Antes de adentrarme en ningún
detalle quiero iniciar el comentario de esta obra haciendo saber al lector que,
en mis cortas luces, el autor se ha basado en un vasto y profundo conocimiento
del ser humano y sus pliegues y repliegues interiores, tanto psicológicos como
anímicos. Riera conoce al hombre porque lo ha tratado a fondo, porque lo ama,
porque lo piensa y lo hace, insisto, desde ese fundamento del trato personal,
íntimo, inmediato y porque sus estudios, sus lecturas, sus meditaciones, sus
horas de confesonario, le han alumbrado espacios seguros, caminos ciertos que
ponen claridad en el lector para también conocerse. Sí, Γνῶθι σεαυτόν,
conócete a ti mismo, amigo, empieza por ahí; y es por ahí por donde empieza el
profesor Riera.
Como hombre de fe, que además
es sacerdote, sabe que la fe es un camino de conocimiento que en absoluto se
debe desdeñar si se quiere alcanzar la vida buena y el premio del Cielo, tras
un paso firme, alegre, por la tierra. Un santo triste es un triste santo, decía
santa Teresa. Es por ello que Riera afirma con rotundidad: Todo lo cristiano es
naturalmente humano, pues nada puede haber que, siendo cristiano, vaya contra
la naturaleza humana, pues en Dios no hay contradicción posible, siendo él
Cristo y, a su vez, el creador del hombre.
La lectura del libro invita al
examen de conciencia y la corrección interior y a una práctica de la vida
humana más cristiana, más coherente con el deseo de Dios Padre: fija sus afanes
en la santidad. El libro se divide en capítulos que pueden ser leídos sin
necesidad de ir en un orden sucesivo uno tras otro. Aportan saber y sustancia
para la oración personal. No ha de extrañarse el lector prudente que su lectura
se detenga ante una idea, un párrafo… donde se vea reflejado e invitado al
examen y la meditación, para sí o bien, por aplicable, para otros.
El índice, quizá lógicamente,
no discrimina asuntos de vida interior y de vida ordinaria, pues una y otra
coexisten en una. La incoherencia en su extremo enfermizo es esquizofrenia, y en
lo cotidiano… limitación humana. Lo que sí se topa el lector en el índice es
que asuntos, no me gusta llamarlos temas (porque mi trato con Dios o la
Virgen no son temas, lo siento), que son sugerentes: títulos cortos incisivos,
indicativos, que orientan… y donde el lector se puede situar. El lector
comprobará que se pueden hallar asuntos capitales del cristianismo y del saber
humano, necesarios, para alcanzar esa vida lograda, esa vida buena que todos
anhelamos (quien no tienda a ella no es humano ni vive como un ser humano, es
más semejante a una ameba o a una pseudolynchia canariensis). Quien en
el orden moral sólo sabe, en realidad, no sabe o no sabe de verdad; y no sabe
bien porque no actúa en consecuencia.
El estilo del libro es
sencillo. La prosa discurre sin grandilocuencia, con justeza propia de quien
desea transmitir ideas al lector, lejos de retóricas innecesarias. Se apoya el
autor en textos de la Sagrada Escritura, del Antiguo y el Nuevo testamento,
cita a los padres de la Iglesia y a los autores y pensadores clásicos, insisto:
sin altisonancia, como apoyos de autoridad o bastones que le ayudan a asentar
con más firmeza ideas que expone.
Reitera el profesor Riera en
distintos pasajes y con motivos varios (viniendo al caso, aunque pueda parecer
reiterativo) la complejidad del ser humano, de su mundo interior y de sus
acciones ad extra. Es obvio que ha de ser el humano persona prudente
para calibrar el alcance de sus intenciones y sus quehaceres, pero la
observación y el examen obsesivo, puntilloso, puede dar lugar a la
desesperación por generar una conciencia escrupulosa. La negación de una
intencionalidad pura, perfecta, en cualquier acción humana, considero, que no
deja de ser el desdoblamiento kantiano que hace el filósofo alemán entre el
hombre suprasensible o nouménico (racional) y el hombre real o sensible (el
animal racional “compuesto”). ¿Que debo corregir mi intención en muchos de mis
actos porque carecen de la limpieza absoluta y última? Sí, pero ese rectificar
mi intención no debe olvidar que el hombre ha sido sanado por Cristo que está
colgado en la cruz y que en este y por esta el hombre puede actuar con la mejor
de las intenciones de las que es capaz el hombre, hijo de Dios. No siempre
actuamos torcidamente. Dios nos quiere confiados como hijos, felices como
amigos, seguros como hermanos suyos que somos. El hombre se autoconstituye en
la acción, decía Aristóteles… Duc in altum!
¿Quién no quiere ser mejor,
progresar como persona, como cristiano? Si dispone de tiempo y fuerzas, este
libro le puede ayudar, orientar: se lo recomiendo.
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