29 de mayo de 2012

Escucha, lee, ¿quién eres de veras, lector? (y II)



 
II

         Es curioso que sepa con certeza qué pretendo cuando escribo: lo tengo clarísimo y no sepa qué busco exactamente como lector, aunque algo he escrito arriba y he plasmado. Sé qué quiero, sé que busco en general, mas ¿qué busca el lector en mi blog, en mi Amanda, querida, en Escalera de sinvergüenzas, por ejemplo, dos novelas tan distintas y distantes? ¿Qué buscas lector? ¿Quién eres? ¿Qué esperas de mí?
         Leo de forma compulsiva aún a mis cincuenta años. Pensé que llegaría un momento, antes de esta edad -aún lo espero- en que empiece a releer obras… Me gustaría, por ejemplo, irme de la mano, ya que ha venido a visitarme hoy, ignoro la causa, con José Martínez Ruiz… Volver sobre esas plazas desiertas, un ciprés y una higuera asoman sobre una tapia enjalbegada, donde una doña Casilda o doña Inés, tras la reja de hierro forjado, en una ventana baja, borda blancas sábanas de holanda… En sus ojos hay una mirada serenada con el paso de lo visto, de lo vivido… Alguien la observa con la mano en la mejilla, desde un ventanuco lejano, es don Adrián, un viejo conocido de la familia… Unas nubes contemplan todo sin entenderlo.
         Es bronco Unamuno, es agitado y viajero Baroja, es lenitivo el penúltimo Machado, es amable y familiar siempre Cervantes, Delibes, el amigo que caza, es don Camilo la broma al punto de grosería, es Lope brillante y, para mí, apabullante, Quevedo –cojo y bisojo- va de sobrado y me apena, es un niño grande este nuestro genial espadachín, con el florete y el verso, siempre a la búsqueda, siempre lector, escritor… (¿Qué escribiría Quevedo en el siglo XXI?).

         ¿Quién eres, lector, qué buscas? Dime.

         Me asustan los bestseller. La fama brutal que les precede. Me congelan sus miles de páginas, de sagas inabarcables, de magos e investigadores, periodistas, novela negra trufada en Internet, de personajes ajenos que se supone que vivirían en mi calle y que no los conozco, aunque más suelen vivir, supongo, en Nueva York y en lugares exóticos que en mi calle… En mi calle vive Alfonso, el Manazas, que fue vaquero y ahora es jubilado y rico; vive Jose que tiene un bar; varios vecinos se dedican a la enseñanza…; una pareja de funcionarios; un viejo cascarrabias en un 2º que ya cumplió más de ochenta y dos… Que yo sepa de buena tinta no más de dos leen de ordinario. ¿Quiénes leemos?, me pregunto. ¡Qué extraños personajes los de esas novelas tan atractivas, tan inmensamente famosas, buenas, leídas…!
         Me dicen mis asesores que se vende mejor el vino que el aceite; que el mercado del vino es más vivo y rico que el oleícola; que los italianos ya no se llevan nuestro aceite para transformarlo y venderlo como propio… Que los italianos no tienen dinero. Me dicen, lo comprobé hace unos días, que los libros se venden peor que el vino, por supuesto, y peor que el aceite. ¿Cómo se venden seis libros en un instituto donde habitan más de 800 personas entre alumnos y profesores? Con dificultad, mas cómo se vende en el mismo lugar, solo entre el profesorado, un camión de vino: ¡fácil! Amigo, es más fácil beber un buen vino barato que leer un libro que siempre se antoja caro y no siempre es bueno. Un vaso de buen vino y algunas oraciones pedían los copistas medievales al terminar una obra, allí, entre amaneceres helados de plumas y tintas y hermosos cálamos…
         El consumo del vino sí es popular. Es más fácil que el lector consuma vino que no que el popular se trasiegue un libro. Confieso al lector, para que no caigamos en equívocos, que no me quejo, quizá escribo sobre lo evidente mil veces repetido, mas en esta mañana, sosegada mañana de sábado, me resulta amable esta divagación suave y flexible. Nadie me forzó nunca desde que comencé a escribir nada. Escribo lo que quiero de forma intuitiva: lo siento, amigo, no tengo fórmulas mágicas. Tras muchos años de lecturas y miles y miles de páginas escritas domino un oficio complejo que trata del hombre que se relaciona con el hombre… El otro día, al hilo del momento que hoy vivimos, le escribía a mi amigo Rafa Ballesteros -¡cuánto echo de menos el poder vernos y charlar con calma de cualquier realidad!-, le decía digo a Rafa: escribo en un pequeño papel, como el oficial de aquel submarino ruso hundido, a sabiendas de su muerte inminente y segura… Escribo a ciegas, Rafa, escribo a ciegas. Ahora añado: Viajo a tientas.

