8 de enero de 2026

555- Han, Byung Chul, SOBRE DIOS. PENSAR CON SIMONE WEIL

 



En determinados ámbitos desde hace años el nombre de Han, el filósofo surcoreano afincado en Alemania, era más o menos conocido. Había oído yo hablar de él a mi compañero de claustro Juan Antonio Béjar, pero eso no significa que yo conociera ni conozca su obra. Solo era motivo de pasada en nuestras amables conversaciones sobre los temas más diversos.

Parece que Han establece con frecuencia su obra en conversación con otros autores. En este caso y en este libro me atrevo a escribir que se halla estructurado y se constituye sobre una conversación con Simone Weil, con un siglo de espacio temporal entre ella y él, donde el coreano conversa con los textos de Weil. Él, lógicamente, selecciona los temas y los textos en la obra de Weil que son de su interés, en este caso sobre la realidad presente desde un enfoque donde Dios está presente.

Estoy seguro de que Han no pretende entresacar ideas novedosas de las obras de Weil ni siquiera aportar tampoco ideas nuevas y propias. Todo está dicho. El problema, lo que Han soluciona, lo que tantos escribidores perdone que me incluya humildemente, hacemos es repetirnos y volvernos a repetir… a pesar de la advertencia del Eclesiastés, que es lo mismo, mas con otras palabras: Nihil novum sub sole. Y a mí me queda el consuelo del principito: «Las personas mayores nunca pueden comprender algo por sí solas y es muy aburrido para los niños tener que darles una y otra vez explicaciones»Gide afirmaba que las personas mayores hay que repetirles todo muchas veces, a ver… Así, yo me lo repito para mí, con la ilusión y el deseo de que alguna vez también, como Han, me entere de las verdades de cada día y las inmutables…

Se marca Han unos trancos, siguiendo la obra de la francesa, para hablar de Dios. Son los títulos de los capítulos, digamos, los pasos de un proceso: la Atención, la Descreación, el Vacío, el Silencio, la Belleza, el Dolor y la Inactividad.

Digamos que cada una de estas palabras se cargan de un sesgo particular cargado de una polisemia propia del pensamiento de Weil, que Han refuerza y subraya, aunque más propiamente pone en cursiva. Son innumerables las cursivas que Han aplica a los términos propios y de Weil, insisto, para cargarlos de una polisemia personal, a veces, sorprendente. Siguiendo ya con este estilo de Han, diré que este es peculiar y, se me antoja, emparentado con el haiku japonés, breve y cortante, lapidario casi, fuertemente dicotómico y dialéctico, sin apenas argumentación ni análisis desarrollados y dado a la simplificación, lo que, leo, explica buena parte de su éxito y da razón también de las duras críticas que recibe. A mí ese estilo me deja más atónito que sorprendido, pues espero una explicación que no se da y que considero necesaria pues la realidad de que habla, para mí, no es evidente.



Además del título que encabeza cada capitulito, el libro es breve, se añaden unas citas de Weil que orientan al lector sobre el contenido que da Han al capítulo. Así, en el primero, dedicado a la “Atención”, escribe: “En su grado más alto, la atención es lo mismo que la oración” y otro texto, que considero más enigmático: “Dos compañeros alados, dos pájaros (...) están posados en la rama de un árbol. Uno come los frutos, el otro los mira”.

La primera de las afirmaciones, y más aún la segunda, pueden servir tanto para subir como para bajar y, según se tome, pueden ser más o menos razonables. Sin duda, salir de la inmanencia, del yo, volcarse en los otros, en lo otro, en el Otro, hablar con ellos, especialmente con ese Otro que es Dios, que eso es la oración, es abrir la puerta a la trascendencia y premisa necesaria para ser feliz: la felicidad es una puerta que abre hacia fuera... “Comer”, en la segunda cita es sinónimo, por lo que deduzco en otros contextos, de consumir y atenderse a sí propio exclusivamente: quien está pendiente de sí, quien de continuo “come” no puede abrirse a la trascendencia. Si nos atenemos al desvanecimiento y la desaparición absoluta del yo, como en algún momento parece proponer el escrito de Han, por vía Weil, caeríamos en un disparate: no puede haber atención si el yo desparece, no puede haber conversación si está solo uno habrá soliloquio y nunca creí, como Machado que quien habla solo espera hablar a Dios un día… No: quien habla solo está hablando solo o incluso puede padecer esquizofrenia: si yo hablo con Dios hablo con Dios, tal y como hablo con cualquier persona, Dios es un ser personal… Las confusiones en las premisas nos meten en corredores sin salida y en laberintos intelectuales confusos donde algunos perecen.

