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20 de julio de 2011

Alejandro Llano, “Segunda navegación”.

    Como es lógico, en la anterior entrada, me dejé en el tintero muchas de las notas que tomé de Olor a yerba seca de Alejandro Llano, pues no en vano es un libro con cierta densidad y muchas páginas. Entre otros detalles me acordaba ahora que la narración de su infancia y de su adolescencia me remitió a La vida nueva de Pedrito de Andía, pero con la densidad de lo real no edulcorado. Quede consignado, entre otras que dormirán en mis folios. Otro tanto sucede con esta Segunda navegación.
    La obra que ahora comento poco tiene que ver con el Olor a yerba, pues abandona el orden cronológico y aborda sus recuerdos más por aquello que le ocupó y le interesó, sin mucho orden, y al hilo de ello rememora hechos concretos de su biografía. Esta segunda rememoración es más una autobiografía intelectual que autobiografía a secas. En ella repasa los que han sido y son sus intereses intelectuales, académicos, personales… En todos ellos se demora capítulo a capítulo: así la reflexiona sobre la educación; sobre Fernando Inciarte, su amigo y maestro, malogrado por un cáncer; la Universidad de Navarra: gran parte de su pasión vital académica; a sus hermanos uno a uno; a sus padres; a temas que trató en su filosofía. Va y viene en el tiempo y no le importa reproducir textos anteriores…, ideas ya expuestas en Olor a yerba seca.
    En esta Segunda navegación no tiene Llano apuro para desnudar ante el lector su mundo íntimo e incluso su intimidad, superlativo de íntimo. Comenta el sentido de su celibato apostólico en su existencia; el contenido de una confesión antes de entrar en el quirófano donde le espera una operación compleja e incierta; la sima insondable de la depresión por agotamiento del 96; el amor a sus hermanos y sus padres vivos y muertos… Encontramos también al Llano que comenta sus idas y venidas en el mundo intelectual: viajes, lecturas, encuentros, sorpresas, descubrimientos, decepciones.
Fernando Inciarte

    Mientras leo pienso que una biografía concertará o no con el lector en la medida en que éste concierta con el biografiado. Me temo que difícilmente podrá soportar la lectura de esta obra quien se halle en un polo opuesto, entiendo, intelectual o espiritualmente, al de Llano. ¿Qué puede pensar el cínico agnóstico ante confesiones que el autor hace? Estoy por asegurar que sentirá el desprecio de la jactancia y considerará ridículo lo que Llano plantea y cómo lo plantea para su vida y, como mejor, para todos. Defensa de la vida, de la dignidad de las personas, del bien, preocupación por el prójimo, voluntariado, afán de servicio… todo esto quedaría expuesto a la vindicta pública para ser ridiculizado, creo, me temo. Por el contrario, sin embargo, quien sintonice con los planteamientos sociales, espirituales, intelectuales del autor verá al hombre que ha hecho de su vida una alfombra donde su afán ha sido que los demás pisen blando: sus alumnos, sus amigos, los prójimos, un mundo que puede y debe ser perfeccionado y aproximado, por la corredención pendiente, a un Dios que sobre todo es Padre.
    Treinta y cuatro años ha dedicado a la docencia universitaria Llano. Muestra el autor un concepto claro sobre qué quiso como profesor, como rector… Qué entiende por las relaciones que se establecen en el aula -¡y fuera de ella!- entre el profesor y sus alumnos… y, servidor, modestamente, con sus veintinueve años de docente, se suma a ello sin quitar ni poner un ápice.
    Vuelve a novelar como Funes el memorioso, ya lo anoté cuando hice la crítica de Olor a yerba seca. Muestra en ello el autor sus muchas lecturas noveleras, pero desluce la autobiografía. Es opinión y por tanto no respetable.
    Personalmente me resulta muy interesante esta autobiografía de sus ideas y planteamientos porque me parecen sustanciosos y sustanciales. Lo que habla de la amistad; de la lectura; la crítica a los planteamientos políticos de la derecha, la izquierda y el centro en una nación donde todo parece oscuro y arbitrario, inane…
    Añado que la prosa de Llano es amable, dúctil, novelera por momentos… Todo muy propio de la cortesía que pedía Ortega al filósofo: la claridad.
    No serán pocos quienes al juzgar el libro sientan el rencor contra la excelencia, una excelencia aún no, que todavía está en marcha, pues como dice su amigo Leonardo Polo: todo éxito es prematuro. VALE.

28 de octubre de 2017

No intente convencer a quien no se quiere convencer…


   Causa perplejidad cómo fueron posibles las multitudes nazis en la Alemania de Hitler. Millones y millones de personas quedaron obnubiladas, alucinadas, secuestradas intelectual y emocionalmente por una idea que abocaba a un desastre y una autodestrucción evidentes para quienes no es participaban de la mentira. Terminada la Segunda Guerra Mundial, la Alemania salida de esta, despierta de su infernal sopor. ¿Qué hemos hecho?, se preguntan quienes no se reconocen en lo vivido, en el destrozo y la ruina… ¿no se reconocen, no se explican… o no quieren responder por lo hecho por incomprensible que les parezca? He hablado con quienes lo vivieron y solo me dijeron que ya pasó. Millones de personas han seguido a un hombre y a sus ideas: cánticos, desfiles, banderas, risas, el Cielo en la tierra (?)... Millones de judíos han sido masacrados por una idea. Millones de judíos, incluso, han colaborado con el nazismo en su proceso de ascenso político. Muchos han sido quienes después les echaron en cara, a quienes sobrevivieron y fueron colaboradores, su cooperación absurda: ignorantes, pero necesarios para lo sucedido. ¿Cómo se explica esto? Lo hecho es irreversible. El daño irreparable. El sufrimiento incurable… ¿Dónde la justicia que recomponga esas vidas aniquiladas, esas existencias arrasadas?



