1 de junio de 2026

578- VICIOSOS, EUKRATES Y VIRTUOSOS

 


Me sale al paso mientras leo una idea muy simple que se relaciona con las dos entradas que preceden a esta y con la venidera.

Hace muchos años, una madre de muchos hijos, me comentó que uno de ellos educaba a sus nietos como si fueran soldados y otro, lo hacía de un modo distinto: “Como si los convenciera”. Me pareció distinción atinada y me llevó a pensar en la educación que yo recibí en la escuela a la que asistí cuando niño y la que pretendía darles a mis alumnos.

La educación que me dieron en la escuela se ejercía desde el miedo a al castigo y el temor que le teníamos al maestro había sido policía secreta tras la posguerra española, decían. Era una escuela unitaria donde los mayores tenían diez años y yo entré con seis. Había tres aulas: una de niños, otra de niñas y la de los pequeños; el aseo era común para niños y pequeños, las niñas en otro y se iba a él en horas fijas. Durante el tiempo lectivo muy extrañamente se atrevía nadie a pedir permiso para usar el aseo salvo catástrofe (los había que se orinaban y defecaban encima antes que pedir permiso para ir al baño).

En aquella escuela, no creo que fuéramos en la clase más de cuarenta niños y otras tantas niñas en la otra aula. Entonces no existía el TDAH o, al menos, no se hubiera diagnosticado por carencia de síntomas manifiestos: no se hablaba, no se movía nadie, solo se escribía o se resolvían cuentas; se preguntaba a diario la lección oralmente; y había un turno de lectura continuo mientras el resto estábamos cada uno en silencio absoluto en lo suyo. He dicho que no se hablaba y era así: Los alumnos no hablábamos entre nosotros NUNCA, que es NUNCA. ¡Eso sí era socializar!

Pasaron los años de aquello que me comentó la madre de exalumno ya, mayor, con hijos, etc. y trencé dos ideas.

Una, la distinción clásica entre potestas y auctoritas. La potestas es la capacidad de un guardia de multarme (aunque sea injusto y él esté borracho) o de pegarme con la palmeta aquel maestro de mi infancia (cosa que hizo muchos cientos de veces en los cuatro años que allí estuve, lo mereciera o no). Definiría la potestas como el mando otorgado a alguien, que lo faculta con un poder sobre otros que no se ganó. La auctoritas, en cambio, es el dominio que alguien se gana sobre otras personas a base de prestigio y calidad personales, por su bonhomía, por categoría, conocimientos, por sus virtudes, etc.

Uno de aquellos hijos de la señora, quien fue exalumno mío ejercía la potestas y sus hijos actuaban bajo su dominio y no sin cierto temor. Serían ordenados, sinceros, leales… ¡o no!, pero no por sus virtudes ganadas, sino fruto del temor. El infante de marina siente más que piensa cuando va a un desembarco: obedece órdenes y lo hace y lo hace mejor cuanto más entrena. El infante no baja por la red de desembarco saludando. 



Entonces aprendí que los infantes de marina y los hijos de mi exalumno y amigo y yo en mi niñez en la escuela éramos unos eukrates. Es decir: personas que han aprendido a controlar sus deseos; de modo que el ejercicio de actos virtuosos no está imposibilitado por esos deseos, ¡¡aunque los mismos deseos todavía no han sido transformados por las virtudes!! El soldado entrenado avanza y está, sin embargo, atenazado por el miedo: su entrenamiento lo empuja. El eukrates no es virtuoso, sino un robot.

El mundo sería distinto, muy semejante al Cielo cristiano, si todos fuéramos virtuosos: prudentes, templados, ordenados, generosos, altruistas, magnánimos, sinceros, justos… ¡y longánimos!, como anhelaba doña Resu que fuera el Nini el personaje de Las Ratas de Delibes.



Entre ser un desalmado vicioso, un ser malo, una mala persona y un eukrates más vale quedarse en esto, mientras la propia voluntad va ganando espacio al vicio y la inteligencia muestra el buen camino que lleva a la convicción y abre paso a la virtud.


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