18 de agosto de 2026

Brown, Peter, EL PRIMER MILENIO DE LA CRISTIANDAD EUROPEA

 



Como supuse cuando leía la biografía de Brown sobre san Agustín, había muchas realidades que no encajaba del todo en mi comprensión por mi ignorancia sobre las realidades legales, consuetudinarias y de la idiosincrasia de aquellos años del paso del Mundo Antiguo a la Edad Media, tal y como dejé escrito en la entrada de la citada biografía, que recomiendo vivamente.

Ahora, cuando leo esta otra obra, comprendo que puse, por mera ignorancia, el carro delante de los bueyes. Leo y entiendo realidades que se me quedaron bailando entre las neuronas. Muy bien: parece que he paliado algunos de los problemas que tuve.

Magnífico el libro El primer milenio de la cristiandad europea. No siendo texto ligero en ningún sentido, el lector, sin embargo, avanza con soltura y agrado porque los temas, siendo densos, están bien explicados y el estilo de Brown ayuda.

Cada capítulo analiza una tema, como si de una tesela se tratase, que al terminar la obra conforma una imagen del mundo que salta de la Antigüedad a la Edad Media. Repasa y estudia, con brevedad, reinos, reyes, santos, monasterios… Para no hacer interminable la lectura de esta obra, que ya va siendo lenta y larga e interesante, me detengo en algunos de los lugares, hechos o personajes que Brown cita y que me resultan más atractivos o de quienes deseo tener más información.

El cristianismo y los cristianos se abren paso a firmes trancos en el Imperio romano y por todas las tierras conocidas. La llamada a la salvación a todas las personas sin distinción de nada se hace universal y compromete a sus practicantes. Surgen aquí y allí modos nuevos de vivir a disposición de Dios: pequeños o grande templos, eremitas o pequeñas comunidades monacales… se extienden por el mundo conocido de Occidente a Oriente, con sus peculiaridades, con sus contradicción, con sus malas artes y pecados de reyes o de viatores que están en camino a la santidad. Si se lee con visión sobrenatural, el lector comprende cómo y por qué Isaías afirma que los caminos del Señor no son nuestros caminos. Muchos de los errores de todo tipo, también hijos del tiempo y las culturas en que vivían, son aprovechados por los cristianos para expandir el conocimiento de Jesús y el amor a Dios. Toda oposición es salvada a la postre. Nada puede contra la nueva religión y el Dios que se hizo hombre y es predicado por doquier en las más diversas lenguas y de los más extraños modos.

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La asociación, tan humana como lógica entonces, del cristianismo al Imperio romano hace que muchos, cuando ven las invasiones de las fronteras de este, crean que se acercaba el fin del mundo. San Agustín, contra esta tesis, afirma que la doctrina de Cristo va más allá del Imperio, en el espacio y en el tiempo, y ha de alcanzar incluso a las naciones paganas. Ciertamente, sin embargo, no se aproximaba el fin del mundo, pero sí el final de un mundo y una cosmovisión concreta, la del mundo romano.

Los pueblos bárbaros, con sus nombres y orígenes concretos, no eran, digamos, adiciones uniformes, sino agregaciones, en general, de soldados de variado pelaje. “las tropas de casi todos los caudillos bárbaros se parecían bastante a las «Compañías Libres» de la guerra de los Cien Años, es decir, eran bandas heterogéneas, reunidas por ambiciosos «empresarios» de la violencia»”.

Los obispos eran mitad funcionarios del Imperio, jueces y jefes eclesiásticos de zonas o ciudades más o menos grandes y ricas o paupérrimas. Los había riquísimos, como el patriarca de Alejandría, capaz de tener una flota de barcos y alimentar a diario a más de siete mil pobres (a algunos obispos no les daba su pecunio para alimentar escasamente ni a cien). Explica el autor y llama mi atención cómo se pide en el reino de los francos que no acudan a ocupar un episcopado voluntarios desnudos, de pelos largos o con taparrabos de pieles… ¡Admirable!

