ADVERTENCIA
PARA EL POSIBLE LECTOR DE UNA DE MIS ASESORAS
"Pues si te has divertido me extraña mucho porque en la critica que haces, el autor no da una a derechas y que se ha pasado de frenada, pedantería es Antoñita la fantástica por lo que te leo. En fin…si me preguntas no entiendo apenas lo que dices y menos la conclusión final…".
Me regalan este libro “para que
descanse la cabeza” y me aleje de ensayos arduos y sus disquisiciones
complejas. Procuro ser muy obediente a quienes me quieren. Tomo el libro y me
lo leo. Otro de mis informantes de la literatura de actualidad me advirtió: “No
te gustará”.
El volumen ha sido maltratado.
Ignoro si es de segunda mano, como me gustan y hace años los adquiero. Poco
fuelle tenía uno de sus lectores anteriores: cada pocas páginas dobla, para
marcar por dónde va, el pico de la página que queda señalada.
No había leído ni oído hablar
del autor ni de su obra. Se me antoja un tocho evitable: 566 páginas. Lo hojeo.
Algunas páginas en blanco y muchos blancos entre renglones. Estos, con holgura
y a dos espacios, y letra para vista cansada, papel grueso. Muy bien.
Me pongo a ello y no me agrada
el vestíbulo ni la recepción. Me temo lo peor, pero me entrego.
Tomo un folio de notas menudas
mientras leo. Inevitable. Lo lleno de anotaciones.
Leo desorientado el comienzo
por la trama y los personajes. Me aburren los tópicos en los que todos los
escritores caemos. Me incomodan los chistes malos de los escritores que se
quieren hacer los simpáticos ingeniosos. ¡Qué originalidad la suya!: “Antonio
Scott sólo se permite pensar en el suicidio tres minutos al día”: hermoso
arranque del libro y además con acentuación en el adverbio solo, ¿¡qué
se creerá la Academia y sus académicos que son!?
Los personajes, el narrador y
las situaciones que me salen al encuentro son elípticas –slim, slim,
total slim fit!–, sofisticadas, superguays
y la mar de snob (el autor escribiría “la hostia de snob”, donde hostia
me sobra por innecesaria e irrespetuosa. Escribe ostia, por lo menos, Jurado,
que no es de pacatos. También me sobra el “Me cago en Dios”: está de más).
El
lector es llevado del ronzalillo y arrastrado por los cultismos, neologismos y
vulgarismos sin piedad. Lo más in se trenza con lo chocarrero.
Alicia
en su país se asoma en la obra desde el título. El Antiguo y el Nuevo Testamento
también piden cita y se hacen presentes: qué de cultura. También nos cruzamos
con el conejo de la prisa, el White Rabbit: guiños culturalistas a
lectores que, si acaso, vieron la peli, pero no leyeron al genial Lewis
Carroll. Otro que asoma de vez en cuando por sus letras es Joaquín Sabina en
finales de oraciones que vienen o se crean para el caso: simpático.
Por
toda la obra chorrea un nihilismo impostado de fondo: “puta mierda de nefando mundo”
escribiría el autor. No recuerdo de la obra, mientras esto garrapateo, nada
hermoso de los paisajes interiores o exteriores. Los ricos son unos miserables
por méritos propios, los malos lo son por herencia, según un sociologismo tan
inconsistente como falaz (quizá fueron violados en su infancia, se deja
entrever). Los ricos tienen buenos muebles, buenos güisquis, buenos coches…,
paso corto y mala leche (único modo de ascender en este desalmado mundo). Los
pobres viven como Ezequiel entre basura; con cargas pesadísimas como Ladybug (topicazo
de personaje como el científico que inyectó no sé qué a Antonia Scott en no sé dónde;
o la hermanastra de Carla, que es cruelísima y etcétera). No parece que le haya
dedicado ni mucho cariño ni mucha atención el autor a sus protagonistas,
agonistas, secundarios y figurantes.
