Paso unos días donde no ha
mucho, dicen, era el paraíso de la caza y el cazador en España. El sol muy
tibio y tímido del amanecer da una larga colleja al caminante. El vientecillo hace
amable el camino. Un par de urracas cruzan, de derecha a izquierda de un olivar
hacia un viñedo (“Albricias…” habría dicho Rui Díaz de Vivar); su ruidoso y
gárrulo graznido pone aspereza al momento. El polvo cubre el camino: rodadas de
coches, tractores, bicicletas, suelas de zapatillas deportivas y botas de
campo. Las cunetas están rebosantes de hierbas resecas. El caminante recuerda
otros paseos por lugares semejantes. Unos jilgueros cantores juegan a
perseguirse unos a otros. Se posan en los cardos secos y de inmediato levantan
el vuelo: se asustan del caminante. Si los jilgueros callan, el campo, como en el
poema, se queda mudo, silente.
Y todo el campo un momento
se queda, mudo y sombrío,
meditando.
se queda, mudo y sombrío,
meditando.
El contraste entre los
perdidos pajizos de los rastrojos y las barbecheras y el vivo verde de las vides
es llamativo. Cultivos de almendros, olivares, más rastrojos de trigo. Un
majoleto tozudo y polvoriento sobrevive junto al camino. Una tórtola europea,
tan poco común, solitaria, cruza a no más de dos metros del suelo y se pierde,
filigrana pura sobre el aire, en un olivar. Carrascas y encinas delimitan
campos más y más campos rojizos a medida que la luz va venciendo al amanecer
tenue, y el sol se eleva. Majestuosas, serias, las encinas, ¡qué porte más
hermoso! miran con indiferencia aristocrática al caminante. Tienen la graveza
castellana que se les atribuía por Europa a los diplomáticos españoles en la
época de los primeros Austrias. Nada, no se oye nada, los jilgueros se
perdieron y ya no hay ni un canto en el campo. Una perforadora junto a un
cortijo en la falda de la sierra busca agua. A tramos del camino, unas
hormigas, cruzan el carril polvoriento. Siempre deprisa ellas, en fila, con
unánime espíritu de trabajo, colaboran llevando esos volúmenes tremendos: cada
cual el suyo, el que puede…, cada una a lo suyo que es el de todo el
hormiguero. El caminante las observa durante un rato. Ellas tienen prisa. El
caminante no la tiene. Recuerda el caminante un texto de Azorín donde el
escritor de Monóvar hace relato de escena semejante. El caminante ya olvidó
cuándo y dónde leyó ese texto. También por estas tierras paseó Azorín, José
Martínez Ruiz, poeta del vivir demorado, del tiempo que vuelve porque, según
él, “vivir es ver volver”. Amanece rotundo el día: con el Sol no hay quien
pueda. Ahí está un día más. Al caminante ahora sí le chorrea por el cogote un
hilillo de sudor que nota espalda abajo. Silencio. Un motor, un coche envuelto
en polvo rojo dobla una curva. Al caminante le viene de cara. El conductor, por
todo saludo, levanta la cabeza. Por unos momentos queda envuelto el caminante
en el polvo que el coche le dejó de herencia transitoria. Cinco torcaces vuelan
de la campiña a la sierra. Van altísimas. El carril continúa sin una pisada de
liebre ni de perdiz ni de conejo, nada de nada, kilómetro tras kilómetro.
¿Adónde el camino irá?
A la izquierda, lejos, donde
un gran rastrojo se encuentra con el monte, se oye un tiro. Un tiro solitario y
vergonzante. Seguro que fue a un conejo. A un pobre conejo que salvó las amenazantes
enfermedades. Quizá no sepan ni él ni quien disparó que se trata de un último
tiro, un tiro de gracia a la caza, que en paz descanse.
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