28 de enero de 2020

Tapia, Enrique de, CARLOS III Y SU ÉPOCA


Largo y denso libro de agradable lectura donde el apasionado por la historia hallará detalles que posiblemente ignoraba y podrá recordar hechos, datos, sucesos bien narrados que podrán ayudarle a acomodarse en el momento histórico de que se trata.

Sigo en el siglo XVIII desde el punto de vista de las lecturas que hago por norma desde algunos meses hace. Prosigo mi búsqueda de las dos Españas que ayer vi en el debate de investidura de Pedro Sánchez. Las dos Españas irreconciliables, no deseo repetirme. Nadie se atreve a decirlo abiertamente, se afirma entre eufemismos, símiles…, pero los agoreros oyen tantanes de enfrentamientos y similitudes, comparaciones: este año es idéntico, me dicen, en sus días al 36. Se buscan y rebuscan hoy en el campo político similitudes con el año 36. Siguen algunos de los problemas pendientes de entonces: la España que cruje y rechina en su fondo por quebrarse por los costurones hilvanados de los Reyes Católico, regiones y reinos que desean y aspiran, un siglo después, aún hoy, a ser nacionalidades escindidas de España (¿qué consiguen con ello?); anhelan algunos equilibrar las injusticias territoriales buscando nuevos desequilibrios que los beneficien y les den -por las fechas- un trozo mejor y más grande -y sin haba- del roscón de reyes…; legislamos contra los otros y entre ellos contra la Iglesia católica. ¡Pero esta es la historia! Estos son los síntomas de lo que voy buscando, mas ¿y la etiología?

No era razonable que Carlos III (1716-1788), que lo fue, llegara a serlo de España. Por su lugar en la sucesión de su padre (aún sigo dándole vueltas a Felipe V y algunos detalles de su vida…), Carlos estaba destinado a ser, digamos, un segundón, un rey sereno y feliz en Nápoles donde estuvo reinando con acierto y concierto en los comienzos de su vida como gobernante. Su madre, segunda esposa de Felipe V, Isabel de Farnesio, sin embargo, no dejó de batallar sotto voce para que este hijo suyo alcanzara la corona del reino de España, como así fue y logró. Siendo un muchacho de 15 años marcha a ocupar su puesto como rey de Nápoles, para a continuación en 1734 ocupar también el reino de Sicilia donde estaría gobernando felizmente hasta que es reclamado para la corona de España en 1759… Fueron los años italianos de gran fogueo político y gobierno, asesorado por sus padres y sobre todo por su mentor, ayudante y amigo Bernardo Tanucci (1698-1873) con quien guardará una íntima relación de amistad. Este  Carlos III, como tituló en España, como Carlo di Borbone en Italia, tuvo una obsesión siempre en su gobernar…: servir a sus súbditos. Este joven de aspecto físicamente débil, feo de rostro, un tanto cheposo, con enorme virtudes tiene como meta de su vida y su gobierno: servir… ¡Asombroso! Muy conservador en el trato con quienes le auxilian y ayudan a vestirse o a gobernar, que tanto le da: no quiere deshacerse de nadie que lo haya hecho bien y no le agradan los cambios de personas en su entorno. Desde niño fue muy industrioso, digamos: le gustaban los trabajos manuales, le gustaba trabajar la madera en el torno y fue buen estudiante. Nada sofisticado ni encorsetado: la etiqueta y el protocolo excesivos lo acogotaban. Asumió su marcha a Italia como un deber  familiar. Casado con María Amalia de Sajonia fue hombre feliz en su matrimonio por lo que cuenta Tapia en este libro: de los hijos se cuenta poco y ya al final del mismo; sin duda la fortuna o el empeño, la inteligencia o el cuidado… no estuvieron de su lado con sus descendientes: su sucesor Carlos IV fue un imbécil indudable. Muerta la esposa de Carlos III, María Amalia de Sajonia, no quiso volver a casarse. Tanto en Italia, léase en sus reinos allá, como luego en España fue Carlos hombre preocupado, y ocupado, y generoso, con la mejora de los espacios públicos y la fundación de instituciones que pudieran ponerse al servicio de sus súbditos, insisto.

Si es cierto que siempre me había caído bien este Borbón por las mejoras que introdujo en España y muy particularmente en Madrid, ahora entiendo de modo más claro en qué se fundamentaba mi aprecio. Hombre virtuoso; con enorme gusto por la claridad y la sinceridad; laborioso, generoso, leal… Su decidido impulso a la cultura y al arte en general, al bien común, al buen gobierno, por su comprensión de que quien gobierna se debe a sus gobernados… ¡Qué lejos todo ello, al menos en apariencia, de quienes durante lustros nos llevan desgobernando!

Supongo, y compruebo, que hay biografías más recientes sobre este rey del XVIII, pero esta, la que les comento me ha parecido muy buena. La compré de segunda mano ya no recuerdo dónde y con ella me conformo y se la recomiendo (la letra es pequeña.., si cabe, para quien padezca de presbicia).

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