  Supongo que la ceguera colectiva es fruto de decenas de causas que sociólogos y psicólogos, especialistas en estas realidades, habrán enumerado. No se dio solo en Alemania, se dio también en Italia, en Rusia, en China, hoy en Corea del norte… Sí, el miedo, los intereses creados, el “ande yo caliente…”, el yo mí me conmigo, “¿A dónde va Vicente?”,etc. Ciegos que no desean ver, sordos que no desean oír… Y afecta a millones en todos los planos de la realidad. El rey anda desnudo. La mentira campa por sus respetos. El grado de evidencia de la verdad es absoluto. La propaganda, la inmersión sin límites en la necedad, los secuestros intelectuales, el miedo, los intereses creados… no son suficientes explicaciones. ¿Por qué esas personas no perciben la verdad de las mentiras que se oyen entre nazis, estalinistas, etc.? Me viene ahora a la memoria Martín Heidegger: no era un panoli que pasaba por allí, y con él y junto a él, otros muchos intelectuales, científicos, que caen rendidos ante un tipo ridículo, de pensamiento quebrado y plagado de mentiras, ante un visionario como es Hitler. Sartre, pienso, en la Rusia de Stalin. El hombre es animal gregario que gusta, como la oveja y el palomo, de ir juntito con sus convecinos. El cobijo bajo una bandera da, por lo visto, mucho calor y más aún si esa bandera nos distingue del otro, nos individualiza, nos singulariza… ¡eso alimenta mucho!
    

     No comparo porque no hay comparación, pero usted lo ha comprendido. Eso es…



               

31 de enero de 2018

Tres tristes gatitos que también son tigres...

                ¡¡QUERIDO charlie…!!

¡Qué de tiempo sin escribirte, satélite! Si lo hago ahora no es porque haya novedades reseñables, sino una conjunción de realidades que me dan que pensar y que penar, que por todo se andorrea en esta vida.



Junto a varios comentarios de libros que saco de aquí y de allá, textos de libros distantes, de artículos distintos, de donde puedo. Antes, ¿recuerdas?, cualquier cita sabía de dónde la había sacado, de qué obra venía, dónde refrescarla, pero ahora, si no me voy al cajón donde se guarda todo aquello que me agrada -no aquello que brilla, que es despojo de urraca- no lo encontraría.

Leo y enlazo a sabiendas de que duo si idem dicunt, non est idem, pero igual… son primos. Mi amigo Epicteto -así lo escribe Hadot, y yo lo imito- afirma que no nos hacen sufrir las cosas, sino lo que pensamos de ellas, la impresión que nos producen, lo que viene a ser tanto como decían los fenomenólogos… No importan los hechos, sino la interpretación que hacemos de ellos… Se puede interpretar de muchos modos: todo es relativo al cristal con que se mira, ya ves, charlie, puro relativismo. Si te dan un estacazo en el alma, ¡que no digo en la cabeza!, lo que importa es cómo tú lo interpretas, cómo tú lo acoges… y no el estacazo en sí.



Hay autores, escritores, personas que están tras esos oficios, políticos, profesores, tenderos…, personas… que nos impresionan de un modo amable o detestable, de manera atractiva o repulsiva… En esto influye lo que nos cuentan de ellos, lo que nos dice la prensa, las críticas y por eso andaba don Miguel de Unamuno con aquello suyo de quién era él, si quien él creía ser, o quien los demás creían que era o quien Dios veía que… ¡ya sabes que la soberbia es muy enredosa, demoníaca y escandalosa! Lee este texto y me dices.

Donde la mujer suele estar, como en España […], en su puesto, es decir, en su casa, cerca del fogón y consagrada al cuidado de sus hijos, es ella la que casi siempre domina, hasta imprimir el sello de su voluntad a la sociedad entera. El verdadero problema es allí el de la emancipación de los varones, sometidos a un régimen maternal demasiado rígido. La mujer perfectamente abacia en la vida pública, es voz cantante y voto decisivo en todo lo demás. Si unas cuantas viragos del sufragismo, que no faltan en ningún país, consiguiesen en España de la frivolidad masculina la concesión del voto a la mujer, las mujeres propiamente dichas votarían contra el voto; quiero decir que enterrarían en las urnas el régimen político que, imprudentemente, les concedió un derecho a que ellas no aspiraban. Esto sería lo inmediato. Si, más tarde, observásemos que la mujer deseaba, en efecto intervenir en la vida política, y que pedía el voto, sabiendo lo que pedía, entonces podríamos asegurar que el matriarcado español comenzaba a perder su fuerza y que el varón tiraba de la mujer más que la mujer del varón. Esto sería entre nosotros profundamente revolucionario. Pero es peligro demasiado remoto para que pueda todavía preocuparnos.
Y del mismo autor:
Mi maestro, sin embargo, la hizo suya en su Política de Satanás, donde se leen estas palabras: «Conviene que la mujer permanezca abacia, carente de voz y voto en la vida pública no solo porque la política sea, como algunos pensamos, actividad esencialmente varonil, sino porque la influencia política de la mujer convertiría muy en breve el gobierno de los viejos, en el gobierno de las viejas, en el gobierno de las brujas. Y esto es lo que conviene evitar».
Pupila, charlie, que no te la cuele. Lee con atención lo escrito por el machista, fascista, homófobo, denunciable… porque el texto, admírate, es de nuestro don Antonio Machado…Si te hablo de nuestro Machado todo es miel sobre hojuelas… Todo te cae bien, nada de lo suyo te hace daño, innecesarios los antiácidos estomacales porque no hay reflujo ni pesadez, pero el texto… ¡que por supuesto es salvable por quien quiera salvarlo!, me temo que tiene poco por donde cogerlo, y menos aún por ciertos sectores sociales.

Otro texto para que te apliques… Hace unos días, los defensores de la homosexualidad militante, quienes desean imponerla como la “mili”, como medio democrático de uniformar y rozarse con todas las clases sociales, sexos, etc., andaban dando loas y parabienes por una escritora a quien pertenece el texto que a continuación se sigue:

En el camino de sirga encontramos una larga fila de imbéciles & tuvimos que pasar junto a ellos. El que iba en cabeza era un joven muy alto, lo bastante raro para mirado dos veces, pero nada más; el segundo arrastraba los pies & miró para otro lado; & luego uno se daba cuenta de que en esa larga fila todos eran criaturas idiotas, abatidas e inútiles que arrastraban los pies, y que ninguno tenía frente ni mentón & sí una sonrisa imbécil o una mirada suspicaz, como de loco. Era absolutamente horroroso. No hay duda que habría que matarlos.

