10 de junio de 2026

579- EDUCAR LAS VIRTUDES, MOSTRAR LOS VALORES: la compleja ruta de los mejores (III y final)

 

Don Camilo y Sánchez Dragó

El programa de tertulia de sobremesa más recordado de Jesús Hermida fue "A mi manera". Lo emitió Televisión Española a finales de los ochenta. Lo interesante del programa eran, lógicamente, los contertulios y los enfoques que le daban a los temas. Una de aquellas tardes, coincidieron en el café Sánchez Dragó y Camilo José Cela. Con su habitual retórica corporal, gestual y vocal, Hermida le hizo una pregunta a Dragó de lo que fuera y este se largó por los cerros de Manchuria con el yin y el yang y las cañas de bambú. Habló con mucha velocidad, mezclando lo divino con lo mitológico y las almorranas con los maitines. Don Camilo andaba a lo suyo: “Darme una pechá de café”, que decía él mismo sin rubor. Dragó cortó su vehemente soflama de pronto y, de canto, le colocó Hermida una pregunta a Cela. “Y usted qué opina, don Camilo, de lo que ha dicho Fernando”. Cela miró por encima de la taza a Drago y contestó:

          Yo qué coño sé qué ha dicho este tío.

Algo así parece que ha sucedido con mi anterior entrada. Complicada en las formas, complicada en el contenido… Creo que es más fácil decir que no debí estar acertado; ya perdonarán. A ver… Todas las tardes no se puede salir por la puerta grande.

* * *

“En vista de ello, poned todo empeño en añadir a vuestra fe la virtud, a la virtud el conocimiento, al conocimiento la templanza, a la templanza la paciencia, a la paciencia la piedad, a la piedad el cariño fraterno, y al cariño fraterno el amor”.

Segunda carta del apóstol san Pedro

Confieso que he mejorado con el paso de los años… ¡solo en algunos aspectos! El cambio en la persona es imposible. Se puede mejorar, ya digo, con mucho esfuerzo, luchando por adquirir virtudes, abundando en la vivencia de los valores elegidos, cultivando los conocimientos con el estudio y las lecturas. Todo ello tengo la convicción plena de que aumenta la humanidad, disminuye la bestialidad, atempera la animalidad y pule y mejora la civilidad. Estas mejoras ayudan a disfrutar de una vida más lograda y feliz, para mí… y para así entregarla a los demás: si soy feliz podré dar esa felicidad, ayudar a quienes no la logran… Da quien tiene, como la tristeza la dispersa quien la lleva por bandera, el mentiroso la mentira, la acritud el acre…

Tercera vez que redacto este texto tercero de esta serie de entradas. Lo intenté escribir todo en una sola: no pude, se hacía larga, farragosa, difícil. La tomé como borrador y la rehíce y la intenté proyectar a tres entradas. Cometí la imprudencia de no hacer un esquema que seguir y así repartir y equilibrar el contenido. La primera entrada gustó en general, por lo que me llegó. La segunda, por el mismo cauce, resultó compleja. La tercera, que ya la tenía enjaretada y lista para publicar… ¡no me gusta a mí! Antes, antes de mejorar servidor un poquito, no hubiera rehecho nada: lo habría publicado tal cual. Nunca me gustó volver sobre lo dado por finalizado. “No lo vuelvas a hacer”, me corrigió un escritor ya veterano cuando le dije que mi primer libro lo escribí en nueve días y cuando le puse el punto y final, no lo volví a leer: “No lo vuelvas a hacer”.

Retomo aquí. Estos días atrás comprobé que la IA me considera ensayista de textos filosóficos y teológicos de tendencia católica. ¡Qué de cosas aprende uno sobre sí en la IA!, tan lista ella. Cierto que soy católico, lo de ensayista…

Sin duda lo que vengo contando, desde mi perspectiva cristiana, con respecto a la precedencia de las virtudes y los valores en la educación escolar es evidente y esencial: el buey delante del carro. Nunca, en absoluto, debe olvidarse que el maestro, el profesor, el educador… está en un centro académico y, por tanto, la instrucción es capital, premisa primera (un centro de enseñanza que no da calidad en su instrucción puede cerrar porque no cumple su primer cometido).

Todo esto tiene un para qué. Lo he escrito en el primer párrafo: para que educandos y educadores alcancen, todos, una vida lograda. Vender el coche para comprar gasolina es ruinoso y, por tanto, poco inteligente. ¿Para qué tantos esfuerzos si no sabemos a dónde vamos y por qué?




