31 de agosto de 2012

LA SABIDURÍA DEL PADRE BROWN, G.K. Chesterton


          Me recomienda el libro un amigo y lo compré sin mirar las críticas. Mi amigo se ha equivocado, me dice. Lo siente. Van dos seguidos entre los últimos. No es norma de la casa, es más: es anormal. “Será el calor”, me digo no sin cierta resignación por hallar justificación a tanto error.
         Adquirí confiado el libro porque su autor siempre me resultó una persona de vida y obra atractiva. Leí una biografía suya que me gustó mucho: Luis Ignacio Seco, Chesterton. Un escritor para todos los tiempos. Recuerdo ese libro con agrado. Había leído, hace muchos años, El hombre que fue jueves, El hombre que sabía demasiado y El candor del Padre Brown. El curita católico e investigador criminalista me resultaba atractivo desde que –olvidé cuándo- ponían en televisión, siendo yo un niño. Mi última relación con el mundo de G. K. Chesterton se debió a un trabajo realizado sobre la novela policíaca que hice siendo estudiante de doctorado y estudié algunos de los cuentos del autor inglés.
         Dicho todo esto y ya en concreto sobre el libro diré que me ha parecido excelentemente editado, pero los cuentos incluidos en él, pues de eso se trata, el libro lo componen doce cuentos no son exactamente de mi agrado. Ciertamente que cumplen con los presupuestos que se inauguran con Los crímenes de la Rue Morgué para la novela policial, según Poe. El investigador no es un forzudo policía, ni un investigador marginal, ni una especie mezclada entre ser humano e inhumano… No. El investigador es un curita católico que, al igual que Sherlock Holmes y tantos otros policías, deduce a partir de lo que observa quién es el rufián, el ladrón, el asesino y explica con todo lujo de detalles cómo se ha llevado a término el suceso criminal. En la selección que Bioy Casares y Borges hicieron sobre Los mejores cuentos policiales incluyeron alguno del Padre Brown, pero olvidé cuál.
         Los cuentos seleccionados bajo este título se me antojan excesivamente sofisticados. Lo que sucede me parece intrascendente y trivial y será a partir de ahí que el Padre Brown y su amigo Flambeau, antiguo delincuente y expolicía, realizan unas investigaciones con un alcance inaudito. Flambeau actúa siempre como un mero comparsa que presencia, alienta, escucha, las deducciones de su amigo el cura católico. He tenido la sensación al leer las historias de que estaban montadas sobre unas obritas de relojería lógica que, cubiertas con la buena pluma de Chesterton y acompañadas del ambiente inglés, daban pie a historias, insisto, para mí rocambolescas e incluso de difícil comprensión si la lectura no era muy viva, atenta y concentrada.

