11 de abril de 2011

Unamuno, cero tres. Maestros ineptos y aburguesados.

    Suele ocurrir con frecuencia que, en general, nos quejamos de los maestros que tuvimos, de la escuela a la que asistimos, del instituto que nos maleó, de la Universidad que castró los afanes infinitos de sabiduría a la que aspiraba nuestra inteligencia. La incuria del profesorado, su ineptitud, su vagancia, sus métodos anquilosados, sus programas trasnochados… son convictos. Don Miguel de Unamuno no podía ser menos. Muchas veces me pregunté qué había tras estas quejas reiteradas sobre el mismo tema de mil biografiados leídos, así al salto: Costa, Azorín, Unamuno, Maeztu, Baroja, Ortega, Cela… Mi tesis es muy simple: en muchos casos se desea mostrar cuan capaces somos cuando, tras sufrir semejantes desgracias, aprendimos a leer, recitar, multiplicar e incluso hemos llegado, ¡no me beso porque no me llego!, hasta este pináculo del saber que ocupamos… Es una hipótesis. La soberbia está tras muchas de nuestras acciones y omisiones.
    Vaya por delante que no creo en la vocación profesional concreta. Tampoco en la de profesores, médicos, enfermeros… etcétera, sean las que fueren. Unamuno llega a la enseñanza porque es el cauce más inmediato para poder obtener los medios necesarios para casarse. Hay más institutos que bibliotecas, hay más profesores que bibliotecarios, pongo como ejemplo; aunque intentó ser bibliotecario.
    Terminados sus estudios, siempre en la escuela laica, Unamuno comienza la preparación de oposiciones. No queda recogido en el libro y mi fuente, salvo error, es don Alfonso Sancho. Va el joven Unamuno por un sinfín de lugares de la geografía española con el afán de opositar y una vez tras otra es suspendido y puesto de patas en la calle. Él se queja de la ignorancia que halla en los tribunales: gentes que desconocen qué se piensa en Europa, qué se investiga más allá de los Pirineos… y aquí viene don Alfonso, más o menos: una vez expuesto el tema, generalmente con brillantez, solía decir Unamuno –y no me extraña- “Y yo Miguel de Unamuno digo…” y le arreglaba la planilla a Hegel, a Aristóteles o al Lucero del Alba, lo que daba buen pie al tribunal para patearle el culo y ponerlo de patas camino de su Bilbao… Insolencias en su casa, caballero.
    Tiene nuestro hombre 21 años y entra en el fuego real de las aulas y de la enseñanza de los colegios de Bilbao. Percibo dos realidades continuas en los comentarios que hace desde este momento sobre la enseñanza, la formación, la escuela, la Universidad, etc. La primera, la culpa la tienen los maestros, sean del grado y nivel que sean; la segunda, tiende Unamuno a generalizar (¿¡Qué sabe él a sus 21 años de todos los maestros de todos…!? Hiperbólico bilbaíno). Escribe:

Estoy sufriendo horriblemente entre esta miseria por no poder gritar y desenmascarar a estos miserables calabacines [se refiere a los profesores]. Si se penetrara en el fondo de la enseñanza pública y oficial en España, está entregada toda ella a espíritus cobardes y encogidos, gentes vulgares y rutinarias, cuya vida es vegetar, molleras vacías.

    Indignado por el quehacer de un colega de latín al que califica de «ignorante, bárbaro y estúpido», explica que hace aprender de memoria a sus alumnos listas enteras de verbos irregulares y a aquel que se equivoca lo castiga violentamente con una vara y no entiende cómo el Estado paga a semejantes profesores: «domines antiguos orgullosos y majaderos, discípulos de Hermosilla, la cabeza más huera y rutinaria que ha existido en España».
    Un folio por hoy y termina la clase. Otro día más sobre la enseñanza…

5 comentarios:

  1. Por lo poco que llevo, creo que el maestro no es el mismo cada año. Cambian tanto sus circunstancias, los palos de alumnos, directivos y compañeros que merman el ímpetu y pasión de los primeros años. Eso sí, cada curso se renuevan.
    No dejo de preguntarme por esos compañeros que veo ahora, apagadillos, acoplados, etc ¿serían antes como yo? ¿terminaré yo siendo como ellos?

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  2. En las viejas escuelas presocráticas se habla del examen de conciencia como herramienta necesaria en toda ascética que posibilita la mejora. Si sabes quién eres, si salvas tu circunstancia, si tu afán está en cumplir la definición del hombre que hace Polo, "el perfeccionador perfeccionable"... Serás viejo, tendrás mucha experiencia, quizá no haya tanto movimiento, pero tus clases y tu labor serán excelentes porque tú habrás mejorado y la ilusión, "la víspera del gozo"... seguirá intacta. Adelante, sin temor, sin miedo.

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  3. "... y esta eterna inquietud, que no se apaga."
    que diría el poeta.

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  4. A mi también me han pasado pensamientos como los tuyos por la cabeza, Sergio. Pero lo mismo que he visto esos apagadillos, he visto otros (los menos) que siguen con ese espíritu que creo que tenemos cuando empezamos. Y yo me apunto a ese carro. Un saludo.

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