1 de abril de 2026

571- Riera Fernández, Isaac, VIDA CRISTIANA, VIDA HUMANA

 


Antes de adentrarme en ningún detalle quiero iniciar el comentario de esta obra haciendo saber al lector que, en mis cortas luces, el autor se ha basado en un vasto y profundo conocimiento del ser humano y sus pliegues y repliegues interiores, tanto psicológicos como anímicos. Riera conoce al hombre porque lo ha tratado a fondo, porque lo ama, porque lo piensa y lo hace, insisto, desde ese fundamento del trato personal, íntimo, inmediato y porque sus estudios, sus lecturas, sus meditaciones, sus horas de confesonario, le han alumbrado espacios seguros, caminos ciertos que ponen claridad en el lector para también conocerse. Sí, Γνῶθι σεαυτόν, conócete a ti mismo, amigo, empieza por ahí; y es por ahí por donde empieza el profesor Riera.

Como hombre de fe, que además es sacerdote, sabe que la fe es un camino de conocimiento que en absoluto se debe desdeñar si se quiere alcanzar la vida buena y el premio del Cielo, tras un paso firme, alegre, por la tierra. Un santo triste es un triste santo, decía santa Teresa. Es por ello que Riera afirma con rotundidad: Todo lo cristiano es naturalmente humano, pues nada puede haber que, siendo cristiano, vaya contra la naturaleza humana, pues en Dios no hay contradicción posible, siendo él Cristo y, a su vez, el creador del hombre.

La lectura del libro invita al examen de conciencia y la corrección interior y a una práctica de la vida humana más cristiana, más coherente con el deseo de Dios Padre: fija sus afanes en la santidad. El libro se divide en capítulos que pueden ser leídos sin necesidad de ir en un orden sucesivo uno tras otro. Aportan saber y sustancia para la oración personal. No ha de extrañarse el lector prudente que su lectura se detenga ante una idea, un párrafo… donde se vea reflejado e invitado al examen y la meditación, para sí o bien, por aplicable, para otros.

El índice, quizá lógicamente, no discrimina asuntos de vida interior y de vida ordinaria, pues una y otra coexisten en una. La incoherencia en su extremo enfermizo es esquizofrenia, y en lo cotidiano… limitación humana. Lo que sí se topa el lector en el índice es que asuntos, no me gusta llamarlos temas (porque mi trato con Dios o la Virgen no son temas, lo siento), que son sugerentes: títulos cortos incisivos, indicativos, que orientan… y donde el lector se puede situar. El lector comprobará que se pueden hallar asuntos capitales del cristianismo y del saber humano, necesarios, para alcanzar esa vida lograda, esa vida buena que todos anhelamos (quien no tienda a ella no es humano ni vive como un ser humano, es más semejante a una ameba o a una pseudolynchia canariensis). Quien en el orden moral sólo sabe, en realidad, no sabe o no sabe de verdad; y no sabe bien porque no actúa en consecuencia.

El estilo del libro es sencillo. La prosa discurre sin grandilocuencia, con justeza propia de quien desea transmitir ideas al lector, lejos de retóricas innecesarias. Se apoya el autor en textos de la Sagrada Escritura, del Antiguo y el Nuevo testamento, cita a los padres de la Iglesia y a los autores y pensadores clásicos, insisto: sin altisonancia, como apoyos de autoridad o bastones que le ayudan a asentar con más firmeza ideas que expone.


Reitera el profesor Riera en distintos pasajes y con motivos varios (viniendo al caso, aunque pueda parecer reiterativo) la complejidad del ser humano, de su mundo interior y de sus acciones ad extra. Es obvio que ha de ser el humano persona prudente para calibrar el alcance de sus intenciones y sus quehaceres, pero la observación y el examen obsesivo, puntilloso, puede dar lugar a la desesperación por generar una conciencia escrupulosa. La negación de una intencionalidad pura, perfecta, en cualquier acción humana, considero, que no deja de ser el desdoblamiento kantiano que hace el filósofo alemán entre el hombre suprasensible o nouménico (racional) y el hombre real o sensible (el animal racional “compuesto”). ¿Que debo corregir mi intención en muchos de mis actos porque carecen de la limpieza absoluta y última? Sí, pero ese rectificar mi intención no debe olvidar que el hombre ha sido sanado por Cristo que está colgado en la cruz y que en este y por esta el hombre puede actuar con la mejor de las intenciones de las que es capaz el hombre, hijo de Dios. No siempre actuamos torcidamente. Dios nos quiere confiados como hijos, felices como amigos, seguros como hermanos suyos que somos. El hombre se autoconstituye en la acción, decía Aristóteles… Duc in altum!

¿Quién no quiere ser mejor, progresar como persona, como cristiano? Si dispone de tiempo y fuerzas, este libro le puede ayudar, orientar: se lo recomiendo.

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