No olvidemos que Han está siguiendo el pensamiento de una persona especialmente joven y tan particular como lo podemos ser cada uno, según Unamuno, con sus cadaunadas, pero a veces unos más que otros, como es el caso de Weil. Remito a lo escrito y comentado por mí al hilo de la autora en la obra de Charles Moeller, Literatura del siglo XX y cristianismo. Ahí el lector comprenderá mejor este libro de Han trenzado con ideas de Weil. Creo que el peligro de la obra y el pensamiento de Weil, es que tiene una melodía de fondo que habla de verdades cristianas… parciales, medias verdades, que confunden o pueden confundir al lector incauto, desorientarlo. Han no corrige esto, sino que abunda y contribuye a ello.

Resalta la importancia del silencio, necesario para que el Espíritu se manifieste. Huir de la conexión continua a la comunicación, a la información, huir del ajetreo interior, huir del activismo y buscar esa paz que solo se halla en el silencio interior. El grillo, el viento, el ladrido del perro o el canto del gallo son ruidos que invitan a entrar en el interior. “El silencio de las cosas, el silencio de los ruidos es un reflejo del silencio de Dios”. El lenguaje que Weil usa, los significados de sus ideas son en ocasiones no ya solo poéticos, sino muy particulares, por ejemplo: “Cuando en lo más hondo de nuestras entrañas surge la necesidad de un ruido que signifique algo, cuando gritamos para obtener una respuesta y esa respuesta no se concede, en ese momento entramos en contacto con el silencio de Dios”. Y añade Han “Hoy en día ya no podemos rezar porque nos encontramos constantemente expuestos al ruido de la información y la comunicación”, pues ya lo siento Herr Han porque yo sí rezo a diario y muchas veces durante el día a pesar de vivir rodeado de información y mil ruidos externos, etc. ¿O algo se me escapa o algo no se explica suficientemente? Vaciar el alma de cachivaches y artefactos de los que se alimenta el yo mundano no es aniquilar mi yo, mi mismidad orante. El cristiano tiene que aprender y saber materializar la vida de oración, convertir su quehacer en el mundo…, todo aquello que le rodea en asunto y trasunto de su oración y de su vida interior y de su santidad. Usted mismo escribe: “Por eso, en última instancia toda ciencia es una teología: estudia el orden divino del universo. La belleza como encarnación de Dios espiritualiza la ciencia. Eleva el estudio hasta convertirlo en una oración. Estudiar y orar confluyen”. Desde 1928 lo viene explicando el Opus Dei, ese toque de recuerdo y atención de Dios a los hombres: es esencial buscar y materializar la santidad en medio de mundo, sin huir de él, en la mismidad del torrente circulatorio de la sociedad. Su fundador escribió en Camino (1934) y que tanto me sorprendió en mi adolescencia: “Una hora de estudio, para un apóstol moderno, es una hora de oración”. Ya digo: Nihil novum…

Diría que las afirmaciones genéricas, inconcretas, que se citan de Weil podrían ser aceptadas por cualquier practicante religioso cristiano, católico. Ojo, ni Weil ni Han, en este libro hablan de la Iglesia, ni de catolicismo.

Determinadas palabras, que coinciden con las que dan título a los capitulitos se cargan de polisemia dependiendo de los contextos y así, por ejemplo: “Es espíritu es atención”, “Dios es la atención sin distracción”, “El acto de comer es la causa del mal de fondo de la humanidad: ‘Quizá, en esencia, los vicios, las depravaciones y los crímenes son casi siempre, o incluso siempre, tentativas de comer la belleza, de comer lo que solo se debe mirar’”, “La hostia es una materia divina en la medida en que se encuentra denuda y vacía. La materia sola, sin objetivo ni utilidad, es un sacramento. No acalla hambre alguna”, “Lo bello es un medio sin fin”…

Reitero porque tomo nota mientras leo y vuelvo a leerlo en mis notas, que el dinamismo narrativo de Han es urgente. La oración tiende a ser breve. La ideas se suceden en los renglones como las balas de una ametralladora: casi independientes, con singular valor propio cada una.

