A quienes fueron vilmente
masacrados en la iglesia de Castellar de
Santiago el 26 y 27 de julio de 1936.
La Retaguardia roja se
pone en la vanguardia de mis lecturas y adelanta a muchas otras obras que están
a la espera en la balda de “próximos”; y lo hace por mi relación personal con Castellar
de Santiago, pueblo de Ciudad Real, provincia en la que se centra primera y
principalmente este espléndido estudio de aquellos años del llamado “terror
rojo”: julio de 36, abril del 39. No elude el autor para contextualizar
determinadas situaciones remontarse a unos años antes, al 32, por ejemplo en el
caso de Castellar, o al 42 para echar un vistazo a lo que fue la respuesta franquista
en esos mismos pueblos tras los tres años de guerra.
Quienes me conocen saben que a
este horroroso asunto de la guerra civil he dedicado muchísimas horas y
muchísimas lecturas, mas siempre es momento de aprender, y este libro extenso:
542 páginas, más bibliografía y notas 654, ha sido una buena oportunidad.
Quedó Ciudad Real enclavado y
bien cerca de frentes importantes de la guerra: Toledo, Madrid, Extremadura,
Andalucía… sin que propiamente hubiera frente de guerra en sus tierras, por lo
que cuanto sucede en esta provincia es pura violencia de retaguardia. El
estudio es detalladísimo hasta producir, por reiteración de situaciones
semejantes, cierta fatiga en algunos momentos: narración y descripción de asesinatos,
sucesos violentos… muy semejantes cometidos por casi los mismos individuos en
los mismos pueblos contra personas también de perfil muy parecido a quienes se
podría calificar, como el autor hacer, de “derechistas”: católicos, maestros, sacerdotes,
terratenientes, falangistas, militantes de partidos de derechas, ingenieros,
abogados… Entiendo, estoy seguro, que el autor se ha dejado en la recámara de
sus ficheros muchísimos más casos que ha ido recogiendo con el esfuerzo ímprobo
del entomólogo: viajes, entrevistas, más comprobaciones, búsquedas
documentales, más citas, más viajes… y todo eso es un material valiosísimo para
Fernando del Rey, que da lástima desaprovechar (seguro que de su documentación
pueden salir más investigaciones). Sé de qué hablo; seguro que, a pesar de lo
escrito por mí, no ha sido exhaustivo.
Componen el libro cinco partes
que se subdividen a su vez en 19 capítulos, más una introducción que encabeza
la obra, un epílogo bien significativo por el título que lleva: “La paz de los
cementerios” y unas conclusiones, amén de una detallada bibliografía y una
profusa cantidad de notas que avalan lo que el autor afirma, sin admisión de
peros. Aviso al lector interesado en el tema que las páginas de este libro
volarán en sus manos, porque, insisto, si a veces el autor es muy detallista,
no por esto quiero decir en absoluto que sea aburrido, aunque haber aligerado
algo la obra tampoco habría hecho sufrir al contenido en su conjunto. Otra idea
para no eludir detalles de situaciones, nombres, hechos, etc. que por
semejantes…: entiendo que muchos paisanos de Ciudad Real y su provincia busquen
entre los renglones de esta obra a sus abuelos o bisabuelos… que estarán en un
bando u otro, entre asesinos o asesinados… ¡duro, sin duda! (conozco a quienes
no quieren leer el libro precisamente porque ya vivimos la transición y un
perdón y prefieren no abrir heridas ya cerradas y cicatrizadas, pero que
estuvieron mucho tiempo abiertas e hicieron sufrir mucho: veritas liberabit
vos).
Dice el autor que no es del todo
extrapolable lo sucedido en Ciudad Real con lo ocurrido en otras latitudes, es
posible y quien lo lleva lo sabe. Son muchos los datos concretos, las cifras
que el autor da de unos asuntos y otros que, sin duda, no pueden coincidir con
los otras provincias, pero él sabe –como cualquiera que haya estudiado esta situación-
que lo ocurrido en la retaguardia fue, desgraciadamente, si no calco de lo aquí
narrado sí muy parecido de un lugar a otro, como así lo fue en esos mismos
lugares una vez terminada la guerra: es cierto, como él escribe, por duro que
parezca y lo es, que hubo venganzas más o menos en caliente o en templado (las
que ahora pretende la llamada “memoria histórica” se cocinan y sirven en frío).