Dicho esto, me coge el toro de la encíclica de León XIV, Magnífica humanitas, que me viene el pelo con lo que vengo contando. Aún no llegué al final de su lectura, pero ya me voy quedando con la copla.

Vivimos en un mundo que fue hecho bueno por Dios. Un mundo que hemos ido escacharrando los hombres con nuestros pecados (llámenlo como deseen). Ocurrió muchas veces: los hombres acometieron empresas que lanzaban grande piedras muy altas… ¡que les caían sobre sus cabezas! ¡Somos especialistas en ello! Habla el santo padre de Babel.



La torre de Babel


Frente a esas empresas hay otras en las que también, con más acierto, con la mirada en Dios y puesto el hombre delante, se han acometido empresas de éxito notable para la humanidad. Expone el Papa la muralla que Nehemías construye, ¡juntando a todos!, en Jerusalén.

Hace el Papa, como líder mundial, una llamada a lo Nehemías. Tiene el derecho y la obligación. Ojo, nos dice, nos estamos cargando este mundo que nos fue dado. Estamos degradando la vida del hombre sobre la tierra. Siendo todos, lo sepamos o no, hermanos por ser hijos de un mismo Padre, estamos repartiendo las posibilidades de alcanzar la felicidad y la vida lograda de forma injusta: esto arma las catapultas que lanzan piedras muy altas y que nos caen en la cabeza en forma de injusticias, hambrunas, guerras… A nivel mundial, ¡y a nivel familiar!, intrafamiliar diría yo. Las catapultas de la ambición de poder, de codicia, de soberbia, de mentira… nos están machacando. 


Sumando esfuerzo Nehemías rehizco la muralla de Jerusalén

Hace el Papa una llamada. Servidor, humildísimamente, se suma al santo padre. Con él tengo la convicción de que: “Cada generación recibe como herencia la tarea de dar forma a su propio tiempo: hacer madurar la historia como un lugar donde se proteja la dignidad de cada persona, se promueva la justicia y se haga posible la fraternidad. Pero en cada época se cierne el riesgo de construir un mundo inhumano y más injusto”.

Servidor aporta su granito de arena en aquella parcela que le compete y puede. Hagamos mejores a quienes están en procesos y momentos de especial formación: los alumnos en general. Démosles armas para enfrentarse a los problemas de mañana para que puedan aportar ellos también soluciones y abran puertas por donde entre la gracia de Dios y la felicidad posible a raudales, para todos. 

O sumamos como Nehemías o no haremos la muralla, no abriremos los portillos de oportunidad para que alcancemos un mundo mejor. Quien pueda aportar agua, que lo haga; quien pueda arrimar piedra, que no lo dude; quien pueda acercar cemento, formación, felicidad, entrega, sabiduría… ¡que ni lo dude!

Aviso para lectores en camino: las virtudes y este plan ascético de mejora personal que elige los valores más adecuados, se empeña en alcanzar la más y mejor cota de humanidad no es solo cristiana. Ya lo expliqué en algún congreso. Esta visión se halla ya de forma explícita en la Antigua Grecia. Recuerda, además, el Papa: «La Palabra de Dios ofrece criterios fiables para orientar los caminos de la justicia y abrir vías de reconciliación y paz entre los seres humanos. Cuando se trata de aplicar estos criterios a las complejas situaciones de nuestro tiempo, resulta esencial la contribución de la filosofía y de las ciencias humanas y sociales, que ayudan a comprender y analizar más a fondo las dinámicas culturales, económicas y políticas. San Juan Pablo II recordaba que la Iglesia acoge la aportación de las ciencias sociales ‘para sacar indicaciones concretas que le ayuden a desempeñar su misión de Magisterio’. El diálogo con esos conocimientos no resta fuerza al Evangelio; al contrario, permite identificar con mayor claridad lo que realmente promueve la vida de las personas y las comunidades».

Creo que así queda mejor cerrado el trío de entradas que empezaron explicando de la naturaleza de las virtudes y los valores, de… y que marcharon por su para qué hasta este final.

Espero haber ayudado… Si no lo hice, me disculpan: en esta ocasión no lo supe hacer mejor. VALE.

4 de junio de 2026

581- LOS PERROS NO MUERDEN, LAS PERSONAS SÍ

 



A Ussi y Noé, mis perras,

que solo leen en inglés.