En nuestros días, el mercado se ha vuelto aún más extenso y estridente. El mundo entero se está convirtiendo en un ruidoso mercado. Hoy todo es una mercancía. Por eso todo es bullicioso y reclama a gritos atención. La vida misma adquiere forma de mercado y mercancía. Cada persona es ya empresaria de sí misma y se produce y se presenta a sí misma constantemente, hasta acabar pareciéndose a un mercader que pregona sus artículos. Al capitalismo no le gusta el silencio. Cuanto mayor es la productividad, más ruido se genera. El ruido multiplica el capital. O el capital hace ruido para multiplicarse. El silencio no produce. La presión neoliberal del rendimiento y la optimización, como presión interna que es, enferma al alma al someterla a un exceso de ruido.

Ya veremos, quizá no tarde en leer La sociedad del cansancio, pero no obstante reconozco mi incapacidad para comprender el cine y la literatura orientales. A lo peor tampoco logro alcanzar este sucinto modo de pensar en corto y sin argumentos.

Como esta entrada ya va larga… y no quiero abundar más ni aburrir al posible lector, me planto. Lo escrito aquí se completa con lo escrito en la entrada 554, sobre Weil y Literatura del siglo XX y cristianismo.



30 de diciembre de 2025

554 - Moeller, Charles, LITERATURA DEL SIGLO XX Y CRISTIANISMO… Simone Weil

 



Sin duda el título así escrito de esta entrada en muy pretencioso por mi parte, pues solo voy a comentar un detalle de esta magna obra. En concreto lo que he leído sobre Simone Weil, en el tomo primero, y algo de pasada de la obra en su conjunto.

En realidad, ignoro si esta obra de Moeller es muy conocida o no. Sí lo es, o lo era, en los círculos de personas con quienes me trataba en los años 80. La consulté varias veces y siempre deseé tenerla y, cuando tuve oportunidad, la compré con una encuadernación con cubiertas de cartón recubiertas (anota el editor, Gredos, que de tela, pero no es tal). Quise esa edición especial porque tenía la idea de que la usaría mucho y no deseaba que se deteriorase en caso de tenerla en rústica. Son cinco volúmenes. Me encantó comprarla: me hizo mucha ilusión. La he consultado muchas veces, por diversos motivos y por distintos autores: me encuentro en este volumen que anoté lo que me interesó sobre Gide, sobre Camus… en los márgenes (y no recuerdo ni la causa ni por qué lo hice). En esta oportunidad leo el capítulo dedicado a Simone Weil debido a que iba a empezar la lectura de Byung Chul Han, Sobre Dios. Pensando con Simone Weil, y he vuelto a los volúmenes de Moeller. Me parecía prudente antes de adentrarme en esta obra del coreano leer y enterarme por autor conocido y de mi confianza quién fue la autora y pensadora francesa. No he leído nada de Weil y reconozco que hasta la fecha era poco más que el nombre de una escritora y pensadora francesa y judía, que se acercó al cristianismo.



A estas alturas, y ya de paso, también ignoro si sabía algo más sobre Moeller que lo confesado por él en la propia obra: página 195, vol. I: su condición de sacerdote, realidad que también ahora tenía olvidada, pero lo anoté en sus momento en las primeras páginas de este primer volumen, se ve, para no olvidarlo y ahora me lo tropiezo. Ahora es fácil acceder y conocer quién fue con dirigirse a la Wikipedia o dar un paseo por Internet.

Lo primero que descubro es que, en Internet, con la diéresis en sus apellido, no se encuentra al autor, así pues, Charles Moeller, que no Möeller, (1912-1986), belga de nacimiento, sacerdote y profesor. Dio unos ciclos de conferencias sobre escritores de moda en sus años como profesor y de ellas nacieron estos volúmenes. Fue comentado a los autores más leídos por aquellos años (década de los cincuenta). Habló públicamente de estos autores desde el punto de vista de la fe: analiza sus vidas y sus obras y comenta a la luz de la teología y la ascética cristiana cuanto de ellos se podía saber. Sus estudios son minuciosos, profundos, extensos y, para mí, interesantes y confiables.