Casi nada lo del ojo, que dirías tú… ¡y lo llevaba envuelto en un pañuelo!: “No hay duda que habría que matarlos”. Esto lo escribió una dulce y culta señorita, feminista, y delicada como una mariposilla del atardecer, amores libres y aristocráticos, y homosexuales, que se suicidó el 28 de marzo de 1940. Lo arriba reproducido lo escribió un 9 de enero de 1915. Su nombre Virginia Woolf…, la autora de Orlando, Al faro, Las olas, obras todas que hemos leído…



Te lo tengo repetido, charlie, la casualidad no existe. Cualquiera diría que el texto de arriba estaba escrito por el tío alemán del bigotín… Como el que sigue:

        Había que «introducir [la eugenesia] en la conciencia de las naciones como una nueva religión», y garantizar que «la humanidad esté representada por las razas más aptas. Lo que la naturaleza hace a ciegas, despacio y de un modo implacable, que el hombre lo haga con prudencia, deprisa y con bondad».

Este texto es de un pariente, sobrino creo, de Darwin, un aristócrata inglés llamado Francis Galton… ¡Ay, guacharro, que por el hilo sale el ovillo! Selecciona la Naturaleza a los mejores y nosotros, los mejores, le ayudamos seleccionando como Galton, como Virginia Woolf, y así, con bondad, eso sí: despachamos seis millones de judíos como quien hace una barbacoa. Y la llamada solución final para los judíos, el Holocausto, leo en otro texto (¡no dirás que no te doy noticias! ¡No te lo pierdas, charlie!) tiene su clave para comprenderlo “en la forma en que las diversas instituciones y los funcionarios del Tercer Reich interpretaron y pusieron en práctica los vagos designios de Hitler de «deshacerse de los judíos»”. Lo dicho que unos pasaban por allí, otro añadió la pólvora, el otro la mecha, la metralla no se sabe quién la puso y ahí tienes, ya ves: seis millones de judíos, ochocientos mil gitanos... ¡Pura casualidad, charlie!


Me enfada, charlie, no verme de cuerpo entero: mirarme solo lo bueno, exaltar parte y silenciar otra… Me cabrean las impertinencias intelectuales. No me importa pedir perdón, y de corazón lo hago, si me equivoqué, pero no me gusta que quienes pasan de  matute por intelectuales, por angelitos sociales, por gente de bien…, ¡cuando en absoluto lo son!, me quieran tomar la coleta. Una interpretación errónea de la antropología da lugar a estas casualidades que pasan facturas impagables, que hacen fracturas eternas… Me molestan quienes actúan por rencor contra la excelencia y quieren poner en no sé qué altares a quienes merecen un pasar… del montón, tirando a mediocre.

19 de febrero de 2012

HORRORIZADO, oiga, ¿para usted tampoco me explico?

          El hecho es real y a ella pongo por testigo.
         — He leído, profesor, su blog… -me dice una alumna de 1º de bachillerato.
         — ¿Ah, sí? –me sorprendo-. ¿Y qué tal?
         — No lo entiendo –es buena alumna, es inteligente.
         — ¿Cómo que no lo entiendes?... ¿Qué no entiendes?
         — Lo que escribe… No lo entiendo.
         Me quedo catatónico, ecolálico, autista, pétreo, silente, aliquebrado, suspenso… ¿Se puede saber para quién escribo? Mi cuñado, ingeniero, me dice que no me comprende: “escribes para intelectuales” o algo así me dijo. Esta alumna 17 años… ¡tampoco me entiende! ¿Con quién me comunico yo? ¿Se puede saber qué es lo que escribo para que no me comprendan…?
         Con ser ello grave, ¡¡más grave aún!!: Si no me comprende mi alumna cuando escribo en el blog…, ¿me comprenderá cuando explico en el aula el sentido de una comparación y un paralelismo en un poema de quien sea?
         Llevo años, en serio, en los que, en serio, les pregunto e insisto a mis alumnos, muchas veces, en serio: ¿Me explico? ¿Vosotros me entendéis? Añado. Si esto no fuera muy grave… ¡¡¡Más grave aún!!!: Si esto ocurre con los chicos de 1º de bachillerato… ¿qué no podrá ocurrir con los pequeñajos que soportan, aguantan, padecen, mis clases? ¡¡Qué horror!!

* * *

         Y en medio de todo esto se presenta la verdadera muerte en casa del amigo verdadero, en la persona de su madre. Tras ella viene la enfermedad implacable del padre del amigo, hospitalizado, grave.
         Las realidades últimas, las grandes preguntas se sobreponen a los pequeños contratiempos, a los jugueteos quebradizos de la existencia, al ditirambo agudo, a lo contingente.
         La muerte, la enfermedad amenazantes… El para siempre real, incomprensible…

16 de junio de 2015

Stanley G. Payne, Palacios Jesús: UNA BIOGRAFÍA PERSONAL Y POLÍTICA. FRANCO (III de VI)



         Siempre fue Franco hombre afortunado: tuvo suerte, baraka, lo llaman en el libro y decían amigos y enemigos. Baraka es palabra de origen semítico que significa ‘bendición’, ‘suerte’. Eso mismo que tantas veces lo oí decir para Franco en un sentido negativo: “Fue un tonto con suerte”, lo oí en sentido positivo para ¡Barak! Obama, para Felipe González Márquez y para Rodríguez Zapatero, quien es posible que la tuviera y no destacó nunca por sus dotes y capacidades intelectuales… Quiero decir, que no es justo que se cuelgue el sambenito a unos y a otros no, pues, contra el refrán, quien la lleva no sabe siempre por dónde hila… Con baraka o sin ella destacó como soldado al frente de las tropas con las que luchó en África. Fue un oficial muy recto con sus hombres, exigente con ellos y no consintió nunca ni la más mínima indisciplina ni la menor trapisonda o chalaneo en el abastecimiento de sus soldados, fuera en el material militar, en la comida, o en el descanso, cosa que siempre le reconocieron las tropas subordinadas a él.

         Fue herido y condecorado; fue el general más joven de Europa… y no era un genio: lo más que llegó a mandar fue un regimiento, pero es cierto que era el general más joven y más prestigioso del ejército español, que tampoco era precisamente un dechado de ejército ni nada parecido, si lo comparamos con los ejércitos europeos de la época.