Voy
que vuelo: el estilo escasamente descriptivo, los párrafos de un renglón, las
conversaciones telegráficas, disparan la lectura y el interés del lector que,
en este caso, soy yo. Poco a poco desprecio la pejiguera pseudofilosófica que
el autor deja caer entre los renglones por los capítulos. Esos fervorines se me
antojan mobiliario pesado, aburrido, inútil e impostado, pero que dan lustre,
supongo, ¡al autor! y ningún fuste a su obra. Jon, el policía maricón, “No termina
de creer en una Iglesia que no podía creer en él, pero le daba un poco igual,
porque estaba convencido de que Jesús no creía en su propia Iglesia” (toma aire
y respira, Jurado: ahí queda eso). Los inexplicables cambios de punto de vista
narrativo injustificados también me dejan sin sangre, como al pobre Jaime Vidal:
no tomo nota de ellos. La comparación, como figura retórica y por norma, suele
ser popular, inmediata, plástica y por eso la mantiene en uso y de pie: “está
más sordo que una tapia”, “se caga más que un sisón”, pero no será popular decir
que “el corazón le zapatea en el pecho como un bailador en el cumpleaños de un
narco”… ¡se ha pasado de frenada, de pedantería y de netflix!
Un
personajucho tópico, un gitanillo bilbaíno, pobre, un tal Luismi Heredia (¿de
segundo Cortés?) no escupe sangre, sino que “espurrea hemoglobina” (¡tocata y
fuga del níspero!); eso sí, con su esfuerzo se elevó de la chusma callejera ambiente
de Bilbao hasta alcanzar ¡un título de FP de Grado Medio denosesabequé! No lo
iba a reproducir, pero me dejo llevar: esto sí es una descripción de un buen güisqui,
¿o un intento de reírse del lector?:
Torres da un sorbo -un sorbo de mil euros-
y se recrea en los detalles y sensaciones, reteniéndolo en la boca antes de tragar.
Primero notas poderosas de pasas, café, avellanas y naranja amarga. Pomelo,
quizás. Sándalo y almizcle, por descontado. Luego, al tragar, una oleada de moscatel,
mazapán, melaza. Y al marcharse, un retrogusto en el paladar de trufas, azúcar
mascabado y cáscara de nuez.
Es un
whisky magnífico, como debe ser la labor de un buen consejero.
Metido
en faena, a este lector no le importan en exceso las muchas zonas grises en la
tramitación de los argumentos, más elipsis textuales, descriptivas, narrativas y
en el tratamiento de la trama y el tema. Algunos desarrollos de la intriga se
quedan en espacios oscuros, invisibles, inopinados. En un supuesto desarrollo
realista que, entiendo, el autor pretende en la novela, estos esquinazos al
lector, con torpe prestidigitación, le huelen a pufo, pero sigamos por las
cloacas… ¡ese tramo de la trama es risible! Espectacularmente ridículo el rollo
sobre Altamira, Isabel II y para el carro Serrano, que se nos va de las manos,
las pastillas de colorines que Antonia toma… (Made Marvel Factory)…
Un
crimen y un secuestro se unen en matrimonio novelesco con una más que lábil
motivación de corte evangélica. Los protagonistas, un poli homosexual, Jon
Gutiérrez, vasco y a dos metros de ser expedientado es seleccionado por se ignoran
qué motivos para acompañar a una superdotada en todos los ámbitos, Antonia Scott,
más rarita que un perro verde (¿podría ser de otro modo?). Ellos forman parte
de un entramado mundial o europeo llamado Reina Roja para solucionar los
grandes crímenes de la humanidad: cada país tiene a sus peones y sus alfiles. Y
andan y viajan y buscan y encuentran y compiten con un poli de curso legal,
especialista en secuestros y tal, pero que no se entera. Jon y Antonia lo
adelantan por la derecha o por donde pueden, porque del hoyuelo de la barbilla del
Kirk Douglas saca Antonia Scott petróleo para solucionar un problemón… ¡para
eso la chica es un portento mundial!
No
se citan, pero el lector se cruza con dos especies de extraños cameos inequívocos:
uno de Amancio Ortega, que pasaba por allí bajo el nombre de Ramón Ortiz (padre
de Carla Ortiz, la secuestrada), y otro de Ana Botín, bajo el nombre de Laura
Trueba (madre de Álvaro Trueba, en apariencia asesinado…).
Los
capítulos, como en los buenos folletones, tienen su titulito que poco orientan.
Además, están ordenados, como todo en la novela, para que todo fluya para una mejor
legibilidad…
Me
acuerdo de Julián Marías padre. Le gustaba ir al cine para divertirse. Le
gustaban, lógicamente, las pelis bien hechas, de buena factura, pero ir… iba
para divertirse. Y yo doy las gracias al Gómez-Jurado por su obra y a Daniel
que me la regaló porque también yo, en este caso, me he divertido.
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