21 de julio de 2017

Anónimo, EL PEREGRINO RUSO





                                                                  A Ramón de la Torre Carrasco.

             
  De los caminos del Señor ya se sabe… ¡que no se sabe! Me habla un amigo de un libro: El peregrino ruso. Nunca había oído hablar de él. Nada de nada y nada me extraña… Me explica que es un libro de ascética muy usado por los cristianos ortodoxos para aprender el trato continuado con Dios. Busco el libro en la red y me hago con él. Lo leo y lo voy meditando durante semanas, meses. De los caminos del Señor ya se sabe…
  Quien de la historia del libro desee saber que busque en Internet que hallará sobradas referencias. Lo leo con agrado, y lo medito. La historia del ruso que peregrina, protagonista en primera persona de la narración, es la historia de un hombre que desea hallar algo en principio muy simple en todo comienzo de la vida interior: quiere orar y estar en la presencia de Dios de continuo…, mas ¿cómo se hace eso? El hombre vaga y busca. Por razones que él explica de su vida se echa a los caminos y de un lado a otro busca un maestro espiritual -¡un auténtico maestro!- que lo pueda orientar: alguien que le dé señales firmes, seguras... Halla muchos que dicen saber, pero solo saben generalidades sobre la oración y el trato con Dios, y que no logran ponerlo en el camino que desea… Siguiendo lo escrito por san Pablo (orad sin interrupción, 1 Tesalonicenses 5:17), anhela vivir en la presencia continua de Dios.
  Las vicisitudes de este hombre son innumerables. La peripecia más o menos novelesca se hace entretenida, pues narra con sencillez… No tardará en descubrir que todo comienzo en la vida ascética, que lleva al trato con Dios y a la vida interior, nace del trato continuo repitiendo la llamada oración de Jesús: nunca oí este modo de llamarla. La oración de Jesús, ignorando yo su nombre, la he repetido miles de veces en mi vida, pues se usa como jaculatoria entre los católicos. La he repetido en latín y en español a lo largo de mi vida desde hace más de cuarenta años… Domine Iesu Christe, fili Dei, miserere mei peccatoris! o Señor Jesucristo, Hijo de Dios, ten piedad de mí que soy un pecador. Los extremos de esta oración, su hondura, etc. los dejo para el lector, si lo cree pertinente meditarlos. Algunos santos, Escrivá de Balaguer, hablan de estos inicios en la vida interior, de esas jaculatorias sencillas, frases que se repiten una y otra vez, y que son  esos palotes de quien empieza a escribir y a afirmar el trazo, a tomarle el pulso y el ritmo al lápiz (¡imagen que también se usa en este libro!): es posible que algunos piensen que no es una oración de gran hondura (jaculatorias hay a cientos), pero quien lo practica sabe que ayudan a ahondar y comprender que Dios vela por nosotros y nos mantiene en el Ser y, como Padre que es, nos ama infinitamente. Para todas las objeciones que se le ocurran, hallará explicación en la obra (antes de publicar esta entrada me tropiezo con este texto: https://www.aciprensa.com/josegomez/el-rosario-es-la-oracion-para-nuestros-tiempos/, que quizá le interese).
  El libro se puede leer como una historia piadosa donde se nos narran algunos hechos extraordinarios, que pueden ser verdad y no haber pasado. Esto no empece para disfrutar de un libro que puede divertir sin más -¡como tantos miles de libros!- al lector poco interesado en las realidades sobrenaturales o puede ayudar al lector -¡como tantos miles de libros!- que está interesado en el proceso de abundamiento de una persona que, con rectitud, en medio de tantas tinieblas, en lugares lejanos en el espacio, el tiempo, las costumbres… busca amar a Dios, corresponder a Dios y anhela empezar por su trato continuado y su presencia.
 Aprende el ruso caminante… ¡figura inequívoca de la existencia y de Cristo mismo!... Soy el Camino, la Verdad y la Vida… que en su repetir la jaculatoria que interioriza hallará el trato con Dios y por él y con Él la felicidad, la paz que anhela: alcanzar el trato continuo con Dios. Uno puede pensar que es poco…, pero esos juicios no me corresponde a mí hacerlos, ¿quién soy yo para ello? El lector puede escuchar con los ojos al peregrino, si lee el libro…
 Es curioso que hallo en este obra muchísimos pasajes donde hechos, reflexiones, procesos de trato con Dios… me son conocidos: beben del Evangelio, de los Santos Padres… y conforman el acervo común cristiano de siglos y siglos de recto y verdadero saber de Dios y del hombre (mucho antes, también, por supuesto de la venida de Cristo y que son cristianos por humanos). Comprende uno que los caminos son muchos, que las veredas son tantas como personas. Es cierto que hay corredores conocidos, carreteras abiertas…, pero… Recordaba al hilo de este repetir, del uso de esa especie de rosario que usan los ortodoxos (por cierto es de lana, y yo lo ignoraba), unas palabras del Papa Benedicto en una larguísimas entrevista que le hicieron al comienzo de su pontificado y en la que hablaba… en un sentido muy parecido… del rezo del Santo Rosario… y que no llegué entonces a comprender del todo… Seguro que tengo nota tomada de ello, pero ahora quizá venga muy traído por los pelos, pero esta lectura pone luz en aquellas palabras del Papa sabio.
 Sí, recomiendo el libro… Es una curiosidad amable, didáctica, que medito con agrado: hay pasajes maravillosos sobre la oración, la confesión, el Evangelio…

