A SERGIO MUNUERA
Vaya por delante que quienes
penséis el clásico: “¡Alcalá, te las cuajas!”, os equivocáis porque la anécdota
que cuento en esta entrada es verídica como la vida misma, fruto de mi atenta observación
sociológica a pie de calle, más bien casi a pie de playa en este caso.
Paso unos hermosos días de
descanso junto a la mar océana y digo tal porque el agua salada que delante tengo
es del Atlántico. Ando junto a la orilla a diario unos kilómetros para allá y
otros por el paseo marítimo para acá: por variar el piso y el ambiente, que en
el cambio está el gusto. No diré dónde estoy para evitar seguimientos y maledicencias.
Vuelvo ya algo cansado del “pallá”
y estoy en el “pacá”. Vuelvo más rápido que voy: supongo que es cosa de viejos.
Se empieza más despacito hasta que se calientan motores. Hay cuatro personas en
el murete del paseo observando la mar. No hay nadie más porque gente hay poca
por las fechas en que estamos. Las personas en cuestión son cuatro abuelos, más
viejos que yo, en dos parejas de hombres y mujeres. Entiendo que matrimonios y
amigos. La pinta que tienen es de ser de muy tierra adentro: del mundo del
terrón y el tractor. Al pasar cojo al vuelo lo que una de las señoras dice y me
paro en seco porque entiendo que el asunto promete:
—Paco –le dice una señora a uno de los caballeros–, ¿y
qué habrá después del agua?
Los cuatro miran muy atentos a
lontananza, allí donde el filo del agua se hace uno con el cielo azul.
—Otro país –contesta
Paco, sin dudar y sin mirar a la señora que le ha preguntado.
—¿Y qué país será? –insiste
ella. Ninguno pierde de vista el final de la mar, allá por donde Colón se fue a
América.
—Pues… será Islandia –afirma el tipo con aplomo; parecía no acudir
a sus labios el nombre exacto del país al otro lado inmediato de donde nos
hallamos.
No doy crédito a lo que mis oídos han escuchado: ¡Islandia!
¡Que ya hay que ser casi un conspicuo geógrafo profesional para acordarse de
semejante nación en el lugar donde estamos en la punta sur de Europa! En ningún
caso se me hubiera ocurrido decir semejante nación. La otra pareja calla y
mira. Alemania, Francia, Italia, Inglaterra… ¡algo así! Pues no señor:
Islandia.
Mi primera reacción después de cuarenta años de clases donde
tantos disparates oí y leí no es reírme, sino analizar cómo es posible que
alguien piense semejante disparate. ¿Es que no ven a los señores y señoras del
tiempo donde se indica el camino de las borrascas, las danas o como ahora se
llamen? ¿No saben que al sur de Europa está África? ¡No digo yo que afirmen y
afinen hasta decir que estamos frente a las costas marroquíes de Larache!, pero
por lo menos decir África, que es un continente como la pata de un rucho
atravesado en mitad del mapa… ¡Pues no señorita!: Islandia, ahí es nada.
Sigo pensando que esas personas, con más de setenta años,
posiblemente han tenido un oficio, un trabajo, se han ganado honestamente la
vida, han tenido hijos, tienen posesiones: casas, campo, un coche, un tractor…,
dinero en el banco y ahí están vivos y coleando. ¿Qué pensarán de Trump y de
los ayatolás? ¿Sabrán quiénes son Otegui y Puigdemont? Y el mundo sigue y los demás
vamos y venimos. Y ellos ahí plantados en el paseo: tan anchos y tan panchos.
Sube o baja la gasolina, el nikkei y el dólar… Y habrá elecciones en Andalucía,
María Jesús Montero –según las noticias, desembarca de nuevo en Andalucía– y al
otro lado, ahí enfrente, justito al llegar a la otra orilla, donde mismo
termina la mar… Marruecos y él, todo él, con otros tantos… ¡África!
Y nosotros
acongojados: “Paco… ¿qué habrá donde el agua termina…?”. “Islandia”.
Nosotros, muchos de nosotros preocupados por los CIS de Tezanos,
por el cambio climático, por los astronautas que nos miran desde el espacio y
esos cuatro españoles –¿serán modelo y medida de algo?– siguen
pensando que viven lindando con… ¡Islandia por lo menos!
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