“Las literas de dos pisos
ocupaban casi por completo el espacio de los cubículos-dormitorios donde se
apiñaban los veteranos que regresaban al país. El ex paracaidista que habría de
ser mi compañero de habitación me miró con absoluta incredulidad. Nunca había
visto un ser tan evidentemente mimado, protegido, convencionalmente vestido y
cargado de libros como yo. Tras un largo y áspero silencio, me preguntó si yo
era «listo». Apostando por mi supervivencia, respondí: «Extraordinariamente».
Al oír la palabra esbozó una mueca de disgusto y de asombro. Luego dedujo con
laconismo que yo podría serIe útil para aprobar sus asignaturas, cuyas listas
de lecturas yacían desordenadas sobre la mesa”. (p. 56).
En esta Errata, obra
segunda que leo de Steiner casi seguida, este párrafo podría dar la sensación
de soberbia, de presunción. Es posible; pero no tiene por qué serlo
necesariamente: la humildad es la verdad y este judío ha demostrado muchas de
sus capacidades no solo intelectuales, sino vitales. En gran medida, él mismo
lo achaca a su condición de judío… Él piensa que los judíos tienen un algo que
los hace superiores y, en este caso, también se jacta de lo conseguido por su
pueblo: premios Nobel, grandes novelistas, dominio de mercados…, y es verdad, y
tanto podría interpretarse como soberbia o como humildad, que tanto me da… Tipo
listo este Steiner.
Dos obras he leído y ya me voy familiarizando
con algunas de sus ideas, quizá porque las dos obras giraban más sobre su
persona que sobre sus estudios. He leído las mismas ideas, casi calcadas, en
Errata y en Un largo sábado… Cuando salga de este tipo de libros
(tengo otro en la recámara) veré en qué queda lo que cuenta.
Esta obra está formada por 11
capítulos y cada uno de ellos lo dedica a un tema distinto: para mí todos
interesantes. No entra en intimidades o generalidades personales, digamos,
biográficas de entidad, sino que va contando de su vida… de pasada y lo que
cuenta lo relaciona con lo que será después sus elecciones vitales.
Vuelve a narrar la capacidad
tremenda de su padre a quien confiesa admirar y querer muchísimo, lo que le
vale para burlarse sin piedad del complejo de Edipo de Freud a quien no le
concede un ápice de predicamento y veracidad (servidor, modestamente, se suma a
la mofa). El acierto que su padre tuvo al mudar a su familia de su Francia
natal a los Estados Unidos de adopción: cómo fue siguiendo una vocación literaria,
artística, filosófica, filológica… que será cumplida a lo largo de su existencia
como profesor principalmente, pues esto es lo que siempre deseó ser: ser
maestro con discípulos, de los que habla en el capítulo 9 con un enorme
orgullo: no deja de ser curioso que alaba a unos cuantos, a quienes cita por
sus iniciales, porque son, dice, incluso más brillantes que él…
Recuerda en el citado capítulo,
el 9, a sus maestros y lo hace con un cariño y una admirable admiración…, si se
me permite el pleonasmo admirativo. Grandes maestros que le fueron enseñando.
Muchos de ellos, después, también amigos con quienes debatir, discutir o
acordar puntos de encuentro con respeto a obras literarias, autores o
realidades del mundo. No sé si fue suerte o simplemente que se lo buscó a
partir de sus excepcionales capacidades y los medios de que dispuso como niño
rico hijo de judío rico (pero así es la vida que pretenden algunos igualar, no
veo cómo ni por dónde, sin entender que las capacidades con que nacemos y los
talentos…, si se aprovechan, nos hacen diferentes… No recuerdo si era Frankl
quien afirmaba que el hombre solo nace igual en su capacidad de amar…).
Punto de encuentro y cruce en su
memoria es la persecución inmemorial de los judíos y muy particularmente la
Shoah, el Holocausto… y siempre la incomprensión ante la brutal crueldad de los
hombres con los niños (se refiere a los nazis con respecto a los niños judíos)
y la violencia gratuita con los animales… Ninguna de esas dos realidades le
cabe en la cabeza.
Mis estudios de música son tan
escasos como superficiales y, por tanto, lo que Steiner, gran melómano, comenta
y reflexiona sobre la música me resulta novedoso y admirable: me deja con el
deseo de aprender más, de escuchar o leer más reflexiones sobre ello. Seguro que
en algún otro libro volverá a comentarlo (me acuerdo de Rafael Ballesteros).
En el capítulo 7, sus reflexiones
sobre la democracia, la violencia, las elites, etc. no me sorprenden. Lo que sí
me llama de nuevo la atención es que le escandalice que los estudios de
humanidades, el conocimiento de los clásicos, etc. no hagan más humanas las
sociedades y a las personas… Cuando él mismo afirma, citando a Goethe, que “la
verdad ha estado siempre en minoría” y con Spinoza afirma que lo difícil es
excelente (no le he leído a Steiner cita alguna de santo Tomás, pero antes que
Spinoza, el Aquinate afirmaba que todo bien es arduo, por lo tanto el vicio cae
en las personas por su peso).
Me llama la atención lo que
confiesa, como algo más íntimo, en el capítulo 11: todo aquello que pudo ser y
no fue porque tuvo muchos intereses que lo desviaron de la especialización,
porque mantuvo lo clásico sobre lo moderno o lo actual… (nos pasa a muchos: “lee
lo que se quede de pie”, Alfonso Sancho).
No dejan de llamarme la atención
sus reflexiones sobre la existencia de Dios, su latencia en autores, en la
Naturaleza…, pero no pasan de ser, para mí, las ideas soberbias del judío
agnóstico que pretende alcanzar a Dios racionalmente: pretende quizá que Dios
se siente a su vera, como quería Unamuno, y echar un ratico de charla y un
cigarrillo a la puerta de casa… Su agnosticismo de educación judaica le lleva a
ignorar la presencia de Dios en Jesús que fue hombre perfecto, que se
manifiesta, que sale al encuentro de sus hermanos… ¡Y es que no se puede ser
brillante en todo y en todo a la vez! ¡Qué le vamos a hacer! Su extraordinaria
inteligencia, según él, no da para esto porque la fe requiere de la humildad y
es virtud teologal… y etcétera.
Libro interesante, muy bien
escrito y, entiendo, muy bien traducido. Se lee con agrado incluso en los
pasajes más arduos.


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