Descubro ahora, en mi búsqueda, que se editó un volumen VI, que me apresto a comprar y que no encuentro por ningún sitio ni de primera ni de segunda mano. Es lo que hay. Se editó en 1995 y se me coló entre las redes, en unos años en que mi pesca era más difusa y andaba entonces con otras investigaciones y en otros predios. En este volumen que carezco subtitulado “Exilio y regreso”, Moeller estudia a Marguerite Duras, Valéry Larbaud, Sigrid Undset, François Mauriac, Gertrud von Le Fort y del cineasta sueco Ingmar Bergman.


Simone Weil, judía de raza, y no cristiana conversa, según dice Moeller, mas con el marchamo de tal, se ha colado en la realidad vital e intelectual de muchos católicos como si ella lo fuera: me encuentro entre los confundidos. No, no lo era, o al menos no lo era del todo y si lo fue lo era de modo heterodoxo. Señala el autor belga que tuvo influencias muy diversas en su pensamiento y en los enfoques de su existencia, en la realidad vital que desplegó en su breve vida (París, 3 de febrero de 1909 - Ashford, 24 de agosto de 1943). No haga la cuenta: 34 años. Coqueteó con el misticismo griego, se aproximó a la vivencia personal emulando a los cátaros, se acercó al cristianismo (ella hablaba de una aparición o visión que de Cristo tuvo): de su particular y personal cristianismo.


Hace unos días, ante el aviso de una persona por un peligro que comunicaba para que otros no cayeran en su error, un tercero afirmaba que se debía de dejar que cada uno hiciera lo que quisiera, es decir: que nadie debía corregir, avisar ni prevenir a nadie… “¡Que cada uno haga lo que quiera!”, venía a concluir, y que se mate intelectual o realmente. 

Es obvio que no estoy de acuerdo con esta postura porque tengo la convicción de que el bien, de suyo, es difusivo: no hay nada más que ver a quienes les ha tocado la lotería que están loquitos por decirlo a todos… Además de esta realidad, principio metafísico y teológico, siempre me acuerdo, a lo mejor es por mi condición de educador, del pasaje de El principito en su capítulo V donde el autor avisa del peligro de los baobabs, esos vicios que todo lo corroen y degradan:

Y digo: «¡Niños! ¡Cuidado con los baobabs!» Para prevenir a mis amigos de un peligro que desde hace tiempo los acecha, como a mí mismo, sin conocerlo, he trabajado tanto en este dibujo. La lección que doy es digna de tenerse en cuenta. Quizás os preguntaréis: ¿Por qué no hay, en este libro, otros dibujos tan grandiosos como el dibujo de los baobabs? La respuesta es bien simple: He intentado hacerlos, pero sin éxito. Cuando dibujé los baobabs me impulsó el sentido de la urgencia.

Cierto que nadie me llama a meterme en camisa de once varas, salvo ese bien que de suyo se hace comunicativo y advertir del peligro que tienen los baobabs, como en el caso de Simone Weil.

Byung-Chul Han, filósofo coreano, muy puesto de moda por el premio Princesa de Asturias que ha recibido y él, además, lleva el marchamo de católico. No dudo que merece el premio y no dudo un ápice en que sea católico, bautizado, practicante, etc. No lo pongo en duda, pero sí creo que puede ser un agujero negro para muchos lectores que se acerquen a su obra Sobre Dios. Pensar con Simone Weil y se aturdan y dañen pensando que están ante una obra y una pensadora, Weil, católica ortodoxa y etcétera. Pues no, lo siento. Ahora está a la orden del día revisar el origen y la trazabilidad de los productos con que nos alimentamos: todo debe esta visado y revisado; sin embargo, no tenemos ningún cuidado en zamparnos lecturas o películas o planteamientos que, siendo contrarios al sentido común y a la verdad, se nos cuelan de contrabando y así se oyen opiniones y discursos en bocas de personas que ¡ignoran qué dicen y qué defienden!, incluso contra sus propias convicciones. La ignorancia es muy atrevida. Vamos a ver a Weil.

