24 de agosto de 2018

328-CHARLIE-SALIDA- En respuesta al pobre Vargas Llosa.


                                                                                                                                 A Bernardo L. M.



Señor Vargas Llosa:

Durante décadas los historiadores, desde muchos ángulos distintos, se han preguntado por qué el nazismo surge en una Alemania culta y rica: cómo esta ideología extrema y brutal prende incluso en personas de un refinamiento cultural, intelectual, admirables. Nazis elegantes y cultivados: melómanos y lectores de delicada poesía ejecutan, al par, sin vacilar, a cientos de judíos con sus propias manos. Al interesado en el asunto lo remito a una obra de Christian Ingrao. George Steiner se preguntaba, “¿Cómo se puede tocar a Schubert por la noche, leer a Rilke por la mañana y torturar al mediodía?”. El planteamiento es erróneo. Partimos de la falsa premisa que considera a las personas menos cultas capaces de atrocidades y no así a quienes son cultos. Falso. Queda demostrado. La altura moral de una persona no es directamente proporcional a su supuesta altura cultural. El mal está por doquier.

Como la hipérbole es figura literaria, que usted emplea, me la permitiré también yo al afirmar que este podría ser el caso de las necedades que a veces le leo, siendo todo un premio Nobel de literatura: sus razones, sus argumentos para defender, en este caso, el aborto son tan precarios que aflige su vacua senilidad. Se siente vergüenza ajena leyendo su artículo publicado en Elpaís en defensa del aborto, ¿o era una excusa para atacar a la Iglesia católica?

Voy a hacer un comentario pormenorizado del averiado artefacto intelectual que es su artículo.

Quienes defendemos la vida, dice, situamos a los abortistas como usted, “defensor de asesinato” de criaturas inermes e inocentes, en una cultura de la muerte. Usted nos sitúa a los católicos en la caverna y el oscurantismo, “horror de horrores”. Su argumento es el de José Alfredo Jiménez: “Y mi palabra es la ley” y añade que vio, asegura, a unas mujeres españolas y peruanas, que fueron a abortar a Inglaterra (seguro que eran personas sin medios de ninguna clase, ¡pobrecitas!); porque o se legaliza el aborto: o este seguirá practicándose en situaciones donde las mujeres se “juegan la vida corriendo el riesgo de desangrarse o contrayendo infecciones que ponen en riesgo su vida”. ¿Este es el modo que usted tiene de enfrentarse al mal? ¿Acaso se combate el mal con otro mal? ¿Realmente le preocupan esas mujeres que toman esa terrible decisión que “suele acarrear traumas y conflictos psicológicos de larga duración”, como usted reconoce, o el suyo es mero toreo de salón, banal tertulia de casa con 13 baños mientras toman té con pastas? Sus argumentos por compasión y ejemplo son flojas falacias, desfallecidas que no levantan medio palmo, razones de escolar de secundaria.

Hay un principio ético intangible y necesario si no queremos vivir donde ya vamos viviendo: en los abismos de la selva, donde el más fuerte impera y ejecuta. Este principio afirma que el fin no justifica los medios. El mal campa por doquier, me escandaliza y no lo comprendo, pero admito que alguien diga que “deseo abortar porque me conviene”, “porque me interesa”, “porque me viene bien”, “porque no deseo a esta criatura que vive en mis entrañas…”, pero las milongas, las monas vestidas de seda y sus respectivas justificaciones y derivados son para perros con menos dientes y menos ferias. No me importa matar al hijo de mis entrañas: no va más. “Quiero además hacerlo con el beneplácito de una ley que me cubra y reconforte, aunque mi conciencia reclame por sus fueros, y lo seguirá haciendo”. “Demando la libertad para abortar”. “De un veleidoso acto querido en un momento determinado -lo de las violaciones y esos caballos de Troya que se los cuenten a otros-, con sus consecuencias: un embarazo, ¡no quiero responsabilizarme!” “Quiero retornar a un punto cero”. “¡El fin justifica los medios…! ¡Viva mi libertad (?)!, que la del no nacido no cuenta para el caso”. “Quiero que me permitan abortar y me lo paguen”. Lo comprendo: es el mal.

Señor Vargas, no deja de arrimar dinamita y mecha a la Iglesia, ¿por que no recibió formación sexual? Tenga en cuenta que, cuando usted fue a la escuela, se escribía con plumín y palillero, ¡y se mojaba en un tintero! No se daba esa formación en ninguna institución. Le recuerdo que el 28 de marzo cumplió 82 años; y que usted ya no es ningún adolescente. Los malos y el infierno y los responsables son siempre los demás: la instrucción sexual se la pudieron dar sus papás en casita, pero tampoco la daban: ni entonces y rara vez aun hoy. Usted supone que con esa formación dejaría de haber abortos… Parte de falsa premisa: relea el primer párrafo de este artículo. En España se llevan dando instrucciones desde hace décadas en todo tipo de instituciones -fomentándose la promiscuidad- y en 2017 hubo en España cerca de 100.000 abortos… ¿estos también los cometieron, como las atrocidades nazis, personas paupérrimas, incultas, zotes y perversas que nunca oyeron hablar de los medios anticonceptivos…? El mal es ausencia de bien.

