10 de octubre de 2026

602-Alcalá, Antonio José, EDUCAR PARA UNA VIDA LOGRADA. De tutorías y preceptuaciones: la figura del preceptor en el humanismo cristiano. (Parte I)

 


Hoy, con cierto, rubor, comento mi noveno libro editado, Educar para una vida lograda. Fue Platón quien afirmó que nadie peor que el propio autor para comentar su obra, pero voy a intentar hacerlo lo mejor posible y con plena sinceridad, como es norma de la casa. Quizá esto lo dijera Platón porque el amor nubla el juicio.

El libro es una explicación sobre qué es una preceptuación, que no debe confundirse con una tutoría; qué finalidad tiene aquella; cómo y cuándo llevarla a cabo; para qué sirve… y doy cuenta de cómo las hice durante años con la colaboración de mis preceptuados sus padres.

Entiendo que la figura del preceptor es la del Maestro que enseña más allá de lo que el aprendiz debe de dominar de los distintos saberes académicos. Es aquel que afianza a su discípulos en el dominio de su propia vida, su autoconocimiento… y lo encamina hacia la vida lograda:  que Aristóteles llamaba eudaimonia, que se traduce como «felicidad», «bienestar» o, de forma más precisa, como «la realización de una vida buena y plena».

Debió de existir desde muy al inicio de la humanidad que los más expertos enseñaran a los novatos, por ejemplo, a cazar. Imaginemos a un padre y un hijo que salen a cazar hace 20.000 años: el padre hará de maestro-preceptor y el hijo de educando-preceptuado. No sólo enseñará el padre a lanzar una piedra, una flecha, cómo construir un arco, cómo moverse para no darle el viento a la pieza, cómo construir una trampa…, sino que le dirá al hijo que se ponga a trascacho, a resguardo, cuando vea las nubes negras, el viento que arrecia porque una mojadura inoportuna puede tener consecuencias indeseables; el orden que seguir en una persecución, cómo ser paciente, cómo administrar la caza abundante para los momentos peores…

Si todo esto lo supongo, lo imagino, no necesito hacerlo con la realidad de los maestros en el mundo clásico, en las academias donde, me consta, los sabios que en el mundo fueron y son, tuvieron sus maestros, por ejemplo: Sócrates fue el maestro de Platón y este el maestro de Aristóteles… y este el tutor de Alejandro Magno y desde entonces hasta ahora, todos los hombres poderosos, con más o menos provecho, han tenido su preceptor o preceptores, como los políticos de relieve tienen sus “asesores”, los equipos de fútbol sus “entrenadores”, los toreros sus “apoderados”…

Dicho esto, en España, por lo que he podido averiguar y he investigado en alguna tesis sobre el particular, las tutorías como ayuda de un maestro, de un profesor, a su alumno que va más allá de la mera instrucción, surge al hilo de una realidad tangencial del contenido y la práctica de ella. Me explico.

Desde los años treinta del siglo pasado san Josemaría Escrivá de Balaguer, fundador del Opus Dei, comprendió que para extender el espíritu de lo que Dios le mostró el 2 de octubre de 1928, sería un buen medio crear colegios donde se transmitiera esa novedosa idea que era la posibilidad real, necesaria para todos, de santificarse en medio del mundo: todos estamos llamados a la santidad. En ese momento de los años treinta en un autobús pequeño se montaban todos los miembros del Opus Dei, por tanto, era una ilusión ilusoria pensar en disponer de un medio como un colegio, pero todo ello formaba parte de eso que él repetía con mucha frecuencia: “soñad y os quedaréis cortos”.

Para constituir unos colegios como él creía que debían ser, lo mejor posible, lo más punteros posible, era importante hacer acopio de ideas de lo que se estaba haciendo en otros países. El primer colegio que es obra corporativa del Opus Dei fue “Gaztelueta” en 1951. Es decir, transcurrieron décadas desde la idea hasta que esta se materializó en un colegio. 

José Luis González-Simancas

Lo hasta aquí expuesto lo tiene el lector al alcance, como se dice ahora, de un clic. A esto le sigue una parte que, seguro, estará escrita, mas yo no la he leído, sino que la he oído de labios de su protagonista. Será José Luis González-Simancas quien se marche a ver qué se cocía en los colegios ingleses. Otros se fueron, me consta, a Estados Unidos. El hecho es que González-Simancas, aparte de lo que aprendiera allí, donde estuviera, que yo ya no lo recuerdo, trajo unas ideas que ignoro si las trasplantó tal cual lo vio allí o él las adaptó a lo que consideró pertinente, que es lo que creo, para un colegio como Gaztelueta, que fue donde él volvió y empezó a preceptuar alumnos, que así se llamaba a la acción de dirigir, ayudar, orientar, etc. un profesor a un alumno. Años después esto se adoptó y adaptó en la ley de Villar Palasí (1970) con el nombre de “tutorías” y se pretendió implantar en todos los centros españoles. Y desde entonces hasta ahora, que esa ya es otra historia.


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