Como supuse cuando leía la
biografía de Brown sobre san Agustín, había muchas realidades que no encajaba
del todo en mi comprensión por mi ignorancia sobre las realidades legales,
consuetudinarias y de la idiosincrasia de aquellos años del paso del Mundo
Antiguo a la Edad Media, tal y como dejé escrito en la entrada de la citada biografía, que recomiendo
vivamente.
Ahora, cuando leo esta otra
obra, comprendo que puse, por mera ignorancia, el carro delante de los bueyes.
Leo y entiendo realidades que se me quedaron bailando entre las neuronas. Muy
bien: parece que he paliado algunos de los problemas que tuve.
Magnífico el libro El primer
milenio de la cristiandad europea. No siendo texto ligero en ningún
sentido, el lector, sin embargo, avanza con soltura y agrado porque los temas,
siendo densos, están bien explicados y el estilo de Brown ayuda.
Cada capítulo analiza una tema,
como si de una tesela se tratase, que al terminar la obra conforma una imagen
del mundo que salta de la Antigüedad a la Edad Media. Repasa y estudia, con
brevedad, reinos, reyes, santos, monasterios… Para no hacer interminable la
lectura de esta obra, que ya va siendo lenta y larga e interesante, me detengo
en algunos de los lugares, hechos o personajes que Brown cita y que me resultan
más atractivos o de quienes deseo tener más información.
El cristianismo y los
cristianos se abren paso a firmes trancos en el Imperio romano y por todas las
tierras conocidas. La llamada a la salvación a todas las personas sin
distinción de nada se hace universal y compromete a sus practicantes. Surgen
aquí y allí modos nuevos de vivir a disposición de Dios: pequeños o grande
templos, eremitas o pequeñas comunidades monacales… se extienden por el mundo
conocido de Occidente a Oriente, con sus peculiaridades, con sus contradicción,
con sus malas artes y pecados de reyes o de viatores que están en camino
a la santidad. Si se lee con visión sobrenatural, el lector comprende cómo y
por qué Isaías afirma que los caminos del Señor no son nuestros caminos. Muchos
de los errores de todo tipo, también hijos del tiempo y las culturas en que
vivían, son aprovechados por los cristianos para expandir el conocimiento de Jesús
y el amor a Dios. Toda oposición es salvada a la postre. Nada puede contra la
nueva religión y el Dios que se hizo hombre y es predicado por doquier en las
más diversas lenguas y de los más extraños modos.
| San Columbano... clique aquí |
La asociación, tan humana como
lógica entonces, del cristianismo al Imperio romano hace que muchos, cuando ven
las invasiones de las fronteras de este, crean que se acercaba el fin del
mundo. San Agustín, contra esta tesis, afirma que la doctrina de Cristo va más
allá del Imperio, en el espacio y en el tiempo, y ha de alcanzar incluso a las
naciones paganas. Ciertamente, sin embargo, no se aproximaba el fin del mundo,
pero sí el final de un mundo y una cosmovisión concreta, la del mundo
romano.
Los pueblos bárbaros, con sus
nombres y orígenes concretos, no eran, digamos, adiciones uniformes, sino
agregaciones, en general, de soldados de variado pelaje. “las tropas de casi
todos los caudillos bárbaros se parecían bastante a las «Compañías Libres» de la guerra de los Cien Años, es decir, eran
bandas heterogéneas, reunidas por ambiciosos «empresarios» de la
violencia»”.
Los obispos eran mitad
funcionarios del Imperio, jueces y jefes eclesiásticos de zonas o ciudades más
o menos grandes y ricas o paupérrimas. Los había riquísimos, como el patriarca
de Alejandría, capaz de tener una flota de barcos y alimentar a diario a más de
siete mil pobres (a algunos obispos no les daba su pecunio para alimentar
escasamente ni a cien). Explica el autor y llama mi atención cómo se pide en el
reino de los francos que no acudan a ocupar un episcopado voluntarios desnudos,
de pelos largos o con taparrabos de pieles… ¡Admirable!
