23 de junio de 2026

582-Brown, Peter, AGUSTÍN DE HIPONA. UNA BIOGRAFÍA

 




Libro largo y denso. Reconozco que me echan para atrás estas obras tan extensas, sean ensayos, biografías…, pero las biografías notorias suelen ser extensas. Las novelas de muchas páginas extensas son más llevaderas, pero tampoco son de mi agrado, como las series con muchas temporadas y muchos capítulos en cada una; me siento obligado, atado, y eso me desagrada.

Me enrolé en la lectura de esta obra, regalo de un amigo. Me atrajeron los comentarios que sobre ella leí y me lancé. Cierto que poco precavido porque uno no siempre sabe a qué se expone y qué hallará en estas travesías. Poco a poco comprendí que me faltaban conocimientos detallados sobre lo que se ha de entender del paso del Mundo a la Edad Media. Es ahí donde nos encontramos con san Agustín y los problemas con que confronta.

Pienso si no hubiera sido mejor empezar a leer, primero, el epílogo y después, haberme ido a la introducción. El epílogo muy largo es muy clarificador y no empece para leer la obra con posterioridad. Es quizá una ocurrencia por si a alguien le sirve.

En principio Brown va siguiendo las Confesiones de quien será obispo de Hipona. Recordaba algo de mi lectura de la obra hace muchísimos años. Ciertamente ese algo es y era vago (ese es uno de los problemas capitales de leer obras a destiempo: la precipitación es innecesaria y dañina y más a quien como yo no soy capaz de releer casi por norma).

El libro es una biografía inspirada no tanto en el mundo histórico “exterior”, que llama Brown, como en el “interior”. En España con más justeza, y con conceptos unamunianos, podríamos hablar de la complementariedad de la historia oficial, visible y tangible, y de la intrahistoria. Es por esta por la que opta Brown para contar la vida, obra y entorno de san Agustín. Más concretamente, según confiesa, intentó en su primera edición de los años sesenta del pasado siglo contar la historia desde la perspectiva agustiniana, partiendo de lo escrito por este en sus obras de todo tipo: teológicas, cartas, textos legales, sermones… Hacerlo así le permitía a Brown mostrar la evolución del joven Agustín al Agustín obispo de la vejez. No había, comenta él, saltos incongruentes, sino un movimiento continuo de cambio que matizaba el pensamiento joven con su pensar maduro.

Se hizo y ahormó Agustín en sus peleas contra los maniqueos a quienes él mismo perteneció. Contra los donatistas en el norte de África. Tras estos, contra Pelagio y los suyos. Después se enfrentaría con un no menos duro contrincante: Juliano de Eclana; y debatió en la distancia con encarnizada elegancia con las ideas de Jerónimo.

Va Agustín cambiando el sentido de su vivir ordinario en función de las demandas que de la realidad recibe. Los deseos de sus amigos para que examine, estudie y escriba, atienda sobre asuntos concretos que lo paran, lo frenan, lo desvían…, lo desazonan. Incapaz de negarse a las peticiones que recibe.

Aprendo detalles de la vida de san Agustín y de su doctrina que me ayudan en mi vivencia cotidiana. Aprendo de aquellos momentos históricos que nunca estudié desde esta perspectiva (¿qué he estudiado en realidad?). También es cierto que recuerdo algo que olvidé: fue Agustín el gran descubridor del “yo” y pone en planta la concepción moderna de voluntad.

Se habla en este libro de “lectores” y me pregunto ¿qué lectores? Porque no debían ser muchos quienes pudieran leer y menos aún en latín o griego (san Agustín no lo hacía en este) y, por tanto, cuando se habla de los lectores de Agustín debo suponer un grupo reducido de ellos que, además, podían adquirir un libro al precio que tenían y si no recuerdo mal se leía en voz alta hasta el siglo XII. Es cierto, sin embargo, que Agustín espera los barcos que le traen noticias y libros de todo el Mediterráneo y así está en una comunicación mucho más fluida y amplia de lo que hace tiempo se pensaba.

Peter Brown


Necesitaría yo tener un conocimiento más profundo del paso que arriba cité, de la edad Antigua a la Media, o un interlocutor, un maestro que me aclarase determinados detalles que nunca imaginé así y que dudo de mi comprensión y de la explicación o traducción de la obra de Brown. Cierto que en algunos momentos de la obra este entra en los detalles de la vida cotidiana, pero, digamos, que las explicaciones detalladas sobre ellos los elude porque los da por sabidos, lo que no es así en mi caso.

