Pasan los años y con estos
también, en mi caso, las lecturas que realizo. Me sorprendía hace tiempo cómo
llegaba por una lectura a calles que ya me eran conocidas por otras obras, por
otros autores. Si somos de pensamiento e intención limpia, nuestro querer y
nuestra inteligencia desembocan en calles aledañas a la verdad o directamente
en ella. Al pasar por esta, por el bien, por la belleza, me suenan los
escaparates de las aceras por las que paseo. Algo así me sucede con este libro
de Aurelio Arteta a quien conozco solo por los libros que he leído de él y, sin
embargo, me encuentro en su pensamiento con el de Alasdair MacIntyre, con el Leonardo
Polo, con Alejandro Llano, con Ortega y Julián Marías… y con el de tantos otros
que, sin nombres y apellidos tan reconocidos, me llevaron hasta donde digo. En la
plaza se juntan muchos, aunque no todos.
Si les hablase de un magnífico
asesinato, de un crimen cariñoso, de una mentira constructiva, ustedes se
sorprenderían por los adjetivos que, en absoluto, les corresponden, salvo,
metáfora o broma, a los sustantivos asesinato, crimen y mentira,
pues ninguno de los tres son chacotas de recibo, mas por qué sí lo son, y de
uso corriente, ira santa y envidia sana. Fue precisamente este
último el que me llevó a la lectura de esta obra, porque siempre enseñé que la
envidia sana, en español, se llama admiración, sentimiento universal que
en inglés y francés no difieren tanto del español y algo más sí en chino: 欽佩. La envidia es
una emoción que se convierte en sentimiento y que, en cualquier caso, es
negativa, mala, destructiva de la realidad humana, por eso el cristianismo la
incluye entre los siete pecados capitales: todos ellos rechazables. Por cierto,
la ira santa se denomina celo, que mueve a Jesús, por ejemplo, a echar a
los cambistas del templo, etc.
Denso, extenso,
logrado y de ardua lectura es el libro de Arteta. Ha habido pasajes en los que
por mi estado de ánimo en el momento o por la complejidad ¡o por estas dos
realidades y muchas más! bien me dieron ganas de abandonar la lectura, opción
que no consentí y continué leyendo. Es más. Algunos capítulos y muchos de sus
pasajes los he escaneado para mi relectura y meditación y conservación personal.
La disección que
Arteta hace de la admiración merece la pena ser seguida escrupulosamente. En el
título, el autor, ya adelanta que esta es La virtud en la mirada, pero
para evitar malentendidos o dar alguna pista al lector interesado subtitula: Ensayo
sobre la admiración moral. Desde qué es la admiración en sí, qué se ha
entendido por ella en las distintas corrientes de pensamiento moral a lo largo
de la historia grosso modo, pasando por filósofos y pensadores tan
relevantes y opuestos como puedan ser Adam Smith y Kant, desde Aristóteles…
Arteta no deja rincón sin revisar: quién es y en qué condiciones se puede
admirar a alguien, por qué, quién puede adquirir la denominación de admirador y
admirable, ¿es común esta realidad en todas las culturas en tanto que urdimbre
del ser humano?...
Intento expresar
en un párrafo lo que el autor nos ayuda a comprender y no hallo mejor medio que
seleccionar uno del propio libro donde mi lector posible puede encontrar lo que
me gustaría ofrecerle y Arteta escribe: “Repuesto en su integridad
el sujeto moral real, lo que aquí se defiende es que ese fin de la perfección
propia lleva consigo la admiración de la mayor perfección ajena como síntoma y
como medio. Tal es nuestra hipótesis central: que este sentimiento, aun
confuso, es indicio de una saludable disposición moral y apunta al querer,
poder y deber de la propia perfección. Ese querer o semejante conciencia del
deber no arrancan de la admiración cómo su móvil último, pero a menudo
sí como un móvil inmediato, o sea, con ocasión de ella y a una con ella.
Actuar como sujeto moral comprende el admirar a otros sujetos morales. O, si se
prefiere, llegamos a ser buenos si antes somos buenos admiradores”.
Que el ser humano es moral porque es
perfectible y solo lo es una sociedad donde otros son y están es evidente; que
es imposible contemplar y mirar la excelencia sin querer imitarla es necesidad sin
qua non para el hombre… ¡es maravilloso! Quien solo se contenta con ver,
sin mirar ni contemplar una realidad ad-mirable y no se le mueve una
fibra del alma es porque está muerto, es una piedra o una ameba. Escribo esto
muy cerquita de las marismas del Rocío y recuerdo una canción rociera que viene
a decir: que caballo que con tres años, ve a una yegua y no
relincha, o no le gusta la yegua o tiene prieta la cincha. Con perdón, doy un
salto ontológico: era Ortega quien afirmaba que una mujer guapa invita con su
presencia a un aplauso (o algo así). Esto era ciertamente antes: si Ortega por
muy “y Gasset”, que fuera, se le ocurriera semejante acto admirativo hoy sería
tachado de facha, machista y terminaría en la perrera de la comisaría.
No ha de
olvidarse lo que Arteta afirma en el párrafo que reproduzco: he señalado
decenas de ellos. “Repuesto en su integridad el sujeto moral
real”… Iba a pasar de largo sobre un suceso real, actual, en un centro
educativo (no sé si en más) donde hay alumnos que inducidos por no sé quién
califican a Antonio Machado de pederasta porque se casó con Leonor Izquierdo
cuando esta tenía 16 años… ¡literalmente estamos desquiciando la realidad!
Pensaba que muchos de estos sucesos me cogían a traspié y de ahí mi falta de
comprensión de los mismos, por mi edad, mis lecturas, la cultura a que
pertenezco, pero poco a poco comprendo que no es así, sino que la realidad en
muchos de sus ámbitos ha perdido literalmente los goznes sobre los que
necesariamente ha de girar (¡al margen de opciones, culturas, etc.!) y
aterrizamos en un mundo que, ¡siendo el nuestro!, no comprendemos. Aquí no hay
salido ninguna hoja roja, como en la novela de Delibes: a don Eloy se le
pasó el arroz, a nosotros, a muchos de nosotros nos lo están quemando
intencionadamente; no estamos fuera de nuestro tiempo, sino que pretenden que
vivamos en una realidad paralela, virtual y falsa… ¿¡Machado un pedófilo!?
Merece la pena hacer el
esfuerzo intelectual para leer este libro, si usted gusta de los ensayos
filosóficos que no ponen tasa a sus búsquedas para llegar a la verdad, para
aclarar los caminos que pueden conducir a ella, si gusta de la claridad que
puede alumbrarla.
No hay comentarios:
Publicar un comentario