2 de abril de 2020

406- Rey, Fernando del: LA RETAGUARDIA ROJA. VIOLENCIA Y REVOLUCIÓN EN LA GUERRA CIVIL ESPAÑOLA



                                                                    A quienes fueron vilmente masacrados  en la iglesia de Castellar de Santiago el 26 y 27 de julio de 1936.

La Retaguardia roja se pone en la vanguardia de mis lecturas y adelanta a muchas otras obras que están a la espera en la balda de “próximos”; y lo hace por mi relación personal con Castellar de Santiago, pueblo de Ciudad Real, provincia en la que se centra primera y principalmente este espléndido estudio de aquellos años del llamado “terror rojo”: julio de 36, abril del 39. No elude el autor para contextualizar determinadas situaciones remontarse a unos años antes, al 32, por ejemplo en el caso de Castellar, o al 42 para echar un vistazo a lo que fue la respuesta franquista en esos mismos pueblos tras los tres años de guerra.

Quienes me conocen saben que a este horroroso asunto de la guerra civil he dedicado muchísimas horas y muchísimas lecturas, mas siempre es momento de aprender, y este libro extenso: 542 páginas, más bibliografía y notas 654, ha sido una buena oportunidad.

Quedó Ciudad Real enclavado y bien cerca de frentes importantes de la guerra: Toledo, Madrid, Extremadura, Andalucía… sin que propiamente hubiera frente de guerra en sus tierras, por lo que cuanto sucede en esta provincia es pura violencia de retaguardia. El estudio es detalladísimo hasta producir, por reiteración de situaciones semejantes, cierta fatiga en algunos momentos: narración y descripción de asesinatos, sucesos violentos… muy semejantes cometidos por casi los mismos individuos en los mismos pueblos contra personas también de perfil muy parecido a quienes se podría calificar, como el autor hacer, de “derechistas”: católicos, maestros, sacerdotes, terratenientes, falangistas, militantes de partidos de derechas, ingenieros, abogados… Entiendo, estoy seguro, que el autor se ha dejado en la recámara de sus ficheros muchísimos más casos que ha ido recogiendo con el esfuerzo ímprobo del entomólogo: viajes, entrevistas, más comprobaciones, búsquedas documentales, más citas, más viajes… y todo eso es un material valiosísimo para Fernando del Rey, que da lástima desaprovechar (seguro que de su documentación pueden salir más investigaciones). Sé de qué hablo; seguro que, a pesar de lo escrito por mí, no ha sido exhaustivo.

Componen el libro cinco partes que se subdividen a su vez en 19 capítulos, más una introducción que encabeza la obra, un epílogo bien significativo por el título que lleva: “La paz de los cementerios” y unas conclusiones, amén de una detallada bibliografía y una profusa cantidad de notas que avalan lo que el autor afirma, sin admisión de peros. Aviso al lector interesado en el tema que las páginas de este libro volarán en sus manos, porque, insisto, si a veces el autor es muy detallista, no por esto quiero decir en absoluto que sea aburrido, aunque haber aligerado algo la obra tampoco habría hecho sufrir al contenido en su conjunto. Otra idea para no eludir detalles de situaciones, nombres, hechos, etc. que por semejantes…: entiendo que muchos paisanos de Ciudad Real y su provincia busquen entre los renglones de esta obra a sus abuelos o bisabuelos… que estarán en un bando u otro, entre asesinos o asesinados… ¡duro, sin duda! (conozco a quienes no quieren leer el libro precisamente porque ya vivimos la transición y un perdón y prefieren no abrir heridas ya cerradas y cicatrizadas, pero que estuvieron mucho tiempo abiertas e hicieron sufrir mucho: veritas liberabit vos).

Dice el autor que no es del todo extrapolable lo sucedido en Ciudad Real con lo ocurrido en otras latitudes, es posible y quien lo lleva lo sabe. Son muchos los datos concretos, las cifras que el autor da de unos asuntos y otros que, sin duda, no pueden coincidir con los otras provincias, pero él sabe –como cualquiera que haya estudiado esta situación- que lo ocurrido en la retaguardia fue, desgraciadamente, si no calco de lo aquí narrado sí muy parecido de un lugar a otro, como así lo fue en esos mismos lugares una vez terminada la guerra: es cierto, como él escribe, por duro que parezca y lo es, que hubo venganzas más o menos en caliente o en templado (las que ahora pretende la llamada “memoria histórica” se cocinan y sirven en frío).