         Sabía yo de su distanciamiento de la política. Militar criado y crecido bajo la monarquía, Franco admiró siempre a doña María Victoria Eugenia, la reina madre (parece que también con don), pero no así ni tanto a su esposo, Alfonso XIII ni a su hijo Juan, también conocido como don Juan.

         Las relaciones con este merecen párrafo aparte. Su mal entendimiento lo conocía servidor por otras lecturas, pero lo que no sabía –nunca he leído biografía, ni me parece excesivamente interesante, sobre don Juan- es que este era hombre sumamente influenciable. El consejo asesor tenía un peso tremendo sobre este Borbón poco inteligente y distanciado de España que la amaría mucho, nada que discutir, ni medida con que medir, pero que se me antoja, por lo aquí escrito, bastante bobalicón y simple. Hasta el mismo Juan Carlos mozo se asombra al conocer a Franco, pues pensaba, por lo oído en la corte de Estoril (el ordenador autocorrige corte de Estéril: lo que tiene su gracia y su sabor), en casa de su papá, algo bien distinto del Franco que conoció y con quien trató y con quien, dicho sea de paso, yo pensé, no siendo así, que tuvo más trato del que realmente tuvieron el joven Borbón y el viejo General. Se ve que Franco estuvo, digamos, en una posición distante y solo queriendo tener bien sujeta la formación del futuro rey de España (aun cuando ni siquiera estaba absolutamente cerrada “su sucesión”) y poco más: no quiso influir en el joven que llegó de Portugal, etc., que también es esa otra historia ya próxima a cerrarse y que no me interesa demasiado ahora.



11 de abril de 2013

Dan Ariely: POR QUÉ MENTIMOS y decimos necedades (y III)



El Opus Dei nació en 1928: parece que san Pedro de Alcántara tampoco era miembro de esta institución.

      Escribía Ortega que todo intelectual ante un problema que plantea aporta una solución al menos. Así pues, llegado a este punto, el último capítulo, como aparente intelectual, Ariely se pregunta cuál es la solución para este problema de la deshonestidad, la mentira, etc.: “¿qué hemos de hacer?”… y da a luz, nuestro hombre, un ratoncillo vergonzante y vergonzoso.

         Ya nos advirtió páginas antes que las leyes de transparencia no sirven para nada. (Por cierto, entonces ¿la que se está elaborando en España sirve para eso mismo, es decir, ¡para nada!? ¿Están los políticos españoles haciendo de nuevo el gamba, la ley y la trampa?). Así pues, de transparencia nada de nada.

         No deseo desviarme. Un investigador aparentemente tan importante en todo el mundo como Dan Ariely no se puede permitir el aserto de que es bueno que se hable de uno, aunque sea mal. Un error en su investigación al final podría echar por tierra todo cuanto afirmó antes. Si miente en una realidad, si hay una realidad que explica erróneamente “¿por qué no pueden ser falsas o erróneas el resto de sus investigaciones, sus posibles conclusiones?”, me puedo preguntar. ¿Cómo es posible que haga unos comentarios tan necios a la solución de la mentira? ¿Cómo es posible que un señor tan culto (?) e importante, se supone, se tome a la ligera el sacramento de la confesión y lo compare con el ramadán, que bien pudo hacerlo con la Cuaresma –que ignoro si sabe qué es-, también próxima al Yom Kippur que también cita? ¡Puestos a decir necedades!

         No contento con esto dedica casi dos páginas a hablar de las disciplinas (palabra que no saber usar, pero que existe en inglés: disciplines) que usan los miembros del Opus Dei al que califica de secta… ¿Un sociólogo, profesor de Universidad, es capaz de escribir esto? ¿De veras cree que la solución a la mentira es la mortificación?..., (palabra que por supuesto tampoco nombra, porque ignora el sentido que tiene…). Seguro que no escribe esto el doctor Ariely como una mentira. No es una trola que sa cuajao. Seguro, incluso, que no hay mala voluntad, lo que en un investigador de su nivel es más grave aún pues hay desidia, pereza, ignorancia irrespetuosa por pública y unas necedades muy propias de un mermado.

         De haberse molestado, de haber sido diligente, que no perezoso, podría haber encontrado en Internet toda la información que necesitaba, sin investigación, sin gastar un dólar y sin quedar y ponerse en ridículo por explicación larga, equivocada y mentirosa sobre una realidad importante para concluir su obra sobre la mentira. Servidor, sin colaboradores, pero con la Wikipedia le puedo cortar y pegar que: «Adolphe Tanquerey define la mortificación como "la lucha contra las malas inclinaciones para someterse a la voluntad y esta a Dios." Esta práctica pertenece al patrimonio espiritual de la Iglesia: Francisco de Asís, San Benito, Tomás Moro, Pablo VI, Madre Teresa de Calcuta, hermana Lucia de Fátima y el teólogo suizo y ex-jesuita Hans Urs von Balthasar, son algunos dentro los muchos monjes, religiosos y laicos que la practicaron y todavía la practican con sentido cristiano»". Ninguno de los citados, por cierto, es del Opus Dei; fue un práctica frecuente en la ascétic precristiana en diversas escuelas filosóficas.

         Ignoro si Ariely sabe quién es Cristo y de sus cuarenta días de ayuno en el desierto, de lo que significa su vida, su muerte en la cruz y su resurrección; o san Pablo, discípulo de este, y lo que escribió sobre la mortificación..., ambos de la misma raza que Ariely, judíos. Después de los disparates leídos hay que andarse con pies de plomo intelectuales. Tampoco estoy seguro de que sepa que hay un nuevo Papa, y estoy absolutamente seguro de que no habrá leído el libro El jesuita donde el entonces cardenal Bergoglio explica el sentido cristiano del sufrimiento, del dolor, de la mortificación, etc. Tema inagotable en la ascética tanto cristiana como, insisto, precristiana (v. Pierre Hadot), ¿sabrá Ariely que es el Antiguo Testamento y los ayunos del pueblo judío?

