Nueve partes y treinta y dos
capítulos: 603 páginas en el ejemplar que he manejado de la colección De
bolsillo de Penguin Ramdom… y poco que decir… ¿Qué decir de El Quijote?
¿Qué decir de El Padrino? ¿Quién no sabe, mejor o peor, de qué van un
libro y otro? ¿Qué va a contar usted? Cierto, pero permítame que comparta mis
impresiones personales tras la lectura de esta obra. Le hago gracia de comentar
el argumento general.
Leo esta obra que me regala un
amigo con la finalidad de alejarme, en mi cansancio, de aquellas otras que por
sus contenidos y temas me obligan a forzar las escasas fuerzas de que gozo de
un tiempo a esta parte. Hay que aprender a descansar. Ciertamente esta novela,
que la he leído del tirón (expresión que aprendí en infantería de marina: “Esto
lo hacemos del tirón”), me ha descansado un poquito la cabeza (tras ella tengo
entre mis mano un texto muy diferente, Los rateros de Faulkner). Primer
objetivo en camino de ser cumplido. Gracias por tu ocupación por mí y por tu
regalo, Daniel.
Cuando vi el libro, como mecanismo
de defensa, pensé lo escrito en el primer párrafo: “Esta ya me la sé”, porque
había visto las películas de Coppola que llevaron al cine la novela de Puzo y
me gustaron… “¿Cómo voy a leer el Quijote, por Dios, si ya vi los dibujos
animados de finales de los 70?”… me decían algunos, entre ellos mis alumnos. No
es comparable para el caso la obra de Coppola que lleva a al cine la obra de
Puzo, con lo que hicieron en dibujos animados, pero no nos perdamos.
“Hay clásicos que han dejado de
ser clásicos”, me dijo una señora tan amable como leída. Y es cierto: la
catedral de Jaén, con el paso de los años, está dejando, poco a poco, de ser…
la catedral de Jaén y un monumento universalmente admirable porque los arquitectos,
de una tiempo a esta parte, ya se aplican a otros estilos y… ¡de locos!
He disfrutado con la obra de
Puzo no solo por qué cuenta, que ya, como digo, a grandes rasgos, lo conocía,
sino por cómo lo cuenta y cómo estructura su obra. Editada en 1969, me vuelve a
recordar a los autores de la generación perdida de los años 20 americanos y más
concretamente a la trilogía USA de Dos Passos. No ha mucho he escrito sobre
esto no recuerdo ahora al hilo de qué. Voy a intentar explicarlo. Puzo al dividir
la obra en nueve partes, se puede permitir la narración y el abordaje detallado
de unos personajes y otros de modo particularizado, también de unas situaciones
y otras, lo que da lugar a la analepsis (que se llamó con más éxito quizá, por
el cine, flashback), es decir: la ruptura de la narración lineal
continuada, dando lugar a escenas o sucesos que, para el autor, tienen un carácter
retrospectivo, el tiempo en su desarrollo lineal se quiebra. Desde el presente,
el autor puede situar la acción, la trama, al personaje… en momentos anteriores
y así se va completando la visión, e idea, que el lector tiene del desarrollo
de lo que lee. Insisto, la división en partes, y estas, a su vez, en capítulos
que dan continuidad a la obra en sentido general es un acierto estructural.
Ciertamente el autor se ha de convertir en un minucioso relojero de la armonía
para que esos varios relojes concuerden, coincidan y marchen al ritmo adecuado
y el lector ni se pierda en la trama ni desaparezca su interés en seguir
leyendo: esto es importante. Faulkner es el maestro de estas estructuraciones.
Otro detalle que observo en la
obra es el magistral uso que Puzo hace de la elipsis, es decir, el autor
recorta, omite, elementos que da por conocidos o imaginables con facilidad por
el lector, o que considera innecesarios para la buena marcha de la obra. De
este modo, ciertamente, el autor logra que la novela vaya a un ritmo más rápido.
No se entretiene en general, por ejemplo, en descripciones físicas de los
personajes, en cómo visten estos, de cómo son los espacios, los lugares en los
que se mueven… Todo esto es muy esquemático en la obra de Puzo. No le interesan
a este, se puede pensar, y opta por un dinamismo narrativo no urgente, pero sí ágil.
Entiende el autor que el lector está más interesado en qué sucede que en dónde
y cómo es la escena de la acción: la narración prima sobre la descripción (¡qué
diferencia con la novela de Faulkner que ahora trabajo!).
Leída la novela, estoy volviendo
a ver las tres partes de El Padrino llevadas a la pantalla por Coppola.
También él hace uso del flashback, encaja acertados detalles e imágenes en
las elipsis de Puzo y necesita como este realizar partes y apartes para llevar
al cine la obra (la película obtuvo un Óscar a la adaptación de la novela). El
elenco de actores es absolutamente admirable: excelentes actuaciones por parte
de Richard Burton, Al Pachino, Robert Duvall, James Caan, Diane Keaton y que el
resto me perdonen por no citarlos porque ciertamente están magistrales…
¿Supera la novela a la
película? Esto que es tan evidente en otras oportunidad, en esta, tengo la
impresión de que cada una en su ámbito artístico es excelente, merecen la pena:
la novela ser leída y la película ser vista.
Y añado. Dentro del contenido
brutal del argumento de la obra, del comportamiento criminal y abominable, el
lector puede hallar comentarios, reflexiones, que dan mucho que pensar, que dan
mucho de sí en sentido ético. Me ha llamado la atención la explicación del doctor
Jules Segal de por qué se hizo cirujano abortista: lo comentaré en algún artículo
aparte en otro momento. Los comentarios y enseñanza de don Vito a los suyos, en
ocasiones, son navajas de doble filo: pueden servir para cortar o para cortarse...
La hipocresía y la doble moral que lleva a unos supuestos católicos a cometer
impunemente y “por negocios” crímenes sin cuento es de un cinismo maquiavélico (al
final, Mike Corleone reconoce que, en el fondo, el asesinato, por odio o por
venganza… es “un negocio”, que todo lo justifica…).
Permítame que le recomiende la
novela de Puzo y las películas de Coppola. Le aseguro que disfrutará.
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