Leí no ha mucho o eso entendí
que Eduardo Mendoza dejaba de escribir; que dejaba el oficio. Me extrañó. A lo
peor lo leí mal y lo que dejó fue de editar, de publicar, de escribir novelas específicamente,
mas ¿cómo dejar de escribir? No lo sé.
Empecé yo de aprendiz en el
oficio con 16 años y una novela: creo haberlo contado. Cumpliré, Dios
queriendo, 65 y NUNCA he dejado de escribir, es decir: ¡no he podido dejar
de escribir!, por mucho que haya querido abandonarlo con todas mis fuerzas…
No he podido.
La pregunta que da título a
esta entrada, ciertamente nos la hacen aquellos que nos consideran unos
fracasados en nuestro oficio, a quienes se nos piensa unos pillatigres, rebuscadores
de caracoles y espárragos: publicamos de vez en cuando, no somos reconocidos
públicamente, no hemos alcanzado fama alguna y, por tanto, y por todo ello, lo
lógico sería que dejáramos de escribir… por aburrimiento. “Si no sales en las
noticias”, “Si no eres famoso”… ¿para qué escribes?
—Pues
mire usted, de momento, porque no escribo para ser famoso, ni tener éxito, por
ejemplo. No era mi afán ni el sentido de mis escritos.
Es cierto que muchos, entre
quienes me incluyo, hubiéramos querido poder vivir de lo que escribimos. La
realidad es muy antigua. Se la explico por dócil boca de ganso: Vuelto nuestro
Larra a Madrid tras su paso por París tras haber conocido entre otros a Alejandro Dumas y a Víctor Hugo, se empapó de un
ambiente en el que reinaban Chateaubriand, Lamartine, Balzac: todo deslumbrante
por ser París el colmo y cúspide de la cultura cosmopolita. Ya en nuestro
Madrid, ese rompeolas de las Españas, según Machado, que bien pudo haber adjetivaba
arrabal, se lamentó el pobre Fígaro: «Escribir (...) en el centro de la
civilización y de la publicidad es escribir», es decir: el escritor parisino era
leído como tal, atendido, influyente, tenido en cuenta en París y desde este en
todo el mundo. En París, escribir es «escribir para la humanidad». En cambio, añadía,
«escribir como escribimos en Madrid es tomar una apuntación, es escribir en un
libro de memorias, es realizar un monólogo desesperante y triste para uno
solo. Escribir en Madrid es llorar, es buscar voz sin encontrarla, como
en una pesadilla abrumadora y violenta» (todo ello según Guillermo Fatás).
Ni muchos españoles tras Larra ni
este mismo hasta que se descerrajó un tiro, no hemos podido dejar de escribir
por muy mudos que nuestros escritos fueran, por mucho que gritáramos en los
desiertos, por muy buenos o malos escritores que seamos o fueran… Da igual. No
somos leídos por otros, apenas editados por caridad, escribimos y puablicamos gratis
et amore, da igual porque ahí erre que erre y tras esta erre una e… resistiendo,
tenaces, con una mano sujetando la pluma y con la otra asida la silla que
sujeta al león del hambre y la desgracia… y el desprecio socarrón e irónico…: fieles,
porfiados, perseverantes, incansables… ¿Sigues escribiendo?
La verdad torera de este
quehacer es que el escritor, y alguna vez creo también haberlo dicho y escrito,
es que vive la realidad toda sub specie litterae. La anécdota o la historia,
la noticia periodística, el suceso real o imaginario trufado de lo uno y lo
otro, el verdadero escritor se lo lleva puesto donde puede y lo va redactando
en su memoria y por la calle, mientras conduce el coche, colgado en la pupila,
en una nota apenas garrapateada en un papelajo en cualquiera de sus bolsillos.
En el de la chaqueta de Machado en Colliure, recién muerto, hallaron aquel su
último escrito, un verso apenas esbozado, un borrador cargado de futuro que no
se hizo presente: «Estos días azules y este sol de la infancia», ¿qué
querría hacer aquel viejo poeta exiliado, moribundo, con aquellas nueve
palabras? De momento se toma nota y luego Dios dirá… «Estos
días azules y este sol de la infancia».
Pues eso: anotaciones, notas,
papeles, apuntaciones en libretas y libretillas, en el ordenador, aquí y acullá…
¿Para qué? Pues para eso: para reverdecer mañana, lo visto y sentido hoy de aquellos
días azules y aquel sol de la infancia ya perdida, nublada hoy, para que se
volvieran a hacer presentes por la memoria y el amor.
Y sí se escribe…, por amor y
por este no es posible dejar de escribir.
Por
cierto, otro tanto le ha ocurrido a Eduardo Mendoza según leo:
Eduardo Mendoza se
resiste a dejar de escribir
El escritor barcelonés se desdice y vuelve a la carga,
más libre que nunca, con Tres enigmas para la Organización,
una novela con muchos detectives y casos por resolver en un (sic)
Barcelona atiborrada de turistas y yates de superricos extranjeros
Ya expresé
arriba mi extrañeza… ¿Dejar de escribir? Y no me equivoqué.
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