Escribía Tertuliano en su Apología contra los gentiles: "Nosotros somos de ayer, sin embargo, llenamos vuestras ciudades, islas, fuertes, pueblos, concejos, así como los campos, tribus, decurias, el palacio, el senado, el foro, solamente os hemos dejado vuestros templos”. Ahora, sin embargo, leyendo la vida de san Agustín comprendo que ese “somos de ayer” comportan siglos y tiempos con vivencias de una crudeza tremenda. El cristianismo no crece como quien pega fuego. Supone la entrega sin tasa de millones de personas y la gracia de Dios, sin la que no se comprendería la expansión de la predicación de Cristo.

Sin duda, el período de la vida de Agustín es un momento capital en la historia de occidente: el cristianismo, en las centurias finales del mundo antiguo, fue el cambio más significativo y singular del mismo. El cristianismo cambió la lealtad de los hombres al Imperio más profundamente, en sus corazones, de lo que este lo había logrado en siglos. El Imperio romano fue sustituido por el imperio de Dios.

Por lo que aprendo de san Agustín, este era consciente y valoraba su realidad como escritor: selecciona sus obras, las ordena en el tiempo, quiere que sean leídas cronológica y debidamente contextualizadas. En san Agustín no hay saltos inexplicables en su vida: todo discurre como el agua calma de un río en sus últimos tramos. Quizá la clave esté en una realidad que Brown expresa de manera concisa: “Tenía los ojos puestos en el presente”. Sus contemporáneos, sin embargo, no avanzan: se habían quedado anclados en el pasado.

A veces podemos pensar que es problema de otros, pero no es así. El presentismo era, y seguirá siendo, un obstáculo arduo de salvar en las clases de bachillerato, por lo menos (y no descarto de la universidad); también de quienes algo conocemos, pero no descendemos a los detalles de la historia y la cultura del momento. Los alumnos imaginan la sociedad del siglo XV, por ejemplo, como la actual, “pero hace mucho tiempo”. Me sorprenden afirmaciones como, insisto, “los lectores de Agustín”, “su fama y peso internacionales”, “su autoridad internacional”… Suponen un cambio en mi imagen de aquellos tiempos y de aquellas realidades vividas en el pasado remoto. Las desviaciones de la auténtica doctrina, las herejías, la ignorancia del pueblo (eso no parece haber cambiado mucho), los intereses humanos particulares (tampoco parece haber evolucionado el pecado en sus orígenes y características)

El debate con Juliano sobre el pecado original me ha resultado interesante, así como la continencia en el matrimonio, la imagen que uno y otro tenían de Dios y ambas con respecto a la que hoy tenemos (o yo tengo)

El largo epílogo de la obra me ayudó a comprender ciertas realidades. Me resultó interesantísimo. En Nuevas Direcciones, segundo capítulo de este epílogo, Brown facilita una ingente bibliografía que, según él, ensancha y amplía el conocimiento sobre cuanto rodeó a Agustín y a su vida y a su tiempo.

El descubrimiento y estudio de las cartas Divjak y los sermones Dolbeau serán un apoyo excepcional para estudiar la evolución de que hablaba arriba, entre el joven sacerdote y el viejo obispo. Hay cambio, sí: no podría ser de otro modo, pero sus formas han variado, aporta una visión distinta, experimentada, comprensiva.

“Próspero siempre tuvo cuidado de señalar que «los elegidos reciben la gracia no para que permanezcan ociosos […] sino para capacitarlos para obrar bien». Esta resuelta máxima es uno de los mejores resúmenes del legado de Agustín a la construcción de la Europa del Alto Medievo”. Me mueve como ejemplo la desmedida heroicidad en su entrega sin tasa en todo aquello que concierne a las almas en peligro. Podía estar ocupadísimo, pero nunca se negaba a atender y servir a las almas.

Desengraso con una novela de Marsé y me zambullo en otra larga obra del mismo autor, El primer milenio de la cristiandad occidental, que quizá debí leer previamente (cuando la vaya leyendo lo sabré, pero esto tiene el riesgo de leer sin maestro que muestre el camino). Este lo podría completar con otra obra que en casa está, que no he leído, y que aportaría posiblemente mucha información de la que sostengo que carezco: Historia de la Iglesia católica. I: Edad Antigua: la Iglesia en el mundo grecorromano, ¡¡que busco y no hallo catalogada en mis archivos!! (la buscaré en la biblioteca de casa; lástima de los años aquellos en que sabía perfectamente los libros que tenía o no y dónde estaban…).

El largo camino recorrido de la mano de Brown por la vida de san Agustín, el esfuerzo hecho… me mereció sobradamente la pena. Tolle, lege.


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