22 de mayo de 2026

573- EDUCAR LAS VIRTUDES, MOSTRAR LOS VALORES: la compleja ruta de los mejores, de los mejores maestros

 

Leo un libro sobre la vida de san Agustín: excelente. A la par, alternativamente, también leo una novela de la que haré la crítica cuando lo termine (Reina Roja). Es un libro que me recomiendan para “descansar la cabeza”. Además: me añade mi asesor bibliográfico: “Fíjate en el estilo y compáralo con el tuyo”. Lo he percibido. El autor de éxito, es decir, el otro, el que no soy yo: tiene un estilo rápido, ligero. Oraciones simples y ordenadas: sujeto, verbo y predicado. La retórica, si cabe, se halla en un estilo de oraciones y frases de anuncios por palabras, casi. No importa que la palabra no signifique lo que el autor se supone que desea. ¿Suena bien? Escríbase. No tienen finalidad irónica, no. Sencillamente el autor desprecia el significado exacto. Busca un sinónimo para no repetir algún término y el tiro le da en el ojo. Todo se dispone al servicio de la eficacias narrativa y las sensaciones que el lector percibirá.




Escribo y redacto un artículo que pretendo serio por segunda vez. Pienso más en la claridad expositiva que en el tema que voy a tratar. Pongo toda mi atención.

La idea que deseo exponer es tema antiguo en mis meditaciones y pensamientos, en mi práctica profesional: la educación. Entendí muy pronto que los alumnos deben ser instruidos en las materias que se les imparten; este es el punto de partida y de encuentro entre el docente y el discente. Este debe de adquirir unos conocimientos, si es posible, excelentes y si no, al menos lo más firmes posible. Ese proceso instructivo necesariamente va acompañado de otro educativo, formativo. No solo fui, ni quería ser, profesor de Lengua y Literatura. Estas materias y mi presencia en el aula debían ser medios (con su propio fin) para que los alumnos adquirieran una formación humana en mundología y virtudes y yo era, inexcusablemente, un modelo de valores. El profesor convertido en educador es un modelo, para bien y para mal. Al final del proceso, los alumnos deben salir de las aulas pulidos y siendo mejores personas: por sus conocimientos, por sus virtudes y por los valores que encarnan. Si no es así hemos fracasado todos en el proceso. Esta convicción mía se fue asentando con el paso de los años: o mis alumnos y yo terminábamos cada curso siendo mejores o habíamos malogrado el proceso. Habíamos perdido el tiempo porque no habíamos crecido como personas.

¿Se puede saber mucha literatura española y ser un mentiroso y un desordenado y un borracho? Entiendo que sí, pero hay una disarmonía esencial en esa personal que lo aproxima más a su bestial animalidad que a su completa realidad humana. Platón habla de la inextricable relación entre el bien, la belleza y la verdad.

Es por tanto capital para todo educador que desee serlo en su condición de padre, preceptor, tutor, profesor, amigo, abuelo… que sepa que, al final, o crecemos como mejores personas o el resto carece de fuste porque no tiene fundamento ni cimiento en que apoyarse. Nunca quise tener alumnos brillantes y malas personas.

En mi anterior redacción de la entrada comenzaba diciendo: “Poner los bueyes delante del carro, para viajar y hacer un transporte, tiene miles de años de acendrada y benéfica experiencia. Parece ser que así es mejor. Escribo esto también porque esta entrada viaja en carro tirado por bueyes: viaje lento, pero que deseo agradable”. Se me antoja que supone poner los bueyes detrás del carro si no buscamos en nuestro quehacer educativo que instrucción y educación vayan a la par. Si se ha de bonificar alguna actividad, preferiría que fuera la generación de virtudes en los alumnos por delante incluso de su instrucción.



La instrucción que recibimos en la escuela y la educación en general en esta, me lo dice la experiencia y mis lecturas, desde el siglo XX al menos en adelante, ha gustado de la experimentación. Ha sido un rasgo distintivo de toda ella, especialmente en U.S.A. y exportadas, experiencias e inquietudes, se han extendido por todo lo que conocemos como el primer mundo occidental. De un modo equivocado y torticero se ha extendido la igualdad entre progreso, evolución, mejora y experimentación, cuando esa igualdad es falsa. Es curioso que no se produzcan o lleguen a occidente estos modelos de trabajo experimental y sus exportaciones desde Japón. Cuando los educadores miramos al oriente educativo hallamos técnicas, pautas, modelos con miles de años de depurada consistencia. No se olvide, que el verbo orientar tiene su origen precisamente de oriente, por tanto, para orientarse no está de más mirar a oriente.



Rompo una lanza en favor de la experimentación y la innovación en todos los ámbitos. Progresar es moverse con sentido hacia un fin previsible. Si el progreso es tal, es, sin duda, una mejora. Con esto quiero decir que no es progresar moverse por moverse ni cortarle la cabeza al perro, ¡pobre!, para ver qué pasa. Me temo que sin ser tan drásticos en muchos de los experimentos educativos les han cortado si no la cabeza, sí las alas a muchos educandos. Incluso el pepino –la fortuna inesperada–, ahora llamada serendipia, sinónimo del pepino citado, tiene su oportunidad en el quehacer humano: buscando A, hallamos B, que resultó ser mejor: estupendo. De ahí el “actúa”, que recomendaba Polo: entre la inacción y la acción, siempre es mejor actuar.

                                                                                         (Continuará).

Posdata. Por favor dígame si me expliqué y pudo entender lo que escribí… Gracias.


No hay comentarios:

Publicar un comentario