Lo que usted afirma sobre la igualdad de los géneros… sigue siendo risible; sin embargo, es muy razonable lo que usted afirma: como los abortos no cesarán, legalizados o no, los admitimos legalmente… “como mal menor” y por supuesto “en favor de los pobres”… Qué hermosos argumentos de compasión, de nuevo, y tan falaces como ellos solos y como los anteriores… Son muy semejantes a los que dan los alumnos secundaria cuando escriben sobre el tema… Por cierto, lo del mal menor es tesis de cristianismo condenado por bastardo. ¿Lo aprendió en su cole?

“No hay otro campo donde la diferencia económica entre pobres y ricos (o simplemente afluentes) se dé como en éste”: le admito, con mi media sonrisa, su hipérbole. ¿Seguro que no hay otro “campo” donde no se den claramente las diferencias económicas? Estoy escribiendo a más de 30° en Jaén, mientras usted está de vacaciones en las Maldivas junto a Isabel Preysler, según dice el Hola… Supongo que eso no se debe a razones económicas, sino a gustos personales y a ignorancia: he tenido que mirar dónde están esas islas en el mapa, por eso no elegí ir allí. Quizá, como en eso no afecta la economía, mañana me alargue a presentarle mis respetos (mientras, póngame usted a los pies de su señora). “Los ricos vivimos siempre bien en cualquier parte”, que decía aquel… Las panzas llenas y la billetera gorda tienen eso: saturan las cabezas de místicas palmeras, aguas cristalinas y playas sin fin.

Como usted escribe “Votar en contra del aborto no garantiza en absoluto que éste vaya a desaparecer”, es cierto (tan cierto como que el pronombre ‘este’ ya no lleva tilde desde 2010). Creo que convendría que todo lo ilegal que se dé con cierta frecuencia: el robo, el asesinato, el acoso, la conducción temeraria, la violación que no cesarán…, como el aborto y… el egoísmo, y la vanidad, y la injusticia… todo eso conviene que tome carta de naturaleza y normalidad, aceptación por vía de los hechos, en nuestras sociedades y que cada uno campe por sus respetos, ¡y que Dios nos coja armados!

Los dos siguientes párrafos, caballero, son de una impertinencia execrable y vergonzosa. Mi maestro me enseñó que a eso, hecho en una obra escrita, un examen, una novela, un informe, etc. se le llama “hinchar el perro”, puro relleno y filfa, enrollarse sin fundamento alguno, que llamamos los estudiantes. En los toros se denominaría “faena de aliño”. ¿Se le acabó el romo e infantil argumentario que venía desplegando, de lugares comunes, necedades al uso, etc. y aprovechó para contarnos que los culpables somos los miembros de la Iglesia católica? Hasta usted mismo se sorprende de lo grosero e inoportuno de su argumentario que no le queda más remedio que añadir “¿A qué viene esto?”… Esto viene a que de algo hay que comer y siempre será caro viajar a las Maldivas… Hay que escribir artículos que le pagarán, merecidamente, al precio que cobre, pero este acúmulo de generalidades, de nuevo, lo deja en una ridícula postura; vergonzosa para persona de su edad y supuesta calidad: da vergüenza ajena. Usted debió ir a pésimos colegios -¿u oscureció después su conciencia?-, pues tampoco ni en ellos, ni sus papás, le enseñaron que la elección del mal menor siempre es un mal: no porque lo diga Hannah Arendt, por ejemplo, sino porque hay un principio elemental que afirma que se debe hacer el bien y evitar el mal

Mientras usted se remoja las pelotas en el Índico con su señora esposa (ya sabe: póngame a sus pies), muchas decenas de miles de sacerdotes de la Iglesia católica, muchos millones de cristianos, con nuestros pecados y limitaciones, queremos seguir haciendo el bien y que brille la luz donde antes otros malos cristianos, o paganos, opacaron y redujeron la visibilidad del Bien y la Luz… La claridad no es la verdad, pero ayuda a verla. Usted y tantos como usted, enemigos de la Iglesia, nunca entenderán que la Iglesia está asistida por el Espíritu Santo: ustedes no lo saben porque lo desprecian y no creen en Él, pero las puertas del infierno no prevalecerán… ¿Se ha dignado a leer la historia de la Iglesia con todos los pecados y aciertos de quienes la conformamos? Además, ¡me asombran sus tesis! Aunque yo fuera el mayor bellaco del mundo, un ser despreciable (que no es el caso de la Iglesia), no por eso deja ser verdad mi afirmación de que la Luna es el único satélite natural de la Tierra, que tras la noche viene la mañana… o que el aborto es un asesinato. La Iglesia no es dueña de la verdad, como no lo era Agamenón… ¡o su porquero! Veritas liberabit vos

Que siga disfrutando de su preocupación por los pobres del mundo desde las Maldivas, señor Vargas Llosa, pero no haga el ridículo, hay quienes queremos apreciarlo.


3 comentarios:

  1. Gracias, Antonio. Dios te lo pague. Un abrazo

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  2. Mil gracias Antonio; este artículo debería ser ejemplo para muchos periodistas y gente que dice mucho , pero no dice nada, porque no sabe lo que dice

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  3. más clara ni el agua donde se remoja este facineroso de la palabra

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