9 de julio de 2026

586- Marsé, Juan, SI TE DICEN QUE CAÍ


 


Cualquier persona, o incluso institución, quiera o no, carga con un ayer en su presente. Dicho de otro modo, que corto y pego de donde sea: “una Europa sin historia sería huérfana y desdichada”.

No logro corregir mi necesidad de explicarme extensamente y con detalle en casi cualquier asunto. Lo asumo como un rasgo de mi temperamento, que no como un defecto adquirido. Ya me ocurría cuando recibía o daba clases. Me parece una impertinencia intelectual “ir al grano” sin contextualizar el “grano” en sí. Armémonos de paciencia porque quiero echar un párrafo largo, recreándome en la suerte, porque el libro lo merece y admite faena y, además, no me voy a contener.

 

* * *

 

La obra me ha gustado mucho. He disfrutado muchísimo con ella. Me ha sorprendido la técnica formal del autor, la narrativa y la estructural. La he gozado como lector y como el escritor que soy. Esto no quiere decir que se le puedan poner reparos y se los pondré, pero el balance es positivo.

Leo la obra de Marsé en dos ediciones distintas por razón que al caso no viene. No recuerdo qué obras he leído de él. Leí, seguro, Tardes con Teresa: mas no guardo ningún recuerdo de ella. Si te dicen que caí creí haberla leído y no es así.

No voy a descubrir ahora el Mediterráneo: sería una superchería por mi parte. Otro tanto lo es si pretendiese aportar novedades sobre una novela como esta, posiblemente la más estudiada del universo marseano; pero esto no quita para que dé de ella mi visión particular: Que me voy a permitir hacerla muy escolar (escribir académica se me antoja pretencioso).

Por el tratamiento de la materia, la novela me recuerda a obras que tratan de la postguerra; esta se escribió entre los años 68-70; y la trama se sitúa en el año 44. Me atrevería incluso a hablar de tremendismo (se resalta lo feo, lo rastrero, lo desagradable… de un momento histórico repulsivo). El tratamiento formal, sin embargo, de lo que Marsé cuenta ha requerido el paso por la década precedente al momento de su creación: las innovaciones formales que llegan en los años sesenta a la novela española con cuarenta años o más de retraso con respecto a los habidos en la novela mundial (Joyce, Faulkner, Dos Passos, Proust, Woolf, Kafka, etc.).

Me recuerda lo que Marsé narra inevitable la intertextualidad a La colmena de Cela y al cine neorrealista italiano de Rossellini, de Sica, Visconti… El espacio de esta obra del catalán es lo que podríamos llamar su escenario natural: Barcelona. El feísmo y lo infrahumano campan por doquier. Es curioso que yo, que nací casi veinte años después de haber acabado la guerra, la obra me ha recordado algunos pasajes que se relataban de ella de viva voz por quienes la padecieron: la guerra en sí, los años del hambre, las necesidades de todo tipo, las miserias morales de unos y otros. Lo brutal y bestial de muchas personas se hicieron patentes durante la guerra y tras ella y llegaban ecos de toda aquella realidad incluso muchos años después.

Me centro en la estructura de la obra. El tratamiento formal del texto me gusta. Considero que este condiciona radicalmente la novela toda. Se ajusta al caos controlado, medido, ponderado, que he deseado para alguna de mis novelas: Marsé lo clava. La realidad temporal en que vivimos, se dice, es lineal, pero los desarrollos vitales y la realidad se sobreponen, se solapan, se cruzan y entrecortan, se detienen en apariencia, tal asunto se acelera y despeña y tras este, aquel otro se ralentiza o desaparece… y este aparente caos es parte esencial de la vida. Los recuerdos, como los anhelos futuros, se imponen en un presente que se estira y encoge, lo que sucede al otro y al de más allá, lo que piensa este y se le ocurre a este otro, lo que proyecta aquel…



En los capítulos donde se narran las peripecias de los anarquistas hay súbitos cambios de punto de vista narrativo. Se pasa de una 3ª a una primera por ser quien redacta el protagonista de esa escena concreta. También, por ejemplo, en el capítulo 11 el Tetas narra de un modo peculiar el suceso con Susana. Toda la escena es un diálogo sin marcas de este y donde solo habla el niño mientras el lector debe sobreentender qué le dice su interlocutor, el comisario político falangista y tuerto. Espléndido capítulo.

