Ayer sucedió en Atenas y el héroe no era ni Agamenón ni Aquiles ¡y ni siquiera Ayax el grande! Solo era un vejete de 89 años con una escopeta de caza oculta en la manga de una gabardina. La premura en la gestión no le permitió recortar los cañones como en las pelis. Por su modo de proceder este señor padecía “Inflamación testicular masculina humana”: la medicina es muy pleonástica… testicular y masculina. Hartico de ser toreado en el laberinto de Creta: “Vuelva usted mañana”, “Pida cita por Internet”, solicite, reclame, escriba, vaya, pero vuelva, anote y “Espere y no cuelgue, sin favor” y sin conseguir absolutamente nada, optó por acercarse por dos negociados oficiales distintos e interpretar la sinfonía de la realidad como buenamente ha podido. Gracias a Dios no andaba el griego sobrado de puntería y, aunque ha herido a cinco o seis funcionarios, no ha matado a nadie. Pobres… y pobre viejo. Al ser detenido dijo a los agentes: «Esta noche saldré en las noticias». Pues también la llevaba: así fue. Ha pasado años solicitando una pensión, trabajador también en Alemania y USA, en estos dos países se le concedió la pensión que le correspondía en un pispás, mientras en su tierra se le denegaban, fue insultado incluso y fue «tratado como un perro» por los servicios públicos y los tribunales griegos. Dejó escrito: «Y yo, el perro, ahora me he vuelto rabioso y algún día iré a las oficinas y los morderé, para que también ellos se vuelvan rabiosos». Ahí queda eso.
Me consta que no es motivo de risa, pero también síntoma de una realidad más profunda que permea la sociedad en general y en su conjunto entre muchos ciudadanos por doquier. Sigo.
El 23
de noviembre de 2016 en la localidad de La Solana (Ciudad Real), en Castilla-La Mancha tuvo lugar otro reventón de la
enfermedad citada arriba. Atenas
es una ciudad mundialmente conocida. La Solana no lo es tanto. Tampoco lo es
Villanueva de los Infantes. En este caso, el asesino era de este pueblo, hombre
también de edad, quien disputó con el director de la caja que guardaba su dinero.
La cantidad es lo de menos, no era excesiva, unos 2.200 euros, pero la disputa
provocó otro brote de “Inflamación testicular masculina humana” con fatales
consecuencias. En esta oportunidad, el manchego anduvo con más tino y dejó al
director de la oficina bancaria más pegao que un pellejo a una pared.
Fue condenado a 25 años de prisión.
Estos dos abuelos son parientes
por lo que a los hechos relatados toca del “Ciudadano cero” de Sabina. Con
la diferencia de que este tipo, cero relevancia, hizo una ensalada de tiros que
dejó 17 muertos al decir de Sabina… y como el griego, según apuntó a los maderos,
“Ahora sabrá España entera mis dos apellidos”.
Un tipo de este perfil y con el
padecimiento ya visto es el protagonista de mi novela Dios no come caracoles.
Esta enfermedad de la que vengo hablando y sus consecuencias no es reciente, ni
mucho menos, pero es cierto que desde la pandemia donde no hay gestión que no
deba hacerse con llamadas telefónicas reiteradas e insistentes hasta ser
atendido, petición de hora, espera de consulta, “Gracias por su paciencia”, “No
puedo asistir ese día…”, “Pues otra no le puedo ofrecer. La siguiente es para
dentro de tres meses”… Pues eso, que no es por teléfono, sino por medio de una
app, ¡que sepa Dios qué sea ese aparato! “Y yo no tengo ordenador” y mi hijo
está en Madrid…
Si esto es progresar, que venga
Dios y lo vea. En resolver cualquier gestión se pueden pasar días, horas y
horas colgado de un teléfono, enfermo y postrado en una cama o con un papel en
la mano que requiere ser visado. Para esto, que es otro asunto, las mujeres son
más capaces, elásticas, pacientes y benditas, pero a los hombres no, ya lo
decía Delibes en Las guerras de nuestros antepasados por medio del Bisa: las
guerras están en los huevos de los hombres y mientras los hombres tengan huevos,
habrá guerras. Pues eso es lo que hay… y que se ande con cuidado el picatoste yanqui.
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