Densa por interesante,
que no por el estilo ágil del autor, la biografía de Lerroux. Creo que estas
noticias de su vida política, ¡muy larga!, son instructivas como señaló Juan
José Linz, el sociólogo. Nos nutrimos a veces de generalidades, de noticias al paso
por los medios y nos hacemos ideas inexactas, cuando no falsas de muchas
realidades.
Especialmente relevante
e interesante para mí ha sido la explicación del ascenso político de Lerroux
que no fue, ni mucho menos, fruto de la casualidad, sino un proceso inteligente
del manejo de la estrategia ante adversarios y correligionarios. Un meticuloso
uso de palancas, poleas, etc. para mejorar los resultados de las elecciones en
beneficio propio y de su partido. Lerroux, hombre con escasos estudios, no era,
sin embargo, un tonto al uso -como quisieron algunos hacernos creer-, sino persona inteligente con gran experiencia
vital. Cuando llega a la política ya había dirigido el periódico republicano El
País, desde donde se hará con un nombre entre republicanos, ácratas, etc. y
que le servirá como plataforma para viajar, a Cataluña, bien escaso de equipaje,
donde dirigirá otro periódico, La Publicidad. Será aquí, en Cataluña, donde
comprenderá mejor que nadie el tablero político establecido y ejecutará las
jugadas necesarias.
La idea de Lerroux como
un títere fue extendida intencionadamente para humillarlo y despreciarlo por
Alcalá-Zamora, Azaña, los socialistas y la izquierda en general en sus últimas
etapas de participación política, ya me metidos de lleno en la Segunda
República. Sus escritos de la guerra civil “disipan la tan manida vacuidad
doctrinal de Lerroux, ese oportunismo que le permitía supeditar toda idea a un
afán desmedido de poder y de disfrute retribuido y corrupto del mismo”. Lo
cierto es que Lerroux, por lo que defiende en este libro su autor, fue capaz de
ir adaptando las líneas de defensa y pensamiento de su partido, el Partido
Republicano Radical (1908), a las distintas circunstancias partidistas, pero
también nacionales: buscó en muchas ocasiones el bien de los españoles muy por
encima de sus intereses. ¿Populista? ¿Veleidoso? ¿Ignorante? Villa García no lo
muestra así ni cree que lo fuera, si bien es cierto que pasó de unas posturas
radicales de juventud (rabioso anticlerical, partidario de la barricada y la
fuerza para acceder al poder…) a otras más conservadoras en su madurez: llegó a
pactar con la CEDA de Gil- Robles, no le importó entenderse con los monárquicos…
Considero que esto cobra sentido con el paso de los años, las experiencias
vividas, la práctica cotidiana y el largo ejercicio de la dirección de un
partido y el gobierno de la nación (entre 1933 y 1935 ocupó tres veces la
presidencia del gobierno, además de carteras en Guerra, 1934, y Estado, 1935).
Me hizo gracia leer que
para subsanar su carencia de títulos académicos, por medio de una maquinación,
se licenció en Derecho en 1923 en la Universidad de La Laguna: ¡en un solo
día y con nueve matrículas de honor! Así se convirtió en abogado a los 58 años.
Sin duda su partido, y con él su líder, hacían la vista gorda ante corruptelas
frecuentes en las tramas de la política y la Administración. Particularmente yo
no recordaba –si alguna vez lo supe- el caso Nombela y vagamente y de modo muy
distinto lo sucedido con Strauss y su famosa máquina, su intento de chantaje al
político republicano por medio de lo que Aurelio, el hijo de Lerroux (que no
sobrino como se afirma en la Wikipedia), quien había supuestamente acordado con
él cierto beneficios, etc. El promotor del escándalo fue Niceto Alcalá-Zamora,
quien soportaba mal a Lerroux hasta detestarlo: fue el Botas quien
maquinó, con los partidos de izquierdas, el modo de hacerle daño político a
Lerroux orquestando una campaña contra él. Todo esto dejó luces y sombras, pero el “calumnia que algo queda”, siempre funciona más o menos…, como ocurrió en
este caso. Lerroux no se vio afectado, pero sí algunos miembros de su partido,
etc.
Ya hablo de
Alcalá-Zamora, de quien no conozco con detalle su biografía personal o
política: no quería dejar de comentar cómo se inmiscuía,
siendo presidente de la república, en el quehacer cotidiano del gobierno,
hallándose incluso presente, casi como norma, en los consejos de ministros…
Manejos y maniobras políticas sin cuento que ni siquiera Alfonso XIII se
atrevió a hacer. ¡Asombroso!
De nada, entiendo,
sirve añadir que la fruición clientelar de los partidos, entonces, y me temo
que ahora, no tenía colmo. Los acuerdos entre socialistas e independentistas
catalanes (pp. 107 y ss.) no son muy distintos a los que vivimos casi cien años
después: muy semejantes los planteamientos, los procesos, los encontronazos,
las sinrazones…
Cierto que Lerroux
calló en muchas ocasiones por no generar más polvareda. Cierto que evolucionó
desde posturas republicanas radicales, pero no fue ningún necio. Luchó por
hallar puntos de encuentro y esto le llevó en alguna oportunidad a perder el
gobierno por el bien de España. Quiso y luchó por una Segunda República
liberal, democrática, constitucional…, que no por lo que fue: una república
marxista, antiliberal, con una constitución hecha a la medida de algunos, que
no de todos… Tenía Lerroux en sus últimos años la sensación de que, por
ejemplo, una constitución no engendraba, por sí y de suyo, ciudadanos
demócratas y libertad social y política. Defendía la necesidad, primero, de
cultivar a un pueblo ignorante e inculto que supiera moverse con auténtica
libertad y que condujera a la democracia.
Concluyo: me deja el
libro un regusto amargo. Tengo la sensación de que Penélope vive en España:
teje que te desteje. Ni la República ni la Monarquía consolidan una España
estable donde los ciudadanos, y los políticos que también deben serlo, y sus
adversarios no sean enemigos irreconciliables; partidos que pusieran los
intereses de la patria por encima de banderías partidistas y particulares… Que
se rompa ese ciclo continuo y casi infernal que lleva de la monarquía a la
república, de esta a la dictadura, para volver a la monarquía… Ahora quizá… ¿camino
de qué república?


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