8 de enero de 2026

555- Han, Byung Chul, SOBRE DIOS. PENSAR CON SIMONE WEIL

 



En determinados ámbitos desde hace años el nombre de Han, el filósofo surcoreano afincado en Alemania, era más o menos conocido. Había oído yo hablar de él a mi compañero de claustro Juan Antonio Béjar, pero eso no significa que yo conociera ni conozca su obra. Solo era motivo de pasada en nuestras amables conversaciones sobre los temas más diversos.

Parece que Han establece con frecuencia su obra en conversación con otros autores. En este caso y en este libro me atrevo a escribir que se halla estructurado y se constituye sobre una conversación con Simone Weil, con un siglo de espacio temporal entre ella y él, donde el coreano conversa con los textos de Weil. Él, lógicamente, selecciona los temas y los textos en la obra de Weil que son de su interés, en este caso sobre la realidad presente desde un enfoque donde Dios está presente.

Estoy seguro de que Han no pretende entresacar ideas novedosas de las obras de Weil ni siquiera aportar tampoco ideas nuevas y propias. Todo está dicho. El problema, lo que Han soluciona, lo que tantos escribidores perdone que me incluya humildemente, hacemos es repetirnos y volvernos a repetir… a pesar de la advertencia del Eclesiastés, que es lo mismo, mas con otras palabras: Nihil novum sub sole. Y a mí me queda el consuelo del principito: «Las personas mayores nunca pueden comprender algo por sí solas y es muy aburrido para los niños tener que darles una y otra vez explicaciones»Gide afirmaba que las personas mayores hay que repetirles todo muchas veces, a ver… Así, yo me lo repito para mí, con la ilusión y el deseo de que alguna vez también, como Han, me entere de las verdades de cada día y las inmutables…

Se marca Han unos trancos, siguiendo la obra de la francesa, para hablar de Dios. Son los títulos de los capítulos, digamos, los pasos de un proceso: la Atención, la Descreación, el Vacío, el Silencio, la Belleza, el Dolor y la Inactividad.

Digamos que cada una de estas palabras se cargan de un sesgo particular cargado de una polisemia propia del pensamiento de Weil, que Han refuerza y subraya, aunque más propiamente pone en cursiva. Son innumerables las cursivas que Han aplica a los términos propios y de Weil, insisto, para cargarlos de una polisemia personal, a veces, sorprendente. Siguiendo ya con este estilo de Han, diré que este es peculiar y, se me antoja, emparentado con el haiku japonés, breve y cortante, lapidario casi, fuertemente dicotómico y dialéctico, sin apenas argumentación ni análisis desarrollados y dado a la simplificación, lo que, leo, explica buena parte de su éxito y da razón también de las duras críticas que recibe. A mí ese estilo me deja más atónito que sorprendido, pues espero una explicación que no se da y que considero necesaria pues la realidad de que habla, para mí, no es evidente.



Además del título que encabeza cada capitulito, el libro es breve, se añaden unas citas de Weil que orientan al lector sobre el contenido que da Han al capítulo. Así, en el primero, dedicado a la “Atención”, escribe: “En su grado más alto, la atención es lo mismo que la oración” y otro texto, que considero más enigmático: “Dos compañeros alados, dos pájaros (...) están posados en la rama de un árbol. Uno come los frutos, el otro los mira”.

La primera de las afirmaciones, y más aún la segunda, pueden servir tanto para subir como para bajar y, según se tome, pueden ser más o menos razonables. Sin duda, salir de la inmanencia, del yo, volcarse en los otros, en lo otro, en el Otro, hablar con ellos, especialmente con ese Otro que es Dios, que eso es la oración, es abrir la puerta a la trascendencia y premisa necesaria para ser feliz: la felicidad es una puerta que abre hacia fuera... “Comer”, en la segunda cita es sinónimo, por lo que deduzco en otros contextos, de consumir y atenderse a sí propio exclusivamente: quien está pendiente de sí, quien de continuo “come” no puede abrirse a la trascendencia. Si nos atenemos al desvanecimiento y la desaparición absoluta del yo, como en algún momento parece proponer el escrito de Han, por vía Weil, caeríamos en un disparate: no puede haber atención si el yo desparece, no puede haber conversación si está solo uno habrá soliloquio y nunca creí, como Machado que quien habla solo espera hablar a Dios un día… No: quien habla solo está hablando solo o incluso puede padecer esquizofrenia: si yo hablo con Dios hablo con Dios, tal y como hablo con cualquier persona, Dios es un ser personal… Las confusiones en las premisas nos meten en corredores sin salida y en laberintos intelectuales confusos donde algunos perecen.

No olvidemos que Han está siguiendo el pensamiento de una persona especialmente joven y tan particular como lo podemos ser cada uno, según Unamuno, con sus cadaunadas, pero a veces unos más que otros, como es el caso de Weil. Remito a lo escrito y comentado por mí al hilo de la autora en la obra de Charles Moeller, Literatura del siglo XX y cristianismo. Ahí el lector comprenderá mejor este libro de Han trenzado con ideas de Weil. Creo que el peligro de la obra y el pensamiento de Weil, es que tiene una melodía de fondo que habla de verdades cristianas… parciales, medias verdades, que confunden o pueden confundir al lector incauto, desorientarlo. Han no corrige esto, sino que abunda y contribuye a ello.