         Le escribí a Ariely para darle y pedirle explicaciones sobre estas necedades de su escrito. No me contestó: solo las personas de mucho nivel intelectual, humano, espiritual, etc. contestan siempre (es la tesis de Dani Arias de Saavedra y lo tengo comprobado desde que yo era un niño y le escribía a personas de ese perfil). Aún está a tiempo, señor Ariely.

         La solución, señor profesor, a cualquier vicio no es sino la virtud. Hay que alejarse de la peste del relativismo y de quienes confunden las almorranas con las témporas, la virtud con los vicios, los vicios con valores y de quienes so capa de ciencia dicen y escriben estupideces.

         Lástima de libro malogrado al final…

12 de marzo de 2014

Marina, José Antonio, Las culturas fracasadas





              Creo que el primer libro que leí de José Antonio Marina fue Elogio y refutación del ingenio…, hablo de memoria. Desde aquella obra hasta hoy he leído muchísimas y la mayoría las tengo en casa. Me hice devoto lector de sus artículos en ABC, junto a él, en la otra página, en la vecina, escribía Adela Cortina (a esta también le leí algún libro, pero me era más sugerente Marina, ¡vaya por Dios con las rimas!: Cortina, Marina, vecina…). Le escribí alguna vez, alguna vez hablé con él. Reconozco que me asombraba la cantidad de información que manejaba. Sus imágenes explicativas, propias o ajenas, propiciadas por su profesión, como ya comentara Ortega, me ilustraban: era la metáfora en las manos del maestro. Mas es cierto que desde hace ya bastantes títulos no logra engancharme en el carro del asombro. Es como si le hubiéramos perdido él y yo el tranquillo… y nos costase más hablarnos: me he quedado con el caballo de cartón del retratista, con la pata levantada y sin dar el paso.
               He leído decenas de libros de RAMÓN y creo que no sabría muy bien qué decir de sus novelas y de sus mixtificaciones, ensayos, biografías… ¡de sus obras!: de su Circo o de su Piso bajo, o de La mujer de ámbar, o de miles de greguerías, o de sus biografías, de El caballero del hongo gris, de La quinta de Palmira, El torero Caracho, El incongruente, Cartas a mí mismo, Cartas a las golondrinas… El ramonismo es un estilo conformado con la sangre de RAMÓN y su inagotable creatividad que termina por llevar agotado al lector que va, a matacaballo, tras sus párrafos y sus imágenes, tras sus greguerías en rosario, enristradas. Casi imposible decir por dónde va El rastro.
               Algo así creo que me está pasando con el marinismo… con ese estilo del que él mismo se confiesa en esta obra: “Las múltiples referencias históricas, culturales de este libro, la acumulación de datos y testimonios, no es presunción erudita, sino transcripción abreviada de esa universal sesión de creatividad” (p. 612). Dicho queda. Llega un momento en que, en la obras de Marina, son tan sugerentes las ideas seleccionadas, tan continuas, tan de síntesis de otras obras que en cada renglón nos tropezamos con tal cúmulo de aforismos, de ideas nucleares… que no da la lectura para comprender su alcance, para pensarlas, meditarlas… y termina uno por padecer un atracón de sobreinformación paralizante.
               Tiene Marina una valentía intelectual singular porque tengo la convicción de que no se arredra ante los retos que se propone, o que se tropieza. Se ocupa de vericuetos existenciales, vitales, sociales… que son muy interesantes para los lectores, pero echo en falta una mayor calma (¿existía realmente en sus primeros libros y en sus artículos o es un mero recuerdo errado y mío? Tendría que comprobarlo y ahora carezco de tiempo para ello). Me gustaría leer más de su cosecha, que cesase su recolección de perlas en las obras de otros autores y que estirase sus propias proposiciones sin tener que andar de continuo colgado en la autoridad de otros, siguiendo las pistas de otros… No hay por qué ocultar las fuentes en que se bebe: de leales y bien nacidos es ser agradecidos, pero me gustaría, como escribo, hallar un pensamiento más pausado, más moroso, ideas que ayudaran a mejor meditar al lector, sin tenerlo acribillado, fusiladito a ideas sustanciales que pasan por la ventanilla del tren de la lectura sin apenas ser entrevistas.
               Tomo nota de obras que cita, de autores que se me antojan interesantes y que anoto. Anoto páginas e ideas: procuro estar alerta con mi folio y lápiz en ristre. Recopilo ideas para buscarles un mejor acomodo en las estanterías intelectuales de que dispongo. Leo con esmero las notas finales y el comentario de la bibliografía y su camino recorrido.
               También felicito a Marina –y con él me felicito, y a quienes lo disfrutamos- porque sus iniciativas son muy poco españolas. Decía Julián Marías que el español tiende a preguntarse qué va a pasar y rara vez se apunta al qué voy a hacer. Marina no pertenece a esa estirpe: es hombre de acción que ante el problema no busca ni responsables, ni culpables, ni se ve acogotado…, sino que negocia, investiga y escudriña posibles soluciones. Magnánima postura a la que, con mis posibilidades, me sumo.
               Aún me quedan dos títulos suyos sin leer en las estanterías. Libros de repescas y otras noticias: vamos a verlos.
               Leo el libro de hoy a la par que el proceso llamado de la Restauración que se produjo en España, allá entre 1874 y el 31, opiniones aparte. Leo Las culturas fracasadas. El talento y la estupidez de las sociedades a la par que sigo leyendo una excelente biografía sobre Maura (pronto espero poder ocuparme de ella aquí): tengo la sensación de que una España fracasada, atorada, atrapada, enfangada se regodea en su fracaso, diciendo desear salir del lodazal… sin hacerlo. Ni sabe ni puede: la pobreza de quien dirige y la indolencia indócil de quien debiera ayudar la lastran. Leo del fracaso de parte sustancial de mi cultura… mientras leo en los periódicos de hoy las noticias. Y hago un balance que me entristece. Esta sociedad no ha generado cauces claros, diáfanos, para que el ciudadano de a pie pueda llegar a los centros tangibles de poder…
               Quizá, como siempre pensé, como en la educación, como en la vida… sumar +1 es siempre mejor que no sumarlo, siempre es preferible encender una cerilla en la oscuridad que no disponer de ella y siempre será mejor entrar en el juego ineludible, por muy malas que sean las cartas recibidas… que no entrar, intentarlo, porque peor sería ser echado de la mesa… sin intentarlo siquiera. Que por mí no quede, que decía el otro.

