27 de enero de 2026

558- Han, Byung-Chul, LA SOCIEDAD DEL CANSANCIO

 



Si la cortesía es la claridad del filósofo, como decía Ortega, y estoy de acuerdo con él, Han no es cortés:

Debemos diferenciar entre el rechazo inmunológico y el no inmunológico. Este último va dirigido a la sobreabundancia de lo idéntico: al exceso de positividad. No implica ninguna negatividad y tampoco conforma ninguna exclusión que requiera un espacio interior inmunológico. El rechazo inmunológico, por el contrario, es independiente del Quantum porque consiste en una reacción frente a la negatividad de lo otro. El sujeto inmunológico, con su interioridad, repele lo otro, lo expulsa, aun cuando se dé solo en proporciones insignificantes.

Lo que en memorable respuesta de Cela a Jesús Hermida tras un largo fervorín de ese tenor de Sánchez Dragó:

                        —¿Y qué opina usted, don Camilo, de lo dicho por Fernando?

                        —Yo qué coño sé qué ha dicho este tío.

Pues eso, que la falta de claridad copa el rechazo inmunológico, comprensión al exceso de lo idéntico, es decir: de lo positivo en contextos determinados y que comportan un Quantum no más de cuarto y mitad de lo que el ser idéntico al otro necesita en el inconmensurable extremo de la realidad no tanto cotidiana como condicionada por la sobreinformación y la multilateralidad… y bla bla bla… Y ni una más santo Tomás. Aquí termina mi lectura del libro de Han.

Entiendo que es muy chic, muy in y muy estar en la pomada de la intelectualidad leer a Han el filósofo surcoreano, pero hasta aquí llega, muy cansado, este pobre lector de pueblo.

22 de enero de 2026

557- Traven, B., EL TESORO DE SIERRA MADRE

 

A estas alturas ignoro si en mi caso la intertextualidad es una buena herramienta hermenéutica o una rémora que pesa entre la impedimenta que como lector llevo colgada. La intertextualidad es un provocador agujero por el que mira quien lee. “Esto me recuerda a…”, “Se parece a…”, “Es muy semejante a lo que leí en la obra de…”. Reconozco que, sea como fuere, a mí me ocurre sin poner intención alguna, y me pesa. Hace mil años que las lecturas, las que fueren, no son para mí ni un relax, ni un descanso. No tengo que poner especial empeño. Cojo un libro y con él un lápiz y un papel usado por una cara y ya está el lector dispuesto a tomar notas… ¿Por qué si me tomo un Jack Daniel’s con Pepsi no hago eso? Echo los hielos, muchos: echo un culito de bourbon (más valen dos cortos que uno largo) y voy echando con calma la Pepsi, procurando la mezcla; lo pruebo; lo saboreo… ¡y no tomo nota de la trazabilidad del hielo, la botella yanqui ni…! Me dejo llevar, disfruto. Muy de tarde en tarde, en este caso, pero lo disfruto. No, no soy catador de copas ni tendría que serlo de libros, pero este papel se ve que lo asumí en mi adolescencia y ahí sigo… ¡tomando notas!

En principio, nada que ver una obra con otra. La feria de los discretos, novela barojiana modélica de personajes que vagan entre los renglones y las páginas y los capítulos. La debí de leer hace más de cuarenta años. Cojo El tesoro de Sierra Madre, de este tal Traven… y los relaciono inmediatamente. El vagabundeo de los personajes en el inicio de la obra me recuerda a aquella otra feria barojiana… ¡inevitable! Parece que ni el autor ni los personajes tienen un sentido claro en sus existencias. El autor cogió la pluma o la máquina y se puso a redactar, eso sí, con bastante más calma que Baroja párrafos amplios, mucha descripción y nos va llevando como chucho atado por el cuello de aquí para allá en una “feria” donde no parece haber muchos discretos. Vuelve a ubicarnos espacialmente en México. Orienta a los personajes hacia las empresas petrolíferas, hacia al montaje de campamentos para estas, los pone en camino de… y a dormir al raso… (la presencia del indio en ese viaje primero es simpática: personaje que entra y sale de la obra sin aparente función alguna). Del hotel el “Oso negro” se marchan, de forma caprichosa ¿¡como la vida misma les sucede a los animales!? a la búsqueda de oro. El personaje que visita a “los protagonistas” en su mina, el tal Lacaud, se le queda a Traven abandonado en la selva de la sierra, como el burro de Sancho a Cervantes: parecía un personaje con proyección en la obra y queda aliquebrado, abandonado y romo, sin desarrollo.