 

 

Mi ciudad es una cuesta. Es mi calle una estrechura empinada de provincias, un callejón casi. Estrecho y sucio y pino. Carece de circulación rodada. Apenas pasan, al día, dos coches y tres motos que aparcaran en un garaje. Sin embargo, con todo esto, además, en mi calle hay dos puertas laterales, secundarias, del colegio de las teresianas y pasan decenas de niños por mi calle. A diario, desde muy temprano pasan niños, pobrecillos, que son guardados antes del alba en un aula apellidada Matutina. Siento pena por esos niños que me llevan a mi niñez de tres años, a mis carmelitas, a mi tata Luisi, rubia, joven, guapa y vistosa. Desde que lo aprendí no he dejado de repetir con palabras, más o menos de Juan Ramón, que la escuela es una institución penal dedicada a asesinar nuestra infancia (la divulgó Leopoldo María Panero, el poeta loco ¡hay algún escritor que no lo sea un poco al menos!, pero la idea es de Juan Ramón, que la acuñó tras su paso por su cole del El Puerto de Santa María). San Agustín, en su obra De civitate Dei, incluye entre los castigos divinos al hombre por su maldad, “los horrores de la educación de los niños pequeños”. No, la escuela no me gustaba ni me gusta.

Cuesta arriba, repeinados de cariño y amor materno, suben los peques, mochila a la espalda, o arrastran ruidosos tróleys. Ellos y ellas camino de su cole, en dirección a sus aulas… A veces coinciden, por error, mis perras en la calle con esos niños… Quienes las conocen no se asustan o incluso las llaman para acariciarlas; otros los hay que tienen un miedo que portan durante toda su vida, el miedo de sus papás y sus mamás: “¡Que te muerde el perro!”.

NOÉ


Antes, en mi infancia, había perros de apellido Callejeros. Perros de nadie que todos alimentábamos, que todos y nadie cuidábamos, que todos acariciábamos, si eran de nuestra calle o de nuestro barrio. Llevaban el nombre que alguien más perspicaz le había puesto: me acuerdo de Valiente, un podenco que, además, lo era: un perro no muy grande, pero bragao y enérgico que solo ladraba a don Antonio, el cura, cuando este vestía sotana (se ve que era un perro sin cristianar del todo y anticlerical). Cuando empezaron a retirar los perros de las calles, se le compró a Valiente un collar y se le vacunó contra la rabia. El Chito era otro perro de mi calle aquella de mi infancia, pero ese era un chucho canijo, pelilargo, esquinado y con mal humor. Mi hermano Javier que adoraba a todos los perros también amaba y trataba a Chito, que llevó en una funesta ocasión por casa, para desgracia del perro y de mi hermano.

No recuerdo que nadie en mi calle tuviera miedo a los perros. A ningún perro se le temía, fuera como fuera. Todos sabíamos que los perros callejeros, de donde fueran y como fueran, con hacer el gesto de agacharnos y coger y lanzar una piedra huían por temor a repetir experiencias vividas… ¡Pobrecillos!



Hoy los perros van atados mis perras en contadísimas ocasiones y los niños y sus papás, muchos de ellos temen a todos los perros, a las mordeduras de los perros, vete a saber a qué (los musulmanes sí sé por qué los temen por norma). “Si van atados será porque son peligrosos”, pienso que pensarán. Ignoran que los perros, salvo rarísimas excepciones, no muerden ni hacen daño: a mí me mordió una vez un perro de mi casa por meterle la mano en la comida… ¡acción que teníamos prohibida por mi padre! Lo recuerdo perfectamente. Hemos tenido en casa muchos perros. Los hemos amado mucho y ellos nos amaron otro tanto. Siempre perros de raza dedicados a cazar. “Los perros de caza no muerden”, sentenciaba mi padre con una seguridad que no sé de dónde sacaba.

Los niños de la escuela de mi calle lloran cuando los traen a la escuela en septiembre, pero no veo a los padres que eviten su entrada en ese infierno de maestros, lápices, mesas y compañeros meones. No, los perros, salvo extraña noticia, no muerden y mis perras son amables, no ladran, están limpias, vacunadas… Y tienen el amor de su amo, que soy yo, que las cuido… como perras que son, que no como niñas.

