12 de octubre de 2021

457- Crespo, Ramón: VÍA NOVA

 


Camina el lector por esta Vía Nova con la sensación de que el autor nos habla con sugerencias casi y casi nada dice de realidades que van más allá de lo que participa al lector por medio de palabras e imágenes. La realidad se carga de trascendencia que arranca y nutre de lo genuino tradicional: lo entregado por generaciones anteriores permanece ahí y exhala un halo de autenticidad que de inmediato atrapa al lector porque gusta de lo que lee y ve y siente y es invitado a meditar. El mundo se mueve y las realidades que él contiene también, pero todo lo hace con una armónica quietud, que no es indolencia ni dejadez, sino sabiduría de aquello que necesita poco y por ese poco se mueve: Dios es un motor… inmóvil, porque nada necesita. Lo escrito en este párrafo cobra sentido, considero, en la dedicatoria del libro:

Beatus ille qui procul negotiis,
ut prisca gens mortalium
paterna rura bobus exercet suis,
solutus omni faenore
.

Dividido en cuatro partes: 1. Poemas de Santirso; 2. La luz que no regresa; 3. Los frutos dañados; 4. Rama de luz. ¡Ay!: Es la tercera vez que inicio el libro y que he dejado más que mediado. Me propongo leerlo del tirón, sin más interrupciones que las que yo desee para releer, meditar, contemplar… ¡ya vale!, ¡¡pero no lo logro!!

El primer poema de la primera parte que da título al libro… emplaza al lector en un mundo sereno, limpio, calmo; no hay estridencias ni altisonancias… Es la vía nova que de un mundo auroral arranca y a un mundo recién hecho lleva. ¡Qué gozada! Todos recordamos lo olvidado… Me encantan las antítesis… Todo invita a la contemplación que es trascendencia, que impulsa a ir más allá. “Una poética de la fértil contemplación”, escribe Colinas en su prólogo.

Los pretéritos imperfectos en tercera persona que el autor usa interpelan e incorporan al lector al mundo esbozado apenas, que huele al pasto recién cortado, a maizal que crece, a lumbre crujiente, a la lejía del piso… y siente el barro en las botas y en la cabeza la lluvia.


La nostalgia… o mejor: la ¡saudade!, porque de Galicia nos habla…, cubre los versos entre humedales y zarzales…, veranos de languidez y agua…, aromas mezclados de oscuro y esquilas que suenan en alguna parte. Nos situamos en un tiempo donde la luz del día desfallece fatigada. Los versos desgranan evocaciones de otras voces y otros ámbitos, del autor y para este lector, que también trae al presente algo de un pasado común en parte, al sur, mucho más al sur, con menos lluvia y mucho calor, de ardientes días y atardeceres luminosos y cálidos: con las mismas lumbres y hombres y mujeres parecidos en casas semejantes, en huertas llenas de vida, de rosas idénticas, en este caso de este lector.

Me ha emocionado tropezarme con un par de versos de Seamus Heaney… Cuando anduve por Dublín, por casualidad, estuve por la escuela donde estudió y leí entonces algún libro suyo, cuyo título miro porque olvidé: La linterna del espino. Hacía poco que le habían otorgado el Nobel, el libro del que hablo y que leí no tenía ni diez años… y decían que era de lo mejor escrito por él… ¡y yo olvidé lo leído! Me emociona y humilla todo esto, pero… me recupera un trocito de pasado.

No entiendo a aquellos que sus vidas no se resienten con la naturaleza, quizá con mayúscula, así: Naturaleza. Con el agua de ríos y arroyos, con plantas: castaños y álamos y abedules, zarzales… Con los animales salvajes grandes o pequeños: los vencejos o las golondrinas que laboran en la construcción de sus nidos; la zorra amaestrada que se mueve por el hogar; abejas y las avispas que zumban; las mariposas que a luz acuden; el grillo y el cuclillo... Los animales domésticos, los mulos de la cuadra, el ganado que va y viene, que está en el prado. El campo abandonado que se convierte en silva, afirma el autor. ¿¡Cómo no conmoverse ante “La nieve cae como una limosna sobre los campos”!?

Si nada es estridente en versos los de Crespo tampoco son especialmente luminosos. Todas las bombillas dan una luz mortecina y escasa y nada vivificante: solo suficiente para entrever y para atraer en la noche a las mariposillas que mueren al contacto con la ampolla de vidrio.

¿Quién será el viejo al que hace referencia continua el poeta? Ese hombre que mira y calla, que cuenta monedas, que parece no sentir ni padecer, puro pasado en pie en el presente…, que más duerme (próximo a su muerte parece)…

En medio de estos acontecimientos cotidianos y ordinarios en el campo gallego se asoman Newton con su manzana y Ulises con su viaje, Ovidio con sus versos… como Colinas, Miguel d’Ors, Trapiello, Valente, Heaney… el autor, entiendo, traza, también con esos nombres, que son personas, a los que dedica algunos versos, traza, digo, un mapa de sus afectos.

Todo el libro, lleno de versos, está escrito al dictado de la remembranza impresionista, como todo recuerdo, del niño que ya murió y hoy es poeta o labrador imaginario, lejos, por el paso del tiempo y el espacio y la memoria, una memoria que lo devuelve a ese lugar para que “descanse / en paz”.


He gozado la lectura del libro que he podido ya releer con calma… Si le apetece un buen libro de poesía para leer, para disfrutar… no se olvide de este título: Vía Nova.

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