12 de mayo de 2022

ANTONIO ALCALÁ VENCESLADA-18


Sánchez Mantero, Rafael; Serrera Contreras, Ramón María, coords., La Universidad de Sevilla, 1505-2005: V Centenario

Investigar, dar noticia histórica de la realidad, de lo sucedido, escribir sobre la historia permite muy poca originalidad en los hechos generales evidentes. Se podrán dar más o menos detalles de vicisitudes o sucesos, pero inventar, lo que se dice crear la historia… da pie a creaciones más próximas a la novela, con o sin adjetivo, de histórica… o directamente a la mentira, tan habitual en la historia que se nos presenta hoy por tarde de algunos historiadores. Por lo dicho, no me encuentro nada especialmente nuevo sobre la Universidad sevillana, aunque siempre hay matices.

El capítulo 11 que es el que me interesa como aproximación al momento en que llega Alcalá a la Universidad, La universidad de Sevilla en el Sexenio Democrático (1868-1874), escrito por Juan Luis Carrillo y Guadalupe Trigueros Gordillo, arranca y da noticias de un claustro que, en general se adhirió a los nuevos aires que vienen de Cádiz tras el pronunciamiento allí del Almirante Topete. La universidad “proclamó los principios revolucionarios” y se suma, insisto, con todas sus consecuencias a dichos principios. Este momento y este año nos sitúa bien lejos de la llegada de Alcalá Venceslada a la Universidad Literaria de Sevilla, pero marca una tendencia de la que ya hemos hablado en otras entradas y desde otros libros, y que también hallamos en la Universidad de Granada, de la que procedía.

Se quisieron romper moldes en aras de una libertad de enseñanza que se quedó, en gran medida, en lo hablado por lo precario y corto del tiempo, pero los historiadores siempre añaden, pero se sembraron las bases para futuras propuestas en este sentido, es decir, con perdón: “largo me lo fiais”: se buscó, insisto, la libertad de enseñanza, la descentralización y la apertura de los centros oficiales al entorno en el que se incardinan (y en todo ello andamos aún en 2022). En la universidad sevillana brillaban por sí propios los nombres de Federico de Castro y Fernández, de quien ya hemos hablado: krausista declarado; y de Antonio Machado y Núñez, abuelo de los poetas Manuel y Antonio, y bastante menos krausista de lo que se ha hablado…

No se deja de insistir en esta historia de la Universidad sevillana y para los años en que leemos en la situación de agravio entre la universidad Central, de Madrid, y del resto de las universidades provincianas en sueldos del profesorado, la posibilidad o no de expedir títulos de doctorado… Todo ello se va reclamando desde el 68 en adelante hasta convertirse en los comienzos del siglo XX en un elemento sustancial, así como otros aspectos demandados por los profesores y que tienen su origen en la doctrina krausista de Giner de los Ríos. Se recuerdan y se resumen en tres las tendencias ideológicas que ya conocemos de la universidad de la época y, por tanto, también de la sevillana: en primer lugar, los krausistas, nucleados en torno a Federico de Castro y Fernández (casi recién fallecido cuando Alcalá Venceslada llega a Sevilla). Los segundos, los “neos” de quienes para hablar de ellos me voy a párrafo aparte…

Lo hago así porque entre estos, que no eran pocos, hallamos a Francisco Caballero-Infante Zuazo (mal escritos sus apellidos las dos veces que se le cita, ¡hay que ver qué mala sombra!). Este Caballero-Infante, profesor de árabe, por sus convicciones personales se negó a jurar la imposición de la Constitución del 69 y fue apartado de la docencia. Esto ya les sucedió a otros muchos profesores, aunque con demasiada frecuencia y, entiendo que, por casualidad, solo se recuerda a los krausistas apartados de sus cátedras con motivo del conocido decreto Orovio del partido de Cánovas. Andando el tiempo, el hijo Francisco Caballero-Infante, Emilio, será el cuñado de Alcalá Venceslada: ambos se conocieron en la universidad de Sevilla…

Por último, los terceros, junto a krausistas y “neos” hallamos en la universidad sevillana a los independientes: Ramón de Beas Dutari, José Fernández Espino… muertos también antes de que Alcalá llegue a la Universidad.