El autor insiste en que de no haberse producido el levantamiento, no hubiera habido la reacción  que hubo de los miembros de partidos extremos de izquierdas en las retaguardias donde se hicieron con unos poderes que ni les correspondían ni les amparaba la ley. Esto, sin duda es un preterible, tan apreciado por los arqueólogos: no parece, viene a afirmar, que la guerra se hubiera producido solo con lo que venía ocurriendo en España desde el 31 (especialmente desde el 34) y con lo que sucedió desde el 16 de febrero hasta julio del 36… ¡eso, me temo, don Fernando, solo Dios lo sabe! (extraño sembrado para meterse un catedrático prestigioso como usted, desde mis humildes luces). Esto nos sitúa en el punto justo de dónde empieza el debate entre la admisión del martirio asumido y la defensa propia, etc. ante un régimen difícilmente calificable de “democrático”, donde el propio autor reconoce que la izquierda quiso laminar a los adversarios políticos y, donde del llamado juego democrático, no participan ni comunistas ni muchos de los llamados “republicanos” ni, por supuesto, los socialistas, partido marxista y totalitario, siendo además, como el autor escribe los socialistas “los principales responsables de la violencia revolucionaria en este rincón de La Mancha” (p. 541).

No deja de ser curiosa una circunstancia que se repite en los pueblos de Ciudad Real como si de gotas de agua idénticas se tratara. Producido y fallido el golpe que conduce a una guerra, las fuerzas políticas de izquierdas toman el mando en los pueblos y usurpan el poder legal de alcaldes, concejales, jueces, secretarios judiciales o de ayuntamiento… Lo hacen con la aquiescencia y bendición de autoridades superiores: gobernadores civiles que obedecen órdenes que vienen de Madrid… Los llamados Comités de Defensa fueron los vertebradores inmediatos de la violencia, los asesinatos, etc. Estos Comités estaban compuestos por militantes de partidos de izquierda, de los partidos que conformaron el Frente Popular, a veces simples militantes significados: presidentes de las Casas del Pueblo del PSOE, por ejemplo, que tomaban el mando y organizaban grupos de fusileros y hacían y deshacían en vidas y haciendas… Enviaban o no a la cárcel a sus convecinos o los asesinaban en los caminos, las carreteras, en las tapias de los cementerios, los echaban a minas (algunos de ellos no se recuperaron nunca)… Y todo ello no fue, como insiste Rey, el resultado de un acaloramiento popular revanchista por bombardeos o muertos en otras partes de España…, sino que fue un táctica perfectamente establecida y a sabiendas de qué se hacía y cómo. A los individuos como a los partidos y sindicatos que aportaron sus pistoleros en el libro se les pone nombres: PSOE, UGT, CNT, PCE, JSU…, aunque ciertamente no todos los militantes de estas asociaciones se portaron de igual modo en todos los pueblos. Hubo militantes y pueblos donde la violencia fue bestial y los hubo donde estos mismos militantes protegieron a los mismos “derechistas” (generalmente en pueblos pequeños y luego, terminada la guerra, no siempre se les reconoció ni recompensó, sino que fueron, en algunos casos encarcelados e incluso fusilados).

A lo largo del libro hay párrafos que salpimentan y buscan una cierta equidistancia y repartos de culpas y fechorías entre los bandos contendientes. Donde con más claridad se observa por la concentración de estos párrafos es en las Conclusiones donde parece que el redactor ha sido Poncio Pilatos. No olvide el lector que este, para congraciarse con unos y otros, para no confrontar ni con los otros ni los unos, manda azotar al inocente. Supongo que esto como en todo habrá que dilucidar, suponiendo que le correspondiera al historiador o a este humilde plumilla, quién actuó primero y reaccionó después… y en qué medida se actuó y se respondió. 

Creo que es innecesario buscar culpables a estas alturas ni deseo erigirme en juez de los sucesos, y quedarme en mero comentador del libro, que aconsejo a quienes tengan interés en la historia nacional contemporánea. Agradezco explícitamente al autor el esfuerzo realizado para recopilar la información, estructurarla y escribirla. Muchas gracias.

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