Si la cortesía es la
claridad del filósofo, como decía Ortega, y estoy de acuerdo con él, Han no es
cortés:
Debemos diferenciar entre el rechazo inmunológico
y el no inmunológico. Este último va dirigido a la sobreabundancia de lo
idéntico: al exceso de positividad. No implica ninguna negatividad y
tampoco conforma ninguna exclusión que requiera un espacio interior
inmunológico. El rechazo inmunológico, por el contrario, es independiente del Quantum
porque consiste en una reacción frente a la negatividad de lo otro. El
sujeto inmunológico, con su interioridad, repele lo otro, lo expulsa, aun
cuando se dé solo en proporciones insignificantes.
Lo que en memorable
respuesta de Cela a Jesús Hermida tras un largo fervorín de ese tenor de Sánchez
Dragó:
—¿Y qué opina usted, don Camilo, de lo dicho por Fernando?
—Yo
qué coño sé qué ha dicho este tío.
Pues eso, que la falta de claridad
copa el rechazo inmunológico, comprensión al exceso de lo
idéntico, es decir: de lo positivo en contextos determinados y que comportan un
Quantum no más de cuarto y mitad de lo que el ser idéntico al otro
necesita en el inconmensurable extremo de la realidad no tanto cotidiana como
condicionada por la sobreinformación y la multilateralidad… y bla bla bla… Y ni
una más santo Tomás. Aquí termina mi lectura del libro de Han.
Entiendo que es muy
chic, muy in y muy estar en la pomada de la intelectualidad leer a Han
el filósofo surcoreano, pero hasta aquí llega, muy cansado, este pobre lector
de pueblo.
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