A partir de aquí comparto las ideas de Moeller, que adapto o bien cito con comillas cuando son literales, como se debe.

Breve vida la de Weil. Azarosa por lo que he leído. Una vida atrevida. «Por su caridad admirable, Simone Weil está, en el orden supremo de que hablaba Pascal […], adherirse al sufrimiento del mundo, no evadirse de él, sino aceptarlo, es una actitud fundamentalmente cristiana» y ella así lo vivió, mas «Aquí termina el mensaje válido de Simone Weil», pues su búsqueda de la certeza matemática donde solo la fe puede aportar claridad y saber la condujo a «Las crecientes aberraciones de su pensamiento [que] manifiestan el terrible peligro que constituye, en la vida espiritual, una inteligencia hipertrofiada y solitaria. El sistema de Simone Weil es una de las más tremendas contrapruebas que conozco de la necesidad de una Iglesia con autoridad docente. Abandonada a sí misma, habiéndose puesto al margen de su condición de mujer, Simone Weil fue, literalmente, devorada por su inteligencia»«Su sistema es perfectamente lógico; tiende a una evidencia, a una certeza. Esto es precisamente lo que ella buscaba. Es preciso decir aquí (...) que el fondo de la Gnosis es el racionalismo. En la base está el deseo de salvarse por sí mismo, por sus solas fuerzas; está la negación de la gracia, negación del Dios de amor. El racionalismo lleva siempre consigo la aparición del extremo opuesto, la obsesión de la materia. El sensualismo secreto de Simone Weil es innegable. Su sistema es una maldición del hombre, una divinización de la materia, una absorción en el océano de un absoluto espiritual. No hay amor, porque no hay filiación divina. Es característico el hecho de que Simone Weil no cite nunca la sentencia evangélica: “Si no os volvéis como niños, no entraréis en el Reino de Dios”; ahora bien, estas palabras son una de las claves del mundo de la Revelación, en que ella no entró jamás. El pensamiento de Simone Weil, nuevo catarismo, constituye uno de los peligros más graves con que pueden enfrentarse las conciencias cristianas».

Muy posiblemente Weil no «sea una hereje perversa y consciente. Es una víctima de su soledad intelectual; es la trágica prueba de lo inútil que es para el hombre querer renegar de su condición». A juicio de Moeller: «su ignorancia era “invencible”».

Y concluye este diciendo de Simone Weil que, si: «lo ignoró todo acerca de la Iglesia auténtica, fue quizá porque los cristianos no le dieron ocasión de vislumbrar el verdadero rostro de Dios. No debemos tener mala conciencia, ni dejarnos seducir por las doctrinas pseudocristianas. Nunca debemos creer que la Iglesia sea pobre, que la liturgia sea pobre, que la teología sea pobre. Los pobres somos nosotros. Nosotros somos casi siempre peores que nuestras teorías», sin embargo, en el caso de Simone Weil su vida fue mucho más valiosa que sus teorías, ella «valía, por su vida, más que el pobre sistema que se esforzaba en construir».

Leo en la Wikipedia: «Según el testimonio de Simone Deltz, amiga que le acompañó en el sanatorio en que murió,[6] fue bautizada poco antes de morir[7]»: ni quito ni pongo, informo.

Y ahora, ya, con todo esto y algo más aprendido sobre la autora francesa, abordo la obra del coreano y espero poder distinguir la paja del grano.




25 de diciembre de 2025

552. Berlin, Isaiah, KARL MARX: SU VIDA Y SU ENTORNO

 




Berlin nos cuenta en esta excelente obra, a mi juicio, la historia de una vida fracasada que corría tras una idea tan errada y errante como esa vida, pero que cruzó gran parte del siglo XX como una de las ideas esenciales junto al modernismo, el existencialismo y el psicoanálisis. Al final, el psicoanálisis se demostró como una gran mentira que su propio creador reconoció; el marxismo condujo a la ruina de países donde millones de personas perdieron la vida y se vieron aplastadas y masacradas por ideas falsas… Y entiendo que el arte del siglo XX no se puede comprender sin el aporte modernista, como la vida hoy no se puede mirar al margen del existencialismo, sin contar con él y con sus dolorosas consecuencias.