27 de agosto de 2012

HIJOS DEL MIEDO, Trevor Shane



         Me temo que hay momentos en los que un ávido lector joven piensa que irá apurado, pero le dará tiempo de leer cuanto le interesa, cuanto le gustaría en su vida, incluso aquello que se supone que todo excelente lector debe leer: debiera de leer (?), insisto. Cuando eso me ocurría, me extrañaba al leer críticas de libros en las que quien comentaba decía lo flojo o lo mala que era la obra: “¿Por qué lo ha leído entonces? –me preguntaba- ¿Por qué lo ha continuado hasta el final? ¡Con la de libros buenos que hay por leer y este payo se entretiene en los chuchos que le ladran en el camino!”. Me va a permitir que yo no explique con detalle por qué leí este libro que participa de lleno en esta última proposición.
         Escrito a modo de diario-carta, Joe, un soldado-asesino de vida solitaria, que se tiene por un buen hombre (?). Sin culpa por su parte, por una herencia recibida, por ser hijo de quien es, este joven se ve inmiscuido en una Guerra entre buenos y malos (?), que él parece no haber ni elegido ni elegir (?), una Guerra que no afecta a todo el común de los mortales, sino a esos dos bandos. Los buenos fueron esclavizados en la noche de no se sabe qué tiempos por los malos hasta que lograron emanciparse, pero los malos esclavizaron a otros pueblos que los buenos liberaron y de ahí surgió la Guerra. Esta Guerra soterrada se da en un mundo actual, entre esos buenos y esos otros malos que se asesinan entre sí y asesinan a sus familiares (todos afectados por haber nacido en un bando u otro). El odio es el motor de sus crímenes. Tanto los buenos como los malos tienen unas reglas en la Guerra que se supone que cumplen, aunque el tal Joe, sin ser una excepción, las conculca todas desde el primer momento porque tiene la capacidad de pensar (?). Joe se tiene y se dice “un buen hombre”. Un asesino, pero, insisto, buen hombre porque se supone que tiene una causa que no tiene clara. Mata por odio y siguiendo la antiquísima ley del talión: Tú matas a mi hermano y yo pelo a tu padre, a tu hermana y a tu abuela. De pronto, al cruzarse por la calle con una chica, se enamora perdidamente de ella y decide que quiere cambiar de vida. Ella queda embarazada no teniendo 18 años y por esta causa (es uno de los mandamientos que se deben cumplir) el hijo que nacerá de ella será entregado a los malos, formará parte del otro bando. Perseguido por los malos y protegido por los buenos con la esperanza de recuperarlo, Joe no se resigna a entregar a su hijo y su mejor amigo, Jared, otro supuesto buena persona del supuesto bando bueno, lo mata. El hijo tenido con Maria –así escrito- es llevado por los buenos para que los malos lo conviertan en un asesino del bando de los malos. Su madre le escribe a su hijo una carta en la que le asegura que irá a buscarlo y así el autor nos amenaza con una segunda parte (el editor ya nos vaticina tres entregas).
         La obra toda es un artefacto de una simplicidad pueril. Un guión fácilmente adaptable a una película de serie B: con muchos tiros, muchas huidas, con sangre y heridas que curan sin el bálsamo siquiera de Fierabrás, con contrastes de tensión máxima y descripciones de situaciones lentísimas y momentos de saltos en el tiempo y en la realidad incomprensibles. Desde el punto de vista formal podríamos decir que utiliza la técnica del folletón, dejando caer migajitas de pan que promueven en el lector la curiosidad y, por tanto, el afán de seguir con la lectura. El lector mínimamente culto hallará junto a la realidad de corte realista situada en tiempos actuales, que el autor describe, un sinnúmero de realidades incomprensibles, increíbles, a la luz de esa realidad en la que se mueven los personajes y la trama. El autor, digamos, juega con dos barajas y así entra y sale de su mundo de fantasía y ficción y cartón piedra para sacar y usar la carta de la realidad más cruda y vil de un mundo sin entrañas cargado de realismo atenazador.
         La inconsistencia de la trama, dicho sea con perdón, da grima; mas, insisto, esta novela tiene todos los subproductos, los ingredientes, los mejunjes y los aditivos necesarios para hacer de este folletón, tal y como plasma su editor en la portada, un genuino BEST SELLER. Ojo: todo best seller no tiene por qué ser una mala obra  ni toda mala obra un best seller. Sí afirmo que toda novela que aspire a esa condición debe contener unos temas, resortes técnicos, entramados, etc. que le den las posibilidades de alcanzar esta meta: ser de liviana lectura y ligero de equipaje teórico, cierto barniz culturalista (ahora filosófico-religioso-teológico-ascético-místico-enigmático-mistérico-y-no-sé-qué-más), violento (con una violencia de maquinita de juegos y asesinados en pantalla y de mentirijilla), ejercicios sexuales al alcance de cualquier conciencia sin conciencia o conciencia relativista e inmoral o amoral.   
         En la novela para el lector y los personajes –presumo que tampoco para el autor- el bien y el mal están tan claros que no se sabe qué son. Sí es cierto que son relativos, pues los de un bando y otro creen ser los buenos, es decir: por ser relativos, da igual estar en un bando u otro. Eso se lo deben al destino, por tanto los personajes no son ni libres ni responsables ni sus vidas son propiamente humanas y dignas, pero a estas alturas del comentario, digamos, ¿eso qué más da?
         Algunas veces los personajes se preguntan: ¿Cuántos son los buenos? y ¿cuántos son los malos? Se ignora: nadie lo sabe. La Guerra se supone que acabará alguna vez, pero se ignora cuándo. Un elemento más de la novela que queda en la irracional tierra de la fértil imaginación del autor, que opta no atarse.
         El origen de la lucha a muerte entre los buenos y los malos es el cuento de blancanitos y los siete enanieves. Las historias de sus pueblos, la esclavitud, su liberación, etc. no es eco de nada, pues no creo que nadie se le ocurra hablar del pueblo judío a estas alturas de la novela.
         En dos ocasiones el autor afirma que Joe rezó y también en otra Maria, ¿a qué? ¿o incluso fue a un quién? No hay ningún Dios en la novela. Los dioses son una especie de superestructura que mueve la noluntad de unas personas que solo tienen la apariencia de tales.
         Salvo causa mayor, conmigo que no cuenten para la segunda entrega.