14 de marzo de 2017

277-CHARLIE-SALIDA- Y de júbilo grita el jubilado.

Adiós, buen viaje... 

                                          A don Enrique Vílchez Sánchez.

            Mi querido charlie:

      Te repito la vieja anécdota de Borges. La he contado tantas veces que ya no sé si ocurrió exactamente como la refiero, pero así la recuerdo. Le hacían al escritor, ya ciego, una entrevista y le hablaban de su muerte, no sé si del temor a ella, de cómo le gustaría morir, etc. y Borges contestó que lo único que pedía era morir en España porque “en España es donde mejor entierran”. La convicción de Borges entronca directamente con ese defecto tan español, especialmente señalado por Unamuno, como es la envidia. El pecado capital por excelencia de los españoles, decían y dicen, es ese: la envidia…, y esta solo cesa y deja descansar al envidioso cuando muere el envidiado: ¡gloria, loa, enaltecimiento, aclamación y elogio para quien muerto ya no hace sombra! ¡Qué paz trae la muerte del envidiado al envidioso! Ambos descansan en paz y es por ello que enterramos en España qué da gloria vernos…
     Pues no es el caso… Con la seguridad que me dan los diccionarios -que no siempre Internet, a veces tan marrullero-, me asesoro para pisar voquibles que no me enchortalen. El verbo ‘jubilar’, pronominal e intransitivo, según Corominas y Pascual (por vía de Julio Cejador, que nos lleva a Nebrija), nos indica que jubilar aparece primeramente en el sentido secundario de ‘alcanzar la jubilación’: «jubilado, suelto de trabajo: emeritus; jubilar, suelto ser assíy» (Nebr.), es decir: no se trata tanto de su primera acepción del verbo latino iubilāre,  ‘lanzar gritos de júbilo’, si bien camino de eso voy. Por influencia de  jubileo, festividad celebrada cada 50 años, los mismos tras lo que se concedía antiguamente la jubilación. Resumiendo: que a los 50 años no sé si de declaraciones al  fisco, Ministerio de Hacienda de la época, entiendo, de los Reyes Católicos, se jubilaban los parias o con cumplir 50 ya se podía dar de mano… (¿alguien que lo aclare? A lo mejor el mismo don Enrique Vílchez). No les quepa duda de que fuera como fuese 50 años de la época debían ser un renglón a tener en cuenta.
        Cuando veas las barbas de tu vecino… y eso ha ocurrido con mi colega y, sin embargo, compañero y amigo Enrique Vílchez Sánchez… que se ha repelado las barbas y se ha jubilado. Por no estar presente en ese momento, cosas de la cirugía, no sé si dio gritos o no de alegría. Sé que se largó. Que se fue como tantos otros educadores y enseñantes he visto irse. Sacudirse los zapatos a la puerta del Centro, y no volver la mirada atrás, eso lo sé de largo.
        Si yo fuera encargado mínimo de responsabilidad en el ramo, en la enseñanza primaria y secundaria (de lo que Dios me libra), más allá de la provincia, más allá de los comisarios, me preguntaría que tiene mi área, mi servicio, la educación, que todo aquel que cumple los 60 años coge la de Villa Diego y toma por la tiesa y, sin volver la vista atrás, ¡ni se despide! ¿Qué tiene mi empresa, mi negocio, mi servicio que nadie quiere permanecer en él? Personas válidas para enseñar y educar, con plenas capacidades físicas, mentales e intelectuales, con prestigio, con empeño en su profesión y oficio durante años, con interés, con conocimiento sobradamente demostrado de su materia… ¡se largan en el minuto cero tras cumplir los 60 años! Los chicos jóvenes emigran al extranjero porque no hallan trabajo, capital humano perdido, gente con cierta formación, ¡pero en formación!…, pero ¿y estos profesores ya formados, capaces, habiendo demostrado sus cualidades, sus talentos, su competencia…, por qué no se les incentiva, por qué no se quieren quedar, por qué huyen como alma santa que vio al diablo o como el diablo huye  del agua bendita?
        Solo permanecen en el puesto aquellos que cobran mucho más en activo que jubilados. El motivo es económico y laboral: por sus cargos y encargos dan pocas horas de clase y cobran mucho. ¿Por qué no se jubilan los profesores universitarios a los 60 años -si es que pudieren que no lo sé-? ¿Por qué directores de centros de primaria y secundaria no se jubilan a los 60? No me digan que es por amor a la educación, a la materia que imparten… y al bien común y a esa entidad llamada Humanidad o gente, que me derrito en la melcocha. Dejemos el traje de luces del cinismo para otras parroquias.
       Es una lástima que mi amigo Enrique Vílchez se haya jubilado hace unos días y en él hago modelo de otros muchos, mucho antes… que se fueron, muchos que se irán sin que nadie se apene ni mueva un músculo por no perder esos tesoros de profesores, esos auténticos capitales. Cierto que algunos, como don Guido y el  maestro Ciruela, bien idos están y otros, que aún quedan, tanta paz se lleven como dejan, pero ¡¡el buen profesor, el que sabe educar, enseñar, ocuparse, preocuparse…!!: ¡una lástima que se vaya a ese país, llamado Jubilandia, del que, segurísimo, nunca volverá!

       Buen viaje.


       Tucho Castelo.

29 de marzo de 2016

CHARLIE-SALIDA-49. La escuela ANTES y AHORA: De la PRIMARIA AL BUP. (I de II)


                Se debe entender por antes todo momento previo al de pronunciar esa palabra, es decir: desde ahora, que ya es antes… Por tanto, pensemos el presente en sentido amplio: el llamado presente actual (quien quiera aprender más sobre él puede dirigirse a la Gramática descriptiva de Bosque y Demonte, en el índice temático se les dará razón). En fin, y ya puestos a decir: por esto mismo no existe el presente en el hebreo bíblico, tiempo exclusivo de quien vive en él, que es Dios. Para facilitar la comprensión de mi explicación, voy a delimitar el antes y el ahora, en función de lo que ha sido mi vida de relación con la escuela; ya más de medio siglo de trato entre ella y yo… ¡unas bodas de oro bien cumplidas!
      Haré un cuadro esquemático, personal, opinable, acientífico, informal e intuitivo. Más adelante, si viene al caso, algunos de los extremos aquí comentados de paso es posible que los trate en algunas entradas particulares, más detalladas. Dios dirá.

