28 de septiembre de 2023

487- Oé, Kenzaburo – ARRANCAD LAS SEMILLAS, FUSILAD A LOS NIÑOS

                                                                                       A Abdulah Bari

Me desconcertó siempre leer un libro del que nada sabía; leer a un autor de quien ignoraba su proceso creativo, su obra. No me gustaba. No me agrada. Si he leído esta obra es porque me la recomendó vivamente un exalumno en quien confío. “Me encanta esta obra, vuelvo a ella una y otra vez”, me vino a decir. Leída y gustada. Pensada. 

El argumento de la misma es en apariencia simple: no confundirlo con sencillo porque no creo que lo sea. Estamos en Japón. Un grupo de muchachos reclusos en un reformatorio son trasladados desde este a un pueblo. Se está llegando, parece, al final de la II guerra mundial. Trasladan a los niños y muchachos a un pueblo sin nombre en un lugar sin nombre, allá, en las montañas, lejísimos, a un espacio aislado ¡sin nombre! Nada más llegar y marcharse el celador que los custodió y trasladó, parece haberse declarado una epidemia que mata a los animales y a las personas en dicho pueblo. Los habitantes de este, miserables campesinos, en su tener y ser, dejan desamparados y aislados a los niños que se intentan organizar solos. Los campesinos vuelven y quieren convencer a los muchachos que ellos nunca los abandonaron, que los van a tratar bien, que eso deben decir a las autoridades que vendrán… El protagonista no se somete. Lo quieren matar, pero huye. La novela concluye en una reticencia…, unos puntos suspensivos que no cierran el relato.

Sigo pensando, desde que, siendo un chaval, leí a escritores japoneses relevantes que tienen algo en común que me desconcierta y no me agrada. Cierto que solo recuerdo haber leído dos y a un tercero del que guardo solo recuerdos de una novela suya que no pude terminar, no fui capaz: no la entendía. Digo que he leído, no sin dificultad, a Yasunari Kawabata y Yukio Mishima. En los últimos años solo una obra de Haruki Murakami. Tienen algo en común. Me pierdo en la falta y carencia del proceso -algo de ello hay también en el cine japonés-: un primer plano en un rostro o un paisaje pretende sustituir un proceso que es escamoteado, dado por sabido y así, desde el inicio de una historia a su final, sea corta o larga, tengo la sensación de haberme perdido en algún recodo de la trama, no haber entendido algo… Se inicia el proceso y se concluye: se acabó; no son necesarias más explicaciones ni más imágenes ni… Quizá así de inteligibles es, tantas veces, la vida.

La obra de Arrancad las semillas está repleta de descripciones: anímicas, físicas, caracterizaciones psicofísicas de personajes; topografías confusas que no sitúan realmente al lector en el espacio ni sabe este en que estación del año está, ni se sabe la hora: la selva está en los aledaños del pueblo, pero son una y otro descritos de manera que el lector no se ubica. No termina tampoco de conocer a los personajes. Es posible que el autor haya optado por una estética, una sintaxis y un léxico simple que le costó depurar y, por ello, no es tampoco tan simple como sencillo a base de depurar su estilo que, sin duda, acompaña al argumento.

La educación que muestran todos en la obra es elemental, primaria, casi inexistente por brutal y grosera. Los pasajes sórdidos relacionados con el sexo son animales, fisiológicos: un capítulo se titula “Amor”, como se podía titular “Del viento y sus aledaños”: ni eso es viento, ni esos son sus aledaños, ni aquello es amor por en ningún sentido; cierto que otros títulos de capítulos sí orientan al lector sin pretender incitarlo a continuar la lectura.

Creo que la epidemia, en esta obra, tiene un sentido simbólico. Todos los elementos principales de la misma son simbólicos: los niños reclusos, el celador-vigilante, los campesinos, el pueblo, el desertor japonés y los vecinos coreanos pobres, los barrancos insalvables, la carretilla que supuestamente comunica con la libertad… Dentro del reformatorio, el protagonista, que narra en primera persona, sabe que está encerrado y lo seguirá estando cuando salga, cuando vaya, cuando venga, aquí o allí… “No podría escapar jamás. Tanto dentro como fuera, había puños duros y brazos brutales dispuestos a herirme y golpearme”, afirma casi al final de la obra. Considero, tras meditarlo, que Oé nos habla de la presión de un Sistema, tan real como invisible, creado por el dinero, el poder, el miedo, la violencia… Lo notamos, nos quejamos, lo padecemos, mas no podemos liberarnos de él. Allí donde estemos somos niños azotados, engañados, atrapados en “nuestro pueblo” por un Sistema indescifrable, indescriptible, que tiene sus esbirros: sus soldados, sus campesinos violentos que amenazan, engatusan, golpean, mienten y manipulan en nombre de sus señores (¿habla de los políticos?).


Si desde el punto de vista formal no hice grandes hallazgos, en su conjunto, contenido y forma, el desarrollo del argumento, me han gustado y hecho meditar… ¿Qué ha sido del hermanillo del protagonista que se escabulló y del que no se ha hallado el cadáver? ¿Sobrevivió, ha muerto? ¿El protagonista que se rebela logra vencer o es atrapado y masacrado por los sicarios del Sistema? ¿Qué podemos hacer usted y yo ante esta epidemia de mentiras, de amenazas difusas, de realidades inasibles, inadmisibles, incomprensibles…?

Si tiene un rato, lea esta obrita y pasará un rato agradable.


1 comentario:

  1. Puede hacerse lo que hizo aquel hombre cuando un vecino le echó un perro rabioso a su jardín: le pegó un tiro. Muerto el perro, se acabó la rabia.

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