Buenas tardes de nuevo…
Imposible citaros a todos, lo
comprendéis por obvio. Me bailan algunos nombres y algunos rostros, tras mis
cuarenta años de docencia…, pero ahí voy. Quienes no os veáis citados y tengáis
mucho interés en ello, añadíos vosotros a mano.
La idea de la existencia de este
blog, incluida, digamos, su realidad material, fue idea de dos Munueras: de
Sergio y de Bernardo, que fue quien lo creó para mí en mi mismo ordenador. Entre
mis antiguos alumnos puedo contar a varios que sois mis médicos: José Miguel Olmo,
Juanma Martos, Juande de la Torre… Durante años el padre de José María Castellano,
Higinio Castellano. ¡Los inolvidables puntos que me quitó Miguel del Olmo
cuando me rompí el tobillo! Mi analista es Cristóbal Almazán. Alberto Luque y Víctor
Castro en la fisioterapia. Mi dentista es el padre del citado Juande y su
hermano Ramón. Si guardan a alguien conocido en el Jaén II, recurro a
José Antonio Pérez Padilla, para saber cómo está el interno. Cuando necesito abogados
por la de siete muelles –¿recordáis?– recurro a José María Guillén y Jesús Luna. Si el asunto es más
grave, puedo recurrir a don Manuel Guillén, sacerdote. Si el problema está en
la notaría acudo a Juan Parras, y si el ordenador se encabrita, por lo que sea,
viene Daniel Arias de Saavedra (alumno, preceptuado y al final colega dando
clase en el mismo instituto). Ahora hace tiempo que no vamos juntos de caza,
pero hemos ido desde que ellos estaban en 3º de BUP: Jesús Luna (y ahora con su
hijo Jesús), Pepe Jiménez, Julio Puertas, Jaime Satorius y alguna vez vino
Millán Hermoso, más tarde José María Castellano y su hermano Higinio. Os apuntabais
para acompañarme en mis días de caza: me acuerdo de Pancho Luque y de Manolo Quesada,
que me perdió una cantimplora, y José María Paterna. En alguna ocasión, como
médico también he acudido a Pepe Rubio y su hermano Juanmaría… Aún voy a ver
partidos de fútbol con Daniel Arias y Juanan Fernández… No hay faceta de mi
vida, parece, por lo que veo, en que no me tropiece con vosotros… ¡Ponga un
alumno en su vida! (y os reíais cuando os lo vaticinaba).
Podría seguir la lista de
aquellos de vosotros con quienes me escribo con más o menos continuidad y me
resulta gozoso saber de vosotros: últimamente se han sumado al largo listado Antonio
Moreno, José Manuel Gómez-Zorrilla, con José María Sanjuán Coca… Estoy leyendo
ahora un escalofriante testimonio de Álvaro del Pino que me ha emocionado y
hecho vibrar por su contenido. Las llamadas casi diarias de Abdulah Barhi
Bonilla… Las esporádicas apariciones de Santiago Moreno Pérez de la Cruz,
Antonio Díaz Negrillo: sé que te debo correo, pero ando azacanado… De Joaquín
Molina, novelista siempre en ciernes…
Imposible por incontables y
olvidados muchos almuerzos en vuestras casas, algunas cenas, algunas cervezas,
algún partido incluso en la tele.
Me temo que la lista se haría
interminable si añado a quienes os saludo por la calle, en bares y entierros,
en iglesias: con vuestros hijos y vuestras esposas… Se me agolpan nombres, rostros,
saludos… Oraciones por quienes estáis o habéis estado enfermos y unos y otros
me dais cuenta y razón de preocupaciones por las que rezo… Ahora por Juan María
Martínez Caballero (echadnos una mano), los padres o las madres de algunos de
vosotros. Los nacimientos gozosos de vuestros hijos y las dolorosas despedidas por
la muerte de los padres y madres de unos y otros…
Salgo a la calle y hay horas y
días en las que es casi imposible llegar puntual a donde voy porque me paráis cada
dos por tres (a veces me hago el loco porque no me reconocéis algunos porque he
engordado y, lógicamente, he envejecido mucho). La voz es inconfundible y la sorpresa
rompe casi siempre al hablar con la misma expresión: “¡Coño, don Antonio!” o “¡Coño,
el Alcalá!”… A ver. La madre de uno de vosotros, a quien saludé con sumo gusto,
como a todas –¡las santas!,
que les decía–, casi
sin saber qué decirme, me comentó que había cambiado yo mucho; le contesté que
el tiempo había pasado… Hice cálculos y cuadré en ¡38 años que hacía que no la
veía! ¿¡¡Querría la buena señora que estuviera con los 25 años que tenía cuando
le di clase a su hijo!!?
Lo más doloroso, dolorosísimo, ha
sido cuando he ido a entierros de quienes ya no podrán leerme, ni reírnos
juntos… porque han muerto: Demetrio Merino Martín, Luis Jaime Hita Bailén, José
María Carazo Abolafia, Ernesto Herrera, Manuel Bueno, Diego Granda, Pepe Serrano…
En 1993, casi sin querer
escribí mi primer libro, Educar para el trabajo. Tras este vinieron, un
poco a lo bobo, mejores o peores, otros nueve más y aún están en originales sin
publicar otros siete u ocho… Me preguntabais entonces que cuando iba a
presentar el siguiente libro porque “nos lo pasamos muy bien”. Creo que os
hacía gracia verme, como si estuviera dando clase, en un contexto muy distinto
y, siendo niños o adolescentes, y asistir con vuestros padres… (recuerdo que
Andrés Olmo me ayudó en una de las presentaciones desde la mesa del estrado, en
otra oportunidad la madre de los Muñoz-Cobo, Pilar Belart…). Cuarenta años dando
clase no es que sean ocho lustros o cuatro décadas, que eso se puede medir…, pero
en realidad, con unos y con otros, he pasado una vida que no es mensurable en
días, ni años ni quinquenios, ni en décadas… ¡una vida!
Algunos os acordáis de cuando
con 27 años os decía que estaba viejo… y os reíais. Ahora tengo 65 y se va
acabando la tinta al boli… ¡Cuarenta años son una vida!
La primera y única vez que os
escribí una carta abierta desde este blog… tiene a día de hoy 1166 visitas,
cuando lo normal es que una entrada mía tenga entre cincuenta y cien visitas…
Un sorprendente disparate de cariñosa acogida para mí…
Os invito como coprotagonistas
y coautores a la presentación de mi último libro para que pasemos un buen rato…
y rescatar algo de cuando entonces… Me decís quienes lo estáis leyendo o lo
habéis terminado que os está gustando. Muchos os reconocéis en las anécdotas que
cuento… ¡sin nombraros!
Este libro que presento es
posible por el concurso de muchísimas personas. Muchas gracias a los colegas
con quienes impartí clase y de quienes también aprendí. A mis alumnos y
preceptuados muchas gracias por tantísimos buenos ratos como me habéis dado y
por los menos buenos, e incluso por los pésimos… Todos me ayudaron a crecer y
pulirme. A lo muchísimo que aprendí junto a vosotros y de la experiencia de
vuestros padres… A vosotros dedico el libro, preceptuados, padres, alumnos, y
lo hago como escribo esto… con la sinceridad de quien pone su vida el suelo
para que los demás pisen blando… ¡de corazón! (no por parecer más cursi que
poético es menos cierto).
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