El autor insiste en que de no
haberse producido el levantamiento, no hubiera habido la reacción que hubo de los miembros de partidos extremos
de izquierdas en las retaguardias donde se hicieron con unos poderes que ni les
correspondían ni les amparaba la ley. Esto, sin duda es un preterible, tan apreciado
por los arqueólogos: no parece, viene a afirmar, que la guerra se hubiera
producido solo con lo que venía ocurriendo en España desde el 31 (especialmente
desde el 34) y con lo que sucedió desde el 16 de febrero hasta julio del 36…
¡eso, me temo, don Fernando, solo Dios lo sabe! (extraño sembrado para meterse
un catedrático prestigioso como usted, desde mis humildes luces). Esto nos
sitúa en el punto justo de dónde empieza el debate entre la admisión del martirio
asumido y la defensa propia, etc. ante un régimen difícilmente calificable de “democrático”,
donde el propio autor reconoce que la izquierda quiso laminar a los adversarios
políticos y, donde del llamado juego democrático, no participan ni comunistas
ni muchos de los llamados “republicanos” ni, por supuesto, los socialistas,
partido marxista y totalitario, siendo además, como el autor escribe los
socialistas “los principales responsables de la violencia revolucionaria en
este rincón de La Mancha” (p. 541).
No deja de ser curiosa una
circunstancia que se repite en los pueblos de Ciudad Real como si de gotas de
agua idénticas se tratara. Producido y fallido el golpe que conduce a una
guerra, las fuerzas políticas de izquierdas toman el mando en los pueblos y
usurpan el poder legal de alcaldes, concejales, jueces, secretarios judiciales
o de ayuntamiento… Lo hacen con la aquiescencia y bendición de autoridades
superiores: gobernadores civiles que obedecen órdenes que vienen de Madrid… Los
llamados Comités de Defensa fueron los vertebradores inmediatos de la
violencia, los asesinatos, etc. Estos Comités estaban compuestos por militantes
de partidos de izquierda, de los partidos que conformaron el Frente Popular, a
veces simples militantes significados: presidentes de las Casas del Pueblo del
PSOE, por ejemplo, que tomaban el mando y organizaban grupos de fusileros y
hacían y deshacían en vidas y haciendas… Enviaban o no a la cárcel a sus
convecinos o los asesinaban en los caminos, las carreteras, en las tapias de los
cementerios, los echaban a minas (algunos de ellos no se recuperaron nunca)… Y
todo ello no fue, como insiste Rey, el resultado de un acaloramiento popular
revanchista por bombardeos o muertos en otras partes de España…, sino que fue
un táctica perfectamente establecida y a sabiendas de qué se hacía y cómo. A
los individuos como a los partidos y sindicatos que aportaron sus pistoleros en
el libro se les pone nombres: PSOE, UGT, CNT, PCE, JSU…, aunque ciertamente no
todos los militantes de estas asociaciones se portaron de igual modo en todos
los pueblos. Hubo militantes y pueblos donde la violencia fue bestial y los
hubo donde estos mismos militantes protegieron a los mismos “derechistas”
(generalmente en pueblos pequeños y luego, terminada la guerra, no siempre se
les reconoció ni recompensó, sino que fueron, en algunos casos encarcelados e
incluso fusilados).
A lo largo del libro hay párrafos
que salpimentan y buscan una cierta equidistancia y repartos de culpas y
fechorías entre los bandos contendientes. Donde con más claridad se observa por
la concentración de estos párrafos es en las Conclusiones donde parece
que el redactor ha sido Poncio Pilatos. No olvide el lector que este, para
congraciarse con unos y otros, para no confrontar ni con los otros ni los unos,
manda azotar al inocente. Supongo que esto como en todo habrá que dilucidar,
suponiendo que le correspondiera al historiador o a este humilde plumilla,
quién actuó primero y reaccionó después… y en qué medida se actuó y se
respondió.
Creo que es innecesario buscar culpables a estas alturas ni deseo
erigirme en juez de los sucesos, y quedarme en mero comentador del libro, que
aconsejo a quienes tengan interés en la historia nacional contemporánea. Agradezco
explícitamente al autor el esfuerzo realizado para recopilar la información,
estructurarla y escribirla. Muchas gracias.



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