20 de agosto de 2012

EL PASEO, Robert Walser



         No recuerdo cómo me hice con este cuento o esta novela, quizá me la envío Blumm (La manía de leer) o me habló de él. Lo olvidé.
         En principio la breve narración desarrolla el paseo de un escritor que va camino de la casa de una vecina que, supuestamente, vive muy cerca, donde irá a almorzar; aunque el paseo que nos describe minuciosamente se nos hace largo y lento por las innumerables descripciones de las realidades que el poeta halla a su paso. De pronto, sin explicación alguna, la descripción es secuestrada y todo se volatiliza al ser inundado el poeta por el Bien y presenta una imagen absolutamente subjetiva. Vuelve de nuevo al tono dejado atrás y termina el paseo al anochecer.
         Walser me es desconocido. Nada hasta hoy había leído de él. ¿Son como esta todas sus obras? Lo ignoro. Al principio, por el tono de la narración, pensé que daba la impresión de un remedo burlesco de algo o de alguien, del mundo o de él mismo que se mira y contempla la realidad con una ironía distanciadora entre piruetas lingüísticas, léxicas, sintácticas… Todo parece mezclarse al paso del poeta: lo ordinario, lo extraordinario, la Literatura, la Arquitectura, la Filosofía… en un discurrir de la conciencia por el que todo pasa y de paso va, pues pronto se agota y es sustituido por otra impresión, otra idea, otro pensamiento, otra deducción, real o no, imaginada e imaginable…
         Toda la obra es una sucesión de circunloquios ridículos, pedantes: acumulación de adjetivos, largas oraciones subordinadas de subordinadas que si es cierto que cansan al inicio, generan después una especie de cadencia, de tono que embriaga y envuelve en una atmósfera que no sabría en qué otros autores situar. Me parece extremo este estilo, pero quizá me recordase al Werther de Goethe o algún ruso del XIX, aunque no con la densidad que hallé en Walser.
         Es curioso que el autor no tenga empeño alguno por hacer creíble su relato. Narrado en primera persona, quienes dialogan con el pobre poeta sin éxito, como le dice el bancario, utilizarán su mismo relamido lenguaje cuajado de perífrasis, comparaciones, acumulación de adjetivos (llama la atención que hay muchos colores y formas, más escasean las percepciones por otros sentidos).
         Si arriba hablé de una especie de arrebato místico que vive el poeta en su camino, no menos explicable es su encuentro con Tomzack ¿Quién es este gigante Tomzack con quien se tropieza en el camino? ¿Qué representa? Lo ignoro. Bien está en que una casa le recuerde a tal o cual escritor o pintor, que tal persona con la que se cruza le traiga a su presente un personaje de una novela o el título de una obra (La gitanilla de las Ejemplares de Cervantes, por ejemplo), no es extraño que hable con un perro que halla tumbado en una acera…, ¿pero quien es el gigante Tomzack? No tiene especial importancia en el desarrollo de la narración, pues se trata de un personaje más de los muchos con lo que se encuentra el poeta que, por cierto, no tiene nombre: ninguno de sus interlocutores lo nombra.
         He pasado un rato amable, entretenido, con este dulce -para mi paladar empalagoso-, pero no despreciable.

18 de agosto de 2012

LA AVENTURA DEL ORDEN, Miguel d’Ors (y II)


