Hay aprendizajes
crueles, inolvidables por atroces. Uno de ellos lo tuve con once años. Desde
entonces no creo en la casualidad. Tengo la certeza de que esta no existe.
Hace un tiempo, no sé
calcular cuánto, se puso de moda, como despedida entre las personas, un
refrescante “¡Hasta luego!” y daba igual que esas personas no se fueran a ver
ni luego ni después ni sabían cuándo. Con esta expresión tan jovial se puso de
moda también el “¡Nos vemos!”, que creo que debía de ser una traducción del
inglés “See you!”: el anglicismo le añadía a la frescura de la expresión
un toque cosmopolita, de persona viajada, culta, casi de políglota. No debemos
olvidar tampoco el muy chic “¡Nos hablamos!”, propio de las redes: los
wasaps, los correos, incluso como despedida de conversaciones telefónicas: “Ciao,
¡nos hablamos!”.
Ahora observo que se impuso
el italiano Ciao. Todo el mundo, sea quien sea, funcionarios por teléfono o en
persona, amigos, camareros y horteras de cualquier tipo de tienda te largan un
“Ciao” que dejan en Nápoles mirando para Florencia. Y como la tita IA,
echándole una mano al chacho Google, te solucionan dudas sin parpadear, lo
aprovecho también yo con los ojos muy fijos:
La
palabra italiana "ciao" tiene su origen en el dialecto
veneciano s-ciavo,
que a su vez viene del latín medieval sclavus (esclavo),
y significaba originalmente "¡a vuestro servicio!" o "¡vuestro
esclavo!" como una muestra de cortesía extrema, evolucionando con el
tiempo a ser un saludo informal de "hola" o "adiós".
“¡Hola!”, me chivan
Corominas y Pascual en su Diccionario crítico etimológico, que es “voz de creación expresiva, común a varios idiomas
europeos, con variantes análogas”, relacionada con
“¡Hala!”, expresión que se usaba, según el Diccionario de autoridades,
“para llamar a un sirviente”… Curioso que “Ciao” y “Hola” tengan que ver con el
servicio y, diecisiete pueblos más allá, de la relación de los señores con sus
esclavos.
Así pues, cada vez que
nos digan “Ciao” podemos pensar que esa persona se declara nuestro esclavo… ¡Qué
cosas, Amanda!
Todo esto que una vez
supe y olvidé, lo recupero hoy aquí porque no creo en las casualidades: lo he
dicho. “Hasta luego”, “Nos vemos”, “See you!”, “Nos hablamos”… y el hoy omnipresente
“Ciao”, que ni siquiera se considera, por uso tan común, como un extranjerismo
y, por lo tanto, es innecesario escribirlo con cursiva. Pienso.
Todos estos modos de
saludo han desplazado a nuestro “Adiós”, que desde el siglo XV nos acompaña en
castellano como elipsis de a
Dios seas o a Dios seades. ¡Y aquí quería yo
ir! Todos esos saludos alóctonos tuneados de fresca y espontánea actualidad en
realidad, de ningún modo, nos cuelan una mercancía putrefacta con el único afán
de desplazar el nombre de Dios del trato cotidiano.
Si para los cristianos el primer mandamiento de la ley
dice de amar a Dios sobre todas las cosas y el segundo no tomar el nombre de
Dios en vano, para todo anticristiano su primer mandamiento es odiar a Dios
sobre todo, tomar su nombre en vano: de ahí los “Cago en el copón”, “Cago en
dios”, “Cago en dios y su santa madre”, etc. y, por supuesto, como los
correctores de los móviles, el nombre de Dios apunta, ¡también casualmente!, en
minúscula… ¡¡Qué de casualidades!!, provocan el mal y los malos. Dios existe.
El Demonio, también con mayúscula, existe y parte de sus bazas arrancan de que
el personal crea que no es así: que no existe, que todo lo malo es fruto de
“enfermedades” y casualidades. Adiós.
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