1 de mayo de 2012

Admirar, compararme, idolatrar, identificarme con... (III).


Danza de la muerte.
Seguimos…

        ¿Quién es mi modelo? Lo que deseo imitar, con quien me comparo, siempre es una persona que es, que tiene, que encarna, que representa… aquello que anhelo, aquello que me gustaría disfrutar, alcanzar…, ser.
        ¿Puedo equivocarme en el modelo elegido? ¿Puedo errar la elección? No cabe duda, por supuesto que sí. Puedo equivocarme. En la primera entrada de esta serie escribí sobre el ídolo caído. Rafa, tú escribiste del atleta que tropieza y cae, incluso en un sentido figurado, me temo que puedas estar hablando de algo próximo a ti: el atleta que dopado vence, pero que, al ser descubierto en su engaño es solo una piltrafa, cae desde la cúspide de la fama, desde el éxito, desde el reconocimiento… a lo más hondo de la miseria humana, del desprecio general de la masa. Terrible para el ídolo, terrible para quienes lo idolatraban… ¿Stalin? ¿Hitler? ¿Mao? (Me asombra ver la actitud del pueblo norcoreano con respecto a su líder, una persona a quien ni siquiera habían oído hablar, de quien apenas sabían nada, pero a quien se le atribuyen… innumerables virtudes, virtuales virtuosismos, digamos… Kim Jong Un, el querido líder, que nos mata de hambre, nos encarcela, nos incomunica…). ¡Pasmosa la miseria humana, el adocenamiento y el gregarismo!
        De la octava copla en adelante, Manrique insiste en cómo la juventud pronto pasa, el poder desaparece, la belleza se marchita… Ubi sunt? Se pregunta: ¿Dónde están aquellos que admirados hoy ya no están, ya no son…? ¿A dónde han ido? La muerte se los ha llevado: todos han ido a la mar. Manrique, sin embargo, nos propone un verdadero modelo: su padre, don Rodrigo Manrique:

  Amigo de sus amigos,
¡qué señor para criados
  e parientes!
¡Qué enemigo d'enemigos!
¡Qué maestro d'esforçados
  e valientes!
  ¡Qué seso para discretos!
¡Qué gracia para donosos!
  ¡Qué razón!
¡Qué benino a los sujetos!
¡A los bravos e dañosos,
  qué león!

        ¿Por qué la comparación es odiosa? ¿Por qué en alguna ascética cristiana, que es la que algo conozco, encuentro condenas contra el hecho de compararse? Nunca lo entendí. Lo pensé en alguna oportunidad e insisto no lo comprendo. A las personas valiosas, en quienes confié, nunca, sin embargo, me hablaron de no compararme.
        Cuando hablo de la verdad, su definición clásica afirma que es adecuación entre la inteligencia, digamos, y la cosa. La adecuación comporta por tanto comparación entre aquello que afirmo, que pienso, etc. y aquello que la realidad es. ¿Puedo negar lo evidente? Por supuesto, pero esto nos lleva a otras laderas. Si la verdad es comparación, ¿cómo puede ser esta condenada?
        Sócrates ya hablaba del examen de conciencia como medio de mejora, como medio, venía a decir, para no perder el día. Todo aquel que desea mejorar, perfeccionarse debe hacer varias veces un examen de conciencia a lo largo del día. La idea es hacer balance. Lo explica Hadot en sus Ejercicios espirituales y filosofía antigua: excelente libro en el que llevo tiempo trabajando y avanzando poco.
        Inmersos en occidente y más en unos orígenes cristianos que no comerciales como la Unión Europea –creo que no atender a los orígenes y a la savia conduce a un callejón sin salida a esta Europa de los mercaderes, pero estas son otras reflexiones-, digo, con convicción que mi referencia, en lo cotidiano incluso es Cristo. Me comparo con Cristo, dirán millones de europeos. Puedo discutir si el hombre que fue era el Hombre o ese hombre era Dios, pero sin duda alguna ese Cristo del que tanto se ha escrito –y aún en estas fechas está escribiendo Benedicto XVI- es una persona que anduvo por el mundo. Cristo, el modelo de tantos millones y millones de personas a lo largo de la historia en estos dos mil últimos años, no deja de poner comparaciones en su predicación. Son innumerables y amplísimas, estudiadas con sumo detalle por especialistas que conocen de sus fuentes originales, de sus desarrollos culturales… Las parábolas que el Evangelio recoge hunden sus raíces en los mashales hebreos, que se empleaban en la enseñanza de la Biblia. Así, cuando Cristo habla del reino de Dios, Él mismo se dice a que lo compararé… y así en Marcos 4, 30 y ss., copio y pego:

C)A qué se parecerá el Reino de Dios?, o )con qué parábola lo compararemos? 31 Es como un grano de mostaza que, cuando se siembra en la tierra, es la más pequeña de todas las semillas que hay en la tierra; 32 pero, una vez sembrado, crece y llega a hacerse mayor que todas las hortalizas, y echa ramas grandes, hasta el punto de que los pájaros del cielo pueden anidar bajo su sombra.

        La comparación es un medio didáctico, emparentado con la metáfora, el símil, la alegoría, la metonimia… donde las analogías y las contigüidades establecen la relación entre los términos comparados.
        Con frecuencia, querido Rafa, con motivo del oficio suelo usar otro texto que me gusta sobremanera, en Mateo 11, 16:

16 +)Con quién voy a comparar esta generación? Se parece a unos niños que se sientan en las plazas y les reprochan a sus compañeros:

17   Hemos tocado para vosotros la flauta y no habéis bailado;
      hemos cantado lamentaciones y no habéis hecho duelo.

        ¿¡Cuántas veces tú tocas, lloras, ríes, convocas, lamentas, invocas… a tus alumnos, que no tus discípulos, para que atiendan, trabajen… y no obtienes otro resultado que la indiferencia!?

2 comentarios:

  1. Si fuese un perfil de facebook no dudaría ni un instante en pulsar el "Me gusta".
    Un abrazo

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