 ¡Ah! Se me olvidaba: de la mano de este libro me encaminé a la Filocalia que también me ha ayudado… Como las cerezas, los libros llevan a libros, autores, etc. y siempre, al final, es posible que “nunca se sabe”… De los caminos del Señor ya se sabe… que no se sabe, lo escribo al lector por si acaso.

18 de julio de 2017

Misericordia quiero… (Mateo 9:10-13)

               
     
                                                                                                  A la tita, E. H. L.

                                                            
                      Si el lenguaje no es correcto, entonces 
                      no se dice lo que se quiere decir.

   Es frecuente escribir de temas que no son dominados absolutamente por el escritor: es mi caso. Abordo realidades temáticas sobre las que he de leer, reflexionar, contemplar… a veces mucho para después hacerme una idea e intentar transmitirla lo más clara y palmariamente posible. La posesión de esas realidades de pensamiento comportan siempre un peldaño que se asciende: a veces más de uno, a veces la ascensión no es firme y se desciende. Se suele dar este caso cuando los amigos -o menos amigos- objetan a lo escrito, comentan desajustes, extremos agudos y aún sin redondear debidamente.
   Una persona que me quiere y, por tanto, me corrige, siempre que hago afirmaciones de dos tipos, y que vienen a ser la misma: “Siento pena/lástima”, “Me da lástima…”. “¿Por qué dices eso?”, me recrimina. “No tiene por qué darte lástima ni pena…”. Y ese sentimiento -es decir, una emoción racionalizada- la percibo en mí como compasión, misericordia, como comprensión ante la desgracia ajena: el conocido que tuvo un accidente, el amigo que pierde un ser querido, el niño con diagnóstico fatal… Hay realidades que quiebran el corazón.
   Leo en la Wikipedia lo escrito sobre la misericordia y me parece que me ajusto a ella. Mi sentimiento quiere ser el de Jesús cuando ve a la viuda de Naím, aquella que solo tiene un hijo y que ha muerto; lo que atraviesa el corazón del Hijo de Dios cuando le dicen que su amigo Lázaro ha muerto, y llora; los apóstoles fueron a pescar durante toda la noche y no hicieron captura alguna…; el paralítico lleva 38 años junto a la fuente, mas no tiene quien le ayude… hominem non habeo… ¡¡Coge tu camilla y vete!!...
   Unos días hace, y ahora no lo encuentro, en una columna de EL MUNDO, uno de sus colaboradores, decía que la misericordia era una destilación de la soberbia. Sin duda, nuestro hombre confundía a sor Citroën con Chitty Chitty Bang Bang. Confundía la genuina misericordia con el desprecio del soberbio: jactancioso, fanfarrón, presumido, fatuo, presuntuoso…, ¡narcisista tantas veces!
    Hoy leo en la prensa de un señor llamado Pere Soler -nuevo jefe de los Mossos en Cataluña, y que Dios y él me perdonen, pues nunca oí hablar de prohombre tan significado- que afirmó algo así como: "Me dais pena todos los españoles". Sin duda nuestro prócer no comparte mi modo de compadecerme, pues yo intento asemejarme al de Cristo, dicho sea con toda humildad. No. Este señor cuando dice que los españoles le “damos pena”, si no me equivoco -y lo estoy aprendiendo para ustedes-, lo que quiere decir es que “nuestra condición de españoles y lo derivado de ello”, a él le produce una sensación que le lleva “a la pena”; estado, el nuestro, que pretende remediar dejándonos tirados en nuestra desgracia de españoles. Permítanme un símil: veo al samaritano de la parábola, ya atracado en el camino, y no puedo evitar expresar mi asombro: “¡¡Qué manta [de] ostias le han dado al payo!!”, pero ni me paro ni lo socorro. “¡Ahí se las den todas y a mamarla, a Parla!”, y me largo. Sin duda esto se dice desde una posición de notable solvencia, desde la altura de un caballo, y que el macho que lo monta sea un jefe. Pere Soler i Campins, abogado y con empleo durante años -muchos de nuestros políticos ni estudiaron ni tuvieron más empleo que “el partido”- piensa, insisto, que nuestra condición de españoles merece esta expresión y su mirada despreciativa, humillante, denigratoria, réproba… -sé de qué hablo personalmente porque lo he padecido no ha mucho y durante tiempo-. ¿Ha visto usted un leproso? ¿Ha visto las pústulas de un cáncer en un labio?... Las imágenes de Google nos acercan a ellas. Pere Soler i Campins va a caballo y despacha un veguero como los de Fidel.
   Sin duda Pere Soler es una pobre persona que quizá merece nuestra comprensión (“Si quieres saber quién es Juanillo, dale un carguillo”): definitivamente el quídam se nos ha venido arriba, como casi todo lo que pesa poco y flota. No sé si es merecedor de  nuestra compasión, pero por mí, se puede dar por perdonado.
   Llevo con resignación y estoica paciencia, y cariño, con mucho orgullo muchas veces, las pústulas de mi condición de español satisfecho y maltrecho: por un lado, de lo realizado por muchos españoles desde que pude tener sentido de mi condición; me enorgullezco, por poner un poner, de tantos y tantos escritores catalanes, y españoles, que me han hecho pasar amabilísimos ratos leyendo sus obras, desde los clásicos más antiguos hasta los clásicos más recientes -que lo serán mañana-. Me siento muy especialmente orgulloso, otro poner, de Gaudí y me admira su arquitectura y más aún su santidad: nunca olvidaré la Sagrada Familia en esa ciudad española y limpia que conocí hace muchos muchos años… llamada Barcelona ¡Qué maravilla! También es cierto, por otro lado, que me avergüenzo de otros en quienes confié y me defraudaron -moral y económicamente- como los Pujol, permita Dios que se haga justicia con ellos, y no hagamos lista que sería dar dos duros al pregonero.

   En fin, ya ven. La misericordia y la compasión no son exactamente la lástima y la pena (siempre que hay dos palabras vivas y en uso, pueden ser sinónimas, pero guardan matices que las alejan y diferencian), pero en algunos casos unas y otras se aproximan o se alejan dependiendo, como casi siempre, de la intención de quienes las usamos. Y como diría Pla, “sea todo esto dicho con perdón”. 

16 de julio de 2017

San Antonio Machado Ruiz, santo laico.



(Contra la educación física)