El capítulo 12, La universidad de Sevilla durante la Restauración (1874-1931), escrito por Rafael Sánchez Mantero, coordinador de la obra, comienza diciendo que el período del último cuarto del siglo XIX fue uno de los más brillantes de la universidad sevillana. Cierto es que se quebraron las iniciativas educativas del Sexenio revolucionario y con “una política extraordinariamente restrictiva”, pero… un grupo de excelentes profesores dio la excelencia a sus aulas.

Desde las aulas y fuera de ellas la figura de Sales y Farré será una pieza importantísima en los aires culturales sevillanos. Cierto que colaboró con Federico de Castro y con los Machado, Núñez y Álvarez, padre e hijo, aunque pronto mantuvo agrias disputas con ellos por la ideología y puntos de vista científicos de estos (no olvidemos que Machado y Núñez fue un ferviente defensor de Darwin en la universidad de Sevilla y de Castro panteísta e idealista). Con de Castro, Sales y Farré creó un elemento cultural de primer nivel en Sevilla, el Ateneo hispalense (1879) donde tanto escribió después Juan Ramón y donde pulularon Alcalá Venceslada y sus amigos. Señala el profesor Sánchez Mantero que resulta curioso que las aulas universitarias eran “lugares en los que se fabricaban licenciados en distintas ramas del saber”, pero la discusión de las ideas se producía fuera de ella (¿acaso fue distinto hasta hoy con alguna excepción?).

No sé si es necesario decirlo, creo que sí, y que es un acierto del profesor Sánchez Mantero afirmar que “La enseñanza superior en los años que cierran el siglo XIX era muy minoritaria”, ¡y el bachillerato! La disposición de medios económicos hacía una selección de quiénes podían o no podían estudiar en una universidad -esto abocaba a muchos a los seminarios, sin tener vocación, para luego intentar el salto a las carreras de letras en alguna universidad-. No olvidemos que eran diez las universidades que existían en España. Es cierto, lógicamente, lo que Sánchez Mantero apunta: la aristocracia de la sangre no solía acudir a la universidad, ¿para qué?

Me es llamativo que siendo la Facultad de Derecho una de las más importantes de la Universidad, aunque solo sea por su número de alumnos, se le dedica escasa atención.

En el curso 1902-1903 se matriculó libre en la universidad hispalense una mujer, María Luisa Arribas y Vicuña, natural de Madrid. Se matriculó de tres asignaturas, pero solo se examinó de Lengua y Literatura con nota de sobresaliente con premio. Será muy excepcional en la universidad española la presencia de la mujer y también, por tanto, en Sevilla: de hecho hasta 1930 no se licenció en Filosofía y Letras y en esta universidad la primera mujer, Carmen Fernández Carrión.

Ignoro el motivo, pero no se dice que hubiera colegios mayores en Sevilla, como sí los había en Granada, Salamanca, etc. Afirma Sánchez Mantero que los alumnos “se alojaban en casas de huéspedes”, lo que nos da una pista para el caso de Alcalá Venceslada y sus cambios de unas a otras, por la información que tenemos. Me resulta simpática la anécdota, que repite el autor, y cuyo origen está en los recuerdos del Conde de Aponte, quien afirma que los alumnos de Derecho hicieron una pintada en una pared de la facultad donde decía: “¡Señor Rector, agua y bancos!”. La realidad es que la mayoría de la ciudadanía española, de donde fuere, la universidad como institución no era apreciada y así, cuando la de Sevilla va a cumplir cuatrocientos años, no parece nadie animado a hacer ninguna suerte de festejo. Cierto que no se apreciaba demasiado y se la despreciaba un tanto quizá, como apuntó el Catedrático de Historia Universal de la Universidad Hispalense, Feliciano Candau, quien señaló como origen de este problema la politización continuada de la institución; la falta de sentido corporativo del profesorado; el poco aprecio de los propios profesores por su oficio; y concluía que quizá “la falta de pulso de la Universidad […] no era más que la falta de pulso que mostraba la sociedad española de la época” y que tantos regeneracionistas venían señalando desde hacía décadas.

Y aquí dejamos la lectura sobre la Universidad de Sevilla que sigue su camino y el comentario de esta obra, sin duda, la más interesante para mi labor de cuantos libros sobre el tema he leído anteriormente, aunque es muy cierto que unos y otros me han ido dando pistas, detalles hasta llegar a la comprensión que ahora tengo. Gracias a todos lo que me han ayudado con sus obras y escritos.

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