17 de junio de 2026

IN MEMORIAM: Josemaría Carazo Abolafia descansa en paz

 

IN MEMORIAM: Josemaría Carazo Abolafia descansa en paz

 

Perdí la cuenta. Hace mucho tiempo que dejé de saber con exactitud cuántos antiguos alumnos, o alumnos que lo eran, he enterrado. Ciertamente va contra casi toda experiencia que mueran antes los jóvenes que los viejos y me mueve a enfado y rebelión contra Dios… ¿Cómo es posible? ¿Por qué lo has permitido?, me pregunto. Cierto: “¿Qué tienes que no hayas recibido?”, me digo.

Recuerdo cómo se fue haciendo verdad la profecía del psiquiatra vienés Viktor E. Frankl. Este afirmaba que, frente a las muertes por accidentes con vehículo a motor, primera causa en USA, a no mucho tardar se impondrían las muertes por suicidio. Así es. Así han sido las muertes de algunos de estos mis queridos antiguos alumnos. Los hubo por enfermedades incurables: ahora mismo recuerdo a un chaval de 3º de BUP que murió por leucemia. Los primeros casos me desgarraban y fueron por accidentes con motos o coches: jóvenes, cargados de futuro e ilusiones que se los llevo la trampa de la imprudencia o el simple accidente imponderable. Luego aparecieron los suicidios (iba a escribir autolisis, pero no me da la gana quitar hierro al hecho).

Me dejaron helado los suicidios para los que no tenía respuesta. Todos ya eran exalumnos. Alguno muy joven, apenas un adolescente. Siempre cargué en mi impedimenta no haber estado más disponible, si cupiese. No llegué a tiempo, ¡porque no me lo otorgaron!, dos de ellos: fue imposible. Es duro. Ahora en la distancia…

Falso es que el tiempo ayude al olvido. El paso del tiempo secunda el aprendizaje a convivir con el horror de la pérdida de una vida joven, pero la pérdida es imborrable.

Falso también que sea antinatural que los padres entierren a los hijos. La mortalidad infantil hasta hace cuatro días era terrible: en el parto o a edades tempranas. ¡Cuántas de nuestras familias no enterraron en el primer tercio del siglo XX a alguno de sus vástagos! Se producía en las familias reales, acaudaladas o pobres, en estas con más frecuencia y sentido. Escasa limpieza y carencia de medios eran los artífices de tanta pérdida.

El sábado día 13 de junio amanecí con la felicidad de quien sabe que es su santo. Me encomendé a san Antonio de Padua. Recibía felicitaciones a mansalva. Agradecía el detalle y felicitaba a mis tocayos amigos. El sábado poco antes de las seis de la tarde, me llegó la fatídica noticia de la muerte de otro exalumno, ya profesor en Sevilla. Recibí la noticia en la otra punta de España. Me la daba otro exalumno de su promoción. ¡Un nuevo horror!

Josemaría Carazo Abolafia se llamaba, y lo llamamos. Accidente de coche. Ignoro y no me importan los detalles. Di clases a sus hermanos mayores; le di clase a él. Todos rubillos de mofletes rosados y gruesos. Sonrientes. Amables. Alguno de ellos muy tímido. Con uno de ellos hablé hace unas semanas: todo bien, en la brecha seguimos. Han perdido a su padre no ha mucho: excelente persona, Gregorio Carazo, sonriente, amable, simpático. La familia, como no podía ser menos entre gente excelente, aceptaba la muerte del progenitor con las lamentaciones serenas y propias del suceso. Todo en orden.

Falso que las personas mejoren de improviso al morir. Lo he dejado ya escrito muchas veces. Uno muere tan canalla como lo era dos minutos antes de producirse el óbito… ¡o tan excelente como lo era en ese momento también!

Hacía mucho tiempo que no hablaba con Josemaría. Lo había visto en no recuerdo qué evento y nos saludamos sin darnos tiempo para más. Como su padre, era simpático y sonriente. Me entero lo ignoraba que estaba haciendo su tesis doctoral. Que daba clase en formación profesional, extremo que también desconocía. Sí, llevaba mucho tiempo sin saber detalles de su vida, aunque cuando le pregunté a su hermano me respondió que “todo va bien” y todo lo iba hasta el sábado 13 de junio…

Sí, sí que me rebelé de palabra contra Dios que es mi Padre. No lo entendí y es posible que no tenga por qué hacerlo, pero me rebelé. Siempre lo hago cuando recibo una noticia así. Cuando me sereno sé que Dios hace concurrir todo en favor de aquellos que lo aman, según san Pablo. Siempre que pido a Dios por algo lo hago con un genérico “Te pido por este asunto y que sea lo mejor; lo que Tú quieras”: no hay fallo ahí y tantas veces repito el «Hágase, cúmplase, sea alabada y eternamente ensalzada la justísima y amabilísima Voluntad de Dios, sobre todas las cosas. Amén. Amén.», que aprendí en Camino, el libro de san Josemaría Escrivá, por quien Josemaría Carazo llevaba ese nombre que así escribía. Me inunda entonces la serenidad de que Dios ha hecho lo mejor para Josemaría, para él y para todos nosotros. Todos cuanto lo conocíamos nos beneficiamos, como sea, de esta muerte en apariencia tan incomprensible.

Dios no es un furtivo que mata a las piezas a traición. Dios, el Padre amoroso, es el jardinero amable que corta la flor en su momento de mayor esplendor. ¿Comprensible? Ya he dicho que no para mí. Asumo aquiescente la voluntad de Dios no porque no me quede más salida muchas veces no hay más, sino porque tengo la convicción de que eso que los hombres denominamos malo… es lo mejor, insisto: ¡aunque no lo entiendo! Me consta que Dios lo sabe todo.

Te has llevado, Señor, a Josemaría, como antes y después te llevarás a tantos, nos llevarás a todos, y solo reitero como rezamos a diario en el Padrenuestro: fiat voluntad tuas. Amén. Amén.

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