   Siempre he sido -habla Mairena a sus alumnos de Retórica- enemigo de lo que hoy llamamos, con expresión tan ambiciosa como absurda, educación física. Dejemos a un lado a los antiguos griegos, de cuyos gimnasios hablaremos otro día. Vengamos a lo de hoy. No hay que educar físicamente a nadie. Os lo dice un profesor de Gimnasia.
  Sabido es que Juan de Mairena era, oficialmente, profesor de Gimnasia, y que sus clases de Retórica, gratuitas y voluntarias, se daban al margen del programa oficial del Instituto en que prestaba sus servicios.
   Para crear hábitos saludables -añadía-, que nos acompañen toda la vida, no hay peor camino que el de la gimnasia y los deportes, que son ejercicios mecanizados, en cierto sentido abstractos, desintegrados, tanto de la vida animal como de la ciudadana. Aun suponiendo que estos ejercicios sean saludables -y es mucho suponer-, nunca han de sernos de gran provecho, porque no es fácil que nos acompañen sino durante algunos años de nuestra efímera existencia. Si lográsemos, en cambio, despertar en el niño el amor a la naturaleza, que se deleita en contemplada, o la curiosidad por ella, que se empeña en observada y conocerla, tendríamos más tarde hombres maduros y ancianos venerables, capaces de atravesar la sierra de Guadarrama en los días más crudos del invierno, ya por deseo de recrearse en el espectáculo de los pinos y de los montes, ya movidos por el afán científico de estudiar la estructura y composición de las piedras o de encontrar una nueva especie de lagartijas.
 Todo deporte, en cambio, es trabajo estéril, cuando no juego estúpido. Y esto se verá más claramente cuando una ola de ñoñez y de americanismo invada a nuestra vieja Europa.
  Se diría que Juan de Mairena había conocido a nuestro gran don Miguel de Unamuno, tan antideportivo, como nosotros lo conocemos: jam senior, sed cruda deo viridisque senectu; o que había visto al insigne Bolívar, cazando saltamontes a sus setenta años, con general asombro de las águilas, los buitres y los alcotanes de la cordillera carpetovetónica, juzgarlos, el papel que coincida con sus preocupaciones. Hay otros, en fin, que ya están, ya no están en la comedia, porque en ella entran o de ella salen a cada momento, por razones que sólo conoce el apuntador. De estos hay poco que esperar: ni dentro ni fuera del teatro parece que hayan de hacer cosa de provecho.


  Quien para muchos es san Antonio Machado Ruiz, santón laico, patrón de la poesía del siglo XX, también, como se ve en este texto suyo de su Juan de Mairena, tenía sus filias y sus fobias. Por lo que bien sé era más partidario del cigarro y el café, de los paseos serenos por el campo, amigo del mirar, que de eso otro que ahora se llama jogging, running, putting, gim…, pero que nadie se escandalice, también los santos laicos tenían sus pecadillos menores, insisto: sus manías y sus chocheras… ¡al fin y al cabo hombres fueron! Sea esto dicho con perdón.

14 de julio de 2017

Palabras para pensar, diccionarios para aprender


