2 de enero de 2020

389-CHARLIE-SALIDA-REFLEXIONES SOBRE MI EMPRESA (I de II)



Como la mayoría de ustedes saben he pasado casi cuatro décadas empleado en una singular empresa a la que me he dedicado denodadamente: lo puedo asegurar y tengo centenares de testigos.

La empresa es tan clásica como arcaica, aunque con pretensiones de actualidad. Si en ella, en total somos unos  240.256 empleados, ¡ha leído bien!, en mi filial laboramos varias decenas de ellos, alrededor de 60: algunos fijos y muchos temporales, inestables, mudables, cambiantes. Estos pasan unos meses en la empresa, supuestamente capacitados y eficaces, pero que la propia empresa despide de las plazas que ocupan o bien los trasladan de forma caprichosa a otras factorías sin más motivo que el antojo de una lista, conocida como “la bolsa”: la calidad de la persona y de su trabajo no importan. ¿Podrían quedarse en esas plazas si quisieran y seguir desarrollando su oficio? Podrían, y posiblemente fuera en beneficio de la propia empresa y de la filial, casi seguro, pero son desplazados… Imposible permanecer. ¿Se daña la unidad de criterios de la filial? ¿Se daña el producto en que se trabaja? Se daña, ¿mas qué importa y a quién? Cierto que muchos de cuantos pasan, como no podría ser menos por humanos, piensan que para lo que estarán en el asunto… se lo harán dentro. Es propio del sentido de provisionalidad, de anomia, de la insignificancia y el desprecio que reciben y al que son sometidos, etc. Hoy aquí, mañana allí: a disposición discrecional de la empresa, y las empresas no tienen alma las mande quien las mande. La mía es Estatal.

Los procesos empresariales en los que todos nos vemos envueltos duran, en nuestra sección, para la fabricación de nuestro producto, seis años: cuatro de proceso obligatorio y dos voluntarios. Aquello que perseguimos en nuestra producción, lo que pretendemos fabricar, no está en absoluto perfilado, precisado y concreto… Es multiforme, polifacético, inconcreto, heterogéneo y a veces incluso etéreo. A todos los profesionales en el proceso involucrados, como a los ciudadanos de la constitución del 12, se nos supone “amor a la patria y de ser justos y benéficos (art.6, Tit. I, Cap. II), y así se nos reconocen unas excelentes intenciones, ¡ponemos muy buena o no tan buena voluntad!, pero no estamos en absoluto de acuerdo entre nosotros en cómo debe ser aquello que fabricamos. Ideas, insisto, distintas, todas buenas, regulares o nefastas, inconcretas, contradictorias, veleidosas y que quedan al albur de los procesos particulares, donde cada uno, en la cadena de montaje, allí en su puesto, cerrada la puerta de ámbito particular, más aún si tiene la plaza en propiedad, hace de su capa un sayo y aporta o modifica a su sabor el producto en proceso según le peta: el enigma de su trabajo, su calidad o la ausencia de esta se manifiesta evidente al año siguiente; si bueno, maravilloso; si malo, lo fabricado lo perdió por el camino: nadie se hace responsable. Y siempre, al facineroso, en último extremo, le queda el refranero: “Cada maestrillo tiene su librillo”, mas el problema es muy otro, nunca fue momento ni tuvieron espacio los maestrillos, aunque se colaron a miles so capa de maestros, tampoco cabían los librillos de esos miopes aburguesados que se dedicaron a la empresa con miras alicortas, cegatos y con vista solo para su propio interés. Quizá quisimos servir, pero terminamos sirviéndonos: porque de algo hay que vivir.

Todos los empleados estamos insertos activamente en departamentos, equipos, grupos… muy diversos y además perfectamente descoordinados y agónicos. Los jefes que trabajan sobre áreas idénticas se supone que acuerdan, concretan, etc. y así se hace siempre sobre la pantalla o el papel, reflejado queda en los terminales de la empresa, aunque, la realidad, es que ni siquiera los propios equipos son conscientes de esas comunes metas u objetivos, como los siguen llamando en la empresa a pesar de su invalidez intelectual y fáctica, epistémica, desde los años 80 del siglo pasado.

La verdad es que nuestra empresa, a pesar de las inversiones, siempre escasas, dicen, rara vez aumentan significativamente, a pesar de lo que se publicita, se dice, etc. parecería empresa importantísima, pero es de una marginal insignificancia que da risa, por no llorar.

Le advierto que de mi empresa y lo que en ella se trabaja, todos, el común de los mortales, sean quienes fueren, saben, conocen, son expertos: auténticos especialistas. A todos les importa muchísimo lo que allí hacemos, es angular y cimiento de una sociedad, de una nación, pero siempre va mal, tiene pérdidas y así lleva renqueando en España un par de siglos por lo menos. ¡Es capital para la buena marcha de la sociedad y de la nación!, pero los poderosos y quienes gobiernan la ignoran. La verdad es que los grandes empresarios no invierten en ella: no conozco banco o multinacional o capital que invierta en ella. Es obvio, para mí, que no da beneficios tangibles. Diría que es importante en las soflamas, alicantinas y debates públicos de los políticos, en algunos de sus mítines, mas despreciable hasta ser risible en realidad, si no fuera tan grave lo que en ella se juega. Al final, concluyo, trabajo en lugar insignificante, mi empleo no tiene prestigio ni consideración social, está mal pagado, no tiene demasiada trascendencia por el tenor de lo que se ve, por más que de ella se diga. Por mal que vaya no pasa nada, puede laborarse en ella durante décadas, obtener resultados negativos, horrendos, insoportables…, pero no sucede nada. Seguimos…


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