Insisto y hago gracia de los ejemplos posibles. Las escenas y los argumentos solapados unos en otros, los argumentos tangenciales, dejan de estarlo en ocasiones para convertirse en escenas claramente separadas entre sí, pero con focalización narrativa variada: la forma soporta los hechos de manera aparentemente aleatoria. La recurrencia de lo contado por Marsé en la novela aclara, o confunde, determinados extremos de lo sucedido. Y todo acontece en un mismo momento y en un espacio imposibles de delimitar. Marsé acuña con verdadera maestría una realidad rota, incomprensible e incompleta. Entienda el lector que esto hace compleja la lectura de la obra y, por tanto, se dirige a un público que pueda gozar de estas, permítaseme, travesuras formales y componendas espacio-temporales.

Podría pensar el decidido lector que no se rinda ante la dificultad narrativa, que toda la obra se sustenta y cobra sentido en los complejos aspectos formales por los que opta Marsé: ¡y no se equivocaría del todo! En sus aspectos sintácticos y léxicos, me parece que Marsé acierta totalmente con su pretensión. No le importa caer en lo que otros llamaríamos solecismos porque así es el habla coloquial, la conversación, y de ellos se vale para darle viveza a su discurso y se puede retratar con mayor realismo la vida en rama.

La técnica narrativa, como he apuntado, no se mantiene constante a lo largo de toda la obra. Así en los capítulos 7 y 8, Marsé opta por una secuencia de escenarios y personajes ya conocidos por el lector, pero que no se solapan unos con otros, sino que se siguen unos a otros en una continuidad más semejante a una estructura caleidoscópica. Las estructuras narrativas y sintácticas que emplea se saltean siguiendo, entiendo, el capricho del autor (o, al menos, no hallo más justificación que buscar cierta confusión en ella con argumentos y personajes inconstantes). En los capítulos citados inmediatamente el lector se siente más afirmado y seguro en su lectura.

Paso ahora al argumento de la novela, que no voy a destripar, ¡si acaso se pudiera! ¿Merece la pena contar el argumento de la obra de manera lineal?, me pregunto. ¿Es, acaso, posible? Considero que no porque la memoria es imperfecta y se desvía de la realidad que fue. El mismo Marsé escribe en unas notas que preceden a algunas de las ediciones donde afirma que “La novela está hecha de voces diversas, contrapuestas y hasta contradictorias, voces que rondan la impostura y el equívoco, tejiendo y destejiendo una espesa trama de signos y referencias y un ambiguo sistema de ecos y resonancias cuya finalidad es sonambulizar al lector”. Dicho queda, al menos, el intento y meta del autor.

No me importa recordarle al lector que nos hallamos temporalmente situados en los años del hambre de la postguerra española, en el barrio barcelonés de El Guinardó, y en los barrios limítrofes del Carmel y Gràcia. Es ahí donde trenza Marsé, sin orden y con desconcierto, dos grandes historias. Una de ellas bulle en torno al grupo de niños y adolescentes picardeados que tienen su centro de referencia y reunión en la trapería del Java y su abuela. Los chicos son el Sarnita y el Tetas, Luis, Amén, Martín y Mingo… Este núcleo argumental se fragmenta en las historias de sus vidas, que son contadas con más o menos detalle: sus padres, abuelos, hermanos, vivencias pasadas de unos y otros en la guerra.



La otra historia de la novela se centra, normalmente en capítulos aparte, aunque en muchos confluyen con las vivencias de los niños, en las peripecias de un grupo de anarquistas catalanes que esperan (esto fue real) que aún revierta el sentido de lo sucedido en la guerra. Ellos se alimentan de ilusiones, como los niños de aventis, y juegan a ser anarquistas: mantienen relaciones con los miembros del partido en el extranjero, procuran mantener a las viudas de quienes cayeron en la guerra, atracan bancos, se hacen de armas… y mueren tiroteados como perros en las calles. Algunos de ellos sobreviven como pueden a aquellos años de hambre, ilusión y plomo.

Aprovecho para decir que si las historias de los niños, las “reales” o las inventadas por ellos mismos, tienen la frescura de los recuerdos de Marsé. Las historias de los anarquistas, considero, que nacen, crecen y viven de las noticias de los periódicos de aquellos años y de la imaginación de Marsé. Y me parece bien: pero les falta el aire genuino y fresco de las narraciones de los niños en los descampados, que tienen la veracidad posible de quien quizá estuvo allí.