     Pensamos con palabras. Nombramos la realidad con ellas. La carencia de vocabulario nos impide expresar lo que deseamos. Ese “Lo sé, pero no sé cómo decirlo” es igual a “¡En realidad no lo sé!”. Te falta el léxico necesario para articular la realidad que crees conocer y se hace incomunicable porque, sencillamente, no está, no ha llegado a conformarse. El psiquiatra tiene más problemas con el enfermo que debe expresar su padecer que el traumatólogo a quien el enfermo le puede señalar un tobillo hinchado, por ejemplo, con perdón de la comparación gruesa.
      Hace muchos años, conté entre un grupo de profesores una anécdota que es real. Andaba yo por allá, donde se hablan otras lenguas poco evolucionadas (lenguas hechas con la frescura del campo, del mar y al calor del ganado). Unos niños la usaban. No entendía yo qué se decían. Mi reflexión ante la brevedad de esa lengua fue sentir pena. Si esos niños solo hablaran esa lengua, posiblemente muchas realidades quedarán fuera de su pensamiento y esto podría impedir partes amables de realidad felicitaria perdida para siempre. Hubo profesores que vivían de esa lengua que se enfadaron. A ver, la realidad es muy testaruda.
    La lengua en que hablamos nos condiciona. Su vocabulario, su léxico, sus significados, su conocimiento o su ignorancia ponen trabas o nos conducen… Si usted o yo habláramos en alemán o copto seríamos personas distintas, pues percibiríamos la realidad como es, pero al nombrarla de distinto modo esos matices nos condicionarían. La lengua es medio de comunicación con los demás y con nosotros mismos.
  ¡A donde voy! ¿Cómo se enseña el vocabulario en español en nuestras escuelas? Cenicienta de la enseñanza de la asignatura de Lengua es la llamada expresión oral: no se enseña a hablar, salvo las correcciones incidentales de los alumnos, ni se sabe cómo. El vocabulario que afecta al área toda, y al resto de las asignaturas, tampoco se enseña salvo las pocas palabras de los manuales y las que hay de otras asignaturas. Había, y supongo que habrá, sesudos estudios de las palabras que usan los niños en determinadas edades, qué palabras convendría que aprendieran, etc. ¿saben los maestros, y profesores en general, de qué estudios hablo? Me voy a Internet que de casi todo in-forma y ahí envío a quienes tengan interés (busquen en el Instituto Cervantes, la tesis del Dr. Moreno Ramos…).
     Es cierto que el vocabulario latente, o pasivo, siempre es mucho… Es cierto que el uso del diccionario no siempre es el modo de incorporar de modo automático, para quienes los ignoran, los significados y la existencia de palabros que, en ocasiones, se refieren a ámbitos alejados de la vida cotidiana, nuestros ámbitos propios de actuación, etc., pero me van a permitir que rompa una lanza en favor de esos diccionarios, pobres diccionarios, compilados con un trabajo extremo por personas de tenacidad e intereses altruistas que resultan admirables: Julio Casares, María Moliner, Corominas y Pascual, tantos y tantos lexicógrafos que han trabajado y trabajan para la RAE… Vocabularios de áreas de España recopilados a base de esfuerzos ímprobos y sudores muy particulares: el Vocabulario andaluz de Alcalá Venceslada -y barro para casa-, el vocabulario de panocho (que me robaron unos conocidos a quienes espero que les sirva para mucho y que no puedo citar a su autor por lo ya dicho -¿Pedro Lemus y Rubio, amigo de mi abuelo?-).