He leído, creo, bastante sobre el marxismo. No recordaba haber leído sobre Marx. En esta obra se vertebra la vida del economista alemán con sus ideas de un modo que se me antoja  acertado y excelente a mi juicio: me ha gustado el libro, incluidos esos párrafos inmensos donde de forma clara y nada farragosa el joven Isaiah Berlin explica la singular vida del pobre Karl Marx.

Enfadado y enfrentado con el mundo nos describe Berlin al creador del marxismo. Pobre, incomprendido, emigrante hasta terminar el Inglaterra, su segunda casa, enfadado con propios y extraños, incomprendido, alejado de todos y de todo… Si bien, los últimos años de su vida fueron más llevaderos y suaves, sin el apremio del hambre llamando a la puerta: dos de sus hijos murieron de hambre. Así, como he visto la vida de Marx la entiendo una vida fracasada para una teoría frustrada, fallida. Su supuesta inteligencia y genialidad contradicen estos datos: ¿es acaso inteligente quien no es capaz de solventar las necesidades inmediatas de sus más inmediatos, ¡su esposa y sus hijos!? La persona inteligente resuelve problemas -cotidianos, añadiría yo- y no se genera ni genera obstáculos y contratiempo a su propia vida, insisto, y en la de aquellos que lo rodean: no confío en los inteligentes que tiran adoquines para arriba para rematarlos de cabeza…

Por temperamento y quizá por carácter, sin duda por su personalidad, quizá por los tres, Marx se mostraba, por lo que Berlin escribe, como una persona no ya enérgica, sino violenta, con frecuentes explosiones de ira e intransigencia.

Reconozco el rechazo personal que tengo a la obra y a la persona creadora del marxismo. Hay que contar con el marxismo sin dudarlo en el siglo XX. Yo lo padecí entre mis profesores en las clases de la universidad. Los historiadores y sociólogos, los psicólogos y los estudiosos de la política, los escritores y sus críticos y los artistas creadores en general, hallan, en la medida en la cualidad cambiante de la vida de su sociedad un principio de lucha y en este se hallan las ideas ineludibles de Marx y de su obra que han sido trufadas con cualquier razonamiento y por cualquier motivo. Todo cuanto sucede emana, según Marx, de la relación con la estructura económica, esto es, a las relaciones del poder económico, de cuya estructura social ella es una expresión y las tesis marxistas han creado herramientas de crítica e investigación, cuyo empleo modificó la naturaleza y dirección de las ciencias sociales durante generaciones.



No fueron pocos quienes ya en vida de Marx lo representaban como el genio malo de la clase trabajadora, que conspiraba para minar y destruir la paz y la moral de la sociedad civilizada, que explotaba sistemáticamente las peores pasiones del proletariado, que creaba injusticias y motivos de queja allí donde no existían, que vertía vinagre en las heridas de los descontentos, exacerbando sus relaciones con los patronos a fin de crear un caos universal en el que todos y cada uno habían de perder, y así, finalmente, todos se hallarían al mismo nivel, los ricos y los pobres, los malos y los buenos, los industriosos y los ociosos, los justos y los injustos. Otros, sin embargo, veían en él al más infatigable y devoto estratega de las clases trabajadoras de todos los países del mundo, la autoridad infalible en todas las cuestiones teóricas, el fundador de un movimiento irresistible destinado a acabar con la injusticia y la desigualdad por medio de la persuasión o de la violencia. Se les aparecía como un iracundo e indomable Moisés moderno, el conductor y salvador de todos los humillados y oprimidos, con la figura más suave y más convencional de Engels a su lado, un Aarón dispuesto a exponer sus ideas a las extraviadas y poco esclarecidas masas del proletariado.

