Libro largo y denso. Reconozco
que me echan para atrás estas obras tan extensas, sean ensayos, biografías…,
pero las biografías notorias suelen ser extensas. Las novelas de muchas páginas
extensas son más llevaderas, pero tampoco son de mi agrado, como las series con
muchas temporadas y muchos capítulos en cada una; me siento obligado, atado, y
eso me desagrada.
Me enrolé en la lectura de esta
obra, regalo de un amigo. Me atrajeron los comentarios que sobre ella leí y me
lancé. Cierto que poco precavido porque uno no siempre sabe a qué se expone y
qué hallará en estas travesías. Poco a poco comprendí que me faltaban
conocimientos detallados sobre lo que se ha de entender del paso del Mundo a la
Edad Media. Es ahí donde nos encontramos con san Agustín y los problemas con
que confronta.
Pienso si no hubiera sido mejor
empezar a leer, primero, el epílogo y después, haberme ido a la introducción.
El epílogo muy largo es muy clarificador y no empece para leer la obra con posterioridad.
Es quizá una ocurrencia por si a alguien le sirve.
En principio Brown va siguiendo
las Confesiones de quien será obispo de Hipona. Recordaba algo de mi
lectura de la obra hace muchísimos años. Ciertamente ese algo es y era vago
(ese es uno de los problemas capitales de leer obras a destiempo: la
precipitación es innecesaria y dañina y más a quien como yo no soy capaz de
releer casi por norma).
El libro es una biografía
inspirada no tanto en el mundo histórico “exterior”, que llama Brown, como en
el “interior”. En España con más justeza, y con conceptos unamunianos,
podríamos hablar de la complementariedad de la historia oficial, visible y
tangible, y de la intrahistoria. Es por esta por la que opta Brown para contar
la vida, obra y entorno de san Agustín. Más concretamente, según confiesa,
intentó en su primera edición de los años sesenta del pasado siglo contar la
historia desde la perspectiva agustiniana, partiendo de lo escrito por este en
sus obras de todo tipo: teológicas, cartas, textos legales, sermones… Hacerlo
así le permitía a Brown mostrar la evolución del joven Agustín al Agustín
obispo de la vejez. No había, comenta él, saltos incongruentes, sino un
movimiento continuo de cambio que matizaba el pensamiento joven con su pensar
maduro.
Se hizo y ahormó Agustín en sus
peleas contra los maniqueos a quienes él mismo perteneció. Contra los
donatistas en el norte de África. Tras estos, contra Pelagio y los suyos.
Después se enfrentaría con un no menos duro contrincante: Juliano de Eclana; y
debatió en la distancia con encarnizada elegancia con las ideas de Jerónimo.
Va Agustín cambiando el sentido
de su vivir ordinario en función de las demandas que de la realidad recibe. Los
deseos de sus amigos para que examine, estudie y escriba, atienda sobre asuntos
concretos que lo paran, lo frenan, lo desvían…, lo desazonan. Incapaz de
negarse a las peticiones que recibe.
Aprendo
detalles de la vida de san Agustín y de su doctrina que me ayudan en mi
vivencia cotidiana. Aprendo de aquellos momentos históricos que nunca estudié
desde esta perspectiva (¿qué he estudiado en realidad?). También es cierto que
recuerdo algo que olvidé: fue Agustín el gran descubridor del “yo” y pone en
planta la concepción moderna de voluntad.
Se
habla en este libro de “lectores” y me pregunto ¿qué lectores? Porque no debían
ser muchos quienes pudieran leer y menos aún en latín o griego (san Agustín no
lo hacía en este) y, por tanto, cuando se habla de los lectores de Agustín
debo suponer un grupo reducido de ellos que, además, podían adquirir un libro
al precio que tenían y si no recuerdo mal se leía en voz alta hasta el siglo
XII. Es cierto, sin embargo, que Agustín espera los barcos que le traen
noticias y libros de todo el Mediterráneo y así está en una comunicación mucho
más fluida y amplia de lo que hace tiempo se pensaba.
Necesitaría yo tener un
conocimiento más profundo del paso que arriba cité, de la edad Antigua a la
Media, o un interlocutor, un maestro que me aclarase determinados detalles que
nunca imaginé así y que dudo de mi comprensión y de la explicación o traducción
de la obra de Brown. Cierto que en algunos momentos de la obra este entra en
los detalles de la vida cotidiana, pero, digamos, que las explicaciones
detalladas sobre ellos los elude porque los da por sabidos, lo que no es así en
mi caso.