       Hubo un antes allá por los años 60, cuando empecé en la escuela como alumno. Es en mi recuerdo una escuela en blanco y negro: con más negro que blanco. Cierto que asistía -quienes me conocen lo saben- a una peculiar escuela privada, de difícil acceso, donde la letra con sangre entraba -¡y vaya si entraba!-, se escribía con plumín -las letras tenían finos y gruesos-, estaba prohibido el bolígrafo (el profesor los rompía, si se los veía a los alumnos); el castigo, que no la corrección, era el aire nuestro de cada día; no se hablaba en el aula entre los alumnos nun-ca (y nunca es NUNCA); se daban las lecciones de la Álvarez de memoria -incluido el recuerda-; se dictaba de la ortografía de Bustos; se usaba el pizarrín de tiza para las cuentas… o unos cuadernos especiales, cortados, etc. Caín siempre mataba a Abel con una “quijada de burro” (que, pensaba yo, que ya hay que tener mala estrella para que diera mi hombre con semejante arma homicida, ¡qué cosas! No obstante, al no ser la quijada una verdad bíblica, no hay por qué ocuparse). En aquella época, se solía merendar pan con aceite, azúcar y chocolate.

       En este antes íbamos a la escuela cuatro pitos y un tambor. Muchas de las escuelas aún eran unitarias (quien no sepa lo que es que lo busque en la red). Los niños la abandonaban pronto, y las niñas antes, para entrar de aprendices en los mil oficios que entonces había y empezaban una larga y dura carrera laboral. Seguir en la escuela, hacer el ingreso en el instituto… era signo de capacidades: económicas e intelectuales. Se continuaban estudios si los papás tenían cuartos o con becas que las había para los mejores: insisto para los mejores, para aquellos que obtenían buenas calificaciones, fruto de sus aptitudes y sus actitudes: su trabajo y su esfuerzo, etc.

     En mi ciudad, que entonces no tendría cien mil habitantes, había tres institutos: uno masculino, uno femenino y un instituto de maestría, y quiero recordar que una escuela de artes y oficios, así llamada. Escribo de memoria, que esto no una historia de la escuela en la España de tardofranquismo en mi pueblo. A esta escasa oferta escolar se sumaban dos colegios privados de monjas (en uno de ellos fui párvulo), un tercero de un instituto secular y otro, también privado, de religiosos para varones.

       A los 13 o 14 años, cuando se nos permitió entrar en el instituto, pues la Ley de Villar Palasí nos paró en la puerta a los 10, se hizo una división inolvidable y sin verdaderos fundamentos (de trágicas y trascendentes consecuencias, pienso). Se suponía que los alumnos valiosos estudiarían BUP y a quienes parecían tener menos capacidades los enviaban a la llamada FP (esta ya nunca levantó cabeza y la formación profesional se fue llenando de alumnos que anhelaban trabaja que no estudiar, a quienes les obligaban a ello, porque para aprobar había que hacerlo… y así esa potencial salida académica con puerta profesional se convirtió en un chortal pantanoso. Quedó la FP estigmatizada desde su nacimiento: ni alcanzó sus metas en general ni vino a llenar un hueco tan preciado y valioso como era una verdadera y auténtica formación profesional).

     Los cursos en el instituto eran numerosísimos (hasta ocho por nivel). Las aulas, llenas hasta la puerta. Los profesores, que se me antojaban viejísimos, estaban sobre un estrado, que les permitía vernos mejor, y nosotros a ellos, y lo que pudieran explicar en la pizarra. Los profesores no se sabían los nombres de los alumnos, si acaso el apellido de algunos. Las clases eran de las llamadas tradicionales: ellos explicaban, o leíamos los temas en clase, algunos se levantaban y escribían en la pizarra (Lengua, Inglés, Ciencias, Dibujo…) y los alumnos callábamos durante horas. La mayoría de los profesores entraban, se sentaban, explicaban, se levantaban y se largaban. Punto y seguido. Había clases por la mañana y por la tarde (de 16:00 a 19:00, que salíamos en invierno más de noche que un cerrojo). Y en el primer curso de instituto, de 42 alumnos, solo suspendió uno, salvo que la memoria me falle.

    Así rodó aquello. Se nos juntaron en los niveles siguientes los naufragios del viejo bachillerato que habían repetido y empezamos a tener algunos repetidores en los cursos, pero no muchos. Seguían estando las aulas igualmente cargadas de alumnos. Los profesores no andaban pidiendo silencio ni tenían que levantar la voz: en el aula la norma entre el alumnado era estar en silencio. Se levantaba la mano para pedir hablar; se hablaba de usted a los profesores (y a los camareros y a los limpiabotas: era un detalle deferente y necesario de educación y respeto). No se entraba en el aula una vez que el profesor estaba ya en ella. Las puertas de la calle del instituto estaban abiertas. Se pasaba lista al comienzo de las clases y eran raros y concretos los casos de quienes faltaban en algunas horas, y no recuerdo hablar oído hablar nunca de absentismo. Tampoco recuerdo caso de indisciplina, pero sí algunas travesuras graciosas que no vienen al caso. Solo recuerdo una falta de respeto en los cuatro años de instituto a una profesora (quizá porque la cometí yo, estando ya en COU). La indisciplina o las llamadas disrupciones eran anormales, salvo algunas acciones señaladas -eran los años de la transición- que no vienen muy al caso en detalle: una huelga pidiendo que se pudiera pasar de 3º de BUP a COU con asignaturas suspensas… y algún otro asunto así, generalizado en el instituto y acordado con el otro instituto e instigado por universitarios, etc.



