5 de mayo de 2026

575- Gómez-Jurando, Juan, REINA ROJA

ADVERTENCIA 

PARA EL POSIBLE LECTOR DE UNA DE MIS ASESORAS


"Pues si te has divertido me extraña mucho porque en la critica que haces, el autor no da una a derechas y que se ha pasado de frenada, pedantería es Antoñita la fantástica por lo que te leo. En fin…si me preguntas no entiendo apenas lo que dices y menos la conclusión final…".



Me regalan este libro “para que descanse la cabeza” y me aleje de ensayos arduos y sus disquisiciones complejas. Procuro ser muy obediente a quienes me quieren. Tomo el libro y me lo leo. Otro de mis informantes de la literatura de actualidad me advirtió: “No te gustará”.

El volumen ha sido maltratado. Ignoro si es de segunda mano, como me gustan y hace años los adquiero. Poco fuelle tenía uno de sus lectores anteriores: cada pocas páginas dobla, para marcar por dónde va, el pico de la página que queda señalada.

No había leído ni oído hablar del autor ni de su obra. Se me antoja un tocho evitable: 566 páginas. Lo hojeo. Algunas páginas en blanco y muchos blancos entre renglones. Estos, con holgura y a dos espacios, y letra para vista cansada, papel grueso. Muy bien.

Me pongo a ello y no me agrada el vestíbulo ni la recepción. Me temo lo peor, pero me entrego.

Tomo un folio de notas menudas mientras leo. Inevitable. Lo lleno de anotaciones.

Leo desorientado el comienzo por la trama y los personajes. Me aburren los tópicos en los que todos los escritores caemos. Me incomodan los chistes malos de los escritores que se quieren hacer los simpáticos ingeniosos. ¡Qué originalidad la suya!: “Antonio Scott sólo se permite pensar en el suicidio tres minutos al día”: hermoso arranque del libro y además con acentuación en el adverbio solo, ¿¡qué se creerá la Academia y sus académicos que son!?

Los personajes, el narrador y las situaciones que me salen al encuentro son elípticas slim, slim, total slim fit!–, sofisticadas, superguays y la mar de snob (el autor escribiría “la hostia de snob”, donde hostia me sobra por innecesaria e irrespetuosa. Escribe ostia, por lo menos, Jurado, que no es de pacatos. También me sobra el “Me cago en Dios”: está de más).

El lector es llevado del ronzalillo y arrastrado por los cultismos, neologismos y vulgarismos sin piedad. Lo más in se trenza con lo chocarrero.

Alicia en su país se asoma en la obra desde el título. El Antiguo y el Nuevo Testamento también piden cita y se hacen presentes: qué de cultura. También nos cruzamos con el conejo de la prisa, el White Rabbit: guiños culturalistas a lectores que, si acaso, vieron la peli, pero no leyeron al genial Lewis Carroll. Otro que asoma de vez en cuando por sus letras es Joaquín Sabina en finales de oraciones que vienen o se crean para el caso: simpático.

Por toda la obra chorrea un nihilismo impostado de fondo: “puta mierda de nefando mundo” escribiría el autor. No recuerdo de la obra, mientras esto garrapateo, nada hermoso de los paisajes interiores o exteriores. Los ricos son unos miserables por méritos propios, los malos lo son por herencia, según un sociologismo tan inconsistente como falaz (quizá fueron violados en su infancia, se deja entrever). Los ricos tienen buenos muebles, buenos güisquis, buenos coches…, paso corto y mala leche (único modo de ascender en este desalmado mundo). Los pobres viven como Ezequiel entre basura; con cargas pesadísimas como Ladybug (topicazo de personaje como el científico que inyectó no sé qué a Antonia Scott en no sé dónde; o la hermanastra de Carla, que es cruelísima y etcétera). No parece que le haya dedicado ni mucho cariño ni mucha atención el autor a sus protagonistas, agonistas, secundarios y figurantes. 