La novela la componen una variopinta sucesión de aventuras donde unos personajes abandonan la escena, digamos, para dejar paso a otros y a nuevos sucesos, aventuras, etc. Lo que no quiere decir que la obra, que está correctamente construida y entiendo que escrita, si bien la edición que uso la traducción es mejorable, y el final tiene una moraleja implícita que invita al lector a meditar por el afán que tantos hombres, quizá el mismo autor y el mismo lector, tienen por alcanzar determinadas propósitos de falso progreso, y que, en realidad, no son tan importantes: de ahí la risa floja de Howard al final de la obra y la conformidad de Curtis de lo sucedido con el sueño de los tres “protagonistas”…: ellos dos y Dobbs, con su violenta salida de la narración de la novela. Añado: las caracterizaciones de los personajes casi, podría afirmarse, no existen: son intercambiables, pues no quedan caracterizados por el autor ni por su aspecto físico ni moral, solo los nombres los hacen distintos… ¿somos acaso todos los humanos muy parecidos unos a otros como él autor nos pretende mostrar? Sin duda, Traven no tiene un concepto roussoniano del hombre, quien para él se muestra malo, codicioso, envidioso, rencoroso…, capaz de revertir todo ello, pero sin que desaparezca del todo en su naturaleza. La obstinación vital de los personajes, su afán de querer saltar todas las dificultades, incluyendo los problemas éticos, hasta llegar a la abyección, me recuerdan al tesón de aquellos otros personajes de novelas escritas por los mismos años que esta, de la llamada generación perdida americana, en particular la trilogía USA de J. Dos Passos (ciertamente esto me asalta mientras leo, como lo hizo el concepto de novela abierta de Baroja… al leer a Traven).

Entretenida la obra de Traven donde el lector hallará divagaciones, dispersiones, circunloquios a veces largos, pero no por ello extemporáneos en el conjunto de la obra; se tropezará el lector con juicios éticos o disyunciones morales, experiencias de vida, que incomodan: “En cuanto se tiene algo, las cosas del mundo ofrecen un aspecto, distinto”, es una aserción que, de un modo u otro, el autor deja caer entre sus renglones. El lector comprobará la presencia de la codicia y la envidia que condicionan las vidas de los rastreros personajes, más peor no parece ser el superlativo de malo en cuanto a las abyección que unos personajes alcanzan. Todo puede ir a peor, parece advertirnos Traven. Ni es tan malo aquello que somos y tenemos.



Añado por último que existe una película sobre esta obra, dirigida por John Huston y protagonizada por Humphrey Bogart. La vi hace muchos años y no descarto volverla a ver ahora.  


19 de enero de 2026

CIAO

 


Hay aprendizajes crueles, inolvidables por atroces. Uno de ellos lo tuve con once años. Desde entonces no creo en la casualidad. Tengo la certeza de que esta no existe.

Hace un tiempo, no sé calcular cuánto, se puso de moda, como despedida entre las personas, un refrescante “¡Hasta luego!” y daba igual que esas personas no se fueran a ver ni luego ni después ni sabían cuándo. Con esta expresión tan jovial se puso de moda también el “¡Nos vemos!”, que creo que debía de ser una traducción del inglés “See you!”: el anglicismo le añadía a la frescura de la expresión un toque cosmopolita, de persona viajada, culta, casi de políglota. No debemos olvidar tampoco el muy chic “¡Nos hablamos!”, propio de las redes: los wasaps, los correos, incluso como despedida de conversaciones telefónicas: “Ciao, ¡nos hablamos!”.

