10 de julio de 2026

LOS RICOS, LOS POBRES Y EL SOFOCÓN

 


Repito, que no por mucho repetir amanece más temprano en algunas inteligencias. Ser pobre no es malo, pero tiene muchos problemas. No por ser rico se carece de ellos, pero se solucionan con más facilidad.

Los pobres, desde que el mundo es mundo, y así lo recogen los antiguos clásicos, siempre hemos contemplado embobados y arrobados a los ricos y sus quehaceres y pertenencias. Unos los admiran y otros los envidian.

Rico es quien dispone de su tiempo para hacer su santa voluntad (yo añadiría: “para hacer el bien”) porque tiene medios económicos para mantenerse él y los suyos. Muchos supuestos ricos que viven en la abundancia no lo son porque son esclavos de sus pertenencias y dineros y carecen de tiempo. No me ocupo más de esto porque se me antoja evidente y quizá conocido.

Los pobres no solo miramos a los ricos, los observamos, deseamos sus riquezas en forma de coches, fincas, viajes, sus casitas aquí y acullá, sus jamones de cinco jotas, sus perros con papeles... Sus horas al sol en cualquier playa del mundo donde las haya. Parece que el dinero embellece incluso a rico feo.

Fruto de tanto darle vueltas a la imaginación y al ojo del deseo terminamos los pobres imitando a los ricos. Lo hacemos, como no puede ser de otro modo, de manera cutre y falseada. En todo usamos marcas de imitación: colonias, relojes, ropa, gafas, complementos en general... No nos llega la cartera para permitirnos el capricho y nos contentamos con el sucedáneo, con la ilusoria ilusión de ser como los ricos.

Si en lo material nos es complejo ponernos a la altura y gasto de quienes son ricos, no así en detalles en los que creemos que sí podemos estar a nivel. Vamos a verlo.



Hace muchos años -no podría decir con exactitud cuándo en España, ¿los 80?- se puso de moda, era norma entre la juventud, salir por las noches del viernes principalmente para estar fuera de casa, pasar horas y horas deambulando, tomando copas, yendo de un local a otro, ir a una fiesta… y volver al alba tocado del ala a casa. Acostarnos para levantarnos después de la hora habitual del almuerzo, ya por la tarde con un cuerpo que, supongo, le escupes a un perro y lo pelas… Solo una vez hice esto en mi vida: eran las 00:30 y estaba hasta el moño de borrachos, ruidos, gritos, música desagradable a todo chinchimpún y de tipos y tipas pelmas que te decían de asuntos que no te interesaban, no oías bien y eran rollos larguísimos e intrincados. No se me olvidará: le dije a un amigo, que me largaba, que estaba hasta la coleta de todo aquello… “¡No te vayas! ¡Ahora viene lo bueno!”. Algo debió de pasar porque eran las dos de la mañana y lo Bueno no vino: se ve que con tanta bebida y tantos locales y tropas Lo Bueno debió irse a donde yo no estaba. Lo sentí porque me hubiera gustado conocerlo.

Los locales y las bebidas de los ricos y los pobres que trasnochaban se parecían, pero no eran los mismos. En unos había garrafón y en otros marcas genuinas, pero se daba el pego y se pagaba también, dicen, en la calidad de la resaca.



Luego vinieron los más jóvenes con menos dinero aún y se organizaban unos botellones (para estos ya me pasaba de edad) donde todo era más cutre aún. Se trasegaban espirituosos de muchos grados, en vasos de plástico, con asientos de duro bordillo y salas con las estrellas y las nubes y el frío como cubierta. Luces pocas: ni en los asistentes ni en los espacios donde la piara se arremolinaba.

¿Qué estaban haciendo los pobres? Ellos imitaban, unos y otros, a los señoritos que tenían posibles y se pasaban las noches de parranda… Fueron los llamados señoritos perdis, los paseantes en cortes… ¡porque al día siguiente no tenían que trabajar ni que estudiar! El problema es que los pobres siempre tuvimos que estudiar y que trabajar y por eso, como decían los Mecano, “el fin de semana me sentó fatal” y la semana se hacía larga… larga como paga de insolvente.

Cutre, ¿verdad? Pues otro tanto sucede con las ropas y los complementos de imitación. ¿Cómo puede llevar una chica que no tiene donde caerse muerta un bolso de Loewe, Louis Vuitton, Ralf Lauren… y zapatos a juego si gana 60 euros al día cogiendo aceituna? Ella se lo cuelga y no se engaña ni ella misma… ¿A quién y para qué quiere dar el pego? ¿Realmente puede llevar esas gafas de miles de euros? No. Las ha comprado en el top manta de su pueblo: lo sabe ella, lo saben sus amigos, lo sabemos quienes nos cruzamos con ellos…



Da pena ese quiero y no puedo. ¿Nadie le dice a la cajera del súper que esas uñas de veinte centímetros, de una ordinariez sofocante se nota que ni son suya y le costaron cuatro duros? Pueden llevar esas uñas quienes no trabajan con las manos y es posible que tampoco con la cabeza, porque no trabajan porque no lo necesitan, porque son ricas y las demás son unas horteras de tiendecilla de barrio y mercería al por menor que copian modelos que ven en revistas y en la tele. Da pena ese quiero y no puedo.



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