Resalta la importancia del silencio, necesario para que el Espíritu se manifieste. Huir de la conexión continua a la comunicación, a la información, huir del ajetreo interior, huir del activismo y buscar esa paz que solo se halla en el silencio interior. El grillo, el viento, el ladrido del perro o el canto del gallo son ruidos que invitan a entrar en el interior. “El silencio de las cosas, el silencio de los ruidos es un reflejo del silencio de Dios”. El lenguaje que Weil usa, los significados de sus ideas son en ocasiones no ya solo poéticos, sino muy particulares, por ejemplo: “Cuando en lo más hondo de nuestras entrañas surge la necesidad de un ruido que signifique algo, cuando gritamos para obtener una respuesta y esa respuesta no se concede, en ese momento entramos en contacto con el silencio de Dios”. Y añade Han “Hoy en día ya no podemos rezar porque nos encontramos constantemente expuestos al ruido de la información y la comunicación”, pues ya lo siento Herr Han porque yo sí rezo a diario y muchas veces durante el día a pesar de vivir rodeado de información y mil ruidos externos, etc. ¿O algo se me escapa o algo no se explica suficientemente? Vaciar el alma de cachivaches y artefactos de los que se alimenta el yo mundano no es aniquilar mi yo, mi mismidad orante. El cristiano tiene que aprender y saber materializar la vida de oración, convertir su quehacer en el mundo…, todo aquello que le rodea en asunto y trasunto de su oración y de su vida interior y de su santidad. Usted mismo escribe: “Por eso, en última instancia toda ciencia es una teología: estudia el orden divino del universo. La belleza como encarnación de Dios espiritualiza la ciencia. Eleva el estudio hasta convertirlo en una oración. Estudiar y orar confluyen”. Desde 1928 lo viene explicando el Opus Dei, ese toque de recuerdo y atención de Dios a los hombres: es esencial buscar y materializar la santidad en medio de mundo, sin huir de él, en la mismidad del torrente circulatorio de la sociedad. Su fundador escribió en Camino (1934) y que tanto me sorprendió en mi adolescencia: “Una hora de estudio, para un apóstol moderno, es una hora de oración”. Ya digo: Nihil novum…

Diría que las afirmaciones genéricas, inconcretas, que se citan de Weil podrían ser aceptadas por cualquier practicante religioso cristiano, católico. Ojo, ni Weil ni Han, en este libro hablan de la Iglesia, ni de catolicismo.

Determinadas palabras, que coinciden con las que dan título a los capitulitos se cargan de polisemia dependiendo de los contextos y así, por ejemplo: “Es espíritu es atención”, “Dios es la atención sin distracción”, “El acto de comer es la causa del mal de fondo de la humanidad: ‘Quizá, en esencia, los vicios, las depravaciones y los crímenes son casi siempre, o incluso siempre, tentativas de comer la belleza, de comer lo que solo se debe mirar’”, “La hostia es una materia divina en la medida en que se encuentra denuda y vacía. La materia sola, sin objetivo ni utilidad, es un sacramento. No acalla hambre alguna”, “Lo bello es un medio sin fin”…

Reitero porque tomo nota mientras leo y vuelvo a leerlo en mis notas, que el dinamismo narrativo de Han es urgente. La oración tiende a ser breve. La ideas se suceden en los renglones como las balas de una ametralladora: casi independientes, con singular valor propio cada una.

En nuestros días, el mercado se ha vuelto aún más extenso y estridente. El mundo entero se está convirtiendo en un ruidoso mercado. Hoy todo es una mercancía. Por eso todo es bullicioso y reclama a gritos atención. La vida misma adquiere forma de mercado y mercancía. Cada persona es ya empresaria de sí misma y se produce y se presenta a sí misma constantemente, hasta acabar pareciéndose a un mercader que pregona sus artículos. Al capitalismo no le gusta el silencio. Cuanto mayor es la productividad, más ruido se genera. El ruido multiplica el capital. O el capital hace ruido para multiplicarse. El silencio no produce. La presión neoliberal del rendimiento y la optimización, como presión interna que es, enferma al alma al someterla a un exceso de ruido.

Ya veremos, quizá no tarde en leer La sociedad del cansancio, pero no obstante reconozco mi incapacidad para comprender el cine y la literatura orientales. A lo peor tampoco logro alcanzar este sucinto modo de pensar en corto y sin argumentos.

Como esta entrada ya va larga… y no quiero abundar más ni aburrir al posible lector, me planto. Lo escrito aquí se completa con lo escrito en la entrada 554, sobre Weil y Literatura del siglo XX y cristianismo.



No hay comentarios:

Publicar un comentario