A estas alturas ignoro
si en mi caso la intertextualidad es una buena herramienta hermenéutica o una
rémora que pesa entre la impedimenta que como lector llevo colgada. La
intertextualidad es un provocador agujero por el que mira quien lee. “Esto me
recuerda a…”, “Se parece a…”, “Es muy semejante a lo que leí en la obra de…”.
Reconozco que, sea como fuere, a mí me ocurre sin poner intención alguna, y me
pesa. Hace mil años que las lecturas, las que fueren, no son para mí ni un relax,
ni un descanso. No tengo que poner especial empeño. Cojo un libro y con él un
lápiz y un papel usado por una cara y ya está el lector dispuesto a tomar
notas… ¿Por qué si me tomo un Jack Daniel’s con Pepsi no hago eso? Echo los
hielos, muchos: echo un culito de bourbon (más valen dos cortos que uno largo)
y voy echando con calma la Pepsi, procurando la mezcla; lo pruebo; lo saboreo…
¡y no tomo nota de la trazabilidad del hielo, la botella yanqui ni…! Me dejo
llevar, disfruto. Muy de tarde en tarde, en este caso, pero lo disfruto. No, no
soy catador de copas ni tendría que serlo de libros, pero este papel se ve que
lo asumí en mi adolescencia y ahí sigo… ¡tomando notas!
En principio, nada que
ver una obra con otra. La feria de los discretos, novela barojiana
modélica de personajes que vagan entre los renglones y las páginas y los
capítulos. La debí de leer hace más de cuarenta años. Cojo El tesoro de
Sierra Madre, de este tal Traven… y los relaciono inmediatamente. El
vagabundeo de los personajes en el inicio de la obra me recuerda a aquella otra
feria barojiana… ¡inevitable! Parece que ni el autor ni los personajes
tienen un sentido claro en sus existencias. El autor cogió la pluma o la
máquina y se puso a redactar, eso sí, con bastante más calma que Baroja –párrafos
amplios, mucha descripción– y nos va llevando como
chucho atado por el cuello de aquí para allá en una “feria” donde no parece
haber muchos discretos. Vuelve a ubicarnos espacialmente en México. Orienta a
los personajes hacia las empresas petrolíferas, hacia al montaje de campamentos
para estas, los pone en camino de… y a dormir al raso… (la presencia del indio
en ese viaje primero es simpática: personaje que entra y sale de la obra sin aparente
función alguna). Del hotel el “Oso negro” se marchan, de forma caprichosa –¿¡como
la vida misma les sucede a los animales!?– a la búsqueda de oro. El
personaje que visita a “los protagonistas” en su mina, el tal Lacaud, se le
queda a Traven abandonado en la selva de la sierra, como el burro de Sancho a
Cervantes: parecía un personaje con proyección en la obra y queda aliquebrado,
abandonado y romo, sin desarrollo.
La novela la componen una
variopinta sucesión de aventuras donde unos personajes abandonan la escena,
digamos, para dejar paso a otros y a nuevos sucesos, aventuras, etc. Lo que no
quiere decir que la obra, que está correctamente construida y entiendo que
escrita, si bien la edición que uso la traducción es mejorable, y el final
tiene una moraleja implícita que invita al lector a meditar por el afán que
tantos hombres, quizá el mismo autor y el mismo lector, tienen por alcanzar
determinadas propósitos de falso progreso, y que, en realidad, no son tan
importantes: de ahí la risa floja de Howard al final de la obra y la
conformidad de Curtis de lo sucedido con el sueño de los tres “protagonistas”…:
ellos dos y Dobbs, con su violenta salida de la narración de la novela. Añado:
las caracterizaciones de los personajes casi, podría afirmarse, no existen: son
intercambiables, pues no quedan caracterizados por el autor ni por su aspecto
físico ni moral, solo los nombres los hacen distintos… ¿somos acaso todos los
humanos muy parecidos unos a otros como él autor nos pretende mostrar? Sin
duda, Traven no tiene un concepto roussoniano del hombre, quien para él se
muestra malo, codicioso, envidioso, rencoroso…, capaz de revertir todo ello,
pero sin que desaparezca del todo en su naturaleza. La obstinación vital de los
personajes, su afán de querer saltar todas las dificultades, incluyendo los
problemas éticos, hasta llegar a la abyección, me recuerdan al tesón de
aquellos otros personajes de novelas escritas por los mismos años que esta, de
la llamada generación perdida americana, en particular la trilogía USA de J.
Dos Passos (ciertamente esto me asalta mientras leo, como lo hizo el concepto
de novela abierta de Baroja… al leer a Traven).
Entretenida la obra de
Traven donde el lector hallará divagaciones, dispersiones, circunloquios a
veces largos, pero no por ello extemporáneos en el conjunto de la obra; se
tropezará el lector con juicios éticos o disyunciones morales, experiencias de
vida, que incomodan: “En cuanto se tiene algo, las cosas del mundo ofrecen un
aspecto, distinto”, es una aserción que, de un modo u otro, el autor deja caer
entre sus renglones. El lector comprobará la presencia de la codicia y la
envidia que condicionan las vidas de los rastreros personajes, más peor no
parece ser el superlativo de malo en cuanto a las abyección que unos personajes
alcanzan. Todo puede ir a peor, parece advertirnos Traven. Ni es tan malo
aquello que somos y tenemos.
Añado por último que
existe una película sobre esta obra, dirigida por John Huston y protagonizada
por Humphrey Bogart. La vi hace muchos años y no descarto volverla a ver
ahora.
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