| Escudo de Infantería de marina |
Cuando estuve haciendo el campamento en infantería de marina en Cartagena me asignaron a la sexta compañía. Tenía esta fama de ser la mejor compañía de todo el campamento y su capitán de tener más mala leche que una gata paría. En uno de aquellos fervorines que nos echaban a la hora de la siesta –¡que digo yo que no habría otro mejor momento!–, un día el capitán se enfervorizó…, ¡absolutamente inflamado!, e intentó describir a “la sexta”. Imagínense: Cartagena a las cuatro de la tarde, entre pinos que olían a resina porque se estaban derritiendo, sentados en el suelo 150 aspirantes a infantes de marina y con las chicharras en unánime sinfonía a mayor gloria de la Armada, nos arengaba el capitán: “¡Porque, señores, la sexta es una compañía admirada y envidiada por las demás! ¡Además de formidable, la sexta…, es genial!!! Todos querrían pertenecer a ella –y en un crescendo que lo ahogaba–: ¡¡prodigiosa y soberbia, nuestra compañía, señores…!!! –casi congestionado y agotados todos los adjetivos admirativos que le vinieron a sus cortas mientes, concluyó–. ¡¡La sexta, señores, es la polla!!”. Y ahí quedó indeleble recuerdo en mi memoria de aquella tarde de julio o agosto de 1985. Sí, mis queridos lectores, la sexta, culmen y gloria de la infantería de marina en período de formación, era ni más ni menos que ¡¡la polla!!, con perdón.
Creo que algo así ha ocurrido
con los calificativos del eclipse, al que no he dedicado ni dos minutos. No le
he hecho ni puñetero caso. Pensé que bastante tenía con los satélites que me rodean,
los barandas, los charlies, los quídam, los andóbales, los gachones y los fenómenos,
los penitentes, los artistas y los saltabalates, los pillatigres y los andarríos
que tengo a mi alrededor todo el santo día para dedicarle ni un minuto a una
mojiganga como el eclipse.
| Eclipse de agosto de 2026 visto desde un avión |
Quedarme tuerto o ciego o mermao
de los quinqueles por unas gafas chinas más falsas que un Judas de cartón… ¡Que
no me llenaban el ojo para chanelar ahí! Que me daba exactamente igual que la
Luna y el Sol jugaran al escondite, que ellos sabrán, que no quería yo meterme
en las cosas de las gentes. ¿Que el anterior eclipse, como el de ayer, fue en
España en 1912? ¡Pues muy bien! Ni una foto ni una peli grabada he visto ni me
he molestado en buscar de aquel: ¿Se había alguien molestado en indagar en
aquel suceso? El de ayer lo iban fotografiar y a grabar hasta por salva sea la parte…
Lo iba a ver quisiera o no… grabado y en fotos.
Los hijos de unos amigos míos, al llegar a Nueva York, hartos de verlo en las pelis, mirando los rascacielos, le dijeron con hastiado fastidio a sus papás que aquello ya lo conocían. Pues eso: que a estas horas tengo ya visto el eclipse por triplicado y desde distintos ángulos y formatos.
¿Y me pregunto? Si el eclipse es único, arrebatador, atractivo, brutal, enloquecedor, fabuloso, fantástico, fenomenal, mágico portentoso, primoroso, prodigioso, sensacional, soberbio… ¿a qué contra viene que haya que ir a verlo desde una barca en un arroyo de Cuenca en descenso rápido de un pico a más de cinco mil metros, con la prima de Sabadell y un daikiri de frutillas del bosque y un bañador de Tolomeo Andrade…? Si ya de por sí el eclipse, él solito, en boca de mi capitán sería “¡¡la polla!!” versificada en alejandrinos… ¿¡¡a qué vienen esas sotisficaciones que el personal del capricho y el lujo y la memez se han buscado!!? ¿No era suficiente con el hecho en sí: celestial, ideal, paradisíaco, divino, estupendo y superloquesea? ¿A qué viene este exceso?
No debía de serlo, me temo, tan
excelente el plato cuando hubo que ponerle tantas variadas salsas y complementos
y guarniciones (los ministros y el presidente se llevaron a los maderos y a los
civiles para la que la plebe no se les arrimara… y es que siempre hubo clases).
Vinos caros, cavas, champanes, músicas escogidas, balcones con flores de aromas
selectos… Y a mí que me pasa como a Radbodo, que vivió entre el siglo IX y
el X, y me quedé en casa leyendo. Según cuenta una anécdota de este rey, tras
dejarse convencer por un obispo franco de que aceptara el bautismo, el tal Radbodo
le preguntó al obispo si en el cielo podría encontrar a sus antepasados. La
respuesta del obispo fue inequívocamente negativa. Mal negocio, pensaría. En
vista de lo cual el anciano rey dio media vuelta y abandonó la capilla
bautismal. Prefería acompañar en el infierno a los grandes hombres de su
estirpe que compartir el cielo con gentes de baja ralea como el obispo. Pues
servidor, otro tanto, porque siempre hubo clases: en vez de compartir nada con
ministros de tal presidente de la actual España, bobos mirones del eclipse, prefirió
quedase bajo techado y a la espera de que pasase ¡ese eclipse de la polla!, con
perdón.
| San Radbodo |