Ahora observo que se impuso el italiano Ciao. Todo el mundo, sea quien sea, funcionarios por teléfono o en persona, amigos, camareros y horteras de cualquier tipo de tienda te largan un “Ciao” que dejan en Nápoles mirando para Florencia. Y como la tita IA, echándole una mano al chacho Google, te solucionan dudas sin parpadear, lo aprovecho también yo con los ojos muy fijos:

La palabra italiana "ciao" tiene su origen en el dialecto veneciano s-ciavo, que a su vez viene del latín medieval sclavus (esclavo), y significaba originalmente "¡a vuestro servicio!" o "¡vuestro esclavo!" como una muestra de cortesía extrema, evolucionando con el tiempo a ser un saludo informal de "hola" o "adiós".

“¡Hola!”, me chivan Corominas y Pascual en su Diccionario crítico etimológico, que es “voz de creación expresiva, común a varios idiomas europeos, con variantes análogas”, relacionada con “¡Hala!”, expresión que se usaba, según el Diccionario de autoridades, “para llamar a un sirviente”… Curioso que “Ciao” y “Hola” tengan que ver con el servicio y, diecisiete pueblos más allá, de la relación de los señores con sus esclavos.

Así pues, cada vez que nos digan “Ciao” podemos pensar que esa persona se declara nuestro esclavo… ¡Qué cosas, Amanda!

Todo esto que una vez supe y olvidé, lo recupero hoy aquí porque no creo en las casualidades: lo he dicho. “Hasta luego”, “Nos vemos”, “See you!”, “Nos hablamos”… y el hoy omnipresente “Ciao”, que ni siquiera se considera, por uso tan común, como un extranjerismo y, por lo tanto, es innecesario escribirlo con cursiva. Pienso.

Todos estos modos de saludo han desplazado a nuestro “Adiós”, que desde el siglo XV nos acompaña en castellano como elipsis de a Dios seas o a Dios seades. ¡Y aquí quería yo ir! Todos esos saludos alóctonos tuneados de fresca y espontánea actualidad en realidad, de ningún modo, nos cuelan una mercancía putrefacta con el único afán de desplazar el nombre de Dios del trato cotidiano.

Si para los cristianos el primer mandamiento de la ley dice de amar a Dios sobre todas las cosas y el segundo no tomar el nombre de Dios en vano, para todo anticristiano su primer mandamiento es odiar a Dios sobre todo, tomar su nombre en vano: de ahí los “Cago en el copón”, “Cago en dios”, “Cago en dios y su santa madre”, etc. y, por supuesto, como los correctores de los móviles, el nombre de Dios apunta, ¡también casualmente!, en minúscula… ¡¡Qué de casualidades!!, provocan el mal y los malos. Dios existe. El Demonio, también con mayúscula, existe y parte de sus bazas arrancan de que el personal crea que no es así: que no existe, que todo lo malo es fruto de “enfermedades” y casualidades. Adiós.



13 de enero de 2026

Vuelve a casa, aunque ya no sea Navidad

 



Amen dico vobis, quia nemo propheta acceptus est in patria sua, eso es fijo, se diga en latín, en arameo, caló o en español y se exprese como se quiera: nadie es profeta en su tierra… Y si su profecía está expresada por escrito, ya se puede dar uno por… perjudicado: no lo lee ni su madre.

Contaba Alfonso Sancho Sáenz que, yendo Azorín por la cuesta de Moyano, lugar célebre donde comprar libros de segunda mano en Madrid, buscando y rebuscando en los montones halló un libro suyo, además, dedicado a un amigo. Lo compró y se lo volvió a dedicar, escribiendo de nuevo algo así: “Con afecto te dedico por segunda vez esta obra mía, con la ilusión de que no vuelva a ir a las librerías de viejo”. Corrían malos tiempos, como casi siempre: raro es que corran buenos y para todos.