     Perdonen que, una vez más, me arrime a las causas perdidas y los trabajillos que me llevan a la quiebra, no más. La mano invisible de Hegel no será la que enseñe nuestro léxico a nuestros escolares y nuestros chicos. Si alguien espera que esto tenga remedio no sé sabe cómo ni cuándo…, que se dé ya por vencido. Hay que poner medios. Conviene enseñar a los niños que, en esos medios tan maravillosos, como son el teléfono que todo el santo día tienen en sus manos y las tablets y los ordenadores tiene acceso a maravillosos diccionario… Y ellos bien puede desecar sus ignorancias, como yo lo hago con las mías a diario, en esos diccionarios.

8 de julio de 2017

El orgullo de ser joven y católico

                

              ESCRIBO esto para jóvenes, digamos, entre los quince y los setenta y tres años, por lo menos, para hombres valientes de barba o lampiños y para chicas y mujeres que hacen temblar un imperio. Si no eres de estos, déjalo. Te asustarás y te producirá escándalo, quizá, tras tu sonrisita autosuficiente y sardónica.  
    Hace muchos años, cuando el actual rey de España era entonces príncipe, le preguntaron en una entrevista por qué era católico. La respuesta de ese joven de quien todos decían que estaba muy preparado me dejó atónito. Vino a contestar que lo era porque lo eran sus padres, algo así como por tradición familiar. Sin duda el preparado príncipe de España dijo lo que hubiera dicho cualquier español católico de su momento, sin ninguna preparación religiosa, en su caso: ¡una soberana memez!
   Ser católico no es una herencia genética que viene de papá y mamá, una tradición por la que en el día del santo del abuelito tomamos de postre pestiños o natillas, sino una elección divina, de cuyo sentido ignoramos su inicio y que espera una respuesta. Dios, porque le dio la gana, nos ha elegido a cada uno de nosotros para que seamos quienes somos y seamos santos. Dios mismo nos ha elegido, así, antes de la constitución del mundo. Por tanto nuestra creencia cristiana no es fruto del azar ni estaba escrita en las estrellas, como dijo otro preparado banquero español. Créeme, ¡no seas incrédulo!: lee despacito, medítalo en Isaías 43 y no dejes que la soberbia enturbie tu corazón…, pero eso sí: vente arriba de una vez por todas… ¡Cuando uno se sabe hijo del Dueño… a uno no le queda más remedio que venirse arriba para siempre! Eso sí, no lo olvides: aquí se viene a darlo todo.
   La vida es el perpetuum mobile. Ni para ni deja parar. Ese animal, racional, dependiente que es el hombre quiere equilibrio. En cuanto animal anhela el limbo: homeostasis, pero su dependencia de los demás, de su circunstancia, su anhelo de mejorar -él y cuanto le rodea- lo lanzan arriba, al riesgo, hacia lo mejor, hacia los demás. El perfeccionador perfeccionable no para, no debe parar. Dios empuja a todas las personas en sus almas: a todas; a unas de un modo a otras de otro, ¡pero a to-das! De cada uno depende la calidad y el sentido de la respuesta.