USSI 


A veces repito con Saint-Exupéry su texto de El principito donde advierte que: «Aunque no me gusta el papel de moralista, el peligro de los baobabs es tan desconocido y los peligros que puede correr quien llegue a perderse en un asteroide son tan grandes, que no vacilo en hacer una excepción y exclamar: "¡Niños, atención a los baobabs!"» y los baobabs solo crecen en las escuelas y entre las personas mayores. Niños, solo encontraréis esos árboles malignos entre las mentiras y el egoísmo adulto, entre la soberbia y la codicia; a veces entre quienes atan a los perros con correas: temed más a los dueños que a los canes… ¡Esos sí que muerden! Estad atentos a esos baobabs y no temáis a los perros… Dejad que los perros se acerquen a vosotros, acariciadlos… ¡no los temáis!



1 de junio de 2026

578- Nota aclaratoria y petición de disculpas con motivo de la entrada que titulé: 578- VICIOSOS, EUKRATES Y VIRTUOSOS

 

Pensé escribir un comentario en ella, pero me parece mejor, por su entidad, hacer una explicación aparte.

Titulé y escribí en ella EUKRATES. No recordaba en dónde aprendí esa palabra y ese concepto. Antes de escribirla lo busqué en la IA y me dijo: Eucrates (or Eukrates) is a Greek name meaning "ruling well," "mastery," or "well-governed." It is prominently known as the name of a character in classical Greek literature and occasionally confused with the nearby Euphrates river.

Mi amigo Enrique Nieves Sanz, siempre gentil y atento, me corrige y escribe que hay un error. No es eucrates como escribí, sino encrates: “Cambie la u por n: encrateia, encratés. Aunque se puede escribir egkratés”, me aclara. No me es humillante la corrección, pues la interpreto como una posibilidad de aprendizaje y, por tanto, de mejora: muchas gracias públicamente.

Como muchos de ustedes saben, mientras leo -lo he escrito en algunas entradas de este blog- tomo notas a mano y es posible que confundiera la u por una n, pero el problema es que no recuerdo dónde aprendí esa palabra y ese concepto, como arriba escribo.

Hecha la aclaración y dada la información y la petición de disculpas… Sigo camino.

578- VICIOSOS, ENKRATES Y VIRTUOSOS

 


Me sale al paso mientras leo una idea muy simple que se relaciona con las dos entradas que preceden a esta y con la venidera.

Hace muchos años, una madre de muchos hijos, me comentó que uno de ellos educaba a sus nietos como si fueran soldados y otro, lo hacía de un modo distinto: “Como si los convenciera”. Me pareció distinción atinada y me llevó a pensar en la educación que yo recibí en la escuela a la que asistí cuando niño y la que pretendía darles a mis alumnos.

La educación que me dieron en la escuela se ejercía desde el miedo al castigo y el temor que le teníamos al maestro había sido policía secreta tras la posguerra española, decían. Era una escuela unitaria donde los mayores tenían diez años y yo entré con seis. Había tres aulas: una de niños, otra de niñas y la de los pequeños; el aseo era común para niños y pequeños, las niñas en otro y se iba a él en horas fijas. Durante el tiempo lectivo muy extrañamente se atrevía nadie a pedir permiso para usar el aseo salvo catástrofe (los había que se orinaban y defecaban encima antes que pedir permiso para ir al baño).

En aquella escuela, no creo que fuéramos en la clase más de cuarenta niños y otras tantas niñas en la otra aula. Entonces no existía el TDAH o, al menos, no se hubiera diagnosticado por carencia de síntomas manifiestos: no se hablaba, no se movía nadie, solo se escribía o se resolvían cuentas; se preguntaba a diario la lección oralmente; y había un turno de lectura continuo mientras el resto estábamos cada uno en silencio absoluto en lo suyo. He dicho que no se hablaba y era así: Los alumnos no hablábamos entre nosotros NUNCA, que es NUNCA. ¡Eso sí era socializar!

Pasaron los años de aquello que me comentó la madre de exalumno ya, mayor, con hijos, etc. y trencé dos ideas.

Una, la distinción clásica entre potestas y auctoritas. La potestas es la capacidad de un guardia de multarme (aunque sea injusto y él esté borracho) o de pegarme con la palmeta aquel maestro de mi infancia (cosa que hizo muchos cientos de veces en los cuatro años que allí estuve, lo mereciera o no). Definiría la potestas como el mando otorgado a alguien, que lo faculta con un poder sobre otros que no se ganó. La auctoritas, en cambio, es el dominio que alguien se gana sobre otras personas a base de prestigio y calidad personales, por su bonhomía, por categoría, conocimientos, por sus virtudes, etc.

