7 de agosto de 2022

Cortines, Jacobo, DÍAS Y TRABAJOS

 



Por primera vez en este verano disfruto de la lectura de un libro de poesía. La obra es de un conocido: Jacobo Cortines Torres. Su tío abuelo, Felipe Cortines Murube de quien he comentado algunas obras suyas aquí y mi abuelo fueron buenos amigos y por ese cauce hemos llegado a conocernos Jacobo Cortines y servidor.

Supongo que, mi asociación de la poesía al verano, se debe a que este me regala, o me regalaba, más tiempo y la poesía, para mí, requiere de él. Considero que la poesía no es para leerla en el metro, ni entre dos paradas de autobús, ni viendo el telediario… Requiere de-espacio… Al menos en mi caso.

Termino el librito de Cortines. Me deja un regusto a estaciones del año y a campo y plantas... Y a dolor y sufrimientos recuperados del recuerdo.

Divide el autor su obra en seis partes que, entiendo, nacen en momentos distintos y tienen temáticas diversas. Decía Azorín que “Vivir es ver volver” y Cortines escribe que “ir es volver”. Y eso se me antoja que hace el autor en estos sus versos. Llegada a una edad ya provecta, por el tiempo vivido, y madura por lo mucho aprovechado, siente el poeta el deseo de volver a revivir lo pasado colmado de felicidad: ay, Manrique: “cualquiera tiempo pasado…”; si ir es volver y vivir es ver volver… o desearlo, o quererlo...: “Feliz el niño, y desgraciado el hombre”, escribe Cortines en un verso.

Son muchos los recuerdos rurales recobrados. La presencia de la naturaleza hecha campo o jardín se ve matizada por la visión particular y le da tonos románticos a aquella realidad de la que nos habla Cortines. Y así se despide de la luz del día envuelto en brumas, antes incluso de que la oscuridad se apodere de ella y la haga oscuridad y noche. El poeta se halla presente, en primera persona, protagonista-agonista, de muchos de sus versos. Se refiere a sus amigos y sus actividades, a sus ocupaciones y a sus trabajos, a sus ilusiones y utopías… De su incesante viajar por el mundo. Su afán por mejorar un mundo difícilmente mejorable, quizá imposible de mejorar… solo con el esfuerzo humano, mas no quiere renunciar a él ni a esa meta.

Nos cruzamos con la presencia también casi continua de la música que desde niño aprendió a amar como cuenta en La edad ligera. Sin duda nos hallamos ante una persona culta que se ha ocupado de pulirse y depurar su ser mejor persona. Esto comporta, también, progresar en todos los ámbitos.

No permanece, como escribo, el poeta pegado solo a su intimidad y a sus círculos más próximos de amigos, familiares… El largo poema “Europa” del epígrafe “Días y trabajos”, que da título al libro, cobra en estos meses una actualidad humillante: en dicho poema aborda la desgarradora guerra en los Balcanes ¿acaso alguna no lo es?: hoy una nueva guerra asola el este de esa misma Europa, como una prueba más de que vivir es ver… volver. Terrible, sin duda.

La resonancia en los versos de otros autores, ideas, imágenes leídas, aprendidas, asumidas, trasladadas y recreadas para su propia vivencia se hallan en los versos. Es Cortines excelente catador y conocedor de la Literatura así, con mayúscula. Nos dice de las contradicciones de la vida, sus antítesis, sus humorismos… sin gracia alguna, que invitan a la meditación seria y profunda por el sentido de la existencia

Hallo resonancias románticas, insisto, ¿cómo escabullirse de ellas?: la vida vista desde el clasicismo, desde el romanticismo… nos invita a perspectivas de claros y oscuros, de evidencias indubitables y realidades inextricables.

De modo explícito o implícito el poeta va dejando jirones de su intimidad entre poemas y versos. Sin conocer a fondo la vida del autor, quiero escuchar resonancias, acordes de su vida pasada, recuerdos de otros momentos tamizados por la sensación fija de pérdida irreversible: “¿Y qué, pobre de mí, qué hubiera sido/sin ti, Cecilia, de celestes ojos?”.


Es en “Pasos de amor” donde el poeta desde el primer verso vuelca sus recuerdos en su esposa muerta, pero que, si fallecida, presente, inolvidable en la vida cotidiana del poeta, en su herencia de vestigios de belleza, de ternura: todos ellos muy asociados a las plantas.

Entiende el poeta, sin decirlo, que el amor es donación mutua, transformación del yo en tú, siendo el tú un yo también matizado, distintos el tú y el yo, por el amor, se funden, transforman y se elevan y con ellos la realidad y la circunstancia toda que los rodea (de veras: no es prurito pedante ni defecto profesoral, sino deleite y disfrute de aprendizajes del pasado que se rememoran también hoy: Pedro Salinas, La voz a ti debida, “Vivir en los pronombres”).

La invocación del poeta a la amada ida, muerta, no puede por menos que recordarme otras situaciones de poetas en momentos semejantes. Cortines habla con Cecilia como Machado con Leonor, por ejemplo. No quiere dejar que ella, muerta, insisto, deje de vivir, sentir, ver lo que ahora, tras su marcha, aún perdura: ¡qué resistente y terca la realidad frente a la fragilidad de la vida humana! Sin duda es hermoso que le diga el poeta que ella “iba embelleciendo cuanto te rodeaba”. Se incluyen poemas más narrativos que cuentan el proceso de la enfermedad de Cecilia.

Se siente, casi, cierto pudor al leer muchos de los versos cargados de sincera intimidad de lo que fue, y es, el delicado amor entre dos personas… Paso de puntillas por estos versos porque solo el sonido de mis pasos temo que rompa el hechizo bajo el que el poeta crea.

Hallamos la pandemia del covid, aún presente entre nosotros, en los versos de Cortines. Muestra una vez más la cara antipática y cruel de una enfermedad que no respeta vida alguna. El poeta alterna el presente irremediable y cruel, con un pasado tintado de bella ternura asociada a la infancia de Micones que rememora en quienes fueron hermanos, niños y compañeros y amigos y hoy, como el poeta, viejos por los que el tiempo pasó o incluso se llevó la muerte a la otra ribera.

Aún recuerdo la defensa de una tesis, en la que un miembro del tribunal, no dejó de comentar, solo, lo que a su juicio le faltaba a la tesis del doctorando. No comentó lo realizado e investigado por este. Así corrigen también muchos profesores: valorando lo que falta. Ya he comentado lo que el lector puede encontrar y disfrutar en el libro de Cortines, pero me va a permitir el autor que muestre mi extrañeza: en un libro de semejante hondura existencial, ante la ausencia absoluta del sustantivo Dios… Si no me equivoco, ni una sola vez el poeta hace referencia a Dios ni la trascendencia de los fallecidos va más allá de la inmanencia del recuerdo de los vivos que rememoran al ser amado muerto… Me ha extrañado.  

Disfruto y gozo de los libros de poesía que leo. No son demasiados, es cierto, pero, los que me dejan en las manos, por suerte, me elevan y mejoran. Gracias, Jacobo, por tus poemas y por darte y entregarte en ellos.

 

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