  Eso sí. Te lo cuento por experiencia, por si acaso. Quien te diga que esto es Jauja, es decir, la leche de bonito, no lo creas; quien te lo pinte de color luto… ya sabes, tampoco. Hay ratos en los que se está en bodas -como las de Canaán-, o en milagros -como los de los ciegos que vieron-, en ratos como el del huerto de los olivos -que se sudó sangre-… o como en el Gólgota… A veces corre el camino hacia arriba, pino, complejo (te lo cuenta con arte Quevedo en sus Sueños) o corre el camino cantarín y amable cuesta abajo… Sea como fuere el proceso hacia la santidad -solo Dios es santo, solo Dios santifica- es una lucha constante de amor contra la adversidad, contra un mundo que debe ser corredimido y se resiste, por el mal, a ello. Es la pugna por la santidad la vida de un caballero andante cuyo amor es el Amor. La gracia divina, invisible, inmutable, animante lleva hacia lo mejor de continuo, nos eleva aun contra nuestra resistencia a ello: “Imposible”, “de locos”, “pa morirme”…, te dirás. El hombre viejo tira y empuja hacia lo ramplón, lo romo, lo acomodaticio…: “vivir sin horario”, “dejarme arrastrar por lo que me gusta, me apetece, me…”. Cuando te digas “no tengo ganas”, “no me apetece” o frases semejantes… que se encienda siempre en tu interior una luz roja con un pitido estridente: “El avión entra en pérdida. Ojo que si no haces un picado… ¡Vas a tragar tierra! ¡¡Te vas a hinchar!!”.
  Hay un orgullo tóxico y nefasto, hijo de la soberbia. Quien lo tiene cree que se merece lo que posee y que el mérito es enteramente suyo. No se besa porque no se llega. Ese orgullo detestable nada tiene que ver con el orgullo, por ejemplo, de los hijos de Dios. Dios nos ha elegido como hijos, suyos. Ya te lo dije arriba. Y tú y yo y el Papa no tenemos mérito alguno por esa elección divina, pero no por eso vamos a dejar de sentirnos orgullosos de haber recibido esa condición, te repito: sin mérito por nuestra parte.
  Ante la incomprensión del ambiente, del aislamiento, ante la tentación de la soledad o el fracaso… Te digo que los hijos de Dios no trabajan nunca en vano, pero te lo voy a escribir en latín, que fue como yo lo aprendí y suena mucho mejor, es también del profeta Isaías: electi mei non laborabunt frustra: el trabajo de los hijos de Dios siempre dará fruto. Que no se te arrugue… el ombligo ante nada ni ante nadie al decir con la boca llena que eres cristiano, que vas a misa los domingos -e incluso algunos días entre semana-, que te confiesas, que rezas, que te sabes pecador, que lees el evangelio a diario un ratico… ¡no hace falta mucho rato! Lee el evangelio. No dejes de llevar ese libro por doquier: en la mochila del deporte o del instituto. En el autobús se puede leer. De él sacarás ideas y armas de ataque y defensa, brío y fuerza, escudo y espada, y agua viva que mana de la verdadera fuente que es Cristo -Camino, Verdad y Vida-. Cristo es el único y genuino modelo. Acércate como el joven rico al Señor -¡todos hemos sido jóvenes y ricos delante de Él alguna vez!- y dile que sí, que estás dispuesto a dejar lo poco o lo mucho que tienes por su Amor… ¡que no te arredre el hombre viejo!
   La belleza de lo complejo, la hermosura de lo imposible solo queda al alcance del magnánimo, de aquel que confía en Dios porque solo esa confianza y Su ayuda pueden sobrevivir y sobreabundar en un ambiente espiritual pútrido, fétido… ¡Ese es el torrente intravenoso del mundo donde hay que llevar a Dios sin temor alguno! Con santo orgullo: Duc in altum!

2 de julio de 2017

MADRID, ¿capital de la zafiedad homosexual?