    Me gustaría destacar como rasgo de esta obra una realidad propia, que atribuyo, al profesor d’Ors. Una crítica escolar, propia del comentario de texto, detallada, anotadísima, contada, trabajo de campo necesario, para mí ineludible, explícito y manifiesto y tácito u oculto, pero que todo comentador responsable debe hacer. Este trabajo previo, minucioso, prudente será el que se deje manifestar entre los renglones de certeros comentarios no ya del escolar, el profesor universitario, sino de quien sabe de versos y sus tracerías, de quien sabe cómo buscar la belleza entre figuras y sintagmas, entre palabras y ritmos. Excelente equilibrio. Necesario. Esclarecedor. Didáctico. Sin alharacas, sin piruetas pintureras que quien suscribe leyó entre otras voces y en otros ámbitos y no pasan de ser melcocha y cohetería de colorín.
         El profesor tiende a la sistematización, de ahí el título de la obra, insisto. Su minucioso modo de rastrear en los poemas da cuenta y razón de cómo se trenza y enlazan indisolubles, pero distintos, forma y temas, íntimamente relacionados, indisolublemente unidos… ¡lo diga quien lo diga! Es así el modo de hallar los tópicos propios de cada poeta, de las tendencias…
         Al hilo de la poesía de Antonio Colinas, allá por la página 90, afirma d’Ors: “para escribir auténtica poesía –aún la de tipo jocoso- no hay más métodos que trabajar con rigor, pues la ligereza sólo puede producir ocurrencias o chapuzas”. Muy distantes, pero me acordé de libro de José Antonio Marina y su Elogio y refutación del ingenio donde se deja razón de las tomaduras de pelo de tanto Genio genial, de tanto Artista artístico, de tanto Ingenio ingenioso y de tanta tomadura de coleta, de pelo, de tiempo y de cartera. Para hacer auténtica crítica, para comentar en serio un poema, no sobra el ingenio, pero no es suficiente, porque es necesario tomar nota.
         No cabe duda de que “Las doctrinas por sí mismas no constituyen valores estéticos, aunque pueden sin duda llegar a provocarlos” (p. 157). Comentario aparte merecería la crítica que hace d’Ors a la obra y la tendencia poética que sigue García Montero. (De leerla mi colega el profesor Tapia la calificaría, irónicamente, como medio “para hacer amigos”). Antes de seguir, de la cruz a la raya, suscribo todo cuanto afirma d’Ors de la poesía y el sustrato ideológico que la pretende sustentar.
         La poesía de García Montero, explica d’Ors, desde un punto de vista ideológico, nace de la estela de Juan Carlos Rodríguez -¡brillante y esforzadísimo profesor de la Facultad de Filología de la Universidad de Granada! ¡Doy fe!-. J. C. R. es seguidor de Althusser por la vía de Marx, Karl. García Montero junto a Álvaro Salvador, profesor también de la citada Facultad, conforman una corriente poética llamada la “nueva sentimentalidad”. Lejos de casa y de mis libros no puedo dar detalle cabal de las polémicas suscitadas –y leídas en su momento- en la prensa con este motivo, mas concluye d’Ors, refiriéndose a esta corriente estética que “viene ejerciendo una poderosísima influencia en el aparato cultural granadino”. Y yo, ignorante, sigo preguntándome ¿por qué? ¿Por qué hay determinadas camarillas, grupúsculos, formados por eruditos más o menos a la violenta, al bermejo o al azulón, que terminan por dominar determinados ámbitos culturales y no dejan paso? Sin duda intelectual, inteligente, culto, etc. es antitético con esta actitud: sin duda detrás hay intereses partidarios, económicos, ideológicos, memos y bastardos.
          ¿Cómo caracterizar la llamada “nueva (o la otra) sensibilidad”? Para sus miembros “la poesía, que hasta ahora  se habría venido entendiendo como una manifestación directa de la afectividad y la experiencia vital del poeta, debe ya despojarse de su sentido ‘confesional’, inevitablemente ideológico, para convertirse en una construcción verbal que, determinada únicamente por criterios técnicos, utilice lúcidamente, los sentimientos y lo autobiográfico como medios de desvelar  y plasmar la lucha ideológica. Tesis no muy alejada, creo, del ‘distanciamiento’ brechtiano” (p. 156)
         Recuerda d’Ors que los buenos libros de poesía se escriben con buenos versos y no con buenos propósitos, siendo por razones intrínsecas de orden lingüístico un buen verso y no por las razonables doctrinas que lo podrían motivar.
         Evoco siempre en este sentido un artículo de Juan Goytisolo –¿El último vagón?- en el que contaba su experiencia como novelista social en los 50, en el que venía a decir que no lograron mover a la sociedad ni escribir buenas novelas, que fue lo peor. De lo mismo y otro tanto se quejaba Blas de Otero y cómo los obreros no leían su poesía ni la de Celaya…, pero no quiero perderme en disquisiciones que penden de otras arboledas. 
         Termino. Es curioso, y razonable que así sea, que d’Ors en los últimos párrafos anime a los poetas a seguir con su creación y les augure un futuro poético razonable, amable, esperanzador. Ninguno es alentado a dejar los versos por otros caminos creativos. 



