15 de octubre de 2020

475- LOS MANDAMIENTOS DE LA GRANJA ORWELIANA. ENSAYO (III de IV)

 

                                                El tirano manda según su voluntad e interés propio (…) como uno contra todos, y los todos a los que oprime son todos iguales, es decir, carecen de poder.

                                                                                                                   Hannah Arendt

Unos añitos después de la muerte de Lenin, cuando ya Stalin acaparó todo el poder de la URSS se hizo construir en 1938 una dacha en Sochi, junto al Mar Negro. Allí pasaba sus veranos: trabajaba, fumaba, pensaba… y miraba el mar… Si la busca en internet, podrá verla. Quizá le pueda sorprender a usted que esté pintada de verde… Eso era un rasgo más de la obsesión de Stalin para que pasara desapercibida desde la costa y desde el cielo… ¡por motivos de seguridad!

Llegó el día en la Granja en que el poderoso Napoleón comprendió que debía acometer una nueva táctica para mantener la unidad y sujetar y eliminar a la disidencia: la táctica del terror. Permítame que me inspire en la Wikipedia que tan a mano la tengo: La Gran Purga, conocida en la Rusia actual como Gran terror, fue el nombre dado a las campañas de represión y persecución políticas llevadas a cabo en la Unión Soviética en el final de la década de 1930. Cientos de miles de miembros del Partido Comunista Soviético, socialistas, anarquistas y opositores fueron perseguidos o vigilados por la policía; además, se llevaron a cabo juicios públicos, se envió a cientos de miles a campos de concentración del Gulag y otros fueron ejecutados.

Cuando cuatro cerdos y las tres gallinas mostraron sus discrepancias con el líder, este optó por cortar por lo sano, es decir, por el pescuezo. Cuando el sangriento desenlace terminó “los animales restantes, exceptuando los cerdos y los perros, se alejaron juntos. Estaban estremecidos y consternados. No sabían qué era más espantoso: si la traición de los animales que se conjuraron con Snowball o la cruel represión que acababan de presenciar”. Si usted leyó las entradas de este blog en las que se hacía recensión de 1984, Gorrión solitario en el tejado y Nosotros… recordará que el Sistema no permite fisuras: quien se mueve, en frase épica y lapidaria, no sale en la foto… ¡sale en la página de las esquelas! Como dice un conocido mío “el comunismo ha demostrado que en todos los países donde ha gobernado se han vulnerado todos los derechos humanos con genocidios y crímenes de todo tipo, robado, provocado golpes de Estado, guerras civiles…. No hay monstruosidad que no haya cometido”. Y no se engañe, no: el problema no está en la aplicación de los mandamientos del Viejo Mayor, sino en las premisas de las que parten estos y él: ni el hombre es bueno por naturaleza ni la lucha y eliminación del otro nos llevará a un paraíso que no está en la Tierra. El Cielo no está a este lado de la muga.

El sexto mandamiento de la Granja, “Ningún animal matará a otro animal”, había sido conculcado y transgredido con inusitada violencia: sin piedad. Y no solo eso, sino que, ante el estupor de los animales, volvieron a leerlo… ¡y había también cambiado!: “Clover pidió a Benjamín que le leyera el sexto mandamiento, y cuando Benjamín, como de costumbre, dijo que se negaba a entrometerse en esos asuntos, se fue en busca de Muriel. Muriel le leyó el Mandamiento. Decía así: «Ningún animal matará a otro animal sin motivo». Por una razón u otra, las dos últimas palabras se les habían ido de la memoria a los animales”. Una vez más los cerdos habían cambiado la letra y la interpretación de los mandamientos que fueron el fundamento de la Revolución y de la Granja Animal… El Ministerio de la Verdad –Orwell, 1984- había retocado y maquillado la historia, los datos, los detalles, ¿acaso importaba? Y todo volvía a correr a beneficio de los cerdos, de la oligarquía. Tras leer el sexto Mandamiento en neolengua los animales: “comprobaron que […] no fue violado; porque, evidentemente, hubo motivo sobrado para matar a los traidores que se coaligaron con Snowball”. Escribo y leo y no dejo de acordarme del final del pobre Boxer, siempre tan sumiso, tan leal: “«Napoleón siempre tiene razón»”, lamentable ceguera del abducido por el líder.

Cuando los desheredados y descamisados de la tierra alcanzaron a ser casta y oligarquía, aprendieron a apreciar el wiski del señor Jones, lo apetecible de sus cervezas, como ya habían aprendido a valorar lo agradable de vivir en una buena casa, dormir en mullidas camas, con sábanas y “Pasados unos cuantos días, cuando Muriel estaba leyendo los siete mandamientos, notó que había otro que los animales recordaban malamente. Ellos creían que el quinto mandamiento decía: «Ningún animal beberá alcohol», pero pasaron por alto dos palabras. Ahora el Mandamiento indicaba: «Ningún animal beberá alcohol en exceso»”.

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