28 de mayo de 2012

¿Quién eres tú, lector?



 I


        Un secreto del libro superventas y del escritor de éxito galáctico es saber quién es el lector que espera su obra, qué quiere, qué desea, qué anhela… El escritor superventas, ese que en inglés llaman bestseller, es un escritor que se sienta al ordenador y tiene meridiano qué es lo que va a contar, cómo, dónde, etc. Es un químico que hace una composición sumamente compleja y de sutil equilibrio donde todo está medido, pesado, contado… Cada uno de ellos tiene su fórmula mágica, como la cocacola. La receta, además, está guardada en una caja mágica a la que solo tienen acceso el propio escritor y algunos de sus asesores y de sus ayudantes. El bestseller no es libro popular. Esto sería poco menos que engañarse. La literatura nunca es popular, lo siento. El arte no es popular en el sentido de que alcanza a inmensas capas de la sociedad llámense clases, colectivos, estamentos o grupos. El arte en general, en su recepción, que no en su creación, está dirigido a un público culto, un público que lee y sabe qué lee, en el caso del libro.
         En ocasiones, no es menos cierto, quien anda en el laboratorio del ordenador, quien anda con las mezclas, ensayando con los equilibrios, quien estudia y mira, quien sopesa… a veces, insisto, como el burro de Samaniego, toca la flauta por casualidad. De pronto un escritor escribe una obra que subyuga a millones de personas que anhelan su libro al que les suele salir una saga. No se crea, no es nuevo… Ahí están los Palmerines y los Amadises de quienes hizo burla el mismísimo Cervantes, ¡asombroso!
         Hace unos días leía a una conocida mía, bloggera, y ella reflexionaba sobre esta realidad que todo escritor se plantea alguna vez. ¿Quién está ahí detrás de mi texto? ¿Quién lo actualiza y cómo? ¿Qué entenderá esa persona de quien quizá ignoro todo? No sé cuál es su circunstancia, ni si cultura, ni sus capacidades… ¿Qué entenderá? ¿Comprenderá lo que yo intento transmitir? ¿Qué tal expresaré yo lo que deseo? ¿Lo haré con acierto? ¿Qué opinará? Ese lector que hoy me lee, actualiza un texto dilatado en el tiempo y en la realidad, un texto que quizá escribí hace semanas, quizá  años…, pero yo ya no soy ese autor: he olvidado incluso lo que allí dije, afirmé… ¿Recuerdas lo que afirmabas en tu libro…?, te pregunta un lector entusiasta…, que queda defraudado, cuando uno, en el tiempo dejó jirones de sus quehaceres y la memoria es incapaz de relacionar, de hallar, de actualizar aquello que se perdió para siempre… “Lo siento. No, no lo recuerdo…”. Horror. ¿Quién eres tú, lector?
         Me dicen que entran a este blog miles de personas. ¿Quiénes sois? ¿Qué buscáis? ¿Qué queréis? Le doy la vuelta a todo esto y me planteo qué busco yo en la lectura de un blog… Busco información, busco a alguien que me comenta asuntos que son de mi interés, busco un alguien con quien conversar… Rara vez leo la entrada de un blog y no dejo un recado, un comentario, un gracias: cada uno es como es…
         ¿Qué busco en los libros? Aprender para enseñar, una guía de pensamiento, un medio de deleite, una pauta para seguir la verdad, la belleza… En el otro y sus obras veo y busco al Otro. El mundo me parece hermoso, a pesar de los pesares. Pienso, no sé por qué, en las muchísimas obras -¿todas? Quizá sí- que leí de Azorín: La voluntad, Antonio Azorín, Castilla, Confesiones de un pequeño filósofo, Los dos Luises, Lecturas españolas, En París, Pueblos… ¡¡Qué deleite con el comienzo de Las nubes!! Perdona que por un momento escriba de memoria… “Como recordará el lector, Calisto y Melibea se casaron…”. Los pueblos manchegos en pos de Cervantes, de las huellas de don Quijote, de ese don Amalio o don Rufino que obra en su lento quehacer al amor de la lumbre, mientras el sol trepa por el vasar e ilumina la foto del pariente amigo, que tuvo… ¡¡Qué deleite solo recordarlo!!

25 de mayo de 2012