Uno de aquellos hijos de la señora, quien fue exalumno mío ejercía la potestas y sus hijos actuaban bajo su dominio y no sin cierto temor. Serían ordenados, sinceros, leales… ¡o no!, pero no por sus virtudes ganadas, sino fruto del temor. El infante de marina siente más que piensa cuando va a un desembarco: obedece órdenes y lo hace y lo hace mejor cuanto más entrena. El infante no baja por la red de desembarco saludando. 



Entonces aprendí que los infantes de marina y los hijos de mi exalumno y amigo y yo en mi niñez en la escuela éramos unos enkrates. Es decir: personas que han aprendido a controlar sus deseos; de modo que el ejercicio de actos virtuosos no está imposibilitado por esos deseos, ¡¡aunque los mismos deseos todavía no han sido transformados por las virtudes!! El soldado entrenado avanza y está, sin embargo, atenazado por el miedo: su entrenamiento lo empuja. El enkrates no es virtuoso, sino un robot.

El mundo sería distinto, muy semejante al Cielo cristiano, si todos fuéramos virtuosos: prudentes, templados, ordenados, generosos, altruistas, magnánimos, sinceros, justos… ¡y longánimos!, como anhelaba doña Resu que fuera el Nini el personaje de Las Ratas de Delibes.



Entre ser un desalmado vicioso, un ser malo, una mala persona y un enkrates más vale quedarse en esto, mientras la propia voluntad va ganando espacio al vicio y la inteligencia muestra el buen camino que lleva a la convicción y abre paso a la virtud.


29 de mayo de 2026

577- EDUCAR LAS VIRTUDES, MOSTRAR LOS VALORES: la compleja ruta de los mejores, de los mejores maestros (II de III)

Gracias a quienes me han comunicado que me expliqué mejor o peor en la primera parte de esta entrada que ahora continúo. Gracias también a quienes callaron por lo que fuera, que sus motivos tendrán.

Aristóteles

Quedó explícito que mi afán docente tenía un punto de partida, la instrucción, y que este me llevaba a lo que se ha de entender, a mi juicio, como una educación o formación integral, que comporta la mejora en las virtudes, la adquisición y vivencia de genuinos valores humanos, y un crecimiento espiritual, tanto en los alumnos como en el docente. Y añado: y entiendo y puedo respetar y debatir otras propuestas, otros modelos, otros paradigmas educativos de muy diversos contenidos, formas, etc. Expongo aquí el mío, el que yo pretendí practicar.

Escribe Descartes en su Discurso del Método que "El buen sentido (o sentido común) es la cosa mejor repartida del mundo" y algo semejante escribió Adam Smith, si cambiamos la capacidad de razonar por razón, Don René, el problema se halla en la aplicación práctica de ese sentido común. Cuando pasamos de la teoría a la práctica, ya tropezamos con la mil veces repetida idea de su compatriota Voltaire, para quien el menos común de los sentidos es el calificado de… común. 

Sócrates y Platón


El hombre es capaz de realizar todas las actividades fisiológicas, antes o después, mejor o peor, incluso, sin saber nombrarlas: bebemos, orinamos y defecamos ignorando sus denominaciones, pensemos en un bebé. Me pregunté desde joven: ¿se pueden educar alumnos en valores sin saber qué son estos? Tengo muy serias dudas. Lo que es seguro es que no se podrán educar alumnos en valores si quien supuestamente los intenta transmitir carece de ellos.

Lo he contado muchas veces. Daba un fervorín sobre los valores a un profesorado que decía educar en ellos. Tuve la mala ocurrencia de preguntar a esos profesores si alguno sabía definir un valor. Silencio absoluto en el tendío

Epicteto 

Volvamos al buey que pusimos delante del carro por prudencia. Tengo la seguridad plena de que conviene formar a los niños (hasta los doce años muy especialmente) en la adquisición y dominio de virtudes y mostrar modelos que transmitan y encarnen valores. Ojo a esto: maestros y padres que quieran de veras educar (los abuelos que declinan en la educación de los nietos porque a ellos, supuestamente, les corresponde solo otorgar caprichos que dejen de leerme).

