiso ennoviar…, mas fue imposible. Al final el lector
descubre que ella…
En el capítulo 21, todo lo sucedido o
contado o inventado en la historia de la novela es quemado simbólicamente por
el Java, ya hombre, ya joyero, en la puerta de la trapería donde vivió con su
abuela y su hermano y donde tantas veces se juntó con los niños del barrio, sus
amigos. Allí descubrimos que algunos que fueron dados por muertos, narrados y
descritos sus asesinatos, en realidad seguían viejos, vivitos y coleando. Es el
juego de las aventis, supongo.