No estoy seguro, pero creo que ya es la tercera vez que recupero libros dedicados míos en librerías de lance, de viejo o de segunda mano. Libros sin dedicar los he encontrado y recuperado con frecuencia porque tengo pocos ejemplares de Educar para el trabajo, libro que aún se busca con ahínco e interesa.

En esta oportunidad traigo al hogar un ejemplar de Amanda querida, con una larga y amable dedicatoria a quien fuera un alumno mío. Rescato el ejemplar con la sensación que supongo tiene la madre que halla a su hijo perdido. El pobre, tras ser amado, ha padecido el desamparo y el abandono, el desprecio y el rechazo, mas ahora vuelve al calor del hogar, a la seguridad del cobijo fiable y amado, donde cada libro, cada ejemplar, por muchos que haya parecidos a él, se sabe único, como le explicó el zorro al principito. Pensaba este que todas las rosas, por parecerse, por ser semejantes, eran iguales, pero se equivocaba. El amor las diferenciaba: todas eran muy similares, mas la suya, por serlo, por ser su amada… ¡era distinta! Pues eso ocurre con este ejemplar: se parece a los otros muchos cientos que junto a él nacieron, mas el amor de la dedicatoria lo diferenció, lo singularizó…

Como yo no soy Azorín, no le volveré a dedicar y enviar el libro a mi antiguo alumno. Espero que alguien le diga que esta entrada está aquí. Él no era ni creo que sea amigo de leer. Sí espero que lea esta entrada al menos y venga a recuperar el libro que con tanto cariño le dediqué y me explique cómo se le extravió… No le pido que dé valor a mi novela, no le pido que la lea (¡cien veces debiera hacerlo como castigo!), pero que, al menos, valore mi cariño por él y por ella. Solo pido como pago lo que demandaban los copistas medievales: “Un vaso de bon vino”… 






8 de enero de 2026

555- Han, Byung Chul, SOBRE DIOS. PENSAR CON SIMONE WEIL

 



En determinados ámbitos desde hace años el nombre de Han, el filósofo surcoreano afincado en Alemania, era más o menos conocido. Había oído yo hablar de él a mi compañero de claustro Juan Antonio Béjar, pero eso no significa que yo conociera ni conozca su obra. Solo era motivo de pasada en nuestras amables conversaciones sobre los temas más diversos.

Parece que Han establece con frecuencia su obra en conversación con otros autores. En este caso y en este libro me atrevo a escribir que se halla estructurado y se constituye sobre una conversación con Simone Weil, con un siglo de espacio temporal entre ella y él, donde el coreano conversa con los textos de Weil. Él, lógicamente, selecciona los temas y los textos en la obra de Weil que son de su interés, en este caso sobre la realidad presente desde un enfoque donde Dios está presente.

Estoy seguro de que Han no pretende entresacar ideas novedosas de las obras de Weil ni siquiera aportar tampoco ideas nuevas y propias. Todo está dicho. El problema, lo que Han soluciona, lo que tantos escribidores perdone que me incluya humildemente, hacemos es repetirnos y volvernos a repetir… a pesar de la advertencia del Eclesiastés, que es lo mismo, mas con otras palabras: Nihil novum sub sole. Y a mí me queda el consuelo del principito: «Las personas mayores nunca pueden comprender algo por sí solas y es muy aburrido para los niños tener que darles una y otra vez explicaciones»Gide afirmaba que las personas mayores hay que repetirles todo muchas veces, a ver… Así, yo me lo repito para mí, con la ilusión y el deseo de que alguna vez también, como Han, me entere de las verdades de cada día y las inmutables…

Se marca Han unos trancos, siguiendo la obra de la francesa, para hablar de Dios. Son los títulos de los capítulos, digamos, los pasos de un proceso: la Atención, la Descreación, el Vacío, el Silencio, la Belleza, el Dolor y la Inactividad.

