13 de enero de 2026

Vuelve a casa, aunque ya no sea Navidad

 



Amen dico vobis, quia nemo propheta acceptus est in patria sua, eso es fijo, se diga en latín, en arameo, caló o en español y se exprese como se quiera: nadie es profeta en su tierra… Y si su profecía está expresada por escrito, ya se puede dar uno por… perjudicado: no lo lee ni su madre.

Contaba Alfonso Sancho Sáenz que, yendo Azorín por la cuesta de Moyano, lugar célebre donde comprar libros de segunda mano en Madrid, buscando y rebuscando en los montones halló un libro suyo, además, dedicado a un amigo. Lo compró y se lo volvió a dedicar, escribiendo de nuevo algo así: “Con afecto te dedico por segunda vez esta obra mía, con la ilusión de que no vuelva a ir a las librerías de viejo”. Corrían malos tiempos, como casi siempre: raro es que corran buenos y para todos.

No estoy seguro, pero creo que ya es la tercera vez que recupero libros dedicados míos en librerías de lance, de viejo o de segunda mano. Libros sin dedicar los he encontrado y recuperado con frecuencia porque tengo pocos ejemplares de Educar para el trabajo, libro que aún se busca con ahínco e interesa.

En esta oportunidad traigo al hogar un ejemplar de Amanda querida, con una larga y amable dedicatoria a quien fuera un alumno mío. Rescato el ejemplar con la sensación que supongo tiene la madre que halla a su hijo perdido. El pobre, tras ser amado, ha padecido el desamparo y el abandono, el desprecio y el rechazo, mas ahora vuelve al calor del hogar, a la seguridad del cobijo fiable y amado, donde cada libro, cada ejemplar, por muchos que haya parecidos a él, se sabe único, como le explicó el zorro al principito. Pensaba este que todas las rosas, por parecerse, por ser semejantes, eran iguales, pero se equivocaba. El amor las diferenciaba: todas eran muy similares, mas la suya, por serlo, por ser su amada… ¡era distinta! Pues eso ocurre con este ejemplar: se parece a los otros muchos cientos que junto a él nacieron, mas el amor de la dedicatoria lo diferenció, lo singularizó…

Como yo no soy Azorín, no le volveré a dedicar y enviar el libro a mi antiguo alumno. Espero que alguien le diga que esta entrada está aquí. Él no era ni creo que sea amigo de leer. Sí espero que lea esta entrada al menos y venga a recuperar el libro que con tanto cariño le dediqué y me explique cómo se le extravió… No le pido que dé valor a mi novela, no le pido que la lea (¡cien veces debiera hacerlo como castigo!), pero que, al menos, valore mi cariño por él y por ella. Solo pido como pago lo que demandaban los copistas medievales: “Un vaso de bon vino”… 






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