Este libro nace de la
correspondencia real entre Helen Hanff, quien firma el libro y es la protagonista
del mismo. Ella es una muy singular lectora neoyorquina, amante de los libros
hermosos de autores concretos y escritora–guionista sin renombre ni fama y Frank Doel, el
gestor de una librería londinense situada en la dirección que da título al
libro. El texto tiene un carácter novelesco, pero, en realidad, lo componen básicamente
las cartas que cruzan estos dos corresponsales, si bien, después, se añaden las
de algún otro colaborador en la correspondencia: algún empleado de la librería,
una amiga actriz de Helen que pasa una temporada actuando en Londres, una hija
de Doel…
El término ternura
para el trato que Hanff depara a los libros que solicita a Londres quizá sea
excesivo, pero sí, sin duda, es un trato exquisitamente sutil, solícito.
Disfruta con las encuadernaciones en piel de obras antiguas ya descatalogadas,
raras, de ediciones concretas pero que nunca valgan más de cinco dólares.
Tres constantes del
contenido de las cartas son, primero, los listados de libros que la americana
solicita al librero y el dinero que debe abonar (con los problemas añadidos del
sistema cambiario de libras a dólares); segundo, el trato durante años del
racionamiento de alimentos en Inglaterra, estamos en 1951, que anima a Helen,
la escritora, a enviar cajas con huevos en polvo o frescos, latas de carne,
etc. para los empleados de la librería, aunque ella no es una potentada; y, el
tercero de los temas de conversación constante, es el deseo continuo de Helen
por ir a Londres porque anhela conocer el Londres literario y visitar la
librería y a las personas con quienes mantuvo correspondencia durante más de
veinte años, mas el viaje no lo podrá realizar por motivos económicos hasta muy
tarde, ya muerto Frank Doel y cerrada la librería de 84, Charing Cross Road.
En las cartas, además
de los detalles de las obras que Helen quiere y la librería por medio de Frank
le puede facilitar, se van entrecruzando temas más cotidianos que trenzan el consistente
argumento de una amistad en la que también, como he escrito, participan los
empleados de la librería y la esposa de Frank. Quiero resaltar del libro el
estilo, digamos, divertido que transluce la personalidad extravertida,
impaciente, simpática, irónica… de la autora. A estas alturas me planteo y así
creo que es… la obra admite absolutamente el calificativo de “novela epistolar”
o “documento epistolar” y de este género participa en sus características.
Veo con agrado la
película realizada sobre esta obra. Quiero volverla a ver. El lector podrá
disfrutar de ella si puede acceder a Netflix. La titularon La carta final
(1987). A mí me parece mucho mejor, más sugerente por lo enigmático el título
del libro que el de la película, pero es lo que hay (tampoco me gustó el título
que se le puso en Hispanoamérica: Nunca te vi, siempre te amé). La
película con un excelente reparto: Anne Bancroft y Anthony Hopkins fue muy
reconocida y premiada. Transmite al espectador la pasión que muchas personas
sentimos por la lectura y por los libros (seamos o no bibliófilos), siendo
estos un puente con miles de carriles que pueden desembocar en amores más o
menos platónicos entre lectores y libreros, lectores y autores, lectores y
libros… En este caso se establece un suigéneris enamoramiento entre Helen Hanff
(Anne Bancroft) y su librero londinense Frank Doel (Anthony
Hopkins). Veinte años intercambiando cartas dan para que crezca una sobrada
amistad que reverbera unos tornasoles delicados que van más allá del amor de
benevolencia, si bien, todo tiene la naturalidad de un hecho así entre dos
personas adultas y fieles a su propias convicciones y circunstancias, pues el
librero, aún cuando pueda sentir ese punto de amor que excede al de amistad,
permanece correcto en sus cartas y fiel a su esposa, quien terminará teniendo
también, como he escrito, una amable relación con la escritora neoyorquina, a
quien le confiesa que llegó a estar celosa. Este perfil del amor es más
manifiesto en la película que en el libro y de ahí quizá el título de la misma
en Hispanoamérica.
Merece la película ser
vista con atención porque no ha perdido el valor que tuvo en el momento en que
se rodó y los actores, todos, están sobresalientes en la representación de sus
papeles.
El libro, por su parte,
84, Charing Cross Road, me parece igualmente excelente, pues las grafías
que se emplean demuestran bien la personalidad de los protagonistas, sus
matices, aunque, insisto, sin duda los actores representan de maravilla el
texto al que son muy fieles. Aclaro: el entramado del libro es sencillo,
cotidiano… como la vida misma y esto siempre es de mi agrado (no me llevo bien
con Bond, James Bond: me aburre su impostada espectacularidad).
Muy bien me lo he
pasado con el libro y la película, se los recomiendo.
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