Deshecho el entuerto y leída la
novela les puedo decir que tuve que aguantar, por el motivo arriba citado y
porque no entendía demasiado, unas muchas decenas de páginas de qué iba
aquello, pues no es que la novela empiece en una medias res, no: es que empieza en medio del desquiciamiento de un
personaje, “un gordo cabrón”, como lo llama el señor Clyde dueño de Productos
Paraíso… (venta ambulante de salchichas que, por cierto, se come el gordo y no
las vende), a quién no hay lector que comprenda: entre la ironía
inteligentísima y fina, la broma de calado, la ruptura de la realidad, la
realidad que se impone por…, digamos, narices, etc. se produce una mescolanza
que, ya perdonarán, lo que quizá no pase de una impertinencia intelectual: me
recordaba a don Quijote (leo la contraportada ahora, terminada mi lectura, y no
sin asombro veo que mis tiros no iban perdidos). Como don Alonso Quijano el
bueno, el tal Ignatius Reilly, ese gordo cabrón de verborrea y facundia impar,
no deja títere con cabeza: ataca a los molinos de viento tengan forma de negro,
de vieja, de puta, de loro… o de lo que sea; a su vez el puñetero pájaro y las
mozas del partido, en una calle del Barrio Francés de Nueva Orleans, arremeten
contra él y lo dejan, descuajeringado, a los pies no de los caballos ni de los
molinos, sino de un autobús que está a punto de llevárselo por delante a la
otra vida; el cura y el barbero, so forma de su madre, la amiga de esta, Santa Battaglia,
el tal Mancuso, el policía, la vecina, etc. quieren encerrar a Ignatius, y no
es para menos, en un psiquiátrico; Myrna Minkoff es una especie de Dulcinea
neoyorquina que, al final, viene a socorrer al puñetero loco…, no estando ella
tampoco muy en sus cabales.
El mundo que nos presenta Toole
tiene una consistencia de realidad que se transmuta a los ojos y los discursos
de don Quijote/Ignatius, un tipo leído y culto, que tras la realidad evidente
vive a ratos en tiempos claramente anacrónicos, medievales; vierte creencias
católicas deformadas que mezcla con un sinfín de ideas descabelladas,
principios filosóficos… ¡su afán por que la gente lea a Boecio, Consolación de la filosofía! (un libro
leidísimo, por otra parte, en su tiempo y en la Edad Media entre el personal
culto) y todo se desquicia, descompone, recompone, se desarma y rearma… a los
ojos del lector que, siguiendo los renglones de las páginas de la novela, no
puede dar crédito a cómo ese gordo vestido de pirata, con un carro de vendedor
de salchichas ambulante y una espada de plástico concibe la idea de que serán
los invertidos, como él dice, quienes con sus vicios, sus vivencias, etc.
¡¡salven a la humanidad!! Para ello Ignatius creará un partido político cuyo
inicio tendrá lugar en un fervorín que pretende dirigir a un grupo de
homosexuales en casa de uno de ellos mientras tienen lo que hoy se llamaría una
fiesta gay…
Su paso por los dos trabajos que
logra: como vendedor ambulante de salchichas y como administrativo en Levy
Pants es de aurora boreal. La revolución que pretende en esta empresa es tamaña
a tantas como don Quijote inicia contra el sentido común y la legislación de su
tiempo: la liberación de los galeotes, el joven azotado, Andrés el pastor, etc.
Los señores Levy, dueños de la empresa Levy Pants…, nacen también de un mundo
irracional y me transportan… ilógicamente a una especie de realidad semejante a
la pintada por Andy Warhol o, mejor aún, a Edward Hopper.
Sorprendido por la novela no
puedo decir que me haya resultado desagradable, salvo algunos pasajes. Creo que
el lector que lee en traducción pierde muchos de los perfiles del estilo de
Toole: menos da una piedra y más daño hace, y a seguir barajando.
Por último, no sin cierta pena,
en un libro comprado de segunda mano, puedo leer en una dedicatoria que hallo… “Con
cariño para Javier. Para que nunca te olvides de mí”. Lo que no deja de ser,
sin duda, una nueva conjura de necios en esta conjura global de listillos,
memos, lelos, aprovechandas, codiciosos, simples, lerdos y tanta gente mala,
como buena… La vida en rama. Pura conjura.