Escribía Tertuliano
en su Apología contra los gentiles: "Nosotros somos de ayer, sin
embargo, llenamos vuestras ciudades, islas, fuertes, pueblos, concejos, así
como los campos, tribus, decurias, el palacio, el senado, el foro, solamente os
hemos dejado vuestros templos”. Ahora, sin embargo, leyendo la vida de san
Agustín comprendo que ese “somos de ayer” comportan siglos y tiempos con
vivencias de una crudeza tremenda. El cristianismo no crece como quien pega
fuego. Supone la entrega sin tasa de millones de personas y la gracia de Dios,
sin la que no se comprendería la expansión de la predicación de Cristo.
Sin
duda, el período de la vida de Agustín es un momento capital en la historia de
occidente: el cristianismo, en las centurias finales del mundo
antiguo, fue el cambio más significativo y singular del mismo. El cristianismo
cambió la lealtad de los hombres al Imperio más profundamente, en sus
corazones, de lo que este lo había logrado en siglos. El Imperio romano fue
sustituido por el imperio de Dios.
Por lo que aprendo de san
Agustín, este era consciente y valoraba su realidad como escritor: selecciona
sus obras, las ordena en el tiempo, quiere que sean leídas cronológica y
debidamente contextualizadas. En san Agustín no hay saltos inexplicables en su
vida: todo discurre como el agua calma de un río en sus últimos tramos. Quizá
la clave esté en una realidad que Brown expresa de manera concisa: “Tenía los
ojos puestos en el presente”. Sus contemporáneos, sin embargo, no avanzan: se
habían quedado anclados en el pasado.
A veces podemos pensar que es problema de
otros, pero no es así. El presentismo era, y seguirá
siendo, un obstáculo arduo de salvar en las clases de bachillerato, por lo
menos (y no descarto de la universidad); también de quienes algo conocemos,
pero no descendemos a los detalles de la historia y la cultura del momento. Los
alumnos imaginan la sociedad del siglo XV, por ejemplo, como la actual, “pero
hace mucho tiempo”. Me sorprenden afirmaciones como, insisto, “los lectores de
Agustín”, “su fama y peso internacionales”, “su autoridad internacional”…
Suponen un cambio en mi imagen de aquellos tiempos y de aquellas realidades
vividas en el pasado remoto. Las desviaciones de la auténtica doctrina, las
herejías, la ignorancia del pueblo (eso no parece haber cambiado mucho), los
intereses humanos particulares (tampoco parece haber evolucionado el pecado en
sus orígenes y características)
El
debate con Juliano sobre el pecado original me ha resultado interesante, así
como la continencia en el matrimonio, la imagen que uno y otro tenían de Dios y
ambas con respecto a la que hoy tenemos (o yo tengo)
El largo epílogo de la obra me
ayudó a comprender ciertas realidades. Me resultó interesantísimo. En Nuevas
Direcciones, segundo capítulo de este epílogo, Brown facilita una ingente
bibliografía que, según él, ensancha y amplía el conocimiento sobre cuanto rodeó
a Agustín y a su vida y a su tiempo.
El descubrimiento y
estudio de las cartas Divjak y los sermones Dolbeau serán un apoyo excepcional
para estudiar la evolución de que hablaba arriba, entre el joven sacerdote y el
viejo obispo. Hay cambio, sí: no podría ser de otro modo, pero sus formas han
variado, aporta una visión distinta, experimentada, comprensiva.
“Próspero
siempre tuvo cuidado de señalar que «los elegidos
reciben la gracia no para que permanezcan ociosos […] sino para capacitarlos
para obrar bien». Esta resuelta máxima es uno de los mejores resúmenes
del legado de Agustín a la construcción de la Europa del Alto Medievo”. Me
mueve como ejemplo la desmedida heroicidad en su entrega sin
tasa en todo aquello que concierne a las almas en peligro. Podía estar
ocupadísimo, pero nunca se negaba a atender y servir a las almas.
Desengraso con una novela de
Marsé y me zambullo en otra larga obra del mismo autor, El primer milenio de
la cristiandad occidental, que quizá debí leer previamente (cuando la vaya
leyendo lo sabré, pero esto tiene el riesgo de leer sin maestro que muestre el
camino). Este lo podría completar con otra obra que en casa está, que no he
leído, y que aportaría posiblemente mucha información de la que sostengo que
carezco: Historia de la Iglesia católica. I:
Edad Antigua: la Iglesia en el mundo grecorromano, ¡¡que busco y no hallo catalogada en mis archivos!!
(la buscaré en la biblioteca de casa; lástima de los años aquellos en que sabía
perfectamente los libros que tenía o no y dónde estaban…).
El largo camino recorrido de la
mano de Brown por la vida de san Agustín, el esfuerzo hecho… me mereció
sobradamente la pena. Tolle, lege.
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