No deja de mosconearme, desde
hace semanas, una idea que, si bien me resulta interesante, no me apetece
meterme con ella. La preveo compleja y no sé si tendré las herramientas
intelectuales y culturales suficientes para abordarla, desarrollarla y
concluirla con cierto garbo y elegancia intelectual.
La premisa de la que parto es
antigua en mi humilde pensamiento. No he creído nunca en las vocaciones
profesionales. Para hacer esta aseveración tan tajante y firme me baso en
mi experiencia personal y en mis vivencias, sobre todo profesionales.
He sido profesor y tutor y
preceptor de ignoro cuántos cursos de COU o de 2º de bachillerato, es decir:
ese es el curso decisivo que condicionaba, con la nota de la llamada Selectividad,
o como la quieran denominar, a los aspirantes a cursar alguna carrera en la
universidad. Otro tanto me sucedió con aquellos que optaron por una formación
profesional… He conocido “médicos vocacionales desde niños”, nietos e hijos de médicos,
que, por falta de nota pasaron a ser boticarios o biólogos y que desde ahí saltaron
a la farmacia, a la investigación o a la docencia… ¡Y son felices! Conocí a
mecánicos de coches que solo querían ser eso desde pequeñitos, que luego se
dedicaron a vender pisos, etc. y son felices.
Como filólogo, el origen y trayectoria
de las palabras, sus significados, me cautivan. Es curioso que frente a la
palabra vocación, del verbo latino vocare, ‘ser llamado por
alguien’, los sinónimos que hallo son: Inclinación, tendencia, afición, preferencia,
aptitud, proclividad, gusto, propensión. Es decir, obsérvese, que frente a la vocación:
que aquello que me convoca desde fuera, que me cita, reclama, requiere, invita…,
etc. los sinónimos parten de mí hacia fuera, hacia un algo, lo que sea. Lo que
me llama es un qué y no un quién, por tanto, al no poder comunicarse… no me
puede llamar.
Lo he escrito y dicho y
publicado muchas veces, ¿quién me puede llamar a ser, “química especialista en
grasas, en concreto en el aceite de oliva”…? Eso es complejo, pero tanto me da:
¿quién me llama a ser ingeniero, fontanero, soldador o profesor…? Nadie me reclama
para ser electricista de automóviles… Nadie. Por tanto, con esto refuto que
exista la vocación profesional.
Si nadie me llama, he de
entender que yo (que soy yo y mi circunstancia etc.), naturalmente, es decir: por
mi propia naturaleza tiendo a ser feliz, a buscar la verdad, a proyectarme en
la realidad que me rodea ¡y que conozco porque se encuentra en mi entorno! Puedo
estudiar Derecho (la carrera que se elige por exclusión del resto) y puedo
desear ser como “aquel”, “como mi tío, mi padre, mi abuelo…”, aunque yo no sepa
apenas nada de la carrera, sus asignaturas, etc., pero quiero vivir ¡y ser como
ellos! ¿Pero por qué no opto a opositar y formar parte del cuerpo de jurídicos
de la Armada? Porque es posible que sea muy de tierra adentro, lo ignore todo
sobre la Armada, porque estudié en la universidad de mi pueblo –este es
un notable factor de reducción del arco seleccionable. La universidad se ha
hecho chata y pueblerina–. ¿Hubiera sido feliz siendo síndico de la bolsa? Es
posible, seguro que lo hubiera sido, tan feliz como lo he sido dando clases.
Hay, sin embargo, un paso
previo que estoy obviando. Una pregunta: ¿Soy feliz porque soy zapatero,
bombero, astronauta o soy feliz porque, en tanto que persona, al tener un
empleo despliego mis capacidades humanas que me llevan a la posibilidad de hallar
la felicidad? Más creo en esto que en lo primero. El empleo no me da la
felicidad, sino el trabajo como medio y cauce, el que sea, me lleva a tener la
posibilidad de ser feliz.
Es cierto que hay ocupaciones
en determinados empleos que están mal remunerados, son arduos, esforzados y
desagradables. Este perfil de empleo lo hace detestable desde el primer
momento. El trabajo, siendo moralmente bueno, como empleado, puede producir rechazo,
por no ser reconocido, porque no exista correspondencia entre mis capacidades y
mi cometido, por el trato con los compañeros, el trato con el jefe, etc., pero
tengo la plena convicción de que cualquier trabajo, dignifica, lejos del cínico
Arbeit macht frei que leían los judíos en las entradas de los campos de
concentración. No, ese trabajo en esos campos no liberaba de nada…, carcomía la
dignidad.
Tengo un viejo colega y amigo,
al que hace tiempo que no veo que,
por circunstancias de la vida. Licenciado en lenguas clásicas, es profesor hoy de
Patrología e Historia de la Iglesia en
una universidad extranjera. Me contaba este cómo en cierta ocasión tuvo que trabajar
como basurero porque necesitaba dinero. Llegada la hora del bocadillo veía cómo
sus compañeros de trabajo comían, cuando él estaba, por el mal olor y la repugnancia
que tenía, para echar por su boca las higadillas. Pasadas unas semanas,
acostumbrado a los olores y a la presencia de la basura, también él comía con
apetito el bocadillo. ¡A todo se acostumbra uno!
Insisto: me ayuda a desplegarme como persona, me encauza hacia
la felicidad el trabajo, porque este pertenece por naturaleza a mi ser persona,
hombre, humano.
En el Génesis dice «Tulit
ergo Dominus Deus hominem, et posuit eum in paradiso voluptatis, ut
operaretur et custodiret illum», es decir,
«Tomó, pues, Jehová Dios al hombre, y lo puso en el huerto de Edén, para que lo
labrara [o trabajara] y lo guardase». Sin duda alguna parte de la realidad que
el hombre es, como quicio del ser perdona, se alcanza mediante un trabajo que ennoblece.
El trabajo no es un castigo divino, sino que fue deseado por Dios para el hombre
como una actividad noble y parte de la naturaleza humana desde su creación.
¿Qué inclina, invita, empuja a
elegir una profesión u otra? Sin duda alguna las capacidades o incapacidades propias
(sé de un conocido arquitecto que suspendía el dibujo en su bachillerato y de
otro que, siéndolo también, era daltónico; a un profesor ciego de matemáticas que
usaba tizas de colores en sus explicaciones en la pizarra…). Sin duda, orienta
mucho el tener en el entorno próximo y en la edad adecuada a un modelo que induzca
a nuestra elección: un profesor de los últimos cursos de bachiller nos lleva,
es real, a elegir la carrera de Historia cuando el deseo era elegir una Filología…
Lo siento. Nadie me llama a ser
futbolista, pocero, flamencólogo o pediatra… Sí que creo, porque creo en Dios,
en las vocaciones sobrenaturales: existe un quién que puede llamar para una
misión concreta… ¡cómo averiguarla es asunto de otro ámbito distinto!

Pues comparto en parte lo que dices ... estoy de acuerdo a que nadie nace con vocación de ser pocero, por ejemplo ... o exterminador de cucarachas ... pero si que creo que hay gente que tiene muy claro que le gustaría, desde chicos, dedicarse a algo y que luchan hasta conseguirlo.
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