Añado sobre Marx: luchó contra la mezquina y cínica sociedad de su tiempo, que, según le parecía, vulgarizaba y degradaba cualquier relación humana, con odio no menos profundo. Pero su espíritu estaba hecho de un tejido más fuerte y crudo; era insensible, estaba dotado de una poderosa voluntad y sólo tenía confianza en sí mismo. No estaba en su mano suprimir las causas de su propia infelicidad, que eran la pobreza, la enfermedad y el triunfo del enemigo. Su vida interior parece tranquila, falta de complicaciones y confiada. Veía el mundo en simples términos de blanco y negro; los que no estaban con él, estaban contra él. Sabía de qué lado estaba, empleó la vida en luchar por una causa y sabía que ésta había de vencer finalmente. Aquellas crisis de fe que se verifican en la vida de sus amigos de espíritu más sutil —el penoso autoexamen de hombres como Hess o Heine— no hallaban en él simpatía. Quizá las consideraba otros tantos indicios de degeneración burguesa, que tomaba la forma de una mórbida atención a estados emocionales privados o, lo que es aún peor, que explotaba el desasosiego social con fines personales o artísticos, frivolidad e irresponsable, reprensible complacencia en sí mismos de hombres ante cuyos ojos se libraba la más grande de las batallas de la historia humana. Esta intransigente severidad para con el sentimiento personal, así como la insistencia casi religiosa en una disciplina de autosacrificio, fueron heredadas por sus sucesores e imitadas por sus enemigos de todos los países. Distinguen a sus verdaderos descendientes entre los que lo siguen, y, a sus adversarios, del liberalismo tolerante en todas las esferas.

Merece mucho la pena leer esta obra de Berlin.

22 de diciembre de 2025

553- Rosini, Fabio, SOLO EL AMOR CREA

 



Me aconseja este libro un cura por un pasaje concreto por el que mi alma vericueteaba y caminaba. Lo empiezo con ilusión. Me resulta sumamente atractivo el título: cierto que solo el amor puede crear, sacar ex nihilo, por eso solo el amor de Dios puede propiamente crear. Los demás, no me atrevo a llamarme artista, componemos artefactos con lo que hallamos a mano en lo ya existente, creado: hacemos, cada uno, lo que podemos… ¡Atractivo título! Solo el amor crea.

Leí deprisa el nombre del autor del PREFACIO. Me sonó, pero no caí en la cuenta hasta leer un par de páginas… Marko Ivan Rupnik. Sé perfectamente quién es: exjesuita, sacerdote católico, reconocidísimo mundialmente artista decorador de espacios eclesiales: en el Vaticano, en Lourdes, en Fátima, en… Eslovaco… Investigado por el Vaticano por distintos abusos de los que se le acusa y de los que, por lo que sé, se han constatado y por los que la Compañía de Jesús lo expulsó de ella. Sé que por su causa se motivaron diversos debates. Que el papa Francisco pidió que se reabriera el caso… Mucho pollo para tan poco arroz. De entrada, la tarjeta de visita, no me gustó; con todos mis respetos no me agradó, por mucho que la editorial, Rialp, sea de mi confianza y la colección Patmos muy transitada por mí…



El autor hace un repaso a las obras de misericordia espirituales. El enfoque que da a sus pensamientos, las perspectivas de las que hace gala no me son familiares. Algunas no me sorprenden y no me son gratas; otras muchas sí: tomo muchas notas, medito muchos pasajes. No estoy familiarizado con ese modo de enfocar las realidades espirituales: tengo la impresión de que los aforismos, las ideas sueltas, se suceden unas a otros y falta trabazón. Digamos que, en términos cinegéticos, “no me gusta cómo caza la perrilla”. Voy desconcertado por sus páginas hasta que llego a la página 111. Se inicia capítulo: “Corregir al que no sabe”. Donde al entrar ahí y al hablar del pecado, pienso que el autor está siguiendo un recorrido por la Sagrada Escritura donde está parándose y citando aquello que le conviene al caso de forma, no escribiré que caprichosa, pero sí de forma desordenada e injustificada. Toda cita, entiendo, debe comprenderse en un contexto mucho más amplio. Obvio que Rosini no se va a remontar a Adán y Eva, pero citar de aquí y de allí a mocho es mucha rueda que engullir, para mí. Entiendo, espero que el lector lo comprenda, que el autor cita y escribe su libro como le da la real gana: ¡solo faltaría!, pero también y por la misma sobrenatural razón, porque me da la gana, cierro el libro y tomo nota para no aconsejarlo. Es lo que hay.

Había dado por conclusa esta entrada…, pero pienso: ¿Se deberá el estilo a que esto fue predicado y recogido de textos orales que no se han pulido sintácticamente para ser leídos?