IN MEMORIAM: Josemaría Carazo
Abolafia descansa en paz
Perdí la cuenta. Hace mucho
tiempo que dejé de saber con exactitud cuántos antiguos alumnos, o alumnos que lo
eran, he enterrado. Ciertamente va contra casi toda experiencia que mueran
antes los jóvenes que los viejos y me mueve a enfado y rebelión contra Dios…
¿Cómo es posible? ¿Por qué lo has permitido?, me pregunto. Cierto: “¿Qué tienes
que no hayas recibido?”, me digo.
Recuerdo cómo se fue haciendo
verdad la profecía del psiquiatra vienés Viktor E. Frankl. Este afirmaba que,
frente a las muertes por accidentes con vehículo a motor, primera causa en USA,
a no mucho tardar se impondrían las muertes por suicidio. Así es. Así han sido
las muertes de algunos de estos mis queridos antiguos alumnos. Los hubo por
enfermedades incurables: ahora mismo recuerdo a un chaval de 3º de BUP que
murió por leucemia. Los primeros casos me desgarraban y fueron por accidentes con
motos o coches: jóvenes, cargados de futuro e ilusiones que se los llevo la
trampa de la imprudencia o el simple accidente imponderable. Luego aparecieron
los suicidios (iba a escribir autolisis, pero no me da la gana quitar
hierro al hecho).
Me dejaron helado los suicidios
para los que no tenía respuesta. Todos ya eran exalumnos. Alguno muy joven,
apenas un adolescente. Siempre cargué en mi impedimenta no haber estado más
disponible, si cupiese. No llegué a tiempo, ¡porque no me lo otorgaron!, dos de
ellos: fue imposible. Es duro. Ahora en la distancia…
Falso es que el tiempo ayude al
olvido. El paso del tiempo secunda el aprendizaje a convivir con el horror de la
pérdida de una vida joven, pero la pérdida es imborrable.
Falso también que sea antinatural
que los padres entierren a los hijos. La mortalidad infantil hasta hace cuatro
días era terrible: en el parto o a edades tempranas. ¡Cuántas de nuestras
familias no enterraron en el primer tercio del siglo XX a alguno de sus
vástagos! Se producía en las familias reales, acaudaladas o pobres, en estas
con más frecuencia y sentido. Escasa limpieza y carencia de medios eran los
artífices de tanta pérdida.
El sábado día 13 de junio
amanecí con la felicidad de quien sabe que es su santo. Me encomendé a san
Antonio de Padua. Recibía felicitaciones a mansalva. Agradecía el detalle y
felicitaba a mis tocayos amigos. El sábado poco antes de las seis de la tarde,
me llegó la fatídica noticia de la muerte de otro exalumno, ya profesor en
Sevilla. Recibí la noticia en la otra punta de España. Me la daba otro exalumno
de su promoción. ¡Un nuevo horror!
Josemaría Carazo Abolafia se
llamaba, y lo llamamos. Accidente de coche. Ignoro y no me importan los
detalles. Di clases a sus hermanos mayores; le di clase a él. Todos rubillos de
mofletes rosados y gruesos. Sonrientes. Amables. Alguno de ellos muy tímido.
Con uno de ellos hablé hace unas semanas: todo bien, en la brecha seguimos. Han
perdido a su padre no ha mucho: excelente persona, Gregorio Carazo, sonriente,
amable, simpático. La familia, como no podía ser menos entre gente excelente,
aceptaba la muerte del progenitor con las lamentaciones serenas y propias del
suceso. Todo en orden.
Falso que las personas mejoren
de improviso al morir. Lo he dejado ya escrito muchas veces. Uno muere tan
canalla como lo era dos minutos antes de producirse el óbito… ¡o tan excelente
como lo era en ese momento también!
Hacía mucho tiempo que no
hablaba con Josemaría. Lo había visto en no recuerdo qué evento y nos saludamos
sin darnos tiempo para más. Como su padre, era simpático y sonriente. Me entero
–lo ignoraba– que estaba haciendo su tesis doctoral. Que daba clase en formación
profesional, extremo que también desconocía. Sí, llevaba mucho tiempo sin saber
detalles de su vida, aunque cuando le pregunté a su hermano me respondió que “todo
va bien” y todo lo iba hasta el sábado 13 de junio…
Sí, sí que me rebelé de palabra
contra Dios que es mi Padre. No lo entendí y es posible que no tenga por qué
hacerlo, pero me rebelé. Siempre lo hago cuando recibo una noticia así. Cuando
me sereno sé que Dios hace concurrir todo en favor de aquellos que lo aman, según
san Pablo. Siempre que pido a Dios por algo lo hago con un genérico “Te pido
por este asunto y que sea lo mejor; lo que Tú quieras”: no hay fallo ahí y
tantas veces repito el «Hágase, cúmplase,
sea alabada y eternamente ensalzada la justísima y amabilísima Voluntad de Dios, sobre todas las cosas. —Amén. —Amén.», que aprendí en Camino, el libro de san Josemaría Escrivá,
por quien Josemaría Carazo llevaba ese nombre que así escribía. Me inunda entonces
la serenidad de que Dios ha hecho lo mejor para Josemaría, para él y para todos
nosotros. Todos cuanto lo conocíamos nos beneficiamos, como sea, de esta muerte
en apariencia tan incomprensible.
Dios no es un furtivo
que mata a las piezas a traición. Dios, el Padre amoroso, es el jardinero
amable que corta la flor en su momento de mayor esplendor. ¿Comprensible? Ya he
dicho que no para mí. Asumo aquiescente la voluntad de Dios no porque no me
quede más salida –muchas veces no hay más–, sino porque tengo la convicción de que eso que los hombres denominamos
malo… es lo mejor, insisto: ¡aunque no lo entiendo! Me consta que Dios lo
sabe todo.
Te has llevado, Señor, a
Josemaría, como antes y después te llevarás a tantos, nos llevarás a todos, y
solo reitero como rezamos a diario en el Padrenuestro: fiat voluntad tuas.
Amén. Amén.
No hay comentarios:
Publicar un comentario