Digamos que cada una de estas palabras se cargan de un sesgo particular cargado de una polisemia propia del pensamiento de Weil, que Han refuerza y subraya, aunque más propiamente pone en cursiva. Son innumerables las cursivas que Han aplica a los términos propios y de Weil, insisto, para cargarlos de una polisemia personal, a veces, sorprendente. Siguiendo ya con este estilo de Han, diré que este es peculiar y, se me antoja, emparentado con el haiku japonés, breve y cortante, lapidario casi, fuertemente dicotómico y dialéctico, sin apenas argumentación ni análisis desarrollados y dado a la simplificación, lo que, leo, explica buena parte de su éxito y da razón también de las duras críticas que recibe. A mí ese estilo me deja más atónito que sorprendido, pues espero una explicación que no se da y que considero necesaria pues la realidad de que habla, para mí, no es evidente.



Además del título que encabeza cada capitulito, el libro es breve, se añaden unas citas de Weil que orientan al lector sobre el contenido que da Han al capítulo. Así, en el primero, dedicado a la “Atención”, escribe: “En su grado más alto, la atención es lo mismo que la oración” y otro texto, que considero más enigmático: “Dos compañeros alados, dos pájaros (...) están posados en la rama de un árbol. Uno come los frutos, el otro los mira”.

La primera de las afirmaciones, y más aún la segunda, pueden servir tanto para subir como para bajar y, según se tome, pueden ser más o menos razonables. Sin duda, salir de la inmanencia, del yo, volcarse en los otros, en lo otro, en el Otro, hablar con ellos, especialmente con ese Otro que es Dios, que eso es la oración, es abrir la puerta a la trascendencia y premisa necesaria para ser feliz: la felicidad es una puerta que abre hacia fuera... “Comer”, en la segunda cita es sinónimo, por lo que deduzco en otros contextos, de consumir y atenderse a sí propio exclusivamente: quien está pendiente de sí, quien de continuo “come” no puede abrirse a la trascendencia. Si nos atenemos al desvanecimiento y la desaparición absoluta del yo, como en algún momento parece proponer el escrito de Han, por vía Weil, caeríamos en un disparate: no puede haber atención si el yo desparece, no puede haber conversación si está solo uno habrá soliloquio y nunca creí, como Machado que quien habla solo espera hablar a Dios un día… No: quien habla solo está hablando solo o incluso puede padecer esquizofrenia: si yo hablo con Dios hablo con Dios, tal y como hablo con cualquier persona, Dios es un ser personal… Las confusiones en las premisas nos meten en corredores sin salida y en laberintos intelectuales confusos donde algunos perecen.

No olvidemos que Han está siguiendo el pensamiento de una persona especialmente joven y tan particular como lo podemos ser cada uno, según Unamuno, con sus cadaunadas, pero a veces unos más que otros, como es el caso de Weil. Remito a lo escrito y comentado por mí al hilo de la autora en la obra de Charles Moeller, Literatura del siglo XX y cristianismo. Ahí el lector comprenderá mejor este libro de Han trenzado con ideas de Weil. Creo que el peligro de la obra y el pensamiento de Weil, es que tiene una melodía de fondo que habla de verdades cristianas… parciales, medias verdades, que confunden o pueden confundir al lector incauto, desorientarlo. Han no corrige esto, sino que abunda y contribuye a ello.