Hay definiciones más completas de virtud, pero siempre enseñé que una virtud es un hábito operativo bueno (el vicio es hábito operativo malo) y enseñaba a distinguir, además, para que no se confundieran, como tantos otros –incluidos profesores–, qué son los valores. Estos son cualidades propias del ser, que los hacen preferibles. Al decir de don Camilo José Cela no son pocos quienes confunden las almorranas con las témporas. Leo en el libro de Aurelio Arteta, La virtud en la mirada, del que no ha mucho hice un brevísimo comentario en este blog, que las virtudes son “Aquellas disposiciones o propiedades del carácter que nos capacitan para realizar en comunidad y de manera excelente el ser humano como tal”. Me gusta la definición.

Corto y pego del libro de Arteta: “Ahora bien, si no llegamos a ser buenos gracias a la naturaleza, porque escapa a nuestro poder, ni tampoco sólo por el razonamiento y la enseñanza, que no siempre tienen fuerza, nos queda aún probar con los hábitos. En el aprendizaje de la virtud, los hábitos (y las pasiones que los alimentan) son lo primero y más poderoso, la inteligencia es lo posterior y más débil”. Viejo debate entre san Agustín y santo Tomás: qué precede a qué y cuál tiene la primacía, ¿la voluntad o la inteligencia? Servidor, que es un mindundi, se pone de parte del dominico. 

Todo aquel que desee ser un verdadero maestro, que no solo titulado en magisterio, sino MAESTRO… Deberá ser persona apasionada, pues no es posible hablar de ese quehacer ni realizarlo sin pasión (“Si queréis dar a los hombres una virtud, empezad por darles una pasión”, afirma Joubert). Nadie da lo que no tiene y solo el apasionado transmite pasión. Lo admirable como lo rechazable se explica y narra con ella. 

Perdóneme, lector, necesito meter al buey y al carro por unos vericuetos con mal piso, aunque de paisaje hermoso. Sígame con calma, por favor.

Cuando lo obvio o evidente no es visto por todos puede ser porque no sea ni evidente ni obvio o porque corren malos tiempos, como mantenía Marías: cuando hay que explicar y mostrar lo evidente malo. Lo que digo ahora es una obviedad que han señalado desde hace siglos los filósofos clásicos de la Grecia Antigua (servidor lo aprendió en la Ética a Nicómaco). Y la idea es la siguiente y la considero importante para la educación en general y para la vida de cada particular. La materialización de realidades prácticas no cumple, no se completa con solo contemplarlas o conocerlas, sino que es necesario vivirlas, realizarlas. Así ocurre con la virtud y el valor que no alcanzan su plenitud en quien los conoce en teoría, pero no los pone en práctica. A diferencia de la teoría pura, la teoría de la práctica no es autosuficiente, sino que se supedita a las exigencias que le impone esa misma práctica.

La velocidad se demuestra andando, se nos decía. Y "la verdad, tratándose de cuestiones prácticas, se juzga por los hechos y por la vida", afirma el estagirita. Si la educación es una actividad práctica afectada desde su base por planteamientos éticos y realidades morales, el educador-instructor-formador no puede pretender ser un espíritu puro que aletea por el aula en una labor fililí e inocua. En este barco cada palo debe responsabilizarse de su vela. "La educación (...) nunca es neutral: elige, verifica, presupone, convence, elogia y descarta. Intenta favorecer un tipo de hombre frente a otros", asevera Fernando Savater.

Video meliora, proboque deteriora sequor escribió Ovidio y repetía san Pablo. Es posible conocer las virtudes, el bien en general, y actuar mal (o sea, deliberar y elegir), como actuar bien e ignorarlas o conocerlas mal. ¡¡En el orden de la práctica!!, en cambio, conocimiento y conducta van al compás porque tal conocimiento trata justamente de esa conducta y tiene como principal propósito el mejorarla, a base de ofrecer razones para la deliberación y motivos para la elección. Sólo se conoce lo bueno porque se llega a ser bueno.

San Agustín


La educación consiste en dotar de sentido firme y verdadero para la vida a los discentes y asentarlo en el docente, para ellos y para la comunidad humana. Por vía negativa, educar moralmente es desarraigar malas intenciones; de manera positiva, sembrar buenos designios y motivos de excelencia. Recuerdo ahora esa vía negativa que padecí en los años sesenta en España (san Agustín recordando esa etapa de su infancia y adolescencia, de sus años escolares, y sus sufrimientos afirmaba en sus Confesiones que no volvería a pasar por esta etapa por nada del mundo. Este se ve que lo pasó peor que yo).


Santo Tomás 


La próxima entrega espero que sea la coda de esta larga entrada que, con tanta paciencia, han iniciado su lectura muchos de ustedes… Muchas gracias.

                                                                                         (Continuará)