15 de agosto de 2012

LA AVENTURA DEL ORDEN, Miguel d’Ors (I)


      
          Tercera entrada seguida de tres libros del poeta y profesor Miguel d’Ors. Se trata en este caso, La aventura del orden, de una entrada que da cuenta y razón de una obra impropiamente poética, pues de poesía habla –y yo diría que la recrea-. La aventura del orden es el afán propio del profesor y el estudioso que querría poner en claro, posiblemente para sí y para sus alumnos, qué es de la poesía de los últimos años, que está siendo, quiénes somos y qué estamos haciendo.
         Quien sea seguidor habitual de este blog quizá se extrañe de este aparente empacho poético de servidor. No se trata de esta afección, sino de un amable paseo por espacios extraños y regenerativos. Acercarme a la Poesía es crecer entre la belleza que aportan las palabras con mimo elegidas.
         Declaro y me reconozco lego en la materia. La poesía es para mí terra ignota. Leí a los poetas clásicos de forma discontinua; he comentado innumerables veces muchos de esos poemas, mas la poesía última está lejos de mis intereses inmediatos. ¿Por qué entonces la lectura de este libro de Miguel d’Ors? Por dos motivos, para acercarme a una realidad que desconozco y a la que puedo dedicarle unas horas este verano; segundo motivo: leer las críticas de d’Ors es un modo de aprender modos de mirar y de decir, maneras de ciertas y seguras de allegarse a la Poesía y eso siempre lo necesito.  
         Sé que es lugar concurrido e idea manida, pero entiendo que ajustada a la realidad: no es fácil distinguir las voces de los ecos entre los poetas que d’Ors seleccionó y comentó a través de sus libros en esta obra de 1998. El tiempo es implacable. La realidad tozuda. Muchos de estos poetas aquí comentados pasarán a los manuales y serán cientos de avatares y circunstancias las que así lo determinen; otros seguirán siendo poetas para círculos muy reducidos de personas: conocidos apenas, mas tan poetas como los otros, tan creadores como los otros, y los habrá mejores y los habrá peores que entre los conocidos. Añado: ¿quiénes se encuentran en el libro de d’Ors? Cualquiera comprende que se hallan en él los poetas de quienes tuvo noticias porque le llegaron sus libros, sus creaciones… ¿Hay más? Obvio. Me pregunto por ejemplo, con perdón, la ignorancia es impertinente a veces, ¿dónde está mi amigo Carmelo Guillén de quien nada se dice en este libro y es poeta, entiendo, de obra consolidada y reconocida?
         Entre los libros que comenta d’Ors hallo obras de profesores que lo fueron míos en la Facultad de Filología de Granada, Álvaro Salvador, Federico Bermúdez o allí supe de ellos, Vicente Sabido, siendo todos compañeros suyos de claustro. Otros poetas aquí estudiados son absolutamente desconocidos para mí: nunca oí de ellos. Algunos son nombres para mí conocidos y algunos poemas o libros suyos leídos: Víctor Botas, Antonio Colinas, Eloy Sánchez Rosillo, Andrés Trapiello, el propio d’Ors.
         Digamos que d’Ors arranca de los poetas novísimos de quien nos habló Castellet, pero que no editaron antes de los 70 y que por tanto se distancian de los presupuestos de la primera hora y hornada. Quizá el rasgo más sobresaliente sea la rehumanización: la poesía se acerca al calor de lo propiamente humano y el poeta se manifiesta por sí o por sus prójimos –testaferros o no- a la animalidad de la racionalidad, a la racionalidad de la animalidad y en ellas a la relación, a la interdependencia entre seres humanos.
         Hay sin duda un discurso ordenancista en la intención de d’Ors: quiere situar a los poetas en grupos para que el lector pueda mejor situarse y situarlos. Así habla de una segunda promoción de poetas, nacidos entre 1939 y 1953 y que, como escribo, siendo propiamente encuadrables en la generación novísima no publican antes de los 70 y tienen rasgos que los distingues de los primeros novísimos: son más intimistas (P.J. de la Peña), “poesía de la experiencia” (E. Molina Campos), “poesía figurativa” (J. L. García Martín) o como el propio d’Ors explica en su libro En busca del público perdido. Aproximación a la última poesía española joven (1975-1993) donde habla de una poesía “que retorna a un sentido clásico, a un equilibrio entre esmero formal y contenido humano, a un concepción de la tradición como único punto de apoyo válido para cualquier nueva aportación”. (102) Entre estos se encuentra: Juan Luis Panero, Justo Jorge Padrón, Javier Salvago, Eloy Sánchez Rosillo, Fernando Ortiz, Víctor Botas, etc.- (ahí pueden verse algunos de los rasgos señalados por d’Ors para este grupo).