Permítame que le pida una
reflexión sobre realidades en las que posiblemente nunca paró mientes. Si le
dieran el encargo de destrozar una relación matrimonial, ¿cómo lo haría? Si le
encomendaran derribar un edificio, ¿qué medios usaría? Un tercer envite: ¿Y si
tuviera que destrozar un coche?
Todos estos estragos se podrían
llevar a término de muchos modos. Los hay expeditivos en los tres casos y los
hay sibilinos, reservados, silenciosos e imperceptibles casi, dando nimios
pasos hasta llegar a la destrucción irreversible de un matrimonio, un edificio
o un coche. Si se logra la meta, para el inmoral, el medio es indiferente.
De igual modo, si usted tuviera
la potestad de destruir el sistema democrático de una nación, por ejemplo, el español,
también imaginaría sistemas varios.
Recuerdo de qué materia me
hallaba recibiendo clase en la universidad en aquel 23 de febrero del año 81,
donde tuve noticias del golpe de estado de Tejero. Se le ha dado especial bombo
en este aniversario de 2026 porque ha venido a coincidir la fecha del suceso
con el fallecimiento de su protagonista y la desclasificación de la información
que nada ha aportado (¿quién cae en la cuenta de esto a día de hoy pasada menos
de una semana?: la desclasificación que nada aportó). En la distancia rememoro
el golpe –al que
ahora llaman, asonada– y se me antoja todo aquello ridículo, pequeño, añejo y cutre,
de operats, si no fuera casi un esperpento valleinclanesco.
Con una pistola y unos
subfusiles y cuatro tiros no se derriba una democracia por muy lábil y tierna
que estuviera. Se necesitaba algo más que no llegó, aunque se lo esperaba. Para
detonar una democracia se necesita algo más contundente o algo más continuo, de
más largo alcance… Posiblemente esa gotita que cae a diario un año tras otro.
Ese es el modo de crujir un matrimonio: es anormal que alguien se levante una
mañana, se asee, se vista de bombero y se largue de su casa para no volver o le
descargue en la cabeza el hacha a su esposa aún plácidamente dormida, así de
pronto, sin más ni más. Un edificio no se arruina de hoy para mañana ni un
coche se lleva al desguace de un mes para otro salvo siniestro total… El
deterioro que socaba y corroe un sistema democrático, por ejemplo, es casi
imperceptible. Es micro humedad cáustica que penetra por los poros de la
desilusión y de la corrupción, y que pone los huevos explosivos en el
desinterés y la abulia, la decepción y el asco que desprecia lo que oye, lo que
ve, lo que lee hoy y mañana y pasado y pasado mañana y la semana que viene.
Todo se va emponzoñando, se va enturbiando y enfriando y despreciando. Es ese
pequeño detalle que se descuida en el matrimonio: esa sonrisa que ya no está,
esas palabras de aliento que no llegan, ese mal modo que sangra y no restaña ni
hoy ni mañana y se abre una distancia que pone hielo en el trato: se cae en la
rutina que empolva los proyectos comunes y personales que ya no se ven ni se
cree en ellos. Esos proyectos que fueron ilusionantes, pero que hoy ya ni se
recuerdan. Ese ruido que hace el día a día y el motor al arrancar, y el humo
negro que despide el tubo de escape del amor y del coche y al que no se atiende.
Así, el edificio, el coche, el matrimonio y el sistema democrático caen en la inepta
molicie del aburguesamiento y la indiferencia. El amor ya no mueve rueda
alguna. Solo quedan débiles recuerdos. Empieza el río a revolverse y los ávidos
pescadores de la iniquidad se disponen a llenar sus redes con las ganancias de
todo ello.
Me tocó atravesar aquellos años
del franquismo (ahora algunos los llaman del tardofranquismo). Por mi
edad no tuve la oportunidad de pertenecer a esos grupos de titanes que movieron
las palancas para traer la democracia sin mover un dedo, aquellos que hablaban y
no paraban sobre sus admirables hazañas contra un dictador que murió en su cama:
rasputines en infectas tabernas donde se empezaba a oler a pachulí y marihuana
y a chocolate sin cacao; aquí el PSOE, el PCE, la muchachada de la Joven
Guardia Roja, las Juventudes Comunistas, las Juventudes Libertarias de la CNT,
los Guerrilleros de Cristo Rey, los chicos de Fuerza Nueva… ¡y sor Patrocino de
la Llagas! Todo aquel caldo que era una bazofia maloliente y que desprendía a
ratos ciertas tufaradas de ilusión adolescente y enamoradiza… ¡LA DEMOCRACIA!
El paraíso en la tierra con sus huríes a disposición del mejor postor… Una
palabra emponzoñada: consenso.
Qué mal huele, sin embargo, especialmente
el viejo cuando no se lava. Ese olor a sudor rancio de camisa sucia. A eso
huele el chalaneo político del panorama español hoy: huele a entrepierna y
axila resudada… ¿Qué fue de aquella joven que tanto ilusionaba en los setenta,
hoy corrupta, desflorada, violada, vendida, mancillada…? ¿Apestan todos los
políticos? No lo sé, pero esa sensación da: ellos y sus aledaños, sus amigos,
sus familias o parecidas, sus partidos, los mequetrefes y bandoleros que en su
entorno se mueven…
No he podido hoy seguir leyendo
el periódico. Era el tercero de la mañana que intentaba leer he parado y he
sido incapaz de seguir. Ha pasado el tiempo, innecesario volver al soneto mil
veces repetido de Quevedo, “Miré los
muros de la patria mía”… o volvernos a preguntar como Santiago Zavala cuándo se
había jodido el Perú o España o la democracia o nuestra casa o nuestro
matrimonio o el coche que gripado, todo gripado, todo jodido nada arranca, nada
ilusiona.
¿SOLUCIÓN?
Desconfío de las soluciones generales. Confío en las particulares: voy a seguir
sin mentir, voy a intentar ser mejor persona: más generoso, servicial y altruista,
más prudente, más justo… y si usted me ayuda con sus empeños…, pues eso, esto
mejorará. VALE.
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