Aún comentando los aspectos formales, algunos pasajes los podría calificar el lector de cuasi surrealistas, como el del baile del vals del obispo con su capa pluvial… (historia que no logré encajar del todo en el conjunto de la obra). Me tropiezo con oraciones como “por el mar corren las liebres […] por el monte las sardinas”, que me recuerdan a imágenes de Hijos de la ira (1944) de Dámaso Alonso. En el capítulo 16 hay un largo párrafo totalmente surrealista que se cierra con el fusilamiento de alguien que no es fácil discernir y para lo que se necesita leer páginas adelante. Percibo que se producen estos llamémosles arrebatos de surrealismo en momentos de abandono, dolor y muerte.

Paso ahora a hablar de los temas de la obra. Entiendo que mucho de lo que he escrito hasta aquí de pasada daría (y habrá dado: lo ignoro) para un sinnúmero de tesis doctorales. Otro tanto habrá ocurrido con los temas que de un modo u otro trata Marsé en su obra.

Las historias contadas por los niños de Marsé, las aventis (“relatos y aventuras imaginadas y compartidas oralmente por los niños, las cuales desdibujan la línea entre lo que realmente ocurrió, lo que se rumoreaba y lo que deseaban que pasara”) se entrecruzan, se cortan, casi se terminan o no indiscriminadamente con sus vidas…, pero dan al lector una sensación de collage, de retrato impresionista de parte de la ciudadanía de Barcelona y un momento: tema central del deseo de Marsé. Todo ello lo debe recomponer como buenamente pueda el lector mientras avanza en la lectura de la obra.

La amalgama resultante, trenzada en un ambiente degradado de sueños y anhelos de mejora, de muchos de los personajes, no llegará porque quizá, sencillamente, así es la vida y la vida está ya escrita; y la vida tras la guerra y lo sucedido en ella, especialmente, con “los perdedores” es un cuadro de las pinturas negras de España eterna. Esa carga de la historia -véase el primer párrafo de esta entrada- fue y, ¡peor aún!, sigue siendo parte del fardo que arrastra la sociedad española.

Marsé no logra eludir algunos tópicos maniqueos que ubiquen al lector donde el escritor lo quiere: los ricos son ricos y roñosos (el niño de la señora baronesa tiene “Tiene las uñas negras […] y roña en los tobillos”) y los pobres son pobres porque no les quedó más remedio porque así es la vida y se mueven entre la miseria moral y el polvo del reclinatorio en las rodillas. El barón tiene en el regazo un ejemplar de Vértice, la revista falangista y, por supuesto, los ricos se beneficiaron de las requisas a los rojos y mucho de su dinero sale del estraperlo sugerido, primero, por Marsé, explícito, más adelante.

Rijosos pobres y ricos, promiscuos, fornicadores, que todo ello lo trajo como paga y compensación y castigo la guerra. Los primeros, los pobres, por deformación y carencias; los segundos, los ricos por pervertidos y viciosos. Todos los personajes, creo que no se puede salvar ni uno, viven entre la indignidad moral y la indignidad existencial, ni sus acciones ni sus existencias se valoran en absoluto a la luz del bien y de un sentido trascendente de sus vidas.

Ya sé, lector, que me estoy alargando en este comentario, pero insisto en que creo que lo merece la obra. Aún nos queda un trecho…

El aspecto léxico merece parada y fonda, reconozco que hacía muchos años que no había tenido que recurrir tantas veces a la búsqueda de vocablos y palabros. Son innumerables los catalanismos o neologismos que usa y que me obligan a consultar el diccionario porque ignoro su significado exacto, por ejemplo: meuca: ‘prostituta o mujer de la vida’; “ir de burilla”, ‘irse de juerga’, faieros, ‘miembros de la FAI’, esquifido, ‘enclenque’; mastresa, deformación del catalán "maestresa" que en español es ‘ama, dueña; farinetas es un aragonesismo; closca, ‘corteza o cubierta dura de ciertos frutos, mariscos, huevos o animales’; charrameca (o xerrameca en catalán) es palabra coloquial que significa ‘palabrería, cháchara o una conversación animada, extensa y a menudo carente de profundidad’; purria es ‘gentuza’ (conjunto de personas de mal vivir) o ‘cosa de poco valor o calidad’, se puede usar como sinónimo de chusma… También hubo palabras de las que no logré hallar su significado por ningún sitio: Fermi, cucs, enfigado

Además de catalanismos, no desdeña Marsé los vulgarismos: tontolculo o expresiones chabacanas y ordinarias: pollas en vinagre, me la chupáis… Veo que emplea manillar por volante de un coche u orsai o órsay.