Hubo quienes sabían, eran conscientes, de que se producía un cambio de tiempo, los hubo que siguieron viviendo en el error de pensar que todo seguía igual, que nada había cambiado… Además, no olvidemos, que el Imperio se dividió entre Oriente y Occidente. El Imperio Romano se dividió formalmente en el año 395 d.C. tras la muerte del emperador Teodosio I, quien dividió el territorio entre sus dos hijos: el Imperio Romano de Occidente (para Honorio) y el Imperio Romano de Oriente (para Arcadio).

Santa Sofía, catedral de Constantinopla.


La generación que floreció en Constantinopla hacia el año 520 se caracterizó por una singular mezcla de angustia y grandes propósitos. Aquellos hombres sabían que vivían en un mundo que había experimentado grandes cambios. El Imperio romano de Occidente había caído. Y para Constantinopla aquello había sido un acontecimiento terrible. Los paganos lo atribuían a la prohibición de los sacrificios a los dioses, y los monofisitas, como es de suponer, al concilio de Calcedonia. Constantinopla no era solo una «nueva» Roma, una réplica de la urbe imperial establecida en Oriente, sino que ahora era la única capital que quedaba del «verdadero» Imperio romano. La costumbre de llamar a ese Imperio «Bizancio» y a sus súbditos «bizantinos» —pues Bizancio era el nombre de la ciudad sobre la que se fundó Constantinopla—, es un hábito moderno que niega su continuidad con el Imperio romano, a la cual se aferraban con todas sus fuerzas los hombres del siglo VI. Los «bizantinos» se consideraban a sí mismos la «venturosa estirpe de los romanos».

No cabe duda de la importancia capital, basal, del cristianismo en el mundo conocido entonces y en el cambio de la Edad Antigua al Medievo. Los progresos y el sentido de sus concepciones religiosas, de sus avances en la tradición arrastraron a la sociedad toda y cambiaron absolutamente conceptos que llevaban muchos siglos de implantación en el mundo entonces conocido. Estos cambios afectaban a toda la sociedad desde el campesino más pobre al más rico señor o a reyes de pequeños o grandes reinos. El peso de quienes tenían fama de santos era una realidad hoy indescriptible, inconcebible, de difícil comprensión.

Me resulta admirable tener conocimiento de núcleos de cristianos por todo el mundo entonces conocido, desde oriente a occidente, desde China hasta la Britania. Monasterios, monjes y monjas, predicadores, confesores, fundadores y fundadoras… Espacios más o menos importantes entonces o ahora, pero de una expansión que como la micro humedad se infiltra sin prisa, pero también sin pausa. La existencia de comunidades cristianas parecía abordar todo el mundo.

Asuntos que en mis años de estudiante se despachaban en un pispás, en el libro toman unas dimensiones en su tratamiento que me dejan bien a las claras de qué se trataba. Algo así ocurre con las pugnas entre iconoclastas y los iconódulos, entre los que se encontraba san Juan Damasceno. Lo que los cristianos del Occidente latino intentaban conseguir mediante sus prácticas penitenciales de carácter más personal, los de Oriente lo habían encontrado en los santos. Ahora se creía que los retratos de esos santos, los iconos, lograban hacerlos presentes a pesar de la distancia.

Se hace compleja, para mí, la localización geográfica, digamos, fina, de los lugares que se citan tanto de oriente como de occidente y, además, con sus nombres clásicos (unos mapas en las páginas últimas del libro ayudan). Esto me ha obligado en algunos momento a tener que acudir a los mapas para mejor situarme en la narración. Tampoco me ha resultado fácil la correlación entre hechos y fechas, reinados y papados, entre oriente y occidente, entre unas tierra y otras. El libro, seguro, resultará tan extenso como excelente para quienes gusten de la historia a grandes rasgos y la historia que hila fino la intrahistoria.

 

Peter Brown: “Peor que olvidar la historia es retorcerla para avivar el resentimiento”.



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