29 de octubre de 2026

604- NO CREO EN LAS VOCACIONES PROFESIONALES

 

 

No deja de mosconearme, desde hace semanas, una idea que, si bien me resulta interesante, no me apetece meterme con ella. La preveo compleja y no sé si tendré las herramientas intelectuales y culturales suficientes para abordarla, desarrollarla y concluirla con cierto garbo y elegancia intelectual.

La premisa de la que parto es antigua en mi humilde pensamiento. No he creído nunca en las vocaciones profesionales. Para hacer esta aseveración tan tajante y firme me baso en mi experiencia personal y en mis vivencias, sobre todo profesionales.

He sido profesor y tutor y preceptor de ignoro cuántos cursos de COU o de 2º de bachillerato, es decir: ese es el curso decisivo que condicionaba, con la nota de la llamada Selectividad, o como la quieran denominar, a los aspirantes a cursar alguna carrera en la universidad. Otro tanto me sucedió con aquellos que optaron por una formación profesional… He conocido “médicos vocacionales desde niños”, nietos e hijos de médicos, que, por falta de nota pasaron a ser boticarios o biólogos y que desde ahí saltaron a la farmacia, a la investigación o a la docencia… ¡Y son felices! Conocí a mecánicos de coches que solo querían ser eso desde pequeñitos, que luego se dedicaron a vender pisos, etc. y son felices.

Como filólogo, el origen y trayectoria de las palabras, sus significados, me cautivan. Es curioso que frente a la palabra vocación, del verbo latino vocare, ‘ser llamado por alguien’, los sinónimos que hallo son: Inclinación, tendencia, afición, preferencia, aptitud, proclividad, gusto, propensión. Es decir, obsérvese, que frente a la vocación: que aquello que me convoca desde fuera, que me cita, reclama, requiere, invita…, etc. los sinónimos parten de mí hacia fuera, hacia un algo, lo que sea. Lo que me llama es un qué y no un quién, por tanto, al no poder comunicarse… no me puede llamar.

Lo he escrito y dicho y publicado muchas veces, ¿quién me puede llamar a ser, “química especialista en grasas, en concreto en el aceite de oliva”…? Eso es complejo, pero tanto me da: ¿quién me llama a ser ingeniero, fontanero, soldador o profesor…? Nadie me reclama para ser electricista de automóviles… Nadie. Por tanto, con esto refuto que exista la vocación profesional.

Si nadie me llama, he de entender que yo (que soy yo y mi circunstancia etc.), naturalmente, es decir: por mi propia naturaleza tiendo a ser feliz, a buscar la verdad, a proyectarme en la realidad que me rodea ¡y que conozco porque se encuentra en mi entorno! Puedo estudiar Derecho (la carrera que se elige por exclusión del resto) y puedo desear ser como “aquel”, “como mi tío, mi padre, mi abuelo…”, aunque yo no sepa apenas nada de la carrera, sus asignaturas, etc., pero quiero vivir ¡y ser como ellos! ¿Pero por qué no opto a opositar y formar parte del cuerpo de jurídicos de la Armada? Porque es posible que sea muy de tierra adentro, lo ignore todo sobre la Armada, porque estudié en la universidad de mi pueblo –este es un notable factor de reducción del arco seleccionable. La universidad se ha hecho chata y pueblerina–. ¿Hubiera sido feliz siendo síndico de la bolsa? Es posible, seguro que lo hubiera sido, tan feliz como lo he sido dando clases.

Hay, sin embargo, un paso previo que estoy obviando. Una pregunta: ¿Soy feliz porque soy zapatero, bombero, astronauta o soy feliz porque, en tanto que persona, al tener un empleo despliego mis capacidades humanas que me llevan a la posibilidad de hallar la felicidad? Más creo en esto que en lo primero. El empleo no me da la felicidad, sino el trabajo como medio y cauce, el que sea, me lleva a tener la posibilidad de ser feliz.

Es cierto que hay ocupaciones en determinados empleos que están mal remunerados, son arduos, esforzados y desagradables. Este perfil de empleo lo hace detestable desde el primer momento. El trabajo, siendo moralmente bueno, como empleado, puede producir rechazo, por no ser reconocido, porque no exista correspondencia entre mis capacidades y mi cometido, por el trato con los compañeros, el trato con el jefe, etc., pero tengo la plena convicción de que cualquier trabajo, dignifica, lejos del cínico Arbeit macht frei que leían los judíos en las entradas de los campos de concentración. No, ese trabajo en esos campos no liberaba de nada…, carcomía la dignidad.

Tengo un viejo colega y amigo, al que hace tiempo que no veo que, por circunstancias de la vida. Licenciado en lenguas clásicas, es profesor hoy de Patrología e Historia de la Iglesia en una universidad extranjera. Me contaba este cómo en cierta ocasión tuvo que trabajar como basurero porque necesitaba dinero. Llegada la hora del bocadillo veía cómo sus compañeros de trabajo comían, cuando él estaba, por el mal olor y la repugnancia que tenía, para echar por su boca las higadillas. Pasadas unas semanas, acostumbrado a los olores y a la presencia de la basura, también él comía con apetito el bocadillo. ¡A todo se acostumbra uno!

Insisto: me ayuda a desplegarme como persona, me encauza hacia la felicidad el trabajo, porque este pertenece por naturaleza a mi ser persona, hombre, humano.

En el Génesis dice «Tulit ergo Dominus Deus hominem, et posuit eum in paradiso voluptatis, ut operaretur et custodiret illum», es decir, «Tomó, pues, Jehová Dios al hombre, y lo puso en el huerto de Edén, para que lo labrara [o trabajara] y lo guardase». Sin duda alguna parte de la realidad que el hombre es, como quicio del ser perdona, se alcanza mediante un trabajo que ennoblece. El trabajo no es un castigo divino, sino que fue deseado por Dios para el hombre como una actividad noble y parte de la naturaleza humana desde su creación.

¿Qué inclina, invita, empuja a elegir una profesión u otra? Sin duda alguna las capacidades o incapacidades propias (sé de un conocido arquitecto que suspendía el dibujo en su bachillerato y de otro que, siéndolo también, era daltónico; a un profesor ciego de matemáticas que usaba tizas de colores en sus explicaciones en la pizarra…). Sin duda, orienta mucho el tener en el entorno próximo y en la edad adecuada a un modelo que induzca a nuestra elección: un profesor de los últimos cursos de bachiller nos lleva, es real, a elegir la carrera de Historia cuando el deseo era elegir una Filología…

Lo siento. Nadie me llama a ser futbolista, pocero, flamencólogo o pediatra… Sí que creo, porque creo en Dios, en las vocaciones sobrenaturales: existe un quién que puede llamar para una misión concreta… ¡cómo averiguarla es asunto de otro ámbito distinto! 

 

1 comentario:

  1. Pues comparto en parte lo que dices ... estoy de acuerdo a que nadie nace con vocación de ser pocero, por ejemplo ... o exterminador de cucarachas ... pero si que creo que hay gente que tiene muy claro que le gustaría, desde chicos, dedicarse a algo y que luchan hasta conseguirlo.

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