Hubo
quienes sabían, eran conscientes, de que se producía un cambio de tiempo, los
hubo que siguieron viviendo en el error de pensar que todo seguía igual, que
nada había cambiado… Además, no olvidemos, que el Imperio se dividió entre
Oriente y Occidente. El Imperio Romano se
dividió formalmente en el año 395 d.C. tras
la muerte del emperador Teodosio I, quien dividió el territorio entre sus dos
hijos: el Imperio
Romano de Occidente (para Honorio) y el Imperio Romano de Oriente (para
Arcadio).
| Santa Sofía, catedral de Constantinopla. |
La generación que floreció en Constantinopla hacia el año
520 se caracterizó por una singular mezcla de angustia y grandes propósitos.
Aquellos hombres sabían que vivían en un mundo que había experimentado grandes
cambios. El Imperio romano de Occidente había caído. Y para Constantinopla
aquello había sido un acontecimiento terrible. Los paganos lo atribuían a la prohibición
de los sacrificios a los dioses, y los monofisitas, como es de suponer, al
concilio de Calcedonia. Constantinopla no era solo una «nueva» Roma, una réplica
de la urbe imperial establecida en Oriente, sino que ahora era la única
capital que quedaba del «verdadero» Imperio romano. La costumbre de llamar a ese Imperio «Bizancio» y a sus súbditos «bizantinos» —pues Bizancio
era el nombre de la ciudad sobre la que se fundó Constantinopla—, es un hábito
moderno que niega su continuidad con el Imperio romano, a la cual se aferraban
con todas sus fuerzas los hombres del siglo VI. Los «bizantinos» se consideraban a
sí mismos la «venturosa estirpe
de los romanos».
No cabe duda de la importancia
capital, basal, del cristianismo en el mundo conocido entonces y en el cambio
de la Edad Antigua al Medievo. Los progresos y el sentido de sus concepciones
religiosas, de sus avances en la tradición arrastraron a la sociedad toda y
cambiaron absolutamente conceptos que llevaban muchos siglos de implantación en
el mundo entonces conocido. Estos cambios afectaban a toda la sociedad desde el
campesino más pobre al más rico señor o a reyes de pequeños o grandes reinos.
El peso de quienes tenían fama de santos era una realidad hoy indescriptible,
inconcebible, de difícil comprensión.
Me resulta admirable tener
conocimiento de núcleos de cristianos por todo el mundo entonces conocido,
desde oriente a occidente, desde China hasta la Britania. Monasterios, monjes y
monjas, predicadores, confesores, fundadores y fundadoras… Espacios más o menos
importantes entonces o ahora, pero de una expansión que como la micro humedad
se infiltra sin prisa, pero también sin pausa. La existencia de comunidades
cristianas parecía abordar todo el mundo.
Asuntos que en mis años de
estudiante se despachaban en un pispás, en el libro toman unas dimensiones en
su tratamiento que me dejan bien a las claras de qué se trataba. Algo así
ocurre con las pugnas entre iconoclastas y los iconódulos, entre los que se
encontraba san Juan Damasceno. Lo que los cristianos del Occidente latino
intentaban conseguir mediante sus prácticas penitenciales de carácter más
personal, los de Oriente lo habían encontrado en los santos. Ahora se creía que
los retratos de esos santos, los iconos, lograban hacerlos presentes a pesar de
la distancia.
Se hace
compleja, para mí, la localización geográfica, digamos, fina, de los lugares
que se citan tanto de oriente como de occidente y, además, con sus nombres
clásicos (unos mapas en las páginas últimas del libro ayudan). Esto me ha
obligado en algunos momento a tener que acudir a los mapas para mejor situarme
en la narración. Tampoco me ha resultado fácil la correlación entre hechos y
fechas, reinados y papados, entre oriente y occidente, entre unas tierra y
otras. El libro, seguro, resultará tan extenso como excelente para quienes
gusten de la historia a grandes rasgos y la historia que hila fino la
intrahistoria.
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