Todo lo precedente, en su conjunto, se me antoja uno de los aciertos de la novela: el mimo del lenguaje, que me recuerda a Cela, me atrapa entre párrafos. Me retienen: “Ojos harapientos de boxeador sonado”, “murmullos de terciopelo”, “voz de domingo de Pascua”, “la mirada descreída en el vacío”… Oraciones atiborradas de calle: “Menda habla cuando quiere, para que te empapes”; en otras el exceso manierista mata el encanto: “Salían como ratas los últimos borrachos de las tabernas, sombras escoradas restregando las paredes”.  Desde que era niño no había leído ni oído el apócope “ridi”: “Estamos haciendo el ridi”, es decir, ‘el ridículo’…

Todo lo referido al léxico debe sumarse, lógicamente, a lo formal de novela que coopera para lograr la impresión, positiva o no, que el lector recibe y que a mí me puede desagradar por momentos, pero en su conjunto encaja perfectamente en la articulación estética de la obra.

El último apartado que abordo antes de ya concluir es la consideración moral y ética de la novela. Por lo que se refiere a esta, Marsé se mueve en un campo político de “izquierdas” y de parte de los “perdedores” de la guerra. Muestra una parte de la sociedad y lo hace con una óptica deformada a propio intento: Marsé no retrata toda la sociedad española de la postguerra, ¡ni falta que le hace ni le interesa!, sino una parte de la sociedad barcelonesa degradada y marginal y en momento concreto donde tiene cabida lo que él novela.

La censura tras la guerra (ya menos tirante en los 60, como era lógico) fue más censura moral y religiosa que política. Era más fácil “colar” una crítica política que una serie de inmoralidades como se narran en la novela. Es por tanto razonable, que la obra se tuviera que publicar en México en el año 74.

No son pocos los momentos obscenos explícitos que atraviesan las páginas, todos ellos apetitos de unas imaginaciones perversamente calenturientas y viciosas. Cuenta el Tetas, exculpándose, al alcalde de barrio falangista que dicen los demás en el barrio que “nos pasamos el día en los subterráneos de la iglesia arrastrándonos cómo gusanos, hurgando en las tripas de la ciudad desventrada y haciendo cochinadas”, pero según él eso es mentira…, aunque no del todo.

Grosera la novela en sus descripciones de sensualidad descarnada de las relaciones sexuales de los adolescentes: los prostíbulos, las relaciones íntimas de una indecencia (que puede resultar molesta).  Las vidas viciosas y desgraciadas de los adolescentes y de las fulanas, profesionales o aficionadas, que Marsé debió de conocer o que imaginó. Tengo la sensación de que el escritor justifica toda la depravación y la maldad como consecuencia de la guerra, que descompuso cuerpos y almas y él, como novelista, se limita a mostrar una parte degenerada de esa sociedad. Hay, para mi gusto, un exceso de follamenta, como el propio Marsé escribe.

Parte complementaria de cuanto sucede con los varones lo aportan las chicas de la casa de huérfanas que viven de la protección paternalista de los ricos. Ellas son sometidas por los niños a diversos experimentos y representaciones de chicos pervertidos y ellas, en mayor o menor medida comparten los juegos. La más destacada de las niñas es la Fueguiña, la niña de origen gallego, novia del Java que será el centro de los perturbadores juegos eróticos de unos y otros, con quien el Java quiso ennoviar…, mas fue imposible. Al final el lector descubre que ella…

En el capítulo 21, todo lo sucedido o contado o inventado en la historia de la novela es quemado simbólicamente por el Java, ya hombre, ya joyero, en la puerta de la trapería donde vivió con su abuela y su hermano y donde tantas veces se juntó con los niños del barrio, sus amigos. Allí descubrimos que algunos que fueron dados por muertos, narrados y descritos sus asesinatos, en realidad seguían viejos, vivitos y coleando. Es el juego de las aventis, supongo.

 Y concluyo. Cierto que a esta entrada mía le sobran páginas, pero he querido dedicarle a esta obra este largo comentario: me apetecía, pude y lo hice. Y también opino que a Si te dicen que caí le sobran páginas… Ha hinchado mucho el perro, que diría don Alfonso Sancho, padre, y todo llega un momento que suena a lo mismo a ya dicho: a mugre mal limpiada de la postguerra, arrastrada y vuelta a ser arrastrada por las páginas de la novela, ante los ojos del lector. En el capítulo XIX, por ejemplo, salvo la muerte de Luis, el niño tísico, el resto del capítulo todo lo del consulado de Siam es una aventis del Sarnita: una tabarra que solo hincha… e hincha al perro, una peli de Fu Manchú en el cambio de rollo.



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