Me libre Dios de afirmar que
aquello, lo de ellos, es peor que esto, lo nuestro, lo mío. No tengo edad de
caer en ese chovinismo cateto de exaltación del campanario propio. Sí es cierto,
sin embargo, que solemos ser “candilicos de puerta ajena”, es decir: alumbramos
y exaltamos lo ajeno, lo lejano y extranjero, lo de allí, antes que lo de casa
por el mero hecho de no hacer aprecio de lo propio, por desconocimiento, por
ese prurito que el refrán refrenda: "Gusta lo ajeno, más por ajeno que por
bueno". En los años 60 en España los productos con marchamo alemán eran lo
más de lo más, por ser alemanes, sin más.
La catedral de Jaén
es un espectáculo suspendido del Cielo y asentado en la ciudad del Santo Reino:
la mire quien la mire y se mire desde… y como se mire. La contemplo a diario.
La visito a diario y no me acostumbro. El espacio interior, además de la
luminosidad que para ella quiso Vandelvira, causa en quien ora en ella, en
quien la visita, una calma y un sosiego frutos de la armonía que invita a
dirigirse a Dios. Distingo ver, mirar y contemplar, ojo:
quien solo la ve en su visita sin mirarla ni contemplarla, si en su paseo solo
percibe piedras y formas, es porque no ha penetrado en la intimidad y en el
sentido trascendente de todo ese esfuerzo de fe y siglos… A diario me pregunto
¿cuántos canteros, carpinteros, escultores, albañiles… trabajaron en ella gran
parte de sus vidas, incluido el mismo Vandelvira y no la vieron acabada y, sin
embargo, yo me puedo permitir a diario el gozo de estar, de rezar, de recrearme
y de dar gracias a Dios por ese medio que me acerca a Él de modo tan decisivo?
Es cierto que Dios
está en todas partes (ojo, para Dios no hay tiempo y, por tanto, Él vive en
presente: sigue estando HOY, ahora, colgado en la cruz, y sigue siendo el niño carpintero
que se pierde y el joven que predica y cura…). Sí, se puede orar en cualquiera
parte, como te puedes lavar donde haya jabón y agua, pero prefiero más la ducha
de casa que el río que pasa ahora a mis pies, por muy limpia que el agua corra
(me he bañado y aseado en arroyos serranos donde el agua bajaba… fría como el
hielo: ¡ni espuma hacía el jabón!). Prefiero rezar en una capilla, en un
oratorio recogido, en una catedral, como la de Jaén, antes que en una mezquita,
por muy de Estambul que sea y por muy Mezquita Azul que le digan… A ver, me
parezco en este sentido más a León XVI que a quien quiera rezar abrazado a un
lentisco, siendo este bueno y de creación divina.
La catedral de Jaén
es inmensa. Uno no la imagina hasta que está ante su fachada y después penetra
en ella. A Teófilo Gautier, que visitó Jaén a mediados del XIX, comentó en su
libro Viaje por España que le impresionó la desproporción entre la
catedral y la urbe que vivaqueaba a los pies del castillo de Santa Catalina,
observada por la catedral.
El libro que tiene a
bien regalarme mi amigo Arturo Aragón atina de plano al manifestar en su
portada que es una “Mirada plástica” y una “Mirada cultural”. Siendo lo mejor
enemigo de la bueno, seguro que existen libros más extensos, detallados,
documentados, etc. sobre la catedral de la Asunción, ¡segurísimo!, pero en esta
obra de Aragón, Santiago y Zafra al lector que desee iniciarse con la historia
y el acceso ilustrado a esta realidad es una excelente aproximación. Las fotos
y los dibujos con magníficos. Un acierto esencial es que se contextualiza la
construcción del templo en el Jaén que atraviesa los siglos y así se comprende
mejor lo que es sencillamente fe y amor. Según su deán actual, Martínez Rojas, con
ayuda de esta obra: “el sueño en piedra que ideó Vandelvira será también, más
si cabe, palabra explicada e inteligible, verbo cálido y cercano hecho trazo e
imagen”.
Por mi parte, quiero
agradecerles a sus autores, las pistas seguras y certeras que dan para abundar
en el conocimiento de esta realidad tan esencial en mi ciudad y mi existencia.
Muchas gracias.
No hay comentarios:
Publicar un comentario