      Resumiendo: la población estudiantil en general era escasa, como el número de centros. Los alumnos por norma estaban seleccionados. Los cursos tenían muchos estudiantes, alrededor de 40. La disciplina en las aulas no era cuartelera, pero existía. La distancia era abismal, como norma, entre el profesor y el alumno. Escasísima la relación de los padres de los alumnos con el profesorado, incluido el tutor. Este se limitaba a pasar las notas al boletín, rellenado a mano, y a entregar las notas a los alumnos: nunca a los padres que, como grupo, no asistían, que yo recuerde, a los centros. Los niños con los niños y las niñas… con ellas durante las clases (el mundo, ya llevaba tiempo, que yo recordase, siendo mixto y nos veíamos en las calles, los parques, etc.: no había más traumas que ahora). La inmensa mayoría de los alumnos del instituto de aquellos años somos universitarios. Por ahí están los datos.

13 de mayo de 2018

310-CHARLIE-SALIDA-¡Póngame una de eutanasia para este, por favor!


Querido charlie:

No olvido el comentario de Delibes al tipo rico aquel que, tras un viaje por la Rusia de la miseria, decía que allí se vivía bien, y era cierto, venía a decir don Miguel: los ricos viven bien en cualquier parte. Esta versión es idéntica a la de nuestro amigo Manolo: un “todoterreno” es un billete de 500€ porque eso anda por donde lo pongas… ¡cómo son los ricos, charlie, coño!

Me dicen, y he visto de pasada, y no le he prestado mucha atención porque me temo dónde va a terminar esto, que se anda hablando en España de la eutanasia: no quieras convencer a quien no quiere ser convencido. Supongo que los intereses que hay detrás de este asunto son los de siempre: el demonio, cuando se aburre, mata moscas con el rabo… Y se aducirá que es un problema de elección personal y, por tanto, de libertad (?) y todo ello cubrirá las vergüenzas de una carga de viejos que pronto vamos siendo y que no hay erario que lo cubra. Se dijo que no íbamos a caber en el mundo y se cortó la natalidad por todos los medios, sin importar si éticos o no: porque siempre menos tocamos a más; ahora resulta que el número de viejos reventamos las estadísticas (especialmente en España)… Uno, que no se chupa ya el dedo, ve detrás de todos estos efectos, te lo tengo dicho, charlie, y piensa que hay “intereses creados” y quienes pueden aumentar esos intereses son quienes los tienen y que, al final, son los poderosos y los ricos, porque los pobres, con dejarnos caer muertos donde estamos, cumplimos; y no tenemos intereses que guardar en la manta llena de chinches.

El horror del holocausto nazi no fue una ocurrencia repentina… ¡no, tú lo sabes, charlie! Aquel efecto era la suma de muchos poquitos que terminaron armándola bien gorda. Se comenzó con la eugenesia, queriendo mejorar la raza: más altos, más rubios, más fuertes, más…: mismamente el salto del cerdo común al yorkshire, pura belleza; pero siempre las siete y media es juego de difícil alcance y el hombre tiende a pasarse porque la avaricia y el egoísmo meten presión a la ansiedad. Nietzsche y Marx, dos caminos para llegar el Hombre Nuevo, que hallamos años después en Un mundo feliz de Huxley, emoción y perfección, equilibrio y belleza del taylorismo… Esculturas de atletas en las olimpiadas de Berlín, trabajadores esculpidos en la madre Rusia… Y Hitler era un monstruo, pero es que engendrar a ese Hombre Nuevo no era solo tarea de alemanes tarados -¿todos lo estaban?-, sino que acompañaban un sinnúmero de intelectuales palmeros de países como Francia, Gran Bretaña, Bélgica, Países Bajos, Suiza, Checoslovaquia, Argentina, Rusia… y Estados Unidos donde, como en Suecia, los deficientes mentales fueron esterilizados forzosamente hasta los años 70 del pasado siglo, es decir, que no es cosa, charlie, que surja de pronto, purititita casualidad, ¡cáspita qué cosas tiene la señorita Pepis!, no: aquellos polvos trajeron esos otros lodos.

Había que controlar a la chusma, había que contener su desmán reproductor que multiplicaba el mal, la incultura, había que hacer desaparecer a los estúpidos y los mermados… Era claro que para William Butler Yeats esto sería así… ¿Se refiere al místico poeta irlandés? Sí, sí… al poeta irlandés y a Keynes, el economista, y al Churchill de la sangre, el sudor y las lágrimas y el Bertrand Russell, tercer conde de Russell y profesor de Cambrigde… Todos, ya ven, de casa fina y bien, ¡y hasta la delicada señorita Virginia Woolf!, citada en las paredes como gran feminista, futura suicida –pobre mujer-, aristocrática y sensible… será quien, tras tropezarse en un paseo con una “larga fila de imbéciles”, escriba en su diario: “Era algo absolutamente horrendo. No cabe duda de que hay que matarlos”. Y ella sabía de qué hablaba porque tuvo un hermano con una discapacidad psíquica con quien compartía sus comidas infantiles.
Charlie, querido: “No cabe duda de que hay que matarlos”. Libremente el pobre elige eliminar al familiar a quien no puede atender en casa o en el hospital y así, libremente, elige quitarse un peso de encima; opta, libremente, por el suicidio quien, rico y poderoso, durante muchos años de su vida, al ver su decadencia, su decrepitud, humillado por sus limitaciones, opta, te digo… libremente por que lo maten, lo suiciden, le apliquen un veneno en vena… En este mundo de locos luchamos para evitar la guerra, la pena capital, batallamos y sufrimos para que no se aplique la jeringa mortal a nuestras mascotas: ese perrillo viejo, sordo, enfermo, a ese gatillo que tantos años de compañía nos ha deparado…, pero al vecino del 5º… que le den el pasaporte porque, en realidad, es un viejo que solo jode el pasodoble y molesta a sus hijos, que no sirve para nada, que padece…, que lo maten…

—    Por favor: Póngame una de eutanasia aquí para el viejo

Decía Valle-Inclán, charlie, que matan los años cuando no te matan antes los médicos, ¡ya sabes cómo era el gallego! Yo creía, sin embargo, que aquí en España moriríamos, tú y yo, en el moridero de alguna residencia de pueblo…, pero al paso que vamos, no te ocupes porque ya se ocuparán de nosotros… ¿Sabes, charlie, igual me largo de aquí antes de que empiece la escabechina?

Tucho Castelo.