Amen dico vobis, quia nemo propheta acceptus est in patria
sua, eso es fijo, se diga en latín, en
arameo, caló o en español y se exprese como se quiera: nadie es profeta en su tierra… Y si su profecía está
expresada por escrito, ya se puede dar uno por… perjudicado: no lo lee ni su madre.
Contaba
Alfonso Sancho Sáenz que, yendo Azorín por la cuesta de Moyano, lugar célebre
donde comprar libros de segunda mano en Madrid, buscando y rebuscando en los
montones halló un libro suyo, además, dedicado a un amigo. Lo compró y se lo
volvió a dedicar, escribiendo de nuevo algo
así: “Con afecto te dedico por segunda vez esta obra mía, con la ilusión de que
no vuelva a ir a las librerías de viejo”. Corrían malos tiempos, como casi
siempre: raro es que corran buenos y para todos.
No
estoy seguro, pero creo que ya es la tercera vez que recupero libros dedicados
míos en librerías de lance, de viejo o de segunda mano. Libros sin dedicar los
he encontrado y recuperado con frecuencia porque tengo pocos ejemplares de Educar
para el trabajo, libro que aún se busca con ahínco e interesa.
En esta
oportunidad traigo al hogar un
ejemplar de Amanda querida, con una larga y amable dedicatoria a quien
fuera un alumno mío. Rescato el ejemplar con la sensación que supongo tiene la
madre que halla a su hijo perdido. El pobre, tras ser amado, ha padecido el
desamparo y el abandono, el desprecio y el rechazo, mas ahora vuelve al calor
del hogar, a la seguridad del cobijo fiable y amado, donde cada libro, cada
ejemplar, por muchos que haya parecidos a él, se sabe único, como le explicó el
zorro al principito. Pensaba este que todas las rosas, por parecerse, por ser semejantes, eran iguales, pero se equivocaba. El amor las
diferenciaba: todas eran muy
similares, mas la suya, por serlo, por ser su amada… ¡era distinta! Pues eso
ocurre con este ejemplar: se parece a los otros muchos cientos que junto a él
nacieron, mas el amor de la dedicatoria lo diferenció, lo singularizó…
Como yo
no soy Azorín, no le volveré a dedicar y enviar el libro a mi antiguo alumno.
Espero que alguien le diga que esta entrada está aquí. Él no era ni creo que
sea amigo de leer. Sí espero que lea esta entrada al menos y venga a recuperar
el libro que con tanto cariño le dediqué y me explique cómo se le extravió… No
le pido que dé valor a mi novela, no le pido que la lea (¡cien veces debiera
hacerlo como castigo!), pero que, al menos, valore mi cariño por él y por ella. Solo pido como pago lo que demandaban los
copistas medievales: “Un vaso de bon vino”…
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