Como no quiero perder el tren de los hechos y su actualidad… Empiezo ahora mismo a lo recién publicado…


Nunca he hablado con una persona homosexual. Quiero decir que nunca hablé con ninguna persona de esta condición, sobre esa homosexualidad. Nunca traté con ningún médico, psicólogo, psiquiatra… de este asunto. Nunca he hecho lecturas demasiado extensas ni intensas sobre la homosexualidad. Lo más cerca que he estado de este tipo de personas fue en la mili y ellos a sí mismos se llamaban “mariquitas”: eran unos pobres hombres -con una sola excepción- con los que se solían hacer gracietas chuscas y de mal gusto de las que ellos participaban con desparpajo y aceptación. Como este tipo de chanzas me parecían denigrantes para cuantos participaban en ellas nunca participé de ellas.

Estos días asistimos a la una reunión mundial de homosexuales en Madrid. Lo sigo con escaso interés y con resignación. Si es cierto que una imagen vale más que mil palabras, las imágenes que veo me parecen groseras y de una ordinariez y vulgaridad que dan asco. Entiendo, quiero entender, que todos los homosexuales no se pueden sentir representados por esas personas que la televisión filma. Medio desnudos, tan provocativos como humillantes, sin pudor alguno, en actitudes lujuriosas, ordinarias, soeces… Si ser homosexual se aproxima a lo que muestran las imágenes a las que me refiero y quienes salen en esas imágenes los representan, afirmo sin ningún respeto, porque no lo merecen, que son una atajo de zafios, una tribu de patanes, más bastos que un serón de pleita. Sin sensibilidad, sin gusto estético, sin pudor, casposos, sin modestia, sin elegancia… ¡de vomitar, vamos! Ni Izaguirre ni el hijo de Pajares dijeron nada que cambiará el tono: reivindicación y fiesta, perfecto, ¿incluido lo antedicho: la grosería, la impertinencia, la chulería de lo marginal y lo cochambroso…?

A lo mejor lo que escribo es de una incorrección política desusada, pero la verdad no la incluye necesariamente y lo que digo tiene un grado de evidencia innegable.

Permítanme. Vamos a partir del origen que tiene esta exhibición arrogante. Se trata de hacer una demostración del supuesto orgullo que esas personas homosexuales sienten y desean comunicar por su condición de tales. ¿Por qué lo comunican de ese modo tan ordinario? ¿Ser homosexual es eso? Los irlandeses sojuzgados por los ingleses, los negros, los judíos, los gitanos, los cristianos son perseguidos… Son minorías mayores o menores, según y dónde, con distintos problemas, personas mejor o peor aceptadas, más o menos incluidas en los procesos sociales ordinarios… ¿Sería imaginable que una minoría, la que fuere, para reclamar la atención hicieran una cabalgata o un desfile o como se llame esa procaz procesión de individuos, algunos semidesnudos, acariciándose, besándose, etc. fuera de todo decoro y sin el más mínimo sentido cívico de respeto a quienes no tenemos por qué asumir su pésima educación y su supuesto orgullo y sus carencias o sobreabundancias?

Si triste me parecía lo que hacían los mariquitas en la mili, nauseabundo me parece que siempre, en la noticias, tras lo que dicen de estas personas, de su concentración en Madrid, etc. se añade de inmediato un cálculo los beneficios económicos que reportan, es decir: también la condición de homosexual pasa por la caja (y justifica los días de cierto libertinaje y desenfreno que padecemos todos); vaya lo uno por lo otro, parecen decirnos.


Insisto que, sin ningún respeto, porque no lo merece y a la vista está: si ser homosexual es lo que transmiten por la televisión de esas tropas en sus procesiones del orgullo gay, servidor ni lo comprende ni lo comparte y siente repugnancia, desagrado y rechazo. Seguro que ser homosexual es algo más profundo, más complejo… y por poner un poner remito al lector a la poesía de Vicente Aleixandre, premio Nobel español de literatura y homosexual, porque como diría Baroja, lo marqués no quita lo valiente.

DE TODO UN POCO, con perdón.



Me insisten en que trate en el blog asuntos que siendo de cierta incumbencia política, es decir, de la polis y de todos, por tanto. No me importa. Lo he hecho en otras ocasiones y tuve el proyecto, que se truncó, de aquel libro que saldría aquí por capítulos y que de esto, de algún modo trataba: lo que la vida trae y lleva…

Empiezo… hoy y ya veremos dónde se llega. Espero tratar los temas con sensatez y equilibrio, y hasta donde el conocimiento me llegue.


Feliz verano…