Resalta la importancia del silencio, necesario para que el Espíritu se manifieste. Huir de la conexión continua a la comunicación, a la información, huir del ajetreo interior, huir del activismo y buscar esa paz que solo se halla en el silencio interior. El grillo, el viento, el ladrido del perro o el canto del gallo son ruidos que invitan a entrar en el interior. “El silencio de las cosas, el silencio de los ruidos es un reflejo del silencio de Dios”. El lenguaje que Weil usa, los significados de sus ideas son en ocasiones no ya solo poéticos, sino muy particulares, por ejemplo: “Cuando en lo más hondo de nuestras entrañas surge la necesidad de un ruido que signifique algo, cuando gritamos para obtener una respuesta y esa respuesta no se concede, en ese momento entramos en contacto con el silencio de Dios”. Y añade Han “Hoy en día ya no podemos rezar porque nos encontramos constantemente expuestos al ruido de la información y la comunicación”, pues ya lo siento Herr Han porque yo sí rezo a diario y muchas veces durante el día a pesar de vivir rodeado de información y mil ruidos externos, etc. ¿O algo se me escapa o algo no se explica suficientemente? Vaciar el alma de cachivaches y artefactos de los que se alimenta el yo mundano no es aniquilar mi yo, mi mismidad orante. El cristiano tiene que aprender y saber materializar la vida de oración, convertir su quehacer en el mundo…, todo aquello que le rodea en asunto y trasunto de su oración y de su vida interior y de su santidad. Usted mismo escribe: “Por eso, en última instancia toda ciencia es una teología: estudia el orden divino del universo. La belleza como encarnación de Dios espiritualiza la ciencia. Eleva el estudio hasta convertirlo en una oración. Estudiar y orar confluyen”. Desde 1928 lo viene explicando el Opus Dei, ese toque de recuerdo y atención de Dios a los hombres: es esencial buscar y materializar la santidad en medio de mundo, sin huir de él, en la mismidad del torrente circulatorio de la sociedad. Su fundador escribió en Camino (1934) y que tanto me sorprendió en mi adolescencia: “Una hora de estudio, para un apóstol moderno, es una hora de oración”. Ya digo: Nihil novum…

Diría que las afirmaciones genéricas, inconcretas, que se citan de Weil podrían ser aceptadas por cualquier practicante religioso cristiano, católico. Ojo, ni Weil ni Han, en este libro hablan de la Iglesia, ni de catolicismo.

Determinadas palabras, que coinciden con las que dan título a los capitulitos se cargan de polisemia dependiendo de los contextos y así, por ejemplo: “Es espíritu es atención”, “Dios es la atención sin distracción”, “El acto de comer es la causa del mal de fondo de la humanidad: ‘Quizá, en esencia, los vicios, las depravaciones y los crímenes son casi siempre, o incluso siempre, tentativas de comer la belleza, de comer lo que solo se debe mirar’”, “La hostia es una materia divina en la medida en que se encuentra denuda y vacía. La materia sola, sin objetivo ni utilidad, es un sacramento. No acalla hambre alguna”, “Lo bello es un medio sin fin”…

Reitero porque tomo nota mientras leo y vuelvo a leerlo en mis notas, que el dinamismo narrativo de Han es urgente. La oración tiende a ser breve. La ideas se suceden en los renglones como las balas de una ametralladora: casi independientes, con singular valor propio cada una.

En nuestros días, el mercado se ha vuelto aún más extenso y estridente. El mundo entero se está convirtiendo en un ruidoso mercado. Hoy todo es una mercancía. Por eso todo es bullicioso y reclama a gritos atención. La vida misma adquiere forma de mercado y mercancía. Cada persona es ya empresaria de sí misma y se produce y se presenta a sí misma constantemente, hasta acabar pareciéndose a un mercader que pregona sus artículos. Al capitalismo no le gusta el silencio. Cuanto mayor es la productividad, más ruido se genera. El ruido multiplica el capital. O el capital hace ruido para multiplicarse. El silencio no produce. La presión neoliberal del rendimiento y la optimización, como presión interna que es, enferma al alma al someterla a un exceso de ruido.

Ya veremos, quizá no tarde en leer La sociedad del cansancio, pero no obstante reconozco mi incapacidad para comprender el cine y la literatura orientales. A lo peor tampoco logro alcanzar este sucinto modo de pensar en corto y sin argumentos.

Como esta entrada ya va larga… y no quiero abundar más ni aburrir al posible lector, me planto. Lo escrito aquí se completa con lo escrito en la entrada 554, sobre Weil y Literatura del siglo XX y cristianismo.