Voy que vuelo: el estilo escasamente descriptivo, los párrafos de un renglón, las conversaciones telegráficas, disparan la lectura y el interés del lector que, en este caso, soy yo. Poco a poco desprecio la pejiguera pseudofilosófica que el autor deja caer entre los renglones por los capítulos. Esos fervorines se me antojan mobiliario pesado, aburrido, inútil e impostado, pero que dan lustre, supongo, ¡al autor! y ningún fuste a su obra. Jon, el policía maricón, “No termina de creer en una Iglesia que no podía creer en él, pero le daba un poco igual, porque estaba convencido de que Jesús no creía en su propia Iglesia” (toma aire y respira, Jurado: ahí queda eso). Los inexplicables cambios de punto de vista narrativo injustificados también me dejan sin sangre, como al pobre Jaime Vidal: no tomo nota de ellos. La comparación, como figura retórica y por norma, suele ser popular, inmediata, plástica y por eso la mantiene en uso y de pie: “está más sordo que una tapia”, “se caga más que un sisón”, pero no será popular decir que “el corazón le zapatea en el pecho como un bailador en el cumpleaños de un narco”… ¡se ha pasado de frenada, de pedantería y de netflix!

Un personajucho tópico, un gitanillo bilbaíno, pobre, un tal Luismi Heredia (¿de segundo Cortés?) no escupe sangre, sino que “espurrea hemoglobina” (¡tocata y fuga del níspero!); eso sí, con su esfuerzo se elevó de la chusma callejera ambiente de Bilbao hasta alcanzar ¡un título de FP de Grado Medio denosesabequé! No lo iba a reproducir, pero me dejo llevar: esto sí es una descripción de un buen güisqui, ¿o un intento de reírse del lector?:

Torres da un sorbo -un sorbo de mil euros- y se recrea en los detalles y sensaciones, reteniéndolo en la boca antes de tragar. Primero notas poderosas de pasas, café, avellanas y naranja amarga. Pomelo, quizás. Sándalo y almizcle, por descontado. Luego, al tragar, una oleada de moscatel, mazapán, melaza. Y al marcharse, un retrogusto en el paladar de trufas, azúcar mascabado y cáscara de nuez.

 

Es un whisky magnífico, como debe ser la labor de un buen consejero.

Metido en faena, a este lector no le importan en exceso las muchas zonas grises en la tramitación de los argumentos, más elipsis textuales, descriptivas, narrativas y en el tratamiento de la trama y el tema. Algunos desarrollos de la intriga se quedan en espacios oscuros, invisibles, inopinados. En un supuesto desarrollo realista que, entiendo, el autor pretende en la novela, estos esquinazos al lector, con torpe prestidigitación, le huelen a pufo, pero sigamos por las cloacas… ¡ese tramo de la trama es risible! Espectacularmente ridículo el rollo sobre Altamira, Isabel II y para el carro Serrano, que se nos va de las manos, las pastillas de colorines que Antonia toma… (Made Marvel Factory)…

Un crimen y un secuestro se unen en matrimonio novelesco con una más que lábil motivación de corte evangélica. Los protagonistas, un poli homosexual, Jon Gutiérrez, vasco y a dos metros de ser expedientado es seleccionado por se ignoran qué motivos para acompañar a una superdotada en todos los ámbitos, Antonia Scott, más rarita que un perro verde (¿podría ser de otro modo?). Ellos forman parte de un entramado mundial o europeo llamado Reina Roja para solucionar los grandes crímenes de la humanidad: cada país tiene a sus peones y sus alfiles. Y andan y viajan y buscan y encuentran y compiten con un poli de curso legal, especialista en secuestros y tal, pero que no se entera. Jon y Antonia lo adelantan por la derecha o por donde pueden, porque del hoyuelo de la barbilla del Kirk Douglas saca Antonia Scott petróleo para solucionar un problemón… ¡para eso la chica es un portento mundial!

No se citan, pero el lector se cruza con dos especies de extraños cameos inequívocos: uno de Amancio Ortega, que pasaba por allí bajo el nombre de Ramón Ortiz (padre de Carla Ortiz, la secuestrada), y otro de Ana Botín, bajo el nombre de Laura Trueba (madre de Álvaro Trueba, en apariencia asesinado…).

Los capítulos, como en los buenos folletones, tienen su titulito que poco orientan. Además, están ordenados, como todo en la novela, para que todo fluya para una mejor legibilidad…

Me acuerdo de Julián Marías padre. Le gustaba ir al cine para divertirse. Le gustaban, lógicamente, las pelis bien hechas, de buena factura, pero ir… iba para divertirse. Y yo doy las gracias al Gómez-Jurado por su obra y a Daniel que me la regaló porque también yo, en este caso, me he divertido.  

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