3 de abril de 2017

Michon, Pierre: MITOLOGÍAS DE INVIERNO. EL EMPERADOR DE OCCIDENTE.


                                Con agradecimiento a Juan Manuel Espinosa Wilhelmi.

  Cuando ingreso por orografías literarias extrañas, otras literaturas, otros autores, otros textos…, otras voces, otros ámbitos, espacios por donde nunca anduve, me muevo con la cautela y la desconfianza de un comanche en el territorio del hombre blanco. Todo me sobresalta, todo me llama la atención como al cachorro de perro; llevo la intriga en la retina y no termino de confiarme. Me gusta transitar por los autores que sitúo, por los libros que contextualizo, por los paisajes conocidos: el anancasticismo es así por defecto y la vida me enseñó que no toda sorpresa es amable y de agradecer.
    Me regala el libro mi amigo Juan Manuel Espinosa Wilhelmi… e ignoro todo sobre su autor. Nada sé de Michon. Me interno agachado por los vericuetos de Internet y le saco el perfil al francés y a su obra en su conjunto, que no al libro objeto de mi lectura; me niego. Con Francia, es una sensación, hemos vivido a cara de perro y, de un tiempo a esta parte, nos odiamos cordialmente. Con Portugal no es que hayamos vivido de espaldas, es que simplemente, los españoles no saben situarlo en el mapa o creemos que es un pedazo de Extremadura que da al mar: ni puñetero caso (dígame cinco nombres de escritores portugueses más o menos contemporáneos que haya leído en su vida. Hago memoria y esfuerzo y no salgo de dos… ¡pues estamos bien!: lo dicho, no de espaldas, ¡vivimos de culo!).
     Es leer a Michon en este texto tener la sensación de un paseo por jardín amable, abundoso en rinconcitos recogidos y recoletos. Es un paseo recreativo de incierto destino. El agua fluye por fuentes y acequias, los cas corren y se ocultan entre arbustos que dan distintos verdes según colabora el sol. Hay algo de cierto romanticismo, que no es, pero se filtra juguetón entre las oraciones y el léxico. La magia que generan estos textos da lugar a espacios muy ajenos a mí. El estilo es rico en sugerencias calculadas, donde lo significado sobreabunda y vive justo ahí, en lo callado. Así el tiempo vívido junto al mar, por ejemplo, se torna azul verdoso. La turgente sensualidad de las palabras es cautivadora… El relato del autor, la anécdota que cuenta, llega al lector, no como las olas del mar, sino como el agua del embalse que se arrima a la ribera: lenta, despacio, aterciopelada, sin el exabrupto… de las olas del mar, van y vienen como si tal cosa, parecidas, sin empujar nada, sin afanes para después.
     (Quienes por ignorancia, rabia o agnosticismo escriben en vano el nombre de Dios con minúscula, siento siempre la misma lástima que sentiría al ver que alguien se ahoga en sus propias heces sin remedio. ¿Tiene sentido a estas alturas retornar a los dioses? El Dios de los cristianos, Alá el Dios de los musulmanes, Yahveh que sigue siendo esa deidad única, en este caso para los judíos, que merece, por unos y otros, por sí propio, ser escrito con mayúscula. No hacerlo es conculcar no solo las reglas de ortografía española al uso, sino la cortesía y el respeto más elementales, y hacer alarde de necedad. Quien la lleva lo sabe). No es el caso de Michon que con suma delicadeza, también es de agradecer, escribe el nombre del Padre con mayúscula, así como el del Hijo y del Espíritu Santo.
      Este libro ha sido un paseo amable… Todo notas de expresiones de una belleza impar y así del estilo anoto que tiene cierta cualidad de agua que mana de la fuente, una equívoca coherencia en la sucesión de oraciones o proposiciones, sorprendentes adjetivos que hace amistad con sustantivos alejados de su significado y que asombran al lector y embellecen el texto, sin cursilería. La prosa tiene una cadencia dulce, sinuosa como los suaves meandros de un río en valle sin declives pronunciados; las oraciones van y vienen sin buscar con decisión el mar. La prosa se estanca, dormita, avanza en retrocesos continuos donde la siguiente tabla de agua, la siguiente línea, en la próxima proposición, se despereza en un adjetivo de sutileza simpática… Vamos sin destino fijo, sin sentido, pero avanzamos. “y Dios, rey de este mundo y el otro, que puede contar con su espada para convencer a los sectarios del monje Pelagio, que niegan la Gracia, que la Gracia fulminante pesa su peso de hierro” (p. 39).

       Y termino mi paseo. Compruebo los nombres, los datos, las fechas, algunos entre unos y otros, y veo que cuanto cuenta Michon tiene un fondo próximo a la verdad histórica, a las leyendas recogidas en libros y textos solventes. Podría pensarse que el autor inventó y lo hará en el modo de contar lo que desea. Él lo cuenta a su manera y yo lo leo agradecido a la mía. 

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